Los padres de hoy son demasiado demócratas


Los padres de hoy son demasiado demócratas
Entrevista con Andrea Fiorenza quien habla sobre la autoridad de los padres y la manera como imponen la recta obediencia.



El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas...

Conocí a Andrea Fiorenza hace un par de años, y me deslumbró su sutileza en el trato de los conflictos de la psique humana. Se ha especializado, encima, en el enmarañado cosmos de la familia, en los problemas de los hijos. Los resuelve de modo que parece mágico, pero no lo es: aplica los principios de la terapia breve estratégica. Es breve porque resuelve los problemas en un corto plazo de tiempo, en pocas sesiones; es estratégica porque los aborda promoviendo cambios colaterales, aparentemente lejanos al problema central... Pero un pequeño cambio desencadena otros.

-De los hijos, ¿qué es lo que más preocupa hoy a los padres?
-Su rendimiento escolar y sus compañías.

-Lo mismo que siempre ha preocupado, ¿no?
-No: antes los padres no estaban tan pendientes de sus hijos. ¡Ahora están volcados en ellos!

-¿Qué ha causado tal cambio?
-Un cambio radical de organización social: antes era más jerárquica, piramidal, y por eso había mayor distancia emocional entre padres e hijos. En la generación anterior a la suya y a la mía, los hijos se dirigían a los padres de usted. Pero hoy la organización social es menos jerárquica, es más horizontal, democrática. Hay mayor proximidad emocional y, por eso, menor solidez de los papeles de padre y de hijo. La confusión de papeles causa disfunciones: el padre actúa casi como amigo del hijo, los hijos actúan casi como padres de sus padres. Los hijos aconsejan a sus padres cómo vestirse, y los padres obedecen. O los hijos deciden las vacaciones estivales de toda la familia.

-Porque hay diálogo: bien, ¿no?
-Si sólo hay diálogo... no basta para que todo funcione bien. Falta autoridad. Si todo es relativo y dialogable, el hijo pierde puntos sólidos de referencia, queda sin guía, y eso le genera ansiedad. Es inevitable. La autoridad es necesaria.

-¿No exagera?
-No. El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas. Tanta democracia familiar crea disfunciones conductuales. Yo imparto mil horas de terapia al año desde ya hace veinte. Y cada día veo más problemas derivados de padres demasiado volcados en sus hijos... y todo porque quieren que sean perfectos. Veo casos de padres que piden cambios de horario laboral en su empresa para estar en casa y hacer los deberes escolares con sus hijos. ¡Eso no es ayudarles! Hacen los deberes con sus hijos. O sea, los hacen ellos, los padres. Cuando vienen esos padres a mi consulta, les pregunto: ¿Qué, cómo te ha ido este mes? ¿Te han aprobado o te han suspendido? ¿A qué universidad irás con tu hijo? El problema es que los padres no aceptan la idea de que su hijo pueda ir mal en la escuela. E intervienen ellos. Y, al intervenir, desincentivan a su niño: el chaval se acomoda a eso, no desarrolla su capacidad de iniciativa, de reacción ante las dificultades, de capacidad de esfuerzo... ¡Un desastre!

-Tengo hijos pequeños. ¿Cómo debo actuar para no acabar así?
-Sin sustituir al niño. Si lo hace, sólo conseguirá anularle. El principio general en el trato con sus hijos debería ser este: Obsérvalo sin intervenir, ten paciencia, dale tiempo, espera a que él solito halle las soluciones a los problemas. Pero sin decirle: Sé responsable. Eso es antinatural. Sólo déle tiempo para que sea él quien, llegado el caso, le pida ayuda. Si actúas antes, usurpas su ánimo, su voluntad. La buena intención de los padres suele perjudicar a los hijos. Quieren fomentar su autoestima, y se obsesionan demasiado: a ver, todos tenemos mayor grado de autoestima en unos aspectos y menor en otros, ¿no? ¡Pues tranquilos!

-Sus terapias deben ser muy solicitadas en escuelas.
-Si en clase un profesor pregunta: ¿Quién sabe en qué año se descubrió América?, unos levantarán la mano y otros no. Creo que es mejor decirles: Escribid todos en un papelito el año del descubrimiento de América. Cuando lo han hecho, el profesor dice 1492: el que lo ha puesto bien, confirmará que lo sabía, y el que lo puso mal, constatará su error, y lo recordará.

-Eso en clase. Pero, ¿y en casa?
-Dígale al niño: Te concedo media hora para los deberes, o para estudiar, ¡y sólo media hora! De 19 a 19,30 horas, por ejemplo. Con despertador: cuando se cumpla el tiempo, se acabó. Fin. Los límites dan valor a lo que sucede dentro de ellos.

-¿Ha tratado algún caso real así? ¿con éxito?
-Cierto chico tenía dificultades de atención. Dedicaba dos horas cada tarde al estudio, con muy pocos frutos. Le ordené: ¡Sólo media hora de estudio, con aviso de un despertador! Luego, nada de estudiar: eres libre. Rendía más en esa media hora que antes en dos horas. Poco después, me rogaba que le ampliase un poco el plazo de tiempo.

-Cuénteme algún caso que haya atendido recientemente.
-El de un niño de nueve años que tartamudeaba: su padre lo llevaba a los mejores especialistas de toda Italia... y el niño empeoraba. Dictaminé que dejasen de llevarlo a especialistas y de someterlo a ejercicios. Porque la atención de los padres, el sentirse tan observado por ellos, lo bloqueaba más y más. ¡No le digáis nada sobre eso!, les ordené. Y ahí empezó la mejoría del niño. Hay una historia que ilustra este caso: un ciempiés caminaba sin problemas hasta que una oruga le dijo: ¡Es increíble cómo caminas tan bien sin tropezarte, con tantos pies! El ciempiés comenzó a prestar atención a sus pies y a querer controlarlos ¡y tropezó! Eso le pasaba a ese niño. Lo que fue sólo un pequeño problema al principio se trató mal... y acabó convirtiéndose en tartamudez. Si intentas controlar el lenguaje, se bloquea... Luego establecí sólo 15 minutos al día de ejercicios controlados. El resto del tiempo, nada.

-Lo malo de los hijos es que no obedecen...
-Porque se les ordena mal. Hay que tener claros los objetivos. Los padres son muy confusos en sus objetivos: quieren que sus hijos se porten bien y estén contentos. ¡Qué objetivos tan difusos! Le aconsejo tres objetivos claros, capitales. Uno: que el niño cumpla sus obligaciones (asearse, ir a la escuela...); dos: que respete a los padres (no insultarlos ni ofenderlos), y tres: que colabore en la comunidad familiar (a servir la mesa, a hacer camas... Que se sienta parte del grupo, con sus derechos y obligaciones). Basta con tener claro esto. Los padres quieren que los hijos hagan a gusto todo, incluso cosas que disgustan, y eso es imposible. A nadie le gusta hacer ciertas cosas. ¡Pero hay que hacerlas! Atravesar dificultades estimula al niño, lo ayuda a crecer bien. ¡Ojalá su hijo tenga alguna dificultad cada día! Y, si no, póngale usted una diariamente.

-Usted titula su libro: Niños y adolescentes difíciles. ¿Qué es ser difícil?
-Explico que es una etiqueta que se les pone: no existen niños o adolescentes difíciles, malos, enfermos... Sólo disfunciones relacionales. Al querer curar o controlar al niño difícil, el problema inicial empeora. Y disfunciones leves se convierten en poco tiempo en problemas complicados.

-¿Qué hacer cuando surge ese problema sencillo?
-Yo localizo en qué punto se ha bloqueado la relación familiar, e introduzco ahí un pequeño cambio de comportamiento. Este pequeño cambio relacional desencadenará una cadena de cambios que hará que el conflicto se disuelva solo.

-Un ejemplo.
-Luca era un niño que cada mañana lloraba al ir al colegio, con las consiguientes escenas de separación dramática ante la puerta de la escuela. La madre, ya por la noche, le preguntaba por sus miedos, le daba ánimos. El padre, por la mañana, en el coche, intentaba ya tranquilizarlo, le prestaba mucha atención... Les ordené esto: Debéis empezar a actuar como si vuestro niño no llorase ya por las mañanas, como si todo fuese bien. Y les dije que, por la mañana, en casa, le dijesen al niño: Querido Luca, para ti quejarte es muy importante, y por eso te pedimos que lo hagas ahora, durante 15 minutos. Estaremos aquí callados, escuchándote. Por favor, empieza a quejarte. El niño respondió que no tenía ganas de quejarse, que quería jugar, y al llegar al colegio se fue corriendo él solo escaleras arriba. Sólo introduje un pequeño cambio relacional padres-hijo. Cuando luego pregunté a los padres: ¿Qué deberiáis hacer ahora para estropear este logro? lo tuvieron muy claro: Volver a prestarle a Luca todas las atenciones y a tranquilizarlo como antes, a comportarnos con él como si fuese a tener miedo de separarse de nosotros. Lo entendieron. Caso resuelto. Leer más...

Todos educamos mal… pero unos peor que otros


Todos educamos mal… pero unos peor que otros
Y, a pesar de todo, nuestros hijos suelen acabar siendo una maravilla

Ahora

Cuando escribo estas líneas, tengo 55 años. Si las predicciones del ginecólogo se cumplen, mi hija mayor, María, dará a luz el 7 de septiembre próximo, el mismo día en que la menor, María José, cumplirá 15 años, y mi madre, nada menos que 90.

Curiosamente, Lourdes y yo lo haremos, los dos, el 8 de ese mismo mes, fiesta de la Natividad de la Virgen. Yo, según acabo de sugerir, cumpliré 56; y Lourdes, «alrededor de 35, como de costumbre».

Y entre los 30 de María y los futuros 15 de María José, se sitúan mis otros cinco hijos, haciendo un total de siete.

Aun cuando, en principio, quede mucho camino por recorrer, los 55 años permiten ya echar una mirada atrás y ver lo que has ido haciendo con tu vida y, en concreto, cómo te has desenvuelto como educador.
Empiezo por
confirmar desde el fondo del alma que, en el momento presente, me siento muy orgulloso de todos y cada uno de mis hijos y espero que nos sigan dando, junto con alguna que otra preocupación —que tampoco han faltado y vienen bastante bien—, tantas alegrías como hasta ahora.

Anoche

Como anoche llegó María de Irlanda, con idea de pasar las últimas semanas de embarazo y el parto junto a Lourdes, nos reunimos, además del matrimonio, cuatro de los hijos, la novia de uno de ellos y María Josefa, la madre de Lourdes (lo de «mi suegra» no le gusta que lo diga, pero así se entendería mejor).

Eran casi las 12 cuando María entró en casa. Antes, además de las dos del viaje, había estado una hora y media dentro del avión, clavado en la pista de despegue, con un calor sofocante, agravado por la presencia del pequeño —dos kilos, ochocientos, por entonces— en una tripa descomunal. Pero eso no impidió que la velada se prolongara has bien cumplidas las dos de la madrugada.

Disfruté como siempre que, en familia, recordamos tiempos pasados. Hacía mucho que no me reía tanto y con tantas ganas. Lo mismo que suele ocurrirme cada vez que salen a relucir anécdotas de «cuando éramos pequeños» (y digo «éramos» porque de ordinario son ellos los que las cuentan).

¡Y es que hay pocas cosas que ayuden más a la buena marcha de una familia y de cada uno de los que la componen como la alegría y el buen humor!
Todos educamos mal… pero unos peor que otros

Todos educamos mal… pero unos peor que otros

El título y subtítulo del libro —que anoche me rondaron una y otra vez por la cabeza— tienen su pequeña historia. Surgieron hace alrededor de medio año en México. Iba a pasar poco más de un mes en ese país, dando cursos y conferencias en distintas ciudades, pero con la sede central en Guadalajara, la capital y la «novia» de Jalisco.

(«♫ ♫ ♫ Jalisco, Jalisco, Jalisco, tú tienes tu novia, que es Guadalajaaaaaara; muchachas bonitas, la perla más rara de todo Jalisco es mi Guadalajaaaaaara… ♪ ♪ ♪»).

En las últimas ocasiones, cuando el viaje va a ser largo, suelo vivir en casa de antiguos amigos… o de amigos de mis amigos, que todavía no conozco, pero que me reciben, como sucede siempre en México —país acogedor donde los haya—, con todo el cariño del mundo.

Esta vez se trataba de personas a las que no había visto nunca. No quiero dar muchos detalles, porque no les he pedido aún permiso, y tienen todo el derecho a preservar su intimidad. Diré solo que, entre los cuatros hijos, la segunda era una adolescente, no de libro, que eso es poco, sino de auténtica exposición: es decir, como debe ser toda adolescente que se precie.

Y, además, cosa que no supe horrorizado hasta que entré en su habitación, quien esto escribe —es decir, un servidor— era el causante de que la «hubieran arrojado» de su cuarto, dispuesto desde entonces para que yo pudiera dormir y establecer en él mi «centro de operaciones».

Tengo que decir, y ojalá no me equivoque, que entre «la adolescente» y yo se creó muy pronto un clima de complicidad y —de nuevo espero no fantasear— de auténtico cariño.

Al día siguiente de llegar, la dueña de la casa, encantadora, coincidió a solas conmigo durante un buen rato. Como uno se dedica a temas de amor y familia (que no «de amor y lujo», no confundamos), los demás dan por supuesto que «debe de hacerlo bien». Ella, por el contrario, tenía la impresión de ser una pésima educadora.

Charlamos algo más de dos horas, y tuve que concluir con lo que ya era para mí una convicción muy honda, y de entonces a hoy se ha venido afianzando, conforme más pensaba en ello y observaba lo que ocurre en mi entorno:

1. Que todos los padres educamos mal… y no pasa nada.

2. Pero que algunos lo hacen muy mal, y entonces es cuando suele haber problemas.

Por supuesto que mi anfitriona no se contaba entre los «muy mal», sino que se desenvolvía, más o menos, como cualquiera de nosotros. La diferencia era, simplemente, de edad y profesión. En concreto: yo ya había pasado por lo que ella estaba entonces viviendo (recuerden mis 55-56 años)… y había reflexionado mucho sobre el asunto (de profesión: filósofo).


Quede claro que, al igual que Zattoni y Gillini —a los que citaré más de una vez—, cuando digo esto no lo hago «… para alimentar reductos de sentido de culpa (“si me meto, entonces me sentiré culpable de algo”) y refugiarnos acaso en un deprimente: “¡Me he equivocado en todo!”; sino para darnos algunas oportunidades. Hay actitudes que nos vienen “espontáneas” a los padres y que han de ser reforzadas en su validez natural; es mucho mejor fortalecer estas que llorar por lo que ya no tiene remedio: es mucho más útil fortificar lo que hacemos de bueno que darse golpes de pecho por las culpas.»


Los malos y los peores

Para volver a lo nuestro, la conclusión que saqué de aquel rato de fascinante «plática a la mexicana» se resume en pocas palabras: si educar es ayudar a nuestros hijos a que cumplan su misión en esta tierra, y si su tarea es la de prepararse para llegar a ser interlocutores del Amor de Dios por toda la eternidad, ¿puede haber algún ser humano, varón o mujer, que realmente «lo haga bien»? ¿No se trata de algo que, por definición, supera nuestras fuerzas?
Tranquilidad, por tanto, porque hay Quien se encarga de que, a pesar de los pesares —de ti y de mí—, «al final de la jornada…» las aguas lleguen a su cauce. Se trata, simplemente, de no poner excesivas trabas.


(Aunque eso no quite, como veremos con calma, que a todos los padres nos incumba la obligación de hacerlo un poco menos mal… y disfrutar de lo lindo mientras educamos.
Como explica Macià, «… lo importante es que se puede aprender a ser padres, basta un mínimo grado de motivación, estar dispuesto a esforzarse, a dedicar parte de nuestro tiempo y contar con los instrumentos adecuados. Educar es sinónimo de exigencia, puede exigir esfuerzo y privación, pero es una tarea llena de maravillosas recompensas.»)

Si educar es ayudar a nuestros hijos a prepararse para llegar a ser interlocutores del Amor de Dios por toda la eternidad, ¿puede haber algún ser humano, varón o mujer, que realmente «lo haga bien»?


Primer espejismo

¿Por qué, entonces, la preocupación recurrente y la sensación de estar haciéndolo muy mal, justo entre quienes luchamos por llevarlo a cabo lo mejor que sabemos y podemos?
Dosificaré la respuesta a lo largo del escrito. Anticipo un par de ideas.

Fue precisamente en esa conversación de Guadalajara donde, en un tono de lo más distendido, caí en la cuenta y comenté a mi amiga, casi con estas palabras y una punta de ironía hacia mí mismo: «es delicioso que, mientras son pequeños, nuestros hijos hagan libremente… lo que nosotros queremos que hagan».

Uno o una se sienten como en las nubes, con la alegría del deber cumplido, muchas ganas de seguir adelante y sin nada serio que turbe la paz interior. Hay cansancio, momentos en que estamos hartos, ganas de tirar la toalla o de ahogar a alguno de los críos («¡bendito Herodes!», que diría una de mis cuñadas)… pero siempre en tono menor.

La cosa cambia de raíz con la adolescencia, cuando empiezan a hacer, un poco menos libremente de lo que ellos piensan y bastante más de los que nosotros creemos y desearíamos, lo que realmente a ellos o a ellas les da la gana.

Es un tema apasionante, que me entusiasma: volveré sobre él con detenimiento.


Es «encantador» que, mientras son pequeños, nuestros hijos hagan libremente… lo que nosotros queremos que hagan.
La cosa cambia cuando empiezan a crecer y a hacer lo que realmente les da la gana.


Segundo espejismo

No sé si, dentro del contexto que estoy dibujando, el lector habrá tenido la terrible desgracia que muchos hemos padecido. La de que amigos menos ocupados por la educación de los suyos nos repitan, entre admirados y sanamente envidiosos: «¡hay que ver la suerte que has tenido con tus hijos!; si te hubieran tocado los míos…»

Ante lo que uno —o, al menos, ese uno que soy yo— se siente muy tentado de responder que suerte, suerte, lo que se dice suerte, puede que haya habido, pero que también son muchas horas de reflexión y de diálogo con la esposa, de atenciones a ella y a los críos, de juegos compartidos y un etcétera casi infinito, que de ordinario prefiero silenciar en aras de una amistad que debe seguir madurando para el bien de todos.

Peor que terrible es lo mío. María Josefa, la madre de mi mujer (mi «suegra», para entendernos de nuevo), concretaba más el asunto. En este caso, tomaba como punto de comparación a sus restantes nietos y a sus respectivos padres y madres, entre los que uno de cada pareja es, lógicamente, hijo o hija suyos. Y el resultado no podía ser más contundente: no era Lourdes, sino yo, el que sabía educar y educaba de maravilla a nuestros hijos.

Cada vez que lo repetía, yo intentaba convencerla y convencerme de que eso era una bobada, aunque, como mandan las normas, la última palabra era siempre la suya. Entonces tenía la impresión de no hacerle ningún caso, pues creía conocer bien mis errores. De un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta de que, en el fondo-fondo, no estaba del todo en desacuerdo con ella: yo lo hacía bastante bien.

Ahora, por el contrario, cuando todos han pasado o se encuentran en plena adolescencia, veo con nitidez que lo hacía… normalito, que es la mejor manera de hacer las cosas.


¡Hay que ver la suerte que has tenido con tus hijos…!


Para concluir

Y normalito equivale en este caso, lo repito con plena conciencia, a bastante mal… aunque no «peor que la media». Tras lo cual, resumo, por si sirve de ayuda a alguien.
Suelen hacerlo menos mal:

1. Quienes, dándose cuenta o no, procuran desaparecer discretamente, de acuerdo con el cónyuge y sin bajar por ello la guardia, y dejan la iniciativa a quienes realmente les corresponde. Es decir:

1.1. A cada hijo, progresivamente, según va pasando el tiempo.


[Los niños, como sabemos (¿lo sabemos?), tienen sus propios recursos, que hay que aprender a descubrir y apoyar; y lo peor que puede hacer un adulto —y lo que normalmente hacemos, si no nos andamos con tiento— es impedir que los desarrollen, tratar de imponerles los nuestros y medirlos por nuestro rasero.]


1.2. Y al auténtico Autor de cualquier mejora humana, que solo nos pide —pero nos lo pide, ¡ojo!— que no estorbemos demasiado.

[En este caso no quiero ni mencionar la disparidad entre nuestras estrategias y nuestra lógica de adultos y los absurdos medios que se Le ocurre emplear a Quien —¡mira por dónde!— nos animó a hacernos como niños.]


Y lo hacen francamente mal:

2. Los que se consideran protagonistas en la educación de los hijos. Es decir:

2.1. Quienes asfixian a los críos y ya-no-tan-críos con constantes reflexiones, prohibiciones y consejos… dictados por los años y la experiencia.

2.2. Y quienes están convencidos de hacerlo muy bien (¡que Dios —que nos alienta a hacernos como niños— nos libre de ellos!)

Lo hacen bastante mal quienes creen ser los protagonistas en la educación de sus hijos


2. Contenido básico

¿Ser o subjetividad?

Después de esta breve introducción, y con conciencia de que apenas voy a ser entendido durante tres o cuatro páginas —y de que, para tranquilidad del lector, tampoco importa demasiado—, paso a exponer las líneas de fuerza de todo el escrito.

La idea que le sirve de base no es muy distinta de la que ha presidido estudios anteriores y, en fin de cuentas, casi todo lo que he publicado hasta el día de hoy: la prioridad absoluta del ser sobre la subjetividad humana (es decir, de la realidad-real sobre los deseos arbitrarios, ligerezas, caprichos, pretensiones, veleidades, desvaríos… de los distintos sujetos humanos: usted y yo, de nuevo).

Apenas cuentan nuestros gustos… ni tampoco los del hijo

Lo que cambia, en este caso, son las «traducciones» de semejante principio.

1. A saber, y antes que nada, que la referencia primordial de todo quehacer educativo, el ideal al que hay que atender en cualquier momento de la biografía de una persona, lo constituye lo que esa persona es y, consecuentemente, lo que está llamada a ser.
Y no —sería la otra posibilidad— lo que «alguien» (él mismo o cualquier otro) ambicione o desee, o le apetezca o le disguste o le horrorice… si todo ello no concuerda con la concreta condición personal de quien se está formando.

2. Con lo que este principio básico se aplica tanto a quienes deben educar como a quienes han de ser educados. Y lo hace de maneras muy diversas y con un sinfín de manifestaciones, que iré señalando en su momento.

2.1. Por ejemplo, la atención prioritaria al (modo de) ser de cada uno de nuestros hijos lleva consigo que los sueños y las novelas que hemos forjado respecto a ellos —en principio, nobilísimos e incluso imprescindibles— deban ceder el paso a lo que vamos descubriendo que exigen las reales cualidades y el entorno de ese chico o esa chica… que no tienen por qué coincidir con los del hermano o la hermana de solo un año más o menos que él o que ella.

¡Y no digamos nada con nuestras ambiciones, antojos, pretensiones, apetencias, aspiraciones… y cuanto se sitúa en la misma línea!


En el fondo, es el principio que preside, juntos con muchos otros, este excelente consejo: «Cuando reconocemos los sentimientos de un niño, le prestamos un gran servicio. Le ponemos en contacto con su realidad interior. Y una vez ha definido esa realidad, podrá acopiar fuerzas para hacerle frente» (Faber, Adele y Mazlish, Elaine).

Y también el que mencionaré de inmediato, de Gottman y Silver, que recogen a su modo lo que un santo del pasado siglo llamaba «mística ojalatera» o «del ojalá»: «¡ojalá no me hubiera casado!», «¡ojalá no me hubiera quedado soltero!», «¡ojalá tuviera menos —o más— años!», «¡ojalá fuera más inteligente, más guapo, más fuerte, más delgado…!»
En palabras de Gottman y Silver: «Muchas veces nos quedamos atascados en frases condicionales del tipo: “Si tan solo...” Si tan solo mi pareja fuera más alta, más lista, más atractiva... todos mis problemas desaparecerían. Mientras prevalezca esta actitud, será muy difícil resolver los conflictos. A menos que aceptes los defectos y debilidades [¡la realidad!] de tu pareja no podrás llegar a ningún acuerdo. En lugar de esto te lanzarás a una campaña para hacer cambiar a tu cónyuge. Para resolver un conflicto no hace falta que una persona cambie.»


2.2. Algo bastante parecido sucede con el educando en relación consigo mismo: también él ha de saber adecuar sus ilusiones y anhelos a lo que, respecto a las vías de su más cabal desarrollo, le van sugiriendo su propio (modo de) ser y las circunstancias en que su vida de hecho se desenvuelve.

Para lo cual nosotros, los padres y educadores, tenemos que permitirle y ayudarle a que se conozca y a que descubra lo mejor que en él se encierra, para que de este modo, sabiendo quién es, pueda obrar en consecuencia.

Lo que supone, como apuntaré, no olvidarnos del niño que cada uno fuimos… y del que, en cierto modo, seguimos siendo, si no nos hemos empeñado en sofocarlo.

Llegar a ser quienes somos

En fin de cuentas, todo lo anterior remite a una de las afirmaciones más repetidas a lo largo de la historia del pensamiento occidental, desde Píndaro hasta Jaspers.

Uno y otro sostienen, con palabras casi coincidentes, que «el hombre es aquel ser que debe llegar a ser hombre».

Una afirmación que hoy expresaríamos más a gusto, con el más preciso lenguaje de los personalistas, diciendo que «cada persona humana debe llegar a ser quien es».

A saber: «alguien» —con toda la carga ponderativa que en la actualidad suele atribuirse a este término— dotado de una sublime grandeza y, a la vez, único e irrepetible; pero ese «alguien»… habiendo desarrollado el sinnúmero de perfecciones que virtualmente se encierran en su ser. Y tales perfecciones son extraordinarias.


Cada persona humana está llamada a ser quien es


Interlocutores del Amor de Dios

Efectivamente, según he considerado en otras ocasiones, en el mismo instante en que un nuevo sujeto humano es concebido, el (acto de) ser que Dios infunde junto con el alma apunta y estimula ya el despliegue futuro del inmenso conjunto de facultades y acciones que lo dirigirán, siempre que esa persona asuma libremente semejante impulso, hasta el Interior del propio Dios, para transformarse —como acabo de sugerir— en un interlocutor eterno del Amor divino: en un acto (participado) de amor de Dios.
El «Término» al que todos los hombres deben dirigirse es, pues, el Mismo Dios que amorosamente los ha creado.

Los caminos resultan, en cierto sentido, paralelos o, más bien, coincidentes. No obstante, se configuran como radicalmente únicos, en función del particular y no reiterable modo de ser de cada persona y del sucederse de situaciones y coyunturas, también únicas, con que se topará a lo largo de su existencia.
La labor de educación, de la que el propio educando acabará por ser el principal artífice, se compone del cúmulo de auxilios que le permitirán alcanzar la Meta anhelada.

Y la clave de todo el proceso, como veremos hasta quedar hartos —ya verán como sí: ¡hartos!—, es el amor, en su acepción más genuina.


La clave de las claves de las claves de las claves… es el amor


Ser y hacer

Todavía me parece conveniente esbozar otro punto, que tal vez asombre o incluso moleste a más de uno.

Sin duda, el problema más extendido hoy día en muchas familias es que a casi todos nos gustaría hacer bien de padres… sin esforzarnos seriamente por ser buenos padres.

O, si se prefiere, sin esforzarnos seriamente o simplemente sin esforzarnos… sin más añadidos: lo que casi siempre equivale a «que nuestros hijos no nos den quebraderos de cabeza».

Y esto resulta, sencillamente, imposible.
La filosofía clásica y el sentido común están de acuerdo en que el obrar sigue al ser y el modo de obrar al modo de ser. Lo expresan cientos de dichos populares: «el árbol se conoce por sus frutos», «no se pueden pedir peras al olmo», etcétera.

Y lo ha resumido egregiamente, para nuestro tema, Cornelio Fabro, en unas cuantas palabras que darían pie a un cúmulo de reflexiones:


«La única pedagogía es la profundidad de nuestro ser»


O, lo que viene a ser lo mismo, que cada cual educamos o deseducamos en función de lo que somos.


[En versión light: la grandeza del propio ser, que hoy traduciríamos por «personalidad», en el sentido más noble y hondo de este término, nos confiere la auctoritas —hoy, prestigio o ascendencia: auténtica autoridad—, que hace innecesario el recurso a la potestas —hoy, violencia, fuerza bruta, descalificaciones, castigos, reprimendas…— y facilita enormemente el proceso educativo.]


Pero la mayoría de los padres no queremos enterarnos. No estamos dispuestos a poner los medios imprescindibles para llegar a ser buenos padres —cosa nada sencilla— y, sin embargo, pretendemos educar a nuestros hijos, lo que significa hacer bien de padres.
Conclusión: ser y hacer —o no-ser, pero aspirar a sí-hacer e incluso a sí-hacer-y-muy-bien— no siempre van de la mano.


[En definitiva, la que vengo exponiendo es la convicción que subyace al estupendo libro de Monika Murphy-Witt, Padres consecuentes, niños felices, que cabría resumir inicialmente en este par de frases literales: «Los objetivos educativos deben ser adecuados a las ideas acerca de los valores de los padres; solo entonces se pueden perseguir de forma consecuente.»
Idea que debe ser completada con estas otras:
«El problema es que mientras los padres mismos no poseamos un sistema de valores firme, no podemos tomar ninguna postura clara frente a nuestros hijos. Nos tambaleamos de un lado a otro igual que nuestra agrietada imagen del mundo. Solo quien está verdaderamente convencido de algo puede presentarse con rectitud ante su vástago y seguir su línea de forma consecuente. Y además lo deja de manifiesto con su actitud en el día a día y su firmeza en situaciones críticas. Quien quiere ser consecuente, por lo tanto, necesita valores, ya que cuando se toma una decisión por convicción es inamovible. Los pequeños se dan cuenta de ello rápidamente.»]


Resumen

No tengo que multiplicar los comentarios. Tal vez baste con sentar dos afirmaciones:

1. El crecimiento de cada hijo guarda una relación muy estrecha con el empeño real y constante de sus padres por ser mejores personas y, como consecuencia, también mejores padres. Si ellos no luchan eficazmente por corregirse día a día y en aceptar en ese combate la leal ayuda del cónyuge, es prácticamente imposible que logren una mejora en los hijos.

2. La diferencia más honda entre quienes simplemente lo hacemos mal y los que lo hacen aún peor estriba justo ahí: en que los primeros batallamos por crecer como personas, mientras los segundos aspiran a forjar las personas de sus hijos sin esforzarse por reformar la propia.

El problema más extendido en la educación actual es que a muchos nos gustaría hacer bien de padres… sin esforzarnos seriamente por ser buenos padres


(Repito que nadie se asuste ni preocupe si no comprende lo que en esta segunda parte he esbozado o, siquiera, por qué me he metido en tales berenjenales. Su simple lectura, con un intento mínimo de intelección, constituye una preparación óptima para adentrarnos en los sucesivos artículos, en el que el tono vuelve a ser bastante más asequible). Leer más...

La castidad, la mejor preparación


La castidad, la mejor preparación
La castidad no es una negación de la sexualidad, sino la mejor de las preparaciones para la vida conyugal.

«La castidad consiste en el dominio de sí, en la capacidad de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la persona» 1 «La castidad cristiana supone superación del propio egoísmo, capacidad de sacrificio por el bien de los demás, nobleza y lealtad en el servicio y en el amor».2

«La castidad es el gran éxito de los jóvenes antes del matrimonio. Es, además, la mejor forma de comprender y, sobre todo, de valorar el amor.
»No es una negación de la sexualidad, sino la mejor de las preparaciones para la vida conyugal.
»Porque es un entrenamiento en la generosidad, en el deber y en el dominio de sí mismo, cualidades tan importantes para el ejercicio de la sexualidad humana.
»En los jóvenes, la castidad entrena y forma la personalidad.
»Supone un esfuerzo que va dotando a la persona de solidez en la voluntad y de una sensación de posesión y dominio de sí mismo, que, a su vez, es fuente de profunda paz y alegría.
»Los jóvenes castos, normalmente, son más constantes en el trabajo y en el estudio, tienen más ilusiones, son más idealistas.
»La pureza es una virtud eminentemente positiva y constructiva que templa el carácter y lo fortalece. Produce paz, equilibrio de espíritu, armonía interior. Purifica el amor y lo eleva; es causa de alegría, de energía física y moral; de mayor rendimiento en el deporte y en el estudio, y prepara para el amor conyugal»3.

El Papa Juan Pablo II dijo a los jóvenes en Lourdes el 15 de agosto de 1983: «Los que os hablan de un amor espontáneo y fácil os engañan.
»El amor según Cristo es un camino difícil y exigente. El ser lo que Dios quiere, exige un paciente esfuerzo, una lucha contra nosotros mismos. Hay que llamar por su nombre al bien y al mal» 4.

También Juan Pablo II dijo a los miles de jóvenes reunidos en Rímini (Italia) en agosto de 1985: «¿Quieres encerrarte en el círculo de tus instintos? En el hombre, a diferencia de los animales, el instinto no tiene derecho a tener la última palabra» 5.

Paul Claudel le escribe a su hijo:
«Mi querido hijo:
»No creas a los que te dicen que la juventud ha sido hecha para divertirse. La juventud no ha sido hecha para el placer sino para el heroísmo.
»Porque un joven necesita heroísmo para resistir a las tentaciones que le rodean» 6.

«Los jóvenes reciben de la oración fuego y entusiasmo para vivir con pureza y realizar su vocación humana y cristiana con un sereno dominio de sí y con una donación generosa a los demás» 7.

Lo que es imposible es guardar la pureza de cuerpo sin guardarla también de corazón y de pensamiento 8.

Si no vigilas tu imaginación y tus pensamientos, es imposible que guardes castidad.
El apetito sexual es sobre todo psíquico.
Si no se arrancan las raíces de la imaginación es imposible contener las consecuencias en la carne.
Por eso es necesario saber dominar la imaginación y los deseos.
El apetito sexual aumenta según la atención que se le preste.
Como los perros que ladran cuando se les mira, y se callan si no se les hace caso.

«La sexualidad ha de ser vivida bajo el signo de la cruz y la redención. Y desde esta perspectiva había que interrogarse sobre el valor positivo de la abstinencia sexual durante el noviazgo» 9.

La pureza no puede guardarse sin la mortificación de los sentidos.
Quien no quiere renunciar a los incentivos de la sensual vida moderna, que exaltan la concupiscencia, es natural que sea víctima de tentaciones perturbadoras, y que la caída sea inevitable.
La pureza no se puede guardar a medias.
Con nuestras solas fuerzas, tampoco; pero con el auxilio de Dios, sí.
Quien -con la ayuda de Dios- se decide a luchar con todas sus fuerzas, vence seguro.
No es que muera la inclinación, sino que será gobernada por las riendas de la razón.

«En la vida hay que entrenarse.
»Entrenarse es hacer un esfuerzo cuando no hace falta, para saber esforzarse cuando haga falta.
»El que no sabe decir no cuando pudiera decir sí, no sabrá decir no cuando tenga que decir no.
»El que no sabe privarse de lo lícito por ensayo, no sabrá privarse de lo ilícito cuando sea necesario» 10.

Muchos quieren liberarse de la moral católica que consideran represiva, y lo que hacen es caer en la esclavitud del pecado que degrada al hombre.
El yugo de Cristo es suave y ligero 11, si se lleva con amor y voluntad corredentora.

Dice el gran moralista belga José Creusen: «La impureza, sin ser el más grave de los pecados, es el más frecuente de los pecados graves.
»La castidad, sin ser la más perfecta de las virtudes, es una de las más necesarias. (...).
»En materia de castidad lo más fácil es el dominio completo. Andar a medias es muy peligroso» 12.

«La explotación de la sexualidad por sí misma y sobre todo, con el único fin de conseguir la satisfacción sexual, es funesta, tanto para la vida individual como colectiva» 13

Aunque los pornócratas, para defender su negocio, dicen que la virginidad ha dejado de ser virtud, y nos presentan la homosexualidad y la masturbación como cosas naturales, por encima de todas las palabras de los hombres está la ley de Dios que nos señala lo que es bueno y lo que es malo.

Hoy se oyen con frecuencia palabras de menosprecio hacia la virginidad. Generalmente provienen de personas que la han perdido.
Como en el cuento de la zorra y las uvas, es natural menospreciar lo que uno no es capaz de conseguir.
Pero las joyas no pierden valor porque haya personas que son incapaces de apreciarlas.

«Si hubiéramos de responder ateniéndonos a duros hechos externos que definen masivamente nuestra sociedad, tal vez hubiéramos de concluir que, a juicio de muchos, la castidad, hoy, es todo lo contrario de un valor: es un antivalor que hay que arrumbar para siempre. Si fue un valor, hoy es un lastre.
»Pero si la respuesta la damos analizando la naturaleza misma de la castidad, contrastada con el concepto filosófico del valor para el hombre, entonces hay que concluir que la castidad es un valor, un valor por sí mismo, primario y absoluto por su bondad intrínseca y por la conveniencia esencial con la naturaleza humana.
»Acaso todo depende del concepto que tengamos de castidad. Si la entendemos como una represión, una mutilación, un comportamiento negativo, una actitud desnaturalizante, entonces no es ni puede ser un valor.
»¿Qué es entonces la castidad? Sencillamente, la castidad es el ordenamiento de la potencialidad sexual del hombre en consonancia con su condición específica de persona racional, inteligente y autodeterminativa...
»Ser un esclavo de los instintos en el campo sexual, le convierte en animal, lo desnaturaliza de su condición de persona libre y de su condición de sujeto autodeterminativo. Usar mal de la capacidad sexual, es una traición a la sexualidad humana. Al ser la castidad la recta ordenación de las fuerzas sexuales y de la afectividad en el hombre en consonancia con los fines específicos de la sexualidad y con la condición integral de la persona como ser inteligente y dueño de sus instintos, no cabe duda que la castidad perfecciona al hombre en su misma condición de hombre. Una perfección en lo esencial siempre es un bien. El bien, en sus múltiples formas, es un valor.

»Una joven de 16 años dice:
»Con la castidad yo pienso que aprendemos a respetarnos a nosotros mismos y a no hacernos animales.
»Los animales lo hacen todo por instinto.
»Si nosotros no tuviéramos un principio regulador, un medio para dominar nuestros instintos nos haríamos como ellos.
»Es bonito que aprendamos a valorar algo que nosotros tenemos y ellos no tienen.
»Es una satisfacción disfrutar de algo adquirido por tu propio esfuerzo, por tu decisión, por tu voluntad.
»Con la castidad voluntaria yo me hago superior a los animales. Esto creo que tiene su belleza y su valor...
-¿Te es fácil vivir la castidad a los dieciséis años?
-En principio, me cuesta, como creo que les cuesta a los demás. Pero debo confesar que a mí me es fácil vivirla.
-¿Por qué te es fácil?
-En primer lugar, me doy cuenta de que no merece la pena perder la castidad por el placer sexual de un momento. Pero acaso me cueste poco por la educación que he recibido desde mi infancia...
-¿Encuentras valores en la castidad?
-El saber que nuestro cuerpo tiene un destino superior al de dejarlo aquí en la tierra. Los planes de Dios sobre los hombres nos hablan de una glorificación de nuestro cuerpo en la vida futura. Aparte de la glorificación corporal donada por Dios, tiene que ser también un don de este cuerpo, el haber sabido conservarlo íntegro, inmaculado, como Él nos lo

»Y una joven madre soltera contesta:
-En realidad, no ha sido la castidad mi fuerte. Para mí prácticamente no ha existido. No he sido casta. Pero hoy, que me he dado cuenta, la considero maravillosa. Para mí la castidad no ha entrado en mi vida por el hecho de haberme apartado de Dios. Hoy creo que la encontré y la veo fenomenal.
-¿Te atreverías a decirme por qué no has sido casta?
-Sí. No he sido casta por el hecho de no pensar, por vivir al margen de todo. Tal vez por comodidad, por dejadez. Te dejas llevar por cualquier impulso.
-¿Cuándo diste el cambio?
-Al mes de dar a luz tuve la oportunidad de estar sola, pensar mucho, y me di cuenta de que había algo más que todo aquello que había vivido. Y vi claro que aquel Dios que mis padres y mi colegio me habían enseñado, existía realmente y era algo verdadero... Si amo ahora la castidad es porque le amo a Él... Dios importa mucho para mi vida.
-¿Qué otros valores crees que tiene la castidad?
-Creo que hay otros valores. Antes, que no era casta, que me dejaba llevar por los impulsos, no era libre. En cambio, ahora que tiendo más a ser casta, me siento más libre, me he liberado de mis impulsos.
»Al dejar esos impulsos a un lado, el mismo cuerpo gana serenidad, dominio, salud, belleza.
»Y hasta dignidad, porque el cuerpo no debe ser sólo un instrumento del placer, sino un medio de realizarse en la vida cumpliendo una misión» 14.

Por otra parte, la castidad es fácil de guardar, si se busca el auxilio de la gracia de Dios, y se fortifica el alma con los sacramentos de la confesión y la comunión.
El mejor consejo que se puede dar al que ha empezado a rodar por la pendiente del vicio es comunión frecuente y confesión con un Director Espiritual fijo.
Es un remedio seguro para corregirse y salir del pecado. No hay pecador que resista.
El sacramento de la confesión, además de ser un remedio curativo, es un remedio preventivo.
La Comunión y la Dirección Espiritual dan fuerza y luz para obrar con eficacia.

«Se puede, por tanto, hablar, y hay que hacerlo, de un imperativo de la pureza que se impone a los novios, no como una coacción penosa cuya única finalidad sería crearles molestias, sino como una fuerza interior que vivifica el amor elevándolo y manteniéndolo en un plano superior.
»Esta pureza pretende estar libre de todo desprecio hacia el cuerpo y se basa, al contrario, sobre el respeto soberano a la carne, a la que restituye su equilibrio, eliminando los elementos de defección que son un peligro para ella.
»En cuanto al amor mismo, lo consolida; y prepara así la felicidad de que gozará la pareja cuando se halle ligada por la vida común» 15.

«El que la castidad prematrimonial sea perjudicial a la salud es ya un mito descartado hace tiempo por la ciencia médica y la psicología, y algo en que sólo tratan de creer los que buscan una excusa para no ser castos.
»Para Freud toda neurosis era de origen sexual. Hoy sus mismos discípulos no sostienen esta doctrina.
»Adler afirma: “No siendo verdad que la libido reprimida sea causa de la neurosis, el dar salida al instinto sexual no cura por sí mismo esta neurosis”.
»La castidad educa la voluntad por el vencimiento que supone. Una educación que no exige esfuerzos, conduce a la anarquía, no forma adultos sino desequilibrados, sin aptitud para hacer frente a las dificultades de la vida.
»El vencimiento propio es indispensable para la formación del ser humano. Decir que los impulsos sexuales son irresistibles no es científico.
»La biología moderna declara que los reflejos genitales pueden dominarse con el ejercicio de la voluntad.
»El poder del espíritu sobre el cuerpo, de lo psíquico sobre lo físico es muy grande. Esto lo confirma la psicología actual» 16.

«La castidad protege vuestro futuro amor. Los jóvenes que han sabido estar a la altura de su deber son los que sabrán después estar a la altura de su amor. El amor conyugal, les va a exigir entrega, generosidad y sacrificio, y ellos ya traen un buen entrenamiento en todo esto.
»Además, el mejor regalo que podréis haceros unos esposos es el de un cuerpo y un alma íntegros.
»La castidad juvenil es un esfuerzo. Pero es un esfuerzo que lleva consigo una recompensa inmensa.
»Un esfuerzo que va reforzando y madurando tu personalidad. Es un esfuerzo que lleva consigo una profunda alegría. Un esfuerzo que comprenden y practican los que saben qué es el amor» 17.

Los jóvenes reciben de la oración «fuerza y entusiasmo para vivir con pureza y realizar su vocación humana y cristiana con un sereno dominio de sí y con una donación generosa a los demás» 18.

El mundo se ríe de la pureza y de la castidad, como si se tratara de cosas trasnochadas y pasadas de moda.
El mundo dice: «Hay que darse el máximo de satisfacciones en la vida».
Pero Cristo dice: «Véncete a ti mismo, toma tu cruz, procura entrar por la puerta estrecha» 19.
El mundo dice: «¡Hay que liberarse de viejos tabúes!».
Pero Cristo dijo: «Bienaventurados los limpios de corazón» 20.
El mundo dice: «El amor no es pecado. Lo que se hace por amor es bueno». Pero la Biblia limita las relaciones sexuales al matrimonio: «Absteneos de la fornicación» 21 «Dios juzgará a los fornicarios y a los adúlteros» Leer más...

Enseñe la castidad


Enseñe la castidad
La castidad es positiva y que consiste en algo más que evitar las relaciones sexuales

Aunque no se ofreciera educación sexual en las escuelas, de todas maneras nuestros hijos tienen que enfrentarse a una cultura que los está estimulando constantemente y que está saturada con información errónea sobre la vida sexual. Muchos de los padres están tan confusos como sus hijos. ¿Qué podemos hacer nosotros, los educadores, y especialmente los educadores religiosos? ¿Debemos ignorar este reto a la salud, la estabilidad emocional y la salvación de sus almas?

Yo no puedo en conciencia observar en silencio la destrucción de nuestra juventud. Tenemos mucho que perder, por ejemplo, los líderes del futuro, además de los millones de almas que estos niños representan.

Por eso, yo viajo por todo el país dando conferencias a la juventud, a los padres, a los profesores (y a cualquiera que quiera oírme), para hablarles sobre la castidad. Sí, la castidad. Esa virtud olvidada e irreal de la era anterior a la "píldora".

¿Escucharán?

Sin embargo, es cierto que la juventud de nuestra época no se va a convencer por una mera exhortación a la castidad. Muchos adultos todavía recuerdan la era en la cual el sexo era considerado tabú, y la castidad significaba el evitar cogerse de manos. Pero lo bueno es que los jóvenes al no oír hablar de la castidad, tampoco oyeron hablar de todas las exageraciones que se difundieron a través de la falta de comprensión de esta virtud.

Tenemos la libertad de comenzar desde el principio y enseñar la castidad en todo su resplandor y belleza positiva. ¿Positiva? Sí, muy positiva. Yo les quiero mostrar que la castidad es positiva y que consiste en algo más que evitar las relaciones sexuales, para no quedar en estado, contraer enfermedades, o ir al infierno. La castidad es vivir y respetar nuestra propia sexualidad tal como es, y de la manera que Dios la creó, permitiéndonos participar y encontrar el amor verdadero, que es el amor de Dios. Porque a fin de cuentas, los jóvenes no están buscando relaciones sexuales, lo que están buscando es el amor y eso no lo están encontrando en las relaciones sexuales. Ellos necesitan que se les explique que el amor lo van a encontrar en la castidad.

¿Y cómo creen ustedes que ellos van a reaccionar a esta virtud tan "irrealista"?

Pues les diré: ¡con mucho entusiasmo! Los jóvenes de hoy anhelan recibir consejos y guía; ellos quieren que se les explique lo que es el bien y el mal y las razones por las cuales deben guiarse. Ellos se sienten realmente agradecidos cuando alguien les dedica tiempo y se sienta con ellos a explicarles de manera positiva, el porqué no deben tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Muchos de ellos han sufrido en silencio las consecuencias emocionales y físicas de las relaciones sexuales fuera del matrimonio, sin ni siquiera saber qué era lo que estaban haciendo mal, ni tener a dónde recurrir para recibir ayuda o apoyo.

Enseñe la castidad, no la sexualidad

Yo no explico los detalles del acto sexual en mi programa de castidad. Las relaciones sexuales son consideradas privadas y sagradas. Un programa serio y profesional, en el cual se promueve la castidad, refuerza estos valores y no los menoscaba. Los jóvenes salen de nuestras charlas inspirados, no excitados. Salen con una idea nueva de respeto hacia este poder tan inmenso que es el don divino de la sexualidad y se dan cuenta de lo maravilloso que es el poder participar con la Divina Providencia en la creación de la vida.

Nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, ha reconocido de manera clara y precisa la necesidad de promover una renovación de respeto hacia este don de la sexualidad; y por eso, dedicó varios primeros miércoles de mes, a hablar sobre el tema: "La Teología del Cuerpo Humano" en sus audiencias pontificales. Los jóvenes de hoy también necesitan experimentar este nuevo espíritu de renovación y respeto hacia el don de la sexualidad... Para reconocer por qué las relaciones sexuales son sagradas, por qué son exclusivamente para el uso dentro del matrimonio y por qué Dios ha creado seres humanos de ambos sexos, femenino y masculino. Necesitamos buenos programas en las iglesias y en las escuelas para ayudar a los padres y a los jóvenes a recobrar ese respeto Leer más...

Educación de la Voluntad y del Carácter


Educación de la Voluntad y del Carácter
Combatir contra uno mismo es la batalla más difícil y, junto a ello, vencerse a sí mismo es la victoria más importante.

El carácter y la falta de carácter

Cada chico tiene su personalidad, una forma de ser que le es propia, que configura su carácter. Afortunadamente no son todos iguales, sino que hay aspectos que distinguen a unos de otros, cualidades, aptitudes y rasgos que componen su personalidad, de la que pueden y deben estar orgullosos.

Hay aspectos del carácter que siempre serán positivos. Siempre querremos que los chicos se eduquen siendo sinceros, leales, decididos, generosos, emprendedores, responsables, laboriosos, amigos de la libertad, sin miedos, sin timideces, sin temores, sin escrúpulos tontos.

Hay otros aspectos, sin embargo, que ya no son aspectos del carácter, sino mas bien de la falta de carácter. No se puede considerar como un rasgo positivo que un chico sea perezoso, o patológicamente curioso, o un egoísta redomado. Tampoco, por ejemplo, que sea arrogante o envidioso. Son defectos, y como tales han de procurar superarlos.

Y en esto también importa mucho llegar a tiempo. Decíamos al principio que el carácter no es sólo cuestión de herencia genética, sino que precisa un esfuerzo continuado por mejorarlo.

—Pero el tiempo es sabio, dicen, y atempera el carácter...

El tiempo arregla a los que se esfuerzan por mejorar y estropea a los que se dejan llevar por su falta de carácter.

El mero transcurso del tiempo, sin más factores, no hace cambiar el sentido de una evolución. Simplemente la hace mayor o menor. Y si no se hace nada, el tiempo pasa y el chico sigue igual, o empeora.

Por eso hay que enfrentarse al problema del carácter antes de que sea tarde y haya cristalizado en defectos difíciles de remover. Es una pena ver a personas que por su edad debieran ser otra cosa, y que se reconocen impotentes ante su cobardía, o sus arranques de mal genio, o su apatía permanente..., cuando ya, a esas alturas, el arreglo es muy fatigoso.

—Pero..., ¿no te parece un poco antinatural esa lucha? Cada uno es como es, ¿no?

Si has llegado a leer hasta aquí es porque deseas que tus hijos mejoren y no estás aún satisfecho. El proceso de mejora del carácter es algo que requiere esfuerzo. Exige una lucha personal, que no ha de ser crispada ni angustiosa, sino alegre y optimista. Pero una lucha, ineludiblemente.

Y esa lucha es más eficaz
y gratificante
si se plantea
conjuntamente en la familia,
yendo por delante
con el ejemplo.


Fortaleza interior: valentía, reciedumbre, etc.

Es curioso ver cómo lo que a unos les irrita hasta extremos sorprendentes, a otros les llena y les satisface.

En una ventanilla, o en la barra de un bar, o conduciendo un autobús, puedes encontrarte a una persona que te trata con afabilidad y simpatía, y a otra –con el mismo tipo y modo de trabajo– que está amargada y parece que incluso se esmera en fastidiar.

Lo que a unos les realiza, a otros les sumerge en la infelicidad.

—¿Y piensas que es un problema de educación?

En buena parte sí. Hay toda una serie de virtudes que influyen bastante en el talante habitual que manifiesta una persona. Veamos algunos ejemplos aplicados a un chico de diez o doce años.

Reciedumbre. No puede ser que el chico vaya dando el espectáculo porque no se atreve a meterse en la piscina porque está un poco fría. O que su drama sea levantarse de la cama a la hora que debe. O que le sea casi imposible aguantar una hora y media seguida estudiando, o comer de algo que le gusta menos. O que no consiga mantener siquiera unos días unos pequeños propósitos de mejorar en algo.

¿Qué será en el futuro alguien así? ¿Qué soporte tendrá para su carácter, para cuando haya de tomar decisiones costosas? El chico ha de ir aprendiendo a amordazar un poco sus propias quejas frente al sacrificio que hacer determinadas cosas comporta.

Por ejemplo:

enseñarle a no quejarse;

pedirle pequeños sacrificios necesarios para la buena marcha de la casa;

exigirle que sea perseverante y tenaz en las cosas que comience;

elogiar su resistencia ante contrariedades o molestias físicas (dolor por un golpe o una enfermedad, sed o cansancio en un viaje o una excursión, etc.).

Ser acometedor. Todo lo que es valioso resulta difícil de alcanzar. Con razón decía Séneca que no es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas.

Para todo hace falta vencer dificultades, superar obstáculos, tener decisión, ser constante. Ocúpate de fomentarlo.

Valentía. Es fácil que haya circunstancias –a veces muy tontas– que produzcan miedo al chico, y quizá sea ya demasiado mayor como para eso. Los padres deben forzar un poco para que lo supere pronto, para que vaya venciendo esos temores que a veces son simplezas, como por ejemplo:


el miedo a quedarse solo;

el miedo a la oscuridad;

la timidez para conversar con un pariente que está de visita;

la vergüenza para hablar de un problema escolar con su profesor;

que se atreva a dar la cara defendiendo a un amigo o a su hermano, o no colaborando con algo malo que hacen otros;

que tenga valentía para no mentir y reconocer su culpa;

que no le importe tanto el "qué dirán";

etc.


Audacia. Es preciso evitar también que se deje llevar por un desmedido afán de seguridad, y esto suele ser culpa casi siempre de los padres. Ha de perder un poco el miedo al fracaso y a comprometerse en empresas que merezcan la pena, superar el exagerado sentido del ridículo propio de muchos ambientes.

El riesgo del fracaso es un condimento que da sabor al éxito. La vida es un juego maravilloso en el que hace falta apostar por las cosas en las que creemos y por las personas a las que amamos, con valentía e invirtiendo con generosidad los propios bienes y talentos. Que no sea buenecito pero apocado, de ésos que se acobardan ante el ambiente contrario y se dejan influir demasiado por él.

La audacia
enriquece enormemente
el carácter.



Señores de sí mismos

Combatir contra uno mismo es la batalla más difícil y, junto a ello, vencerse a sí mismo es la victoria más importante. A la inteligencia corresponde regir la conducta humana, y esto constituye una pelea diaria contra todo lo que en nuestra vida debe mejorar. Una batalla contra lo que nos aleja de los objetivos que nos hemos marcado.

—¿Pero no es poco natural eso de marcarse objetivos contra uno mismo...?

Ya hablamos de eso antes, a propósito del carácter. Sin excesiva formalidad, pero tanto nosotros como el chico debemos conocernos un poco y saber cuáles son nuestros defectos dominantes para ir superándolos.

Debemos otorgar, en definitiva, a la inteligencia y a la voluntad, ese señorío sobre los actos todos de nuestra vida. Repasemos, como antes, unos cuantos detalles prácticos sobre ese señorío personal, aplicables al chico de esta edad.

Serenidad y equilibrio. Tiene múltiples manifestaciones en la vida diaria. Que sepa mantener la atención en varios frentes sin aturdirse. Que sea capaz de tener dos cosas a la vez en la cabeza. Que no se enfade y patalee cuando no le salen las cosas, o si sufre un pequeño contratiempo. Que no pierda la cabeza por cualquier tontería.

Paciencia. Que aprenda a esperar, a dar tiempo al tiempo. Como siempre, además, suelen ser precisamente los más impacientes y los que más exigen a los demás, quienes luego más transigen consigo mismo y con más facilidad justifican todo lo que hacen, incluso aquello que verían mal si lo hicieran otros.

Elegancia ante el fracaso o el triunfo. Que no sea de ésos que se les suben a la cabeza los primeros éxitos, y se hunden luego al mínimo contratiempo. Si se viene abajo lo que está haciendo, que vuelva a empezar sin nerviosismos. Que conserve la calma cuando todo va mal y los demás pierden los papeles.

Nobleza. Lealtad. Señorío ante el agravio. Que sea leal con sus amigos. Que mantenga su palabra. Que no recurra al insulto o a la venganza ante lo que le afrenta. Que aprenda a defenderse del agresor sin entrar en su juego de injurias y de mentiras. Ha de evitar la murmuración, que tiene unos efectos demoledores en cualquier ambiente, y más en el familiar.

Acostumbrarse a hablar bien de los demás, en cambio, es una costumbre muy recomendable. Todavía recuerdo con emoción el funeral de aquel viejo amigo, excelente profesional fallecido en accidente de tráfico; al terminar, uno de sus compañeros comentó: "Mira, le tenía una gran estima porque sabía hablar bien de la gente; llevo dieciocho años trabajando a su lado y jamás le he oído murmurar de nadie".

Control de la imaginación. A lo mejor empieza a leer una página y tiene que volver a leerla porque no se entera de lo que dice..., por falta de atención. Quizá, ante algo con lo que sueña, muestra una inquietud grande, que raya en la ansiedad. O es distraído y fantasioso, o con tendencia al desánimo.

Todos son posibles síntomas de falta de un sano control de la propia imaginación. Una difícil batalla personal contra esa potencia nuestra que a veces se convierte en un enemigo íntimo que nos hace daño.

A todo el mundo le llegan momentos más o menos largos de desánimo o de pesimismo, y el chico debe saber que él no es una excepción. En muchos casos esas crisis provienen del excesivo dar vueltas alrededor de sí mismo con la imaginación. Y desaparecerían con un poco de disciplina mental, sabiendo orientar –como un guardia de circulación– esos pensamientos inútiles que a veces tanto estorban.

Ese sano control de la fantasía y de la memoria le llevará a ser más abierto, y será también una protección ante los peligros del pesimismo, la tristeza y la vanidad.

Rechazo de la envidia. A muchos chicos les viene la tristeza por las rendijas de la envidia, porque se alegran de los fracasos de los demás y en absoluto sufren con sus dolores o preocupaciones. No les sucedería así si cortaran de raíz cualquier asomo de desazón o de celos por esta causa. Hay que alentar en ellos un espíritu noble y generoso que les lleve a gozarse de las alegrías ajenas.

Borrar el resentimiento. Otro de los peligros de ese mundo interior enrarecido de que hablamos es que sirve de caldo de cultivo de agravios y rencores de todo tipo. Se crea así un ambiente cerrado donde a veces sólo se mantiene el recuerdo de las afrentas y de los desplantes. Hay que enseñarle a perdonar y a olvidar, que son llaves de entrada a esa preciada paz interior.

No rehuir el compromiso. A veces la falta de valor para comprometerse es consecuencia de la mentalidad desconfiada o excesivamente calculadora de los padres, que impide que arraiguen en el chico ideas que impliquen aventurarse generosamente en algo.

Esa actitud es caldo de cultivo para un fenómeno que ha dado en llamarse el escapismo, en el que el chico busca vías de escape frente a los problemas. No los resuelve, se evade. Esquiva la incomodidad a toda costa e ignora sus consecuencias futuras. Si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.

"A mí no me gusta comprometerme con nada ni con nadie", escuché una vez a un chico de doce años, con frase lapidaria, impropia de esa edad y seguro que no original suya. Y en otra ocasión: "no sé si está bien o mal, pero me gusta y lo hago". Son estilos aprendidos, ejemplos de chicos que han sido víctimas de algo que bien podría llamarse maltrato moral, porque no se les ha maltratado atándolos con una cadena, pero se les ha esclavizado sumergiéndoles en un mundo irreal, ajeno a la responsabilidad. Y al final acaban comprometidos con su propia debilidad, que será la que en el futuro lleve las riendas de su vida, y contra la que luego apenas podrán hacer nada.

—Me han parecido, como ideas, muy interesantes, pero, claro, el problema es lograr que el chico las lleve a la práctica..., que no es nada fácil.

Estoy de acuerdo en que no es nada fácil, pero el proceso educativo empieza por las ideas.


Se empieza por proponer esas ideas como objetivos de comportamiento en la familia.

Luego, los padres han de dar ejemplo de esfuerzo por mejorar en ellas.

Es útil también hablar sobre esas virtudes, presentando ejemplos y argumentos asequibles a su edad.

Deben irse corrigiendo las manifestaciones de carácter que sean contrarias a esas metas.

Y, sobre todo, prestigiar esas virtudes con los diversos modos de motivación.



El niño consentido. Educación en la sobriedad

Es bastante llamativa la despreocupación con que van por la vida algunos chicos de esta edad.

A uno no le importa perder sus zapatillas de deporte en el vestuario. Casi lo prefiere, porque entonces le comprarán otras.

A otro le da igual llegar a casa y dejar todo tirado por donde pasa, porque sabe que su madre –con mayor o menor queja– irá detrás de él recogiéndolo todo.

Otro quizá llegue a clase y diga que le falta un determinado libro, o el compás, "porque mi madre no me lo ha puesto en la cartera".

Y si un día sale de excursión, será igualmente su madre quien le prepare la mochila, y papá quien se encargue de ir a comprar, cual fiel vasallo, todo lo que el niño precise, mientras él reposa cómodamente.

Son ejemplos de casos de chicos consentidos. Porque nada impide que un chico de esta edad, por ejemplo:


se haga él mismo la cama;

se ocupe él mismo de mantener ordenada y limpia su propia habitación;

ayude a poner la mesa o a hacer algunas compras o trabajos en la casa;

se cepille sus zapatos;

coma de (casi) todo;

se acostumbre a no comer entre comidas;

prepare las cosas para ir al colegio, o la mochila cuando va de excursión;

ponga cada cosa en su sitio después de usarla;

deje la ropa plegada por la noche;

recoja algo que se ha caído si pasa por delante y lo ve;

explique un problema de matemáticas a su hermana pequeña;

etc.


—Eso me parece muy bien; pero repito que no es nada fácil de conseguir...

Son costumbres que se respiran. El chico tiene una gran capacidad de imitación de costumbres. Es cuestión de ir por delante, y de un poco de autoridad.

Te pongo un ejemplo. Normalmente no hará falta explicarle que debe tratar bien a las personas que nos hacen cualquier servicio. Lo ve, no hay que decírselo. Si los padres se dirigen al dependiente de un comercio, o a la chica de la ventanilla, a la empleada del hogar, o al agente de tráfico, con la debida consideración, como corresponde, no será preciso explicar más.

A lo largo de estos años dedicado a la enseñanza he visto episodios asombrosos de dependencia paterna o materna, y de comodonería consentida. Por ejemplo,


madres que bañan y visten a sus hijos hasta edades que prefiero no consignar;

o que les llevan el desayuno a la cama "porque ha vuelto muy cansado de la excursión de ayer";

o que hacen cola en la ventanilla de la secretaría del colegio porque el niño de doce años está muy ocupado en el recreo y no puede ir;

o padres que pasan noches en vela haciendo láminas de dibujo que el niño no consigue hacer bien "porque el profesor es desproporcionadamente exigente";

y un largo etcétera que el lector o lectora podrían incrementar sin mucho esfuerzo.


Ojo con el exagerado miedo a que se resfríe, a que se canse, a que se separe de papá y mamá... porque queriendo proteger tanto al "pobre hijo" le haremos sufrir mucho en el futuro.

Ojo con mimarle,
que es egoísmo de los padres.
Porque el mimo no es amor;
en el amor te das,
en el mimo te buscas a ti mismo.
El mimo suele encubrir egoísmo.

No le llenéis de comodidades. No queráis evitarle toda clase de imprevistos y dificultades. Bajo el pretexto de protección le negáis hasta las más pequeñas ocasiones de adquirir experiencia.

La palabra no
también la pronuncia el amor.

Con tantos mimos, carantoñas, caricias y besuqueos... a estas alturas..., no le hacéis ningún bien.

La vida resultará
muy difícil
a quien haya tenido una infancia
sofocantemente cómoda.

Otro tema importante es el del dinero. Cuando se habla de dinero enseguida se pasa a la casuística. ¿Cómo se sabe qué es capricho y qué es necesidad? ¿Cuánto dinero debe tener? ¿Qué gastos costea él y cuáles los padres?

Sería demasiado aventurado proponer un sistema concreto. Depende mucho del estilo de cada familia.

Lo que sí parece siempre recomendable es hacer que el niño no disponga de demasiado dinero y no se acostumbre a despilfarrarlo en refrescos, chucherías o máquinas tragaperras.

Es positivo que vaya administrando pronto las pequeñas cantidades que va recibiendo de sus padres, familiares, o pequeños trabajos extraordinarios en la casa. Y que aprenda a ahorrar, sin tacañerías, y conozca el valor de las cosas. Que no acabe sucediendo que sepa el precio de todo pero no conozca el valor de nada. Administrar el propio dinero es una escuela de enseñanzas importantes para la vida.

Pero hay algo que conviene tener en cuenta. Los recados y trabajos ordinarios en la familia son obligación de todos, sin necesidad de que medie el dinero. Premiar o castigar con dinero hace que los hijos se materialicen y acabe siendo necesario incentivar económicamente todo, y esto no es propio de una familia. Leer más...

La Formación del carácter y el dominio personal


La Formación del carácter y el dominio personal
Vencerte es conquistarte

Autoanálisis

¿Qué significa formarse? Significa adquirir una forma. ¿Cuál es nuestra forma? Nuestra forma es el ideal humano y cristiano, el humanismo cristiano. Esa forma la tenemos que estar día a día adquiriendo, perfeccionando. Y eso exige abnegarnos.

Hoy en la educación familiar, escolar, en la misma mentalidad común, se piensa y se actúa como si formar fuese dejar que el niño o el adolescente sigan su inclinación natural. ¿Para qué decirle: "Esto no se debe hacer"? ¿Por qué ponerle trabas?... ¿Qué es lo que resulta? Que el concepto de abnegación y sobre todo la realidad de la misma se están perdiendo. Es una pena, porque el que no sabe negarse a sí mismo no tiene voluntad. Si ha hecho siempre lo que quiere y querrá hacer siempre lo que quiera, cuando en la vida tenga que enfrentarse con alguna dificultad, no sabrá qué hacer y se derrumbará. La falta de abnegación produce hombres débiles, mujeres débiles. Esa es la pena y la desgracia de una educación que no tiene en cuenta la abnegación, como un elemento importante en el formación del hombre y de la mujer maduros.


Cuestionario

1. ¿Qué concepto tengo de mi mismo (a) cuando me examino con sinceridad? ¿Se reconocer las cualidades que poseo y aquellas que no?
2. ¿Me desanima encontrarme imperfecto (a) con los mismos defectos de siempre?
3. ¿Soy autosuficiente? ¿Creo que soy el único (a) que puede hacer bien las cosas? ¿Me considero mejor que los demás en el cumplimiento de mis deberes, en mis capacidades intelectuales, en mis cualidades artísticas y físicas?
4. ¿Busco constantemente la aprobación de mi esposa (o), directores, alumnos? ¿Vivo de la opinión “buena de los demás”?
5. ¿Suelo discutir acaloradamente de todo, aún en aquello que no conozco? ¿Sobreestimo el valor de mis opiniones? ¿Acepto con facilidad las sugerencias de los otros?
6. ¿Cuándo fracaso o me va mal en algo ¿el mundo se me cae encima? ¿busco entonces hacer un nuevo esfuerzo de superación y no dejarme llevar por mis sentimientos?
7. ¿Cuento mis penas y sufrimientos a todo mundo o sólo aquellos a quienes debo contárselos?
8. ¿Se prescindir de mí mismo (a) cuando hay cosas que me gustan pero disgustan a los demás?
9. ¿Vivo atento (a) a hacer felices a cuantos me rodean? ¿Aún cuando tenga que hacer un sacrificio?
10. Cualquier actitud de los demás que no concuerda con lo que me agrada, ¿Me desconcierta y enfada? ¿Me irrita durante muchos días y guardo rencor?
11. ¿se dominar mi impaciencia? ¿pierdo lo mejor de mis energías y de mi tiempo en enojarme por pequeñas tonterías? ¿se restar importancia a las cosas que no la tienen? ¿Me ejercito en el dominio propio? ¿Soy constante en eso?
12. ¿Se ganar y perder con nobleza? ¿Tengo dominio en mis palabras?

El Carácter

El ser humano es esencialmente un ser social. Sus acciones son espejo del alma. ¡Cuántas veces una palabra amable o un gesto educado pueden abrir las puertas del corazón de una persona! ¡Cuántas, en cambio, se cierran por culpa de un trato brusco o poco agradable!
Temperamento, carácter y personalidad son palabras muy escuchadas, pero pocas veces no sabemos con precisión su significado.
Temperamento: es el conjunto de características con las que una persona nace. Las situaciones y su creatividad forman su personalidad.

Carácter: Son las características de una persona que determinan una forma propia de comportamiento. No se nace con carácter sino que éste se forma.

Personalidad: Resultado final que conjunta el temperamento, el carácter, la educación, la formación, etc., en una persona.
De lo contrario deducimos que el temperamento no lo es todo en el individuo, sino tan sólo aquello que él posee como resultado de la herencia; mientras que la personalidad se va formando al adquirir otros elementos, los cuales influyen en la formación del hombre.

Nos permitimos clasificar a las personas en dos grupos, que para nada agotan la gama y riqueza de los temperamentos, pero ayudan a ubicar de manera sencilla algunos rasgos característicos y visibles

Extrovertidos:

• Tendencia a ser habladores.
• Poco autoanálisis y autocrítica
• Rara vez se turban o alteran.
• El tipo de diversiones que le gustan son exteriores.
• Sociables y cordiales.
• Prefieren trabajar en equipo.
• Descuidados en su salud y en sus pertenecias.

Introvertidos:

• Poco comunicativos.
• Inclinados al autoanálisis y a la utocrítica.
• Se turban con facilidad.
• El tipo de diversines que les gustan son interiores (lectura, juegos mentales, etcétera)
• Poco socibles.
• Prefieren trabajar solos.
• Pendientes de su salud y de sus pertenencias
Es muy importante considerar que cada persona independientemente de su temperamento tiene calidades como defectos, y que Dios les ha dado talentos personales para ponerlos al servicio del Señor y de los demás.

Características de la personalidad

Las personas tenemos un sinnúmero de características propias que nos van definiendo. Para meniconar alguna usarémos tres conceptos que René Le Senne propone como base del comportamiento y de los cuales se deduce las siguientes combinaciones de carácter.

Emotividad (E):

Vibrar interiormente con mayor o menor intencidad ante distintas situaciones o estímulos. Esto dice que tan sensible es una persona. Las personas emotivas ponen interés y atención en lo que realizan.

Emotivo – Mayor nivel de afectación
No emotivo – Menor nivel de afectación

Actividad (A):

Instinto que nos empuja o obrar y a crear nuevas oportunidades para actuar. Sus ideas e imágenes se convierten expontáneamente en actos, no se desaniman ni se desesperan ante los obstáculos; tienen espíritu e lucha e inspiran valor ante las dificultades, contagian optimismo.

Activo – Mayor capacidad de reacción
No activo – Menor capacidad de reacción

- Prontitud para reaccionar (P o S):
Es la reacción más o menos prolongada que se produce en una conciencia después de un aimpresión o sensación. Dependiendo de esta reacción las personas podemos clasificarlas en:

Primarios, si reaccionan de manera inmediata y olvidan con facilidad.

Secundarios, si reaccionan después de haber reflexionado y no olvidan con facilidad.


Clasificación de caracteres


Con base en la combinación de estas características, se hace la clasificación de los caracteres:


A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.

Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.
Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.

Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.

La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.


B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

El reflexivo es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda.

Por ser emotivo, los reproches le duelen hondamente, estos le pueden causar un complejo o una represión obsesiva o una sensación de fracaso. Percibe profundamente cualquier impresión, tanto si es buena como si es mala, alegre o triste. La medita lentamente y la revive una y otra vez.

No busca impresiones nuevas, le gusta ser conservador y cuando la vida le presenta una nueva experiencia le cuesta trabajo adaptarse a ella. Es idealista, pero en forma reservada y moderada. Le atrae lo estético.

Es vulnerable, tímido, pesimista, indeciso, con poco sentido práctico. Es una persona que desconfía de sí mismo. Tiende a la inactividad, al aislamiento, al aburrimiento. Está lleno de costumbres y manías.

El reflexivo tiene escasa aptitud para emprender, para la organización lógica y para la abstracción. Trabaja con interés, orden y método y le gusta hacer las cosas bien; sin embargo se desalienta pronto ante las dificultades, desconfía de sus posibilidades y es lento, tanto en la concepción como en la realización de las tareas. Tiene problemas para adaptarse a nuevas actividades y para el esfuerzo prolongado.

Vive muy apegado al pasado, en el cual se refugia muchas veces, mientras que por otra parte se preocupa de organizar "con la imaginación" su porvenir. Sus proyectos e iniciativas se quedan siempre en el estado de aspiración y de sueño.

Es delicado, muy fiel y constante en el afecto, amante de la soledad y el silencio. Muy recto, honrado, veraz. Con poco se contenta, no es nada ambicioso. Da mucho valor a la vida sencilla y pura. Está predispuesto a la comprensión de los demás, porque es reflexivo, procede con mucha calma y posee un espíritu muy noble y delicado.

Su poca actividad provoca en él la necesidad de una vida reposada, regular, bastante egoísta.

C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

La característica más importante de este carácter es la actividad exuberante. El Dinámico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter.
En la vida social es muy cordial, es popular por su iniciativa y optimismo, por su alegría y buen humor, es muy extrovertido. Susceptible, inquieto, charlatán, es propenso a la mentira por tender a la exageración. Sus reacciones son instantáneas, violentas, necesita respuestas inmediatas, nada a largo plazo.

Este carácter es idealista al máximo, compasivo, generoso y servicial. Incapaz de guardar algún rencor. Es voluble, cambiando fácilmente de gustos y amigos. Suele cambiar de actividad de manera frecuente y caprichosa y sin terminar lo que ha empezado. Busca éxitos inmediatos ya que es incapaz de subordinar sus actos a un fin lejano.

Eleva a verdadera caridad fraterna su innata inclinación a amar. Es muy caritativo con los enfermos. Sin embargo, por su vigor exuberante, peligra en su vida amorosa, sobre todo en su afectividad, donde puede conquistar amores poco duraderos o tener caídas graves.

La inteligencia del Dinámico está inclinada a lo concreto, lo inmediato y lo técnico. Es una inteligencia práctica que comprende con rapidez y demuestra capacidad de improvisación. Prefiere el trabajo en equipo al trabajo individual. Tiene espíritu de camaradería: ayuda con gusto a los demás, colabora siempre que puede, aún más, se adelanta y previene los deseos y necesidades de sus compañeros.



D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión. La persona de este carácter es servicial, honorable, amante de la sociedad. Está dotado de una comprensión inteligente para cualquier tipo de problemas y es compasivo con la debilidad, pena o aflicción ajena.

Es, así mismo, dominador, ambicioso, apto para mandar. A veces fanático e impaciente, hasta agresivo. Peca de temeridad arrastrando a los demás consigo. Se deja guiar por la regla y por la razón, que considera como normas supremas de su obrar. De aquí que observe el orden de una manera meticulosa. Puede convertirse en un hombre o mujer severa, dura, obstinada, de las que atosigan con el ejercicio de su autoridad.
Organiza jerárquicamente su vida afectiva y es generalmente reservado. Tiene una gran capacidad de trabajo, y ese trabajo tiene como base la responsabilidad; se concentra en lo que hace y es constante y organizado. Está siempre orientado hacia la acción que desea resulte lo más perfecta posible y, generalmente, consigue llevarla a feliz término. Es además puntual y de conducta honorable.

El exceso de orden, indiferencia por los deportes, poca resistencia física, desinterés por las artes son otros rasgos de este carácter. La inteligencia del apasionado es muy apta para la abstracción y el razonamiento lógico. Sus intereses intelectuales son de carácter social, metafísico y religioso. Posee capacidad inventiva, gran memoria, buena atención, imaginación y comprensión. Prefiere trabajar solo.

La misma seriedad en lo que emprende ya constituye por sí misma una valiosa ayuda tanto para su castidad personal como en el trato con el otro sexo. Sin embargo, por su orgullo mantiene una excesiva seguridad en sí mismo.


E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado.
Con un gran sentido analítico, buen sentido práctico, una gran inventiva y gran destreza manual, muy independiente en sus juicios y críticas. Destaca por sus dotes
diplomáticas, inteligencia clara y buena observación. La ironía es una de sus armas predilectas.

Está predispuesto al egoísmo y a la codicia. Es propenso a la intriga, la denigración, el cinismo. Es inconstante, falto de sistematización; tiene grandes necesidades sensuales por su curiosidad malsana. Es insensible, sin convicciones hondas, dado a la dispersión, al escepticismo, al libertinaje, a la picardía y a la glotonería.

Su inteligencia tiene muchos puntos fuertes: comprensión rápida, claridad y precisión en las ideas, capacidad crítica y expresión objetiva. Posee una natural inclinación a obrar, admirable adaptación a las circunstancias, a las situaciones concretas, deseoso siempre de conocer, más reflexivo que impulsivo. Se interesa por las cosas concretas, que impresionan los sentidos. Apegado al dinero. Es versátil: tiene el sentido del trabajo y del trabajo hecho inteligentemente, pero se aplica a él de manera irregular; también busca el resultado de inmediato.

El valor que busca instintivamente es la utilidad y el éxito inmediato en el campo social con el fin de saciar su avidez y la propia vanidad. Se fija más en la apariencia que en la sustancia.



F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

Tenemos que partir del hecho de que este carácter, junto con el conservador, es el más pobre de todos porque le faltan los tres elementos positivos: no tiene la riqueza interior de la emotividad; no tiene el poder y la fuerza de la actividad y no tiene el equilibrio y la discreción de la secundariedad.

Su rasgo característico más fuerte es la pereza. No siente internamente su falta de actividad, más bien, ésta va acompañada de cierta alegría y satisfacción. Se deja arrastrar fácilmente por el ambiente, es indolente para todo y poco aseado. Su incapacidad de esfuerzo es modesta, pero no nula.

Carece de miras elevadas, se contenta con poco, se consuela enseguida ante las contrariedades, no tiene grandes aspiraciones, le basta con vivir al nivel ordinario. No tiene temor ante los peligros y las desgracias, por lo tanto es valiente al máximo. No es aprensivo, ni pesimista, está protegido contra las enfermedades nerviosas y mentales que en el mundo actual es una gran ventaja, es sociable en grado sumoEs dócil y nada polémico, no resiste a la autoridad, es conciso y exacto, objetivo y observador. Este es su secreto de éxito en el trabajo y en la sociedad. Le gustan los deportes.

Se deja llevar por los deseos del cuerpo, es comelón, dormilón y fácilmente se deja llevar por sus bajos instintos; está sometido a las excitaciones del instante. Es indiferente a todo, aunque es inteligente no sobresale, a causa de su inercia y baja curiosidad. Razona con mucha lentitud y de forma superficial. Está incapacitado para el pensamiento abstracto. Se muestra indeciso, torpe, desordenado, abúlico e inadaptado.

No vibra por ningún ideal, ni se esfuerza ante una acción noble, no experimenta ningún sentimiento porque tiene un vacío interior, al no poseer nada de afectividad se deja llevar por el egoísmo. Vive en y del momento presente; es superficial, se deja llevar por el medio ambiente.



G. Carácter Adapatable ( noEmotivo-Activo-Secundario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

El signo más característico de este carácter es su frialdad y su excepcional calma, es poco expresivo, franco y sencillo; su curiosidad es sin entusiasmo.
Su valor dominante esta en la firme constancia con que lleva a cabo sus obras. Se aplica al trabajo con método y constancia; su actividad es fría y sin calor, pero profunda, vigorosa, tenaz y eficaz. Se propone fines determinados y precisos y no descansa hasta haberlos terminado. Actúa con convicción y en silencio.

Sus intereses son intelectuales, sus juicios incipientes, precisos y categóricos. El flemático es autónomo, circunspecto, tenaz, firme, puntual, regular y sistemático. Es ordenado y limpio. No está apegado ni al dinero, ni a las cosas, ni a los atractivos del mundo. Lleva una vida muy sencilla y aprovecha muy bien el tiempo.

Su principal cualidad es una calma especial que lo hace tener una templanza perfecta y una sabiduría sexual muy marcada. Son muy laboriosos debido a la tenacidad y constancia. Son adaptables en cualquier ambiente, no riñen.

La inteligencia es lenta, pero profunda; es de tipo conceptual, con buena aptitud para comprender lo esencial, ordenar, clasificar y sistematizar. Posee también buena memoria y capacidad de concentración; en cambio, tiene poca imaginación. Ama la lectura y se aplica seriamente al estudio.

En sus relaciones sociales, le falta espontaneidad y desenvoltura; es reservado, pero no tímido. Parece indiferente a los acontecimientos exteriores y por ello, lo juzgan como insensible. No le gusta participar en grupo, no se abre ante las personas. Le choca renunciar a sus puntos de vista, o aceptar lo que no había previsto. Posee un orgullo frío, duro, conscientemente fundado en su inteligencia, es un orgullo de indiferencia, como si los demás no existieran, de origen intelectual, sin nada de emotividad.


H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)

1. Descripción de los rasgos más característicos.

El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador. Sus valores principales son la disciplina, la fidelidad y la rica imaginación. Casi siempre es sincero, honrado y digno de confianza.

El Conservador suele caracterizarse por una pasividad habitual en un total sometimiento al pasado y a los hábitos que va adquiriendo. Su vida está apagada, carece de fuerza interior, entusiasmo y alegría. Es el tipo rutinario, conservador y esclavo de las tradiciones y costumbres. Es el más terco de todos los caracteres.

El conservador es meditativo y lento; se separa de cuanto lo rodea para insistir en su pesimismo y carencia. Es un carácter pobre y está sometido a las necesidades orgánicas y al automatismo. La pereza es algo constitucional en el apático, es retraído y solitario, no se interesa por nada. No siente necesidad de trabajar. No tiene iniciativas.

En cuanto a la vida social tienen pocas cualidades, pues siente un atractivo especial por la soledad y el aislamiento. Le gusta la tranquilidad, la vida monótona. Es cerrado, independiente, insensible y egoísta. Su lema es: "Pensar en sí mismo y quejarse".

Carece del estímulo de la emotividad y de la ayuda de la actividad. Por está razón permanece casi en estado potencial, sin movilizar, prácticamente sin tensión. Es una inteligencia muy mal dotada para extraer lo esencial, para la abstracción y para el establecimiento de relaciones lógicas. El pensamiento es incoherente y pobre de ideas.


No hay caracteres buenos ni malos; todos son buenos porque Dios los hizo. Además todos tenemos un poco de todos. Lo importante es conocer el propio para poder formarlo.


Formación del carácter

No basta educar la inteligencia y la voluntad de la persona si no se forma también el carácter, es decir, si no formamos hombres y mujeres bien orientados hacia fines nobles.

El carácter es el molde, la fisionomía del hombre. El carácter es por decirlo así , nuestra obra. Un joven con carácter es aquel que tiene principios nobles y que permanece firme en ellos, aun cuando esta perseverancia y firmeza le exijan sacrificio.

La formación del carácter no se determina sino a partir del momento en que la persona haya contraído el hábito de vencerse a sí misma minuto a minuto. Entonces podemos decir que hemos formado un hombre o una mujer de carácter.

Algunas características del jóven con carácter

• Hombre o mujer de decisión
• Hombre o mujer de acción.
• Firme en la ejecución.
• Perseverante hasta morir en la raya.
• Seguro (a) de sí mismo (a)
• Valiente.
• Con fuerza de voluntad.
• Dueño (a) de sí mismo (a)
• Estable emocionalmente.
• Tenaz.

Señales de peligro

• Impulsividad: dejarse llevar por los impulsos del momento.
• Consentir en todo los gustos y caprichos.
• Falta de voluntad.
• Falta de acaptación personal.
• Conformismo: no querer cambiar, justificarse con “así soy y que me quieran como soy”.
• Ira: dejarse vencer con facilidad por el enojo.
• Hacer lo que hacen y dicen los demás.
• Falta de ideales: no hay ideal ni meta.
• Inconstancia.
• Irrepsonsabilidad: no cumplir con nuestra responsabilidad porque nos sentimos tristes o desanimados.
• Miedo al esfuerzo y a la lucha: vencernos fácilmente ante las dificultades y obstáculos.


Virtud del dominio personal

El dominio personal consiste en saber ser dueño de uno mismo, haciendo siempre lo que debe hacerse.

“ El desarrollo armónico de la persona supone el dominio sereno de las reacciones pasionales y el encauzamiento de estas fuerzas hacia los ideales humanos y cristianos. Por ello, esfuércense por lograr una disciplina personal que les permita mantenerse en todo momento señores de sí mismos y de sus impulsos”. P. Marcial Maciel

No podemos ser santos si no colaboramos con la gracia de Dios. No es mejor hombre el de más talento, sino el de mayor dominio.

Claves para formar en la virtud

¿Quién es el hombre y la mujer de carácter?

• Quien jamás traiciona sus principios y su amor a Cristo.
• Quien no se deja vencer en la lucha, no teme a las dificultades.
• Quien huye de la comodidad.
• Quien sabe hacer grandes cosas y llevarlas hasta el final.
• Quien cumple con perfección los deberes.
• Esfuerzo constante por conseguir lo que se propone.
• Constancia: obra iniciada obra terminada.
• Resoluciones firmes,adecuadas y cumplidas.
• Sonreír y sobreponerse a los estados de ánimo negativos.
• Fortalecer la voluntad a través de pequeños ejercicios.
• Evitar la queja.
• Espíritu positivo ate la dificultad.


Te presentamos el siguiente video. Después de disfrutarlo, elogia las virtudes que observas y las dificultades que ha afrontado y los medios que posiblemente se propuso para lograr lo que ha logrado. Leer más...

Carácter


Carácter
Comprende el conjunto de disposiciones psicológicas y de comportamiento habituales de una persona, modelado todo ello por la inteligencia y la voluntad.

Definición y concepto

Comprende el conjunto de disposiciones psicológicas y de comportamiento habituales de una persona, modelado todo ello por la inteligencia y la voluntad. El término fue introducido en 1862 por el psicopatólogo Bhansen, y con frecuencia se usa con diferentes significados que conviene distinguir para no caer en graves equívocos.

La noción de carácter está íntimamente relacionada con la de personalidad. La antropología experimental suele considerar la personalidad como resultado de funciones y propiedades correspondientes a tres estratos o niveles biopsíquicos: cuerpo, alma (instintos y afectos) y espíritu (inteligencia, memoria, voluntad). La división es algo artificiosa, porque en realidad los componentes del ser humano son dos: el material (llámese cuerpo, soma, organismo, materia animada, etc.) y el espiritual (llámese espíritu, alma, etc.), íntimamente unidos y relacionados; lo cual da origen a una complejidad de funciones y actividades que para muchos estudios de psicología experimental puede cómodamente clasificarse en los tres niveles dichos. El llamado temperamento viene a representar la resultante de la incidencia de la constitución somática o corporal en lo anímico espiritual, es decir, la parte instintivo-afectiva de la personalidad; mientras que el carácter corresponde a la parte más estrictamente espiritual, es decir, la intelectivo-volitiva, que puede variar de un individuo a otro según cómo se desarrolle en el uso que haga de su entendimiento y de su voluntad libre y responsable.

De ahí que la idea de carácter haga referencia, normalmente, a la individualidad personal, a eso que hace que alguien sea distinto a los demás. Toda persona tiene, en efecto, caracteres o señales propias, «diferencias individuales» que se presentan ante la intuición concreta y el conocimiento por simpatía o connaturalidad.
Las divergencias en torno al concepto de carácter han sido nota característica y de significación bien clara. En un extremo se tiende a alzaprimar el valor de lo somático; desde el otro se sobreestima lo anímico superior. Como en tantas otras facetas del saber antropológico, la psicopatología a partir de Kraepelin ha reportado puntos de vista y experiencias de interés.

La individualidad viene del cuerpo, lo que equivale a decir que el carácter tiene como primera base el temperamento o individualidad física, en tanto en cuanto el temperamento representa la capa instintivo-afectiva de la personalidad, algo más próximo de suyo a la biología, más dependiente del soma. De ahí que pueda afirmarse, de algún modo, que no somos responsables de nuestro temperamento, y sí lo somos de nuestro carácter. Junto a este componente somático-biológico y corporal coexisten otros, los psicológicos, que constituyen el carácter propiamente dicho. Entre éstos se discute el papel que pueden tener las disposiciones más o menos hereditarias o innatas, provenientes de la familia, raza, etc.; más que influir en la inteligencia o voluntad, propiamente dichas, influyen en el temperamento, afectividad, etc.; y el temperamento puede desde luego influir en el carácter. Otros factores, de prevalente rango anímico, intervienen en la constitución del carácter, como las costumbres, medio ambiente, la profesión, etc.; y finalmente las decisiones personales, provenientes de la voluntad libre y responsable con el concurso de la inteligencia, que cada uno va tomando a lo largo de su vida. Puede decirse que «en la aventura humana rige, como un señor absoluto, el principio de indeterminación. Y, sin embargo, cada hombre no es un caso. Algo hay que lo define como ser a través de las variaciones. Una constante impregna su conducta, tanto si se halla en la cima de la madurez como si se desliza por la pendiente de la decrepitud. A esta constante es a lo que llamamos carácter» (López lbor, LeccionesdePsicologíamédica).
Existe toda una teoría del carácter basada en la interpretación de las cosas o personas por su modo de aparecer: así se habla del carácter de un paisaje, pero hay otra forma de hablar del carácter cuando como, por ejemplo, se dice de alguien que «es un hombre de carácter». Carácter se toma en este caso como la actitud interna que el hombre mantiene frente al mundo. En esta dirección, E. Spranger dirá que «el carácter es el conjunto de actos o vivencias referidos a la cultura». Entre estos dos conceptos, el fisiognómico y el ético, sé encuentra el netamente psicológico, considerado como una actitud tomada ante la propia individualidad, como una realidad viviente. Concepciones fisiognómicas del carácter serían, además de las defendidas por los caracterólogos de inspiración filosófica, la del psicoanálisis.

Desarrollo del carácter

Algunos autores (Le Senne, Schopenhauer y Voltaire, entre otros) han sostenido que el carácter no varía, ya que para ellos el carácter sería como un conjunto de disposiciones congénitas que determinan una «mentalidad» o «actitud» (hay aquí, según lo dicho, una confusión con temperamento). Así el carácter no sería más que lo que el individuo posee como resultante de las herencias recibidas; quedaría excluido, por tanto, lo que en el individuo proviene de su historia personal; de ahí que dichos autores considerasen el carácter como algo sólido y permanente, afirmación implícita en ciertas expresiones del lenguaje cotidiano, como cuando al ver de nuevo a un amigo, después de muchos años, exclamamos ante alguna de sus reacciones: «Es siempre el mismo».

Pero la experiencia de cada día, en los demás y en nosotros mismos, prueba bien que los caracteres se modifican, y si bien es cierto que algunos elementos del carácter son invariables a lo largo de la vida de los individuos, también lo es que otros son factibles de variación. Tales, por ejemplo, los hábitos adquiridos que pueden cambiar con las situaciones personales de manera incidental, o por la dificultad con que tropiezan en su permanencia, cuando no responden a un proyecto conscientemente elaborado. Las condiciones que presiden el desarrollo individual contribuyen desde la infancia a formar el carácter. Ante situaciones idénticas o parecidas, los sujetos pueden ser impresionados y reaccionar de maneras muy distintas a causa de las diferentes disposiciones innatas, de las actitudes adquiridas por influjo de experiencias similares, y de las decisiones personal o conscientemente tomadas que harán de cada uno de los hábitos una virtud o un vicio. En personas cuya predisposición innata a la anormalidad del carácter no es muy fuerte, el influjo del ambiente en la niñez y adolescencia no tiene por qué ser decisivo para que se actualicen o no manifestaciones negativas del mismo.

Por otro lado, a las disposiciones psicológicas hereditarias e innatas se les ha de reconocer gran plasticidad, ya que fácilmente pueden modificarse en determinadas circunstancias, tales como transformaciones orgánicas producidas por la edad, enfermedades crónicas o accidentales, cualquier cambio en el régimen de vida, etc.; teniendo en cuenta además que «el cociente de plasticidad» del carácter varía con la edad. Y además teniendo en cuenta que en el desarrollo y fijación del carácter propiamente dicho intervienen, moldeando y dando forma definitiva a los factores expuestos, la inteligencia y la voluntad, como instancias superiores.

Los escolásticos definían la voluntad, como «un apetito o inclinación racional». Según Aristóteles: «La voluntad es el apetito penetrado de inteligencia o la inteligencia penetrada de apetito». Que la voluntad sea una actividad sintética, es algo que se deduce de la imposibilidad de reducirla, ya a las representaciones, ya a las tendencias e impulsos o bien a los estados afectivos y al deseo. Ella es, de hecho, la síntesis de todos los estados, imágenes e ideas, tendencias y apetitos, conscientes y extraconscientes, que constituyen el «yo» en una situación determinada. Es lo que afirma Ribot (1839-1916), iniciador de la psicología experimental en Francia, cuando dice: «El acto voluntario en su forma completa, no es la simple transformación de un estado de conciencia en movimiento, sino que se supone la participación de todo ese conjunto en estados de conciencia o subconscientes que constituyen el yo en un momento dado». En cualquier momento de su actividad el hombre actúa sub especie volitiva, bien sea con conflicto interior o sin él. En ausencia de conflicto entre ideas y tendencias antagónicas, la personalidad se expresa de manera armoniosa y simple: el acto de voluntad no es sino la adhesión inteligente a los fines indiscutidos de la persona entera. En la situación conflictiva la voluntad significa una reacción del todo sobre uno de los elementos o una especie de coalición momentánea de tendencias múltiples contra una tendencia particular.

Así, pues, la voluntad es, en resumidas cuentas, expresión de la unidad personal: la volición no es, en efecto, el resultado de una colección de tendencias agrupadas, del mismo modo que un organismo no es el producto de múltiples y diversos elementos. La voluntad expresa una unidad y una organización, y por eso se traduce en la personalidad. La voluntad será, pues, tanto más poderosa y eficaz cuanto más perfecta sea la unidad personal, es decir, cuanto más fuertemente haya sido organizado y jerarquizado el conjunto de apetitos, tendencias, disposiciones, hábitos, etc. La voluntad es, como dice Jaspers, «una conciencia de sí en la que yo me comparto activamente frente a mí mismo». Ella expresa ese acto misterioso por el que soy verdaderamente posición y aun creación de mí mismo. «Elegir», nota Kierkegaard, es siempre «elegirse», lo mismo que «elegirse o quererse» es siempre querer o elegir esto o aquello.

Si, como se ha dicho, el carácter representa la capa intelectivo-volitiva de la personalidad, la voluntad, por todo lo expuesto, es a la vez causa y efecto del carácter. De ahí que se puede decir que en parte somos responsables de nuestro carácter, en tanto cuanto gracias a la voluntad el hombre tiene poder sobre sus hábitos, está en su mano modificar las influencias que pesan sobre él, puede elegirse o aceptar ciertos medios correctores, etc. La posibilidad que tiene el hombre de superar y trascender lo biológico y de transformar su carácter puede variar algo según los individuos, debido a diversos factores. A veces, algunos parecen poseer más facultades de renovación; otros parecen encerrados en una constitución más inmutable; pero, en realidad, todos pueden mejorar con su esfuerzo personal voluntario y cuidando, en lo preciso, también su salud corporal.

La mayor parte de los caracteres tienen numerosas posibilidades de transformación, de mejorar o de empeorar. Normalmente, el carácter, en la mayor parte de los hombres, encierra un substrato elemental compuesto de elementos psico-fisiológicos que sería inútil pretender transformar profundamente, pero cuya dirección está en manos de la voluntad de los demás, a través de la educación, y de la propia. El entusiasmo, la espontaneidad afectiva, la emotividad, y algunos rasgos e ideales temperamentales son realidades que hay que aceptar y que sólo pueden modificarse dentro de unos límites; pero, sobre todo ello, cada uno puede desarrollar ampliamente sus conocimientos, su responsabilidad y voluntad, y de cada uno depende orientar de un modo u otro sus cualidades fundamentales.

Todo esto demuestra que si el querer concreto está conforme con la síntesis psíquica y con el carácter, éste, al igual que la síntesis psíquica como tal operación sintetizante definidora de la subjetividad, según Ward (1843-1925), el gran psicólogo de la escuela no experimental, depende en gran parte de la voluntad. El hombre de voluntad es precisamente aquél que sabe crearse un carácter, orientando así su propia conducta y contribuyendo de modo activo al diseño de su personalidad.
El psicólogo austriaco contemporáneo Hubert Rohracher relaciona voluntad, carácter y personalidad de forma decisiva al definir el carácter como la peculiaridad general anímico-espiritual del hombre, y la personalidad como el resultado de su desarrollo. Leer más...