El sentido de guardar la virginidad


El sentido de guardar la virginidad.
El mejor regalo de bodas que espera una persona es la virginidad de su pareja.

El casarse con una mujer pura tiene para el hombre una ilusión especial. El matrimonio después de unas relaciones puras tiene una ilusión y una felicidad especiales. Y lo mismo le pasa a la mujer.
El mejor regalo de bodas que espera una persona es la virginidad de su pareja.
Toma este precioso lema: «Fieles hasta la muerte y puros hasta el altar». Convéncete de que mientras más pura y respetuosa sea tu conducta en el noviazgo, mayores serán las garantías que llevaréis al altar, de un matrimonio indisoluble, tranquilo y amoroso.
Dice la Biblia que Amón deseaba a Tamar, y en el mismo momento de violarla la aborreció en su corazón 46.
Algunas veces las chicas ceden ante las exigencias inmorales del hombre a quien aman; no se atreven a resistirle. Por miedo a perderle, o por no contrariarle, llegan más allá de donde su conciencia cristiana les permite. Y después resulta que todo sale mal: su conciencia manchada, Dios ofendido, y su novio desilusionado.
Conozco varios casos concretos en que unas relaciones se rompieron porque él perdió toda la ilusión con una chica que había cedido a sus solicitaciones pecaminosas.
La mujer interesa al hombre mientras es encanto, ideal, ilusión; pero rebajada a ser una cosa, desilusiona.
Recuerdo una ocasión en que yo quería defenderla a ella y le echaba la culpa a él. Él me respondió: «Muy bien, Padre, me reconozco culpable, pero he perdido en ella la confianza. Ya no puedo casarme con ella».
Por eso no es raro que un chico pierda la ilusión e incluso abandone a una chica que ha perdido la pureza, aunque sea él el autor de la mancha.
Así son las cosas.
Puede él sentirse quizás culpable. Pero también desilusionado.
Y esto es superior a su voluntad.
El chico te quiere pura, fragante como una flor.
Si te marchitas pierdes tu atractivo.
Mi experiencia sacerdotal me ha hecho conocer varios casos que se decidieron a elegir a una chica antes que a otra, atraídos precisamente por la intransigencia en la pureza que en ellas habían observado.
Y es que los chicos cuando buscan una chica-plan para divertirse y aprovecharse, la quieren fresca; pero cuando lo que buscan es una novia en serio, la quieren de una pureza intachable.
A nadie le gusta comerse las sobras que otro dejó en el plato.
Por eso la pureza es uno de los mayores tesoros de una muchacha.
Un hombre, como Dios manda, se avergüenza de que su mujer haya sido una golfa.La chica fácil y condescendiente en terreno moral resulta vulgar.
Chicas así se encuentran en todas partes.
Cuando el hombre que vale se enamora, lo hace de una mujer excepcional, que se sale de lo corriente, de auténticos valores, sobre todo, espirituales y no de una cualquiera. Lo vulgar, no enamora a nadie que tenga buen gusto.

Un chico que quiere a una chica, en lugar de hundirla, rebajarla, profanarla, degradarla, instrumentalizarla, mancharla con los deseos de su instinto, procura, por encima de sus apetencias, elevarla, dignificarla, sublimarla. Se preocupa de que sea más piadosa, mejore su formación tanto religiosa como de carácter, voluntad, etc.
Es decir, busca siempre lo que a ella la engrandece, nunca lo que la envilece.
Mira lo que decía un chico en una carta:
«¿Cómo me gustaría mi futura esposa?
»Más bonita de alma que de cuerpo, aunque sin descuidar esto último.
»Más piadosa que rezadora.
»Con más cultura religiosa que de cualquier otro tipo, aunque no desdeñe la cultura general».
No he añadido ni una palabra. Así piensan los chicos formales cuando hablan en serio.

¿Quieres en resumen unas cualidades femeninas que cautivan a los chicos? La sencillez, el encanto, la sonrisa, la delicadeza, la amabilidad, la servicialidad, la dulzura, el candor, unidas todas a una sólida piedad y a una pureza intachable.

Es verdad que en el momento de la tentación están fuera de sí, y piden cosas que serenos jamás pedirían.
Pero cuando pasa el torbellino, ellos mismos se avergüenzan de haber estado así. Si negándote le defiendes de la fiera que lleva dentro, te lo agradecerá. Tu intransigencia aumenta la ilusión que siente por ti. Tus condescendencias en este punto, no lo dudes, te rebajan, te estropean, te ensucian, te manchan.
Y si de tu parte no sólo hubo condescendencia, sino que hubo culpa, quedaste a la altura de un demonio. ¡Qué horror! Piénsalo.

El chico te quiere ángel. Así le ilusionas; su cariño se eleva. Cuando dejas de ser ángel, él pierde la ilusión y lo que era cariño se convierte en otra cosa peor. ¿Creías que cediendo te iba a querer más? ¡Te equivocaste! Te quiere menos.
Su verdadero cariño se ha transformado en instinto de bestia. Y al ir perdiendo por ti la ilusión y el cariño, pierde también el respeto. Quien profanó tu cuerpo no tiene dificultad en profanar tu fama: ¡Lo que hizo contigo se lo contará a sus amigos! ¿Puedes imaginarte los comentarios que harán de ti? ¡Qué vergüenza!
Esto ocurre con mucha frecuencia; créeme.

El hombre que pide libertades impropias a una mujer antes de la boda, puede hacerlo porque la desea con violencia, con pasión desenfrenada, pero ten por cierto que no la ama bastante para protegerla contra el animal que hay en la propia naturaleza masculina.
Si tu novio pretende de ti cosas que no admite tu conciencia, recházalo, y cuanto antes, mejor. No te hará feliz. Lo que tiene no es amor a ti, sino a sí mismo, a su concupiscencia y a su egoísmo.
Si te amara a ti, buscaría tu bien por encima de sus apetencias.
Y si prefiere sacrificar tu pureza, tu conciencia y tu alma a su apetito desordenado, ¿cómo vamos a creernos que te ama a ti?
Quien te ame únicamente podrá cegarse en un momento de pasión, pero al chocar con tu rectitud intransigente, reconoce su falta, te pide perdón y se siente orgulloso de tu virtud.

No lo olvides. Los pecados impuros con tu novio, te hunden a ti y le hunden a él. Por eso es mentira cuando te dice para que cedas: «es que no me quieres», «parece que no te intereso», «qué fría eres».
Ataca tus sentimientos para rendirte. Pero esto es un truco muy viejo; si caes en la trampa, te arrepentirás. Y si él te quiere de verdad, también se arrepentirá de haberte hecho caer, pues, te repito, los chicos no quieren casarse con las frescas.
Esto ocurre siempre entre los chicos que valen.
Y si algún chico prefiere casarse con una fresca, porque es mona o tiene buen tipo, ese chico es tonto. Creer que la belleza de su mujer le va a hacer feliz en el matrimonio por encima de otras cosas, es no tener cabeza. Y desgraciada la que se casa con un tonto. Pero en fin, tonto él y tonta ella: ¡Tal para cual!

Conozco a una chica que al pararle los pies a su novio, éste le dijo: «si no me quieres, lo mejor es que lo dejemos». Ella respondió: «si para convencerte de que te quiero necesitas eso, será que Dios quiere que lo dejemos».
A los pocos pasos él la llama: «Perdóname. No sabía lo que decía. Has hecho muy bien en ser firme. Estoy orgulloso de ti. Ahora te quiero más».
Al poco tiempo se casaron.

En cambio conozco novios que después de lograr de sus novias lo que no debieron conceder, de tal manera perdieron la ilusión que nunca más volvieron a recuperarla.

Aparte de que tú no sabes ahora si llegarás a casarte con éste. Si le concedes lo que no debes, ¿quién va a querer después una mujer de segunda mano?
No estoy inventando.
Conozco chicos que al enterarse de las intimidades de su novia en noviazgos anteriores, decidieron dejarla. No querían una mujer de segunda mano.

Si Dios pide pureza a las chicas, no es por capricho; sino porque es necesario para la felicidad de su matrimonio.
Por eso, que no se extrañen las chicas que pisoteando su pudor concedieron a otro lo que no debían, si después esperan inútilmente que alguien las quiera.
Lo que les ocurre es consecuencia lógica de su conducta equivocada.
No me digas que cedes por amor a él. Todo lo contrario.
Si le amas, no puedes ceder; pues pecando le haces el peor de los daños: le condenas al infierno. Si le amas, sálvale. Aunque esto exija sacrificios.
Dejarle pecar no es amarle, es matarle.
Con tu resistencia firme y entera le dices: «Te quiero tanto y tengo tantas ganas de casarme contigo, que no quiero cometer ningún pecado, para que Dios nos bendiga y podamos llegar algún día a unirnos para siempre en el altar».

Hay que saber mantener el instinto sexual frenado. El soltero tiene que guardar pureza. El casado también tendrá ocasiones en las que será necesaria la abstención. Y en todo caso el instinto debe servir al amor.

No se doma al potro salvaje dejándolo correr por las praderas. Hay que embridarlo y mantener bien firmes las riendas. Sólo así llegará a ser útil para el servicio. Lo mismo pasa con el instinto sexual.

El joven que durante las relaciones no ha aprendido a dominar sus impulsos, no sabemos si lo logrará después de casado.
Es más, cuando ellos saben que de novios no han dominado su instinto sexual, después de casados pueden tener dudas de que el otro falte a la fidelidad en los momentos de necesaria abstención (enfermedades, viajes, etc.).
En cambio, si uno y otro han dado pruebas de saber dominarse en ese punto, les dará enorme seguridad para tranquilizarse confiando en el dominio propio del otro forzado a una abstinencia sexual.

La prueba sexual previa al amor es la negación del amor que esencialmente es entrega incondicional e irrevocable.
Quien dice «déjame que pruebe contigo para ver si me conviene amarte», es porque no ama. El lenguaje del amor es todo lo contrario: «porque te amo deseo vivir contigo tal como eres».
Escucha las palabras de Pío XI: «No puede negarse que tanto el fundamento firme del matrimonio feliz como la ruina del desgraciado, se preparan y se basan en los jóvenes de ambos sexos durante los días de su infancia y de su juventud. Y así hay que temer que quienes antes del matrimonio sólo se buscaron a sí mismos y a sus cosas, y quienes condescendieron con sus deseos, aun cuando fueran impuros, sean en el matrimonio como fueron antes de contraerlo, es decir, que cosechen lo que sembraron: tristeza en el hogar doméstico, llanto, mutuo desprecio, discordias, aversiones, tedio en la vida común, y lo que es peor, encontrarse a sí mismos llenos de pasiones desenfrenadas» 47.

La delicadeza y la ternura son dos de los más importantes componentes del matrimonio. Si faltan antes del matrimonio, no es probable que aparezcan después, y sin ellas el matrimonio puede acabar en desastre.
Cuando lo que hay es sólo apetito sexual, la cosa es pasajera, como un capricho. Mientras dura, parece que todo va bien. Pero con frecuencia al cabo de cierto tiempo cambian las cosas y aquello termina mal.
Sobre todo, cuando se ha pisoteado la conciencia es muy frecuente que esta situación se haga insostenible.

No es lo mismo «hacer el amor» que tener «relaciones sexuales».
«Semejante error muy extendido y divulgado en los últimos tiempos, es reducir el amor al sexo.
Los que vayan por ese camino lo van a tener muy difícil a la hora de establecer una pareja sólida, firme, estable, duradera» 48.

Hoy se dice mucho «hacer el amor». Esto es degradar el amor, cosificarlo.
Las cosas se hacen; el amor, no.
El amor se tiene.
El amor brota espontáneamente de la admiración y estima por una persona.
Cuando no hay amor, «hacer el amor» es lujuria.

Hoy se quiere identificar lujuria con amor, pero son dos cosas distintas. La diferencia entre amor y lujuria es que en el amor valoro a la persona por sus cualidades, y esto me lleva a sacrificarme por el bien de ella; en cambio en la lujuria busco a la persona por las gratificaciones que me proporciona. Es decir, la hago objeto de mis satisfacciones egoístas. «El erotismo arranca del egoísmo. El amor parte de la generosidad. Leer más...

Algunas orientaciones para la pureza


Algunas orientaciones para la pureza.
El hedonismo de nuestro tiempo, las conversaciones y miradas morbosas constituyen serios peligros para la guarda de la pureza.

EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS ES: NO COMETERÁS ACTOS IMPUROS.

El deseo desordenado del placer sexual se llama lujuria.1
«El sexto precepto del Decálogo protege el amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios»2

«Hay dos actitudes erróneas hacia el sexo. Las dos bastante comunes. Una es la del moderno hedonista, de aquel cuya máxima aspiración es la vida del placer. El hedonista ve la capacidad sexual como una posesión personal, de la que no hay que rendir cuentas a nadie. Para él (o ella), el propósito de los órganos genitales es su personal satisfacción y su gratificación física, y nada más. Esta actitud es la del soltero calavera o de la soltera de fácil «ligue» que tienen amoríos, pero jamás amor. Es también una actitud que se encuentra con facilidad entre las parejas separadas o divorciadas, siempre en busca de nuevos mundos de placer que conquistar.
»La otra actitud errónea es la del pacato, que piensa que todo lo sexual es bajo y feo, un mal necesario con que la raza humana está manchada».3
La postura intermedia es la acertada: el sexo no es malo, pues lo ha hecho Dios; pero hay que usarlo según la ley de Dios.
En el sexto mandamiento se nos pide que seamos puros y castos en palabras y obras; y tratemos con respeto todo lo relacionado con la sexualidad.
Usamos la palabra sexualidad en su sentido corriente, aunque de suyo es más extensa que «genitalidad».

Las conversaciones y chistes verdes (deshonestos, inmorales, obscenos) pueden llegar a ser pecado, si se dicen con mala intención (impura, deshonesta), si contienen una aprobación del mal o una inclinación a él, o encierran un peligro de consentimiento impuro o de escándalo y daño para las almas de los otros.

Las conversaciones obscenas y prolongadas -sobre todo entre los jóvenes- fácilmente son pecado.
Cuando sea necesario hablar sobre asuntos relacionados con la sexualidad, hay que hacerlo con respeto y seriedad.
En las conversaciones deshonestas peca:
a) el que empieza;
b) el que no empieza, pero que sigue la corriente con alguna intervención;
c) el que no participa, pero está escuchando con gusto y buena gana.
Pero el que oye de mala gana, el que quisiera que se hablara de otra cosa, el que procura desentenderse del asunto, éste no peca.
Cuando en un grupo se empieza una conversación indecente, si puedes buenamente, procura cambiar la conversación. Si no eres el de más categoría, o no tienes cierto influjo en los demás, el pretender cortar radicalmente puede ser contraproducente.
Pero si es posible, retírate, de forma que los demás comprendan que no te gustan esas conversaciones.
Si te resulta muy violento marcharte, y no es para ti ocasión próxima de pecado, puedes quedarte, con tal de que no participes y, si puedes, des a entender de alguna manera que no te gustan esas conversaciones.
Pero, desde luego, que nadie pueda suponer que las apruebas.
En último caso, puedes desinteresarte de lo que se dice, dirigirte a otra persona del grupo para hacerle una pregunta cualquiera, etc.
El definir claramente tu postura en este punto te evitará muchos peligros, pues los demás sabrán que para eso no se puede contar contigo.

Lo mismo te digo sobre los grabados inmorales y novelas indecentes. Leer revistas pornográficas difícilmente dejará de ser pecado, pues no tiene justificación y puede ser un peligro de aceptación de la lujuria.
Por supuesto que es pecado leer escritos impuros y deshonestos con el fin de despertar la sexualidad.
Pero aunque no tengas esta mala intención al comenzar la lectura, interrumpe ésta, si no es necesaria, al advertir que despierta la voluptuosidad y provoca tentaciones.
Si el libro es de estudio o formativo,entonces no es necesario dejarlo; pero conviene levantar el corazón a Dios, purificar la intención y rechazar todo consentimiento.

Leer novelas obscenas y pornográficas, por el peligro de pecar que supone, casi nunca dejará de ser pecado.

Hay también una nube de novelas que, sin ser descaradamente inmorales, fomentan la morbosidad y halagan la concupiscencia. Su lectura siempre hace daño.

Si te gusta leer, escoge algunos libros que te interesen de la numerosa colección de libros formativos.

Y si no conoces, pregunta a alguna persona competente que pueda orientarte. Al final de este libro te pongo, en el Apéndice, una lista de libros recomendables por su valor formativo.

También debes tener cuidado con las miradas.
A veces los ojos se van sin querer.
Cuando caigas en la cuenta de que estás mirando lo que no debes, los retiras a otra cosa y en paz.

No te preocupes. Para que una mirada sea pecado es necesario ponerse a mirar detenida y voluntariamente cosas deshonestas; pues hay obligación de evitar todo peligro de excitación carnal, a no ser que haya razón proporcionada que lo justifique.

En general, te recomiendo que cuando veas cosas inmorales sepas hacer «la vista gorda», y cuando las oigas, muestra indiferencia con «oídos sordos».. Leer más...

La mujer espiritualiza el amor del hombre


La mujer espiritualiza el amor del hombre.
La mujer tiene la originaria capacidad de generar fascinación en el hombre.

El encanto original de Eva (la mujer espiritualiza el amor del hombre).

Por otro lado, parece que la energía corporal que Dios ha otorgado al hombre necesita un complemento de espiritualización, procedente de la femineidad: la mujer no tiene que anular el talante enérgico y dominante del amor masculino, sino que lo debe modular. Eva debe ser suficientemente delicada como para conseguir "dominar" el dominio del hombre, de tal manera que este "dominio modulado" permanezca para el servicio y la seguridad de la familia. Visto desde otra perspectiva: la mujer, verdadera reina de la creación, ha de liderar dicha creación. Ortega y Gasset aseguraba que "el oficio de la mujer es el de ser un ideal para el hombre". Con el fin de aprehender del todo el proyecto matrimonial salido al principio de las manos del Creador, hay que hacer mención es esta cualidad femenina que denominamos "encanto femenino": la mujer tiene la originaria capacidad de generar fascinación en el hombre. En efecto, "en la descripción bíblica, la exclamación del primer hombre, al ver la mujer que ha sido creada, es una exclamación de admiración y de encanto, que abarca toda la historia del hombre sobre la tierra" (MD 10). "Toda la constitución exterior del cuerpo de la mujer, su aspecto particular, las cualidades que con la fuerza de un atractivo perenne están al comienzo" (AG 12.III.80, 5), la feminidad los posee con vista al protagonismo que ella -como esposa y como madre- ha de ejercer en la creación.

Eva y Adán, en el estado de justicia original, se aman espontáneamente; se complementan de manera "automática"; viven una suerte de armonía originaria. Pero, en esta "armonía" la mujer tiene un protagonismo: ella es y ha de ser el punto de referencia. Pero "dominar el dominio" es una tarea muy sutil y delicada. Por eso, el Creador ha hecho que la mujer tenga un "qué" misterioso (tanto en su cuerpo como en su espíritu) que atrae poderosamente al hombre, tanto que él depende de ella: Adán vive encantado por Eva. Insistimos: el Enemigo, para provocar la caída de la Humanidad, se enfrentó con Eva.
Ciertamente, a Eva nunca le hubiese agradado un Adán "colgado", flacucho, flojo, esmirriado, cobarde y miedoso. Eva, para equilibrar -compensar- su gran capacidad de amar y de sufrir, necesitaba una ayuda, un compañero, un hermano que la defendiera con fortaleza y delicadeza. Y aquí se encuentra el quid de la cuestión. Da la impresión de que Dios ha puesto en el hombre la fortaleza física y ha dejado para el amor de Eva la segunda parte: el despertar, la educación y la modulación de la delicadeza (es decir, la espiritualización) de esa fortaleza; fortaleza que ha de ser no solamente física, sino también espiritual (interior). El dominio físico es coacción; el "dominio" espiritual es para el amor. "La mujer -en nombre de la liberación del "dominio" del hombre- no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia "originalidad" femenina. Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a "realizarse" y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial" (MD 10).

La armonía originaria: un amor "perfecto" y, a la vez, "espontáneo"

En el decurso de la historia de la Humanidad, el qué es el amor no ha cambiado, tal como lo hemos avanzado en la Introducción y hemos ampliado en apartados posteriores. Aún con todo, ahora no podemos amar de la misma manera como lo hacían nuestros primeros padres antes del pecado original. es decir, a pesar de haber cambiado el como del amor, no ha variado el qué de ese amor. Por eso, Juan Pablo II insiste en que hemos de asomarnos en el umbral del pecado de los orígenes con el fin de "comprender ese estado de inocencia originaria en conexión con el estado histórico del hombre después del pecado original" (AG 13.II.80, 3) i, así, contemplando retrospectivamente el amor genuino de los comienzos, revivirlo dentro del escenario del hombre histórico.

Y, ¿qué era el amor ya en los primeros estadios de la vida de Eva y de Adán? La Palabra de Dios lo explica de modo sencillo diciendo que "ambos estaban desnudos (...) y no sentían vergüenza" (Gn 2, 25). La "desnudez original" (sin pasar vergüenza) es un recurso para expresar el perfecto mutuo entendimiento: nada les separaba y se ofrecían uno al otro con el corazón por delante y dándolo todo. Su vida amorosa se caracterizaba por una relación fluida. Era un amor perfecto, es decir, sencillo, "transparente", incondicional: cada uno era feliz haciendo feliz al otro; más aún, uno sólo era feliz buscando la perfección del otro.
Ya hemos hablado del significado esponsalicio del cuerpo en el sentido de que el cuerpo humano tiene "una capacidad particular de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don [para el otro]" (AG 16.I.80, 4). Pues bien, Juan Pablo II describe el estado de armonía originaria afirmando que vivían plenamente el significado esponsalicio del cuerpo, ya que los dos apreciaban los valores personales presentes en su feminidad y masculinidad, y gracias a esto se constituía "la "intimidad personal" de la comunicación recíproca en toda su radical sencillez y pureza" (AG 19.XII.79, 5). Es decir, se miraban el uno al otro con la misma mirada e amor con que Dios nos contempla: "La "desnudez" significa el bien originario de la visión divina (...); significa toda la sencillez y plenitud de la visión a través de la cual se manifiesta el valor "puro" del cuerpo y del sexo" (AG 2.I.80, 1).

Y, además de tratarse de un amor perfecto, lo vivían -vamos a ver el cómo- con espontaneidad, es decir, "naturalmente", sin sacrificio o esfuerzo16: se trataba de un amor que "salía él solito". En la terminología propia de la teología del cuerpo, deberíamos decir que nuestros primeros padres, "creados por el Amor, esto es, dotados en su ser de masculinidad y feminidad, ambos están "desnudos", porque son libres de la misma libertad del don" (AG 16.I.80, 1). Es decir, nada (ningún vicio ni debilidad) les impedía vivir la libertad para la entrega; aquella situación "no conocía ruptura interior ni contraposición entre lo que es espiritual y lo que es sensible (...), entre lo que humanamente constituye la persona y lo en el hombre determina el sexo: lo que es masculino y femenino" (AG 2.I.80, 1). Gozaban de un perfecto autodominio del cuerpo. Así, en el estado de armonía originaria la libertad humana nunca era "aprovechada" para el entretenimiento propio, sino que siempre y únicamente era "disfrutada" para la entrega a los otros.

En el régimen actual de amor, es decir, en el amor del hombre histórico, hemos de aspirar al qué del amor original, mientras que el cómo nos lo mostrará la entrega de Jesús: una donación mediada por la conversión y el espíritu de sacrificio. Leer más...

Vivir es convivir


Vivir es convivir
Lo más importante de nosotros mismos está fuera de nosotros


Vivir es convivir
A fin de cuentas, en la vida del hombre no existe más que un único problema: saber dónde está el centro de su alma; averiguar si yo soy el centro de mí mismo o si, en cambio, tengo mi alma volcada hacia fuera de mí, hacia arriba o hacia mi alrededor; aclararme si yo soy mi propio ídolo o si mi corazón es más grande que mis intereses; descubrir si mi existencia es una autofagia (un devorarme a mi mismo) o más bien un servicio a algo diferente de mí y más grande que yo; investigar si me estoy dedicando a chupetear mi propia y personalísima felicidad o si, por el contrario, mi felicidad la he puesto al servicio de una tarea más alta que mi propia vida y de otros seres (incluido el Otro ser, con mayúscula) que valoro como más importantes que yo; en una palabra: saber si mi vida y mi alma se alimentan de amor o de egoísmo.

Éste, repito, es el único y radical dilema, la pregunta clave a la que todo hombre debe responderse con lealtad.

El hombre -todo hombre- nace como una circunferencia con el eje en el centro de sí misma. Todo gira, según su instinto, hacia ese centro mágico, todo debería subordinarse a él según su capricho. Pero el alma, lentamente, comienza a descubrir que hay algo por encima y fuera de esa circunferencia, algo que le afecta también a ella.

¿Qué hacer entonces: atraer todo, subordinar todo hacia ese centro sacratisimo o más bien tender hacia todo eso que se está descubriendo y ensanchar con ello nuestra circunferencia, haciéndonos con ello más grandes? ¿Encastillarnos en nuestro egoísmo, encadenando todo a él o, por el contrario, irnos «descentrando», sacar de nosotros nuestro propio eje para colocar nuestro «polo de atracción» por encima o más allá de nosotros mismos? ¿Nos abrirnos en el amor o nos cerramos en nuestra autoadoración?

Esta es la gran apuesta en la que nos jugamos el «tamaño» de nuestras propias vidas. La primera opción -el egoísmo- conduce a la soledad; la soledad, a la amargura; la amargura, a la desesperación. La segunda -el amor- conduce a la convivencia; la convivencia, a la fecundidad; la fecundidad, a la alegría.

Por eso, el primer gran descubrimiento es el de que el prójimo no es nuestro limite y menos nuestro infierno (como decía descabelladamente Sartre-. «el infierno son los otros»), sino nuestro multiplicador.

Vivir es convivir. Convivir no es semivivir, sino multivivir; no recorta, aumenta; no condiciona, lanza. Amar puede implicar alguna renuncia (o comenzar siendo una renuncia), pero siempre termina acrecentando. En rigor -como decía Gabriel Marcel-, «nada está jamás perdido para un hombre que sirve a un gran amor o vive una verdadera amistad, pero todo está perdido para el que está solo. " No hay más que un sufrimento que estar solo ".

Yo pienso a veces que si se nos concediera por una gran gracia de Dios descubrir lo que en nuestra alma es realmente nuestro y lo que debemos a los demás, nos impresionaría comprobar qué cortas fueron nuestras conquistas personales. ¿Qué seria yo ahora sin todo lo que recibí de prestado de mis padres, mis hermanos, amigos? ¿Cuántos trozos de mi alma debo a Bach o a Mozart, a Bernanos o a Dostoievski, a Fray Angélico o al Greco, a Francisco de Asís o Tomás de Aquino, a mis profesores de colegio o seminario, a mis compañeros de ordenación y de trabajo, a tantos corno me han querido y ayudado? Me quedaría desnudo si, de repente, me quitaran todos esos préstamos.

¿Y cuánto me ha dado también lo poco que yo di? «La felicidad -decía Follereau- es lo único que estamos seguros de poseer cuando lo hemos regalado.»

Vivir es hacer vivir. Hay que crear otras felicidades para ser feliz. Hay que regalar mucho para estar lleno.
En cambio, ¡qué infecundo es nuestro egoísmo, que nada producimos cuando nos encerramos en nosotros mismos !.

Claudel hablaba, con frase tremenda pero certísima, de «la quietud incestuosa de la criatura replegada sobre si misma».

Sí, el egoísmo es infecundo como una masturbación del espíritu. Y es cegador, porque produce un placer tan transitorio, tan breve, tan inútil... Pero, por otro lado, ¡está tan dentro de nosotros! Sólo un alma muy despierta no rueda por esa cuesta abajo, tan cómoda como es de bajar.

Incluso, con frecuencia, se disfraza de amor. Esto sucede cuando «usamos» el amado o la cosa amada para nuestro personal regodeo. Cuando creemos amar, pero atrapamos. Cuando queremos «para» ser queridos. Cuando convertimos el ser amado o la vocación amada en un espejo donde nos vemos a nosotros mismos multiplicados.

«Nos vemos -ha escrito Moeller- constantemente tentados a convertir a los demás en resonadores o amplificadores de nuestro yo. Queremos poseemos más ampliamente en su mirada, en sus pensamientos, en su aprobación; entonces nos parece que ya no abrazamos la miserable imagen de nuestra limitación individual, sino una silueta desmesuradamente agrandada, ampliada a las dimensiones de una familia, de un país o incluso de un mundo.

Cada vez que la persona amada es reducida a la condición de espejo, se convierte en instrumento, en objeto bruto, del que yo me sirvo para agrandarme a mí mismo.»

Podemos incluso creer que amamos a Dios cuando le «usamos» simplemente. No le amamos a él, sino al fruto que de él esperamos. Convertimos a Dios en «un ojo que me tranquiliza, que me garantiza «mi» eternidad. Pero eso no es una verdadera religiosidad. Es, cuando más, simple narcisismo religioso.

El verdadero amor es, en cambio, el que nos saca de nosotros mismos, el que nos lanza hacia afuera y nos enriquece, no por lo que nos devuelven, sino porque el simple acto de salir de nosotros es enriquecedor. El alma se estira cuando se abre. Se vuelve fecunda por el hecho de abrirse.

«Tan pronto -dice Marcel- como surge la amistad (hacia Dios, hacia los hombres, hacia las cosas, hacia la tarea emprendida, concretaría yo), el tiempo se abre y el alma sabe que no se pertenece a sí misma, que el único uso legítimo de su voluntad consiste precisamente en reconocer que no se pertenece. Partiendo de este reconocimiento puede obrar, puede crear.»

Pues sólo se obra, sólo se crea por amor. Más: sólo se cree por amor. Y eso es lo que hace que la fe en Dios esté tan unida al amor a los hermanos. «La fe -decía Guardini- es una llama que se enciende en otra llama», pues hasta Dios «llega a nosotros por el corazón de los demás». O como decía Peguy: «Cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano».

Por todo ello, el amor no es un añadido. Como si se dijera: yo soy bueno, y además, con lo que me sobra, amo, regalo los sobrantes de la maravilla de mi almita.

Al contrario: yo soy bueno en la medida en que amo, vivo en la medida en que amo. No sólo es que -como decía Camus- debería «darnos vergüenza ser felices nosotros solos»; es que solos podemos tener placer, pero no felicidad; es que solos podemos correr tanto como un coche dentro de un garaje, ya que, por fortuna, los sueños de nuestra alma son siempre mayores que nuestra propia alma, que no se desarrolla encastillada dentro de las cuatro paredes de nuestros propios intereses.

Lo más importante de nosotros mismos está fuera de nosotros: arriba, en Dios; a derecha e izquierda, en cuanto nos rodea. Por eso. el amor no es la nata y la guinda con la que adornamos la tarta de la vida. Es la harina con la que la fabricamos para que sea verdadera. Leer más...

El tiempo del matrimonio.


El tiempo del matrimonio
Es sagrado, no puede ser menoscabado, interrumpido, boicoteado ni alterado por nadie so pena de perjudicar al matrimonio.


El tiempo del matrimonio
Es sagrado, no puede ser menoscabado, interrumpido, boicoteado ni alterado por nadie so pena de perjudicar al matrimonio (ver: intimidad matrimonial.)

El matrimonio que voluntariamente y pidiendo la protección de Dios y de la ley se realiza, que es capaz de tanto como ninguna otra sociedad, exige para mantenerse "vivir" su intimidad matrimonial; que es el tiempo del matrimonio.

Las exigencias de la vida actual casi no dejan tiempo para nada que no sea trabajo y preocupaciones, dos elementos diarios de todo ser humano que al incidir sobre él le restan predisposición anímica y física para una correcta y beneficiosa intimidad matrimonial.

Por razones de perfección (el ser humano debe estar en perfecto estado psicológico para una correcta intimidad matrimonial) el primer tiempo que se suspende en el diario vivir es el "del matrimonio", no el de caminar, correr, deportes, reuniones, etc.; porque la correcta intimidad matrimonial exige el mejor estado psíquico y físico para poder cumplir con semejante perfomance (Ver: intimidad matrimonial, etc.)

¿Por qué para el matrimonio se reservan las últimas y mas cansadas horas del día (de la noche)? Lógicamente el hombre y la mujer desean más descansar que introducirse física y psicológicamente en la intimidad matrimonial a pesar que es lo más importante en la vida matrimonial.

Después de cenar (a veces más que bien y con algo de alcohol), del cansancio, de la T.V. o del paddle, etc. agotado por el sueño , al ir a dormir casi instintivamente como algo que merece ese estado tan disminuido, recuerda el matrimonio.

Las mejores horas del día, fuera del trabajo, son para paddle, squash, yoga, natación, naipes, etc.,etc. y el matrimonio ¿para cuándo?

Es cierto que no hay un horario fijo (no debe haberlo) para la intimidad matrimonial sino que espontáneamente el matrimonio se introduce en ella; pero los otros horarios le quitan -al matrimonio- las mejores horas del día.

Hay más, en ese estrecho del "no mejor tiempo del día" con frecuencia hay interrupciones por múltiples causas: hijos, teléfono, etc., etc. sin contar que ni él ni ella se despojan de las preocupaciones del día, para vivir con libertad la indispensable intimidad matrimonial. Muchos esposos, con muy buen criterio, pasan un fin de semana en otra ciudad para poder vivir su intimidad matrimonial.

Así y todo el generoso matrimonio sale victorioso, ¡con qué poco se conforma! y no de la mejor calidad vive y se prodiga en felicidad que solo él puede brindar y los esposos lo recompensan con horarios insólitos, organismos agotados, preocupados y un tiempo que con frecuencia termina abruptamente.

La T.V. tiene su horario, el paddle más todavía, ni que decir gimnasia o natación y se vuelve "muerto" a casa: a cenar, una ducha y a la cama porque al otro día hay que trabajar. ¿Y el matrimonio?. Lo olvidaron los dos.

Mientras no le demos su tiempo al matrimonio, no le exijamos nada.

¡Qué agradable sería, en las mesas redondas de T.V.cuando se compara el matrimonio (EL INCOMPARABLE) especificar: "matrimonio al que se le da el tiempo que necesita y merece..." (ver: el llamado del matrimonio)

EL TIEMPO DEL MATRIMONIO NO ES IR A CENAR, NO UN REGALO; ES LA INTIMIDAD MATRIMONIAL (no siempre con relaciones sexuales) que es lo más íntimo y exclusivo de los esposos (ver intimidad matrimonial) donde se reencuentran con lo "infinito" en plena libertad.

No basta ser buena madre; ser buen padre; primero deben ser buenos esposos, recordando que no son pocas las obligaciones a cumplir para merecer ese título. Todas las obligaciones de ser esposos que prometieron delante de Dios y de las leyes, cumplirlas; lo que no se recuerda que es una obligación de cada día, por vida: así de exigente es el matrimonio pero también así de digno, noble, jerarquizante, infatigable, humilde y generoso lo es. (ver: El matrimonio es...)

Se debe inculcar en los jóvenes el concepto de "tiempo del matrimonio" (Ver: Intimidad matrimonial) que es intimidad matrimonial en lo físico y en lo psicológico (en cuerpo y alma). Es más importante que ir al tenis, sin embargo, para el deporte cuántos equipos y preparativos previos

¿NADIE IMAGINA CUANTA FELICIDAD GENERARÍA UN MATRIMONIO A QUIEN SE LE DEDICARA TANTO TIEMPO COMO A LOS DEPORTES O LA MITAD DEL TIEMPO DE LA T.V.?; ¡cuánta felicidad retribuiría un matrimonio a quien se lo atendiera como un partido de paddle...!

¿Qué perfomance tendría un deportista que jugara al paddle a última hora del día, después de abundante cena, dos horas de T.V. y con sueño agotador?

Las satisfacciones personales no siempre lo son para el matrimonio. Infinitos y diarios ejemplos: ganar un torneo, jornada de caza o pesca, eventos deportivos, etc. Pero el abnegado, pródigo y generoso matrimonio sufre las consecuencias de todo lo negativo que le pase a los esposos en lo anímico, económico, social, político, salud, etc.

ENTONCES LA CONDUCTA DE LOS ESPOSOS DEBE SER NO SOLO LO QUE HONRA AL MATRIMONIO SINO TAMBIÉN EN LO QUE LE DA VIDA: EL TIEMPO DEL MATRIMONIO.

Necesitan los esposos preocuparse por su intimidad matrimonial en horarios, frecuencias, condición anímica, etc., etc. por ello la importancia de la "independencia" del matrimonio dentro de la familia. Que todos sepan que hay un ente vivo que no es familia, que NO es hijos: ES MATRIMONIO que ocupa un tiempo que necesita para subsistir un tiempo especial, no ropa especial, no gala solamente un estado afectivo muy especial de los esposos que no puede ni debe ser subordinado al deseo sexual porque no solamente eso no es todo, sino que sería disminuir la importancia de la intimidad matrimonial.

El "tiempo del matrimonio" aparece en forma súbita, inesperada, pero cuando se presenta merece el mayor de los respetos, máxima atención con exclusión de todo otro problema, circunstancia u obligación. Ella y él están en TIEMPO DE MATRIMONIO, están viviendo SU matrimonio, lo más sagrado e importante del ser humano que nadie los obligó a realizar y que generosamente más que nada ni nadie retribuye nada menos que con felicidad a cambio de unos pocos minutos que se le otorgue que son, a la vez, de máxima satisfacción.

ESE TIEMPO -EL MEJOR- EL MAS REDITUABLE DE LOS TIEMPOS DEL SER. HUMANO NO MENOSCABARLO, QUE NO SEA TIEMPO DE SEGUNDA CLASE O DE RELLENO POR NO TENER NADA QUE HACER PORQUE SE ESTÁN DESVALORIZANDO LOS MISMOS ESPOSOS Y DESVALORIZANDO SU PROPIO MATRIMONIO.

Cuando aprendan a vivirlo, lo provocarán, lo buscarán porque ahí se sienten esposos "en cuerpo y alma", viven SU MATRIMONIO, porque el resto del día serán: mamá, papá, la señora, el señor, etc. No necesitan los esposos más que estar solo en una habitación, en el campo, en el auto, paseando en una playa, etc., etc. y que se opere el milagro de amor: reaparece el mismo sentimiento que los llevó al matrimonio solo que ahora lo están viviendo. La repetición de esa circunstancia es la esencia que nutre y mantiene al matrimonio, generando felicidad, superando lo físico, lo fisiológico: es el amor que vence al tiempo.

Dios otorga a los esposos todo lo necesario para vencer al tiempo: amor e hijos. El amor del matrimonio mantiene la juventud de los sentimientos que se renuevan día a día como cuando eran jóvenes y los hijos son la prolongación de los padres. La intimidad matrimonial es el tiempo del noviazgo que se prolonga al matrimonio; porque en esa intimidad se recuerda los hermosos momentos vividos de novios; recuerdos que generan nuevos sentimientos de amor.

FÓRMULA MÁGICA PARA UNA VEZ LOGRADO UNO (amor) O AMBOS (amor e hijos) NO IMPORTE MAS EL TIEMPO; HA SIDO SUPERADO POR EL MILAGRO DE AMOR DEL MATRIMONIO. ¡QUIEN PUEDE HACER TANTO! Leer más...

¿Constante inconstancia?


¿Constante inconstancia?
La constancia es la virtud por la cual todas las otras virtudes dan su fruto.

Se pueden tener grandes propósitos para alcanzar una virtud, iniciar el camino correcto o realizar actos concretos que disponen para ella. Sin la constancia, todo quedará en un manojo de buenas intenciones, excelentes intuiciones y un puñado de frutos verdes e inmaduros arrancados por el viento.

La constancia es la firmeza y la perseverancia del ánimo. En palabras muy elegantes del poeta y literato italiano, Arturo Graf, “la virtud por la cual todas las otras virtudes dan su fruto”.

Los hombres estamos llamados a ser la tierra buena donde la semilla de la voz de Dios y las virtudes puedan crecer y dar fruto con perseverancia (cf. Lc 8,15). Por ello es bueno tener a la mano algunos elementos que pueden ayudar para formar esta virtud.

Tener un fin concreto y una motivación profunda. En los actos que realizamos, el fin es lo primero que pone en movimiento al hombre aunque sea lo último que consiga. ¿Por qué quiero conquistar esta virtud? Habrá muchas motivaciones muy válidas en el plano humano, pero a fin de cuentas, en el plano sobrenatural, buscamos agradar a Dios. Él a su vez, como nos dice san Pablo, a los que con perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad, les dará la vida eterna (cf. Rm 2,5-8).

Para actualizar este fin y motivación puede valerse de un lema o una frase que le ayude a recordar la virtud que desea alcanzar. Allí entra nuestra amiga la constancia. Grandes hombres y mujeres en la historia se han ayudado de este medio y han escrito lemas como: “obediencia y paz”, “en Ti confío”, “cooperador de la verdad”, “en todo amar y servir”, “dar siempre con alegría”, etc.

Otro aspecto que puede servir es “dejar constancia” de la virtud que buscamos, hacer un pequeño programa para dicha virtud. No hay que tener miedo de escribirla en un papel, en la agenda y, sobre todo, en el corazón. Una sola virtud, aunque en realidad conseguiremos dos, la virtud propuesta y la virtud de la constancia. Tomás de Kempis, en La Imitación de Cristo, dice que “si cada año desarraigásemos un vicio, presto seríamos perfectos” (Libro I, IX, 3). Así que una virtud al año, a nadie le hace daño.

Es muy provechoso repasar constantemente al final del día cómo se ha vivido la virtud propuesta. Se puede sencillamente llevar en una hoja un control gráfico del progreso. Esta se puede colocar debajo de la almohada. Así, en la noche no se olvida. Santa Faustina Kowalska, en su Diario, apuntaba las victorias y derrotas que tenía para conseguir la virtud del silencio interior. Tenía una pequeña tabla: hoy “x” victorias y “z” derrotas. Al número de victorias siempre se puede añadir una “extra” por la constancia. La perseverancia es la clave del éxito.

Toda virtud nos ayuda a imitar mejor a Cristo, modelo de todas las virtudes. Él nos mostró constantemente su amor, desde su nacimiento hasta la muerte en la cruz. En la propia vida, el discípulo tiene que sembrar las buenas disposiciones, regarlas con constancia y confiar en Dios, quien realizará el crecimiento de la virtud.

El hombre de Dios, san Bernardo de Claraval, que era tenaz y perseverante, resumía así su experiencia: “poco aprovechará un hombre que siguiera a Cristo, si al final de su vida no consigue alcanzarle”. Leer más...

La conquista de si mismo.


La conquista de si mismo
Cada día supone un verdadero comienzo en la lucha de toda la vida



1. El hombre de hoy ha conquistado el mundo, pero no es capaz de conquistarse a sí mismo, por varias razones, porque no se conoce, no se acepta, no quiere superarse.


Esta conquista:

a.Es una aventura apasionante y digna de vivirse.

b.Es difícil y larga. Tenernos paciencia

c.Es indispensable para parecernos a Cristo

d.Debe abarcar todos los aspectos: espiritual, intelectual, humano, apostólico. Como legionarios, no podemos excluir nada.

Conócete:

a)Darnos cuenta de cómo somos: SINCERIDAD. El autoengaño es un daño: no confundir cómo somos con el cómo queremos ser. Dos peligros: el optimismo excesivo, el pesimismo escandaloso y depresivo, que nos corta las alas.

b) Conocer lo bueno y lo malo:

. A través de nuestros exámenes de conciencia
. A través de la ayuda de nuestras formadoras: confesión, dirección espiritual, correcciones...
. A través de la reflexión sobre nuestras actividades: estudios, relación con los demás, con nosotros mismos...

Acéptate:

a. Significa querernos tal como somos: físicamente (color de piel, pelo, ojos, rasgos físicos, temperamento, gustos...).

b. No significa conformismo: yo soy así, por tanto... no puedo cambiar

c. No querer ser otro, ni como otro. Mi único modelo, Cristo. No tener complejos ni de superioridad, ni de inferioridad.

d. La falta de aceptación nos conduce:
. Al desaliento
. A la división interior entre lo que somos y lo que quisiéramos ser sin luchar.
. A ser soñadores pero sin trabajar con realismo

Supérate:

a. Lo contrario es estancamiento, rutina, podredumbre, falta de juventud

b.Desearlo todos los días con todas las fuerzas: querer es poder:

"Es preciso saber comenzar, y comenzar muchas veces. Cada día supone un verdadero comienzo en la lucha de toda la vida. En los avances y retrocesos, en las caídas y levantamientos que todas las luchas traen consigo, sólo pueden ser considerados como vencidos los que se dejan arrebatar la bandera y son expatriados; los que al dolor de la derrota añaden la vergüenza de la cobardía y la entrega perezosa. En el camino de la vida, quien tropieza y cae, pero se levanta y sigue, apenas puede dolerse de su caída. Sólo es vencido por la aspereza del caminar el que, caído, se tumba en los charchos del camino desesperado y sin ánimos ya" (Gaissán Ortega, Valores humanos, Ed. Eros, 6ª ed., Vitoria, 1964, Vol I, p. 29,

c.Planear bien la superación

d.Pedir ayuda a Cristo: comunión, visitas, confesión

e.Pedir ayuda a nuestros superiores: dirección espiritual, confianza

f.Ser constantes en las duras y en las maduras: no cansarnos nunca

g.Estar motivados siempre para continuar la superación: Cristo, la Iglesia, las almas, la conquista de una personalidad atrayente... Leer más...

Conociéndose


Conociéndose.
Sólo podemos amar de verdad a quien conocemos de verdad.

El tema del noviazgo es un tema muy amplio, por lo que nos vamos a enfocar en algunos puntos que pueden ayudarles en la práctica a vivir en plenitud ese período tan importante de sus vidas; tomando en cuenta los términos de aquella conocida y agudísima máxima: . Conócete, acéptate y supérate a ti mismo, a ella (o a él), y a la pareja que formen los dos, con sus características propias.

Ante todo, "conócete y conócele a él o a ella". Sólo podemos amar lo que conocemos: sólo podemos amar de verdad a quien conocemos de verdad: sólo surge el amor personal y profundo cuando hay conocimiento personal y profundo. No basta saber quién es el otro, dónde vive, quiénes son sus padres, etc. Es necesario conocerlo bien como persona.

Esto es importante para poder discernir maduramente y basar el futuro matrimonio sobre fundamentos firmes. Como les decía, el amor es adhesión de la voluntad a la otra persona como es; y esa adhesión no puede darse si no se la conoce como es.

Aquello de que "el amor es ciego" expresa la realidad de que los afectos que el enamoramiento suscita llevan al joven a ver únicamente lo que hay de bello y positivo en la persona amada, sin percibir muchas veces sus defectos o límites. Pero, en realidad, son sólo los afectos los que son ciegos; el amor verdadero quiere ver, porque quiere conocer, para amar al otro tal cual es.

El enamoramiento suele poner en efervescencia la facultad de la imaginación; con gran facilidad comienzan a surgir sueños ideales; de pronto el enamorado se descubre poeta. No hay nada de malo en ello. El problema surge si uno no se da cuenta de que los sueños son sueños y no quiere plantar los pies sobre la tierra, cuando el corazón y la imaginación andan por las nubes. Si esa actitud cristaliza y es continua, uno corre el peligro de casarse con un sueño, del que se desilusionará tan pronto como caiga en la cuenta de que la esposa, o el esposo, no es una hada o un príncipe azul.

Naturalmente, hay una graduación ilimitada en las manifestaciones de este fenómeno; mucho depende del propio temperamento, de la educación recibida, etc. Pero se trata de algo que ha sido ampliamente universal. El enamorado tiende espontáneamente a idealizar a la persona amada, a idealizarse a sí mismo (pensando que desde ahora será otro, siempre fiel, siempre feliz), y a idealizar también la relación entre ambos (imaginando un futuro de rosas en el que todo saldrá bien).

El conocimiento de dos que se aman no puede nacer, evidentemente, de un estudio frío, indagador y distante. El cultivo del amor requiere espontaneidad y confianza mutua. No hay que ponerse a hacer "test" psicológicos al novio o a la novia, o someterle a interrogatorios fastidiosos. Debe ser algo muy natural y espontáneo. Eso no quiere decir superficial. Leer más...