Perdonar, yo?


Aprender a perdonar
Jutta Burggraf.
www.almundi.org


Todos hemos sufrido alguna vez injusticias y humillaciones; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en el entorno familiar. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes.

¿Cómo reaccionamos ante un mal que alguien nos ha ocasionado con cierta intencionalidad? Normalmente, desearíamos espontáneamente pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Pero esta actuación es como un bumerán: nos daña a nosotros mismos. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.

Sólo en el perdón brota nueva vida. Por esto es tan importante educar en el "arte" de practicarlo.
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I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?

¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.

1. Reaccionar ante un mal

En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de veinte años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.

Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdona [1] .

Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.

2. Actuar con libertad

El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re–actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente" [2] . El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re–accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.

Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma [3] . El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."

En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado" [4] . La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.

Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.

Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico [5] . Se puede perdonar llorando.

Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.

3. Recordar el pasado

Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones" [6] . Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado psíquico –por intenso que sea– de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.

La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.

Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.

4. Renunciar a la venganza

Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. "Sé que es horrible –dijo el oficial–. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación" [7] . Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno" [8] .

Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. "Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus lemas [9] . Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su "magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".

El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.

5. Mirar al agresor en su dignidad personal

El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.

El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra [10] . Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás" [11] . Cada persona está por encima de sus peores errores.

Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. "No es posible –respondió el general–. Les he mandado ejecutar a todos" [12] .

El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.

Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor." Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?

Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.

1. Amor

Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per–donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.

Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.

Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es bueno que existas" [13] ). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación [14] .

Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."

Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la "desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no llega a serlo, porque los otros lo impiden [15] .

Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.

2. Comprensión

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece"; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.

Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann [16] . Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que hacemos" [17] . Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.

Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese."

3. Generosidad

Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.

El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.

El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.

Hay un modo "impuro" de perdonar [18] , cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te quiero –a pesar de todo."

Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.

4. Humildad

Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.

Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. "Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)" [19] . Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.

Cuando se den las circunstancias –quizá después de un largo tiempo– conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.

El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una "superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.

Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos –que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado–, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.

III. Reflexión final

Hemos hablado de una labor interior auténtica y dura. No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda todopoderosa de Dios. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista. Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón. Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.

Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo [20] . En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos, aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.

Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."



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Notas

[1] . Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1–I–1997.

[2] . Mt 5,38.

[3] . M. SCHELER, Das Ressentiment im Aufbau der Moralen, en Vom Umsturz der Werte, Bern 51972, pp.36s.

[4] . P. RAYBON, My First White Friend, New York 1996, p.4s.

[5] . Cfr. D. von HILDEBRAND, Moralia, Werke IX, Regensburg 1980, p.338.

[6] . A. KOLNAI, Forgiveness, en B. WILLIAMS; D. WIGGINS (eds.), Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai, Indianapolis 1978, p.95.

[7] . Cfr. S. WIESENTHAL, The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness, New York 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. IDEM, Los límites del perdón, Barcelona 1998.

[8] . P. LEVI, Sí, esto es un hombre, Barcelona 1987, p.186. Cfr. IDEM, Los hundidos y los salvados, Barcelona 1995, p.117.

[9] . Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. EPICTETO, Handbüchlein der Moral, ed. por H. Schmidt, Stuttgart 1984, p.31.

[10] . El odio no se dirige a las personas, sino a las obras. Cfr. Rm 12,9. Apoc 2,6.

[11] . A. CAMUS, Carta a un amigo alemán, Barcelona 1995, p.58.

[12] . Cfr. M. CRESPO, Das Verzeihen. Eine philosophische Untersuchung, Heidelberg 2002, p.96.

[13] . J. PIEPER, Über die Liebe, München 1972, p.38s.

[14] . Cfr. ibid., p.47.

[15] . S. Kierkegaard, Die Krankheit zum Tode, München 1976, p.99.

[16] . R. SPAEMANN, Felicidad y benevolencia, Madrid 1991, p.273.

[17] . Pero también existe un no querer ver, una ceguera voluntaria. Cfr. D. von HILDEBRAND, Sittlichkeit und ethische Werterkenntnis. Eine Untersuchung über ethische Strukturprobleme, Vallendar 31982, p.49.

[18] . Cfr. V. JANKÉLÉVITCH, El perdón, Barcelona 1999, p.144.

[19] . A. CENCINI, Vivir en paz, Bilbao 1997, p.96.

[20] . Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I–II, q.22.
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Acaba con tus problemas, no con tu matrimonio!


Un matrimonio feliz y para siempre II
Por Tomás Melendo
Colaborador de Mujer Nueva


Una vez centrada la cuestión, y antes de proponer algunos consejos más específicos para las mujeres y los maridos, tal vez convenga sugerir ciertas ideas aplicables a ambos:




II. Consejos para ambos cónyuges

1. El amor conyugal no es una simple pasión, ni un mero sentimiento… ni un enjambre más o menos rumoroso de ellos.

Aunque tales emociones a menudo lo acompañen y sea bueno que así ocurra, el verdadero amor entre los cónyuges es una donación total, definitiva y excluyente, fruto de un acto de libertad, de una determinada y libérrima determinación de la voluntad, que se decide de manera irrevocable a querer al otro de por vida.

Como consecuencia, ser fieles significa renovar el propio «sí»… también —¡y sobre todo!— cuando en ocasiones nos resultara costoso.

2. Como antes apuntaba, al cónyuge hay que volverlo a enamorar cada jornada, sin olvidar que la boda no es sino el sillar de un grandioso edificio, que deben levantar y embellecer piedra a piedra, desvelo tras desvelo, alegría con alegría, entre los dos.

Si en el momento de la boda no se inaugurara una gran aventura, la mejor y mayor aventura de la vida humana, consistente en hacer crecer el amor y de este modo —¡amando yo más!— ser muy felices,… ¿tendría sentido casarse?

3. El amor se nutre de minúsculos gestos y atenciones. Evita, pues, las pequeñas menudencias que molestan al otro cónyuge y busca, por el contrario, cuanto le satisface.

Si te sientes incapaz de hacer grandes cosas por él o por ella, no te preocupes ni te empeñes en buscarlas. Como en el resto de la vida humana, la clave del éxito no se encuentra en esa magnas gestas a menudo solo imaginarias, sino en el diminuto pero constante detalle de cada instante.

4. Al casarte, has aceptado libremente a tu consorte tal como es, con sus límites y defectos; pero esto no significa renunciar a ayudarle con amabilidad, tino y un poco de picardía a que mejore… queriéndolo cada vez más: lo decisivo es «soportar», en el sentido de ofrecer un apoyo incondicional y seguro, y no «soportar», en la acepción de aguantar sufridamente los presuntos defectos y manías del otro.

5. No te dejes absorber de tal manera por el trabajo, las relaciones sociales, las aficiones… que acabes por no encontrar tiempo para estar a solas y en las mejores situaciones con tu cónyuge (y para dedicar también tu atención al hogar y al resto de la familia).

6. Toma las decisiones familiares de común acuerdo con el otro componente del matrimonio, esforzándote por escucharlo e intentar comprender sus razones (la clave de la comunicación no reside en ser un buen «charlatán», sino, si se me permite la expresión que empleaba un conocido mío, un excelente «escuchatán»: ¡qué gran amigo aquel que simplemente sabe oírnos con atención!).

Y, en el caso de que, al no llegar a un acuerdo, hayas seguido su criterio, no se lo eches en cara si, por casualidad, de ahí se derivara algún inconveniente. Una vez tomada la decisión, tras sopesarla convenientemente, es exactamente igual de aquel que tomó la iniciativa como del que demostró la suficiente confianza para seguirla.

7. Respeta la razonable autonomía y libertad de tu consorte, reconociendo, por ejemplo, su derecho a cultivar un interés personal, a atender y fomentar sus amistades, su vida de relación con Dios, sus sanas aficiones… sabiendo que, entonces, él o ella se esforzarán por no descuidar el cuidado y el mimo que tú mereces.

No te dejes arrastrar por los celos, que son ante todo una demostración de desconfianza hacia tu cónyuge… y que podrían dar origen a aquello mismo de lo que intentan defenderse o que pretenden evitar.

8. La alegría y el buen humor son como el lubricante imprescindible para que la vida de familia discurra sin fricciones ni atascos, que podrían minar la armonía entre sus miembros. Dentro de este contexto se advierte toda la importancia de los momentos de fiesta, auténticos motores del contento y la algazara familiares.

Procura, entonces, que algún detalle material, modesto pero atractivo —en la comida, por ejemplo, o en la decoración del hogar—, encarne y dé cuerpo al ambiente jubiloso del espíritu, cuando la fecha así lo reclame… o cuando lo estimes conveniente, aunque no exista «ningún motivo» para hacerlo… excepto el amor que tienes a tu familia.

9. Con todo el cariño del mundo, mantén en su lugar a tus padres, sin permitirles que se entrometan imprudentemente en vuestros asuntos. En ocasiones —y sobre todo al principio— será oportuno pedir ayuda, pero recuerda que cuando las reglas de juego están claras resulta más fácil conservar la armonía.

10. No tengas demasiado miedo a discutir, pero aprende a reconciliarte enseguida siguiendo el «decálogo del buen discutidor», que tal vez exponga en otro artículo.

E incluso esfuérzate —sólo es difícil las primeras veces— en sacar provecho de esas trifulcas, reconciliándote lo más pronto posible con un acto de amor, manifestado por un jugoso abrazo, de mayor intensidad que los que existían antes del enfado.

Si procuras que las discusiones se produzcan muy de tarde en tarde, acabarás por comprobar lo que aseguraba un santo sacerdote de nuestro tiempo: que vale la pena reñir alguna que otra vez sólo para después poder hacer maravillosamente las paces.

Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga
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Acaba con tus problemas, no con tu matrimonio!


Un matrimonio feliz y para siempre I
Por Tomás Melendo
Colaborador de Mujer Nueva

En artículos como «Diez principios y una clave para educar correctamente», «Educar al niño y al adolescente: principios básicos» y «Nuevas sugerencias para una sana educación» he ofrecido algunas ideas para facilitar la educación de los hijos.

En casi ningún momento descendí a problemas concretos y de especialistas, porque estimo que no es esa la función de estos escritos. Ahora, en la misma línea, querría comenzar un conjunto de ensayos breves dirigidos a los padres o, mejor todavía, a los cónyuges.

No cambia con ello la orientación de fondo, porque es bien sabido que la formación de los hijos deriva de manera directísima y principal del modo de relacionarse los padres entre sí: como explico con frecuencia, «la calidad del amor y de las relaciones en el seno de cualquier familia depende fundamental y casi exclusivamente del amor recíproco entre los cónyuges».

Pero sí que se modifica el destinatario directo de estas líneas. Hasta hoy se trataba de ayudar a que los niños y jóvenes crezcan y se desarrollen como personas; a partir de este momento, y en la medida de mis posibilidades, el propósito es ofrecer ese mismo auxilio a los padres de familia, pero justo en cuanto marido y mujer.



I. Cultivar el matrimonio

— La clave de las claves. Todo lo que voy a exponer conviene leerlo a la luz de este principio básico: ¡el matrimonio ha de ser cultivado!

¿Cómo? Con la paciencia, premura, atención y mimo de un buen jardinero. Como las plantas: ¡estará vivo si crece! No se puede conservar por mucho tiempo en un congelador o en una campana de vidrio (¿pueden compaginarse el amor con «la frialdad» o el «aislamiento incomunicado y aséptico»?). Como todo lo vivo, el amor O crece o muere o, en el mejor de los casos, está a punto de momificarse.

«Conservar» el amor, simplemente «conservarlo», es una tarea vana… que equivale a darle muerte: lo vivo no admite «conservación»; es preciso nutrirlo para que despliegue progresivamente todas sus posibilidades.

En cierto tono de broma comento a veces que ningún ser vivo puede permanecer inmóvil, que natural e inevitablemente tiende a desarrollarse y crecer… si recibe el alimento oportuno. Solo los japoneses tienen la paciencia para conservar en un aparente y forzado estadio primerizo sus famosos bonsáis; pero si quisiéramos hacer algo similar con nuestro matrimonio, lo convertiríamos en una caricatura, incapaz de sobrevivir.

Benavente afirmaba que el amor, todo amor pero especialmente el de varón y mujer, «tiene que ir a la escuela»: es preciso aprender poco a poco, durante toda la vida, a amar al otro cónyuge… de la forma precisa y particularísima en que él (¡y no yo, cada uno de nosotros!) necesita ser amado.

Y, concretando más, Balzac escribió: «El matrimonio debe luchar sin tregua contra un monstruo que todo lo devora: la costumbre». Su enemigo más insidioso es la rutina: perder el deseo de la creatividad originaria; porque entonces el amor acabará por enfriarse y perecer tristemente.

A veces se trata de un proceso lento, casi imperceptible en los inicios, y cuyas consecuencias sólo se advierten cuando la degradación se estima ya irreparable, aunque en realidad no lo sea: como la planta a la que se ha dejado de regar y que durante cierto tiempo parece mantener su lozanía, para de pronto, sin motivo inmediato aparente, marchitarse de forma definitiva.

— Lo más importante. ¿Quieres evitar esta desagradable trayectoria? He aquí el precepto infalible: que, durante toda la vida, momento tras momento y circunstancia tras circunstancia, tu cónyuge sea para ti lo más importante. Más que los caprichos y las aficiones, cómo es lógico. Pero también, con lucha o sin ella, más que la profesión e incluso, si esta contraposición pudiera establecerse —que no puede—, más que los propios hijos… que son los primeros beneficiados de vuestro amor mutuo.

En consecuencia, cada uno de los cónyuges ha de buscar el modo de granjearse minuto a minuto el amor del otro, «obsesionarse» con hacerlo feliz: «conquistar» a su mujer, si se trata de los varones, y «seducirlo» día tras día —con toda la carga de este término— si se trata de las esposas.

Cada noche uno y otra tienen que responder con un sí sincero a las siguientes preguntas: ¿he dedicado hoy expresamente un tiempo, unos segundos al menos, para ver cómo podía darle una sorpresa o una alegría concreta a mi marido o a mi mujer?; ¿he puesto los medios para hacer vida ese propósito?

Pues, en verdad, el cariño no se alimenta con la simple inercia o el paso del tiempo; hay que nutrirlo con multitud de menudos gestos y atenciones, con una sonrisa y también con un poco —¡o un mucho!— de picardía: evitando todo lo que se intuye o se sabe por experiencia que al otro le desagrada, aunque fuera en sí mismo una nadería, y buscando por el contrario cuanto puede alegrarlo.

Como recuerda un autor norteamericano, «los matrimonios felices están basados en una profunda amistad. Los cónyuges se conocen íntimamente, conocen los gustos, la personalidad, las esperanzas y sueños de su pareja. Muestran gran consideración el uno por el otro y expresan su amor no sólo con grandes gestos, sino con pequeños detalles cotidianos».

Pero nada de ello se consigue sin esfuerzo. De acuerdo con la atinada comparación de Masson, «el amor [sentimental] es un arpa eolia que suena espontáneamente; el matrimonio, un armonio que no suena sino a fuerza de pedalear»… aunque el resultado de tal «pedaleo» sea el de una felicidad indescriptible, que nadie es capaz de imaginar… hasta que hace la prueba.

— Estar en los detalles. No olvidemos lo que sostenía von Ebner-Eschenbach: «el amor vence a la muerte; pero, a veces, una mala costumbre sin importancia vence al amor».

Un ejemplo mínimo, pero que al término puede resultar relevante: la puntualidad. ¡Cuántas veces el marido sufre o incluso desearía renunciar a salir porque la esposa no está lista con la antelación suficiente para llegar en punto a una cita! O viceversa, ¡cuántas el retraso es causado por el marido, que se entretiene más de lo previsto en la resolución de cuestiones profesionales que muy bien pudieran e incluso debieran aguardar hasta el día siguiente!

Algo similar sucede con la hora del retorno a casa. Es fácil caer en la tentación de prolongar el momento final del trabajo, por comodidad o por miedo ante las exigencias que se encontrarán a la vuelta al hogar, ante los problemas que plantean los hijos o el otro cónyuge. En tales circunstancias ¿cómo pretender que el que se ha esforzado por llegar a su hora, tras una espera al principio ilusionada con el deseo de abrazar al otro, no se vaya desalentando o incluso enfadando conforme avanzan las manecillas del reloj y resulte incapaz cuando por fin viene de acogerlo con una sonrisa? En ocasiones tiene lugar un imprevisto urgente, es cierto; pero ¡cuántas otras el retraso se debe a un capricho, al desorden, a la pereza o en definitiva al egoísmo y falta de delicadeza con el otro componente del matrimonio!

Cosa que asimismo ocurre cuando marido o mujer conceden un interés desmesurado a los asuntos profesionales o a las relaciones de amistad que de ellos surgen y descuidan la atención debida a su cónyuge, elaborando con excesiva frecuencia los propios planes al margen de él.

También en la vida íntima de la pareja las pequeñas atenciones y la ternura gozan de una importancia decisiva. Cuando faltan, el acto conyugal acaba por trivializarse, hasta reducirse a mera satisfacción de un impulso casi inhumano. Como sabemos, el lenguaje del cuerpo debe comprometer a la persona entera y tornarse «diálogo personal de los cuerpos»: una sinfonía que interpreta la persona toda tomando como instrumento sus dimensiones corpóreas.

Por eso, el cortejo y la ternura que conducen al trato íntimo no deben reducirse ni a los días ni a los momentos en que desean tenerse, sino que han de impregnar, de cariño y de atenciones, la vida entera en común de los componentes del matrimonio… en todos sus aspectos.

La mujer no deberá abandonarse, sino cultivar el propio atractivo y la elegancia. Como dice el conocido refrán, refiriéndose al arreglo y aderezo femeninos, «la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta». Por su parte, el marido —además de procurar también mostrarse elegante en todo momento, de acuerdo con las circunstancias— puede comenzar a ser infiel con sólo dejarse absorber excesivamente por la profesión, acumulando todo el peso de la casa y de los hijos sobre los hombros de su esposa.

— Todos responsables. Y aquí una puntualización se torna imprescindible. Suele afirmarse con verdad que el amor es cosa de dos; y también el matrimonio; y también las obligaciones familiares de todo tipo, especialmente lo relativo a la educación de los hijos… pero ¡incluido el cuidado del hogar!

Resulta bastante claro que el modo de distribuir las tareas domésticas depende de multitud de circunstancias, que sería inútil tratar de encorsetar con fórmulas fijas e inamovibles, de forma que lo que es competencia de uno se queda sin hacer si él o ella no lo llevan a cabo o, lo que es peor todavía, a la presunta «falta de responsabilidad» de quien «abandona» sus cometidos le responde el otro omitiendo asimismo los suyos. Eso equivaldría a introducir dentro del matrimonio la «lógica del intercambio mercantilista», que es lo más opuesto a la gratuidad del amor.

También es patente que la mujer —esposa y madre— constituye en cierto modo el corazón de toda unión familiar, la que da el tono y el calor a la vida de familia. ¡Pero no de manera exclusiva, ni mucho menos! El orden en la casa, la limpieza, el arreglo de los desperfectos… compete con igual obligación que a la mujer al marido y, en su caso, a cada uno de los hijos, aunque para ello tengan que torcer un tanto sus inclinaciones espontáneas y adecuar su modo de ser y sus intereses a aquellos de quien más quieren.

Repito que esto no implica una concreta disposición ni asignación de las tareas del hogar, ni mucho menos un tanto por ciento, fijo y a priori, de participación en esos menesteres. Y añado que la coyuntura en que se encuentre cada mujer —su trabajo también fuera de la casa, entre los elementos más relevantes—, junto con la idiosincrasia característica y exclusiva de cada uno de los componentes de cada uno de los matrimonios, posee un peso determinante a la hora de plantear este asunto.

Pero el principio ha de quedar claro: considerando la cuestión desde su raíz, el deber de conservar la propia casa en las mejores condiciones para fomentar una convivencia armoniosa, pacífica y reparadora corresponde por igual no sólo a los dos cónyuges, sino, en proporción a su edad y posibilidades, a todos los miembros de la familia.

Por eso, cuando alguno de los componentes deje de cumplir sus «obligaciones», la respuesta inicial de los otros será la de suplirlo, dando por supuesto que se habrá visto impedido de llevarlas a cabo. Y solo cuando la situación se repita, con el tacto y la delicadeza oportunos, habrá que hacerle caer en la cuenta que de ese modo no contribuye a la concordia y la felicidad del hogar.

Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga

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El mejor regalo para tus hijos: ideas prácticas para educar


¿Qué tipo de padre eres tú?

Hola, Lupita:

Soy una joven de 18 años y participo en mi Parroquia en grupos juveniles. Tengo novio, con el cual hace poco inicié la relación. Mas sucedió algo que no sé cómo manejarlo.




Una noche yo estaba en mi casa y recibí a mi novio; nos quedamos platicando y, sin sentir, nos dieron las 10.30, casi las once; entonces, mi padre salió muy enojado. Yo me sentí mal, y en cuanto pasé al otro lado de la puerta, él golpeó mi espalda. Tenía ganas de llorar, y la situación empeoró, pues mi padre cerró, jaló mi cabello y me arrojó al suelo. Me levanté, me fui a mi cuarto, pero él entró y me dijo que lo había decepcionado y que era una cualquiera .Lo que sí tengo presente en mi mente es que Jesús no me dejó sola, ni entonces ni jamás; realmente no sentí fuertes los golpes; estaba tranquila. No odio a mi papá ni le guardo rencor; al contrario, lo quiero mucho, pero él ya casi no habla conmigo de padre a hija… y eso me entristece. No quisiera que a mis hermanos les pasara lo mismo, pues es una experiencia horrible. Reconozco que me pasé de la hora; ese fue mi error, y me arrepiento, pero dudo mucho de que mi padre quiera escucharme. Además, no sólo fue eso, sino que desde mi niñez vengo acumulando distintos traumas y recuerdos muy tristes.

Andrea


Querida Andrea:
Esta bellísima carta me permite enviar mensajes en tres direcciones:
1. A los sacerdotes que impulsan los grupos juveniles en sus Parroquias y áreas de acción: ¡Gracias!, pues presentando a los jóvenes a Cristo les dan fortaleza y capacidad sobrada para superar las dificultades de la vida y ser verdaderos agentes de cambio.
2. A los jóvenes que quieren hacer de su vida algo valioso. Tú, Andrea, eres una de ellas, y sé que hay muchos como tú que están en esta búsqueda sincera y son capaces de reconocer cuando han fallado, para poner remedio adecuado y crecer. ¡Felicidades a todos ustedes! Ustedes son el futuro y pueden cambiar al mundo para bien si se comprometen con la Verdad, que es Cristo.
3. A los padres de familia que desean hacer de sus hijos hombres y mujeres de bien, pero no saben cómo. ¡Prepárense! No es con golpes ni gritos como conseguimos lo mejor. Saber más y auto-dominarse será necesario para ser auténticos padres.


¿Qué clase de padre eres o quisieras ser?
De acuerdo a varios autores, existen tres tipos de papás:
A. Los padres autoritarios
Quieren tener a sus hijos controlados. Son sumamente estrictos e intransigentes. Tienen muy en alto las reglas, pero es muy bajo el amor manifestado con detalles a sus hijos, mismos que son infelices, reservados y con gran dificultad para confiar en los demás.

B. Los padres permisivos
Quieren ser “cuates” de sus hijos. Muy bajo su nivel de reglas, y alto su amor (malentendido). Buscan la aprobación de sus hijos y tienen “miedo” de pedirles algo que saben o suponen que no aceptarán. No saben poner límites claros. Los hijos se vuelven muy exigentes, caprichosos y autoritarios.

C. Los padres autorizados
Ejercen su autoridad en un clima de afecto. Son altos en reglas y también altos en amor. Establecen límites claros en casa. Permiten que sus hijos se expresen libremente y les enseñan a respetar, con su palabras y acciones, a todos los miembros de casa. Transmiten la importancia de vivir valores fundamentales: respeto, orden, responsabilidad y honestidad. Los hijos se desarrollan con sana autoestima, son independientes, creativos, adaptados socialmente y maduros.

Papá: ¡no lastimes a tus hijos! ¿En verdad quieres que ellos sean mejores? ¡Comprométete contigo mismo a mejorar tú!

Desde el Corazón
Lupita Venegas

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Salva tu matrimonio


EL DESAFIO DEL AMOR es un proceso desafiante y a veces difícil, pero también increíblemente satisfactorio. Para aceptar este desafío, debemos tener plena conciencia de lo que representa y tomar una determinación firme; No está hecho para probar durante un tiempo, y los que abandonen pronto perderán mayores beneficios. Si estás dispuesto a comprometerte un día a la vez durante 40 días, los resultados podrán cambiar tu vida y tu matrimonio.



1. Durante el próximo día, decide demostrar paciencia y no decirle nada negativo a tu cónyuge. Si surge la tentación, elige no decir nada. Es mejor contenerte que expresar algo que luego lamentarás.
2. Realiza al menos un gesto inesperado como acto de amabilidad.
3. Cómprale algo a tu cónyuge que le comunique “hoy estuve pensando en ti”
4. Sin ninguna otra intención, pregúntale cómo está y si puede hacer algo por el.
5. Pídele a tu cónyuge que te diga tres cuestiones que le incomodan o le irritan de ti.
6. Decide reaccionar con amor en lugar de irritación
7. En 2 hojas de papel escribe cualidades positivas de tu cónyuge y aspectos negativos. En algún momento del día elige un atributo positivo de la primera lista y dale gracias a tu cónyuge por esa característica.
8. Toma la lista de atributos negativos que hiciste ayer y quémala, luego dile a tu cónyuge cuánto te alegra que haya logrado hace poco.
9. Saluda a tu cónyuge con una sonrisa y con entusiasmo; decide cambiar tu forma de saludar para reflejar tu amor por el.
10. Haz algo fuera de lo común por tu cónyuge (lava su auto, compra su postre favorito, dobla la ropa, etc)
11. Piensa ¿Qué necesidad de tu cónyuge podrías satisfacer hoy? Elige un gesto que diga: “te valoro” y hazlo con una sonrisa.
12. Cede en un área de desacuerdo entre tú y tu cónyuge. Dile que pondrás primero sus preferencias.
13. Habla con tu cónyuge y establece reglas; también anota tus propias reglas personales para respetar durante las discusiones; decide cumplirlas cuando vuelva a surgir un desacuerdo.
14. Hagan algo que a tu cónyuge le encantaría hacer; pasen tiempo juntos.
15. Demuestra honor y respeto a tu cónyuge; haz algo que sea diferente de lo habitual; muéstrale a tu cónyuge que lo tienes en alta estima.
16. Comienza a orar hoy por el corazón de tu cónyuge.
17. Decide proteger los secretos de tu cónyuge.
18. Prepara una cena especial en tu casa solo para ustedes dos.
19. ¿Has tomado conciencia de la necesidad de que Dios cambie tu corazón y te de la capacidad de amor? Reclama la fortaleza y la gracias para resolver Tu destino eterno.
20. Ora: “Señor Jesús soy pecador, cambia mi corazón y sálvame con tu gracia”.
21. Lee la Biblia, intenta leer un capítulo de proverbios cada día; sumérgete en el amor y las promesas que Dios tiene para ti.
22. Elige comprometerte con el amor; dile hoy con palabras a tu cónyuge: “te amo, elijo amarte aun si no me retribuyes”
23. Quita todo obstáculo para la relación; cualquier adicción o influencia que te robe sentimientos y aleje tu corazón de tu cónyuge.
24. Identifica todo objeto de lujuria en tu vida y quítalo; distingue cada mentira que has tragado al buscar el placer prohibido y recházala. Termina con ella hoy mismo.
25. Hoy mismo perdona cualquier cosas que no le hayas perdonado a tu cónyuge; desde tu corazón di: “Elijo perdonar”
26. Pídele perdón a tu cónyuge por las veces que has obrado mal, hazlo con sinceridad, sin importar como responda, asegúrate con cumplir con tu responsabilidad en el amor.
27. Pídele perdón a tu cónyuge por haberle exigido de más en alguna área; prométele que intentarás comprenderlo y afirmarle tu amor incondicional.
28. Proponte hacer lo que puedas para satisfacer la mayor necesidad de tu cónyuge en este momento.
29. Ora por tu cónyuge y exprésale tu amor de alguna manera tangible; agradécele a Dios por darte el privilegio de amar a esta persona tan especial… en forma incondicional como el nos ama.
30. Observa una causa de división en tu matrimonio y ora por ella; también habla con franqueza sobre esta cuestión con el con el fin de buscar la unidad.
31. Comprométete con tu cónyuge y con Dios a transformar tu matrimonio en la prioridad sobre toda otra relación humana.
32. Si es posible hoy intente iniciar la relación sexual con tu cónyuge; hazlo de una manera que honre lo que tu cónyuge te ha dicho o te ha dado a entender con respecto a lo que necesita de ti en esta área. Pídele a Dios que se transforme en una camino hacia una mayor intimidad.
33. Reconoce que tu cónyuge es esencial para tu éxito en el futuro, déjale saber que deseas incluirlo en tus próximas decisiones. Si en el pasado lo has ignorado admite tu descuido y pídele que te perdone.
34. Elogia alguna actitud que tenga tu cónyuge respecto a su fe o espiritualidad.
35. Busca un momento para tu matrimonio; si te parece que es necesaria la terapia da el primer paso y concierta la cita.
36. Toma el compromiso de leer la Biblia todos los días; consigue un libro de meditaciones; invita a tu cónyuge a leer contigo.
37. Pregúntale a tu cónyuge si pueden comenzar a orar juntos; usen ese tiempo para confiarle a Dios las inquietudes, los desacuerdo y la necesidades; no olviden dar gracias por sus bendiciones; si se niega hazlo a solas.
38. Piensa que le gustaría a tu cónyuge, si fuera posible. Ponlo en oración y comienza a trazar un plan para cumplir alguno de sus deseos.
39. Ora y luego escríbele una carta de compromisos y decisión a tu cónyuge; incluye la razón por la cual te comprometes con esta matrimonio hasta la muerte y exprésale que te has propuesto amarlo sin importar lo que suceda.
40. Escribe una renovación de tus votos y colócala en tu hogar; si se puede planea una renovación formal de tus votos matrimoniales ante un sacerdote y con tu familia; que sea una afirmación viva del valor de tu matrimonio a los ojos de Dios.

*tomado del libro "Los desafíos del amor"
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El poder de las novenas



¿Por qué hacer novenas?
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net


Es una devoción de oración privada o pública de nueve días para obtener alguna gracia o intención especial.




Qué es una novena?

Del latín "novem", nueve.

La novena es una devoción de oración privada o pública de nueve días para obtener alguna gracia o intención especial.

Hay novenas dedicadas a Nuestro Señor, al Espíritu Santo, como también a la Virgen María y a muchos santos. La sucesión de nueve puede referirse a días consecutivos (ej: nueve días previos a una fiesta) o a nueve días específicos de la semana o del mes (ej.: nueve primeros viernes). Algunas novenas tienen una larga tradición asociada con la devoción a un santo o a una promesa recibida en revelación privada.

Muchas novenas tienen recomendación eclesiástica pero no un lugar propio y establecido en la liturgia. No son parte de la oración oficial de la Iglesia. Las novenas nos ayudan en nuestra oración cuando están adecuadamente valoradas en el contexto de una sólida doctrina.

Al pedir la intercesión de un santo debemos desear imitar sus virtudes. Para ello es necesario conocerlo. La novena puede convertirse en superstición si se limita a buscar un deseo personal sin abrir el corazón a Dios y someterse a su voluntad. Una novena bien hecha es un medio para intensificar la intercesión.

Mientras las octavas tienen un carácter festivo, las novenas generalmente se hacen para lograr una intención o para orar por los difuntos.

Aunque las novenas son muy antiguas, no fue hasta el siglo XVII que la Iglesia formalmente concedió la primera indulgencia a una novena en honor a San Francisco Javier, otorgada por el papa Alejandro VII.


ORIGENES

Jesucristo nos enseñó a orar con insistencia. El le pidió a los Apóstoles que se prepararan en oración para la venida del Espíritu Santo. De aquí se inspira la novena de Pentecostés.

Los judíos no tenían celebraciones religiosas de nueve días ni novenarios de difuntos. Para ellos, el número siete era el mas sagrado. Pero la novena hora en la Sinagoga era una de las horas especiales de oración, como lo ha sido la hora nona en la Iglesia desde el principio. Es una de las horas de oración en la Liturgia de las Horas. (cf. Acts, iii, 1; x, 30; Tertullian, "De jejuniis", c. x, P.L., II, 966; cf. "De oratione", c. xxv, I, 1133).

Los romanos y griegos tenían novenas. Una de ellas, descrita en Livy (I, xxxi). se trata de una fiesta pagana para apaciguar a los dioses. También hacían nueve días de duelo por los difuntos. Aunque los primeros cristianos siguieron la costumbre en cuanto al número de días, ya no lo hacían con superstición sino fundamentados en Cristo.


PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín, escribiendo sobre las novenas (P.L., XXXIV, 596), advierte a los cristianos el peligro de imitar esta costumbre pagana, ya que no se encuentra en la Biblia. El peligro no está en la novena sino en como se entiende esa oración.

Según algunos Padres de la Iglesia y los monjes de la Edad Media, el nueve denota imperfección y se refiere a los hombres. El diez es el mas alto y perfecto y por eso se refiere a Dios.

La novena simboliza la imperfección humana que busca a Dios. (cf. Jerome, loc. cit.; Athenagoras, "Legat. pro Christian.", P.G., VI, 902; Pseudo-Ambrosius, P.L., XVII, 10 sq., 633; Rabanus Maurus, P.L., CIX, 948 sq., CXI, 491; Angelomus Monach., In Lib. Reg. IV, P.L., CXV, 346; Philo the Jew, "Lucubrationes", Basle, 1554, p. 283).

Según San Jerónimo, el Padre de la Iglesia que tradujo la Biblia al Latín, "El número nueve en la Santa Biblia indica sufrimiento y dolor" (Ezech., vii, 24; -- P.L., XXV, 238, cf. XXV, 1473). II Reyes 25:3 "El mes cuarto, el nueve del mes, cuando arreció el hambre en la ciudad y no había pan para la gente del pueblo".


EDAD MEDIA

Se decía que Cristo murió en la novena hora.(cf. Schmitz, "Die Bussbucher und die Bussdisciplin", II, 1898, 539, 570, 673) y que por la Santa Misa, en el noveno día, el difunto sería elevado a los nueve coros de ángeles en el cielo. (cf. Beleth, loc. cit.; Durandus, loc. cit.).

España y Francia introdujeron la "novena de preparación" para la Navidad. para recordar los nueve meses de embarazo de la Virgen. En España el Concilio de Toledo en el año 656 transfirió la fiesta de la Anunciación al 18 de Diciembre (dentro de la novena). Por eso la novena tomó un sentido de anticipación y preparación a una fiesta. Los mejores modelos de preparación son Jesús y María, preparándose para el nacimiento. Nosotros nos preparamos en este mundo para la vida eterna.

De la novena de preparación, surgió la costumbre (Francia y Bélgica) de hacer novenas a la Virgen y a los santos por diversas intenciones.


EFICACIA DE LAS NOVENAS

Las novenas requieren humildad, confianza y perseverancia, tres importantes cualidades de la oración eficaz. Innumerables santos rezaban novenas con gran devoción y a través de los siglos muchos milagros se han logrado con la oración de novenas.

Un ejemplo del origen milagroso de algunas es la novena en honor a San Francisco Javier de que hablamos al principio. Es conocida como la "novena de gracia". Comenzó en 1633 cuando el Padre Mastrilli, S.J., estaba mortalmente herido por causa de un accidente. San Francisco Javier, a quien tenia gran devoción, se le apareció y le exhortó a dedicarse a las misiones de las Indias. El Padre Mastrilli hizo un voto ante su provincial de que iría a las Indias si Dios le salvaba la vida. En otra aparición (3 Enero, 1634) San Francisco Javier le pidió que renovase la promesa, le anticipó su martirio y le restauró la salud tan plenamente que esa misma noche el padre pudo escribir los hechos y la mañana siguiente celebró la Misa en el altar del santo y volvió a su vida comunitaria. Pronto se fue a las misiones del Japón donde fue martirizado el 17 Octubre de 1637. El milagro se propagó por toda Italia e inspiró confianza en la intercesión de San Francisco Javier. Los fieles pedían su ayuda en la novena llamada "novena de gracia"

Jesucristo mismo, en la revelación a Santa Margarita Alacoque recomendó la celebración de nueve primeros viernes de mes consecutivos (cf. Vermeesch, "Pratique et doctrine de la dévotion au Sacré Coeur de Jésus", Tournai, 1906, 555 sqq.).

Promesa de Jesucristo a Santa Margarita María Alacoque:

Yo les prometo, en el exceso de la infinita
misericordia de mi Corazón, que Mi amor
todopoderoso le concederá a todos aquellos que
comulguen nueve primeros viernes de mes
seguidos, la gracia de la penitencia final; no
morirán, en Mi desgracia ni sin recibir los
sacramentos; Mi divino Corazón será su refugio
seguro en este último momento.
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Para saborear la Santa Misa


Porqué vamos a Misa
Autor: P. Jorge Loring

A veces se oye decir: "Yo no voy a misa, porque no siento nada. Es que a mí la misa no me dice nada. Es que..."


Voy a aprovechar este rato para hablar del valor de la misa. A veces se oye decir: «Yo no voy a misa, porque no siento nada. Es que a mí la misa no me dice nada. Es que, no le veo sentido a la misa. Yo, es que me aburro en misa». Voy a decir alguna cosa sobre esto.


Primero. El cristianismo no es cuestión de sentimientos. Es cuestión de valores. Yo no voy a misa porque sienta algo. Puede ser que sí, que yo sienta y me emocione. Pero la necesidad de ir a misa no depende de lo que yo sienta, sino del valor de la misa. Porque el cristianismo es cuestión de valores. Lo mismo que una madre puede ser que no tenga ganas de atender al niño enfermo. Pero si su hijo es un valor para ella, la madre se desvive por el niño, y lo atiende con gusto, aunque no tenga ganas; porque el hijo es un valor. Cuando obramos por valores, los valores son superiores a los sentimientos.

***

Segundo: «Es que a mí la misa no me dice nada, yo no le veo sentido a la misa.» Bien. Esto es lógico que lo diga una persona que no tenga cultura religiosa. No sabe lo que es una misa. Por eso no sabe apreciar lo que es una misa. Para saber apreciar un museo, hace falta tener cultura. El que no tiene cultura, llega a un museo y se aburre soberanamente; porque no sabe apreciar lo que valen los cuadros o las esculturas de un museo. Pero una joya no pierde valor porque haya personas que no saben apreciar lo que vale esa joya.

***

Tercero: «Es que yo me aburro en la misa». Bueno. Nadie ha dicho que la misa sea una diversión. Cuando se trata de una diversión, si me gusta, voy; y si no me gusta, no voy. Porque se trata de divertirme. Al que no le gustan los toros, no va a los toros. No hay ninguna obligación de ir a los toros. Al que no le gusta el fútbol, no va al fútbol. No tiene ninguna obligación de ir al fútbol. Cuando se trata de divertirme, yo voy si me gusta, y no voy si no me gusta. Pero cuando se trata de una obligación, no se trata de que me divierta o me deje de divertir. Se trata de que es una obligación que tengo que cumplir. Me divierta o no me divierta Hay muchas cosas que las tenemos que hacer porque son obligatorias.

Yo voy a clase, no porque me divierta ir a clase, sino porque tengo obligación de ir a clase. Yo voy a trabajar, no porque me divierta trabajar, sino porque tengo obligación de trabajar. Porque si sólo voy a clase cuando tenga ganas: me suspenden. Si sólo voy a trabajar cuando tenga ganas: no cobro. Lo que es obligatorio no depende de las ganas. No depende de que me divierta. No depende de que me apetezca. Depende de que es obligatorio. Y tengo que hacer lo que es obligatorio, tenga ganas o no tenga ganas.

***

La misa es una obligación. Todos tenemos obligación de dar culto a Dios. Porque somos personas. Las personas podemos conocer a Dios, y tenemos obligación de dar culto a ese Dios que podemos conocer. Las piedras no conocen a Dios, no tienen que dar culto a Dios. Las plantas no conocen a Dios, no tienen que dar culto a Dios. Los animales no conocen a Dios, no tienen obligación de dar culto a Dios. Nosotros somos personas que podemos conocer a Dios, y tenemos obligación de dar culto a Dios, a quien conocemos.

***

Y no basta el culto privado: «Yo rezo Yo rezo todas las noches.» Muy bien. Tú rezas por la noche. Das culto privado a Dios. Muy bien. Pero es que además del culto privado, tenemos obligación de dar culto público. Porque todos formamos parte de la comunidad cristiana. Somos miembros del pueblo de Dios. Tenemos obligación de unirnos al pueblo de Dios para dar culto a Dios. Y el acto oficial de culto comunitario a Dios es la misa. Es el acto donde todos nos reunimos. Todo el pueblo de Dios se reúne para, colectivamente, comunitariamente, dar culto a Dios. Y en este culto colectivo que da el pueblo de Dios, yo tengo obligación de participar. La misa es el acto oficial colectivo de culto a Dios.

***

Y lo lógico es que esto lo hagas voluntariamente, aunque no tengas ganas. A veces las ganas no coinciden con la voluntad. Yo puedo ir de buena voluntad a misa. Quizás no tenga ganas, pero voy de buena voluntad; porque sé que es una cosa buena que debo hacer. Lo mismo que a veces no te apetece ir al dentista, pero vas voluntariamente al dentista. Necesitas ir al dentista, comprendes que debes ir al dentista, y vas al dentista. Y no vas de buena gana; pero vas voluntariamente; porque vas a hacer una cosa que crees que tienes que hacer. Lo mismo: a lo mejor no tengo ganas de ir a misa, pero voy voluntariamente. Voy a gusto, aunque no tenga ganas, pero sé que es una cosa que debo hacer.

Ahora, lo lógico, es ir a misa de buena gana, porque cuando uno va a mostrar su amor al Padre, lo lógico es que lo haga de buena gana. Si yo voy a misa, es para manifestar a Dios que le quiero. Y cuando un hijo da una muestra de amor a su padre, lo lógico, es que lo haga de buena gana.

Me acuerdo de una vez, lo que tuve que luchar para conseguir que una chica le diera un beso a su madre. Habían tenido un problema, un disgusto. Bien, de acuerdo. Y la chica, hacía algún tiempo le había negado toda muestra de cariño a su madre. Y no le quería dar un beso. Por fin, ya al final, accedió, y le dio un beso a su madre. Pero esto no es lógico.

Un hijo no puede discutirle un beso a su madre o a su padre. Son nuestros padres. Lo lógico es que todo hijo normal le dé de buena gana un beso a su madre. Eso es lo lógico y lo normal ¿Que ha habido un problema? Pues se superan los problemas. Se superan los disgustos. Se superan las dificultades. Pero no es normal que a un hijo se le tenga que forzar a que dé un beso a su madre.

Pues lo mismo. ¿Qué es la misa? Un acto de amor al Padre. Yo vengo a misa para manifestar al Padre que le amo, que para mí Dios es un valor. Que yo con gusto le tributo un acto de adoración. Y como «obras son amores y no buenas razones», ¿cómo demuestro que yo amo a Dios? Viniendo a misa y dándole una muestra a Dios de cariño.

***

Pero esto, además, lo haré de buena gana si sé lo que vale una misa. Hace ya unos años participaba yo en una misión que se dio en Torrevieja, en Alicante. Yo hablaba a la juventud mayor de dieciséis años, en el casino de Torrevieja; pero otro padre, el P. Enrique Pardo, hablaba a la juventud menor de dieciséis años, a colegiales. Vivíamos todos en un mismo hotel. A la hora de comer, el P. Enrique Pardo, dice:

- «Hoy se me ha ocurrido una cosa en el Instituto y he visto que ha hecho impacto a los chicos. Ha sido una idea feliz».
Y nos dijo en el comedor a los demás misioneros lo que se le había ocurrido. A mí me gustó tanto que dije:
-Ah, pues yo hubiera dicho lo mismo.
Él dijo a los chicos:
-Una misa vale tanto, que si a mí me ofrecen un millón de pesetas para que no diga una misa, dejo el millón y no dejo la misa.
Le dije yo al P. Pardo:
-Oye, está bien la idea. Yo hubiera dicho lo mismo. Hago mía la idea.

A la semana siguiente me voy a Ecija, en Sevilla, y cuando estoy dando allí conferencias a matrimonios, me acuerdo de la anécdota y les digo:

-La semana pasada en Torrevieja, hablando con un misionero, compañero mío, dijo esto. A mí me pareció fenomenal.
Yo digo lo mismo:
- Si a mí me dan un millón de pesetas para que no diga la misa, dejo el millón y no dejo la misa.
Pero al decir esto, el millón me pareció poco.
-¡Qué un millón! ¡Dos millones que me den, dejo los dos millones y no dejo la misa!
Digo dos millones y me parece poco.
-¡Qué digo dos millones...!. ¡Cinco millones! ¡Diez millones! ¡Cien millones! ¡¡¡Mil millones!!! A mí me dan mil millones de pesetas para que no diga una misa..., ¡y dejo los mil millones! No dejo la misa.

Fijaos el bien que yo podría hacer repartiendo los mil millones de pesetas. Pues el bien que yo podría hacer repartiendo mil millones de pesetas es menos que el bien que hago diciendo una misa. Yo hago más por la Humanidad diciendo una misa, que repartiendo mil millones de pesetas. Las cosas son así, y el que no lo crea es que no sabe lo que vale una misa.

Yo, que me he hecho sacerdote para servir a mis hermanos, ¡hago más por mis hermanos diciendo una misa, que repartiendo mil millones de pesetas! Las cosas son así. ¿Por qué? Porque la misa tiene un valor infinito, y los mil millones tienen un valor finito. Los mil millones se acaban, tienen un valor finito. La misa tiene un valor infinito. Y yo hago más por el prójimo diciendo una misa, que repartiendo millones.

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Y esto es tan exacto, que os voy a dar una idea que no es mía, es de un padre dominico, el P. Antonio Royo Marín, uno de los mejores teólogos que tenemos en España. Leyendo un libro suyo me llamó la atención la idea, y yo la repito, porque me parece fenomenal. Fijaos lo que dice el P. Antonio Royo Marín:

«Una sola misa glorifica a Dios más que toda la gloria que le dan todos los santos del cielo, incluida la Santísima Virgen, durante toda la eternidad.»

Parece una exageración. Pues esto es teología. Razón: porque toda la gloria que le dan todos los santos del cielo, incluida la Santísima Virgen, es gloria de criatura. Son criaturas. Los santos, la Virgen, son criaturas. La Virgen, la primera de las criaturas. Pero criatura, al fin y al cabo. Y la gloria que da a Dios Padre su Hijo Unigénito sacrificado en la cruz, es más que lo que venga de criaturas. Porque, ¿qué es la misa? Una repetición de la muerte de Cristo en la cruz. Una repetición de la redención de la humanidad.

Se repite en la misa lo mismo que se hizo en el Calvario. Luego si en la Santa Misa estamos repitiendo la redención de la humanidad por Cristo en la cruz, esta oblación de Cristo por la humanidad vale mucho más que todo lo que puedan hacer todas las criaturas. Porque la diferencia de la criatura a Cristo-Dios es infinita. Por eso, como en la Santa Misa repetimos la redención de la humanidad por Cristo-Dios en la cruz, por eso la misa tiene un valor infinito: es lo que más vale en el mundo.

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Y una misa que nosotros oímos, que nosotros ofrecemos, es lo más grande que podemos hacer en la vida. Por eso, cuando uno sabe lo que vale una misa, no la deja por nada. Por nada del mundo. No podemos hacer nada, cada día, más grande que oír la misa.

Voy a contar una anécdota. Alguna vez en la vida yo me he quedado sin comer. Algún viaje que he hecho. Alguna vez. Pero no recuerdo haber hecho nunca un ayuno tan largo, como en una ocasión para poder decir misa. Ya sabéis que ahora basta con una hora de ayuno antes de comulgar, o antes de decir misa.

Pero antes había que guardar ayuno desde las doce de la noche hasta después de haber comulgado o haber dicho misa. Pues cuando había aquella normativa, una vez hice yo un viaje de Barcelona a Sevilla en el expreso que en Sevilla se llama «el catalán» y en Barcelona se llama «el sevillano». Pues en ese expreso Barcelona-Sevilla, sales de Barcelona la noche anterior y llegas a Sevilla a las seis de la tarde del día siguiente.

Yo, si quería decir misa, no podía tomar ni una gota de agua. Pues iba en el tren y, claro, los compañeros del departamento desayunaron. Y vieron que yo no desayunaba. Llegó la hora de comer, y todo el mundo sacó su bocadillo... Y yo, nada.
-Padre, ¿quiere usted..?
-No. No, gracias.
-Pero, Padre, ¡si no ha desayunado usted!
-No, no. Yo no.
-Pero, ¿no va a tomar nada hasta Sevilla?
-Es que quiero decir misa.
-¡Pero si vamos a llegar a las seis de la tarde!
-Ah, no importa. Yo no me quedo sin misa.
-¿Pero va a estar usted en ayunas hasta las seis de la tarde?
-Desde luego. Yo no me quedo sin misa.

Y la gente extrañada de que yo no probara bocado hasta llegar a Sevilla. Pero yo prefería llegar a Sevilla a las seis de la tarde en ayunas para decir misa, que por tomarme un bocadillo quedarme sin misa. Porque cuando sabes lo que vale una misa, no te pasa nada porque no desayunes o no comas. Lo que yo no hago es quedarme sin misa ni un día.

Llegamos a Sevilla con retraso, y mientras llegué a la residencia, me duché y me preparé... Total, ¡que a las nueve dije misa! Y a las diez de la noche: desayuné, comí y cené. Todo junto. Y no me pasó nada. Aquí estoy.

Pero yo sin misa no me quedo. ¿Que me quedo sin comer? No importa. No pasa nada por un día de ayuno. Esto no hace daño a nadie. Pero, ¿dejar yo la misa? ¡Por nada del mundo! Porque la misa es lo más grande que podemos hacer en el día. Puede que una obligación indispensable no me permita oír misa. Quizás. Pero pudiendo, yo no dejo la misa por nada. Cuando sabes lo que vale una misa. No hay nada que valga más para la Gloria de Dios y bien de la humanidad.

Por eso digo: hay que saber valorar las cosas. Y cuando tú sabes valorar una cosa, sabes que merece la pena hacerla, y dejar lo que haya que dejar; pero no te quedas sin misa. ¡Cuánta gente se queda sin misa por tonterías!

Por eso he querido dedicar estos minutos a potenciar, a motivar, la asistencia a misa. Porque hoy por desgracia oyes por la calle muchas expresiones que menos precian a la misa. Y mucha gente encuentra dificultades sin valor, pero que les priva de ir a misa. Y esto es una pena. Porque nada podemos hacer, cada día, más grande que ir a misa.

Espero que después de oír todo esto nunca perdáis la misa sin razón suficiente.
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