Progreso del alma

Las etapas de la oración
Autor: Germán Sánchez | Fuente: USMI

Los grandes momentos en la Historia de la Iglesia quedan definidos por circunstancias y eventos que sirven de perno para etapas sucesivas. Dos momentos coyunturales señalan el inicio del tercer milenio de la era cristiana: el Concilio Vaticano II y el Jubileo.



1. Importancia y concepto de la oración.

Los grandes momentos en la Historia de la Iglesia quedan definidos por circunstancias y eventos que sirven de perno para etapas sucesivas. Dos momentos coyunturales señalan el inicio del tercer milenio de la era cristiana: el Concilio Vaticano II y el Jubileo del año 2000. Juan Pablo II ha escrito: "En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente? Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral"1.

El ideal de la santidad nos debe llevar a buscar los medios más eficaces para alcanzar este estilo de vida, propuesto por Juan Pablo II. De nada serviría la preparación al Jubileo, ni la renovación que ha querido aportar el Concilio Vaticano II, si en el momento de ponerla en práctica no contamos con los medios adecuados.
La carta apostólica Novo millennio ineunte, trae a colación algunos de esos medios entre los que menciona la oración, la eucaristía dominical,el sacramento de la reconciliación, la primacía de la vida de gracia, la escucha y el anuncio de la Palabra. Es de hacer notar que da a la oración el primer lugar de estos medios. ¿Por qué es así?
La santidad es la participación de la vida divina, según siguiente definición: "El Señor Jesús, maestro y modelo divino de toda perfección, a todos y cada uno de sus discípulos de cualquier condición, ha predicado la santidad de vida, de quien Él mismo es el autor y el perfeccionador, <> (Mt. 5,48). En efecto, Él mandó a todos el Espíritu Santo, para movernos internamente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y amarse unos a otros como Cristo los ha amado"2.

Esta santidad de vida comporta un esfuerzo por identificarnos cada día más plenamente con la vida de Jesucristo. Movernos a amar a Dios y a amar al prójimo como uno mismo, requiere el constante confrontarse en la vida, para saber si lo que se hace, lo que se dice y lo que se piensa está en concordancia con esa perfección a la que hemos sido llamados. Esta perfección no es otra cosa que cumplir con la voluntad de Dios. En la voluntad de Dios se encuentra el programa de nuestra santidad, el programa que engloba todas nuestras potencias y es culmen de la vida divina a la que hemos sido llamados por nuestro bautismo. "Preguntar a un catecúmeno: <<¿quieres recibir el Bautismo?>>, significa al mismo tiempo preguntarle <<¿quieres ser santo?>>. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: <> (Mt. 5, 48)3.
La voluntad de Dios para una persona consagrada se encuentra inscrita en la regla de vida, en las Constituciones de la congregación, en pocas palabras, en todo aquello que podemos llamar carisma: "La creciente configuración con Cristo se va realizando en conformidad con el carisma y normas del instituto al que el religioso pertenece. Cada instituto tiene su propio espíritu, carácter, finalidad y tradición, y es conformándose con ellos, como los religiosos crecen en su unión con Cristo. Para los institutos dedicados a obras de apostolado, la formación incluye la preparación y continua actualización de sus miembros para las obras peculiares del instituto, no simplemente como profesionales, sino como " testigos vivos del amor sin límites y del Señor Jesús ". Aceptada por cada religioso como asunto de responsabilidad personal, la formación se convierte no sólo en crecimiento personal, sino también en una bendición para la comunidad y una fuente de fructuosa energía para el apostolado"4.

A través del carisma la persona consagrada podrá alcanzar la santidad de vida a la que está llamada a vivir, porque en él, en el carisma, encontrará en forma clara y evidente, la voluntad de Dios para su vida.

El conocimiento del carisma puede lograrlo a través de un camino de formación personal. Iniciado en los primeros años del noviciado, continúa en forma permanente a través del arco de su vida. Puede darse sin embargo el peligro de creer que esta formación en el carisma se reduzca solamente al aspecto externo, es decir al conocimiento memorístico o superficial de los números de las Constituciones, de los escritos del Fundador/a o de las disposiciones del último Capítulo General. "En la fase de la edad madura, junto con el crecimiento personal, puede presentarse el peligro de un cierto individualismo, acompañado a veces del temor de no estar adecuados a los tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación permanente tiene en este caso la función de ayudar no sólo a recuperar un tono más alto de vida espiritual y apostólica, sino también a descubrir la peculiaridad de esta fase existencial"5.

Este conocimiento externo servirá sin duda alguna, como carril que lleva hacia un estilo de vida del consagrado, pero no será, ni con mucho, un verdadero medio para alcanzar la santidad. El carisma debe servir como un trampolín de donde la religiosa pueda zambullirse para encontrar en la frescura de todo aquello que constituye el patrimonio espiritual del Instituto, los elementos que la lleven a la santidad. La oración puede ser una ayuda insustituible para entresacar del carisma, estos elementos.

Una lectura académica difiere mucho de una lectura espiritual. La primera se contenta tan sólo con adquirir elementos para conformar unas ideas, unos juicios. Sin embargo, quien hace del carisma una fuente de su conocimiento para descubrir la voluntad de Dios para su vida, no puede contentarse con una lectura que satisfaga solamente al intelecto. Busca una lectura que conteste y de sentido a la pregunta sobre la voluntad de Dios para su vida. Pasará entonces de la lectura a la oración.

Si bien son muchas las definiciones de oración, y todas ellas serían materias de una discusión y profundización, por razones de espacio no podemos detenernos a explicar este concepto. Diremos simplemente para efectos de nuestra exposición, que la oración es "la capacidad de adherirse a la voluntad de Dios y de abandonarse a ella con gozo"6. O bien, esta otra: "La oración es un encuentro del hombre con Dios"7.

Es en la oración en donde la persona consagrada descubre y se adhiere a la voluntad de Dios. Cabe aquí hacer una pequeña digresión sobre el doble dinamismo de la oración. No es sólo un descubrir, un conocer. Esto sería reducir la oración al ámbito de una reflexión académica, en donde el intelecto se contenta con satisfacer su apetito intelectual. Podemos decir que son muchas las personas que conocen y saben cuál es la voluntad de Dios en sus vidas, pero que no se atreven o no saben cómo cumplirla, como llevarla a cabo. Es el segundo momento de la oración, el que hace que se ponga en práctica lo que se ha contemplado. Adherirse a la voluntad de Dios en la oración es proponer cordialmente mediante los propósitos, las formas en las que se llevará a cabo la voluntad de Dios, en la vida ordinaria.

Siendo que la voluntad de Dios para la persona consagrada, como hemos señalado anteriormente, queda constituido por el carisma y que este conocimiento del carisma no debe reducirse a un conocimiento intelectual, sino a un conocimiento vivencial, la oración será el lugar de encuentro de la persona consagrada con la voluntad de Dios. Un lugar en donde se confronta el yo con la Voluntad de Dios, expresada en el carisma de la congregación.

Es por ello que la religiosa no puede descuidar la oración como un medio privilegiado para conseguir su santidad. "Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven con generosa dedicación"8.

Si por naturaleza la consagración hace de la religiosa una persona más disponible para la oración, también por esta misma naturaleza la religiosa debe cumplir constantemente en su vida la Voluntad de Dios.

Es la oración por tanto, la fuente de dónde la religiosa saca el agua para regar las plantas que no son otra cosa sino las virtudes de la vida religiosa. Virtudes que le vienen especificadas en el carisma de la Congregación. Esta imagen del agua y las plantas lo tomamos de Santa Teresa de Ávila9. "De la misma manera, no buscamos la experiencia de Dios en la oración por sí misma sino para que las virtudes crezcan y prosperen en nosotros"10.

Por ello, el gua debe ayudarnos a cultivar esas virtudes, pues ellas son la prueba de que nos acercamos a Dios. La forma para sacar esta agua en la oración, nos viene descrita por la misma Santa Teresa. Pueden ser a través del entendimiento, la contemplación o la unión con Dios. Para ello, la Santa de Ávila utiliza tres metáforas: el balde, la polea, la acequia y la lluvia. Dios es el autor de esas gracias que necesitamos para el cultivo de as virtudes. Nosotros debemos sin embargo hacer nuestra parte, como el hortelano que cultiva su parcela. No permanece con los brazos cruzados. Trabaja. Puede regar las plantas con agua sacada de un pozo, directamente, a través de un balde. Puede usar una polea. Y por último, puede aprovecharse de un arroyo que corra cerca de la parcela o de la lluvia.

La oración en la que utilizamos el entendimiento, la reflexión, es la imagen del agua obtenida a través de un balde. La ración en la que los afectos se combinan hasta llegar a la contemplación, es el agua que se obtiene mediante una polea. Y por último, la oración en la que el alma vive unida a Dios, es el agua que el Señor quiere regalar en forma gratuita, descrita a través de la acequia o la lluvia. Volveremos más adelante a tomar estas imágenes para explicar su relación con las etapas de la vida de cada alma consagrada.

En ciertas ocasiones, especialmente los Institutos dedicados a la vida apostólica, se pierde la visión de la oración, como fuerza que debe impulsar toda la vida consagrada. Y esto porque la religiosa reduce su vida, en ciertas ocasiones, a cumplir externamente con unas obras encomendadas. Se pierde de vista en esos momentos el carácter sobrenatural de la vida consagrada y nos contentamos con vivir una fidelidad externa. Se encuentra poco tiempo a la oración, porque la vida ha perdido un poco la frescura de buscar en todo momento la Voluntad de Dios. De esta manera, la voluntad de Dios se reduce a las obras externas. La vida comienza a girar no ya en torno a Dios sino a las cosas, las obligaciones, la actividad. La oración pasa a un segundo puesto, no porque se desprecie la oración en sí misma, sino porque se ha dejado de buscar con ahínco y con profundidad, la voluntad de Dios en todos los aspectos de la vida. "Una auténtica vida espiritual exige que todos, en las diversas vocaciones, dediquen regularmente, cada día, momentos apropiados para profundizar en el coloquio silencioso con Aquél por quien se saben amados, para compartir con Él la propia vida y recibir luz para continuar el camino diario. Es una práctica a la que es necesario ser fieles, porque somos acechados constantemente por la alienación y la disipación provenientes de la sociedad actual, especialmente de los medios de comunicación. A veces la fidelidad a la oración personal y litúrgica exigirá un auténtico esfuerzo para no dejarse consumir por un activismo destructor"11.


2. Las etapas de la vida.

"Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo y que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar en la vida consagrada"12.

El recorrido de la vida espiritual de una mujer consagrada no es lineal. Partiendo de la así llamada formación inicial, tiene su culmen en el momento en que Dios la llama a la casa del Padre. Son diversas las circunstancias por las que debe atravesar el alma consagrada y no podemos establecer una similitud para todos, ni siquiera para dos de ellas. Dios es quien va modelando a la persona en su totalidad. Es Él que en su plano amoroso, envía las gracias, permite las pruebas, las dificultades, con el fin de llevar a plenitud lo dispuesto para cada alma. "Puesto que el sujeto de la formación es la persona en cada fase de la vida, el término de la formación es la totalidad del ser humano, llamado a buscar y amar a Dios " con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas " (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo (cf. Lv 19, 18; Mt 22, 37-39)"13. Dios trabaja sobre toda la persona humana: sobre su psicología, sus aspectos físicos, su esfera espiritual. Podemos decir que no deja nada de la persona fuera de la acción de la gracia. De esta manera, la mujer consagrada va transformándose en otro Cristo, ya que, al seguirlo más de cerca, se va configurando cada día con Él.

En esta configuración, el ideal seguirá siendo el mismo que el de la santidad: cumplir la voluntad de Dios en la vida. Dios nos ha querido perfectos, como el Padre celestial es perfecto. Y la medida de la perfección la encontramos en Cristo, hermano nuestro, que nos da la medida, el tipo de hombre al que debemos tender.

Este es el camino que inicia la mujer consagrada en el momento que responde generosamente al llamado de Dios. Comienza así una doble acción: por parte del alma y por parte de Dios. Por parte del alma, que se abre a la acción de la gracia para hacer la voluntad de Dios en su vida, es decir, asemejarse cada día más a Cristo. Y por parte de Dios que, mediante la gracia y la permisión de diversas circunstancias, irá atrayendo a Si al alma consagrada.

Si bien no podemos establecer, como decíamos antes, dos caminos iguales en la vida espiritual, existen sin embargo fenómenos similares que recorren las almas. Podemos hablar entonces de etapas o grados en la vida espiritual. Estas etapas o grados de la vida espiritual tienen su fundamento en el nuevo testamento y en la razón.

En el nuevo testamento nos encontramos con las palabras de Jesucristo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc.9, 23). Esta frase de Jesucristo nos habla de tres etapas. En la primera el alma debe abnegarse, renunciar a su mundo para poder seguir a Cristo. Después de esta renuncia el alma como que está más abierta a seguir a Cristo, seguimiento que viene siempre identificado con tomar la Cruz y que requiere ya no sólo negarse, sino ejercitar una acción positiva, es decir, el ejercicio de las virtudes o de aquellas virtudes más características del alma consagrada. Viene después el resultado del seguimiento, es decir la unión. El alma consagrada tiende siempre a esta unión, a través de un amor más fiel, más puro, más íntimo.

"La razón demuestra la legitimidad de esta distinción. Puesto que la perfección consiste esencialmente en el amor de Dios, habrá tantos grados de perfección cuantos grados de amor"14. El amor tiende a la perfección, es decir a hacer uno con el amado, de forma que no haya división entre el querer del amado y el querer del amante. El alma consagrada que se lanza en el seguimiento de Cristo lo hace para llegar a ser uno con el Amado. Pero para llegar a esta unicidad, es necesario que el alma se despoje de sí misma. Comienza por tanto una primera etapa que es la etapa purificativa, en dónde el alma debe limpiarse de sus faltas pasadas y así preservarla de las venideras. El alma lucha por adquirir la pureza del corazón para ver a Dios. Para adquirir esta pureza de corazón, el alma debe luchar en forma enérgica y constante contra las malas inclinaciones que la arrastran al pecado y debe poner en práctica diversos actos que la acercan a Dios, como pueden ser la oración, la meditación lo los ejercicios de piedad necesarios para limpiar el alma y estar en disposición de seguir a Cristo.

Después de que el alma se ha purificado, puede entonces emprender el seguimiento de Cristo. Este seguimiento, lo hemos mencionado, consiste en la imitación de sus virtudes. Pero para imitarlo, no basta solamente con el deseo, es necesario que esos deseos se lleven a la práctica. El alma, por lo tanto, deberá ejercitarse en aquellas virtudes que la hagan más semejante a Jesucristo. Estas virtudes, teologales y morales, pueden quedar perfectamente inscritas en el carisma del Instituto. Si el alma quiere unirse plenamente a Cristo, puede encontrar en el carisma la guía más segura para conocer las virtudes que más puedan asemejarla a Cristo, ya que el carisma no es sino la forma en que el Fundador o la Fundadora han querido imitar a Cristo. "Es preciso, por tanto, dejarse conducir por el Espíritu al descubrimiento siempre renovado de Dios y de su Palabra, a un amor ardiente por Él y por la humanidad, a una nueva comprensión del carisma recibido. Se trata de dirigir la mirada a la espiritualidad entendida en el sentido más fuerte del término, o sea la vida según el Espíritu"15. En el patrimonio espiritual del Instituto, la religiosa encuentran material abundantísimo para confrontar su vida con aquellas virtudes que la harán más semejante a Cristo.

Cuando el alma se abraza a Dios y goza en su presencia, cuando lo busca por todas partes y en medio de las ocupaciones más absorbentes, podemos hablar de una tercera etapa, que es aquella en la que "el alma, purificada de sus pecados, aligerada y confortada, dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, no desea otra cosa sino la unión íntima con Dios"16.

Estas tres etapas de la vida espiritual se realizan en cada alma consagrada en forma diversa, respetando la psicología y las circunstancias de cada persona. No son etapas en el sentido estricto de la palabra y muchas veces, como en todo dinamismo, no se pueden establecer claramente linderos o fronteras. Como parte de un proceso de vida, se darán incluso algunos retrocesos o avances que no siguen una linealidad preconcebida.

Si bien escapan a toda esquematización estas etapas de la vida interior, algo que debe quedarnos claro es la influencia que tienen sobre todo el ser humano. La persona humana, espíritu y materia, es un todo y algo que afecta a una parte de ella, le afecta al todo. Podemos utilizar la imagen de los vasos comunicantes en donde el aumento o disminución de líquidos en un vaso afecta al todo, por el hecho de que todos están comunicados a través de un mismo sistema. Así, si una circunstancia afecta el avance o el retroceso en el seguimiento de Cristo, así también la oración se verá afectada de acuerdo a la etapa o el momento espiritual por el que esté cruzando el alma. Por lo tanto, no debe asustarnos el encontrarnos con una oración árida, o con una oración llena e afectos. Pueden ser parte del itinerario que estamos siguiendo en la imitación de Cristo. Lo veremos con más detalle en el siguiente apartado.


3. Las etapas de la vida y la oración.

"Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. 5, 48) debe ser el leit motiv, para adquirir la santidad. Y en este esfuerzo que debe circunscribir todo el arco de nuestra vida, las diversas etapas por las que pasa la persona consagrada deben estar permeadas también de este impulso vital. Sin embargo, antes de entrar a analizar la relación que existe entre las diversas etapas de la vida y la oración, es conveniente aclarar el concepto de santidad.

La persona consagrada que inicia su carrera hacia la santidad debe ser consciente de lo poco que puede hacer para alcanzar la santidad. Esta afirmación podría parecer a simple vista como una contradicción y como un ir en contra a todo aquello que proclama la Iglesia y el Papa, en relación con la santidad. "Se debe programar la santidad..." "Lo único que debe quedarnos del Jubileo es el esfuerzo por alcanzar la santidad..." Y muchas veces pensamos que nosotros, en base a nuestro esfuerzo, a nuestra dedicación, a la vivencia fiel de nuestros compromisos espirituales y apostólicos, somos los que vamos a alcanzar al santidad.

Grave error. Es Dios quien va a actuar en nosotros. "... el mandamiento que nos da (Jesús) no es <>, sino <> perfectos. El amor, incluso a nuestros enemigos, que exige Jesús no es tarea nuestra, sino su tarea en nosotros. Esto es lo que marca la diferencia. Como dijo después de que el joven rico se marchó: <>"17. Dios sólo es el autor de la santidad y es Él quien va a ir actuando en nosotros. Cabe sin embargo hacer una aclaración sobre la forma en que actuará, pues, como hemos mencionado al inicio de este artículo, la santidad no consiste, únicamente, en visiones o éxtasis, sino en tender a la imitación y unión con Jesucristo.

Dios actúa a través de los caminos ordinarios de nuestra vida. Si la persona consagrada quiere seguir a Cristo, imitarlo y unirse a Él, Dios actúa en la medida en que esta alma sea generosa y se abra a Él, a través de su actuar ordinario. Dios utiliza nuestro actuar, toma lo que nosotros le ofrecemos y se sirve de ello para llevarnos a la santidad de vida, para ir transformándonos. Lo cual no implica la exención de un esfuerzo ascético de nuestra parte. Sino más bien, el redoblar nuestros esfuerzos, pero sabiendo que Dios es quién labora en nosotros, en última instancia. No es correcto decir, entonces, "yo me hago santo", sino más bien, "Dios me hace santo, a través de mi esfuerzo". Esta doble aseveración nos recuerda el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en donde un muchacho pone a disposición de Jesucristo, lo único que tenía, cinco panes y dos peces.

Para la religiosa, como para cualquier fiel cristiano, la oración es el lugar privilegiado de dónde surgen las fuerzas para ser santo y recibe indicaciones claras y precisas sobre el derrotero que debe seguir en su esfuerzo por alcanzar la santidad. "La vida religiosa no se puede sostener sin una profunda vida de oración, individual, comunitaria y litúrgica. El religioso, que abraza una vida de total consagración, está llamado a conocer al Señor resucitado con un conocimiento ferviente y personal y a conocerle como a uno con el cual se está personalmente en comunión: " Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien El ha enviado " (Jn 17, 3). Su conocimiento en la fe trae consigo el amor: " aun sin verle le amasteis y sin verle todavía os alegráis ya con gozo tan glorioso que no se puede describir (1 Pt 1, 8). Este gozo de amor y conocimiento, se produce de muchas maneras, pero fundamentalmente, y como medio necesario y básico, a través de encuentros personales y comunitarios con Dios en la oración. Aquí es donde el religioso encuentra "la concentración de su corazón en Dios", que unifica vida y misión. Así como ocurrió con Jesús, en cuya vida la oración como acto diferenciado, ocupó un espacio amplio y esencial, el religioso necesita orar para ahondar su unión con Dios (cf Lc 5, 16)"18.


A. La primera etapa.

En una primera etapa, el alma consagrada vive en estado de gracia y tiene un gran deseo de alcanzar la perfección, la unión con Dios, pero conserva aún un afecto al pecado venial y está expuesto a caer de vez en cuando en algunas faltas graves. Así es como define este estado del alma, el primero, Ad. Tanquerey19. Como mencionamos anteriormente, no pretendemos que la vida interior sea un esquema, en donde se pueda catalogar todo minuciosamente. En donde, después de un minucioso y detallado acontecer de hechos y circunstancias, pueda pasarse a una etapa. Esto sería tratar de poner normas al espíritu, quién es, en última instancia, el artífice de la santidad. Se trata más bien de dar ciertas pistas, ciertos puntos de referencia para conocer el trabajo que el Espíritu va realizando en las almas de las mujeres consagradas que se adentran en la unión con Dios y así poder ayudarles más fácilmente, o ayudarnos más fácilmente en este camino hacia la santidad. Conscientes de los movimientos que Dios suscita en nuestras almas, podremos más fácilmente colaborar con la gracia que Él nos envía.

Cuando el alma inicia su camino hacia la perfección, busca sinceramente unirse a Él. Pero sabemos que esta unión puede llevarse a cabo plenamente si el alma está aún apegada al pecado venial. El alma puede no ser consciente de este apego y será Dios quien se encargará de hacérselo ver. Puede suceder que pensemos haber ya superado esta etapa o pensar que el la etapa propia de las novicias. Esto no siempre es así. El alma puede contentarse con vivir en estado de gracia por no cometer pecado mortal, y tenerle un profundo horror. Pero este horror al pecado mortal puede ser sin embargo compatible con algún afecto al pecado venial. Y esto puede darse, sin que el alma sea consciente de ello. El alma, por muchos años, puede estar trabajando por su santificación personal y no avanzar o avanzar muy poco, en relación a los esfuerzos y al estilo de vida que se esfuerza por encarnar. Sucede lo que dice San Juana de la Cruz cuando menciona que el alarma quiere llenarse de Dios, como cuando queremos llenar un aljibe de agua. Hacemos buenas obras, practicamos la oración, la ascesis y sin embargo, notamos después de un tiempo, que el aljibe no está lleno, que nuestra alma no se ha llenado de Dios. ¿Qué es lo que está sucediendo? Haciendo una revisión del aljibe, nos daremos cuenta que tiene una o más grietas, pueden ser pequeñas, insignificantes, pero que hacen que el aljibe pierda agua, hasta irse vaciando, sin casi sentirlo o notarlo. Si somos sinceros con nosotros mismos, debemos reconocer un apego a un pecado, un afecto que no es de Dios y que no queremos dejarlo. Es por ahí, por dónde perdemos todo lo que obtenemos previamente.

Hay que dejar bien en claro que afecto no es pecado. No es que la persona peque continuamente, ni siquiera en forma venial. Se habla aquí de un afecto, de una inclinación consciente y deliberada hacia un pecado venial. Un afecto al cual el alma se ha apegado y no lo quiere extirpar.

Si esta es una de las notas características de esta etapa de la vida interior, habrá que enfilar todas las baterías hacia la extirpación de este o de estos afectos desordenados. Y aquí entramos en materia. Una doble materia: ¿cómo puede el alma beneficiarse de la oración en este combate por extirpar el apego al pecado venial? Y ¿cómo puede esta etapa de la vida interior (el combate por desapegarse de la afección al pecado venial) afectar la oración?

Comencemos con la primer pregunta. Si el alma en estos momentos busca despegarse de su afección al pecado venial, "los principiantes deben meditar, de ordinario, de todas las verdades que puedan ponerles horror tremendo del pecado, las causas de sus caídas, la mortificación que acude con el remedio, los principales deberes de su estado, el buen uso y el abuso de la gracia"20.

Esta oración corresponde a la reflexión. La persona consagrada toma un pasaje del evangelio, de las constituciones, algún libro de espiritualidad y comienza a "desgranarlo", es decir a asimilarlo, a hacerlo propio. Descubre luces para su vida. En este momento el entendimiento trabaja, sirve de guía para que después, la voluntad, a través del movimiento de los afectos, pueda adherirse con fuerza a la voluntad de Dios y rechace con energía todo aquello que la aleja del camino de la santidad, es decir, del camino de su amistad personal con Dios.

La vida interior de estas persona se enfila hacia la purificación de los afectos desordenados, es decir, de aquellos que los alejan de la voluntad de Dios. Dicho en positivo, esta etapa busca que el alma tome consciente de sus flaquezas y debilidades, sus afectos desordenados y los combata a través del cultivo de las virtudes. Mas que pensar en una purificación en sentido negativo, podemos decir que es la etapa en la que alma debe decidirse a seguir más de cerca a su Señor. Y esto lo hace con la vivencia de las virtudes. La oración de reflexión le sirve como una primera etapa en su vida interior, pues le da a conocer la voluntad de Dios para su vida. El entendimiento es el que está trabajando. Mediante el trabajo de la reflexión, presenta a la voluntad la materia que debe vivir. El entendimiento hace ver al alma cuáles son los puntos que debe cambiar en su vida, los puntos que debe reformar o aquellos que debe comenzar a vivir. Hasta aquí podría parecer un trabajo de introspección y el alma consagrada debe ser consciente de este peligro, al pensar que ha hecho oración, simplemente porque ha meditado en aquello que más le conviene. Ver la voluntad de Dios y no actuarla es como ver un paisaje y no disfrutarlo.

Estas almas pueden quedarse por mucho tiempo "estancadas" en este estado. Van a la oración con decisión. Saben que en ella Dios les dará a conocer su voluntad. Tienen un sincero de conocer la voluntad de Dios, la conocen, la descubren mediante el trabajo del entendimiento, pero se quedan ahí. Uno de los problemas fundamentales es pensar que el con el hecho de llevar una cierto estilo de vida como una ascesis personal y comunitaria, un trabajo espiritual, frecuentar los sacramentos y hacer apostolado, entre otras actividades humanas y espirituales, nos lleva por sí sólo al estado de perfección al que estamos llamados. Nos acostumbramos a la oración de reflexión, o más bien dicho, domesticamos, la oración y nos contentamos con la reflexión que hacemos.

Esto no significa que no veamos claro nuestros defectos. Los vemos y nos dolemos de ellos. Hacemos firmes propósitos, con nuestro entendimiento, de cambiar. Llevamos como materia de dirección espiritual todo aquello que hemos visto en la oración. Pero seguimos estancados en este estadio. No sabemos ejercitar en la oración la voluntad y los afectos. Nos contentamos con el entendimiento. Y esto es así porque nos da miedo perder el control de nuestra vida.

Cuando la oración pasa de ser discursiva a ser afectiva, es un gran riesgo para el alma, porque significa ponerse ya en las manos de Dios. El alma, con el sólo intelecto, puede ver muchas cosas, darse cuenta de sus defectos. Pero el formular los deseos de cambiar, fundamentado sobre todo en el amor, es un acto que compromete a la persona.

Podemos por tanto hablar de varias dificultades que encontramos en esta etapa de la oración y que no nos dejan seguir adelante.

a) La falta de experiencia en la oración afectiva, hace que nos quedemos siempre en esta especie de oración introspectiva en donde el alma se contenta con una serie de razonamientos y disquisiciones, muy lógicos y muy acertados, pero que no mueven ni el corazón ni su voluntad. Será necesario por tanto ensayar la parte de los afectos -mediante los coloquios- para luego mover la voluntad a través de los propósitos concretos al final de cada oración.

b) Existe una falta de generosidad en estas almas, porque bien sabemos que "El arte de orar, mientras vamos creciendo, es en realidad el arte de aprender a perder el tiempo gratuitamente, ser sencillamente la arcilla en manos del alfarero... Es mucho más fácil decir nuestras novenas, trabajar por el reino o, simplemente, seguir meditando, manteniendo siempre en nuestras manos el control de nuestro destino"21. Estas almas piensan que ya son generosas porque le permiten a Dios que ilumine su intelecto para hacerles ver la voluntad de Dios. Esta postura, un poco de soberbia, niega a Dios la posibilidad de modelar en ellas la figura de la mujer perfecta, de la mujer santa a la que deben tender todos sus esfuerzos.

c) La mayor dificultad puede venir de las distracciones. Siendo el intelecto la potencia más activa en este tipo de meditación, no es fácil para quien no está acostumbrado a la concentración interior, dedicar varios minutos seguidos a un tema. Estas distracciones, sin duda alguna, no dejan avanzar en la vida de oración. Lo mejor es rechazar en forma pronta, enérgica y constante todas las distracciones. Volver al tema de la meditación. Para ello es bueno volver a leer los puntos, el libro de espiritualidad. Siendo la imaginación "la loca de la casa" como la definía Teresa de Ávila, será esta parte del intelecto la que más debemos controlar. Por ello será muy recomendable que en estas primeras etapas de la meditación centremos nuestra imaginación en una materia muy viva, capaz de mantener este sentido fijo por el espacio de tiempo que dedicaremos a la meditación. Pero, si queremos progresar en la meditación, habrá que ser muy honestos para descubrir la proveniencia de esas distracciones.


i. Puede ser una falta de preparación adecuada de la meditación. No es lo mismo llevar nuestros puntos preparados a la meditación, que arrodillarse y preguntarse espontáneamente: "y ahora, ¿sobre qué tema medito?". Si ya es difícil de por sí recoger los sentidos para adentrarse en una materia, más difícil será cuándo no tenemos ninguna materia preparada.

ii. Pueden surgir distracciones por no tener un método propio de meditación. El cambiar de tema día con día, o el hacer la meditación de forma demasiado variada, deja campo abierto a las distracciones. Si bien Dios puede dar sus gracias de diversas formas, por lo común es más conveniente ir encontrando el método propio y fijarnos una materia sobre la que meditemos.


iii. Pero, a mi juicio, la fuente originaria de las distracciones es la falta de generosidad con Dios. El intelecto trabaja en este punto, pero tiene como único fin presentar a la voluntad y a los afectos materia para que el alma se adhiera a la voluntad de Dios, bien sea a través de los afectos o a través de los propósitos. Como es difícil que el intelecto trabaje sin descanso -y la formulación de los propósitos y afectos le proporcionarían cierto descanso- es lógico que surjan esas distracciones. Además, si el alma se ha acostumbrado a este tipo de meditación introspectiva, paulatinamente irá confundiendo las distracciones con derivaciones de la meditación, confundiendo meras elucubraciones mentales por meditación. Y todo ello porque no sabe, no quiere o no puede ser generosa con Dios para mover su voluntad a través de los afectos.

Hay que ser conscientes de que Dios quiere de nosotros la perfección de vida y Él será el primero en movernos hacia etapas sucesivas, respetando sin embargo nuestra libertad.



B. La segunda etapa

"(se llama) vía iluminativa (...) por consistir especialmente en la imitación de Nuestro Señor por medio de la práctica positiva de las virtudes cristianas."22

La característica fundamental de estas almas es que conocen las verdades fundamentales de nuestra fe y se han convencido plenamente de ellas y buscan vivirlas con plenitud, tratando de vivir en sus vidas, la misma vida de Cristo. Esta característica es, en síntesis, el resumen de la vida consagrada, de hoy y de siempre: "Las personas consagradas, para bien de la Iglesia, han recibido la llamada a una "nueva y especial consagración", que compromete a vivir con amor apasionado la forma de vida de Cristo, de la Virgen María y de los Apóstoles (...) Es necesario, por tanto, adherirse cada vez más a Cristo, centro de la vida consagrada, y retomar un camino de conversión y de renovación que, como en la experiencia primera de los apóstoles, antes y después de su resurrección, sea un caminar desde Cristo."23

Ya no se trata por tanto, de un simple rechazo al pecado mortal o, incluso al pecado venial. Sino más bien, el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas, buscando imitar a Cristo. Para llevar a cabo este trabajo, el alma consagrada cuenta con múltiples medios, entre los que destaca de modo privilegiado la oración y la ascesis. "La vida religiosa no se puede sostener sin una profunda vida de oración, individual, comunitaria y litúrgica. El religioso, que abraza una vida de total consagración, está llamado a conocer al Señor resucitado con un conocimiento ferviente y personal y a conocerle como a uno con el cual se está personalmente en comunión: " Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien El ha enviado " (Jn 17, 3). Su conocimiento en la fe trae consigo el amor."24

La oración en esta etapa ha pasado ya de una mera oración de reflexión a una oración de contemplación. En esta oración predominan los afectos, o sea, los diversos actos de la voluntad a través de los cuales movemos nuestra alma hacia un amor a Dios y el deseo de que se cumple su voluntad en nuestras vidas.

Habíamos mencionado que en la oración de reflexión el intelecto es la potencia que más trabaja. Una vez que el alma ha adquirido ese hondo conocimiento de las verdades es necesario pasar a un conocimiento afectivo. El intelecto presenta la materia al corazón y es el corazón ahora el que lleva la principal parte en esta oración. Se mueve a amar a Dios, pero no con un amor sentimental, sino con un amor de voluntad. Son los afectos que mueven la voluntad.

Estos afectos se expresan generalmente a través de los coloquios. Por ello se va pasando de la oración discursiva (o meditativa) a la oración afectiva mediante estos coloquios amorosos. No son coloquios vanos, no son frases huecas en las que no se dice nada. Más bien, son expresiones del amor del alma hacia Dios, por la materia que ha contemplado. El alma ha hecho suyas la materia que ha meditado. Las comprende no solamente con el intelecto, son con el corazón. Es necesario clarificar bien este concepto, pues el paso a este tipo de oración es más bien un salto cualitativo en el amor que en el conocimiento. No se trata de "conocer más y mejor a Dios", sino de amarlo "más y mejor". El alma, paulatinamente, no necesita de materia para meditar, pues le bastan los afectos que formular.

El alma se dará cuenta que está preparada para este tipo de oración cuando se haya desasido del apego a todo tipo de pecado y así puede más fácilmente ver a Dios. Otro signo es que prueba una cierta insatisfacción al hacer oración en forma discursiva, pues ya sabe de que van los argumentos y no necesitas pensar ni repensar, sino amar y más amar. Por último, cuando el alma ya conoce la materia, es un estorbo seguir profundizando en ella, desde el intelecto y ahora lo busca hacer desde los afectos.

Estos afectos nacerán siempre del considerar verdades que ayuden a amar más y mejor a Dios.

En la oración afectiva podemos tener diversos inconvenientes y peligros, sobre los que debemos prestar atención:

a) Esforzarse excesivamente en conseguir los afectos. Con tales esfuerzos el sistema nervioso se desequilibra y lo que se consigue es simplemente un gran estado de desasosiego y aridez. Esto puede deberse a malinterpretar los afectos con los sentimientos. No son sensiblería lo que se quiere conseguir, sino amar a Dios, prometer amar a Dios. Es decir, lo que hemos mencionado como "amar más y amar mejor a Dios".

b) Por ello se debe siempre buscar mover la voluntad, más que la sensibilidad. Cada meditación debería terminar con un propósito concreto, para llevar a la práctica los afectos. Un propósito concreto que no olvide el propósito general de alcanzar la santidad. Aquí conviene recordar la metáfora de Santa teresa. Si Dios permite sacar el agua del pozo a través de una polea o incluso por un manantial o una lluvia, no es simplemente para quedarnos con ese consuelo, sino para regar las plantas de nuestras virtudes. Estas virtudes nos asemejarán más con la persona de Cristo. La diferencia entre sensibilidad, amor y acto de la voluntad lo encontramos en estas palabras de Tanqueray: "Tengamos siempre presente que el amor es un acto de la voluntad; cierto que refleja a menudo sobre la sensibilidad, y produce en ella emociones más o menos fuertes; mas no son éstas la verdadera devoción, sino manifestaciones accidentales, y han de estar siempre subordinadas a la voluntad... Ha de procurar el alma espiritualizar sus afectos, sosegarlos y ponerlos al servicio de la voluntad; entonces gozará de una paz que superará a todo sentido."25

c) Otro defecto puede ser la soberbia y la presunción, al pensar que ya ha alcanzado la perfección. Esto puede deberse a que piensa que unos cuantos signos son suficientes para haber alcanzado la santidad. Esta oración se enfanga haciéndola un ejercicio de contemplación personal, en dónde sólo se espera una comunicación personal con Dios o se busca una contemplación gratificante.

d) Otro peligro de este tipo de oración es el buscar únicamente las consolaciones. Cuando Dios permite estas consolaciones, estas almas avanzan a grandes pasos, pero cuando Dos las quita, las almas se desasosiegan. No se ha comprendido que las consolaciones no son esenciales para la oración, ni para la oración discursiva, ni para la oración contemplativa. Son regalos que Dios da y debemos ser humildes al recibirlos, pero no enfadarnos cuando se nos quitan. En ciertos momentos de la vida del alma, Dios permite la desolación para probar y ver si nuestro amor es verdadero, si nuestra fe es pura y si confiamos totalmente en Él. Amaro, creer en Él o esperar en Él sólo por los consuelos recibidos, es cimentar la vida espiritual en terreno movedizo. Llegan las desolaciones, ¿y qué sucede con estas almas? Se desmoronan.

C. La tercera etapa

"Luego que hemos purificado nuestra alma, y la hemos adornado con el ejercicio positivo de las virtudes, ya estamos dispuestos para la unión habitual e íntima con Dios, osea, para la vía unitiva."26

Hablar de estos temas, pueden dar miedo o crear en nosotros un cierto escepticismo. Y sin embargo, ésta debería ser la aspiración de toda alma consagrada. "Toda la vida de consagración sólo puede ser comprendida desde este punto de partida: los consejos evangélicos tienen sentido en cuanto ayudan a cuidar y favorecer el amor por el Señor en plena docilidad a su voluntad; la vida fraterna está motivada por aquel que reúne junto a sí y tiene como fin gozar de su constante presencia; la misión es su mandato y lleva a la búsqueda de su rostro en el rostro de aquellos a los que se envía para compartir con ellos la experiencia de Cristo. Éstas fueron las intenciones de los fundadores de las diferentes comunidades e institutos de vida consagrada. Éstos los ideales que animaron generaciones de mujeres hombres consagrados. Caminar desde Cristo significa reencontrar el primer amor, el destello inspirador con que se comenzó el seguimiento. Suya es la primacía del amor. El seguimiento es sólo la respuesta de amor al amor de Dios."27

Este amor no es sino la unión íntima y habitual con Dios por Jesucristo. Será por tanto un vivir simplemente para Dios, lo cual implica un olvido de nosotros mismos para amarle a Él "con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas".

Sin embargo, con nuestras propias fuerzas no podemos amarlo. Es necesario por tanto recurrir a su ayuda, especialmente frecuentando los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Las características de esta etapa se reducen a la necesidad de referir toda la vida a la unión íntima con Dios por media de la caridad divina, puesto que el alma vive casi de continuo en la presencia de Dios (que no significa una contemplación mística) y por ello busca con cuidado desasirse de las criatura, que no significa menosprecio, sino ponerlas en una adecuada jerarquía de valores, recordando la regla del tanto en cuanto de San Ignacio de Loyola.

Este deseo de unión íntima y habitual con Dios la que hace que estas almas tiendan a la soledad para estar sólo amando al Amado, como lo expresaba Santa Teresa. No es una soledad en la que se desprecia el mundo o las cosas del mundo, sino es la soledad del que ha encontrado todo en Dios. Es una unión que hace "uno" al alma con Dios y por lo tanto es una unidad sin la soledad.

De esta manera el amor de Dios llega a ser la única virtud de estas almas de forma que todas las otras virtudes se ejercitan a partir de esta única virtud del amor. Y, como habíamos mencionado al inicio de este artículo, las diversas fases y etapas por las que atraviesa el alma se comunican todas las acciones del hombre. Así la oración, también viene a sufrir modificaciones. Ahora se busca una oración de quietud, una oración que ayude a amar más y mejor. Será por tanto una simplificación en la oración: desaparecen poco a poco los discursos para dar lugar a los afectos y luego estos afectos se simplifican para llegar a Uno sólo: la contemplación.

Podemos afirmar que estas almas viven una constante oración, en el sentido que su vida consiste en estar amando a Dios en todo momento y en toda actividad. Las almas que alcanzan este estado de perfección se caracterizan por una gran pureza de corazón, un gran dominio de sí mismas y una habitual necesidad de pensar en Dios.

Pasemos ahora a analizar la oración de simplicidad, o así también llamada unión. Como un todo, el alma se acostumbra sólo a amar más y amar mejor a Dios. Desarraigada de los pecados, adornada ya con varias virtudes, busca sólo amar a Dios. Esta búsqueda se da también en la oración, por lo que todo tiende a simplificarse. Quiere estar, como toda su vida, amando en la oración. Este amor lo consigue mirando.

En primer lugar, en este tipo de oración se da la disminución y la supresión de los razonamientos. Antes, en la primera etapa de su vida, era necesario toda una serie de discursos para que el intelecto conociera las verdades de la fe. Después lega el momento en que el alma se ha habituado tanto a estas verdades de fe que basta sólo con traerlas a la mente. Brotan fácilmente los afectos. En este tipo de oración, no es necesario siquiera traer estas verdades de la fe a la mente. El alma tiene una visión intuitiva de la inteligencia. Se conoce sin dificultad los principios de la fe. Un concepto como al amor, la cruz, se entiende intuitivamente y se pueden saborear las ideas ahí encerradas. No es un ejercicio de la memoria, sino de la voluntad y de los afectos que se dedican a amar a a partir de esa visión intuitiva de la inteligencia. También sucede que al alma le puede bastar una mirada confusa a Dios y a las cosas espirituales para entrar en la presencia de Dios, hacerse dócil para cumplir su voluntad y entregarse a Él sin necesidad de multiplicar los actos del entendimiento o de la voluntad.

En segundo lugar se da una simplificación en los afectos. Ahora ya no es necesario multiplicar las ideas para provocar los afectos. Una sola idea puede ser capaz de originar muchos afectos y el alma puede prodigarse en uno sólo por un largo período de tiempo. El alma tiende a fijarse en un sólo afecto, casi como si fuera una idea fija: la Pasión de Cristo, el amor de Dios hacia él, etc. A este afecto se subordinan todos los demás, pues no se trata de un afecto exclusivo, sino de un afecto central. Esta simplificación del afecto se extiende a todo el vivir. Se habla, se piensa, se duerme, se hace apostolado en función a este afecto principal.

Hay que decir que este tipo de oración, la oración de simplicidad no está reservada para un tipo de almas, ni es una oración que se realiza en forma exclusiva. Si bien corresponde a un cierto estadio de la vida interior, esto no quiere decirse que en ese estado de vida puedan tenerse meditación es de tipo discursivo de tipo afectivo. De hecho, por ejemplo, cuando el alma entra en los ejercicios espirituales anuales, será el mismo director de ejercicios quien junto con la temática irá proponiendo diversas formas de oración. Todo ello de acuerdo con la temática propia de los ejercicios y al estado del alma en la que se encuentra el ejercitante.

Conviene por lo tanto que el alma sepa combinar estos tres tipos de meditación de acuerdo con las necesidades que vaya sintiendo, y en dependencia de su director espiritual. Quien conoce nuestra alma, sabrá juzgar los momentos por los que está pasando y sugerirá el tipo de oración más adecuado.

Hay almas más propensas a los afectos o almas en las que predomina la voluntad. A unas y a otras habrá que aconsejarles los medios para que hagan una meditación discursivo-afectiva. Así quien tiende a los afectos, se le pedirá que haga actos razonados de amor de Dios y a quien tienda más haca la voluntad se les pedirá que lleven al corazón sus decisiones y propuestas, o bien, que sus propósitos los hagan surgir del corazón.

Podemos concluir diciendo que la oración está íntimamente ligada a los estadios de la vida interior de cada alma y que conviene ir al paso de la gracia. A cada alma Dios le señala el paso y la meta a la que debe llegar en su vida. El alma, junto con su director espiritual, aprenderá a discernir lo que Dios le va pidiendo y los medios más adecuados para darle una respuesta generosa. Respuesta que sin duda alguna lo llevará a la santidad de vida a la que está llamada pro su consagración especial a través de la profesión de los consejos evangélicos en un determinado Instituto religioso.


NOTAS
1 Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 6.1.2001, n.30
2 Paulo VI, Lumen Gentium, n.40
3 Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 31
4 Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 46
5 Juan Pablo II, Vita Consecrata, 25.4.1996, n.70
6 Matta el Meskin, Consigli per la preghiera, Edizioni Qiqajon, Magnano (BI), p.57
7 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti 1820, Genova, 2001, p. 22
8 Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 34
9 Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. 11, n.7 en (Alberto Barrientos, ed.) Obras completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid, 1984.
10 Thomas H. Green, SJ. Cuando el pozo se seca, Editorial Sal Terrae, Santander, 1999, p. 43
11 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostolica. Caminar desde Cristo, 19.5.2002 n. 25
12 Juan Pablo II, Vita Consecrata, 25.4.1996, n.70
13 Ibid,n.71
14 Ad. Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, Edicione Palabra, Madrid, 1990, p.334
15 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica. Caminar desde Cristo, 19.5.2002 n.20
16 Ad. Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, Edicione Palabra, Madrid, 1990, p.335
17 Thomas H. Green, SJ, Cuando el pozo se seca. La oración más allá de los comienzos, Editorial Sal Terrae, Madrid, 1999, p.73
18 Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 28 y 29
19 Ad. Tanquerey, op. cit., p. 341.
20 Ibidem. p. 365
21 Ibidem. p.367
22 Ibidem. p. 511
23 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica. Caminar desde Cristo, 19.5.2002 n.8 y 21
24 Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 28
25 Ad. Tanquerey, op. cit., p. 524-525.
26 Ibidem. p. 679
27 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica. Caminar desde Cristo, 19.5.2002 n. 22


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Renovemos nuestra devoción al Ángel de la Guarda


La presencia de los ángeles en nuestra vida
Autor: Joan Antoni Mateo | Fuente: Instituto de Teología Espiritual de Barcelona

Los ángeles existen. No los vemos con los ojos del cuerpo pero sí con los de la fe.

Los ángeles existen. No los vemos con los ojos del cuerpo pero sí con los de la fe. Las páginas de la Sagrada Escritura están llenas de referencias a estos seres espirituales que a menudo, sin tener cuerpo, se manifiestan de forma corpórea y especialmente humana. Sobre este aspecto Santo Tomás afirma que, según el testimonio de las Escrituras, los ángeles pueden tomar un cuerpo para manifestarse a los hombres. En este caso, no están unidos a este cuerpo como formas, sino como motores.


La relación de los ángeles respecto a los cuerpos está regulada por la intención pedagógica de Dios para con los hombres. Así lo explica el Angélico Doctor: “… en las Escrituras, los seres inteligibles son descritos con figuras sensibles, … tal presentación no tiene por fin probar que los seres inteligibles son sensibles; pero por medio de las figuras de los seres sensibles, las propiedades de los seres inteligibles pueden ser comprendidas por una cierta semejanza…”.

Los ángeles, suelen ser mensajeros de Dios y esta parece ser una de sus principales funciones como indica su propio nombre de “ángel”. (vid. Lit. Horarum). El Concilio IV Lateranense definió como dogma la creación de estos espíritus puros y a ellos nos referimos cuando, al proclamar el Símbolo de la Fe, mencionamos las realidades “invisibles”.

La existencia de los ángeles como personas incorpóreas incide de modo sumamente importante en toda nuestra historia de la Salvación, por esos resulta imprescindible que la tengamos en cuenta. Ciertamente hemos de pensar que, si nada tuvieran que ver con nosotros, no se nos habría revelado su existencia.

Sabemos de los ángeles por la Divina Revelación que son criaturas de Dios, superiores a nosotros en el ser gracias a su condición de espíritus puros. La epístola a los Hebreos y otros pasos de la Biblia dan por supuesta esta superioridad en muchos aspectos. Aunque esto habría de ser matizado por la realidad de la Encarnación del Hijo de Dios que se hizo hombre y no ángel.

Los ángeles son hermanos nuestros destinados a gozar de Dios en su vida eterna, habiendo sido puesta a prueba su libertad igual como la nuestra.

Algunos ángeles pecaron y se convirtieron en Demonios. Afortunadamente para nosotros el pecado primero de los hombres fue atenuado por la debilidad de una naturaleza inferior a los ángeles y no tuvo aquel carácter de irreparabilidad del pecado angélico.

El hombre, por sus propias fuerzas, no puede conocer la existencia de los ángeles, ni igualarse o parangonarse con ellos. Los ángeles pueden penetrar en las conciencias humanas y podrían arrastrarlas a un dominio sobrehumano. No es esto lo que Dios espera de ellos ni lo que ellos hacen por nosotros.

Si Dios respeta nuestro libre albedrío, mucho más los ángeles. Habiendo dispuesto Dios que se realice la Encarnación de su Hijo Eterno, ha subordinado el influjo de los ángeles sobre nuestra conciencia a un servicio respetuoso que sólo indirectamente se convierte en dominio: ellos nos dominan con Jesucristo a quien sirven, y así se alegran con Él en el cielo de la conversión de los pecadores de este mundo.

Así, toda posible forma de dominio angélico sobre los hombres ha de entenderse desde la perspectiva cristológica y en particular de la realeza que Cristo ejerce sobre los hombres y el universo entero. En la consumación de los tiempos, el Rey eterno dará orden a sus ángeles para que congreguen a sus elegidos y los separen de los réprobos.

Como afirman algunos teólogos, con todo, hay que decir que en la misteriosa relación que los ángeles establecen con nosotros por designio divino, hay una cierta subordinación debida al hecho de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre, con lo cual ha puesto a los ángeles bajo su dominio en servicio propio y de sus hermanos los hombres.

Bellamente lo expresa una tradicional oración de la Iglesia que el Beato Juan XXIII gustaba recitar al final del rezo del Angelus: “Angele Dei, qui custos es mei, me tibi comissum pietate Superna, illumina, custodi, rege et goberna”.

Ángel de Dios,
que eres mi protector,
a mí que te he sido confiado
por la Piedad de Dios,
ilumíname, protégeme, guíame y condúceme.

De nuestro ángel imploramos luz, protección, guía y fortaleza. Hermosa oración llena de sentido de fe sobrenatural que personalmente me gusta rezar a menudo durante el día para encomendarme a mi ángel custodio.

Para un católico formado en la piedad tradicional de la Iglesia la devoción al ángel custodio o ángel de la guarda forma parte de la vida cotidiano. Somos muchos los que aprendimos de pequeños aquellas sencillas y tiernas oraciones con las que nos confiábamos a nuestro ángel:

Ángel de mi guarda,
dulce compañía,
no me dejes solo ni de noche ni de día,
no me dejes sólo que me perdería.

Estas plegarias, de manera suave, iban conformando nuestra fe en la Divina Providencia que en su gran misericordia nos ha asignado un ángel a cada uno de nosotros para que nos acompañe en la travesía no siempre plácida del viaje de nuestra vida.


Durante unos años, y como consecuencia de la crisis de fe acaecida en el seno de la Iglesia católica, la conciencia de la presencia de los ángeles y la devoción a los mismos, sufrió un eclipse. No por esto dejaron los ángeles de actuar. Siempre trabajan y especialmente cuanto más los necesitamos. Hoy, decayendo la tormenta, parece que se recupera la devoción a estos fieles servidores de Dios y amigos nuestros.

La existencia de los ángeles forma parte del patrimonio de la fe de la Iglesia. Para un católico creer en los ángeles no es optativo como tampoco es lícito conformar los contenidos de la fe según el parecer y conveniencias de cada uno.

La fe se cree toda con asentimiento de la virtud de la fe o no se cree nada. Si seleccionáramos los contenidos de la fe según nuestra capacidad o disposición de entendimiento ya no creeríamos con fe sobrenatural sino con opinión humana.

Creemos la fe de la Iglesia y los contenidos de la misma vienen determinados por lo que nos ha sido dado en la Divina Revelación.

Hablando de los ángeles, el Catecismo de la Iglesia Católica, expone de manera clara y concisa la enseñanza multisecular de la Iglesia sobre los ángeles.

Conviene que nos detengamos en considerar esta doctrina que debe ser conocida por todo católico que se precie de asimilar las enseñanzas de la fe.

La síntesis doctrinal que nos presenta el CEC nos recuerda en primer lugar la existencia de los ángeles y su condición creatural, es decir su radical dependencia de Dios. El enunciado sobre la existencia de los ángeles por parte del Lateranense es fundamentalmente enunciativo. Algunos se preguntan se puede ser entendido como un dogma de fe en sentido estricto. Este planteamiento es de por si muy capcioso y desconoce la verdadera naturaleza de la profesión de fe de la Iglesia. Desconoce que, a menudo, la ausencia de un dogma explícitamente definido, es signo de la pacífica posesión de la verdad por parte de la Iglesia sin que haya intervenido el cáncer de la herejía.

Con todo, de las enseñanzas del Lateranense hay que decir que se enseña como dogma de fe la existencia de los ángeles. El Concilio condena como herejes a aquellos que afirman que los demonios no han sido creados por Dios como ángeles y que se hicieron demonios por el mal uso de su libertad. Esto implica necesariamente la existencia de los demonios y por ende, de los ángeles. Por tanto es una insensatez decir que uno es católico y no cree ni en ángeles ni demonios. Un católico no cree en lo que le da la gana. Cree, sencillamente, por gracia de Dios, la fe de la Iglesia Católica.

Afirma el CEC en su introducción al tema de los ángeles: “La profesión de de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios, al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego la criatura humana, que participa de las dos realidades, pues está compuesta de espíritu y de cuerpo (DS 800; cf. DS 3002 y SPF 8)”. (327)

Y nos recuerda que la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición. (cf. CEC, 328)

San Agustín dice respecto a los ángeles: "Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" , son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103,20).

Los ángeles son personas. Cuando hablamos del ser personal hemos de considerar sus varias posibilidades: Las Personas Divinas, las personas angélicas y las personas humanas.

Los ángeles en tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf. Pío XII: DS 3891) e inmortales (cf. Lc 20,36).
Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello.

Los ángeles son del todo inmateriales. La esencia de los mismos es su forma. Los ángeles son su forma, la cual, no siendo recibida en una materia, es subsistente.

Mientras que en los seres compuestos la forma sólo puede existir en una materia y es el ser compuesto el que actúa, en los ángeles se trata de una forma que existe separada de toda materia y que actúa por sí misma. Se trata de sustancias primeras puesto que las substancias separadas, aunque no estén compuestas de materia y de forma, son sin embargo sujetos, puesto que son subsistentes y completas en su naturaleza.

Que los ángeles sean inmateriales no significa en absoluto igualarlos a Dios y abrir las puertas a un torpe politeísmo.

Santo Tomás, distinguiendo entre esencia y acto de ser, muestra que sólo en Dios una y otra cosa se identifican. De esta manera Dios se distingue absolutamente de todo otro ser, compuesto metafísicamente.

Esta distinción fundamental de Santo Tomás es la clave de la metafísica y de la teología, siendo Dios el Ipsum Esse Subsistens.

El CEC presenta la doctrina de los ángeles en una perspectiva claramente cristológica desde la protología hasta la escatología.

Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles..." (Mt 25,31). Le pertenecen porque fueron creados por y para él: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1,14). (CEC, 331)


¿Qué oficios o misiones desempeñan los ángeles?

Recogiendo el testimonio bíblico la exposición del CEC nos recuerda que desde la creación (cf. Jb 38,7, donde los ángeles son llamados "hijos de Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf. Gn 3,24), protegen a Lot (cf. Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf. Gn 21,17), detienen la mano de Abraham (Gn 22,11), la ley es comunicada por su ministerio (cf. Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf. Ex 23,20-23), anuncian nacimientos (cf. Jc 13) y vocaciones (cf. Jc 6,11-24; Is 6,6), asisten a los profetas (cf. 1 R 19,5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf. Lc 1,11.26).

De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles.

Cuando Dios introduce "a su Primogénito en el mundo, dice: ´adórenle todos los ángeles de Dios´" (Hb 1,6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2,14).

Protegen la infancia de Jesús (cf. Mt 1,20; 2,13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf. Mc 1,12; Mt 4,11), lo reconfortan en la agonía (cf. Lc 22,43), cuando él habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf. Mt 26,53) como en otro tiempo Israel (cf. 2 M 10,29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2,10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf. Lc 2,8-14), y de la Resurrección (cf. Mc 16,5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf. Hb 1,10-11),
estos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf. Mt 13,41; 25,31; Lc
12,8-9). (Cf. CEC, 332-333)


Los ángeles en la vida de la Iglesia

334 De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf. Hch 5,18-20; 8,26-29; 10,3-8; 12,6-11; 27,23-25).

335 En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (cf. MR, "Sanctus"); invoca su asistencia (así en el "supplices te rogamus..."Te pedimos humildemente..." del Canon romano o el "In Paradisum deducant te angeli..." ("Al Paraíso te lleven los ángeles...") de la liturgia de difuntos, o también en el "Himno querubínico" de la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles (S. Miguel, S. Gabriel, S. Rafael, y los ángeles custodios).

No olvidemos a San Miguel Arcángel, protector de la Iglesia Universal. Recitemos a menudo la invocación al Santo Arcángel compuesta por el Papa León XIII y que se rezaba después de la celebración de la Santa Misa:

San Miguel arcángel,
defiéndenos en el combate,
se nuestro amparo y defensa,
contra las acechanzas de demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
Y tu, Príncipe de la Milicia Celestial,
por el poder que Dios te ha conferido
arroja al infierno a Satanás
y a los demás espíritus malignos
que vagan por el mundo
para la perdición de las almas.
Así sea.


Los ángeles custodios

El Catecismo nos recuerda la doctrina del ángel custodio. Desde la infancia (cf. Mt 18,10) a la muerte (cf. Lc 16,22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf. Sal 34,8; 91, 10-13) y de su intercesión (cf. Jb 33,23-24; Za 1,12; Tb 12,12). "Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida" (S. Basilio, Eun. 3, 1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.

Conectemos con este gran amigo invisible, invoquémosle a menudo. Nos hará sentir su presencia y amistad espiritual. (Cf. CEC, 336).

La vida de los Santos es a menudo testimonio de extraordinarias intervenciones angélicas (también diabólicas…!). ¡Cómo no recordar las múltiples anécdotas que nos relata San Juan Bosco o San Pío de Pietrelcina, santos cuyas vidas están perfectamente documentadas y que son bien cercanas a nosotros!
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El dinero o la familia


10 Cosas sobre el dinero y las finanzas que me hubiera gustado oír de mi padre
Autor: . | Fuente: http://blog.micumbre.com/

¿Por qué algunos padres no quieren hablar con sus hijos del valor del dinero y de las ventajas de conocer las finanzas?


¿Por qué algunos padres no quieren hablar con sus hijos del valor del dinero y de las ventajas de conocer las finanzas? ¿Por qué tienen que aprender estas cosas por la calle, cuando hay otros padres que si lo hablan con sus hijos? ¿Por qué crear, conscientemente, esa desventaja a los hijos, cuando el dinero está omnipresente en casi todas nuestras actuaciones?

Hay un sinnúmero de empresas enfocadas expresamente, a sacar de cualquier forma, el dinero que tienen los niños, en cada una de sus edades. En la televisión abunda la incitación al consumo, dirigida a los más pequeños, que tienen que soportar la enorme presión, para iniciarlos en el gasto y en el consumismo irracional. Para cuando lleguen a aprender en la escuela, lo que es el dinero, ya deberían tener unas bases elementales de lo que es, cómo se consigue, para qué sirve, etc. El dinero, como muchas de las cosas, es un elemento demasiado importante en la vida de todos los que se están formando, incluso de los que nos creemos ya formados, como para que los niños, no tengan una base sólida que les ayude a comprender, la mayoría de sus entresijos.

Es una tarea muy importante para los padres, explicar a los niños que “No es más rico el que más dinero tiene, si no el que menos lo necesita” y que “El dinero no trae la felicidad”. El dinero es una herramienta que nos facilita el intercambio de bienes y servicio. Muchas veces es la herramienta que premia o castiga nuestro comportamiento.

El valor del dinero explicado a los niños.

1.A los hijos hay que darle sólidas bases financieras, para que pueda desenvolverse en ese campo tan necesario, porque también será una ventaja competitiva sobre los demás. Deben tener sabiduría financiera, para que comprendan hoy y utilicen el día de mañana, los mecanismos de las finanzas, el dinero y las inversiones.

2.El primer contacto de los niños con el dinero, son los obsequios que reciben de sus padres o de sus parientes mayores. Normalmente desconocen su valor, no saben que hacer con él y solamente les sirve para jugar. Termina guardado en un cajón, con otros papeles o en una hucha. Todavía no han aprendido los números y por lo tanto a contar. Suelen saber que esos billetes o monedas que les dan sus padres en la Iglesia, para irlos educando, se entregan en el cesto de la colecta y en el mejor de los casos, saben que es para los “pobres” o para ayudar a la Iglesia, aunque sean concepto que todavía no han desarrollado.

3.A partir de los siete u ocho años, los niños deben empezar a conocer lo que es el dinero y para lo que sirve. Qué son las finanzas, las inversiones y sus términos más comunes. Que es el ahorro, sus ventajas y cómo se lo deben ir fomentando. A esas edades ya aprenden en la escuela a sumar y a restar, de manera que se hallan en condiciones de manejar dinero, aunque desconozcan los conceptos de caro y barato.

4.Fomentar el concepto del ahorro en la hucha, alcancía o cerdito de barro, no debe ser un objetivo en vías de extinción. Es la primera herramienta de enseñanza, para que los niños empiecen a conocer el valor del dinero y el significado que tiene la palabra ahorro. Educar a los niños sobre el valor y el uso del dinero, puede traducirse en adultos mejor cualificados, para gestionar y rentabilizar sus finanzas. Los niños tienen que comprender que no es fácil ganar dinero, que es muy bueno el ahorrarlo y que cuando se acaba, hay que trabajar muy fuerte para conseguir más.

5.Hacerles ver con ejemplos claros, la de cosas que se puede hacer con el dinero ahorrado, en función de lo que puedan entender, en cada una de las edades. Cuando son pequeños, no se les puede hablar del interés compuesto, pero si de la acumulación, para conseguir objetivos, que de otra manera no podrían alcanzar. Una de las estrategias que da buenos resultados, consiste en hacer con los hijos una relación de todas sus necesidades y del dinero que conlleva cada una de ellas. De esta forma conocen sus gastos totales y caen en la cuenta del valor de las cosas, pues, muchas veces, no tienen conciencia de ello. A partir de esa información, se concretarán qué gastos atienden los chicos con su paga y cuáles siguen asumiendo los padres, procurando que las decisiones estén consensuadas por las dos partes.

6.La paga semanal, que en cada país se llama de una forma diferente, es la cantidad fija en su cuantía y periódica en su pago, que les dan los padres, abuelos, tíos u otros familiares, para que los niños empiecen a cubrir sus propios gastos o caprichos. La paga no es una obligación de los padres, la paga no se merece, pues no es un derecho de los hijos, es una entrega voluntaria de los padres y que suele marcar el inicio de una cierta independencia financiera. Nunca se debe convertir a los padres en los cajeros automáticos de los hijos, para que los usen cuando quieran obtener dinero. En cada país y en cada familia, según las costumbres y las posibilidades, el concepto y la cantidad de la paga varia ostensiblemente. Los padres deben hablar con otros familiares y amigos, para saber cual es el nivel adecuado de la paga, en función de las edades y de la situación económica familiar. No siempre los mas ricos dan mas paga. Muchas veces, quieren a través de la paga, fomentar los valores y las virtudes de los hijos y esa es una de las mejores herramientas.

7.Los niños aunque reciban la paga desde temprana edad, no empiezan a tener el concepto del gasto hasta los trece años aproximadamente y suele ser una de las primeras herramientas pedagógicas. No debe estar relacionada con los méritos realizados, como el buen comportamiento o por haber hecho tareas que entran de las obligaciones en una familia normal, como son el sacar la basura, poner la mesa, hacer la cama, tener la habitación arreglada, etc. Mas bien la herramienta pedagógica debe ser aplicada en su eliminación o disminución, como castigo en caso de que no hayan cumplido las normas elementales de comportamiento o convivencia. Puede ser una forma de aprendizaje a convivir dentro de una familia.

8.Dependiendo del volumen de la paga semanal recibida, puede ser el momento de que el niño se inicie en la forma de abrir una cuenta en el banco o que la vaya depositando en algún instrumento financiero, que le sirva para ir ahorrando para su estudios futuros o para ayudarse en compras de cosas importantes, como equipos de música, el primer automóvil, etc. En muchos países, dos de cada tres menores de 14 años, son titulares de algún producto bancario como: Tarjeta de Crédito, cuenta de ahorro, cuenta para pago adelantado de estudios, compra de acciones, etc. Con unos dólares mensuales ahorrados, se puede formar la mentalidad de los banqueros del futuro. Se puede iniciar a los niños, a que en el futuro, sean aprendices de brujos de las finanzas, pues la paga semanal puede ser un mecanismo perfecto, para que los niños aprendan y planifiquen su dinero. De su disciplina en los gastos dependerá su crédito futuro, para el bien o para el mal. Los padres deben explicar muy bien a sus hijos sus ventajas e inconvenientes, así como deberán estar muy pendientes, de la forma con la que utilizan dichas tarjetas de crédito.

9.En la paga, no debe estar incluido el concepto de los gastos, que les corresponden realizar a los padres, como son la compra de las ropas, útiles escolares, alimentación esencial, etc. Es aconsejable que los niños colaboren con su paga (en todo o en parte), en la compra de aquello que no se considere necesario o imprescindible. La paga debe servir para ir ejercitando la voluntad, en lo relacionado con el valor de las cosas, el consumo y el ahorro.

10.Aunque gastar la paga sea un acto de libre disposición por los niños, los padres deben estar muy vigilantes, para saber en todo momento, cuales son las tendencias que están desarrollando, por ejemplo si gastan en alimentos perjudiciales, si es en caprichos de ropa que no necesitan, música o lectura inadecuada, excesivas tarjetas de teléfono, etc.

Conozco a unos padres que cuando sus hijos iban cumpliendo 18 años y entraban en la universidad, les iba suspendiendo la paga semanal y les daban a cada uno de ellos una Tarjeta de Crédito, para que gastaran lo que necesitaran. Las condiciones eran muy simples: Todos los meses se revisan conjuntamente las cuentas, si había abusos o derroches, se cancelaba la Tarjeta de Crédito.

Los gastos quedaban al buen criterio de la justificación de los hijos. Debido a la buena educación recibida, relacionada entre otras cosas con el valor del dinero, las finanzas y la austeridad, no hubo ni un sólo problema. Mantuvieron la Tarjeta de Crédito de los padres, hasta que se independizaron económicamente, después de terminar en la universidad.
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Argumentos a favor de la vida


La vida humana tiene un valor intrínseco
Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Vatican Information Service


Discurso a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida pronunciado por el Papa el sábado 13 de febrero de 2010, al recibir en audiencia a los participantes en la XVI Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, que lleva por tema Bioética y Ley Natural.




Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

ilustres miembros de la Pontificia Academia Pro Vita

Gentiles señoras y señores

Estoy contento de acogeros y de saludaros cordialmente con ocasión de la Asamblea general de la Pontificia Academia para la Vida, llamada a reflexionar sobre los temas relativos a la relación entre la bioética y la ley moral natural, que parecen cada vez más relevantes en el contexto actual por los constantes avances en este ámbito científico. Dirijo un particular saludo a monseñor Rino Fisichella, presidente de esta Academia, agradeciéndole por las corteses palabras que ha querido dirigirme en nombre de los presentes. Deseo, además, extender mi agradecimiento personal a cada uno de vosotros por el precioso e insustituible empeño que lleváis a cabo a favor de la vida, en vuestros diversos contextos de procedencia.

Las problemáticas que giran en torno al tema de la bioética permiten verificar cómo las cuestiones subyacentes en ella ponen en primer plano la cuestión antropológica. Como afirmo en mi última Carta encíclica Caritas in veritate: "En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia" (n. 74). Ante semejantes cuestiones, que tocan de modo tan decisivo la vida humana en su perenne tensión entre inmanencia y trascendencia, y que tienen gran relevancia para la cultura de las futuras generaciones, es necesario poner en pie un proyecto pedagógico integral, que permita afrontar estas temáticas desde una visión positiva, equilibrada y constructiva, sobre todo en la relación entre la fe y la razón.

Las cuestiones de bioética ponen a menudo en primer plano la referencia a la dignidad de la persona, un principio fundamental que la fe en Jesucristo Crucificado y Resucitado ha defendido desde siempre, sobre todo cuando es desatendido de cara a los sujetos más sencillos e indefensos. También la bioética, como toda disciplina, necesita de una referencia capaz de garantizar una lectura coherente de las cuestiones éticas que, inevitablemente, surgen ante posibles conflictos interpretativos. En este espacio se abre la referencia normativa a la ley moral natural. El reconocimiento de la dignidad humana, de hecho, en cuanto derecho inalienable, encuentra su fundamento primero en esa ley no escrita por mano de hombre, sino inscrita por Dios Creador en el corazón del hombre, que todo ordenamiento jurídico está llamado a reconocer como inviolable y cada persona debe respetar y promover (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1954-1960). Sin el principio fundador de la dignidad humana, sería arduo encontrar una fuente para los derechos de la persona e imposible llegar a un juicio ético sobre las conquistas de la ciencia que intervienen directamente en la vida humana. Es necesario, por tanto, repetir con firmeza que no existe una comprensión de la dignidad humana ligada sólo a elementos externos como el progreso de la ciencia, la gradualidad de la formación de la vida humana o el pietismo fácil ante situaciones límite. Cuando se invoca el respeto por la dignidad de la persona es fundamental que éste sea pleno, total y sin condicionantes, excepto los de reconocer encontrarse siempre ante una vida humana. Ciertamente, la vida humana conoce un desarrollo propio y el horizonte de investigación de la ciencia y la bioética es abierto, pero es necesario reafirmar que cuando se trata de ámbitos relativos al ser humano, los científicos no pueden pensar nunca que tienen en mano sólo materia inanimada y manipulable. De hecho, desde el primer instante, la vida del hombre se caracteriza por ser vida humana y por esto portadora siempre, en todas partes y a pesar de todo, de dignidad propia (cfr Congr. Para la Doctrina de la fe, Instrucción Dignitas personae sobre algunas cuestiones de bioética, n. 5). Contrariamente, estaremos siempre en presencia del peligro de un uso instrumental de la ciencia, con la inevitable consecuencia de caer fácilmente en el libre arbitrio, en la discriminación y en el interés económico del más fuerte.

Conjugar bioética y ley moral natural permite verificar lo mejor posible la necesaria e ineliminable referencia a la dignidad que la vida humana posee intrínsecamente desde su primer instante hasta su fin natural. En cambio, en el contexto actual, aun surgiendo con cada vez mayor insistencia la justa reclamación a los derechos que garantizan la dignidad de la persona, se nota que no siempre estos derechos son reconocidos a la vida humana en su desarrollo natural y en los estadios de mayor debilidad. Una semejante contradicción hace evidente el compromiso que hay que asumir en los diversos ámbitos de la sociedad y de la cultura, para que la vida humana sea reconocida siempre como sujeto inalienable del derecho y nunca como objeto sometido al arbitrio del más fuerte. La historia ha mostrado cuán peligroso y deletéreo puede llegar a ser un Estado que procede a legislar sobre cuestiones que tocan a la persona y a la sociedad, pretendiendo ser él mismo fuente y principio de la ética. Sin principios universales que permitan constatar un denominador común para toda la humanidad, el riesgo de una deriva relativista a nivel legislativo no debe ser minusvalorado (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1959). La ley moral natural, fuente de su propio carácter universal, permite conjurar este peligro y sobre todo ofrece al legislador la garantía para un auténtico respeto, tanto de la persona como del entero orden de la creación. Ésta se pone como fuente catalizadora de consenso entre personas de culturas y religiones distintas y permite ir más allá de las diferencias, porque afirma la existencia de un orden impreso en la naturaleza por el Creador y reconocido como instancia de verdadero juicio ético racional para perseguir el bien y evitar el mal. La ley moral natural “pertenece al gran patrimonio de la sabiduría humana, que la Revelación, con su luz, ha contribuido a purificar y a desarrollar ulteriormente" (cfr Juan Pablo II, Discurso a la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de febrero de 2004).

Ilustres Miembros de la Pontificia Academia para la Vida, en el contexto actual vuestro compromiso parece cada vez más delicado y difícil, pero la creciente sensibilidad de cara a la vida humana anima a proseguir con cada vez mayor empuje y con valor en este importante servicio a la vida y a la educación en los valores evangélicos de las futuras generaciones. Auguro a todos vosotros que continuéis el estudio y la investigación, para que la obra de promoción y de defensa de la vida sea cada vez más eficaz y fecunda. Os acompaño con la Bendición Apostólica, que de buen grado extiendo a cuantos comparten con vosotros este empeño cotidiano.

Traducción del original italiano por Inma Álvarez
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Como conseguir ser felices hasta las bodas de plata


Entre usted y su cónyuge: Diez principios básicos

Ponga a Dios en el lugar primordial de su matrimonio y acuérdese de mantenerlo en ese lugar de honor.



1. No amarás a ninguna otra persona más que a mí. Solo Dios debe recibir más amor de tu parte que yo. Mediante los votos matrimoniales, me he convertido en la persona más importante en tu vida por encima de padres, hijos, compañeros de trabajo y amigos. Por consiguiente, espero que me ames de todo corazón y que cuides que no haya nadie que se interponga entre nosotros. Por favor, no tomes nunca mi posición para darla a otra persona.


2. No tendrás fantasías ni soñarás despierto con otras personas. Esto significa que no habrá revistas, libros, películas o espectáculos pornográficos, porque la infidelidad comienza en la mente. Enfoca tus pensamientos románticos sólo en mí. ¿Recuerdas lo atractivos que éramos el uno para el otro cuando comenzamos a salir juntos? Podemos mantener viva esa llama mediante la disciplina adecuada de nuestras mentes. Si tú piensas en mí y yo en ti, nuestro romance seguirá el rumbo que le fijó Dios.

3. No hablarás de mí de modo despectivo. 

Alábame y dame cumplidos con toda libertad tanto en público como en privado. No me critiques nunca frente a otras personas. Aplícame todos los adjetivos que sean cariñosos y amables; pero, por favor, no me insultes, respétame!

4. Recordarás nuestro aniversario y otros días especiales y planificarás como celebrarlos.

Si no sabes cuáles son otros días especiales, déjame que te dé ciertos indicios. Son la Navidad, mi cumpleaños, el día de los padres, el día de los enamorados y el día de las madres, nuestro aniversario. Puedes añadir unos cuantos más, si así lo deseas. El celebrar días ordinarios de modo especial (cuando no lo espere) hará que sienta amado (o amada). Mándame una tarjeta o pon una nota bajo mi almohada, llámame al trabajo, sorpréndeme con flores o invítame a cenar. Lo que hagas no tiene que ser exclusivo. Basta que me hagas saber que te importo. Esas expresiones de amor requieren planeación, por lo que vale la pena marcar el calendario desde ahora. No quiero tener que lanzarte insinuaciones cuando se acerca la fecha de mi cumpleaños.

5. Honrarás a tu padre y a tu madre; pero no permitirás que se interpongan entre nosotros. 

Queremos respetarlos, pedirles consejos e incluirnos en nuestro círculo familiar. Además, si uno de los progenitores es viudo o viuda, queremos hacer todo lo posible para que sienta que lo (o la) amamos. Sin embargo, recordemos que cuando se trata de establecer normas que afecten nuestro matrimonio y a nuestra familia, las decisiones que tomemos deberán ser exclusivamente nuestras.

6. No matarás los intentos que hago para demostrarte que te amo. Cuando alargo los brazos para abrazarte, es mi modo de decir que te necesito y que deseo contacto físico contigo. Por favor, no te alejes de mí, no me ignores, no te apartes o digas: ¡No me toques! De ese modo puedes acabar con mi espíritu y destruir el amor que compartimos.

7. No adulterarás. En los votos matrimoniales que intercambiamos, te comprometiste a serme fiel en lo sexual “hasta que la muerte nos separe”. Por lo que me consta, tu compromiso lo adquiriste sin reservas. Como consecuencia de ello, mi confianza en ti es completa. Este lazo sagrado que nos une me libera de preocupaciones indebidas cuando no estamos juntos; una bendición por la que doy gracias. Quiero que sepas lo mucho que atesoro esta confianza que nos tenemos el uno al otro y que deseo contar siempre con tu amor constante y tu fidelidad inquebrantable.

8. No me privarás del privilegio de gozar comunión profunda contigo. Debido a que te amo, deseo compartir tus sueños, temores, aspiraciones y preguntas respecto a la vida. Por consiguiente, no te pases demasiado tiempo de compras, leyendo o viendo televisión. Reserva cierto tiempo para hablar conmigo de muchas cosas. Al conversar ahora sobre temas importantes, estaremos contribuyendo de modo considerable al tipo de relación que compartiremos en el futuro. Debemos recordar continuamente que el matrimonio es mucho más que la cercanía física. Tiene que ser también una unión de mentes, personalidades y espíritus.

9. No me mientas. Necesito tener la seguridad de que te muestras abierto y sincero conmigo en todo momento, porque mi confianza en ti se basa en tu franqueza. Así pues, no me engañes, no me desorientes ni me digas verdades a medias ni pequeñas mentiras “blancas”. Si descubro que lo que me estás diciendo no es necesariamente la verdad, ¿cómo sabré cuándo puedo creerte? ¿Cómo sabré qué declaraciones descartar y cuáles aceptar? ¡Deseo poder confiar en todas y cada una de las palabras que salen de tu boca! Por eso, no me digas nada que no sea la verdad.

10. No codiciarás cónyuge, relación o situación ajena. Soy todo lo que necesitas. Dios me designó tal y como soy con el fin de ajustarme a tu vida. No te hagas esperanzas respecto a mí que me sean imposibles satisfacer. Y no me compares con otras personas en aspecto, personalidad, brillantez para los negocios, posición social o madurez espiritual. Gocemos lo que nos ha dado Dios y formemos juntos un matrimonio fuerte para la gloria del Señor.


Recuerde las palabras: “Lo que Dios une, no lo separe el hombre.” En el mundo en que vivimos, hay muchísimos factores que pueden llegar a ser una amenaza para su matrimonio. Asegúrese de no ser usted uno de ellos.
El mejor consejo que podemos darle, al final, es: Ponga a Dios en el lugar primordial de su matrimonio y acuérdese de mantenerlo en ese lugar de honor. Puesto que fue El quien los unió, tiene también poder para perfeccionar su unión. No obstaculice sus esfuerzos debido a sus propios deseos egoístas. ¡Entréguese, ceda y ame!


Tomado del libro: Cómo tener éxito en su matrimonio
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El mundo de hoy necesita liberación


Liberación y conversión
Autor: P. Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net

Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C. La necesidad de la conversión.



Liberación y conversión
Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C.



1. La liturgia de la Palabra se centra en el tema de la conversión de vida como preparación para la renovación de nuestras promesas bautismales. La conversión es la respuesta adecuada al amor de Dios. Jesús expone su enseñanza a partir de una situación real concreta que está viviendo el pueblo. Todos estaban impactados por dos hechos sangrientos. La crueldad de Pilato, agravada por la profanación del culto. Pilato los mandó matar cuando ofrecían los sacrificios, así mezcló la sangre humana con la de las víctimas. En esos días se había desplomado la torre de Siloé y había aplastado a dieciocho personas inocentes. Estos hechos se asemejan a los que diariamente golpean al mundo de hoy. Con su enseñanza Jesús nos ayuda a leer e interpretar esos hechos.

2. Ante ambos hechos Jesús comenta: « ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque padecieron estas cosas?... ¿pensáis que esos dieciocho eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?» Aquella mentalidad, que tienen aún hoy algunas personas, pensaba que esa muerte tan trágica era castigo de su maldad. «Eso te la ha mandado Dios, ¡Dios te ha castigado. Pero Jesús rechaza esa mentalidad y responde: «No, os lo aseguro». Las víctimas de los desastres natura¬les, de los accidentes y de la maldad de otros hombres no son castigos porque son «más pecadores que los demás». Son tan pecadores como los demás». Aunque todos los males son siempre conse¬cuen¬cia del pecado. No existe ningún mal, ni natural, ni accidental, ni intencio¬al, que no sea consecuencia del pecado. «Vosotros sois igualmente pecadores, o más pecadores, que esos galileos y que esos dieciocho que murieron aplastados, y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo». El único modo de escapar a un fin tan trágico es convertirse. Muchas veces pensamos: ¿De qué tengo que convertirme yo? ¿Qué tengo que cambiar… si no soy malo, si no tengo pecados?- ¿De que te sirve darle a Dios una cosa, cuando te está pidiendo otra? ¿En qué consiste la conversión?

3. Las facultades superiores del hombre son la inteligencia y la voluntad. Son las facultades que lo distinguen como ser racional y libre. El término «conversión» toca a ambas facultades, pero más directamente a la inteligencia. Lo dice claramente el término griego «metanóia». El prefijo «meta» significa «cambio», y el sustantivo «nous» significa «inteligencia, mente». El concepto se traduce por «cambio de mente, cambio de percepción de las cosas». Y esto ese la conversión. Si examináramos nuestros criterios y nuestro modo de ver las cosas y la comparamos con los criterios de Cris¬to, encontraríamos muchas cosas de qué confesarnos.

4. Cuando alguien cambia de modo de pensar y adopta los criterios de Cristo, se ha convertido. Ahora sigue el dolor por la conducta anterior y el arrepenti-miento. San Pablo ofrece un ejemplo magnífico de auténtica y profunda conversión. Mientras vivía en el judaísmo, en lo que respecta al cumplimiento, a la voluntad, era irreprochable. El mismo lo dice: «Yo era hebreo e hijo de hebreos... en el cumplimiento de la ley, intachable» (Fil 3,5). Pero luego agrega: «Todo lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida por Cristo. Y juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conoci¬miento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,7). Ha cambiado su criterio. Ahora puede asegurar: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16). La conversión verdadera consiste en buscar tener los mismos criterios de Cristo.

5. Accediendo a los ruegos del viñador, el Señor acepta tener paciencia y esperar otro año para que la viña de su fruto: «Si dentro de ese plazo no da fruto, la cortas». Esta parábo¬la está ciertamente dirigida al pueblo de Israel al cual Dios había mandado sin cesar sus profetas sin embargo también en la predica¬ción a los gentiles se les advierte que se ha acabado ya el tiempo de la conversión. «Dios, pasando por alto los tiempos de la ignoran¬cia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justi¬cia...» Dijo Pablo a los intelec¬tua-les griegos cuando fue invita¬do a hablar en el Areópago de Atenas (Hch 17,30).

6. «La Iglesia proclama la conversión, que consiste en descubrir su misericordia, su amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del reencuentro de este Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición permanente.

7. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo «ven» así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Así ha de ser la disposición de todo hombre por la tierra. La Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.» Juan Pablo II. Carta Encíclica Dives in misericordia 13.1

8. Cuando Moisés salió de Egipto, se refugió en Madián, donde se casó con una hija del sacerdote Jetró. Un día llegó con el rebaño a Sinaí, vio una zarza que ardía sin consumirse y se acercó. El Señor le habló: ". "No te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada". Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. Dijo Yahvé: "He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa. Contestó Moisés a Dios: "Si voy a los israelitas y les digo: "El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros"; cuando me pregunten: "¿Cuál es su nombre?", ¿qué les responderé?" Dijo Dios a Moisés: "Yo soy el que soy". Y añadió: "Así dirás a los israelitas: Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación".»Yo soy el Dios de tus padres, de Abraham, Isaac y Jacob".

9. Moisés pide credenciales. El Señor se identifica como Yahvé, el que es, nombre que revela su ser y su acción para librar al pueblo de su esclavitud. Soy el que demostraré que soy con lo que voy a hacer: liberación, plagas, hijos de los primogénitos de los egipcios muertos, mar Rojo, desierto, maná, agua de la roca, codornices... Como Dios, que nos conoce por nuestro nombre, que escucha siempre, a quien se le conmueven las entrañas cuando nos ve sufrir, que se compadece y está presente a nuestro mundo y actúa liberando, le duele el mundo. Y pudiendo liberar él solo, elige a Moisés, y siempre se servirá de instrumentos que le acompañen en su obrar, librar, salvar.

10. Por eso hoy también sigue eligiendo mediadores: que prediquen la palabra, que oren e intercedan, que curen a las víctimas del odio y de la ceguera, que se empeñen en construir un mundo mejor, más justo, más benigno, más humano. Envía a hombres y mujeres a aquellos lugares donde hace falta cariño, entrega, generosidad y perdón. Hay que estar a la escucha porque el Señor no quiere que los hombres se confinen y limiten en el círculo afín o familiar. El amor dilata el corazón y mueve a más y mayor entrega.

11. El Señor viene a librar a los hombres de su esclavitud, de todas las esclavitudes, comenzando por la del pecado, que está en la raíz de todas las demás, porque "es compasivo y misericordioso y perdona todas nuestras culpas, lento a la cólera y rico en clemencia. Su bondad es más alta que el cielo, y nos cubre con infinita ternura" Salmo 102.

12. Los muertos aplastados por la torre o asesinados por Herodes no lo fueron porque eran más pecadores: "Si no os convertís, todos pereceréis" Lucas 13, 1. Las desgracias naturales no son castigos de Dios. Dios no es un juez que sanciona de inmediato los actos de los hombres en esta vida. No se puede deducir que quien las sufre las sufre por sus pecados. El sida, las guerras, el hambre, la sequía, los incendios forestales, los terremotos, los naufragios, los desbordamientos de los ríos, no son castigos de Dios; unas veces son provocados por los mismos hombres, como el asesinato de los galileos que estaban ofreciendo sacrificios en el templo y Pilato mezcló su sangre con la de los sacrificios; o por el odio tribal entre etnias enemigas; otras, son fenómenos de la naturaleza, que ocurren como efectos de sus leyes, violadas a veces criminalmente. Unos y otros son permitidos por Dios por un bien superior, que desconocemos.

13. Las catástrofes nos están indicando que estamos cada día corriendo riesgos imprevistos, en los que la muerte nos puede asaltar de repente. Por eso Jesús nos avisa que es necesario que nos convirtamos, que cambiemos la ruta, que hagamos marcha atrás, que volvamos sobre nuestros pasos. No quiere que nos quedemos lamentando las desgracias que cada día nos sirven los medios de comunicación. Convirtámonos nosotros y mejorará el mundo. Una célula viva sana, vivifica el organismo; si está enferma, lo deteriora. Es más fácil calzarse unas zapatillas de paño, que alfombrar toda la tierra de moqueta. En medio de la oscuridad de un campo de fútbol, alguien encendió una cerilla. A la cerilla encendida, siguieron otra y otra... y miles... y el estadio quedó iluminado. La conversión es cosa personal. La gracia actúa, pero tiene que ser acogida con docilidad.

14. Todavía es tiempo de conversión. La parábola de la higuera que está tres años sin dar fruto, nos remite a la paciencia de Dios, que sigue prodigándole cuidados un año más, esperando los frutos de penitencia. El espera ver la liberación de ese árbol, y él mismo pondrá los medios, más gracias, más palabra, más amor, para conseguir su libertad, como la de su pueblo esclavizado en Egipto. Cada uno debe ayudar a que esos cuidados intensivos ejercidos por la paciencia de Dios, por la misericordia de la Iglesia y por la caridad de los hermanos, consigan que la higuera pase de la esterilidad a dar frutos abundantes.

15. "Nuestros antepasados estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar, y en la nube y en el mar, recibieron todos un bautismo que los vinculaba a Moisés. Todos comieron el mismo alimento profético y todos bebieron la misma bebida profética, y la mayoría no agradó a Dios" 1 Corintios 10,1. Inutilizaron la comida y la bebida, que era Cristo, maná y agua viva brotada de la roca. Cuidados por Dios, no dieron el fruto que esperaba de ellos.

16. Esto, que "sucedió para que aprendiéramos nosotros", nos puede ocurrir igual, si no damos el giro copernicano que quizá está necesitando nuestra vida mediocre. Comida y bebida no nos faltan. Estamos escuchando la palabra salvadora. Y vamos a consagrar y a repartir el pan y el vino, que actualiza nuestra redención. Nadie podrá decir que el dueño de la higuera la abandona. Está ahí actuando ahora mismo, por su Palabra te está llamando y esperando que te decidas, porque su amor es eterno y su misericordia sin fin (Sal 137,8). Pero no sólo de una manera abstracta y general, sino en concreto: Te ama. Me ama. Más que tus padres, más que los míos. Más. El amor de ellos nace de su fuente, que mana y corre, aunque desde noche. En la vida futura se hará realidad lo que vamos a recibir en el sacramento de la eucaristía.

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