Proyecto de vida y carisma.


Proyecto de vida y carisma.
¿Se puede proyectar la vida?

El cristianismo es seguir a una persona. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”1 La entusiasta invitación que han recibido las personas consagradas para seguir a Jesucristo se convierte en todo un programa que debe cubrir toda la vida y todos los aspectos de la vida, ya que se es llamada a vivir la misma vida de Cristo en toda la profundidad de la existencia humana. Así la ha confirmado Juan Pablo II al expresar la identidad de la vida consagrada como un seguimiento de Cristo, a la manera de los apóstoles: “El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.”2

Esta forma de vida de Cristo es la que hará de perno en toda la vida de las personas consagradas y bien podemos afirmar que será el fundamento de su identidad, de tal forma que la persona consagrada lo es en la medida que su vida se asemeja cada vez más a la vida de Jesucristo, de forma que pueda llegar a expresar como San Pablo: “Ya o soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. De aquí la importancia de conformar la vida con la vida de Cristo: “El proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo.”3

Este proceso de conversión o de formación permanente requiere todo un camino. Es el proyecto de toda una vida que no se puede dejar al azar, al vaivén de las circunstancias o a la interpretación del último autor, confesor o expositor de moda. Requiere tener sólidos fundamentos que le permitan alcanzar la meta deseada, esto es, la conformación plena con la persona de Cristo.

Puede extrañarnos en un primer momento la necesidad de planear la vida consagrada. Hacemos hincapié de que estamos hablando de planear todos los aspectos de la vida consagrada y no sólo aquellos que atañen a la vida espiritual, como fácilmente podría considerarse. Si la persona consagrada es propiedad entera del Señor, entonces no hay porque extrañarse que todos los aspectos inherentes a su existir deban pertenecerle al Señor. Se es consagrada en forma íntegra, no en parcialidades. Quien estable cotos, límites e o cercos a su vida y no la entrega en plenitud al Señor, no estará viviendo en plenitud la consagración a Él prometida.

Esta consagración al Señor comporta una santidad de vida, entendida como la vivencia plena de las promesas bautismales. “No obstante exista una absoluta trascendencia de la santidad del Padre y de Jesús, se sigue que los cristianos pueden llegar a ser santos como Dios lo es porque el Espíritu los hace partícipes de la santidad divina, sin ofender la trascendencia infinita del Padre, sino compartiéndola. Si en la unión hipostática el Verbo asumió la condición humana, en su santificación el cristiano asume la condición divina. La santidad del cristiano es un don del Espíritu Santo.”4 Por lo tanto la santidad es posible adquirirla cuando se esta en escucha constante del Espíritu Santo y en la búsqueda del cumplimiento de los deberes de estado. Por la propia consagración, estos deberes de estado se convierten para la persona consagrada en medios adecuados para su santificación. No tiene que pensar en santificarse fuera de los mismos compromisos que le marca su consagración, de tal forma que sus deberes espirituales, su vida fraterna en comunidad, sus deberes de apostolado se convierten en medios idóneos para configurarse con Cristo y así alcanzar la santidad. La pregunta de la programación queda aún en el aire, ya que si estos medios llevan de por sí a la santidad, no habría poner tanto necesidad de programación alguna. Bastaría simplemente vivirlo con la mejor de las intenciones.

Sin embargo por experiencia propia sabemos que la persona consagrada, como cualquier persona del género humano, a veces no logra distinguir con nitidez las cosas qué debe hacer ni la forma en cómo puede cumplirlas. Además como criatura creada a imagen de dios, caída por le pecado original y redimida por Cristo, no está exenta de sufrir las asechanzas del mundo, de sus propias pasiones. Es entonces cuando surge la necesidad de conocerse para programarse, para saber atajar al enemigo, ya sea el enemigo que se lleva dentro, o ya sea aquél que se disfraza a través de las circunstancias o de factores externos. No debemos olvidar, dentro de estos elementos, el desarrollo psicológico de la persona que también dejará su huella en la persona consagrada, llevándole a tomar medidas necesarias para seguir respondiendo con la misma frescura y lozanía a Cristo, como cuando lo hizo el día que prometió seguimiento al Señor.

Por ello, la programación no es la regulación minuciosa y hasta maníaca de los detalles que debe cumplir la persona consagrada. Tal sería una actividad que pronto llevaría a la esquizofrenia. Es más bien la fijación de metas para alcanzar la santidad, el conocimiento que adquiere la persona de sí misma, las circunstancias que la rodean y que afectan las metas que se ha fijado para la santidad, los medios idóneos que utilizará para aprovechar los aspectos positivos y contraponer los negativos, de forma que la vida no sea guiada al caso o al vaivén de las circunstancias externas o de las pasiones y sentimientos internos.

El ideal de la santidad es el ideal de todo cristiano5 . Pero dicha santidad no es ni fácil ni difícil de alcanzar. Requiere simplemente la dosificación, es decir el fijar por etapas las metas que se quieren alcanzar. Cuando una persona se entusiasma por Cristo y quiere seguirlo e imitarlo, no lo podrá lograr de la noche a la mañana. Es necesario que se fije metas claras, precisas, objetivas y de corto alcance para lograr el objetivo final, que es la santidad.

Por otra parte la persona cuenta o debe contar con un aliado que es su misma persona. Esta persona, de acuerdo a la antropología cristiana, sabemos que está constituida por inteligencia y voluntad. Es decir, la persona puede conocer y la persona puede querer. Es libre para elegir lo que más le convenga, de acuerdo a las metas que se ha fijado. Pero también, esta persona tiene pasiones, sentimientos, impulsos. Todos ellos, de no mediar una grave enfermedad psicológica o psíquica, pueden ser encauzados de acuerdo a las metas que se ha fijado la persona. Por ello, debe conocerse, aceptarse y superarse, siguiendo las enseñazas de S. Agustín: “Conócete, acéptate, supérate.”

Por último, bien sabemos que la persona no vive enana esfera de cristal o en una isla. Actúa en una sociedad, en una comunidad. Y como una célula, no es impermeable a lo que sucede en su entorno. Deberá tomar en cuenta la forma en que las circunstancias externas le afectan para alcanzar la meta de la santidad, que previamente se ha fijado.

Por ello, a través de un programa de vida que le permita fijarse metas claras, cortas, precisa y objetivas, un conocimiento de su persona que la ponga alerta de las fuerzas positivas y negativas con las que cuenta, y un sentido de la realidad para saber la forma en que el ambiente externo va a afectar su camino a la santidad, podrá fijarse medios idóneos para llegar a la santidad. Así lo afirmaba Juan Pablo II: “¿Acaso se puede « programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral? En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. (…) Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos « genios » de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.”6


El proyecto de la vida consagrada.
Ahora bien, si como dice Juan Pablo II, los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, los distintos estados de vida requerirán distintas pedagogías de santidad, ya que, si bien la santidad es una sola, esto es, asemejarnos a Cristo y así alcanzar la vida en Dios, los medios varías de acuerdo a las circunstancias que rodean la vida de las personas. Si bien la santidad es la misma, no se alcanza de la misma manera por una madre de familia que por una mujer consagrada a la oración, el sacrifico y la penitencia en la vida de un monasterio de clausura. Debemos fijar entonces la identidad de cada estilo de vida, de forma que podamos construir un proyecto claro y propio de santidad.

Para la vida consagrada debemos fijarnos ciertos aspectos comunes que nos permitan tener un esquema preciso de lo que las personas consagradas deben alcanzar en su vida y los medios con los que cuentan para ello. Serían muchas las fuentes a las que podríamos acudir para establecer esta santidad común a la que deben tender todas las personas consagradas. Pero podríamos aquí señalar que el magisterio de la Iglesia y el patrimonio espiritual de cada congregación deberían ser los ejes centrales en los cuáles fijar dicha santidad común.

• Gracias a Dios, después del Concilio vaticano II se ha dado un gran impulso a la Teología de la vida consagrada. Podríamos aquí recordar los títulos de los documentos emanados por la entonces Congregación para los religiosos e institutos seculares o su actual sucesor, la Congregación para los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, que de alguna manera ayudaron a reflexionar sobre la identidad de la vida consagrada, de acuerdo a los lineamientos que marcó el Concilio vaticano II, especialmente en el decreto Perfectae caritatis y el motu proprio Ecclesiae sanctae II. Cada uno de estos documentos, ya desde el mismo título, es todo un programa para entender lso elemntos esenciales de la vida cnsagrada y por ende, tomarlso como medios idóneos para la santificación en este estado de vida. Estos documentos son:

• La vida Fraterna en Comunidad (1994)

• Orientaciones sobre la Formación (1990)

• Elementos esenciales de la Doctrina de la Iglesia sobre la Vida Religiosa (1983)

• La Dimensión Contemplativa de la Vida Religiosa (1980)

• Mutuae Relationes (1978)

• Religiosos y Promoción Humana (1978)

Todos estos documentos van a quedar reflejados y profundizados en la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata (1996) de Juan Pablo II. En ella se establecen las líneas fundamentales de la consagración, que sucintamente podemos decir que es una vida “de especial configuración a Cristo, de especial comunión de amor con el Padre, de especial comunión con el Espíritu Santo, de especial seguimiento de Cristo, a la manera de los apóstoles, de especial configuración con la Virgen maría, una vida de profesión de los consejos evangélicos, una vida con una especial consagración, de especial perfección, de especial radicalismo evangélico y de una peculiar espiritualidad.”7

No debemos olvidar también lo dicho por el Código de Derecho canónico, que en canon 573 establece lo que es la vida consagrada. “La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.”8

Si bien este canon y toda la exhortación Vita consecrata nos fijan los parámetros por los que ha de recorrerse la vida consagrada, no debemos olvidar que la vida consagrada se vive en forma particular, es decir, bajo un carisma específico. No se es una persona consagrada en general y después se viven los consejos evangélicos o la vida fraterna en comunidad en una forma especifica. Más bien, los elementos esenciales de la vida consagrada se viven de acuerdo al carisma específico.

Dicho carisma bien podríamos entenderlo como “la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.”9 Por lo tanto, el conocimiento del carisma fijará de alguna manera ya en forma definitiva, la santidad específica de los miembros de un determinado Instituto de vida consagrada.

Es necesario por tanto que los miembros de un instituto conozcan no someramente sino detalladamente el carisma de su instituto, de forma tal que todas las actividades que realizan, desde las más sencillas, hasta aquellas que a los ojos de los hombres pudieran parecer las más importantes, queden informadas por el carisma. De esta manera podrá alcanzarse sino con más facilidad, con más precisión. No como quien da “palos al aire”, sino como quien ha fijado con precisión los ideales y los medios.


Algunas dificultades de nuestro tiempo.
Hemos visto que la programación de la santidad en la vida consagrada requiere un proyecto de vida personal en dónde se plasmen las características más específicas de la Congregación, de forma que la persona consagrada pueda tenerlas como metas claras y visibles. De ahí partirá una búsqueda confiada y serena por encontrar los mejores medios que se puedan aplicar a cada realidad personal y a cada circunstancia de vida.

Sin embargo, parece ser que este tipo de trabajo no encuentra respuestas favorables en el ambiente religioso de nuestros días. No hace mucho me escribía una religiosa: “¿Dónde están las religiosas, que hacen en las comunidades, como está su vida interior? Definitivamente se viven la vida muy light y no solo en la vida religiosa sino en el mundo entero.” Se ha dejado en el olvido, o pero aún, no existe ya la costumbre de tener un programa de vida y a lo más, se contentan con el cumplimiento del deber.

Si bien es difícil establecer las causas de este enfriamiento en la virtud, intentaré esbozar algunos de ellos, sin pretender ni abarcarlos todos, ni profundizar en ellos.

Creo que el origen de este enfriamiento en la virtud por alcanzar la santidad y por ende, el no preocuparse por tener un programa de vida, se debe principalmente a la pérdida de la identidad de la vida consagrada femenina. Debemos recordar que los años del post-concilio, los años de la renovación de la vida consagrada debían estar dedicados a la aplicación de las directrices del Concilio, cuyo objetivo para la vida consagrada no era otro que el adecuar toda la riqueza de la vida consagrada a los tiempos actuales. Se trataba por tanto de un proceso de adaptación de la esencia de la vida consagrada. Sin embargo, muchos creyeron que se debía cambiar el concepto, la identidad de la vida consagrada para adaptarse a los tiempos actuales. En este proceso, que según ellos respetaba el espíritu del Concilio, se cuestionó la identidad de la vida consagrada, creando no poca confusión en los ambientes religiosos femeninos. De esta manera la santidad, la vida fraterna en comunidad, los elementos esenciales de la vida consagrada, el apostolado, los votos, la autoridad, todo venía cuestionado, contestado. No debemos olvidar que estamos hablando de los años sesenta y especialmente del fenómeno del fenómeno del ’68 que quería fundar una nueva sociedad pero que ni tenía las metas claras ni los medios adecuados. Eran los años de la contestación y la vida consagrada femenina no se salvó de esta contestación.

Este fenómeno ha llegado hasta nuestros días. Las heridas de esta pérdida de la identidad de la vida consagrada, o por lo menos, de su no claridad ha dejado un vacío enorme de casi dos generaciones de personas consagradas que se han dedicado a actividades ajenas o por lo menos superfluas, a la vida consagrada. Así, hay quien ha creído que la vida consagrada en la postmodernidad era trabajar por la ecología o los derechos humanos. Hay quien ha hecho de su apostolado le herbolaria, la medicina alternativa, la concientización de las masas y hasta la rebelión armada.

Todo ello generó un desprecio o por lo menos un olvido de conceptos como santidad, vida espiritual, vida de unión con Dios, vida de oración . Quién no sabía quién era, quien buscaba su identidad en el exterior y no el interior, había perdido el gusto por Dios y por las cosas de Dios. Hablar de un programa de vida muchas veces puede sonar a lenguaje extra-terrestre, o se lo puede ver como alguna reliquia de los tiempos medievales.

Producto de esta pérdida de identidad es el haber perdido de mira a Cristo. La figura de Cristo, si bien no desaparece del todo en la vida consagrada femenina, comienza a desvanecerse detrás de grandes reflectores como son los apostolados de vanguardia, la preocupación por encontrar caminos alternativos a la vida fraterna en comunidad, una interiorización o preocupación excesiva por el bienestar espiritual personal, o cualquier otro elemento que se buscaba cambiar o darle una importancia mayor a la debida en el tiempo de la renovación de la vida consagrada. No hay que olvidar tampoco muchas corrientes que se hicieron presente en la Iglesia en dónde, segñun ellos, se buscaba “desmitificar” a Cristo, por lo que su persona ya no era un ideal para seguir, sino, en muchos casos, un personaje histórico comparable a Buda, Mahoma o el Dalai Lama. De esta manera Cristo deja de ser un ideal a alcanzar, un modelo sobre el cual se puede proyectar una vida y así alcanzar la felicidad. Los programas espirituales comienzan por tanto a perder el vigor de una lucha por asemejarse a Cristo.

Otro problema que observamos en nuestro tiempo para forjar verdaderos proyectos de vida espiritual es la influencia que la Psicología, o mejor dicho, el psicologismo ha tenido en las congregaciones y las comunidades religiosas femeninas. Al desaparecer los puntos firmes en la vida consagrada, cualquier alternativa que aparezca como punto de referencia es bien acogido. Y así se sustituye muchas veces la oración por una meditación trascendental de corte oriental, la vida fraterna en comunidad depende de los estudios que se hagan del eneagrama, la autoridad se diluye en un pacto meramente humano. Es el momento en que irrumpe al psicología humanista de Carl Rogers en dónde cada persona se convierte en el dueño y señor de su propia existencia. Como consecuencia, se da más importancia a un equilibrio psicológico que a una vida espiritual bien organizada. Hay religiosas que van al psiconálisis y no pocas vocaciones entran en crisis después de estos estudios.

Unido a estos factores encontramos un exacerbado individualismo, producto quizás de un esfuerzo que quería borrar del pasado de la vida religiosa femenina una tendencia que tendía a olvidar a las personas. Que haya habido exageraciones en esto, puede ser cierto, pero no menos ciertas son las exageraciones que ahora se dan, en dónde se da un valor desmesurado a las personas al gardo que quien ahora está en crisis no es ya la persona individual, sino la autoridad, los reglamentos, los horarios, y todo aquello que pueda sonar a imposición para “cortar cabezas” y hacer un estándar de personas. Lógicamente, la dirección espiritual, o la elaboración de un programa de vida espiritual tiende a verse como demasiado estandarizante, limitando la libertad y la espontaneidad de las personas.


El carisma en ayuda del proyecto de vida.

El objetivo de elaborar un proyecto de vida es el de tratar de configurarse lo más posible a Cristo, tomando en cuenta las circunstancias personales, las circunstancias del propio estado de vida y las circunstancias externas que rodean a la persona.

Las dificultades que circundan a las personas consagradas hoy en día y que hemos analizado brevemente en este artículo, requieren una exactitud en la figura del Cristo que se quiere imitar, al cuál se quiere llegar. Debe ser un Cristo perfectamente bien delineado, con el fin de no perderse en el camino, ya sea por tantos vientos que soplan11 , ya sea por las dificultades externas o bien por las propias pasiones y sentimientos que durante la vida acompañan a la persona consagrada y que a veces puedan hacerla dudar del camino emprendido.

Ahora nos preguntamos por este Cristo la persona consagrada. Sin duda alguna que la respuesta será el Cristo del Evangelio, es Cristo de una sana espiritualidad que responda a las necesidades de la persona, de la congregación y de la Iglesia12 . De la contemplación de este Cristo surgirá una espiritualidad, unos medios que la persona consagrada está llamada a poner en práctica si quiere en verdad conformar su vida con la persona de Cristo.

Este Cristo, utilizando un lenguaje figurado, se nos presenta bajo ángulos distintos en cada congregación. Podemos decir que es el mismo Cristo pero visto desde distintas posiciones. Nuevamente hacemos uso del lenguaje figurado para expresar esta idea. ““Siempre cae (el agua) del mismo modo y de la misma forma, aunque son multiformes los efectos que produce: una única fuente riega todo el huerto. Y una única e idéntica tormenta desciende sobre toda la tierra, pero se vuelve blanca en el lirio, roja en la rosa, de color púrpura en las violetas y en los jacintos, y diversa y variada en los distintos géneros de cosas. De una forma existe en la palma y de otra en la vid, pero está toda ella en todas las cosas, pues (el agua) es siempre la misma y sin variación. Y, aunque se mude en tormenta, no cambia su forma de ser, sino que se acomoda a la forma de sus recipientes convirtiéndose en lo que es necesario para cada uno de ellos. Así el Espíritu Santo, siendo uno y de un modo único, y también indivisible, distribuye la gracia «a cada uno en particular según su voluntad» (cf. 1 Cor 12,11).”13

Para distinguir los aspectos específicos de este Cristo, y por tanto la espiritualidad que de Él emana, el carisma vendrá en nuestra ayuda . “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso la Iglesia defiende y sostiene la índole propia de los diversos Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33; 35, 1, 2, etc.). La índole propia lleva además consigo, un estilo particular de santificación y apostolado que va creando una tradición típica cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individuados. Es necesario por lo mismo que en las actuales circunstancias de evolución cultural y de renovación eclesial, la identidad de cada Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que los religiosos sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su índole, se insertan en la vida de la Iglesia de manera vaga y ambigua.”15 La parte importante para descubrir el Cristo del fundador, y por ende, el Cristo de todos los hijos espirituales del fundador, es la experiencia del espíritu que hace el fundador de Cristo, de Dios, de las cosas divinas y que queda como camino indeleble para las futuras generaciones. Se presenta por tanto como labor prioritaria para conocer el Cristo del fundador, conocer la experiencia espiritual hecha por el fundador.

Esta experiencia espiritual no es una experiencia mística inalcanzable, sino una experiencia espiritual que es posible compartir, que es posible personalizar. En un primer momento Dios suscita en el fundador el deseo de solucionar una dificultad o de una necesidad apremiante en la Iglesia. Dios se valdrá de distintos acontecimientos, simples o espectaculares, para despertar en él la idea originaria de la fundación. Lo que pudiera haber quedado en el marco de un mero acontecimiento, por especial inspiración del Espíritu Santo, tiene un significado muy particular para el fundador. Observamos por tanto como ejemplos, que un sueño en la vida de Francisco de Asís en el que Dios le pedía reconstruir la Iglesia, o el que la beata Teresa de Calcuta observara a unos pobres hacinados en un vagón de tren, bastaron para desencadenar en ellos deseos, sentimientos, pensamientos y acciones que los llevaron a poner en pie una Congregación religiosa bajo un determinado carisma.

La mujer consagrada debe fijar su atención en esta realidad que ha originado el carisma. Dios se ha valido de una necesidad con el fin de que el fundador pudiera hacer una experiencia del Espíritu. No será ya la necesidad en cuanto tal la que mueva al fundador durante toda su vida, sino lo que esa necesidad le lleva a experimentar en el Espíritu. El fundador hace una experiencia personal, una experiencia espiritual a partir de la necesidad. Esta experiencia del Espíritu va más allá de la simple necesidad pues le permite experimentar a Dios, siempre a través de esa necesidad. Si bien la necesidad ha sido el vehículo para experimentar a Dios, la necesidad en un determinado momento de la vida del fundador, pasa a un segundo término.

Si queremos explicar someramente la experiencia que el fundador tiene de Dios, podemos afirmar que es sobretodo una experiencia del amor de Dios. El fundador se siente llamado a amar a Dios con unas características muy específicas y podemos decir que hasta novedosas, pues la misma novedad es característica esencial de un carisma. Esto se explica de la siguiente manera: la necesidad, hablando en un lenguaje figurado, fue el pretexto del que Dios se valió para suscitar en el corazón del Fundador un amor muy especial. Un amor que no se reduce sólo a un sentimiento o a un estado de ánimo pasajero, sino que pasa primero al entendimiento y después a la voluntad, de forma que el fundador queda polarizado por ese amor novedoso que Dios ha suscitado en su corazón, hipotecando su vida para la consecución de ese amor. Surge la necesidad, pero Dios suscita en el fundador movimiento en su entendimiento y en su voluntad para dar una solución a esa necesidad. Sin embargo, al profundizar en esos movimientos del entendimiento y de la voluntad, el Fundador capta que la verdadera y única solución se encuentra en Dios. Este punto es esencial al carisma. El carisma, como don de Dios para la Iglesia, no es una solución práctica (sociológica, psicológica, administrativa) a un problema humano, sino que es una manifestación del amor de Dios por ayudar al hombre a acercase a él.

El fundador comienza por tanto a darse cuenta que sólo el amor de Dios es capaz de dar un respiro, una solución adecuada a la necesidad apremiante. De aquí que la solución se convierta en una solución integral, que abarca aspectos humanos y espirituales del hombre. El fundador inicia entonces una profundización en su relación con Dios, que lo llevará después a tener también una relación especial con los hombres, especialmente con aquellos a los que está llamado a ayudar. Las relaciones que el fundador tiene con Dios y las que desarrollo con los hombres darán origen a una espiritualidad y a un apostolado originales, muy específicos, que serán materia de nuestro estudio, especialmente cuando analicemos el capítulo siguiente al estudiar las formas en que la mujer consagrada puede vivir el espíritu.

En esta primera etapa puede ilustrarse con las palabras de Benedicto XVI cuando habla del amor del hombre a Dios: “El encuentro con las manifestaciones del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, este es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por <> y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.”16

Aquí aparecen ya los primeros indicios para el programa de vida: aprender el amor de Dios a través del Fundador para conocer cuál es el amor que cada persona consagrada debe desarrollar.

El amor a Dios que el Espíritu suscita al fundador no es un amor genérico. Si hemos dicho que este amor parte de una necesidad específica y apremiante de la Iglesia, para regresar después a los hombres, convertido dicho amor en iniciativas concretas que tienen como objetivo mitigar los problemas y las dificultades debidas a la necesidad apremiante, este amor a Dios se reviste de matices muy específicos, configurados por la necesidad apremiante. El fundador aprende a amar a Dios en la forma en que la necesidad apremiante lo ha modelado. Si es en Dios en dónde va a encontrar la inspiración para subsanar la necesidad apremiante, no es en Dios en general, sino en un aspecto específico de Él que viene a satisfacer dicha necesidad. Buscar en Dios un aspecto característico, significa para el fundador dejarse guiar por el Espíritu y ver en Dios, en alguno de sus misterios o virtudes, un punto que le servirá de inspiración para expresar su amor personal a Dios y para la solución de la necesidad apremiante. Este misterio de Dios o virtud específica se convierte en un punto clave, un icono de la Congregación a Instituto religioso. En muchos casos el misterio de Dios ha sido la persona de Cristo o su evangelio, vistos siempre bajo un perfil o un ángulo de vista muy especial, una “particular prospectiva unificante.”17 La persona consagrada debe aprender a poner como centro de su proyecto de vida este Cristo o misterio de Dios específico que ha experimentado el Fundador.

Se da origen también a una forma específica de espiritualidad,18 fundamentada en la experiencia personal del amor de Dios y en la comprensión específica del misterio de Dios que hace el fundador. Estos dos aspectos, experiencia personal del amor de Dios y comprensión del misterio de Dios dejarán huellas indelebles en el Instituto, llegando incluso a conformar su propia identidad. “La consagración religiosa se vive dentro de un determinado instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad, acepta y aprueba. Esto significa que la consagración se vive según un esquema específico que pone de manifiesto y profundiza la propia identidad. Esa identidad proviene de la acción del Espíritu Santo, que constituye el don fundacional del instituto y crea un tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado y de tradición (Cf. MR 11). Cuando se contemplan las numerosas familias religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de dones fundacionales. El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos como dones que son de Dios (Cf. PC 2b). Ellos determinan la naturaleza, espíritu, fin y carácter, que forman el patrimonio espiritual de cada instituto y constituyen el fundamento del sentido de identidad, que es un elemento clave en la fidelidad de cada religioso (Cf. ET 51).”19 Y no puede ser de otra manera, ya que el carisma, como don de Dios para la Iglesia, encuentra en la espiritualidad su manifestación externa más palpable.

Si “los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo,”20 se sigue la necesidad de encontrar medios concretos en los que el carisma se materialice para edificar la Iglesia, para el bien de los hombres y para satisfacer las necesidades del mundo. Uno de estos medios es la espiritualidad que nace de la experiencia del Espíritu que el fundador a hecho del Amor de Dios y de la comprensión de su misterio, en alguna forma específica. Esta espiritualidad conformará el camino para llegar a Dios, a Cristo. La persona consagrada debe conocerlo y poner algunos de esos elementos como medios en su programa de vida personal.

La experiencia que el fundador hace del amor de Dios le permite dejar a sus discípulos una forma muy específica de relacionarse con Dios. Estas relaciones crean la base para vivir el misterio de la fe en una forma peculiar. Si todos los hombres buscan una relación personal e íntima con Dios, el discípulo de un carisma encuentra en la experiencia del Espíritu del fundador un modelo para seguir. Como toda experiencia espiritual, no podemos decir que el discípulo esté llamado a reproducirla, pues la experiencia espiritual de cada persona es irrepetible. Pero puede servir como marco de referencia, como guía sobre la que el discípulo puede apoyarse para hacer su propia experiencia personal espiritual de Dios. La base sobre la cuál se apoyará está dada en la experiencia personal espiritual del fundador, que se identifica con la experiencia del Espíritu. Será necesario por tanto, que el discípulo conozca la experiencia personal espiritual del fundador para que sobre ella trace la suya propia21 .

Hemos mencionado que parte de la espiritualidad queda constituida también por la comprensión específica del misterio de Dios que ha hecho el fundador. Nuevamente, el discípulo está llamado a conocer estos rasgos característicos y específicos que han permitido al fundador leer el evangelio bajo un nuevo ángulo, bajo una perspectiva diferente. Esta novedad, decíamos, viene dada por la necesidad apremiante, pero sólo como referencia. Como criatura espiritual, el carisma va más allá del aspecto temporal que la originó, pues la necesidad apremiante se convierte sólo en un pretexto. Pretexto históricoque será importante reconocer y recordar porque ha sido el inicio, querido por Dios, para dar origen al carisma, y que de alguna manera permeará siempre la memoria de la Congregación o Instituto religioso. Pero, además de conocer este hecho histórico, temporal, el discípulo deberá conocer la forma en que el fundador ha leído el evangelio o ha comprendido el misterio de Dios, bajo una forma específica, con el fin de ordenar su vida a la adquisición de esta nueva visión sobrenatural. Decimos, nueva visión sobrenatural, porque la lectura del evangelio o del misterio de Dios le permitirá andar por la vida con un objetivo claro y definido. Las realidades terrenas podrán ser leídas bajo el nuevo prisma de la contemplación del evangelio o del misterio de Dios, que en forma específica ha querido dotar Dios al fundador y a aquellos que lo seguirán en el tiempo. Conviene por tanto, que el discípulo conozca con certeza y claramente cuál es la lectura del Evangelio o la comprensión del misterio de Dios que el fundador ha experimentado bajo la experiencia del Espíritu.

- Etapa de la cristología: conocimiento y seguimiento de Cristo.
La lectura del Evangelio, bajo un punto de vista específico que proviene de la experiencia del Espíritu, o la comprensión del misterio de Dios que el fundador ha experimentado en algún punto específico o determinado, también bajo la experiencia del Espíritu, le otorgan la capacidad de analizar la realidad bajo ese punto de vista.

La realidad para el fundador no es otra cosa que la necesidad apremiante en la Iglesia, que Dios le ha hecho ver. Habiendo hecho la experiencia del Espíritu y habiendo comprendido el evangelio o el misterio de Dios desde esa experiencia del Espíritu, el fundador experimenta que es Cristo que sufre de una manera muy especial en la necesidad apremiante. Este aspecto es característico de los fundadores y pieza fundamental para entender la actualidad del carisma. No se trata de dar una solución humana a la necesidad apremiante. Esto podría hacerlo cualquier persona desde diversos puntos de vista. Se trata más bien de salir al encuentro del Cristo que sufre en la necesidad apremiante. Surge así una transformación de dicha necesidad apremiante. Sigue siendo una necesidad real, encarnada en hombres, mujeres, niños o adolescentes. Para Luisa de Marillac seguirán siendo los pobres del París de aquel entonces, para San Juan Bosco serán los centenares de jóvenes sin educación ni formación en la periferia del Turín que se abría con pujanza a la revolución industrial, y así podríamos mencionar a cada fundador con la propia necesidad apremiante que Dios le ha permitido vislumbrar. Pero la transformación que opera la experiencia del Espíritu en esa necesidad apremiante, permite que el Fundador penetre espiritualmente dicha necesidad, dicha realidad, y vea a Cristo en esa misma necesidad apremiante de la Iglesia.

Este proceso de ver a Cristo en los hombres tiene su raíz en la necesidad apremiante. Ahí el fundador se siente interpelado por Dios para dar una solución, una respuesta a dicha necesidad que experimenta la Iglesia. La primera transformación a la que da origen la experiencia del Espíritu es la capacidad de ver dicha necesidad apremiante bajo un prisma sobrenatural. El fundador no es sólo un filántropo que busca hacer el bien a la humanidad, poniendo remedio a una necesidad específica en un tiempo determinado. El fundador, bajo la inspiración de Dios, ve en la necesidad específica a una parte de la Iglesia que necesita ayuda. Logra ver en cada persona una parte del Cristo que sufre en esta tierra. A partir de la experiencia personal espiritual lee el evangelio y entiende el misterio de Dios desde un prisma específico. Las órdenes hospitalarias, por ejemplo, captarán el Cristo que busca ser acogido en la figura del samaritano, o se identificarán en la parábola de Dios cuando el Señor reconoce a los que le hicieron el bien entre los “más pequeños”. Y así, cada uno de los fundadores verá que es a Cristo, a través de la necesidad apremiante, a quien se ayuda, a quien se le hace el bien, a quien se quiere servir22 .

Esta relación personal con Cristo, que se verifica a través de la necesidad apremiante, en una realidad concreta, permite al fundador establecer una escuela de apostolado muy específica en la que sus métodos, sus directivas, sus indicaciones no deberán ser consideradas como emanadas de su inventiva o genio humano, sino que serán producto de la experiencia espiritual personal, y de la comprensión específica del evangelio o del misterio de Dios. De esta manera, el Fundador logra abstraerse de la dimensión del tiempo y del lugar en la que ha nacido la necesidad apremiante, para pasar a la dimensión sobrenatural de dicha necesidad apremiante, dando origen a la misión del Instituto religioso o Congregación23 . Las personas con sus necesidades humanas o espirituales pasan a ser partes del Cristo que sufre, ya sea en el cuerpo o en el alma, a lo largo del tiempo y en diversas circunstancias. El fundador comienza así a desarrollar una nueva faceta del carisma: su relación con Cristo.

La fuerza, el motor, el detonante que permite ver en la necesidad apremiante al Cristo que sufre, no es otra que el amor a Dios24 . Si el fundador no hubiera desarrollado este amor a Dios, bajo el prisma específico de su experiencia espiritual personal, no podría haber desarrollado un apostolado específico. Su trabajo se hubiera quedado circunscrito a un paliativo humano para ese tiempo y esa circunstancia específica de la necesidad apremiante de la Iglesia. El amor a Cristo en esa realidad apremiante y con las características propias de la experiencia espiritual personal, permitirá al fundador y a sus seguidores, encontrar siempre a un Cristo que sufre en la forma específica en que lo contempló el fundador, a pesar de lo que puedan cambiar las circunstancias de tiempo y lugares.

Este Cristo que ha encontrado el fundador es el que se presenta bajo diversas circunstancias de tiempos y lugares, escondido en la necesidad apremiante. La necesidad apremiante podrá cambiar de fachada, pero en su esencia siempre será la expresión de una necesidad específica del Cristo que sufre. La labor del discípulo del fundador consistirá en reconocer en las nuevas circunstancias de tiempos y lugares, al mismo Cristo que sufre y que experimentó el fundador. Para guiarse en esta labor, podrá servirse de la experiencia espiritual personal del fundador, aplicada a las circunstancias actuales en las que se debe desarrollar la misión del Instituto. El trabajo espiritual que debe guiar al discípulo del fundador es el de leer en la actualidad las notas esenciales del mismo Cristo sufriente que experimentó el fundador. Podemos afirmar que este Cristo se presenta con un nuevo rostro, pero que en su esencia, no cambia.

El seguimiento de Cristo. El carisma, en su novedad expresa realidades perennes con una nueva faceta, incluso nos atreveríamos a decir que con una nueva frescura. El carisma no cambia la esencia o el fundamento de dichas realidades, sino que, partiendo de la originalidad de la que está provista por la experiencia del Espíritu, puede engendrar una nueva relación con dicha realidad. Utilizando una imagen de san Cirilo de Jerusalén diremos que el Espíritu produce efectos diversos, aunque mantiene su esencia. La experiencia del espíritu permite ver aspectos específicos de Cristo, aunque el Cristo siga siendo el mismo: “Siempre cae (el agua) del mismo modo y de la misma forma, aunque son multiformes los efectos que produce: una única fuente riega todo el huerto. Y una única e idéntica tormenta desciende sobre toda la tierra, pero se vuelve blanca en el lirio, roja en la rosa, de color púrpura en las violetas y en los jacintos, y diversa y variada en los distintos géneros de cosas. De una forma existe en la palma y de otra en la vid, pero está toda ella en todas las cosas, pues (el agua) es siempre la misma y sin variación. Y, aunque se mude en tormenta, no cambia su forma de ser, sino que se acomoda a la forma de sus recipientes convirtiéndose en lo que es necesario para cada uno de ellos. Así el Espíritu Santo, siendo uno y de un modo único, y también indivisible, distribuye la gracia «a cada uno en particular según su voluntad» (cf. 1 Cor 12,11).”25 Cristo será siempre el mismo, pero el agua, que es la experiencia del Espíritu hará ver un Cristo blanco en el lirio, rojo en la rosa, púrpura en las violetas y en los jacintos. Así, siguiendo esta analogía diremos que siendo Cristo el mismo, por la experiencia del Espíritu, se presentará con distintos matices: “En efecto, esta triple relación emerge siempre, a pesar de las características específicas de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho mismo de que en ellos domina « una profunda preocupación por configurarse con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su misterio »,aspecto específico llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradición más genuina de cada Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos.”26

Uno de los elementos esenciales de la vida consagrada es el seguimiento de Cristo. Esta realidad nos la viene presentado el Magisterio de la Iglesia en forma significativa durante el período actual de la renovación de la vida consagrada. En la Perfectae caritatis leemos: “Como quiera que la última norma de vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como lo propone Evangelio, todos los Institutos ha de tenerlos como regla suprema.” En Elementos esenciales sobre la vida religiosa: “Por los votos, el religioso dedica con gozo toda su vida al servicio de Dios, considerando el seguimiento de Cristo « como la única cosa necesaria » (PC 5) y buscando a Dios, y solo a Él, por encima de todo.”28 Y por último, en Vita consecrata: “El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6), llama a todos los que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9) a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el abandono de todas las cosas (cf. Mt 19, 27) para vivir en intimidad con Él y seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).”29

Hemos dicho que el fundador bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha hecho una experiencia del Espíritu que le ha permitido percibir una nueva comprensión específica del evangelio o del misterio de Dios30 . Ha conocido una nueva faceta del misterio de Dios que se traduce en un conocimiento específico de Cristo. El fundador se convierte por tanto en un hombre o en una mujer “evangélicos”. Su actuar, su pensar y su querer quedan centrados por el “nuevo” Cristo que ha experimentado. Y pasa de un conocimiento teórico, a un conocimiento experimental, esto es, se convierte en un seguidor de Cristo. No se contenta con el conocimiento que ha adquirido de Cristo en su interior, sino que quiere imitarlo en su vida. Es por ello que podemos afirmar que cada fundador propone una nueva cristología al establecer con su vida un estilo específico del seguimiento de Cristo. El fundador quiere seguir a Cristo bajo las características específicas que ha experimentado, primero en la experiencia espiritual personal, y después, en la comprensión específica del evangelio y/o del misterio de Dios. Ambas harán que seguimiento de Cristo quede revestido de una espiritualidad particular y específica que deberá invadir todas las esferas del vivir, del pensar, del querer y del obrar cotidiano.

Es necesario por tanto conocer a fondo este nuevo Cristo que nos presenta el fundador. Más que un nuevo Cristo es el mismo Cristo visto bajo un punto de vista muy particular, un punto de vista generado a partir de la experiencia del Espíritu del fundador. Estos nuevos puntos de vista no vienen a suplantar ninguno de los elementos esenciales de la vida consagrada, a saber, la consagración mediante los votos, la vida fraterna en comunidad, la misión evangélica, la oración, el ascetismo, el testimonio público, las relaciones con la Iglesia, la formación y el gobierno31 . Éstos vienen a quedar revestidos del Cristo que ha conocido y experimentado el fundador, ya que se sigue a Cristo pobre casto y obediente con el carisma; se hace oración con el carisma, las prácticas ascéticas de la Congregación provienen siempre del carisma, etc. Cada aspecto de la vida consagrada se hace con el carisma, con el fin de imitar a Cristo, “el primer consagrado por el Padre.”

Esta imitación, lo veremos en el siguiente capítulo, debe bajar a todos los detalles de la vida de la mujer consagrada, pues así ha quedado consignado por el fundador. Las Constituciones, los Estatutos, le Regla de vida y los demás documentos oficiales de la Congregación no deberían tener otro objetivo que el de desarrollar más plenamente el carisma para lograr que infunda y dé vida a todas las realidades con las que tienen contactos los miembros del Instituto o Congregación, de tal manera que pueda brillar con mayor esplendor el Cristo que ha conocido el fundador. Una vida consagrada que no haga referencia constante al Cristo del fundador, es una vida consagrada débil, sin identidad propia, dejada al vaivén de cualquier ideología o punto de vista.

La identidad propia, tan auspiciada por el Concilio Vaticano II32 y recordada por el Magisterio en esta época de renovación de la vida consagrada33 , tiene en el seguimiento de Cristo su fundamento. Las notas características que distinguen a un Instituto de otro, tienen su origen en la cristología específica. Quien da sostén a cada elemento específico de la vida consagrada vivido con un estilo particular –el estilo querido por el fundador- lo es sin duda la persona de Cristo. Si la referencia última de todo el actuar, vivir y querer de los miembros del Instituto no es la persona de Cristo presentada y vivida por el fundador, la vida consagrada podrá caer en dos escollos. En un rigorismo ascético, lleno de normas, disciplinas, horarios, pero vacío de Cristo. O en un laxismo exasperante (propio del relativismo de nuestra época) en dónde todo tiene cabida, porque no hay puntos de referencia estable34 .

El punto de referencia para cada Congregación debe ser la persona de Cristo, con los matices propios con los que lo vio, lo vivió y lo transmitió el fundador. Ahí convergen y de ahí parten todos los elementos esenciales de la congregación: su espiritualidad, el seguimiento de Cristo y las manifestaciones concretas de su obrar cotidiano. Dichas manifestaciones concretas podrán recogerse en las sanas tradiciones y en todo aquello que forme el patrimonio espiritual35 y apostólico del Instituto: “Todos han de observar con fidelidad la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del Instituto.” Leer más...

Vivir con Alegría


Vivir con Alegría.
Hay que pedirle a Dios el arte de sonreír.


Un día me senté simplemente delante de mi ordenador con la idea de escribir los pensamientos y sentimientos que brotaran de mi mente y de mi corazón.

Una vez que empecé, me sorprendí de lo fácil que era seguir escribiendo sobre mi mismo, sobre mis amigos y familia y sobre Dios. Mucho de lo que escribo forma parte de mi vida. No intento ser original sino auténtico. A veces no me gusta ser como soy, pero sí, ser el que soy. Me gustaría claro, tener esas virtudes de las que sin duda carezco y derrochar más amor hacía los demás.

Sin embargo no quisiera ser otra persona ni parecerme a nadie sin otro fin, que poder dar el máximo de mi mismo, porque estoy convencido que uno tiene que empezar a aceptarse y amarse así mismo, para poder aceptar, amar y ayudar a los demás.

Además, uno debe poseer un punto muy especial de agradecimiento, cuando recibes la alegría de alguien que te dice que una palabra tuya le fue útil. Y consideras que es un milagro, estar en cierto modo viviendo en los demás esa misteriosa forma de fecundidad que hace que la alegría, idea o ganas de vivir nazca en un alma diferente de la tuya.

Por todo ello, puedo comprender lo que hace unos días me decía mi amigo Gilberto, del que ya he hablado en estos escritos, que padece una horrible soledad motivada por la fuerte depresión que le supuso entre otras cosas la ruptura de su matrimonio.

Comentaba Gilberto que después de mucho meditar sobre su estado de pesimismo casi crónico, se había dado cuenta de que verdaderamente su asignatura pendiente más importante en su carrera de hombre, había sido la de no dar ante todo culto a la alegría. Que tal vez no se haya podido recuperar de su tristeza acordándose de cuando era niño, de los sufrimientos de entonces, de la miseria de los años cuarenta y cincuenta, de todo los que se nos vino encima, guerras, posguerras, hambre y falta de libertades, por culpa de radicalismos, ambiciones y rencores de mucha gente.

Yo le digo que lo primero que deberíamos entender todo hombre, es que los humanos, no nacemos felices ni infelices, sino que la vida nos enseña a ser una cosa u otra y que nuestro éxito será el saber elegir entre buscar la felicidad o aceptar la desgracia. Que en cualquier modo la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que aún así, hay motivos más que suficientes de alegría a través de nuestra vida, sin dejarnos llevar por el sueño de conquistar la felicidad entera. Sinceramente no creo que haya recetas para conseguir la felicidad, pero una clave sería la de descubrir la nuestra propia, que por supuesto sería distinta de la de nuestros amigos.

No sé, pero me parece a mí que la clave de la alegría sería descubrir que no es que la vida sea aburrida y nos llene de problemas, si no que los que somos aburridos somos nosotros que hemos olvidado el tesoro que tenemos en la bodega de nuestra alma y somos incapaces, a veces, de dar solución a problemas que podrían tener solución a poco que lo intentáramos.

A mí me desconcierta la gente que parece vivir para la tristeza y se olvida de pedir a Dios el supremo arte de sonreír y de estar alegres
Siempre he sentido envidia de aquellas personas que permanecen alegres y que poseen una sonrisa sana y constante. Reconozco que existen sonrisas mentirosas, irónicas y despectivas. Pero yo no hablo de éstas, sino de las que nos ofrece con su pureza un niño de ocho meses, o la de los viejitos que nos la regalan con facilidad y llenas de sinceridad. Y por supuesto las que surgen de un alma iluminada que por amar mucho, sonríe fácilmente y siempre suele estar alegre, porque sabe que la sonrisa y la alegría, producen paz. Un amargado jamás sabrá sonreír y un orgulloso menos.

Uno, sin poder evitarlo tiene que recordar a Juan XIII, al llorado y querido Roncalli , que mantenía siempre una beatífica sonrisa en sus labios, para entender que con hombres alegres, serenos, sonrientes, abiertos, confiados y humanamente cristianos como él era, el mundo estaría salvado.

Tal vez por ello, a lo largo de mi vida he pensado muchas veces, algo que me comentaba en mis años de adolescente, aquel viejo Profesor escolapio José de Calasanz: “El mal provoca tristeza y el bien alegría. La tristeza es una gran sensación de vacío y de fracaso, mientras que la alegría produce al que la siente, el mayor gozo del mundo. No olvides nunca que un mundo en el que los viejos fueran tristes y los adultos serios y aburridos sería una tragedia. Pero una tierra de jóvenes hastiados y pasotas sería una catástrofe”. Leer más...

Hacia una "perspectiva de familia".


Hacia una "perspectiva de familia"

La controversia contemporánea sobre el ser humano es compleja y se encuentra enmarcada por un cambio cultural de alcances aún insospechados. Los más importantes debates intelectuales de nuestro tiempo expresan en buena medida un muy profundo fenómeno que trasciende por mucho la mera discusión académica. Desde el ámbito de la filosofía, de la sociología y de muchas otras disciplinas parece cada día haber más consenso respecto que nos encontramos en un verdadero proceso de cambio epocal1. Es en este contexto en el que la familia – junto con muchas otras instituciones – experimenta cuestionamientos radicales que motivan relecturas muy diversas.

La centralidad que posee la familia respecto de otras instituciones también muy relevantes no es difícil de advertir. Los gobiernos, las empresas, las escuelas, los sindicatos, las iglesias y los organismos de la sociedad civil son una breve lista de espacios que se encuentran condicionados en su dimensión cualitativa por lo que acontece en el seno de las familias.

Evidentemente la familia no es el único factor determinante al interior de una comunidad. Sin embargo, por el papel que desempeña dentro de la funcionalidad social sí podemos afirmar que es la instancia más destacada desde un punto de vista cultural. El camino educativo que la persona emprende desde el momento de nacer se encuentra acompañado no sólo por relaciones más o menos furtivas con otros individuos sino por los valores que se establecen al entablar relaciones afectivas significativas. La familia, como comunidad que brinda el espacio de emergencia de la persona desde el punto de vista de su socialidad, introduce al ser humano en un ethos específico que, aunque dinámico, sin lugar a dudas posee una función fundante y de invaluable importancia para la comprensión de las comunidades en las que participará en momentos posteriores de su desarrollo.

Es precisamente el papel que tiene la familia como camino educativo lo que nos permite entender de una manera rápida que los complejos cambios sociales que experimenta el mundo en la época contemporánea tienen a esta institución en su base. No podemos negar que existen hoy dinamismos muy complejos e influyentes que de manera más o menos anónima impactan en el ethos real de las personas y de los pueblos. La teoría de sistemas contemporánea nos ayuda enormemente a comprender la «clausura» y la capacidad de «autoproducción» (autopoiésis) que tienen los sistemas, por ejemplo, económicos o políticos, para automantenerse, autolegitimarse, y por lo tanto, para resolver y disolver en sus funciones y comunicaciones a las personas y a las familias como sujetos relevantes2.

Sin embargo, aún tomando en cuenta este tipo de observaciones, no es posible negar que la familia como «comunidad de personas» (communio personarum) más que como sistema o «entorno» de un sistema, posee una capacidad sui géneris para cualificar procesos y estructuras. Esta cualificación nunca podrá ser señalada como «determinante» debido, precisamente, a su índole específica, a su dimensión personal (o personalista, mejor dicho). Sin embargo, su relativa «indeterminación» es la que le da un alcance y profundidad insospechados que rebasa las previsiones más ambiciosas introduciendo un elemento de imprevisibilidad que sólo lo auténticamente humano posee como característica propia.

1. Modelos explicativos que dificultan apreciar la funcionalidad de la familia

Existen modelos explicativos de la familia que dificultan apreciar su funcionalidad fáctica. Somos de la opinión que sería posible dedicarnos a discusiones y puestas en práctica más redituables si cobráramos conciencia más clara de las limitaciones que ofrecen algunas posturas para comprender la realidad de la familia3.

Una primera postura que es preciso deconstruir aunque sea sucintamente es la visión evolucionista de la familia. Para esta posición la familia es un entorno relacional condicionado culturalmente, que en una sociedad en continuo progreso científico-tecnológico, verá gradualmente disminuidas sus razones de justificación. Quienes defienden este modelo sostienen que en una sociedad primitiva – como la de las zonas rurales pre-industriales – es sumamente funcional la existencia de la «familia extensa» con fuertes vínculos comunales y solidarios que permiten el surgimiento del fenómeno de la socialización. El progreso, - al darse inexorablemente gracias al desarrollo de la capacidad crítica de la razón, la destrucción de mitos y la introducción de tecnología, - constituirá un salto cualitativo que permitirá la urbanización haciendo surgir un nuevo modelo de familia, la familia centrada en el «núcleo familiar» y en la habitación urbana en la que los fuertes lazos comunales son sustituidos por la autosuficiencia que brinda la tecnología y algunos de los más importantes servicios (piénsese en los supermercados).

Así es como lentamente el progreso social va disminuyendo la necesidad de mantener a la familia como experiencia socializadora fundamental quedando sustituida por la capacidad de administrar nuestras «relaciones públicas» y un eficiente manejo de «gadgets» que faciliten la comunicación y el orden en nuestras citas. De esta manera surge la idea de que es posible («¿por qué no?») que las tradicionales funciones familiares sean desempeñadas por otras instancias menos permanentes y más satisfactorias en términos de ajuste al paradigma de la racionalidad instrumental propio del mito del progreso indefinido. La proliferación de modelos de «familia alternativa» daría paso, de manera gradual, a la superación de la estructura familiar. Esta es la comprensión que han desarrollado autores como Claude Lévi-Strauss, Ferdinand Tönnies y Anthony Giddens4.

Nadie puede negar que esta postura parte de algunos hechos incontestables. La familia realmente ha experimentado en muchos ambientes la influencia de la racionalidad instrumental y del mito del progreso indefinido. Sin embargo, es realmente sorprendente desde un punto de vista estrictamente filosófico, cómo los defensores contemporáneos de estas ideas argumentan como si no hubiese sucedido nada en los últimos cien años al respecto de las premisas que soportan este tipo de aseveraciones, como si la modernidad ilustrada no hubiese mostrado sus contradicciones internas…

En efecto, no es difícil percibir que toda esta postura se encuentra sostenida en la validez de la modernidad ilustrada como proyecto emancipador. El fracaso especulativo y práctico de esta posición ha sido denunciado y puesto a la vista del mundo no sólo a través de importantes obras sino de trágicos sucesos que no pueden ser ignorados. La caída del muro de Berlín en 1989 y la destrucción de las torres gemelas en 2001 son simplemente dos de los más recientes íconos de una crisis que tiene una misma matriz ideológica en ambos casos5. Cada vez que la razón autosuficiente quiso autofundamentarse y autolegitimarse para liberarse de viejas esclavitudes se tornó en gobierno despótico de derechas o de izquierdas por igual. La tecnologización de la vida que auguraba unívocamente mejores estadios de progreso ya sea acompañada de la supremacía del Estado o de la «libertad» que brinda el mercado, sin dudas conllevó progreso para algunos, pero no desarrollo humano para todos. Hoy no es difícil constatar empíricamente que las experiencias más propiamente humanas que evitan que la vida naufrague y caiga en el sinsentido y en el hastío, no están directamente relacionadas con el arribo de tecnología a una determinada población. Por el contrario, los países en los que la modernidad ilustrada penetró con más hondura si bien gozan de una superabundancia de bienes y servicios, no se destacan por su vivencia de la virtud de la esperanza. Hoy somos testigos de muchas sociedades cansadas – aunque saturadas de bienestar – en las que la desintegración familiar, la angustia y el proceso de envejecimiento poblacional son sólo algunos de los indicadores de que algo no funcionó del todo bien, por decir lo menos6.

Con esto no deseamos insinuar que la carencia de bienestar material entonces esté asociada con el desarrollo humano auténtico. Lo que deseamos subrayar es simplemente que no es empíricamente verificable el que los proyectos modernizadores siempre logren mejores estadios de vida y aseguren que las sociedades funcionen de una manera más humana7. La modificación-disolución moderno-ilustrada de la estructura familiar no es un fenómeno que resulte indiferente al desarrollo de las sociedades reales. Si la funcionalidad originaria de la familia se vulnera al sumergir a esta dentro del canon supuestamente liberador de la supremacía de la vida pragmática y desmitologizada, la sociedad se debilita en sus fundamentos cualitativos, que por otra parte, son los que ordinariamente permiten la convivencia pacífica, la relación solidaria, el cumplimiento de normas (incluidas las leyes civiles) y evitan, por cierto, la violencia.

Existe otra hipótesis sobre la familia que podríamos llamar individual-vitalista. En esta segunda posición el progreso histórico sede su lugar al tiempo vital del ser humano. El protagonista ya no es la racionalidad auto-fundada sino la centralidad del individuo y lo que le sucede a éste desde que nace hasta que muere. Esto quiere decir que el sujeto humano individual pasa por situaciones familiares diversas que respetan ciertos «ciclos vitales» a través de los cuales es posible identificar los momentos de emancipación, la formalización de relaciones íntimas, el arribo de los hijos, la incorporación del individuo a hogares múltiples, etc.

Esta visión es popular en los contextos que aprecian como valor central la autonomía del sujeto individual. La familia y sus características no nacen de una dinámica natural propia de la persona-en-relación sino del condicionamiento que sufren los ciclos vitales a causa de la amortización y monetarización de elecciones privadas que al sumarse se tornan en una elección pública. El premio Nobel de economía Gary Becker y sus seguidores, por ejemplo, sugieren una teoría del matrimonio basada en el cálculo racional de la maximización del valor de las comodidades esperadas (monetarias y no-monetarias), de manera que cuando cambian las circunstancias y se altera la utilidad prevista, la racionalidad implicaría el divorcio, tener un hijo, evitarlo, etc8.

El individual-vitalismo parece ser una gran bandera para reivindicar al sujeto humano autónomo. Lamentablemente, esta concepción pierde varias dimensiones esenciales de la persona. Pensemos brevemente en la dimensión comunional y donal. El individualismo en sus diversas expresiones no renuncia a la vinculación social. Sin embargo, la considera justamente un escenario de optimización de actividades en la que una persona es mejor en la medida en que logre satisfacer sus necesidades y expectativas individuales utilizando para ello su relación con los demás. Este tipo de perspectiva destruye cualquier corresponsabilidad basada en la participación de todos en una común humanidad. Así mismo, clausura la posibilidad de la gratuidad en las relaciones, factor esencial al momento de establecer comunidades estables sean de la índole que sean.

El individual-vitalismo en algunos momentos parece acercarse a un reconocimiento auténtico de la condición real de las personas. Sobre todo en sus versiones de alta divulgación asume un ropaje sumamente cautivador. ¿Quién no ha sentido la seducción de algún motivador que convoca a la superación individual a través de la búsqueda de la propia realización? ¿Quién no ha escuchado, ya sea al momento de participar en un proceso de cambio organizacional o al mirar un programa de televisión, llamadas a entender el bien de la persona como un acto de autenticidad individual y subjetiva o como la «satisfacción de las necesidades dinámicas del cliente»? ¿No es acaso cada vez más común legitimar decisiones de vida en base a la utilidad, la maximización de la satisfacción, y en el fondo, en base a la protección de una positiva relación costo-beneficio con los demás? 9.

Estas preguntas apuntan a una confusión importante. Que el hombre aspire a su realización individual no significa que esta pueda y deba lograrse bajo la guía de la optimización individualista y comercial de las acciones y de los esfuerzos. Todos los modelos antropológicos, sociales, económicos o políticos que han pretendido tal cosa más pronto que tarde han manifestado su disfuncionalidad. La sociedad bajo este canon no funciona porque las personas y las familias que buscan ser reconocidas y respetadas en sí mismas, por su valor intrínseco, no-comercializable, no encuentran más que un criterio utilitario (la conveniencia económica) al momento de ser valoradas.

2. Funcionalidad de la familia como «communio personarum»

Desde nuestro punto de vista la familia es un elemento esencial de la sociedad. Este papel central se logra gracias a la funcionalidad social insustituible que posee la familia. ¿A qué nos referimos? La familia posee funciones de latencia con respecto a la sociedad más amplia como son el mantenimiento de pautas de conducta y el manejo de tensiones10. Así mismo, existen funciones manifiestas que conforman el proceso de educación y socialización a través del cual las personas asimilan a su modo el ethos y la cosmovisión imperante en la sociedad. Ninguna otra institución puede proveer a las personas y a la sociedad del contenido cualitativo que se encuentra al interior de las funciones que la familia desempeña cuando se mantiene como communio personarum, como comunidad de personas. A grandes rasgos podemos afirmar que las principales funciones de la familia son cinco11:


Equidad generacional: la familia funciona cuando existe solidaridad diacrónica, es decir, corresponsabilidad intergeneracional (abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que permite que los miembros de la familia al poseer diversas edades y papeles puedan recibir diversos cuidados, afectos y equilibrios entre actividad laboral, servicio e inactividad forzosa a través del tiempo. La equidad generacional se ejercita en el ámbito de lo privado, es decir, de lo propiamente intra-familiar y tiene una incidencia fortísima en el ámbito de lo público: piénsese, por ejemplo, en los ancianos que al dejar de trabajar pueden ser acogidos, sostenidos y queridos por los más jóvenes.

Transmisión cultural: la familia funciona cuando educa en la lengua, la higiene, las costumbres, las creencias, las formas de relación legitimadas socialmente y el trabajo. Sobre todo la familia funciona cuando educa a las personas en el modo de buscar el significado definitivo de la vida que evita el naufragio existencial al momento de afrontar situaciones-límite: muerte de un ser querido, desamor, enfermedad, injusticia laboral, etc.

Socialización: la familia funciona cuando provee de los conocimientos, habilidades, virtudes y relaciones que permiten que una persona viva la experiencia de pertenencia a un grupo social más amplio. La familia es una comunidad en una amplia red de comunidades con las que se interactúa cotidianamente. Las personas desarrollan su socialidad, o mejor aún, su comunionalidad extra-familiar gracias a que la familia de suyo socializa dentro de sí y hacia fuera de ella.

Control social: la familia funciona cuando introduce a las personas que la constituyen en el compromiso con las normas justas, con el cumplimiento de responsabilidades y obligaciones, con la búsqueda no sólo de bienes placenteros sino de bienes arduos que exigen esfuerzo, constancia, disciplina. Es esta introducción al compromiso la que eventualmente aporta el ingrediente cultural para que las conductas delictivas puedan ser prohibidas a través de la ley, y además, la que permite de hecho que una ley vigente goce de un cierto respaldo cualitativo al menos implícito por parte de la comunidad.

Afirmación de la persona por sí misma: la familia funciona cuando ofrece una experiencia para todos sus integrantes de afirmación de la persona por sí misma, es decir, cuando el carácter suprautilitario de las personas – el valor que las personas poseen independientemente de su edad, salud, congruencia moral, capacidad económica, o filiación política – se salvaguarda y se promueve. Justamente esta función permite el descubrir existencialmente la importancia de la propia dignidad y de los derechos humanos que tienen su fundamento en ella12. Esta función también permite descubrir el sentido personalista de la amistad, lo más necesario en la vida, según Aristóteles13.

Las cinco funciones que la familia desempeña son condiciones de posibilidad de la vida social en general. El derrumbe histórico de las grandes civilizaciones acontece no sólo cuando existen poderes exógenos que desafían los poderes locales sino cuando la consistencia cualitativa, propiamente cultural de la sociedad, que habita en la familia al estar debilitada, hace vulnerables a las instituciones y a su capacidad de respuesta y adaptación al entorno.

3. La persona en la comunión-de-personas

Cuando hemos afirmado que las funciones antedichas las realiza la familia entendida como «communio personarum» deseamos indicar una realidad evidente e importante: la persona es un sujeto familiar, es un sujeto comunional, que no puede ser, entenderse o actuar sin la continua referencia ineludible a los «otros»,14 en especial, a esos «otros» que lo explican en la existencia (padres), en la permanencia (amores significativos) y en la proyección activa de la búsqueda del significado definitivo de la vida (matrimonio, filiación, trabajo, religión). La familia como «communio» significa que esta institución no sólo es un «hecho social», sino que es un método que permite a la persona descubrir que a la base de toda la funcionalidad social existe un «principio», un punto de partida indubitable, innegociable, no-comercializable, que sostiene a lo demás tanto desde un punto de vista ético como desde un punto de vista pragmático: la lógica del don y de la gratuidad.

La gratuidad fácilmente es trivializada como una suerte de fenómeno irracional propio de la vida privada. Sin embargo, la persona cuando reflexiona sin prejuicio sobre su experiencia puede encontrar que es precisamente la gratuidad la que en muchas ocasiones hace que la vida humana sea soportable y eventualmente adquiera sentido. Cuando algunos sociólogos como Francis Fukuyama reconocen que la «confianza» recíproca es esencial para la dinámica social parecen acercarse a esta misma cuestión aún cuando por las limitaciones metodológicas de su ciencia no les es posible comprender los motivos fundantes de una racionalidad que trasciende por mucho la pura respuesta a necesidades y tendencias15.

La gratuidad es difícil pero al mismo tiempo resulta fascinante. Gratuidad significa no «te deseo como un bien» sino «deseo tu bien», «deseo lo que es bueno para ti».

La gratuidad en la familia hace que esta se constituya como una estructura peculiar de «pertenencia». El formar parte de la familia hace que la persona no sólo se pertenezca a sí misma sino que pertenezca a otros. Es esta pertenencia recíproca la que permite que las dificultades de la vida individual puedan ser compensadas a través de la ayuda recíproca, y en no pocas ocasiones, excedente. Así mismo, es esta pertenencia la que nos permite entender algo sumamente sencillo y profundo: la persona no puede ser entendida y atendida auténticamente más que como un «sujeto-familiar», es decir, como un ser que no puede ser más que junto-con-otros con los que mantiene de manera estable un vínculo afectivo, justo, basado en la gratuidad diacrónica (con las generaciones que me anteceden y que me suceden) y en la gratuidad sincrónica (con quien establezco una relación justa llamada al amor en el matrimonio) 16.

4. La familia como perspectiva

Habiendo dicho esto es como llegamos a entender que la centralidad de la persona, hoy tan profusamente difundida hasta en los discursos de orden político o empresarial, es una abstracción mientras no comprende la dimensión familiar de la persona. La familia no es un añadido accidental de personas, no es solamente una superposición privada de afectos. La familia tampoco es un espacio prescindible al momento de entender o atender a las personas. Al contrario, la familia es el modo de aprehender a la persona en su circunstancia real. A través de la familia se alcanza a la persona y el haz de relaciones que constituyen su vida concreta.

Cuando esto no se entiende la primacía de la persona se vuelve un recurso retórico que disfraza una antropología individualista. En este punto no debemos ser ingenuos. No basta que a la persona y a la familia se les mencione mucho, no basta que desde la sociedad civil o desde el gobierno encontremos acciones que «de intención» buscan incidir en la persona real y en las familias.

Es necesario a este respecto algo nuevo. Es necesario entender que la familia tiene que volverse una perspectiva tanto para la comprensión como para la atención – en términos de servicio – de las personas reales.

Por ello me parece muy afortunado el comenzar a hablar de una «perspectiva de familia». ¿En qué consiste esta noción? ¿Qué contenidos se pretenden asignar cuando sostenemos que la familia es la «perspectiva» para no perder a la persona?

Por «perspectiva de familia» entiendo al menos cinco cosas esenciales:

ANTROPOLOGÍA PERSONALISTA-COMUNIONAL: el ser humano no es un individuo cerrado sobre sí al que «lo social» le advenga como mero fenómeno accidental. Así mismo, el ser humano no es una mera parte de un ente superior y colectivo. El ser humano real es persona. El término «persona» precisamente fue acuñado desde hace muchos siglos para significar un sujeto con identidad que posee dignidad y que se encuentra llamado a realizarse en la libre entrega a los demás17.

REIVINDICACIÓN DEL MATRIMONIO COMO INSTITUCIÓN JUSTA: la familia se encuentra asociada a la realidad del matrimonio. Esto jamás quiere decir que sólo exista familia cuando la pareja matrimonial vive o cuando esta funcione de manera óptima. Lo que se desea apuntar es que las funciones de la familia aparecen y se reproducen socialmente a partir del establecimiento de la protección legal de un nexo justo entre personas de diverso sexo que deciden libremente compartir la vida entre sí. El amor en la vida conyugal siempre supone la justicia. La justicia es el mínimo del amor. Por ello, las personas que se confiesan amor no pueden prescindir de proteger en la medida de sus posibilidades los elementos de convivencia justa que son la base mínima, que son el «piso», sobre el que se construye una vida en común que está llamada, evidentemente, a rebasar la pura justicia. El matrimonio civil, entonces, es una institución de suyo justa en su existencia y llamada a salvaguardar la justicia. La dimensión educativa que posee para los miembros de la familia el que la pareja matrimonial practique la justicia y la trascienda en el amor, es uno de los varios argumentos que permiten apreciar las razones por las que una «perspectiva de familia» pasa necesariamente por el fortalecimiento de la vida matrimonial como relación justa entre personas18.

REARTICULACIÓN DE LOS DERECHOS DE PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA GENERACIÓN19: la persona como sujeto familiar, y la familia como sujeto social exigen que los derechos individuales, los derechos económicos, sociales y culturales, y los derechos de la solidaridad entre las personas y los pueblos se afirmen simultáneamente como auténticos derechos exigibles. La familia no puede ser reivindicada a través de la afirmación unilateral de un solo tipo de derechos. En la actualidad muchos de quienes defienden, por ejemplo, el derecho a la vida, suelen desentenderse de las condiciones estructurales para la vida digna, como es el derecho al trabajo, a la salud o a la educación. Así mismo, quienes defienden derechos sociales o derechos solidarios suelen no prestar atención a los derechos, por ejemplo, del no-nacido. En particular a la ideología neoliberal se le dificulta reconocer los derechos de segunda y de tercera generación como auténticos derechos y los reduce a meros «ideales» de vida social. Esta es una manera rápida y elocuente de mostrar cómo las antropologías reductivas generan una distorsión al quedar desatendidos elementos que en justicia se le deben a las personas reales que viven en familia y que exigen una consideración más holística de su condición simultáneamente individual y comunitaria20. Los auténticos derechos de la familia y de la persona-en-familia, son derechos de las tres generaciones simultáneamente. Desde nuestro punto de vista, promover el esfuerzo legislativo y político para que estos derechos sean vigentes ayudaría de manera fundamental en el proceso de construcción de un auténtico «Estado-social-de-Derecho».

SUSTANTIVIDAD DE LA POLÍTICA SOCIAL-ADJETIVIDAD DE LA POLÍTICA ECONÓMICA: mientras la política social de los Estados siga siendo meramente compensatoria de las disfunciones causadas por quienes definen la política económica desde la lógica del mercado, la familia quedará siempre como un tema secundario. Una economía social de mercado coloca a «lo social» como sustantivo y al «mercado» como adjetivo. La racionalidad del mercado no tiene por sí misma la capacidad para leer aspectos cualitativos como la dignidad de las personas y de las familias, sobre todo de aquellas que se encuentran «fuera del mercado». La pobreza para ser adecuadamente entendida y atendida tiene que ser interpretada desde la familia, es decir, desde el núcleo comunitario en el que se vive y desde el que se sufre una problemática que raramente es meramente individual. Más aún, el lugar en el que es necesario verificar si una política social realmente funciona al servicio de las personas no es la evaluación de su impacto sobre el «individuo» sino la evaluación de su impacto sobre la «familia». Cuando la política social toma como parámetro-eje a la familia, se induce la vida comunional y solidaria que tanto hace falta en sociedades desafiadas por el individualismo y por conductas que desalientan la corresponsabilidad y la formación de ciudadanía21.

PROMOCIÓN ACTIVA DE LA FAMILIA DESDE LA SOCIEDAD CIVIL Y EN ESPECIAL DESDE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN: una «perspectiva de familia» no nace por decreto. Principalmente nace «desde abajo». ¿Qué queremos decir? La «perspectiva de familia» implica una particular hermenéutica (interpretación) de la persona, de la sociedad, de la economía y del Estado. Este tipo de interpretación sólo puede hacerse viable a través de un gran esfuerzo educativo en el que la sociedad civil, y en particular, los medios de comunicación, juegan un papel esencial. Para nadie es un secreto que en estos temas el principal reto es cultural. En México tenemos la enorme ventaja de aún poseer un entramado simbólico, axiológico y religioso que aprecia la vida en familia. Sin embargo, nada asegura que el espesor cultural de este aprecio perdure por siempre. Es urgente que desde la sociedad civil todos colaboremos a fortalecer los espacios naturalmente creadores de cultura (escuelas, asociaciones, iglesias, medios de comunicación) a través de propuestas innovadoras que muestren convincentemente las razones por las que vale la pena apostar por las familias.


5. Conclusión

Apostar por las familias no es un ideal frívolo, «rosa» o conservador. Apostar por la familia es apostar por la justicia, por el amor, por nuestra soberanía cultural. Es creer que es posible crear una sociedad que goce de un Estado de Derecho con un perfil más social y menos utilitario. Es trabajar por una economía más justa al momento de crear y distribuir riqueza. No hay que confundir el legítimo deseo de construir una «economía de mercado» con el alienante pseudo-ideal de una «sociedad de mercado». No todo aspecto de la vida humana es comercializable. La persona-en-familia es más que sus necesidades y sus deseos mercantiles. Las familias más pobres en nuestras comunidades son testigos – muchas veces sin voz – de esta verdad.

Para combatir la tentación de querer olvidar o de querer trivializar a la familia, es preciso pensar en una decidida acción transversal que permita introducir una nueva óptica en el quehacer de la sociedad civil, en las políticas públicas y en el mismo proceso de Reforma del Estado. Esta óptica es la que algunos llamamos «perspectiva de familia», es decir, «perspectiva» para que a través de un ambicioso programa de acción lo valioso de la vida se preserve, se promueva y se defienda. Leer más...

Bondad y Felicidad


Bondad y Felicidad.
Todos queremos gozar de la felicidad, pero hay que conquistarla...

Todos queremos ser felices, pero no tenemos un “dispositivo” para conseguir directamente la felicidad: la publicidad muchas veces engaña, al ofrecer algo muy por encima de lo que da aquel producto. Tenemos el placer y riqueza y todo esto como sucedáneos que duran poco; la felicidad hay que buscarla principalmente en las cosas espirituales (conocer y amar), a través de la potencia volitiva, que está en querer lo bueno: he de orientar mi vida –como decía Manzoni- no a estar bien, sino a hacer el bien, y así estaremos todos mucho mejor; es decir no he de querer ser feliz, sino bueno, y haciendo cosas buenas soy feliz, porque me convierto en bueno. Un «hombre bueno» es la manera que tenemos de honrar una persona cabal. Al estudiar la ética filosófica se entiende que el hombre tiende a la felicidad pero ésta consiste en satisfacer todas sus funciones lo cual implica que a través de sus facultades superiores puede conocer cómo sentirse realizado (inteligencia) y cómo realizar esa plenitud (voluntad). Pero la voluntad consiste en el querer y esta facultad no busca estar bien sino que tiende a través de la libertad escoger lo que es bueno. Es decir que la voluntad como objeto de sus operaciones no tiene el ser feliz, sino lo que aparece como bueno a sus “apetencias”. Por eso dice Manzoni que lo importante no es estar bien sino hacer el bien y así estaremos todos mucho mejor. Podría decirme a mí mismo que “esencial y radicalmente no he de querer ser feliz, sino bueno. Y es así como “de rebote” seré feliz.» En cambio, la búsqueda del placer me lleva a la insatisfacción. Puede parecer complicado, que la felicidad se adquiere no directamente sino “de rebote” cuando hago el bien, pero la más cruel de las desventuras es el engaño de mostrar la felicidad en señuelos pasajeros que dejan rastro de vaciedad.

Pero aún hay que dar otro paso, pues la voluntad tiende al bien pero el bien supremo es el amor. Es más, el hombre –imagen de Dios, que es amor- se realiza cuando –como el modelo de su ejemplar- vive de amor, reconoce el amor y se dedica a amar, la felicidad es propia de un corazón enamorado, del que sabe querer. En definitiva, para ser buenos no hay que hacer cosas bien en un sentido de moral de obligación, sino que se han de unir las dos cosas: el bien y el amor. Porque ella es siempre la consecuencia -¡no buscada!- de la propia perfección, de la propia bondad. Y para ser buenos, hay que olvidarse por completo de uno mismo y querer procurar el bien de los demás, recuerda Tomás Melendo: “hay que aprender a amar. Únicamente entonces, cuando la desestimemos plenamente, nos sobrevendrá, como un regalo, como un don inesperado, la felicidad. El amor, sólo el amor, engendra la dicha”.
El gozo se alcanza siempre al tener lo bueno que se buscaba, y así desde el placer que es el gozo más sensible hasta el éxtasis –salir de uno mismo- que es el más sublime. En todos los casos, es siempre consecuencia de tender a lo que se ve como bueno y cuando se busca el gozo en sí mismo se aborta.

El goce de la felicidad es consecuencia del amor, señal de plenitud en la realización personal, como decía Aristóteles, «querer al otro en cuanto otro», es decir, amar. O como dice la moderna fenomenología de Gehlen y Plessner: la superioridad del hombre sobre los animales es la aptitud para olvidarse del propio bien y querer y procurar el bien de los otros (no pensar en que me quieran, sino en querer). Entonces volvemos a confirmarnos en que somos imagen de Dios, quien obra por amor, pone el amor, y quiere sólo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad: y puesto que el hombre es imagen del Amor, se realiza también cuando ama, cuando vive de amor, y si no, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa. Como dice “Gaudium et spes” del Vaticano II, «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por si misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás», es decir en el éxtasis, la donación amorosa. El hombre bueno es quien hace el bien a los demás, y el hombre malo el que es egoísta y perjudica a los demás, pero entonces se autodestruye pues renuncia a ser hombre. Pero el mal no tiene la última palabra, existe el perdón: pues el amor es fecundo y tiene frutos, hijos: la fecundidad del amor es su hijo, que es el perdón. Como fruto del amor viene la misericordia que mueva a perdonar todo, y entonces es verdad que “amar es no tener que decir nunca lo siento”, pues está el perdón “englobado” en el amor, metido dentro de él como al “baño maría”. Leer más...

Felicidad humana y felicidad espiritual.


Felicidad humana y felicidad espiritual.

Felicidad humana, buscada, añorada. Esquiva como una mariposa que vuela sobre nosotros, hermosa y fulgurante, pero difícil de asir con las manos. Más nos esforzamos, más alto ella vuela, o se la lleva el viento, o se va detrás de alguna flor que la atrae más que revolotear sobre nuestras cabezas. Felicidad humana, motivo de nuestros desvelos, de nuestros esfuerzos, de tantas decepciones y caídas. Pero cuando se la encuentra, que hermosa es. Son esos momentos donde el mundo parece detenerse, donde todo es perfecto, pleno de armonía. En esos instantes sabemos bien que en pocas horas o minutos quizás, nos encontraremos de nuevo en el llano, listos para empezar otra vez. Como esas mañanas de lunes, luego de un hermoso día de domingo, donde nos vemos a nosotros mismos en el espejo mientras cepillamos nuestros dientes. ¿Cómo puede ser todo tan distinto, tan chato y deprimente, si ayer mismo yo estaba tan feliz?

Es que nuestra naturaleza humana es así. Somos volátiles y efímeros en nuestro querer. Buscamos esa felicidad, y cuando la alcanzamos nos acostumbramos a ella y le hallamos defectos de inmediato. Si, es lindo, pero no es tan perfecto como pensaba. Y de hecho, empezamos a soñar con otro tipo de felicidad, y vamos abandonando la felicidad encontrada, pequeña o grande. Queremos más, y más. Cuanto soñamos en comprar ese auto, pero cuando lo tenemos, deseamos otro mejor o distinto. Y así con todo, con todo.

Nuestro problema es que estamos atados al gusto de ser humanos, al gusto por los placeres humanos. Y esto es como un ancla que nos tira hacia abajo, nos sujeta a la tierra. En realidad, la meta de nuestra vida es hacernos espíritu, tenemos que atarnos al gusto por lo espiritual, que nos hará elevarnos livianos y sencillos, sin atadura alguna al gusto por lo terrenal. La realidad es que también somos espíritu, pero nuestra naturaleza humana tapa y sofoca a nuestro pobre costado espiritual, que pugna por imponerse. Una lucha de vida que forma parte de nuestra prueba de amor, es el precio que debemos pagar para poder llegar a adquirir el derecho de vivir con el Amor de los Amores, eternamente.

Cuando logramos descubrir la felicidad del espíritu comenzamos a recorrer el camino de ascenso espiritual. El gozo del espíritu es muy distinto a la felicidad humana. Es profundo, interior, pleno de paz, hace hinchar nuestro pecho de unas tremendas ganas de gritar, de gritar nuestro amor por Dios, nuestra alegría de reconocernos Sus amigos, Sus hijos, Sus elegidos. Este gozo del alma barre poco a poco todas las necesidades de felicidad humana, la que va pareciendo cada vez más como vacía, vana, pasajera, vulgar. Autos, casas, dinero, viajes, todo va siendo reemplazado por un deseo ardoroso de estar unido y en paz con el Creador.

Despojados de todo deseo material, de todo deseo de afecto humano, de toda necesidad pasajera. Esa es la perfección a la que debemos apuntar en nuestro ascenso espiritual. Por supuesto que seguiremos viviendo en el mundo, rodeados de las cosas del mundo, pero sin ser del mundo. Estar en el mundo, sin ser del mundo. A veces estamos tan apegados que somos, simplemente, mundo. En realidad debemos ser, simplemente, espíritu. Espíritu que vive en el mundo, que come, que trabaja, que utiliza las cosas materiales y los afectos humanos para materializar el amor por Dios, y el amor por los demás. Amor que sube y que baja, que sale y vuelve, amor que es espíritu.

Cuando llegamos a este punto, podemos darnos cuenta que una cena en un restaurante bonito no se puede comparar a un instante de adoración Eucarística, a un momento de oración intenso, o a la alegría de la sonrisa de aquel a quien dimos lo que no tiene, lo que le falta. Sin grandes fuegos de artificio, ni tapas en los diarios, ni publicidades rimbombantes, la felicidad espiritual nos espera, clama por nosotros. Felicidad que es cruz, que es entrega, que es saberse amado aunque duela lo humano. Lo humano gritará, pedirá atención, querrá ser el centro de nuestra vida nuevamente, no se rendirá jamás, mientras vivamos. Esta es, en sencillas palabras, la batalla de nuestra vida, la que define nuestro destino eterno.

Señor, que puedes quemar mis impurezas humanas con Tu fuego abrasador. Leva las anclas que me sujetan a este mundo, arranca estas cadenas que me atan a las columnas de la vanidad y la sensualidad. Dame Tu fortaleza, cúbreme con Tu escudo, permíteme descubrir el gozo de la felicidad espiritual, para que el gozo de saberme amado por Ti, arranque de raíz mi unión con el fango que intenta retenerme. Hazme ver la belleza de todo lo Tuyo, y el horror de aquello que me aleja de Vos. Cura mi ceguera espiritual y envuelve mi corazón con las llamas de Tu Sagrado Corazón. Hazme, simplemente, tuyo. Leer más...

La esposa es el sol de la familia.


La esposa es el sol de la familia.

La esposa viene a ser como el sol que ilumina a la familia. Oíd lo que de ella dice la sagrada Escritura:sábado VI - 223

Mujer hermosa deleita al marido; mujer modesta duplica su encanto. El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bella en su casa bien arreglada.

Sí, la esposa y la madre es el sol de la familia. Es el sol con su generosidad y abnegación, con su constante prontitud, con su delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida a su marido y a sus hijos. Ella difunde en torno a sí luz y calor; y, si suele decirse de un matrimonio que es feliz cuando cada uno de los cónyuges, al contraerlo, se consagra a hacer feliz, no a sí mismo, sino al otro, este noble sentimiento e intención, aunque les obligue a ambos, es sin embargo virtud principal de la mujer, que le nace con las palpitaciones de madre y con la madurez del corazón; madurez que, si recibe amarguras, no quiere dar sino alegrías; si recibe humillaciones, no quiere devolver sino dignidad respeto, semejante al sol que con sus albores alegra la nebulosa mañana, y dora las nubes con los rayos de su ocaso.

La esposa es el sol de la familia con la claridad de su mirada y con el fuego de su palabra; mirada y palabra que penetran dulcemente en el alma, la vencen y enter­necen y alzan fuera del tumulto de las pasiones, arras­trando al hombre a la alegría del bien y de la convivencia familiar, después de una larga jornada de continuado muchas veces fatigoso trabajo en la oficina o en el campo o en las exigentes actividades del comercio y de la industria.

La esposa es el sol de la familia con su ingenua naturaleza, con su digna sencillez y con su majestad cristiana v honesta, así en el recogimiento y en la rectitud del espíritu como en la sutil armonía de su porte y de su vestir, de su adorno y de su continente, reservado ´e a la par afectuoso. Sentimientos delicados, graciosos ges­tos del rostro, ingenuos silencios y sonrisas, una condes­cendiente señal de cabeza, le dan la gracia de una flor selecta y sin embargo sencilla que abre su corola para recibir y reflejar los colores del sol.

;Oh, si supieseis cuán profundos sentimientos de amor y de gratitud suscita e imprime en el corazón del padre de familia y de los hijos semejante imagen de esposa y de madre. Leer más...