El sentido del sufrimiento

Distintas actitudes ante el dolor humano



El sentido del sufrimiento
El sentido del sufrimiento
La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento.

¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sin-sentido?

¿Tiene esa pregunta algún sentido?


Es seguro que no apunta hacia ningún tipo de instrucciones para conseguir experiencia (lit. praxis): el sufrimiento es el límite de la praxis. El sufrimiento es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. La réplica de quien, hablando del sentido del sufrimiento, afirmase que debe ser combatido allí donde se dé, justifica de hecho el sufrimiento, y no debe ser tenida en cuenta como tal réplica. Porque no se pregunta cómo podemos disminuirlo, sino qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite.

Todos experimentamos alguna vez tales situaciones: los esfuerzos humanos llegan a su fin, y sucede lo que no queremos. El tema «sentido del sufrimiento» es idéntico al tema: «sentido de lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo».


Miedo ante el sufrimiento

Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros, hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar:«para ti es fácil hablar; deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se te acabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplica razonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, me encontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decir sobre el sentido del sufrimiento.

Con todo, cuando hablamos del sufrimiento no lo hacemos necesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no hay límites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque al hombre –como dijo Thomas Hobbes– el hambre futura ya le convierte hoy en un hambriento. Tenemos miedo del sufrimiento, y ya ese mismo miedo es sufrimiento.

Si yo estuviese hablando de un dolor físico que en este momento no tengo, o que quizá no he tenido nunca, entonces hablaría como un ciego habla del color. Pero el sufrimiento es algo distinto del dolor físico. El temor ante el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor. Y siendo esto así, el miedo ante el sufrimiento es con frecuencia miedo del miedo. El temor ante la muerte no es en realidad miedo a estar muerto, sino miedo ante la situación en la que «mi corazón se llenará del máximo temor».

Sufrir es un fenómeno complejo. El dolor físico, el malestar, la sensación de desagrado, no son desde el principio idénticos al sufrimiento. Hay un grado moderado de dolor físico que de ningún modo podemos denominar sufrimiento, pues tiene, en la coherencia total de la vida, un sentido claramente conocido, una función biológica, y lo aceptamos sin objeción. El hambre, por ejemplo, tiene el sentido de mover a un ser vivo a que se preocupe por la comida. Una sensación aguda de hambre no supone ningún sufrimiento para el que sabe que, dentro de cinco minutos, se sentará ante una mesa bien provista. Sin embargo, la misma hambre es un sufrimiento para otra persona que sabe que, en un tiempo razonable, no va a tener nada que comer. Al hambre se le junta el miedo de un hambre mayor. El hambre pierde su sentido funcional allí donde ella es el mejor cocinero (es decir, cuando es muy grande): se convierte entonces en sufrimiento.

A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal como tal es ya sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro. Si ese dolor se va, se va de una manera notablemente perfecta. Los dolores ya desaparecidos gustan en cuanto tales, nada se tiene ya contra ellos; sólo queda la alegría de que han pasado. El mal (moral) pasado, por el contrario, sigue siendo mal, y es objeto de pesar.

Decía más arriba que el mecanismo del dolor tiene ante todo un sentido biológico: precisamente el de estimular una actividad. Si consideramos el dolor en un puro plano fisiológico, como mecanismo fisiológico, y no dentro de la vida orgánica, es claro que sólo dura y actúa durante el tiempo y con la intensidad que exige su función biológica. Si sólo cupiera considerarlo de ese modo, un enfermo incurable no debería sentir ya ningún dolor, porque el dolor no desempeñaría en él, en la práctica, ninguna función. Sin embargo, el dolor continúa actuando, despliega una vida propia, llega a ser un cuerpo extraño en el ser. En lugar de estimularnos a una actividad, nos condena a la pasividad. En este sentido hablamos aquí del sufrimiento.

Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento. El término alemán «sufrimiento» tiene, de manera análoga a sus términos correspondientes en otras lenguas, un doble sentido. Significa tristeza (infelicidad, desagrado, ...), y también sencillamente pasividad (en el sentido de passibilitas), o, por decirlo a la moda, frustración. La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es, ante todo, una pregunta paradójica. Ella misma es expresión de sufrimiento, de ausencia indudable del sentido del actuar. Y se atraviesa en el camino de su propia respuesta (la obstaculiza). Apenas es posible darle una respuesta teorética, pues tal pregunta quedaría resuelta si desapareciera, pero no desaparece porque se resuelva. Los amigos de Job, con sus respuestas teoréticas, sólo consiguen irritarle. Dios no responde a sus preguntas, sino que le hace callar.


El sufrimiento en la sociedad moderna y en la sociedad primitiva

La sociedad moderna, tanto en Occidente como en el Este, también silencia la pregunta sobre el sufrimiento, pero de una manera distinta, es decir, suprimiéndola. La sociedad moderna concentra sus esfuerzos en la evitación y en la disminución del sufrimiento, y, por cierto, tratando de evitarlo no sólo de una manera indirecta, sino directa, como es eludiendo su interpretación. Los métodos y técnicas para evitar el sufrimiento tienen, sin embargo, por desgracia, efectos paradójicos. Tomados en su conjunto no aumentan la felicidad, ya que transforman el horizonte de las expectativas, y no eliminan con ello la discrepancia entre lo que creíamos poder esperar y lo que realmente sucede. Incluso se ha ensanchado esa discrepancia en algunas sociedades fundamentadas en el aumento de las necesidades. Pero aunque bajemos el nivel de tolerancia para soportar las frustraciones, al final siempre obtenemos la misma suma, o incluso un aumento del sufrimiento.

Cuando, como sucede en estos últimos tiempos, leemos con frecuencia que algunos colegiales se suicidan porque han llevado a casa malas notas, no cabe buscar la razón simplemente en que el juicio sobre las calificaciones escolares sea en los padres de hoy más severo que en los del siglo XIX. La razón está más bien en un índice más bajo de tolerancia respecto de las sensaciones de frustración. Konrad Lorenz ha hablado del creciente infantilismo que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción, y que incapacita por ello para soportar situaciones en las que no se da una satisfacción inmediata. Aquí es donde acaece el verdadero sufrimiento. No tiene sentido dudar de que esos jóvenes sufren, pero, ¿por qué sufren? Se trata evidentemente del efecto paradójico de una actitud motivada absolutamente por el intento de evitar el sufrimiento. Una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento. Max Scheler ha mostrado que las formas más altas de felicidad son aquellas que no se pueden alcanzar directamente.

Yo puedo, sin duda, procurarme un deleite físico, pero las formas más altas de alegría, de profunda satisfacción, de felicidad, no las alcanzo por estudiar Psicología o por aprender técnicas de maximalización del placer. Una civilización fundamentada en el lamento, en la que cada uno tiende a compadecerse de sí mismo y a quejarse de su nefasta situación, apenas tiene ya impulso para hacer a los hombres felices. En la literatura psicoanalítica se dicen muchas cosas sobre el triunfo del placer, pero nunca se habla de la alegría.

La alegría, en cualquier caso, guarda relación con la experiencia del agradecimiento. Cuando la alegría es vista sólo como exigencia de felicidad, se pone en movimiento un automatismo que imposibilita la felicidad. Se podrá, en efecto, hablar siempre de exigencia de felicidad, pero no se puede cumplir con esa exigencia porque ella misma obstaculiza su realización. Cuando se utilizan más los psicofármacos para suprimir molestias normales, para evitar sensaciones de malestar, para disminuir todo temor o nerviosismo, disminuye también, lógicamente, la intensidad de la felicidad. No puede haber montes si no hay valles.

En las sociedades primitivas, a las que ciertamente no podemos retornar, pero a las que debemos referirnos como sustrato de nuestras reflexiones, hay dos figuras relacionadas con el sufrimiento, que nosotros hemos perdido. En ellas se cuenta con el sufrimiento que desarrolla su rol, su función. Dicha función hace posible transformar, hasta cierto punto, el propio sufrimiento en actividad, ya que cada rol exige del que lo desempeña un cierto rendimiento.

El mendigo, por ejemplo, en las sociedades primitivas, y aun hoy en bastantes sociedades islámicas, no es simplemente el socialmente fracasado que debe estar siempre mirando dónde poder quedarse, sino que desempeña un papel. Dicho papel pide una vestimenta adecuada, ciertas formalidades que el mendigo debe decir, etc. Lo suyo no es sólo aceptar lo que le dan, es decir, no ser sólo receptor de la beneficencia pública, sino que él también tiene algo que dar: el mendigo promete rezar por aquel que le da algo. De ese modo, la situación de sufrimiento no es para él una pura condena a la pasividad, como ocurriría entre nosotros con un náufrago que es sólo objeto de auxilios, sino que él también tiene que representar su papel con la dignidad que le corresponde.

Algo semejante podríamos decir de la viuda. Tras ella hay una catástrofe –más intensa aún en las sociedades primitivas–, pero sobrelleva su nueva existencia, por así decir, como quien representa su rol. A ese papel le corresponde un determinado ropaje, e incluso el llanto.

En estos casos, el sufrimiento no es propiamente algo que no debe suceder, y que si sucede convierte al paciente en víctima, en objeto pasivo de auxilios. El sufrimiento está allí previsto. Es posible que alguien pudiera decir: «es mucho mejor una sociedad que no prevé el sufrimiento, pero que se esfuerza por suprimirlo». De hecho, vivimos en una sociedad dinámica que, a diferencia de las sociedades primitivas, tiende a la abolición del sufrimiento. Pero la realidad es que una tal sociedad con su creciente actividad, cuando llega al límite más allá del cual no puede disminuir el sufrimiento, no tiene ya nada más que decir.

Era propio del primitivo dominio del sufrimiento una particular ritualización de las situaciones extremas. Nuestra sociedad, sin embargo, es incapaz de hacer algo semejante con la muerte, que es desviada hacia el anonimato de las clínicas. Cualquier hombre sabe que puede caer en sus garras en cualquier momento, pero ¡no hablemos de eso! De hecho, en ningún sitio se habla de ella y, desde luego, de ningún modo con los moribundos. Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir. Los niños ya no ven cómo mueren los ancianos; no se enseña a morir, y así la mayor parte de la gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya propia.

La sociedad primitiva rodeaba a la muerte de un ceremonial. Morir no significaba en ella verse forzados a una actitud de pura pasividad: el morir pertenecía a la plena realización de la sociedad. Allí el curandero tenía, por su parte, la tarea de curar a los enfermos con hierbas y conjuros, pero, al mismo tiempo, también tenían su finalidad los ritos mágicos. Con ellos se realizaba algo. El paciente formaba parte con su sufrimiento de una actitud dramática.

El contraste con el curandero lo representa hoy el investigador médico, al que le interesa más la enfermedad como tal que el enfermo. El médico se sitúa, por decirlo así, entre el investigador de la Medicina y el curandero. Por una parte, cura de acuerdo con el nivel de su ciencia y de su propia experiencia médica; por otra parte, establece con el paciente un contacto personal que suaviza su situación y la integra en una relación activa. Parece que algo sucede, y cuando parece que algo sucede, es que realmente sucede algo.

La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla. Justamente en este contexto se plantea a su vez la pregunta sobre el sentido del sufrimiento.

Tal pregunta puede ser planteada allí donde se deshacen las formas primitivas del vivir, es decir, allí donde la antigua integración del hombre en el grupo –integración que al mismo tiempo situaba al hombre en el cosmos– se rompe. Plantear esa pregunta es un síntoma del aislamiento del hombre, para quien el cosmos ya no es una patria, sino que se siente realmente desprotegido, como solo ante ese silencio del espacio infinito del que habló Pascal.


Materialismo: la apuesta por la praxis

Hay dos maneras de dificultar una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Una de ellas es el naturalismo o materialismo, cuya postura se fundamenta en que el sentido está ligado al obrar del hombre, fuera del cual no existe ningún sentido. El sentido termina allí donde la praxis llega a su término, allí donde tropieza con la invencible naturaleza. El sufrimiento no es un sin-sentido, pues la naturaleza –que no es ni buena ni mala– no guarda absolutamente ninguna relación con el sentido, sino que es el reino de la necesidad. Lo necesario es aquello que no se puede cambiar. Ante ello es absurdo (sinsentido) preguntar por un sentido.

Algo semejante ocurre con la pregunta sobre Dios. Existe una tendencia en la teología contemporánea a unir el discurso sobre Dios exclusivamente con la praxis. Esa teología no tiene en el fondo nada que decir a quien no tiene capacidad de obrar, a quien sólo padece y cuyo obrar podría consistir, en todo caso, en transformar ese sufrimiento en una relación con Dios, es decir, en oración. Detrás de lo que decimos está la máxima de evitar incondicionalmente el sufrimiento.

También la reflexión sobre la muerte podría convertirse en algo del mismo tipo, pues la muerte ya no es sufrimiento. En este caso, la eutanasia sería lo más adecuado, aunque no fuese desde luego una solución satisfactoria, ya que con ella no se suprime el miedo del hombre ante la muerte. (Para quien es consciente de que en cualquier momento se le puede poner una inyección letal, la muerte repercute en la vida que todavía se posee: pensar en ella provoca un sentimiento de infelicidad.)

Desarrollar la praxis por ese camino dependería, en una concepcion materialista, de que la muerte perdiera su aguijón. El hombre, por tanto, debe ser enseñado a comprenderse como un género, no como una persona. Así el mundo llegará de nuevo a ser una patria. Y al final de una vida plena, morirá el hombre «colmado de años», como dice el Antiguo Testamento. El hombre ya no tiene nada que objetar a esa muerte. Se trata de un intento de devolver en cierto modo al hombre a la naturaleza: de reducir, por una parte, sus pretensiones, y de elevar, por otro, su praxis, sus esfuerzos, hacia la humanización del mundo. Cuando tal praxis alcanza su límite, indudablemente sólo le queda al hombre la resignación. El hombre debe renunciar a esperanzas excesivas y buscar el sentido sólo allí donde se encuentra: en el obrar solidario.


Estoicismo y budismo

Más allá de esta actitud sólo está la clásica postura del estoicismo. Los estoicos habían desarrollado una doctrina sobre la evitación del dolor que no estaba ligada con la actividad transformadora del mundo, sino que dejaba al mundo tal como es. Su pregunta sonaba así:

¿qué podemos hacer para que lo que sucede no sea experimentado como sufrimiento, es decir, para que no disminuya nuestra libertad?

La famosa respuesta estoica decía así: «ducunt fata volentem, nolentem trahunt». Si yo consiento desde el principio con la necesidad, si acepto desde el principio voluntariamente lo que no puedo cambiar, entonces no puede sucederme realmente nada adverso. Entonces soy tan libre como Dios. Entonces tampoco Dios puede hacer nada contra mí, porque si yo, desde el principio, ante lo que El me envía, digo: «eso es justamente lo que yo quería», entonces Él no puede hacer nada que vaya contra mi voluntad. Yo he aceptado desde el principio que todo sucede como sucede (que todo es como sucede).

Podemos asimilar por completo a la de los estoicos la postura activa que defendiera que el sentido radica en el obrar y fuera de él consentimos con la necesidad, evitando así el sufrimiento.

Los propios estoicos eran conscientes de que la posesión real del método estoico, de la apatía (la impasibilidad), nunca se ha dado verdaderamente. Además tampoco podían negar que el dolor físico puede alcanzar tal grado de intensidad, que nos condene contra nuestra voluntad al sufrimiento. Sólo quedaba entonces para ellos un recurso –el suicidio– como último acto de afirmación de libertad.

Una forma aún más consecuente y extrema de evitar el sufrimiento se da en el budismo. Su programa tiende a una anulación del sufrimiento justamente a través de la anulación de la voluntad. Si el sufrimiento es frustración, obstáculo para algo que yo quiero, entonces la solución más segura es, lógicamente, salir al encuentro de lo que de ningún modo quiero. Los estoicos querían afirmar su libertad en el Yo. El budismo pone en ese mismo Yo la condición de posibilidad del sufrimiento; a través de la praxis meditativa debe desaparecer el Yo: entonces se desvanece también el sufrimiento.

En todas estas soluciones se trata siempre de evitar el sufrimiento, y no de plantear la pregunta sobre su sentido, porque el sufrimiento es en sí mismo lo sin-sentido, aquello que yo no puedo asociar a ningún sentido por mí mismo.


La ilimitada totalidad de sentido

La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?».

En Homero no se plantea la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Los héroes homéricos viven todos dentro de una cierta tristeza. Saben que estarán sobre la tierra sólo un corto tiempo, y que luego deben bajar al Hades, donde les aguarda un oscuro destino. A ninguno de ellos se le ocurre preguntar qué sentido tiene todo aquello. Es la «necesidad», contra la cual tampoco los dioses pueden nada.

Sólo donde se acepta y se cree en un sentido universal, como sucede en la religión bíblica, llega a ser planteada como tal la pregunta sobre el sufrimiento. Aparece como pregunta sobre la justificación de Dios (es decir, como justificación del obrar de Dios), pero no entendida en el sentido de que si Dios quisiera podría evitar cualquier sufrimiento (es decir, no poniendo en Dios la causa del sufrimiento). Hay muchos que piensan que Dios podría haber hecho también una tierra de jauja (Schlaraffenland). Pero la pregunta entonces es si ése sería un mundo más deseable. Podemos fácilmente explicarnos que el obrar humano supone una naturaleza independiente del hombre. Para poder obrar debemos contar con una tal fiable naturaleza.

Además (la pregunta sobre el sentido del sufrimiento) presupone el hecho real de que vivimos en un mundo que nos es común, en el que seguimos los más divergentes fines; y que existe un mundo externo al hombre que es indiferente respecto a los gustos de cada cual y que, por eso, le opone resistencia.

La idea de una tierra de Jauja carece de sentido. No carece, sin embargo, de él la idea de una naturaleza que armonice por completo con los fines de la praxis humana.

Pero de hecho tenemos que tratar con otra naturaleza distinta, emancipada de la praxis humana. Aunque hay en ella, ciertamente, una razonable coordinación, integración, utilidad y belleza, todas esas cosas son sólo como ciertos vestigios de sentido dentro de un conjunto que no es verdadera totalidad, sino un mar de indiferencia formado por partículas que sólo giran alrededor de su propia reproducción. Un símbolo de esa desintegración, es decir, de esa falta de sentido, es la tumoración cancerosa, la emancipación de las células. La desintegración, la falta de sentido, es experimentada como sufrimiento.

El Nuevo Testamento, en la Pasión de Cristo, nos sitúa de manera extrema ante la dolorosa experiencia de la falta de sentido:

«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

También esto, en efecto, es un rol dentro de un drama. Jesús reza un versículo de un salmo, y representa el papel del siervo sufriente de Dios del Antiguo Testamento. Pero el papel debe ser representado comprometiendo la entera existencia, y eso significa que quien lo representa debe perder de vista el conjunto del guión. El sentido del papel es la experiencia de la falta de sentido. No cabe ver en esa historia de la Pasión ningún vestigio del heroísmo estoico. La Pasión de Jesús está descrita expresamente como algo que se hace contra su voluntad. A ella pertenece el ruego que dice: «haz que este cáliz pase de mí».

Si nos preguntamos por el sentido cristiano del sufrimiento, debemos considerar cómo es interpretada la Pasión de Jesús en el Nuevo Testamento. Hay en él dos pasajes centrales que ofrecen esa interpretación, uno del apóstol Pablo, quien afirma que Jesús se hizo «obediente hasta la muerte», y otro de la Epístola a los Hebreos, en el que de manera aún más fuerte se dice que «aprendió a obedecer a través del sufrimiento».

¿Qué significa esto?

En esos pasajes se presupone claramente que los hombres en su conjunto viven en un estado que no es el normal. El sufrimiento se manifiesta como el reverso pasivo del mal, que ha sido causado por la desobediencia. Pero también como el único medio para suprimir el mal, precisamente a través de una experiencia adecuada a él. El mal atrae el sufrimiento, y con ello su propio juicio. Lo finito, que se pavonea de ser el centro de todo –y eso se llama desobediencia–, nada puede hacer para llegar a ser verdaderamente Dios. Su pretensión ilusoria se quiebra y su verdad pasa a ser el sufrimiento. Pero en la verdad no puede existir el mal. El mal es esencialmente mentira.

La autoafirmación propia del mal consiste sobre todo en separar mi propio mundo de experiencia del de los demás, de manera que el sufrimiento esté en los otros y en mí las ventajas. Esa situación de asimetría, de alienación, sólo puede ser cambiada si la curvatio in seipsum, la curvatura propia del mal sobre uno mismo, se rompe; es decir, si dicha situación es contemplada desde un punto de vista exterior y, de esa manera, puede ser experimentado su absurdo como sufrimiento. Sólo así torna el mal a la obediencia.

El cristianismo enseña que todos nos encontramos en una situación como la descrita. La doctrina cristiana sobre el pecado original no dice sino que todos vivimos en un contexto general de culpa, en el que todos entran a formar parte cuando comienzan a pertenecer a la sociedad humana. La Psicología demuestra que, en una familia, por ejemplo, pueden existir situaciones neuróticas tales que, quien entre a formar parte de esa familia padecerá un tic, reproducirá la situación. Cada uno de nosotros está implicado ya desde niño en un inevitable contexto de culpa en el que se hace también culpable. No se trata de que cada uno sea sólo una víctima pasiva, sino de que cada uno forma parte del juego, participa en la injusticia que cada uno comete contra los otros.


Sufrimiento y desobediencia

El Nuevo Testamento describe esta situación como desobediencia, como el estado en el que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo. El sufrimiento vuelve a situar el punto de vista en su perspectiva universal: descubro repentinamente la situación en la que todos nos encontramos, y me aparto de la desobediencia.

Pues la desobediencia es no escuchar, no oír el sentido del todo. Sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros. El tirano monologa: el sentido sólo es para él su sentido. Trata activamente de imponerlo sin consideración al sentido del conjunto, en el que los obedientes proyectos de sentido de los co-actores podrían ser también desarrollados. Pero como dice el refrán: «Quien no quiere oír, ha de sentir», es decir, debe ser advertido de que la realidad es algo común (colectivo). El culpable debe experimentar cómo se siente la víctima.

La interpretación cristiana del sufrimiento dice, según creo, que los hombres viven en un contexto general de culpa que se caracteriza porque cada uno se ve a sí mismo como el punto central (el ombligo) del mundo. Ese contexto de culpa sólo puede ser eliminado si es experimentado como sufrimiento. Mientras el malo encuentre aceptable y perfectamente en orden vivir a costa de los demás, ¿para qué cambiar la situación? El que sufre se ve obligado a experimentar la falsedad de la situación. Esto se ha puesto de relieve constantemente en la tradición cristiana. Todos los grandes santos y doctores de la Iglesia han entendido el sufrimiento como el irremediable reverso de la arbitrariedad individual, por el que el hombre vuelve a ser conducido a la verdad.

Eichendorff dice: «Tú eres el que destruye dulcemente sobre nosotros lo que construimos, para que miremos al cielo; no me quejo de eso.»

Aquí se ve de nuevo claramente que, en nuestras reflexiones, no se trata nunca de un sufrir superficial que pudiera ser evitado. Un padecer evitable no tiene ya el carácter de educación en la obediencia en el sentido neotestamentario. El sufrir se experimenta con mucha mayor intensidad justamente allí donde hubo antes una intensa actividad, y esa actividad fracasa.

Lutero cuenta la historia de un misionero que no convierte a nadie y combate contra el destino. Dice Lutero: la voluntad de ese hombre no era buena, porque «es señal segura de mala voluntad que no sea capaz de soportar los obstáculos». Cristo está dispuesto a aceptar también el fracaso de sus esfuerzos humanos, como voluntad del mismo Dios que le exige esa actividad.

Allí donde alcanzamos el límite de nuestra capacidad de obrar, allí nos encontramos con el sufrimiento del que aquí hablamos. Además cualquier discurso sobre el sentido del sufrimiento sólo tiene plenitud de sentido en cuanto discurso sobre el propio sufrimiento. En el sufrimiento ajeno sólo hay para mí una llamada a mitigarlo. No significa esto que –con puras técnicas modernas de disminución del dolor– se le evite a la persona esa situación que le impidiera alcanzar la plena madurez de su humanidad. Eso sólo sería una cómoda huida de la verdadera y profunda solidaridad.

La verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento. Si hoy se distribuyen en las iglesias revistas misioneras en las que sólo se habla de acciones humanitarias, en lugar de hablar del Evangelio, entonces, con tal comprensión de la misión, quedamos disculpados de la más profunda solidaridad. Nos reservamos para nosotros lo mejor que tenemos.


El consuelo del sentido

Cuando se habla del sentido del sufrimiento, no se puede pretender obtener una respuesta transparente acerca de nuestro sufrimiento. Si alcanzáramos tal tipo de respuesta, no sería ya el nuestro verdadero sufrimiento. En el sufrimiento hay siempre un momento de comprensión. Su sentido aparece sólo puntualmente, como «una luz que alumbra lo que piso» (lit. luz para mi pie) y no como iluminación de todo el terreno.

Yo he podido ser testigo en Lourdes de cómo un enfermo quedaba curado, como a veces sucede en Lourdes, de una manera incomprensible para la medicina. Pero no fue la curación lo que me produjo la impresión más honda, sino los enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. Se hubiera podido suponer que estarían llenos de la más profunda desesperación, pero, ¡ni mucho menos!, ¡todo lo contrario!

El mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que la abandonan sin ser curados. ¿Cómo puede suceder eso? Tal realidad está relacionada con el hecho de que para ellos la curación milagrosa de alguno les hace entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo, es decir ¡un sentido!, y el sentido consuela.

La actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad «que sana al mundo» sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué.

El sentido del sufrimiento es una paradoja. El no puede por sí mismo estar lleno de sentido, sino cumplir una función de referencia al sentido. Sólo bajo el presupuesto de que existen Dios y el pecado puede cumplir el sufrimiento su función. Y el sentido del sufrimiento es, entonces, ayudar al que lo padece a refugiarse en Dios, en Quien podrá encontrar todas las demás posibilidades de felicidad. El escritor inglés C. S. Lewis escribió una vez que es evidente que para Dios no es una desgracia ser el «tapa-agujeros». La mayor parte de los hombres se encontrarían maltratados en su dignidad si alguien acudiera a ellos sólo porque no queda más remedio. Dios, decía Lewis, no es tan bueno consigo mismo.

Podría decirse: «la religión es el opio del pueblo». ¿Por qué no? Cocteau escribió que se debe recibir la comunión como una tableta de opio. Los que consumen drogas dicen que tienen el efecto de «aumentar la consciencia». Que eso sea cierto es una cuestión que no vamos a discutir aquí. Pero se dice con ello que alguien, en una situación de extremo vacío, puede agarrarse a algo que le lleva a sentirse como si no tuviese ninguna necesidad.

Experimentar la privación es necesario para la vida, es vital. Quien nunca tiene hambre está enfermo, porque el hombre necesita alimento. El hambre es sólo el indicador de que lo necesita. El hombre debe tener hambre.

Si el hombre no alcanza objetivamente su destino sin Dios, la exigencia subjetiva de un sentido absoluto, la necesidad de Dios, es una muestra de salud. Y la no necesidad de Dios, un defecto. Lo que ponga al hombre en la ocasión de descubrir subjetivamente la necesidad de Dios, es un medio para alcanzar la salvación.


¿Todos los que sufren entienden el sentido?

Quedan aún dos cuestiones, por tratar. La primera, ¿qué sucede con el dolor al que no le podemos encontrar un sentido?, ¿qué sucede con el dolor de los animales, con el dolor de los niños pequeños? Nos situamos aquí ante una oscuridad que no podemos penetrar. No sabemos qué es el dolor para un ser que no entiende el sentido (incapaz de preguntarse por el sentido), un ser que tampoco experimenta el sin sentido porque se mueve en una perspectiva no trascendente. Para un ser así sólo es puntualmente real el dolor actual. Qué sea el dolor para él no es comprensible para nosotros ni positiva ni negativamente. Sabemos que experimenta el dolor. Lo vemos. Pero no podríamos decir que sufre, porque el sufrimiento es un fenómeno complejo al que le pertenece la experiencia de la falta de sentido, la cual sólo tienen los seres capaces de entender el sentido.

A esto se añade que el dolor no es algo acumulativo a muchos individuos. El dolor es siempre «mi dolor», y el dolor de miles de hombres no es ni peor ni mejor que el dolor de uno sólo, no es sino el dolor de miles de individuos singulares. El dolor de un solo hombre plantea el mismo problema que el dolor de miles de hombres. Auschwitz no plantea ningún problema de Teodicea que no estuviera ya planteado desde Caín y Abel. Todo esto no son sino prólogos a los que no sigue ningún epílogo, porque estamos ante una situación que no sabemos interpretar. La Sagrada Escritura nos dice que el sufrimiento de la criatura tiene su último fundamento en la desobediencia del «príncipe de este mundo», y que será también objeto de una redención.


El sufrimiento vicario

La segunda cuestión, que es central para una interpretación cristiana del sufrimiento, se refiere al sufrimiento vicario, es decir, al sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros. Es difícil, para nosotros, pensar la noción de vicariedad en el sufrimiento. Me parece, sin embargo, que es importante, cuando nos preguntamos por la vida del espíritu, no valorar las experiencias de las que se habla en la tradición simplemente según lo que nosotros podamos comprender de ellas en cada momento. Ciertas experiencias deben ser antes vividas, y entonces podremos tratar de comprenderlas. Esto que decimos vale, de manera particular, para la noción de sufrimiento vicario, que es insustituible para la tradición cristiana.

Para acercarnos a él, imaginemos una familia o un grupo íntimo de personas que sufre un alteración: los unos se enfrentan a los otros agresivamente. Para cada uno sólo los otros son los malos; todo iría bien si los otros fuesen de otra manera. Supongamos ahora que entre ellos existiese uno sano, es decir, uno que no tomase parte en esa situación. El sólo sufre por ellos. Y supongamos que carga sobre sí mismo las agresiones de los demás, de modo particular las que recibe él mismo. Se convierte en la oveja negra, pero no por ser malo, sino, precisamente, porque no lo es. Su sufrimiento es un reproche para los otros. Y entonces ocurre algo espantoso: es herido y muerto. Podemos imaginar que esa muerte produjera una catarsis; que los otros descubrieran que él había padecido porque ellos habían combatido entre sí. Él había asumido íntimamente aquella situación como sufrimiento. Su padecimiento era sustitutorio, porque realmente eran ellos los que debían haber sufrido. Nadie cambia mientras que no se padece bajo el mal, pero en este caso el mal se ha padecido. Y así, se produce una transformación de la entera situación. Ahora todos sufren; ante todo por aquella pasión y muerte, pero también porque tal cosa haya sido posible.

Dice Freud que un presupuesto para la curación a través de la psicoterapia es que una situación se experimente como sufrimiento. Si hablamos del sufrimiento vicario de Jesús, nos situamos ante un sufrimiento que se corresponde al absurdo del mal en toda su profundidad. El fracaso de Cristo no es el fracaso de un proyecto cualquiera, sino el fracaso en el anuncio del reino de Dios sobre la Tierra. Lo que Cristo enseñaba era el sentido. Sencillamente, el bien. Enseñaba una situación del mundo tal y como debería ser; y justamente ahí fracasó. El sufrimiento que padeció es el sufrimiento por el fracaso del sentido absoluto: es el sufrimiento absoluto. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Ese sufrimiento es comprendido en el Nuevo Testamento como sufrimiento vicario. Y así en toda la tradición cristiana ha sucedido que los que sufren se han visto en una misteriosa relación con el mundo y sus culpables enredos, y han entendido el sufrimiento como una ayuda para dar la vuelta a esta situación de culpa.

Cuando se dice que Jesús aprendió a obedecer. no quiere decirse que antes no hubiera vivido bajo el signo de la obediencia. Pero también se destruye ese sentido de su vida en cuanto se entiende como sentido de su vida finita. La rebelión de lo finito como suceso cósmico es vencida allí donde se experimenta adecuadamente como sufrimiento. Eso sucede en el sufrimiento del Hijo de Dios. La hora del Gólgota es la hora de la verdad. Cuando el mismo Dios, bajo figura finita, muere, «destruye la enemistad en su propia persona» (Ef 2, 16). Y de ese modo tiene lugar lo que en el Nuevo Testamento se designa como resurrección. Ésa es, ciertamente, la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Sobre ella se debe hablar, porque sin la supresión del sufrimiento no tiene éste ningún sentido. «Sentido del sufrimiento» sólo puede significar la integración del sufrimiento en un contexto absoluto, donde al final ya no sea sufrimiento. Es como en el caso del hambre, que sólo tiene pleno sentido en cuanto que impulsa a comer y se ha comido. Del mismo modo, la historia de Job tiene como final natural que se le devuelva todo; si esa historia no hubiese acabado así, todo el discurso no hubiese sido sino puras palabras.

Cuando Ivan Karamazov afirma que devolvería su entrada para el cielo si el camino pasase a través del sufrimiento de un niño inocente martirizado, sólo cabe una respuesta que dice relación al reconocimiento del poder de Dios, y que comienza con una «contrapregunta»: «¿a quién le interesa que devuelvas tu entrada?, ¿salvas así al niño de su suplicio? ¡No! Entonces, ¿en qué consiste tu gran gesto?». La entrada que Ivan quiere devolver es la que permite entrar en aquel lugar en el que los sufrimientos de los niños inocentes martirizados son suprimidos, el lugar en que todos los sufrimientos son transformados en alegría. Se podría decir que eso no existe, que es una ilusión. No quiero discutir sobre ello. Pero, ¿qué sentido tiene decir «no quiero la alegría que procede del sufrimiento, la alegría en la que ese sufrimiento desaparece»?

La fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. Hegel dice que las heridas del espíritu curan sin cicatriz. La alegría es la real anulación del dolor. El refrán afirma que los dolores pasados dan gusto. La cuestión es si existe algún estado en el que el dolor sólo sea ya algo pasado; entonces ya no planteará más la pregunta sobre su sentido. El dolor, de manera contraria al pecado, no es un motivo de tristeza, sino de alivio, cuando se considera retrospectivamente. Cualquiera puede entristecerse, aunque las cosas vayan bien, por el dolor que haya causado a alguien. Pero nadie se entristece porque haya padecido dolor, si ese dolor ya no se padece: es como si no hubiera sucedido. El sufrimiento aparentemente total sólo alcanza a tener sentido cuando ha sido ya relativizado por una más total alegría.

De eso se habla en el Nuevo Testamento cuando Jesús llama bienaventurados a los tristes, «porque serán consolados».

Es posible, como se ha hecho, llamar absurda a esa esperanza, pero sin ella la respuesta al sufrimiento no es una respuesta cristiana. Y debe quedar muy claro que, fuera de esa perspectiva, de ningún modo se puede hablar del sentido del sufrimiento. El sufrimiento sólo puede tener sentido si es relativo, y sólo es relativo si todos los sufrimientos pueden ser suprimidos. No es suficiente que algún hombre pudiera quizá ser feliz alguna vez, pero que los hombres del pasado fueran infelices. El sufrimiento sólo es suprimido cuando el sufrimiento de cualquier hombre se transforme en alegría. De eso se habla en el Apocalipsis, al final del Nuevo Testamento: «¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado (...) Mira, hago nuevas todas las cosas.»

Sólo desde esa perspectiva puede hablarse de un significado cristiano del sufrimiento.




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Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad

El sufrimiento, lamentablemente, está muy extendido en el mundo. El sufrimiento resulta algo inevitable en cada vida humana; antes o después, en vida de cada persona se concita la experiencia del dolor


Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad
Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad

Introducción

El título de "Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad" pone de manifiesto que hay modos muy diversos de conquistar la felicidad. De ahí que se hable de "caminos" en plural. Un título así remite fundamentalmente a dos órdenes de cosas. En primer lugar, la cuestión planteada interpela a cada persona singularísima, cuestionándole acerca de lo que hace con su vida, hacia qué meta se dirige, a qué destina su vivir: Si va hacia el dolor, el sufrimiento, o la felicidad. Y, en segundo lugar, más allá de la persona, la pregunta interroga a las naciones, cuestionando hacia dónde va Europa. Es forzoso preguntarse cuáles son los caminos de Europa y si ésta va hacia el sufrimiento o hacia la felicidad.

La vida humana como anticipación y pretensión

Los caminos casi nunca son algo que determine a la persona. Más bien constituyen algo que cada persona elige entre varias opciones posibles. Y eso es vivir. Vivir no es nada más -y nada menos- que elegir. La vida es elección. Parece lógico que se hable aquí de "caminos", en plural. Lo propio del vivir humano no es estar en el tiempo presente, sino anticipar. Si yo no hubiera anticipado, no estaría aquí hoy. Si quien organizó este curso no hubiera pensado en mi persona y no me hubiera, en alguna forma, anticipado antes del presente que es hoy -cuando esta posible intervención era todavía apenas algo incierto y futuro-, hoy no estaríamos aquí. Lo propio de la vida es la anticipación.

Por muchas que sean las tensiones a las que nos vemos sujetos, vivir es pretender. No sólo tender hacia una cosa, sino pretender. Y eso en castellano se entiende muy bien. Por eso cuando una chica presenta a su compañero a otro chico le dice: "este es mi pretendiente", es decir, un chico que pretende ser algún día su marido. Por el momento no es su marido, pero tiende verazmente -y, por consiguiente, pretende- ser su marido en el futuro. Por ahora sólo lo pretende: está en la pretensión. La vida es pretensión.

La vida es también en cierto modo, previvencia. En este momento estamos viviendo, pero tenemos también otros planes y proyectos. que ahora no pueden cumplirse y que, sin embargo, previvimos porque, no siendo todavía los anticipamos.

La vida es también propuesta. La vida del hombre no se limita a sólo responder ante cosas, ante situaciones, ante estímulos. Eso sería una mera respuesta. Cierto que muchas de nuestras conductas diarias son meras respuestas. Sí, hace calor, y respondemos sudando. Pero lo específico de la vida humana no es emitir respuestas. Lo específico de la vida del hombre es tener propuestas como un modo de conducirse. Nuestra conducta debe transformarse en propuesta ante la cual uno mismo debe poder responder.

La conducta del hombre estriba más en una cierta inquietud, en anticipar cosas a las que un día llegará a responder que en, simplemente, responder. Si solamente respondiéramos a los estímulos del medio, seríamos unos respondentes, o quizás respondones, pero poco más. Y, una persona que lo que hace es sólo responder es una persona que ha sacrificado su libertad, que ha hecho de ella un holocausto en el altar de la nada. Porque emplea esa libertad sólo en responder a lo que le llega; pero no en hacer que le llegue a lo que quiere responder como él quiere, de manera que consiga hacer que haya lo que todavía no había. En esto reside también la libertad humana: en hacer que haya lo que todavía no había.

Quien esto dice no es profeta ni hijo de profeta y, por tanto, no puede decir, "bueno, ustedes van a ir por un camino de sufrimiento, o por un camino de felicidad". Sí puedo, en cambio, decir cosas que todo el mundo sabe. Puedo anticipar, por ejemplo, que acaso suban los impuestos en nuestro país. Sí puedo afirmar lo que dicen las estadísticas: que España va a tener un mercado de trabajo muy malo. ¿Por qué? Porque entre los alumnos de 23 países que están estudiando en Europa y en otros lugares, España ocupa el lugar 21, en lo que se refiere a competitividad laboral. Pero con esto no estoy diciendo por dónde va a ir cada uno.

Cada uno tiene su camino: el que él quiere, o el que las circunstancias, si él no quiere elegir, le marquen, es decir, lo que los estímulos le marquen.

La libertad y los caminos de sufrimiento y felicidad

En la vida humana se puede hablar de "caminos" hacia el sufrimiento o hacia la felicidad, porque el hombre es libre. Y porque es propio del hombre anticipar lo que todavía no es y futurizar, desde hoy, lo que llegará a ser. Eso es lo propio del hombre. La temporalidad humana es así. Los caminos serán de sufrimiento o de felicidad, según el proyecto que cada uno hace con y de su vida. Hay personas que tienen como proyecto de vida no hacer ningún proyecto. Eso también es un proyecto, sólo que demasiado pobre, sencillamente porque en un proyecto así el hombre no se autoproyecta. Más bien, las personas que así se comportan también se están proyectando hacia el futuro, pero eligiendo la nada. En realidad, quedan a merced de la pura determinación de sus circunstancias. Un proyecto como éste es un proyecto muy pobre y casi miserable; algo muy poco humano y equívoco, la circunstancia que mejor prepara para el aturdimiento. Es también el proyecto que menos se compromete con la libertad; el que menos arrastra y vincula a la personalidad y el que peores consecuencias genera.

Analicemos ahora otra cuestión a propósito de la felicidad. ¿Qué prefieren los hombres, el placer o la felicidad? Y si extremando más la pregunta tuvieran que elegir de forma excluyente entre el placer y la felicidad, ¿qué elegirían? De esto vamos a tratar ahora. Me limitaré a las tres cuestiones siguientes: la distinción entre el sufrimiento y el placer; entre el placer y la felicidad, y qué es eso de la felicidad.

El sufrimiento, lamentablemente, está muy extendido en el mundo. El sufrimiento resulta algo inevitable en cada vida humana; antes o después, en vida de cada persona se concita la experiencia del dolor. Ningún hombre puede zafarse de la experiencia del sufrimiento. Por muy egoísta que se sea, no podemos escapar del sufrimiento. Y los que no han sufrido hasta ahora, que no se preocupen, que para experimentarlo basta con sólo dejar que pase un cierto tiempo. De una u otra forma, todos acabamos siempre por ser hombres dolientes.

El sufrimiento se ha distinguido desde antiguo como dos formas: el sufrimiento-sensación, es decir, la experiencia que de él tenemos, que está más vinculada a los sentidos y a la sensorialidad y consiste en apenas una sensación dolorosa. Esa sensación dolorosa depende, fundamentalmente, de la intensidad del estímulo, del lugar donde éste se localiza, de los "filetes" nerviosos que están allí percibiendo esa sensación, del umbral doloroso que se tenga, de la tolerancia al sufrimiento, de la ansiedad que acompaña al dolor, etc. Hoy sabemos, por ejemplo, que los esquizofrénicos y los niños autistas toleran muy bien el dolor. En cambio, los hipocondríacos lo soportan muy mal. Las personas muy ansiosas o especialmente sensibles son muy vulnerables al dolor. Naturalmente, la experiencia dolorosa que en ellos resulta, varía mucho de unos a otros.

Hay también otro tipo de sufrimiento que es más difícil todavía de establecer y cuantificar. Me refiero, claro está, al sufrimiento psíquico, que hoy abunda sobre manera. ¿Quién no tiene un amigo que haya padecido de depresión? ¿Quién no tiene un amigo que haya incurrido en el consumo de drogas, y que por su causa no lo esté pasando fatal? ¿Quién no ha tenido un conflicto psíquico? Más todavía: ¿Quién está libre de todo conflicto psíquico?

Hay personas que creen que son más tontas de lo que son, y por eso sufren. Tontamente, pero sufren. Hay personas que se creen más listas de lo que son, y también sufren por ello, porque conociéndose tan mal van con frecuencia más allá de donde debieran. Y así podríamos seguir con los defectos personales: hay personas que son muy simpáticas y muy tímidas. A otros apenas les cuesta hablar en público; pero también los hay que si tienen que hablar en público se ponen de todos los colores del arco iris. Todo esto genera dificultades.

Estamos en una cultura en que el sufrir tiene "mala prensa" y no se cotiza en bolsa. Hoy el dolor no es un valor. Sufrir hoy es un dis-valor. Algo que no interesa, que no conviene, algo de lo que es mejor no hablar. Me gustaría que todas las personas pasaran por la experiencia de conocer una clínica psiquiátrica, para que vieran allí una buena parte del sufrimiento del mundo actual, de muchas personas que, por otra parte, en algunos aspectos valen más que nosotros. Y, sin embargo, están allí. Hay en ellas mucho sufrimiento humano y, claro está, eso está hoy muy mal visto y, en consecuencia, se conlleva mal. En realidad, el tema del sufrimiento -a pesar de su inevitable realidad lacerante- casi nadie se lo plantea y, cuando nos lo planteamos, es casi siempre porque estamos forzados a atravesar por esa experiencia. Por eso, cuando le sucede a otro, probablamente no nos interese considerarlo.

Junto a esta algofobia social, a ese temor social al dolor, hay también lo que se podría llamar el "sufrimiento inútil". Hay mucha gente que sufre como consecuencia de la estulticia de su comportamiento. Han optado con su libertad por elecciones que necesariamente acaban siempre en el sufrimiento. En estos casos habrá que enseñarles a que elijan mejor. Pero, muy probablamente, si se empeñan en seguir haciendo lo que hasta ahora han hecho, forzosamente han de acabar en el sufrimiento.

Pondré un ejemplo: si visitan la ciudad de Toledo, una ciudad preciosa en la que a lo largo de la historia cuatro culturas han dejado hitos elocuentes que jalonan y testimonian su presencia, cuando ya su sensibilidad esté como anestesiada por tanta vivencia artística, entonces pueden visitar también el centro de tetrapléjicos allí existente. Es el mayor centro que hay en España para el cuidado de personas paralíticas. Ahí se encuentran una multitud de pacientes muy jóvenes que están paralíticos de brazos y piernas para toda su vida, a pesar de lo mucho que haga por ellos la medicina. Son personas que a lo mejor anteayer tuvieron la mala fortuna de ir desde Madrid a Segovia en 38 minutos. Iban en una "Yamaha" y al regreso tuvieron un accidente de carretera. En 38 minutos estaban en Segovia, cuando casi nunca hace ninguna falta llegar en ese tiempo, pero llegaron y apenas un momento después ya estaban paralíticos para el resto de sus vidas. A esto es a lo que yo llamo un sufrimiento inútil porque pudo evitarse.

El dolor en psicopatología

El dolor empapa buena parte de quehacer clínico psiquiátrico. De la simulación a la neuralgia del trigémino (en que el dolor es a veces insufrible), de la neurosis hipocondríaca al síndrome hiperestético-emocional posconmocional de los traumatizados craneales, de las migrañas y cefaleas a los sentimientos disfóricos y distimias depresivas, todo el vasto y polimorfo escenario clínico está transido de la experiencia dolorosa.

El latido del dolor -como el de la angustia- martillea hoy en muchos enfermos mentales. En unos, esta sensación palpita soterrada bajo la carne. En otros, se metamorfosea en formas de sentimientos apenas encarnados. En muchos, sin embargo, unas y otras formas de presentarse el dolor, aparecen ensambladas y es casi imposible su distinción.

Su interés en la actualidad es todavía de mayor importancia, por cuanto en el hombre contemporáneo han disminuido los niveles de tolerancia álgica. Como escribe Alonso-Fernández, "el epicureísmo es la filosofía del hombre tecnificado". Por eso se han impuesto en muchos la excesiva preocupación por el cuerpo y el miedo al dolor y al sufrimiento. La morada corpórea del ser aparece como algo más importante que el ser.

El miedo al dolor y al sufrimiento que campea en la sociedad contemporánea, a mi forma de ver, procede de dos raíces: por una parte del epicureísmo, por otra, de los propios beneficios aportados por la técnica. El hombre de hoy, gracias sobre todo a los progresos de la anestesia y de la analgesia, está mucho menos familiarizado con el dolor que sus antecesores. Por eso lo teme mucho mas. La algofobia constituye una verdadera plaga social.

Este carácter de insoportabilidad dolorosa -una característica no necesariamente dependiente del tipo de dolor, sino más bien del modo en que el hombre vive su dolor- prepara el camino para que el hombre se arroje a las toxicomanías más diversas, hoy desgraciadamente tan frecuentes. Pero además, el sentimiento sensorial que es; modifica, remueve y altera el fondo vivencial del enfermo, atemperando la orquestación de reacciones vivenciales de fondo ("Hintergrundreaktionen" de K. Schneider), que surgen ante situaciones anodinas y sin importancia, pero con una carga patológicamente importante. Muchas de las reacciones anómalas a la vivencia de la enfermedad tienen su origen en esta alteración del fondo vivencial, por fuerza de una resonancia dolorosa, sensorial y afectiva.

Y, sin embargo, no siempre se transforma el dolor en el eco pregonero cuya voz es anpliada en la caja de resonancia de la afectividad. En otras ocasiones el dolor no sólo no amplifica el componente afectivo que lo acompaña, sino que le impone una sordina silenciosa, haciendo que pase inadvertido. Es el caso, por ejemplo, de algunos tumores cerebrales en sus fases iniciales. El silencio pático traiciona la gravedad del cuadro clínico que enmascara. El enfermo habla de sus sufrimientos como si fuera otra persona distinta de él quien los sufriera. Informa objetivamente, más aun, imperturbablemente, casi con indiferencia. Como si hubiese una lejanía insalvable entre sus sufrimientos y sus sentimientos. Tan escasa es la participación emocional, que el médico puede confundirse e interpretar aquel cuadro como un mero agotamiento nervioso o como un estado neurasténico-hipocondríaco; incluso como un intento de simulación dolorosa.

Contrariamente, la sintomatología dolorosa que otras veces acompaña a los tumores cerebrales es, a este respecto, extraordinariamente resonante. Es el caso de los tumores que afectan, por ejemplo, el núcleo ventropostero-lateral (uno de los núcleos más importantes en el relevo de las vías sensitivas) en los que los fenómenos dolorosos se prolongan y agigantan, expresándose, extraordinariamente, en la vertiente afectiva de la personalidad (síndrome de Dejerine-Roussy).

Para una fenomenología del sufrimiento humano

La distincion entre el dolor-sensación y el dolor-sentimiento, a pesar de su riqueza, no consigue contestar a la pregunta inquisitiva acerca del dolor.

La cuestión antropológica de qué sentido tiene el dolor para la vida humana, se repite como un eco insistente y reiterativo.

La pregunta cuestiona desde el horizonte del deseo de encontrar un sentido, gracias al cual la existencia dolorosa quede elevada por encima de sí misma, en forma de una actitud trascendente, ante la que palidezcan el sinsentido, la absurdidad y el vacío del dolor.

El acceso a esta búsqueda de sentido del sufrimiento humano supone zambullirse y buscar, fenomenológicamente, en las aguas profundas de estas experiencias. Una tarea que tal vez se facilita si consideramos dicha experiencia en relación con su opuesta, el placer.

El dolor sobrecoge de un modo más penetrante que el placer. En la experiencia placentera hay una especie de sobreaviso, una cierta anticipación que en muchas ocasiones hace que se busque conscientemente.

En el dolor las premoniciones no son tan constantes, y cuando preludian a la experiencia dolorosa propiamente dicha, se viven como amenazantes y desconocidas, como algo sombrío que no desearíamos que llegase nunca. El dolor, en condiciones normales, jamás se desea. El placer, casi siempre, aunque sea de forma tortuosa, soterrada e inconfesable. Y hoy más que nunca, al haberse instalado el hombre en la cresta de esa gran ola del hedonismo.

En el dolor algo sobreviene de forma súbita e inesperada. El niño que se pincha mientras distraidamente juega con el objeto punzante, tras unos segundos de sobrecogimiento, prorrumpe en un llanto asfixiante.

El dolor es más concreto y objetivo, el placer más abstracto y subjetivo. El placer está menos encargado y más diversificado, en función del grado y de la diversidad de los órganos que en él participan. El dolor es más homogéneo (a pesar de las distintas modalidades que puede adoptar en el variado espectro formal con que es percibido) y hunde sus raíces más profundamente en la corporalidad.

El placer no sólo no destruye las relaciones del hombre con su cuerpo, sino que las amplía -desde la eclosión del hormigueo de la dicha, de la sonrisa y de la carcajada-, y las traspasa por encima, como manifestación del enseñoreamiento de una cierta armonía. El dolor desorganiza esas relaciones del hombre con su cuerpo. Más aun, las entorpece, obstaculiza y hace disarmónicas.

En el placer el hombre se desentiende de su cuerpo; con el dolor el hombre toma conciencia de su cuerpo. En el placer hay una cierta liberación y fuga de la corporalidad, que se percibe ahora como ingrávida y ligera. En el dolor la corporalidad se percibe como impuesta, como un pesado fastidio atenazante frente al que uno no es dueño de sí y que le obliga a capitular. Con el placer el cuerpo se abre a nuevas e ignoradas cordilleras de los sentidos. En el dolor el cuerpo se repliega sobre sí mismo, y se hace hermético para todo lo que no sea su mismo cuerpo, incluído en aquella situación.

El placer nos abre a un mundo menos personalizado y más diversificado. El dolor, en su clausura, nos permite otra apertura más desconocida: la de nuestro cuerpo como límite, como lugar ignorado y que, sin embargo, a todas partes nos acompaña.

Al dolor nos entregamos irremediablemente, el placer se nos entrega de modo mediato y circunstancial. El dolor nos sobreviene, al placer arribamos. La mediatez incircunscribible del placer contrasta con la inmediatez circunscrita del dolor. Hay placeres anónimos, niveladores, despersonalizados. El dolor es siempre singular, intransferible, irrepetible y personalizado.

El dolor se tiene en sí mismo y de sí mismo. La compasión, como elemento subjetivo que acompaña en ocasiones al dolor, puede ser de sí mismo o de otro, pero no se siente como un zarpazo en uno mismo. El placer se tiene en parte en sí mismo y se obtiene en parte de otro -más por otro que por sí mismo-, pero jamás de sí mismo (la complacencia narcisista en sí mismo es siempre en sí mismo y no de sí mismo). Los aspectos subjetuales del dolor son, sin embargo, ambivalentes y nada específicos. Así, por ejemplo: el llanto puede ser una manifestación subjetiva de dolor, pero también de emoción, de dicha, de alegría o de placer. Lo mismo acontece con la risa.

Lo subjetivo puede enmascarar y tergiversar lo objetivo, puede traducir traicionando la objetividad. Sea como fuere, los elementos subjetivos comprometidos en estas experiencias tienen menos poder transformante en la experiencia placentera que dolorosa.

Sucede que esos elementos subjetivos están contrabalanceados por aquellos otros, más objetivos, que concurren simultáneamente en esas experiencias. Y en las experiencias placenteras -ya antes lo hemos indicado- hay como una participación lejana de esos elementos objetivos, por cuanto al hombre se le hace la vida más llevadera tanto que casi le es connatural un cierto olvido de ésta, de sí mismo. y de su corporalidad.

De ordinario, se admite que siendo nuestro cuerpo el compañero inseparable que a todas partes nos acompaña (una realidad muy íntima y próxima a nosotros), obviamente debería sernos familiar y conocido. Pero la realidad es muy distinta, tanto que somos viajeros que caminamos con nuestros compañeros los cuerpos, sin apenas intercambiar con ellos algunas que otras palabras. Precisamente es el dolor, en muchas ocasiones, el que rompe este silencio y toma la iniciativa en el diálogo que se interrumpió allá lejos, hace quizá tanto tiempo.

En medicina se ha definido la salud como el silencio de los órganos, como un vacío de sonidos corporales que hace que la corporalidad se sienta más ligcra y volátil, casi ingrávida. En oposición a la salud, la enfermedad grita la presencia del cuerpo, el modo en que éste se nos hace presente, reclamando nuestra atención, que cai siempre le hurtamos. El dolor viene a recordar al hombre lo limitado de su ser, proyectándole hacia sí mismo, haciendo que se tome a sí como la tarea más importante, mientras se hincha la atención en la carne dolorida.

El dolor nos lleva por las angosturas de un camino zigzagueante y poco carretero desde el que se divisan también nuevos horizontes, desconocidos hasta entonces: los recortados límites de las cordilleras y murallones de la corporalidad.

El placer, por el contrario, sitúa al hombre en la llanura de la vida fácil, donde el sentimiento de frescura vital pone acentos de desenvoltura y despreocupación corporal. En el placer hay un cierto olvido de la dimensión encarnada del existir humano. En el dolor, un subrayar esa dimensión, hasta quedar del todo enfatizada. Con el dolor la vida se reviste de angulosidades y relieves. Por eso, el miedo al dolor -antes de que éste haga su aparición- se alimenta de la fantasía, de una fantasía ahora encarnada, que teme suceda ya lo peor.

Hay en el miedo al dolor una especie de presentimiento que preanuncia otros modos de vivirse la corporalidad. Acontece aquí algo parecido a lo que sucede con el pensamiento mágico. El hombre primitivo considera que sus temores irracionales hacia algún objeto, no sólo no alejan ese objeto sino que lo atraen y aproximan.

El temor vago se agiganta y metamorfosea en fobia para devenir en obsesión cristalizada y persistente. El miedo al dolor físico puede también deslizarse en la corporalidad y encarnarse allí como un sentimiento parásito y obsesionante. Ciertas preocupaciones hipocondríacas pueden ser comprendidas por esta vía. Cualquier pequeño sentimiento corporal resuena como un eco amenazante en la amplia orografia de la vitalidad. La existencia se torna plomiza, pesada, preocupante. La conciencia se agiliza y afila, mientras la atención anda a la escucha de cualquier sonido corporal. Todo es fuente de preocupación, de problematización, a la vez que se abandonan las ocupaciones de siempre. Rendir o no en el trabajo profesional apenas si interesa. Los proyectos se posponen y pierden su brillantez primera. El claroscuro y la pesadumbre acaban por adueñarse y enseñorear el horizonte en el que debe desplegarse la existencia personal, cercándola con sus cadenas de zozobra y desánimo.

La vida toda queda así apresada en el cepo de los acordes desacompasados de esta sinfonía vital hipocondríaca.

El dolor imaginario del enfermo imaginario ha conseguido transformarse en un dolor objetivado y ambiguamente encarnado. Todo se percibe "como si" fuera doloroso. Y este "como si" mantiene a raya a la vitalidad desde lo provisionalmente amenazante.

El miedo al dolor asfixia la vida, la empobrece y la degrada a un mero "como si", que, andando el tiempo, puede hacerse realmente insufrible, penoso e insoportable.

El placer disuelve la autoconciencia, la anestesia y entontece con su melodía de sensaciones caleidoscópicas. El dolor, por el contrario, la despierta y agiliza, haciéndola penetrante y sutil, siempre que aquél no tenga una intensidad desorbitada. El dolor es el banco de pruebas de la existencia humana el fuego de la fragua donde ennoblecerse y templarse como los buenos aceros. Y, sin embargo, para los hombres frágiles y pusilánimes, el dolor puede ser la ocasión de su desmoronamiento definitivo.

El dolor autentifica y singulariza; el placer nos hunde en el anonimato del igualitarismo colectivista. Y..., sin embargo, el médico debe ahorrar al enfermo siempre que pueda, el someterse a esta experiencia. Pero en aquellas ocasiones en que los tratamientos resulten impotentes, el médico está también obligado a poner en las alforjas del peregrino doliente un poco de este bálsamo que, aliviándolo, le ayude a encontrar un sentido para su dolor.

Del placer y la felicidad

El problema que ustedes tendrán que afrontar, porque está vigente en nuestra actual sociedad, es el de no confundir la felicidad con el placer. Se ha dicho, con toda razón, que muchos hombres confunden hoy la felicidad con el placer. Por eso, cuanto más se busca aquella, menos se encuentra éste. Mientras que en otras ocasiones, sin buscarla, la encontramos, otras veces, la felicidad pasa por nuestra vida rozándola, golpeándola incluso, sin que de ello nos demos cuenta. En esas circunstancias puede que se nos presente una ocasión fabulosa en la que atisbar, de una vez por todas, el norte de la felicidad que podría orientar toda nuestra futura trayectoria vital y biográfica y que, sin embargo, pasa inadvertida. Y es que no estamos atentos sino más bien confundidos. Precisamente por eso, no nos abalanzamos sobre ella para conquistarla y, consecuentemente, se nos escapa.

Conviene resolver este error: la felicidad no es el placer. La felicidad requiere tiempo, permanencia. Si alguien afirmase que ahora es feliz, pero que en apenas unos minutos va a dejar de serlo, desde este mismo instante dejaría de serlo. Ni siquiera será preciso que transcurran esos minutos, pues basta con saber que la felicidad va a perderse para que desaparezca. La felicidad tiene vocación de permanencia; el placer, no. El placer, como ya hemos visto, es puntual; incide aquí o allá y ya está: al segundo siguiente ya no es. La felicidad, por el contrario, tiene vocación de eternidad. Aunque, lamentablemente o afortunadamente -no lo sé muy bien- por la misma condición humana, la felicidad no sea permanente e incluso cambie a lo largo de la vida.

La felicidad no se compromete con una parte de la vida humana, sino que afecta a la totalidad. El placer afecta casi siempre apenas a un sector de nuestra corporalidad. Es decir, que no se puede estar a la vez debajo del agua, hacer pesca submarina, oir un chiste y beber cerveza fría.

Por contra, la felicidad puede abarcar todas esas dimensiones y, de uno u otro modo, realizarlas en sí. ¿Por qué? Porque la felicidad no depende, en definitiva, de nuestra sensorialidad. La felicidad es mucho más globalizante y menos puntual que el placer. La felicidad resulta inseparable del sentido de la vida que se tenga. Para saber si una persona es feliz o no, basta con preguntarle: "¿Por qué te has levantado esta mañana?". Es probable que se nos ofrezcan respuestas de lo más estúpidas: "Pues me he levantado porque me han despertado" o "me he levantado porque tenía hambre y tenía que desayunar"; o tal vez "me he levantado porque en algún momento del día había que hacerlo", etc.

Las razones aducidas no son motivos relevantes para que una persona decida levantarse. El paso de la horizontal a la vertical -algo con lo que iniciamos nuestra jornada cada día- es para algunos un esfuerzo gigantesco que hay que hacer, sin que apenas se disponga de un motivo suficientemente razonable que lo justifique. Es preciso encontrar una razón o motivo para que nuestra conducta se ponga en marcha cada mañana y entre en vibración, de manera que pasemos de la horizontal a la vertical, venciendo el retador y peligroso desafío de la ley de la gravedad. Supongamos que hemos logrado ponernos en pie sin saber por qué... Surgen a continuación numerosas preguntas: ¿Qué sentido tiene el que yo esté aquí ahora, por ejemplo? ¿Cuál es el significado último? Las decisiones libres tienen que mediar la mayoría de nuestros actos. Porque de no ser así, es la circunstancia la que se escoge. Y así no se puede ser feliz. Acaso podamos tener suerte y en algún momento ser más felices que en otro, sí. Pero las circunstancias no deben sustituir nuestra libertad en la toma de decisiones.

El placer se agota en sí mismo y condena a la persona muchas veces a la pasividad, a arrojarse en los brazos de las circunstancias que son las que en definitiva deciden por nosotros. El dolor, en cambio, conduce a la persona a hacerse cuestión de sí. El dolor nos interpela y nos hace preguntas, que no siempre tienen una cumplida respuesta. La experiencia del sufrimiento -a pesar de su aparente sinsentido- suscita en el hombre una inquietud, instándole a preguntarse: "¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí, ha de sucederme esto ahora?" Mientras que en el placer no acontece eso. Ante las experiencias placenteras, las personas no se preguntan: "Oye, ¿por qué a mí me ha tocado este helado tan riquísimo?" No, eso nadie lo dice. En cambio, si nos fracturamos un fémur, la pregunta sube enseguida a nuestros labios: "Hombre, qué mala suerte. ¿Por qué precisamente a mí ha de ocurrirme esto ahora?" Es decir, la capacidad que tenemos de profundizar en nosotros mismos al filo de las experiencias placenteras y dolorosas es muy diferente. En ese mismo sentido, puede entenderse el problema de la felicidad.

La felicidad tiene que ver con el hecho de plantearnos una cuestión fundamental. En el fondo, cuando hablamos de felicidad lo único que hacemos es cumplir con el deber de interpretar cuál es el sentido de nuestra propia vida. Esto invita ya a preguntarse si se es feliz o no.

Cuando uno viene a este mundo dispone de estructuras recibidas por cultura, tradiciones y educación que hacen que no estemos a la intemperie ni del todo desnudos y desvalidos. Me refiero a los valores que, por ejemplo, hemos visto realizados en éste y en aquél, y que pareciéndonos buenos, intentamos apropiárnoslos. Con todo eso se va configurando un cierto proyecto de vida y, de alguna manera, también un cierto sentido, que da cuenta y razón de ella. Se concreta así un cierto deseo de felicidad. Pero a partir de esa estructura, hemos de ir mucho más lejos. Es decir, tenemos que plantearnos seriamente -tanto nos va en ello- si vamos a ser felices o no. Y para ello, lo primero de todo, lo que más importa, es aceptarse uno a sí mismo, tal y como es. Cierto que no hay que quedarse en eso, pero sí es obligado partir de eso.

La aceptación de sí mismo

Conozco a una chica encantadora, inteligente y guapísima, que sólo tiene un problema, una tragedia que casi la hunde en la desesperación: no se gusta a sí misma. Nada más y nada menos que eso. Por ese problema está siempre irritable y no hay quien aguante a su lado: grita, se enfada..., en fin, insoportable. Todo su problema reside en que ella no se gusta a sí misma. También en alguno de nosotros, muy probablemente, uno de los problemas que más nos impiden ser felices es que no nos soportamos a nosotros mismos "qua talis", en cuanto tal, que dicen los clásicos. En otros casos no nos aceptamos en este o aquel defecto que tenemos: "No me aguanto a mí mismo, porque soy muy tímido o no soy muy listo o soy muy alto, o...." Así no se puede ser feliz; así se acaba por ser un neurótico. De aquí que para ser feliz, haya que aceptarse a sí mismo y partir de ahí.

Se ha dicho que la felicidad es el bien que todos los seres naturalmente apetecen. Esto significa que para ser felices hay que partir de que hay un bien, porque si no hay un bien, no puedo ser feliz. Si yo abro mis ojos y no veo nada en el horizonte a lo cual puedo llamar "bueno", dicho de otra manera, que para mí no hay nada que valga, yo no puedo ser feliz. Por lo tanto, el primer término de la definición es correcto. Lógicamente, el concepto de felicidad que yo pueda tener y el que tienen los demás, probablemente no sea el mismo. Y posiblemente el concepto que tengo yo de felicidad no es el mismo que el que tenía hace cinco años, puesto que algo va cambiando, imperceptible pero ciertamente, en todos nosotros. Sin embargo, tiene que haber un cierto bien en el que todos o casi todos coincidamos y a todos nos apetezca. En ese bien que todos apetecemos reside la felicidad humana y debe ser apetecido naturalmente.

Consideremos ahora el otro término de la definición: "apetecen". Se apetece lo que despierta, la aparición de algo valioso que hace que emerja una cierta tensión o tendencia. Si alguien está así un poco como atontolinado, a punto de dormirse a la caída de la tarde, cuando hay en el horizonte esa especie de hemorragia en que se desangra el sol en el ocaso y en ese horizonte emerge un valor, entonces uno percibe el valor, dilata la pupila y deja de estar tumbado en la mesa o en la butaca. Lo más seguro es que se levante y lo observe y diga con atención para sí: "Hay que ir a por ese valor: si consigo alcanzar ese valor, yo mismo seré valioso". Eso es apetecer en el sentido en que aquí se ha empleado.

Apetecer aquí se está tomando en el sentido de querer. Nos estamos refiriendo al apetito intelectual con conocimiento del fin. Eso es lo que nos hace felices: "El bien que todos los seres naturalmente quieren". Conviene distinguir entre algunos términos de amplia circulación en la actualidad, como es el caso de apetecer, desear y querer. Muchas personas que buscan el placer, apetecen y desean, pero no quieren. Lo propio de la felicidad es querer. Lo propio de los instintos es apetecer. Lo propio de la imaginación es desear. No son lo mismo la imaginación, los instintos y la voluntad. Por eso apetecer, desear y querer tampoco significan lo mismo. Para ser felices hay que querer. Y para querer, hay que conocer. Porque no se quiere lo que no se conoce. Si se quiere ser feliz hay que conocer. Y para conocer hay que formarse. Si no se abre la inteligencia al conocimiento, es muy difícil que se pueda acertar con lo que es la felicidad.

En la actualidad hay un uso atomizado y fraudulento del concepto de felicidad. Hoy se confunde felicidad con placer. Y con placer instantáneo. Pero eso no es felicidad, no hace al hombre feliz. ¿Cuál es el hilo que une todos los placeres dándoles un sentido? En el caso de algunas personas, ninguno. Pues aunque haya, secuencial o instantáneamente, satisfacciones placenteras que nada tienen que ver unas con otras, a nadie se le ocurrirá llamar a eso felicidad. Las satisfacciones momentáneas e invertebradas desorganizan la vida, la fragmentan y acaban por atomizarla; no fundan ni dan cumplida cuenta de la totalidad y el sentido de la vida. Tampoco constituyen una respuesta al todo de la vida personal. A eso no apunta la unidad armónica de la vida humana. Y es que eso no puede ser garante de felicidad alguna.

El natural pluralismo de la felicidad humana y la donación

Hay algo importante: tenemos que ser felices. Pero desde la pluralidad, y no desde el isomorfismo. Y esto también se confunde hoy. Cada hombre, cada persona, tiene no sólo el derecho, sino el deber de optar por la pluralidad, por la diversidad. Cuanto más variados somos, más enriquecemos a los demás. Cuanto más isomórficos, más rebaño, más homogéneamente aburridos. Por lo tanto no está mal que haya diversos conceptos de felicidad, siempre y cuando se respete ese bien que todos los seres realmente apetecen.

La felicidad no nos obliga a ir a todos por el mismo camino, en fila india, para pedir helado de frambuesa. Cierto que es muy bueno que haya una heladería con helados de frambuesa. Pero ese bien no nos obliga a elegir todos el mismo tipo de helado, en la misma heladería y en la misma cola. Es mejor la diversidad, aunque en este caso sea una diversidad menor. En el caso del ejemplo, el enriquecimiento de la persona es, obviamente, modesto. Vale más que cada uno pueda degustar el helado que quiera, cientos de sabores mejor que un solo sabor. Sería absurdo que todo el gusto se redujera a un solo sabor. Otra cosa es que sólo hubiera -en estado de necesidad- un solo sabor. En ese caso habría que adaptarse y conformarse con la realidad. Me estoy refiriendo en términos únicamente placenteros para observar, por contraste, cómo hay también muchas formas posibles de estilos de vida diferentes, desde los que también puede lograrse la felicidad. No hace falta que con nuestras vidas marquemos todos el mismo paso en nuestra búsqueda de la felicidad. No, no es eso. Es mejor el pluralismo. No se entiende cómo siendo mejor el pluralismo haya personas que parece que no quieren ser diferentes y se empeñan, al parecer, en sólo la imitación.

Otra cuestión importante es que para alcanzar el bien en que consiste la felicidad hay que pelear. Eso significa que hay que formarse, que, de alguna manera. hay que buscar la perfección. El hombre perfecto es el hombre feliz. Convénzanse los que todavía están aburridos de que al hombre le es propia la búsqueda de la felicidad, que consiste en la pelea esforzada por alcanzar la propia perfección.

Para ser feliz hay que hacer el bien. Hay personas que creen que -como dice el chiste- todo lo que nos gusta está prohibido o engorda. Eso no es verdad. Hay que convencerse, de una vez por todas, que solamente haciendo el bien se es feliz. Y que yo hago el bien porque me da la gana ser feliz. Y que sería estúpido cumplir un mandato que no nos hace felices, sólo por satisfacer un deber kantiano que me ha sido impuesto y que mi conciencia no me exige.

El hombre, desde que nace, tiene una cierta perfección: la del ser. Pero el hombre es una perfección inicial que, por estar abierta, exige una perfección final de mayor nivel. El hombre es una perfección perfectible. Y toda nuestra vida consiste en satisfacer lo perfectible a lo que apunta esa perfección inicial, en que consistimos y somos. Y eso es ser feliz. Ser feliz es elevar al máximo techo posible, a la máxima perfección todas nuestras facultades, haciendo el bien, que es tanto como hacerlas buenas. Y eso es lo que muchas veces no hacemos. Y por eso lo pasamos tan mal. Por eso estamos hastiados de nosotros mismos tantas veces. Por eso nos aburrimos, porque nuestra vida se ha vuelto ininteresante para nosotros mismos, porque hemos perdido de vista -hemos extraviado- que podemos ser mejores en tantas cosas. Acaso también por eso nos sentimos, en algunas circunstancias, como la náusea en la boca propia y ajena, una situación patética en la que parece que lo único que nos falta ya es vomitarnos a nosotros mismos, porque no tiene sentido nada de lo que hacemos. Porque se pasan los días y uno no sabe qué hacer consigo mismo. Este es el caso de los que "queman" todo el verano, pasándolo fatal, "cociéndonse" en la propia salsa del aburrimiento.

Debemos formarnos.

Formarse no es nada más que fundamentar la propia autotransformación para ser una realidad transformante de los demás. Esto quiero que se entienda. Una persona que es feliz no ha conquistado ese estado sólo para su satisfación, en el sentido narcisista del término. Por consiguiente, la persona que busca su felicidad no parte de la formulación egoísta siguiente: "yo-para-mí-sólo-conmigo-sin-nadie". Una persona que es feliz traslada, contagia, transmite su propia felicidad a los demás. Porque si no, paradójicamente, sería una felicidad pobretona y, por tanto desgraciada, es decir, pura infelicidad placentera.

La felicidad es tanto más feliz, valga la reduncia, cuanto más se da, cuanto más se prodiga, cuanto más siembra en los que hay a su alrededor, contagiándola a todos. Para eso hay que ser un poquito más perfectos de lo que somos. En el fondo, la persona feliz no es otra que la persona que se ha auto-realizado. Una persona autorealizada es la que ha realizado en sí los valores que ha conocido en su contexto social y otros muchos que ella misma puede haber descubierto.

Cuando encendemos la televisión y vemos un deportista fabuloso, quizá pensemos: "Cómo me gustaría a mí hacer ese salto de pértiga." Es decir, yo lo que quiero es realizar el valor que he visto realizando a esa persona en sí mismo, de manera que también yo lo encarne en mí mismo. Conquistar ese valor y encarnarlo es lo que queremos, ya que ese valor, cuando lo poseo y lo realizo en mí mismo, me hace valioso. Ese valor hace que yo me acrezca en mi valer. Eso es lo que a mí me hace valer. Yo quiero ser valioso. Ser feliz es ser valioso.


Un criterio para la autocorrealización personal en la felicidad

Pero no debemos pensar que cuando uno se auto-realiza adquiriendo valores y encarnándolos, es para luego presumir de que somos valiosos. Somos felices cuando, auto-realizándonos plenamente, también ayudamos plenamente o contribuimos a la plena realización de los demás. Uno se auto-realiza en la medida en que los demás que están a nuestro alrededor se realizan, por virtud del esfuerzo que nosotros ponemos. Uno es perfecto en la medida en que desarrolla lo perfectible que tiene su perfección inicial en tanto que ser. Como estamos observando, la felicidad humana es solidaria y no se conforma con sólo la felicidad del propio y recortado yo. Felicidad y solidaridad marchan siempre cogidas del brazo: donde va una, allí forzosamente le acompaña la otra. Así de sencillo. Y es que la felicidad es hacer que todos participen y apetezcan ese bien que nos hace dichosos. En esas circunstancias se es feliz, a pesar de lo mucho o poco que nos cueste (tiempo, trabajo, esfuerzo, etc.).

Concluyamos, pero antes quisiera sintetizar algunos de mis pensamientos sobre este particular. Todo hombre, por el hecho de serlo, quiere ser feliz. Por eso les reto a que me presenten una persona que en verdad no quiera ser feliz. No, no la encontrarán. Todos los hombres quieren ser felices.

De acuerdo con lo anterior, si no buscamos la felicidad es que todavía no nos hemos enterado de quiénes somos. Les sugiero que se pregunten: ¿Estoy yo buscando la felicidad?¿Quien soy yo?

Si no se acepta la perfección inicial que cada uno es, resulta imposible que en la práctica seamos felices, porque no nos aceptaremos como quienes somos y no desarrollaremos esas perfecciones iniciales en que consistimos. Lo primero que hay que hacer es aceptarnos como somos, a la vez que no nos conformamos enteramente con ello, sino que luchamos por acrecer, avalorar y desarrollar todo lo bueno que hay en nosotros. La perfección inicial no es perfecta de una vez por todas y para siempre, como tampoco al inicio está desarrollada en todas sus posibilidades. Ese desarrollo es, precisamente, lo que hace que nuestras vidas sean interesantes para nosotros mismos -la vida como proyecto es lo contrario de la vida que se ha vuelto ininteresante para el hombre aburrido- y, en consecuencia, lo que nos hace felices.

Si ese desarrollo no lo hacemos, estamos robando a nuestro propio ser las potencialidades perfectibles que tenía y estamos hurtando también a la comunidad, porque estamos renunciando a algo que era un bien para todos los demás: un bien participable y comunicable a nosotros mismos y a los otros. De aquí que cuando no luchamos seriamente por la perfeción podamos incurrir en cierta negliencia. Y si esa omisión es negligible, tal vez sea punible y, por tanto, hasta cierto punto culpable y castigable.

El hombre está llamado a ser lo máximo que pueda y deba ser, para así hacer felices a los demás. Si nos conformamos con sólo la perfección inicial y no combatimos, mediante el propio cambio y la transformación, para conseguir la perfección final que ha de operarse en nosotros, nunca seremos felices.

Los caminos de la felicidad que yo muy sinceramente les deseo, consisten, sintetizándolo mucho, en atreverse a ser cada uno quien es, para ser mejor de lo que es, aunque en ese intento tengan que sufrir. Esa es mi propuesta. Para ello tienen muchos modelos en que inspirarse. En la historia de la humanidad hay miles de modelos. Acudiendo a modelos es mucho más fácil llegar a ser lo que todavía uno no es, pero tal vez quiera ser. Inspirándose en esos modelos es más fácil aceptarse como quien uno es. Y a la vez recobrar fuerzas y energías para ser mejor de lo que en ese momento se es. Tengo el firme convencimiento de que eso es pasárselo bien, de que en eso consiste la felicidad.

En fin, todo esto puede parecer una utopía y tal vez con un coste muy elevado, porque acaso para conseguir ser mejores haya que sufrir un poco. Esto último me parece muy cierto y realista. Pero no olviden que, como decía Kant, "¿cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo". Cuando un hombre tiene un por qué vivir (algo que da sentido a su vida: desarrollarse, auto-realizarse, vivir una vida en plenitud, ser perfecto, conquistar la felicidad), tolera cualquier cómo (el calor, el frío, el sudor, el cansancio, el dolor, la irritabilidad, etc.). Deseo que todos encuentren ese por qué vivir, de manera que sus vidas se realicen en plenitud y lleguen a ser dichosos. Estoy persuadido de que ésta es la cuestión fundamental que todo hombre debe plantearse seriamente.




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Para ser feliz también se necesita sufrir

Testimonio de una madre que encuentra felicidad para ella y su familia con un hijito enfermo


La autora de esta carta tuvo un bebé con una lesión cerebral severa. El niño, después de una lucha constante y dolorosa entre la vida y la muerte, falleció a los 13 meses de nacido. En estos pocos meses, su madre aprendió muchas lecciones.
La carta que presentamos relata la experiencia de una madre ante la enfermedad severa de su hijo más pequeño. Este hecho de la vida real sucedió en la familia que forman Claudia y José Antonio y sus hijos: Claudia de 6 años, Marta de 4 y Raúl, que hoy tendría ya 2 años, pero a consecuencia de una lesión cerebral muy severa, murió a los 13 meses de nacido.

Raúl nació después de seis meses de un embarazo complicado. Era muy pequeño y desde el inicio todo su desarrollo fue muy especial. Estuvo 40 días en incubadora, pesaba 1 kilo y 200 grs. y medía sólo 36 cm.



Querida amiga:
Créeme que no tengo la menor idea de cómo comenzar, pero te escribo esta experiencia por si en algo puede ayudarte para tu propia vida.

Me pregunto si existe alguien que entienda los misterios de la vida… hoy sólo le pido a Dios me permita amar lo que me pone delante, aunque a veces me sienta un poco sola ante retos tan escabrosos. Sé que tengo una misión en mi propia vida y lo que más quiero es llegar al final del camino y cumplirla, pero he aprendido que, aunque vale la pena, no resulta tan fácil.

El nacimiento de Raulito marcó un punto y aparte en mi vida; no entendía desde un inicio por qué tantas trabas, si antes de él, todos mis embarazos habían sido tan normales. Como fuera, acepté este último y lo único que pedía a Dios, era ver finalizados los nueve meses, aunque me tuvieran que costar, pues sabía que dentro de mí realmente había una vida, por la que valía la pena cualquier sacrificio. Además, tenía la enorme ilusión de tener conmigo, aquello que como madre considero como lo más valioso: la vida de mi propio hijo.

Puse todo de mi parte para que mi bebé permaneciera dentro de mí el máximo tiempo posible…, pero en esto ya no decidía yo. Había una fuerza natural más fuerte que la mía, alguien detrás de todo esto que quiso que las cosas fueran distintas.

Así fue como nació Raúl de 6 meses y dos semanas: un bebé con un gran espíritu de lucha y sin embargo, un bebé asociado desde el inicio al sufrimiento. Al nacer, pasó directamente a la incubadora. Los doctores nos explicaron que los niños prematuros tienen un desarrollo normal, sólo que es un poco más lento que el de los niños que nacen después de los nueve meses de embarazo. Nos explicaron también que la incubadora, en algunas ocasiones, puede presentar tres riesgos: afectar la vista del bebé, su sentido del oído y su cerebro. Cuando Raúl alcanzó los 2 kilos salió de la incubadora y llegó finalmente a casa, pero lloraba mucho, y los doctores sugirieron que se le hicieran estudios del estómago para ver si tenía algún reflujo que le estuviera molestando.

Con estos estudios iniciamos un largo camino de batalla por su salud. A los cuatro meses de nacido, notamos cosas extrañas para un niño normal: sus ojos no tenían simetría, es decir, no los movía como lo hacemos nosotros siguiendo los objetos con la vista; tampoco se movía, ni emitía sonidos, no se reía…, en fin, todo esto nos inquietó mucho, y fue así como anduvimos de doctor en doctor, y de un lado a otro con el niño, sin poder encontrar una opinión que nos dejara clara su situación.

A los seis meses supimos que tenía un problema en el cerebro, sin nombre ni apellido, así que consultamos otro especialista, que nos explicó que Raúl tenía una malformación en su cerebro, lo llamaba “un trastorno de migración neuronal”; con esto se explicaban tantos problemas en el inicio de mi embarazo. A partir de aquí, lo único que se nos indicó fue iniciar con el niño, lo antes posible, terapias físicas para ofrecerle una mejor calidad de vida. Nadie sabía a ciencia cierta qué tanto podríamos conseguir con él.

Iniciamos sus terapias, y como pasaba el tiempo, no veíamos progreso, Raúl seguía sin moverse, y su mirada permanecía perdida. Su problema con el estómago seguía ahí, no comía nada, dormía poco… tenía ya un añito de vida, y sólo pesaba 6 kilos.

Finalmente al año y 23 días, murió. Cuando dormía, le vino un reflujo que le quemó el esófago, y con eso, sus vías respiratorias se cerraron y le sobrevino un paro cardíaco.

Esta es la historia de mi Raúl, y yo ahora sé que así nació porque tenía una grandísima misión que sólo podía realizar siendo tal como era. Lo que hoy me da consuelo es pensar que yo fui necesaria para que, a través de mí, este bebé viniera a cambiar la vida de toda mi familia. Sabía que cada uno en su vida va encontrando el camino para ser feliz. Pero, así, ¿se podía ser FELIZ?????

Antes, yo pensaba que sólo las cosas agradables nos podían hacer felices, y siempre daba gracias al cielo porque no tenía sufrimientos. Jamás pensé que el dolor fuera a tocar mi vida; veía con admiración a la gente que sufría por diversos motivos, pero no me daba cuenta de que también el dolor es un regalo que nos enriquece mucho y que misteriosamente, al mismo tiempo, encierra una felicidad muy auténtica y muy profunda.

Conocí el dolor y el sufrimiento con este hijo mío, y por medio de él, aprendí que para ser feliz también se necesita sufrir.

Hoy no puedo menos que agradecer lo que ha sucedido con mi hijo y con nosotros (digo nosotros porque no soy sólo yo la beneficiada: somos mi esposo, mis hijas y yo); digo GRACIAS porque este niño tan especial para nosotros, vino a probar nuestra capacidad de amar, vino a enseñarnos la incomodidad de lo cómodo, vino a enseñarnos lo que cuesta renunciar a lo placentero, a pararnos para servirle a él, a olvidarnos de nuestro sueño para intentar confortar al que sufre y no puede conciliar el sueño; nos enseñó que no hay hora para el descanso, y que realmente la fuerza del cuerpo no es la del espíritu, que puede más que ninguna otra fuerza. Nos enseñó a valorar la sonrisa del que no puede valerse por sí mismo, y nos retó a vivir de cara a lo que realmente vale y no de cara a las cosas materiales que se acaban.

Este bebé pudo enternecernos a todos. Nos enseñó con su ejemplo el sacrificio de comer lo que nos parecía menos apetitoso, pensando en el trabajo que él tenía que pasar para tolerar cualquier alimento. Aprendimos a comerlo todo, aunque no nos gustara, sólo con recordar el sabor tan espantoso de la leche que Raúl se tenía que tomar.

En fin, este bebé me enseñó muchas lecciones y me hizo realizarme como mujer, descubriendo que lo que más feliz me hacía era amarlo y tener la oportunidad de hacer algo por él. Aprendí a mirar con los ojos del alma, como me enseñó mi bebé, que jamás pudo ver, pero le bastó con sentir el amor de su hermosa familia. Él veía un mundo que antes yo no veía.

Éstas fueron sin duda, las experiencias más duras pero también las más enriquecedoras que he vivido. Mi esposo y yo estamos seguros de que nuestro sacrificio ha valido la pena, y que tenemos en el cielo a ese angelito que no se olvidará de nosotros, y que sin duda cuida de sus hermanas que lo recuerdan todos los días.

Escribo esto y todavía termino llorando, pero quise compartir contigo esta experiencia que hoy me deja llena y satisfecha.

Recibe un gran saludo… te quiere tu hermana de siempre. Claudia.



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Sufrir o ser feliz

El sufrimiento es un misterio que muy pocos comprenden, pero aquellos que lo logran, llegan a ser verdaderamente felices



El sufrimiento es un misterio que muy pocos comprenden, pero aquellos que lo logran, llegan a ser verdaderamente felices. A Francisca Valdivieso, mejor conocida como “Kika”, la vi por primera vez hace exactamente un año. Ella vive en Santiago de Chile, con su esposo y sus 6 hijos. Desde hace tres años padece la Enfermedad de Crohn. Hoy quisiera compartir con ustedes las letras que hace poco envió a sus amigos, y en las cuales relata la experiencia que esta enfermedad ha traído para su vida: tres años de un lento calvario, unidos también a un dulce tabor.

«Queridos amigos:

Hace un par de días, Chila me comentaba que admiraba mi capacidad de sobrellevar esta enfermedad. Yo lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que los he engañado a todos.

Primero que todo, lo he pasado pésimo estos tres años, mi capacidad de aguantar el dolor físico es cada día menor, y a pesar de estar tomando mis medicinas, estoy buenaza para llorar.

No soy para nada un ejemplo de nada, me he aferrado con dientes y uñas a la vida cotidiana, a poder estar decente cuando estoy con los niños, a no dejar de ser una ferviente esposa, a que haya pan a la hora del té, aunque lleve una semana sin poder levantarme de la cama, a mi querido cajón de la oficina que ya generosamente y con muchísimo sacrificio le cedí a Javiera. Y eso se llama "supervivencia".

Debo reconocerles que cada vez que voy a la clínica tiemblo de terror que pase algo nuevo, y ya no resisto un pinchazo, una sonda o un examen más, no importa si me duela o no, ¡simplemente no quiero!

¡Qué horror!, pensarán ustedes... y fíjense que no es así. Paradójicamente a lo que puedan pensar, ¡yo soy feliz!

Primero, porque tengo a Dios, que me ha trapeado como ha querido, que me ha podado hasta doler, que aún no me explica el porqué de todo esto, pero que me derrite cuando voy a pedirle explicaciones y Él esta ahí clavado en la Cruz, sin poder siquiera mirarme porque su cabeza cuelga sin fuerzas a medio morir.

¿Cómo no lo voy a amar, si Él está peor que yo, si Él aceptó vivir Getsemaní y comprende mi Getsemaní de cada día, si cuando me siento en silencio a acompañarlo, es tan generoso que permite que me vuele pensando en miles de cosas, sin olvidarme de que estoy ahí por Él, y lo más importante, que Él está ahí por mí...? ¡Cómo no voy a ser feliz!

Luego la Virgen María, mi verdadera Madre, la que es fuerte, es firme, la que siendo ella una Reina, me pide ayuda para fabricarle rosarios, a mí, que no soy nada, que ni siquiera puedo ver la aguja para poder enhebrar el hilo, y sin embargo me permite tejer esas cuentas con tanto amor. Ella me lo pide, y yo también le pido tantas cosas...

Mi familia, mis hijos, pobrecitos ellos, han vivido tantas angustias, tantas incertidumbres. Cuánto sufren cada vez que no estoy, cómo se las han arreglado. Y, nuevamente, el milagro... ¡¡¡esta es una casa llena de alegría, somos felices!!!

Ustedes mis amigos, que me quieren, que me acompañan, que rezan por mí, no se imaginan cómo los necesito, y no se imaginan lo importante que es para mí que ustedes me necesiten, me encanta ser la mamá del grupo, llevarles alegría, servirlos...

Y ahí está la clave, creo que Dios me ha puesto en esta tierra para servir, pues servir es lo que me hace más feliz, mi vida no tendría sentido si no lo pudiera servir a Él, si no los pudiera servir a ustedes, hay tanto que hacer...

Finalmente, y lo dejo para el final porque es muy importante, las vocaciones. Dios me ha ayudado a entender la generosidad de las almas que le sirven única y exclusivamente. Estoy convencida que así como la oración de muchos que rezan por mí me ha mantenido a flote, tenemos que rezar mucho por las vocaciones, entenderlas, acompañarlas, amarlas... ¡Sólo así tendremos santos sacerdotes!

Les pido que sigan rezando por mí, que me acompañen física y espiritualmente, porque los necesito tanto como necesito a Dios, porque quiero seguir siendo feliz, y sobre todo quiero seguir haciendo feliz a los demás.

Que Dios los bendiga, un fuerte abrazo,

Kika Valdivieso»




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