La mejor ayuda para un drogadicto


10 Cosas que los padres deben hacer para prevenir el consumo
de drogas de los hijos


Autor: Francisco Gras

Los padres tienen la grave e irrenunciable obligación, de proteger a sus hijos, contra los peligros que les acechan en la sociedad, máxime cuando estos peligros, provienen subrepticiamente de quienes los jóvenes menos esperan.

Ayer me presentaron a un padre, que estaba totalmente destrozado mental y psicológicamente porque su hijo de 16 años, acababa de morir, victima de una sobredosis del maldito y famoso “cheese”, la droga compuesta por heroína Tylenol PM, de similares efectos a las drogas de diseño, como el Éxtasis y las derivadas de las anfetaminas. Estaba destrozado porque tenia conciencia, de que no había hecho lo suficiente para prevenir y en su caso alejar a su hijo de las drogas.

Esta nueva peste negra que esta asolando las jóvenes comunidades escolares y que no respeta ni a pobres ni a ricos, niños o adolescentes la han introducido arteramente, principalmente a través del sistema escolar, sin que padres, maestros, ni la policía se hayan dado cuenta de su penetración, hasta que ya se ha instalado. Hay muy pocas posibilidades de erradicarla.

Este adolescente salió de casa para ”dar una vuelta” con sus amigos y ya no volvió, fue llevado cadáver al hospital. La policía lo encontró muerto en una casa vacía, donde se reunía periódicamente con sus amigos para consumir drogas, alcohol, fumar marihuana, etc.

Según la policía, no era la primera vez que se reunía en aquella casa y no era tampoco, la primera vez que consumía drogas.

Los narcotraficantes han encontrado un nicho de mercado muy rentable. Venden la dosis de “Cheese” a dos dólares, lo que les acerca a infinidad de prospectos y clientes. Los vendedores son los mismos estudiantes, que están amparados por su minoría de edad y muy disimulados entre la población estudiantil.

En muchos casos han gozado por parte de los maestros de la permisividad, “vista gorda” motivada por el miedo a las represalias. Sabían quienes eran los vendedores de la droga en su escuela, pues éstos lo anunciaban con etiquetas en sus mochilas. Pero ni los maestros, ni los alumnos, ni sus padres informaban a la policía, ni a nadie. Así se ha generado este monstruo policéfalo que ya no hay quien lo detenga.

Los padres tienen la grave e irrenunciable obligación, de proteger a sus hijos, contra los peligros que les acechan en la sociedad, máxime cuando estos peligros, provienen subrepticiamente de quienes los jóvenes menos esperan.

Para prevenir o corregir esta situación, los padres deben:

Hablar muy claro entre los esposos y con los hijos desde muy temprana edad, de los peligros, tanto físicos, mentales, económicos, religiosos y sociales, que suponen todas las drogas: denominadas blandas y duras, alcohol, tabaco, juego, apuestas, etc. En todas las adicciones se entra fácilmente, casi jugando y ya no se puede salir. Las conversaciones con los hijos tienen que estar llenas de amor en la forma de expresarse y firmeza en el contenido, de manera que permitan la sinceridad y apertura por parte de los hijos, para contar las situaciones vividas en sus días escolares. También deben ofrecerles alternativas, para que su tiempo libre lo dediquen a su sano esparcimiento y formación social y religiosa. Hay muchas actividades, donde los hijos pueden aprender a desarrollar los valores humanos y religiosos, que les ayudarán a estar prevenidos, contra los problemas que le acechan.

Mantenerse muy alerta, revisando periódicamente y al azar los bolsillos, mochila, libros, habitaciones y posibles escondites de los hijos, para determinar si hay rastros de posesión o consumo de drogas. El olfato y los signos externos físicos, también deben usarse. Vigilar el apetito, los horarios de entradas y salidas de la casa. Preguntar por la procedencia de objetos desacostumbrados y caros para su economía, encontrados entre sus pertenecías. Analizar los ingresos y gastos del dinero de los hijos.

Examinar periódicamente, las llamadas recibidas y enviadas en los teléfonos privados de los hijos y en el de la casa, pues ahí quedan reflejados, los números de las personas con los que mas contacto tienen. En función de esas llamadas, pedir las aclaraciones pertinentes, sobre las personas con las que se relacionan. Esta disciplina por parte de los padres, choca frontalmente con el concepto tan extendido, sobre todo en esta sociedad, de la privacidad a la que se creen que tienen derecho los jóvenes. Pero los padres deben entender y hacerlo entender, que por encima de la privacidad de los hijos, está su bienestar y el de toda la familia, además del riesgo de responsabilidad civil que adquieren los padres con los hijos.

Repetir constantemente, que una de las fuentes mas importantes de captación, para hacer miembros de las pandillas y para la venta de drogas, es el Internet. Vigilar las direcciones de las personas, con las que se han puesto en conversación a través de los Chats, las páginas que han sido visitadas y los correos recibidos y enviados. Esto es fundamental, para conocer el tipo de relaciones que mantienen los hijos.

Preguntar por los orígenes, dedicación y características de los amigos más frecuentados. Si es posible, intentar conocer a sus familiares, para hablar con ellos sobre estos mismos conceptos, de mantener el estado de alerta permanente, que tienen que tener los padres con sus hijos. En caso necesario, convencer a los hijos que deben eliminar las relaciones con determinados amigos, que aparentemente estén llevando una vida difícil de conocer.

Pedir ayuda a los profesionales, maestros, médicos, psicólogos, sacerdotes y autoridades escolares o policiales, ante la menor sospecha, del comienzo de una desviación hacia las drogas o hacia las pandillas. Si ve o siente que están sus hijos siendo acosado por los vendedores de drogas o por los pandilleros, es imprescindible informar a la policía de lo que le está sucediendo. Se tiene que intentar tener la suficiente confianza con los hijos, como para que éstos cuenten a los padres, quienes venden la droga y cómo lo hacen. Es conocida la presión que los vendedores ponen a los jóvenes para que compren la droga, infiriéndoles incluso amenazas físicas y verbales, en el caso de que no quieran comprar la droga para consumirla o revenderla.
Deben hablar con los maestros, de la situación que sus hijos ven en las clases o de lo que los padres han observado en el comportamiento familiar. Los maestros, en combinación con los padres y la policía, pueden hacer una gran labor de prevención y erradicación de las drogas, tomando medidas en la escuela, el hogar y la calle respectivamente.

Al detectar el problema en uno de los hijos, es muy posible que los otros hermanos, también se vean acosados por la misma situación. Entonces la gravedad empieza a agrandarse y las soluciones son más difíciles de tomar y de mayor envergadura. Es muy posible que los padres, tengan que plantearse el tener que cambiar de escuela, pues algunas escuelas, están infectadas de narcotraficantes y pandilleros, por lo que no seria lógico permanecer ni un minuto más enfrentándose a esa guerra, consentida por otros, y la cual nunca va a ser ganada. Cuando existen causas justificadas, los distritos escolares tienen mecanismos legales, para procesar y aprobar las solicitudes de cambio de escuela. Seguramente se tendrán que enfrentar a la resolución de otros problemas, como son el transporte de los hijos a las otras escuelas y algunas cosas relacionadas con los libros y el costo de las comidas, pero no se puede dejar que el problema de las drogas, arruine la vida de sus hijos o determine que el porvenir de ellos sea el hospital o la cárcel.

Las medidas de prevención imprescindibles que tienen que realizar los padres, tienen que estar soportadas porque los padres estén muy unidos, aunque se de la paradoja de que estén divorciados, y que continuamente estén dando un buen ejemplo de comportamiento entre ellos y ante sus hijos. Los padres, no pueden exigir la sinceridad de los hijos, ni que cumplan con las reglas de la disciplina, si ellos no dan previamente un buen ejemplo de convivencia familiar, religiosa y social.

Las excusas más usadas por los padres, para no involucrarse en la educación de sus hijos, ni para preocuparse de las soluciones descritas anteriormente, son las siguientes:

No quiero inmiscuirme en la vida privada o intima de mis hijos, ejerciendo control sobre sus actividades. Tengo que dejarles que hagan lo que quieran en su tiempo libre y con su dinero, con tal de que vayan bien en sus estudios. Tengo que darles la completa libertad para que sean dueños y responsables de sus actos.

Desconozco el manejo del Internet (Chats) y de los sistemas modernos de los teléfonos (Mensajes). Nunca los he usado y ya soy muy mayor para empezar a conocerlos. Ellos los utilizan cómo, cuándo y con quién quieren.

Debido al excesivo trabajo que realizo para poder mantener dignamente la familia, no tengo tiempo de dedicarme a las cosas de mis hijos. Cuando llego a casa estoy demasiado cansado como para pensar en lo que han hecho los hijos. La educación de ellos la dejo en manos de los maestros, que para eso les pago.

No se inglés para entender las conversaciones que mantienen entre ellos, ni con sus amigos, que libremente han escogido, ellos sabrán si les convienen o no, es su libertad.

Responsabilidad civil. Los padres no se deben olvidar, que si la policía detiene a sus hijos menores de edad, en una redada antidrogas o consumiéndolas, es muy posible que los lleven a la cárcel juvenil o los entreguen provisionalmente a una familia, incluso lo pueden hacer también con sus otros hijos, que vivan en la casa.

Los padres son responsables subsidiariamente, de todos los cargos económicos que sus hijos cometan en atropellos, choques de automóviles, robos, daños materiales y físicos en las propiedades o personas. Hasta podrían perder sus casas u otras propiedades, por tener que responder de su responsabilidad civil.
Leer más...

Si el dolor llama a tu puerta


Sentido del sufrimiento

El sentido del dolor en Cristo

El dolor humano es una realidad innegable y además plena de sentido. Pero si el ideal de la vida presente se pone en una vida sin dolor, entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y, si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se plantean que pueda tener algún sentido.


El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución… [14] . Más aún, siendo Él mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo, a llevar su cruz [15] , para seamos asimismo partícipes de su resurrección.

Condición: aceptar el sufrimiento
El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor como parte de la vida a la que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará sin el consuelo divino. No ha de verse en la aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho de la cruz, del dolor por Dios y los hombres, el ideal de su vida.

La pretendida abolición del dolor es asimismo inhumana
El dolor es lo ordinario, lo normal en una vida cristiana y como la antesala de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios no tener miedo al sufrimiento y no caer en la tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa. Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia vida. La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla [16] .

El dolor como motor de la vida
Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse por miedo. El miedo se convierte de esta forma en el motor de la vida: el hombre convertido en una bestia de arrastre que tira por miedo al palo. Hay personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con algo por temor al lote de dolor que a toda empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando la guerra es una amenaza cercana [17] . Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si no –incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la amistad, en la generosidad…, en lo ordinario de cada día– la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no ven otro atractivo que la juerga.

El dolor gozoso
Estar alegres es en todo caso necesario, una cuestión de justicia. La alegría es virtud y como tal no falta en el buen cristiano. Su vida cristiana, basta con que sea normal –como la de tantos no famosos– para ser interesante. En esa vida corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es más bien dejar que El nos posea para siempre: Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti [18] .

Una riqueza para el cristiano
Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo aunque sean a años vista, no con deseos de infinito que no pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es, por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua Pablo II, el sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna [19] . Por esto, podemos afirmar seguros que el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría. De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros [20] ». Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás (…).

Una habitual paradoja
La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (…).


Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja [21] . Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual el rico de verdad es el que deja todo; sólo tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.

Ejemplo posibilidad y condición
Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo –como en los irracionales–, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniéndose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

Dios mismo lo hace posible en nosotros
Cualquier dolor puede ser para el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora –esa Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle–; aunque a veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser sino el amor. Así el dolor es Cruz y la ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la acción del Espíritu Santo; que, activo en el hombre, transforma al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María [22] .


El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad del Padre, y en ella la salvación del mundo. No reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora, pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu. El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? [23] , confía a la vez y exclama seguro: en tus manos encomiendo mi espíritu [24] .

Lo que no se entiende
El dolor aceptado es obediencia, un no-entender paradógicamente lleno de sentido, porque se sabe que si Dios permite ese dolor es para un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso; y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por ejemplo, en los milagros. Pero la actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad “que sana al mundo” sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué [25] . No es lo que Dios pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.

De lo que se trata
Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios, amarle cada vez más; viene a ser lo de menos si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor: el cansancio, la contradicción…, con tal de que –como Cristo– avancemos nuestros pasos hasta el Calvario en la medida de las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene peso específico; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el Beato José María, hay que dar a cada instante vibración de eternidad.

www.fluvium.org

Leer más...

En el servicio se encuentra la alegría

Servir a Dios y a los demás
Autor: Francisco Fernández-Carvajal
Fuente: Encuentra

Vivir en constante disponibilidad a las necesidades ajenas es una forma de imitar a Jesús, quien siendo Dios, no vino a ser servido sino a servir.


Servir a Dios y a los demás
I. Como el discípulo ante el maestro, como el niño junto a su madre, así ha de estar el cristiano en todas las ocupaciones ante Cristo. El hijo aprende a hablar oyendo a su madre, esforzándose en copiar sus palabras; de la misma forma, viendo obrar y actuar a Jesús, aprendemos a conducirnos como Él.
La vida cristiana es imitación de la del Maestro, pues Él se encarnó y os dio ejemplo para que sigáis sus pasos [1]. San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a imitar al Señor con estas otras palabras: Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús [2]. Él es la causa ejemplar de toda santidad, es decir, del amor a Dios Padre. Y esto no sólo por sus hechos, sino por su ser, pues su modo de obrar era la expresión externa de su unión y amor al Padre.

Nuestra santidad no consiste tanto en una imitación externa de Jesús como en permitir que nuestro ser más profundo se vaya configurando con el de Cristo. Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del hombre nuevo... [3], anima San Pablo a los colosenses. Esta diaria renovación significa desear constantemente limar nuestras costumbres, eliminar de nuestra vida los defectos humanos y morales, lo que no es conforme con la vida de Cristo ... ; pero, sobre todo, procurar que nuestros sentimientos ante los hombres, ante las realidades creadas, ante la tribulación, se parezcan cada día más a los que tuvo Jesús en circunstancias similares, de tal manera que nuestra vida sea en cierto sentido prolongación de la suya, pues Dios nos ha predestinado a ser semejantes a la imagen de su Hijo [4].

La misma gracia divina, en la medida en que correspondemos a la acción continua del Espíritu Santo, nos hace semejantes a Dios. Seremos santos si Dios Padre, puede afirmar de nosotros lo que un día dijo de Jesús: Éste es mi Hijo muy amado, en quien, tengo puestas mis complacencias [5]. Nuestra santidad consistirá, pues, en ser por la gracia lo que es Cristo por naturaleza: hijos de Dios.

El Señor lo es todo para nosotros. «Este árbol es para mí una planta de salvación eterna; de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda, y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío. Sus hojas son mi follaje, sus frutos mis perfectas delicias, y yo gozo libremente sus frutos, que me estaban reservados desde el principio. Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente, y mi vestido en la desnudez, porque sus hojas son espíritu de vida: lejos de mí desde ahora las hojas de la higuera. Cuando temo a Dios, Él es mi protección; y cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo. Es para mí el sendero estrecho y el sendero angosto» [6]. Nada deseo fuera de Él.


II. El Evangelio [7] nos relata la petición que hicieron Santiago y Juan a Jesús de dos puestos de honor- en su Reino. Después, los diez comenzaron a indignarse contra estos dos hermanos. Jesús les dijo entonces: Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor,- y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea esclavo de todos. Y les da la suprema razón: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.

En diversas ocasiones proclamará el Señor que no vino a ser servido sino a servir: Non ven¡ ministrari sed ministrare [8]. Toda su vida fue un servicio a todos, y su doctrina es una constante llamada a los hombres para que se olviden de sí mismos y se den a los demás. Recorrió constantemente los caminos de Palestina sirviendo a cada uno -singulis manus imponens [9]- de los que encontraba a su paso. Se quedó para siempre en su Iglesia, y de modo particular en la Sagrada Eucaristía, para servirnos a diario con su compañía, con su humildad, con su gracia.

En la noche anterior a su Pasión y Muerte, como enseñando algo de suma importancia, y para que quedara siempre clara esta característica esencial del cristiano, lavó los pies a sus discípulos, para que ellos hicieran también lo mismo [10].

La Iglesia, continuadora de la misión salvífica de Cristo en el mundo, tiene como quehacer principal servir a los hombres, por la predicación de la Palabra divina y la celebración de los sacramentos. Además, «tomando parte en las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles a conseguir su pleno desarrollo, y esto precisamente porque les propone lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad» [11].

Los cristianos, que queremos imitar al Señor, hemos de disponernos para un servicio alegre a Dios y a los demás, sin esperar nada a cambio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. En ocasiones, muchos no entenderán esta actitud de disponibilidad alegre. Nos bastará saber que Cristo sí la entiende y nos acoge entonces como verdaderos discípulos suyos. El «orgullo» del cristiano será precisamente éste: servir como el Maestro lo hizo. Pero sólo aprendemos a darnos, a estar disponibles, cuando estamos cerca de Jesús. «Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor.

»-¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!» [12]. De ella obtenemos las fuerzas y la humildad que todo servicio requiere.


III. Nuestro servicio a Dios y a los demás ha de estar lleno de humildad, aunque alguna vez tengamos el honor de llevar a Cristo a otros, como el borrico sobre el que entró triunfante en Jerusalén [13]. Entonces más que nunca hemos de estar dispuestos a rectificar la intención, si fuera necesario. «Cuando me hacen un cumplido -escribe el que más tarde sería Juan Pablo I-, tengo necesidad de compararme con el jumento que llevaba a Cristo el día de ramos. Y me digo: "¡Cómo se habrían reído del burro si, al escuchar los aplausos de la muchedumbre, se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado -asno como era- a dar las gracias a diestra y siniestra!... ¡No vayas tú a hacer un ridículo semejante...!"» [14], nos advierte.

Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida. ¡Ya es suficiente recompensa!

Servicio alegre, como nos recomienda la Sagrada Escritura: Servid al Señor con alegría [15], especialmente en aquellos trabajos de la convivencia diaria que pueden resultar más molestos o ingratos y que suelen ser con frecuencia los más necesarios. La vida se compone de una serie de servicios mutuos diarios. Procuremos nosotros excedernos en esta disponibilidad, con alegría, con deseos de ser útiles. Encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en medio del trabajo, en la vida de familia..., con parientes, amigos, conocidos, y también con personas que nunca más volveremos a ver.

Cuando somos generosos en esta entrega a los demás, sin andar demasiado pendientes de si lo agradecerán o no, de si lo han merecido.... comprendemos que «servir es reinar» [16].

Aprendamos de Nuestra Señora a ser útiles a los demás, a pensar en sus necesidades, a facilitarles la vida aquí en la tierra y su camino hacia el Cielo. Ella nos da ejemplo: «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios» [17]. Entonces hallamos con mucha facilidad a Jesús, que nos sale al encuentro y nos dice: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis [18].

[1] 1 Pdr 2, 21.
[2] Flp 2, 5.
[3] Col 3, 9.
[4] Rom 8, 29.
[5] Mt 3, 17.
[6] SAN HIPÓLITO, Homilía de Pascua.
[7] Mc 10, 35-45.
[8] Mt 20, 8.
[9] Lc 4, 40.
[10] Cfr. Jn 13, 4 ss.
[11] PABLO VI, Ene. Populorum progressio, 26-III-1967,
[12] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 72.
[13] Cfr. Lc 19, 35.
[14] A. LUCIANI, Ilustrísimos señores, p. 59.
[15] Sal 99, 2.
[16] Cfr. JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 21.
[17] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, n. 631.
[18] Mt 25, 40.


Esta meditación forma parte de la Colección "Hablar con Dios"
Hablar con Dios, por Francisco Fernández-Carvajal, Tomo V, Ediciones palabra.

Puedes adquirir la colección en
www.edicionespalabra.es
Leer más...

Quiero superarme pero no se como!!


10 Consejos para Superarse


1.-Responsabilizarte por tu vida.

Existen principalmente dos decisiones que uno debe tomar en la vida:


a)Aceptar las cosas como son.


b)Aceptar la responsabilidad para cambiarlas.

2.-Tomar acción. 

Lo que pensamos, sabemos o creemos, es finalmente de poca consecuencia. La única cosa de consecuencia es lo que HACEMOS.

3.-Tener deseos


El deseo es el punto de arranque para todo logro.

4.-Fijar metas. 

La vida de cada persona se vuelve algo grandioso cuando se fija metas en las que realmente cree, cuando se puede comprometer totalmente y estar dispuesto a entregarse en cuerpo y alma para alcanzarlas. 




5.-Tener un plan 


La mayoría de las personas fracasan porque les falta la persistencia para crear nuevos planes que reemplazan aquellos que no funcionan.

6.-Pagar el precio
El precio del éxito es trabajo duro, dedicación y la aceptación de que si ganamos o perdemos nos hemos esforzado al máximo para alcanzar nuestro objetivo. 



7.-Ser Persistente 


Los deseos y las buenas intenciones son el comienzo para lograr un resultado. Pero este no se obtendrá sin la persistencia, la tenacidad, de lo que nos estimula a concretar las ideas en efectos palpables.


8.-Creer.


"Si crees que puedes estas en lo cierto. Si crees que no puedes, ¡también estás en lo cierto!" Henry Ford.




9.-Aprender de tus errores. 

"Todos los hombres cometen errores, pero solo los sabios aprenden de ellos".Winston Churchill 



10.-Crear una clara imagen de tu futuo y visualizarla constantemente.
Debes crear un entendimiento claro y preciso en tu mente de lo que se tiene que lograr; enfocándote solo en el "que" y no en el "como" y en los resultados y no en el proceso. Tomate tiempo y se paciente. Visualiza el logro del objetivo final". Stephen Covey
Leer más...

4 formas de resolver conflictos en el matrimonio


Conflictos en el matrimonio: ¿Se puede aprender a querer?
Autor: Juan Ignacio Bañares

¿Por qué ahora son más las rupturas matrimoniales? Quizá los motivos de fondo no sean pocos ni sencillos: pero tal vez tengan que ver con el concepto de la libertad, del amor y de la conyugalidad misma




En las estadísticas suelen ir juntos: matrimonios, separaciones, divorcios. Según los datos disponibles, durante el año 2004 en España se contrajeron 216.000 matrimonios, se separaron 82.340 y obtuvieron la declaración de divorcio 52.591. Ciertamente la comparación de la primera cifra (216.000) con la suma de la segunda y la tercera (135.291) es relevante, pero es también relativa. Lo relevante es que la cantidad de matrimonios que se separaron o que obtuvieron el divorcio equivale al 62% del número de matrimonios celebrados en ese año. Lo relativo es que los 135.291 que se separaron o divorciaron en 2004, en sí no tienen nada que ver con el número de nuevos matrimonios: una cosa es cuántos se casan y otra cuántos interrumpen o rompen la convivencia conyugal.



En cambio las cifras sí pueden servir la comparación entre unos años y otros. En este sentido, por ejemplo, los 216.000 matrimonios contraídos en 2004 superaron los 208.000 de 2001 o los 211.500 de 2002.



La ley del “divorcio-exprés”

En cuanto a los divorcios, si bien los números se presentaban más o menos estabilizados, parece que en 2005 ha habido un incremento importante. Se entiende que la aplicación del llamado “divorcio-exprés” haya facilitado que una parte de los cónyuges separados se haya acogido enseguida a esa modalidad. Habrá que esperar algún año más para ver cómo sigue la tendencia. Pero, en cualquier caso, es claro que la posibilidad de un divorcio inmediato, sin culpas que demostrar y sin motivos que aducir, es un nuevo factor entre los generadores del divorcio. Ni la precipitación es buena consejera, ni el apasionamiento lleva al acierto: de hecho, hasta ahora se acababan reconciliando al menos un 20% de los matrimonios que se separaban. No parece que la esta ley-trampolín esté pensada precisamente para favorecer la restauración de la vida conyugal y familiar.



Es cierto que una ley de divorcio nunca ‘obliga’, pero también lo es que es más fácil resfriarse si te obligan a vivir con las ventanas abiertas. Convivir, superar las dificultades de fuera y las crisis de dentro, supone tiempo, esfuerzo, paciencia: el matrimonio se hace en un momento; la vida conyugal se construye en ‘cada momento’. Uno se convierte en cónyuge en el momento de la boda, al darse y aceptarse como esposa o esposo; uno permanece cónyuge para siempre, debiendo aprender a vivir las nuevas circunstancias desde esa perspectiva, desde esa dimensión nueva libremente asumida. Por eso se dice que la fidelidad –vivir según el compromiso adquirido- es muestra del amor –que llevó a tal compromiso–. Así, aprender a amar no es sólo –aunque no sea poco– aprender a comprometerse: es también aprender a ser fiel en toda situación.



La conyugalidad ¿No se conoce, no se puede asumir, o no se quiere vivir?



¿Por qué ahora son más las rupturas matrimoniales? Quizá los motivos de fondo no sean pocos ni sencillos: pero tal vez tengan que ver con el concepto de la libertad, del amor y de la conyugalidad misma.



Tal vez la dificultad principal de hoy, no ya para amar, sino para ‘aprender a amar’, consista en la conjunción de ciertos desenfoques antropológicos típicos y tópicos en la que se ha llamado cultura occidental posmoderna. Se trata de errores serios sobre tres temas que están en la base misma del concepto de amor conyugal: el primero consiste en la consideración de la libertad como pura opción, es decir, como el puro hecho de tener las máximas posibilidades abiertas; el segundo, en la sustitución de la búsqueda de la verdad por la aceptación del relativismo; y el tercero en la sustitución de lo bueno por lo apetecido. Fijemos brevemente la atención en cada uno de ellos.



La libertad como simple opción



En efecto, si situamos la esencia de la libertad en la mera opción, la persona es más libre en la medida en que tenga más opciones disponibles: la libertad se pone antes de la acción del sujeto e independientemente del objeto que elija. Desde esta óptica, en realidad cualquier libertad real se hace imposible. El hombre, realidad finita, debe escoger y toda elección excluye otras posibles; en consecuencia, todo acto de elegir sería precisamente una limitación de la libertad.



Llevando el razonamiento hasta el final se daría el absurdo de que la libertad mayor consistiría en no realizar ninguna elección: no podríamos movernos, porque moverse es desplazarse hacia algún sitio concreto por un itinerario determinado y eso ya significaría rechazar las demás posibilidades y por tanto limitar la propia libertad; no podríamos comer, mirar o vestir, porque siempre se come, mira o viste algo concreto; no podríamos aprender, hablar o pensar, porque también la realización de estas acciones, al limitarse a un objeto, limitaría la libertad.



La realidad es muy distinta. El hombre es un ser inacabado, histórico: cuando nace contiene nuclearmente todo lo que es, pero le es propio dirigirse por sí mismo, a través de sus acciones, a lo que contribuye a su perfeccionamiento. La libertad no es, estrictamente hablando, una facultad del ser humano, sino una característica de la voluntad. La voluntad es una potencia natural que tiende a la acción, buscando la posesión de lo que percibe como conveniente o adecuado a su plenitud. El hombre, como los demás seres animados, puede y debe obrar para alcanzar su desarrollo. La diferencia con los demás seres es que el hombre conoce intelectualmente y –en consecuencia– su voluntad no está determinada por las circunstancias del entorno, sino que las trasciende como el espíritu trasciende la materia.



El objeto de la libertad, de la voluntad libre, no consiste por tanto en el máximo de opciones de los bienes posibles, sino en pasar del bien posible al bien real a través de la elección y de su posterior ejecución: el objeto de la voluntad libre no es la posibilidad de bien, sino obtener la posesión del bien. Cuando tengo hambre, mi voluntad no busca el máximo de posibilidades ‘en potencia’ para calmar el apetito, sino hacerse con un alimento concreto y saciarse.



Si se aplica el punto de vista erróneo, se entiende la elección como limitación de la libertad, el compromiso como una negación de la libertad humana, y el compromiso definitivo como algo inconcebible, porque la irrevocabilidad de la decisión atentaría contra el sentido mismo de la libertad. Desde ese punto de vista, en la medida en que un fin abarca más realidad, ordena más medios, está más enraizado en la persona, en esa misma medida atentaría más contra su libertad, porque cancelaría de golpe más opciones posibles. La consecuencia es clara: cuando la libertad se reduce a opción, el amor –el movimiento propio de la voluntad hacia lo bueno– se reduce al goce sensible.



¿Qué es la verdad?



El segundo error consiste en la sustitución de la búsqueda de la verdad por la aceptación del relativismo. También en este caso deja de considerarse como valor el conocimiento de la realidad objetiva y se sustituye por el valor que el sujeto quiera otorgarle; es cierto que hay muchas cosas opinables, que dependen de la perspectiva con la que mira cada uno, pero también es cierto que hay realidades objetivas, que hay afirmaciones que son verdaderas y afirmaciones que son falsas.



Desde el enfoque relativista no se puede decir que esto o aquello sea verdadero, o esto más verdadero que aquello: esto será verdadero ‘para mí’, y quizá ‘falso’ para aquél. Por tanto, desde este planteamiento el mero hecho de sostener que existe una verdad objetiva supondría otro atentado a la libertad, porque pretende una imposición que limita las opciones de los demás. Aplicándolo a la actuación del hombre, ya no cabe hablar del bien o del mal, de lo bueno o lo malo, porque si la verdad no es objetiva, no pueden existir juicios absolutos. En definitiva, cuando la verdad se reduce a la opinión, el bien se reduce al propio gusto.



¿Quién crea el bien?



Queda así abierto el paso al tercer error antropológico: la sustitución de lo bueno por lo apetecido. Si yo ‘decido’ y ‘creo’ la verdad, yo también ‘decido’ y ‘creo’ el bien. En realidad, ya no se trata del bien –que siempre se refiere a algo objetivo- sino de mi voluntad, que queda como fundamento único y último de todo.



Como se ve, el fondo de estos tres planteamientos es un inmanentismo antropológico que desemboca en un individualismo absoluto. El yo es el principio y el final que se manifiesta como un depósito insaciable de derechos individuales y como un absorbedor inagotable de beneficios tangibles inmediatos.



En lo que se refiere al matrimonio, las consecuencias son implacables. Ya en la Carta a las Familias, hace ya más de diez años, Juan Pablo II advertía que el modelo antropológico de hoy “se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre y, por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que es la verdadera entrega de las personas en el matrimonio” (n. 20). La libertad como opción impide la unidad de la persona que proporciona el fin: no cabe, por tanto, el amor, porque no cabe el compromiso. La relativización de la verdad impide cualquier referencia o anclaje de la realidad externa al propio sujeto: el valor de lo demás y de los demás dependerá, en cada momento, de mi aprecio subjetivo. La sustitución de lo bueno por lo apetecido fragmenta la dimensión sexuada de la persona humana en un calidoscopio de objetos ocasionalmente deseados.



¿Cuál es la relación entre el bien y el amor de verdad?¿Por qué hay que aprender a amar?¿Por qué no ‘sale solo’ ese don-de sí?¿Por qué es necesario el esfuerzo?

Obviamente el esfuerzo es necesario porque hay dificultades. De un lado, el amor es lo más natural del ser humano, porque es su fin. De otro lado, el amor es costoso, porque no es automático, porque exige poner en orden los bienes y ejecutar ese orden, porque la secuela del pecado original y de los propios pecados desbarata ese orden incitándonos a anteponer el propio yo y porque nuestra voluntad libre es débil. Desde este punto de vista es claro que la dificultad para amar es simplemente nuestra facilidad para anteponer el yo a Dios y a los demás.



Al empezar me he referido a algunos errores antropológicos de nuestra cultura actual y que hacen difícil no ya el amor, sino comprender el mismo concepto del amor: comprender que nuestra libertad está para amar y que el amor consiste en el don. Si aquellos errores se resumían en un inmanentismo que se desborda en un individualismo cerrado, queda patente la principal dificultad: una cultura del yo, de la exaltación del yo, significa necesariamente una cultura de la ofuscación de Dios y de los demás.



Afortunadamente el contexto presentado no trata de ser una descripción de la realidad social en su conjunto, sino una explicación teórica de los errores prácticos que están produciendo en la sociedad occidental un desplazamiento radical –de raíz–, aunque muchas veces inconsciente, de las conductas y de los conceptos. Quizá tenga algo que ver con los datos de las estadísticas: pero las respuestas están siempre y sólo en las personas. Por eso creer en la libertad es optar por la confianza en el futuro.

Juan Ignacio Bañares
Profesor de Derecho Matrimonial y Subdirector del Instituto de Ciencias para la Familia (ICF) de la Universidad de Navarra
Leer más...

Hombres egoístas: como enseñarles a amar


Superar el egoísmo
Algunos ejemplos
Autor: Alfonso Aguiló

Para toda persona, erradicar un poco cada día el egoísmo, será erradicar una fuente de tristeza

Vivir de forma egoísta es como vivir en un calabozo. Oímos sólo nuestra propia voz, hablamos sólo de nosotros mismos, sólo escuchamos los lamentos de nuestro propio dolor, únicamente captamos la gloria de nuestra propia victoria personal. Cualquier otro interés está mediatizado por el interés propio.



— No te pongas así. Es lógico que la gente mire un poco por su propio interés...

Pero se puede velar por el propio interés sin ser egoísta. El problema es que el egoísta vive en una permanente búsqueda de la propia satisfacción. Una búsqueda que acaba por ser angustiosa, porque el egoísta a cada paso se sorprende con que ha vuelto a perder el rastro y no consigue disfrutar un poco de tiempo con casi nada.

Son afanes oscuros y confusos que hacen desgraciadas a las personas. Por eso es tan importante que los padres logren que sus hijos descubran la satisfacción que la generosidad encierra, y reflexionen sobre el regusto de tristeza que a todos queda cuando nos comportamos de forma desconsiderada, implacable y egoísta con los demás.

— ¿Y a qué edad suelen tener más tendencia al egoísmo?

Cuanto más pequeño es el niño, tanto más vive bajo el poder de los sentidos, y es por eso mismo más fácil que ceda al egoísmo si no hay una educación adecuada. Una criatura de pocos años parece que todo lo ansía para sí, acumula los juguetes, quizá no repara en que a otros nada les llegue. Pasa por un etapa de acusado egocentrismo infantil en la que gusta considerarse el centro de todo, que se hable de él, llamar la atención...; como Currita Albornoz en aquella novela de Coloma: si asiste a una boda, quiere ser la novia; si a un bautizo, el recién nacido; si a un entierro, el muerto.

Por eso, desde muy temprano hay que ir sacando brillo a sus sentimientos de generosidad, para que ahoguen a esos otros de egoísmo.

De lo contrario, podemos encontrarnos con un reverdecer del egoísmo en los años de la adolescencia.


Precisamente en esos tiempos en los que quizá siente más orgullo por su talento, su desarrollo físico o su agudeza intelectual. Y quizá resulta que a lo mejor:

*se hace amigos interesadamente para que le expliquen las matemáticas o le dejen copiar un trabajo de clase;

*se muestra indiferente ante un motivo de tristeza de otros;

*habla con orgullo a su compañero o compañera de clase, de posición menos acomodada, de los grandes viajes que hace en vacaciones, de la moto que le han regalado, o de los lujos de que él disfruta y que el otro no tiene;

*manifiesta un sorprendente sentido práctico con el que pasa por encima de todos los demás para lograr su propio interés; etc.

— ¿Y cuál crees que es la razón de todo eso?

Quizá arranca desde la niñez, con cosas insignificantes consentidas por quienes convivían con él, y nadie entonces le hizo considerar lo poco noble de esos detalles. A lo mejor escogía siempre el mejor sitio, la mejor fruta, o la tarea más cómoda, y nadie le decía nada, o se acostumbró a oír los reproches como quien oye llover.

Y se acostumbró a no ceder el sitio, a no reparar en las necesidades de los demás, a no sujetar la puerta hasta que pasara quien venía detrás. A lo mejor salían de excursión y pasaban entre unos matojos, y él iba soltando las ramas, que herían en la cara a los que marchaban detrás; sólo importaba una cosa: él ya había pasado.

Por el contrario, el niño que comparte hoy sus juguetes o sus juegos –señala Bernabé Tierno–, o que se atreve a defender a un compañero maltratado, es el hombre del mañana en cuyo proyecto de vida tendrán lugar los demás.

Si quien está a tu lado tiene algún pesar, consuélale con unas palabras de las que brotan del corazón. Si se alegra, alégrate con él, porque es propio de los egoístas entristecerse de envidia ante la alegría ajena. Comparte, ayuda, agáchate a recoger el paquete que se le ha caído al suelo a ése que pasa a tu lado, trata a la gente con corrección, y especialmente a quienes tienen que servirte.

Cada uno debe examinarse sobre si hay en su vida planteamientos egoístas de fondo. Hablo de esos padres posesivos de sus hijos, y de esos hijos que dominan a sus padres. De esos matrimonios que son una pareja de vidas solitarias, y de ésos que son cadenas el uno para el otro.

Para toda persona, erradicar un poco cada día el egoísmo, será erradicar una fuente de tristeza.


Leer más...

Economia familiar


Autor: Francisco Gras
Fuente: Yoinfluyo.com

Consejos para la economía del hogar
Francisco Gras nos ofrece una serie de prácticas de virtudes y valores a enseñar en el hogar para fomentar el ahorro

La vida en la familia tiene que estar presidida, entre otras cosas, por la práctica de las virtudes y valores humanos de los padres, para que su ejemplo refuerce las enseñanzas a los hijos.


Virtudes y valores humanos que deben quedar reflejadas en los ingresos, gastos, ahorros y objetivos financieros que tenga la familia. Éstos tienen que ser irremediablemente muy claros y realistas, y estar debidamente plasmados por escrito en un plan para conseguirlos, que puede denominarse “Plan 125”, es decir, a 1, 2 y 5 años vista, e irlo controlando y adecuando mensual o anualmente, para en su caso, modificar también las metas u objetivos previstos.


La familia debe contar con un presupuesto de ingresos, fijos y variables, previsibles en el tiempo y en las circunstancias. La posibilidad de tener otros ingresos adicionales, o de mejorar los actuales estará en función de:

Que los dos cónyuges puedan trabajar a tiempos totales o parciales, sin olvidar el tiempo necesario para la educación de los hijos, su propia formación profesional y el equilibrio entre ingresos y calidad de vida.

Que uno o los dos cónyuges trabajen más horas.
Trabajar desde la casa para ahorrar los costos de transporte y comidas fuera del hogar.

Formación de un negocio trabajado desde la casa a tiempo total o parcial, en función de los conocimientos y plan de vida previsto.

La mejor manera de aumentar los ingresos para poder cumplir los objetivos previstos es asumiendo el costo económico y el sacrificio dedicado a obtener una mejor formación académica, realizando un programa de educación continua o certificaciones para conseguir trabajos mejor retribuidos.

Es una decisión que requiere el profundo análisis de las características de cada persona, en relación con sus posibilidades, cualidades, reservas económicas, capacidad de endeudamiento, situación de la economía, lugar donde se vive, y sobre todo, de la viabilidad del proyecto, etcétera.

Los cónyuges deben considerar los tipos de gastos calculados en cada fecha prevista y balanceados con los ingresos y sus fechas, para tomar decisiones.

Gastos fijos o variables obligatorios (las deudas en tarjetas de crédito o de hipotecas de interés variable, es un concepto prioritario en muchos casos).

Gastos fijos imprescindibles.

Gastos variables opcionales.

Gastos extraordinarios opcionales (compra de libros, aparatos que mejoren la capacidad educativa de los hijos).

Gastos extraordinarios imprevistos (hacer un remanente para casos de enfermedades, accidentes, aumento de estudios, etcétera).

Lo ideal es que solamente haya una cuenta bancaria, donde queden reflejados todos los gastos e ingresos, desechando esa mala costumbre de algunos cónyuges, de tener cuentas bancarias, ingresos y gastos separados, haciéndose cada uno responsable de administrarlos. Los bancos facilitan resúmenes de cuentas mensuales, con el desglose de todos los gastos realizados, lo que ayuda muchísimo a compararlos con los presupuestos.

La política sobre la inversión de los ahorros familiares debe consultarse con los expertos, pues hay muchos conceptos a tener en cuenta, que algunas veces marcan las prioridades. Por ejemplo, la disminución de impuestos con el pago de intereses hipotecarios, prepararse para la jubilación, beneficiarse de los incentivos que ofrecen las empresas con los planes de ahorros para la jubilación, para los estudios universitarios de los hijos, la compra de acciones, prepararse para los estudios de los hijos, disponibilidad inmediata para emergencias, riesgos asumidos, rentabilidad, seguridad, etcétera.

Las tarjetas de crédito, solamente se deberían utilizar para casos de emergencia y siempre de común acuerdo entre los cónyuges, para evitar el consumismo que acarrea tantos males. Previamente a utilizar la tarjeta de crédito, tiene que haber un plan sobre la forma de pagar lo gastado. Los gastos, preferentemente, deberían ser hechos por medio de tarjetas de débito, para no poder pasarse de los límites que cada uno se impone.

Gastar menos debería ser una prioridad familiar cuando la diferencia entre los ingresos, gastos y ahorros previsibles en las fechas indicadas no permite seguir llevando el modelo de vida que utiliza la familia, o no se pueden cumplir los objetivos familiares previstos.

Todas las acciones que la familia tome tendrán que ser pasadas por la criba de ese presupuesto de ingresos, gastos y ahorros mencionados, para adecuar sus acciones de forma que converjan en los fines propuestos.

Ya se han terminado las épocas donde se gastaba según se quería sin ningún miramiento y cuando la diferencia se cargaba a la tarjeta de crédito, esperando a que algún día pudiera pagarse. Ahora todos quieren que esta crisis pase cuanto antes, para volver a lo de antes, a los felices tiempos de los gastos descontrolados. No para actuar de acuerdo con lo aprendido de los derroches realizados.

Virtudes y valores humanos, que los padres deberán practicar e inculcar a sus hijos, para conseguir los objetivos propuestos: Abnegación. Aceptación Arrepentimiento. Austeridad. Autodisciplina Disciplina. Coherencia. Colaboración. Compromiso. Constancia Control. Cooperación Desprendimiento Disposición. Ejemplo. Esfuerzo Familia. Fortaleza. Generosidad Habito Humildad. Moderación Mortificación. Orden. Paciencia. Prevención. Responsabilidad. Sacrificio. Sencillez. Templanza. Trabajo, etcétera. La práctica de estas virtudes y valores humanos serán una buena herramienta, para romper las malsanas costumbres o perniciosos hábitos, que impiden a las familias alcanzar los objetivos previstos.

Padres e hijos deben estar completamente al corriente, según sus edades, de todas las decisiones que se tomen. Cada uno debe hacer lo que mejor sepa en beneficio de la familia y tiene que asumir la responsabilidad que voluntaria u obligatoriamente le corresponda.

Entre todos tienen que darse soporte, para poder llevar a efecto lo que hayan acordado, que aunque en un principio alguien disienta, después de que han llegado a un acuerdo, todos tienen que luchar en equipo para conseguirlo.
Leer más...

Miedo al compromiso

¿Perder la libertad?

Si no se vive para los demás,
la vida carece de sentido.
Madre Teresa de Calcuta

Alfonso Aguiló
Interrogantes.net




El único modo de ser libres

El relato del Génesis nos presenta un retrato del hombre que no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, el hombre abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita su libertad y, con ella, nuestra libertad, porque en Adán estamos representados todos los hombres.

La tentación, de entonces y de siempre, es pensar que Dios crea una dependencia y que el hombre necesita desembarazarse de esa dependencia para ser feliz. El hombre quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento del bien y del mal, ansía poder dirigir de modo totalmente autónomo su vida, modelar el mundo, hacerse igual a Dios.

Al hombre le cuesta comprender que la libertad de un ser humano es una libertad limitada en sí misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, solo puede desarrollarse si vivimos unos con otros, y unos para otros, es decir, según la voluntad de Dios, pues cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. La voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre.

El episodio del Génesis describe la historia de todos los tiempos, la historia de ese modo de pensar, de ese principio corruptor que llamamos pecado original, de esa sospecha de que una persona que no peca es una persona aburrida, una persona a la que le falta algo en su vida. El hombre ansía de modo dramático ese ser autónomo, ansía experimentar la libertad de bajar a las tinieblas del pecado para disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad de sus posibilidades.

"Pero al mirar el mundo que nos rodea –señala Benedicto XVI–, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre; que no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; que no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad.

"Solo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, solo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta".

Para libertad y felicidad, esfuerzo
—Pero tendemos a pensar que todo eso te complica la vida, que Dios se mete en tu alma y perturba todo el egoísmo que te envuelve y no lo quieres perder.

Es cierto. No queremos complicarnos la vida. Es la nostalgia de la comodidad perdida. Pensamos quizá en lo tranquilos que vivíamos sin tener esta inquietud en el alma. Y a lo mejor vivíamos efectivamente tranquilos, escuchando, desde la lejanía de una vida cómoda, el Sermón de la Montaña. Nos gustaba ver al Señor hablar allá arriba. Y pensar, perdidos entre la muchedumbre, que sus palabras se dirigían solo a una elite privilegiada de escogidos. Pero el caso es que se dirigen también a ti y a mí. Y su llamada es imperiosa y exigente, porque, como decía Santa Teresa de Ávila, "creer que admite a su amistad a gente regalada y sin trabajos, es disparate".

Es un miedo, es verdad, pero, al tiempo, es una liberación. A ello se refería Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado. "¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo de que, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y el Papa quiere deciros: ¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida".

Razón de la perplejidad
—¿Y qué se necesita para ser santo, para aceptar y fructificar el designio que Dios tiene para nosotros?

Dicen que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: "Tomás, ¿qué se necesita para ser santo? ". Y que él contestó, sencillamente: "Querer. Para ser santo se necesita eso, querer".

—Yo quiero ser santo. Si no fuera así, no estaríamos hablando de esto. Lo que pasa es que acabo mareado con tantas disquisiciones sobre qué debería hacer para serlo.

Quizá es que le das muchas vueltas a las cosas, lo hablas con unos y con otros, pides consejo a todo el mundo, y unos te desaniman, otros te alientan, unos te aconsejan una cosa, y otros lo contrario. Contestas, preguntas, cuentas, dices, y al final acabas más perplejo que al principio. Quizá te aconsejan quienes no saben hacerlo, y te acaban confundiendo y haciéndote perder el tiempo, como sucede cuando te pierdes buscando una calle y te aconseja quien no sabe. Quizá lo mejor que puedes hacer, en vez de darle tantas vueltas, es recogerte en oración y preguntarle al Señor: "Señor, ¿realmente quiero conocer y hacer, sea la que sea, tu voluntad?".

—¿Y no te parece que hoy día está en crisis el hecho de entregarse por completo, tanto en el matrimonio como en el celibato?

Siempre se ha dicho que los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. De todas formas, sería más correcto decir que quienes están en crisis son las personas que no quieren o no logran entregarse por completo, pero el matrimonio y el celibato, como instituciones, gozan de muy buena salud.

Un problema de generosidad
Entregarse por completo es una forma de vida que conduce a una elevada realización personal, pero, junto a eso, comporta una exigencia mayor. Por eso es fundamental crear un clima favorable a esa actitud vital de generosidad, hacer ver a todos que el hombre puede lograr vivir así, entre otras cosas porque hay una llamada de Dios que lo respalda, y también porque así lo han vivido millones de personas a lo largo de los siglos. Y las familias, y todos los educadores, deben buscar con empeño formar en ese espíritu a la gente joven, de manera que su corazón sea capaz de un amor pleno, fundamentado en virtudes y hábitos que les hagan capaces de realizarlo.

—¿Y cómo crees que debe ser la educación para lograr ese matrimonio o ese celibato feliz?

Es preciso despertar y fomentar en todo momento la generosidad, tanto con los demás como con Dios. Por eso, cuando en la educación se introduce un sesgo de egoísmo, de ese realismo un poco cínico que previene malévolamente a la gente joven contra los "excesos de generosidad", se deteriora su educación afectiva, que es tan decisiva para su futuro.

No debe minusvalorarse el efecto negativo de esos consejos que previenen contra una entrega total al cónyuge, o de esos otros que empujan a recortar más y más el número de hijos para tener una vida con más lujos y menos preocupaciones, o de quienes previenen contra la posibilidad de la entrega en el celibato. Cuando se tachan de ingenuidad los arranques generosos, o cuando se incita a ese supuesto realismo de no ser "demasiado generoso", las consecuencias suelen ser negativas globalmente, pues afectan a la más profunda educación del corazón. Cuando en la formación de una persona joven no se desarrolla lo que Juan Pablo II llamaba la "vocación al amor", las consecuencias son siempre muy negativas para su vida afectiva futura.

La belleza del amor compartido
"Esta vocación al amor –escribía Juan Pablo II–, es el elemento más íntimamente unido a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano."

"Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea noble. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que bien pueden calificarse como "un escándalo del mundo contemporáneo" (y son modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas. En definitiva, saben que nadie puede concederles un amor así, fuera de Dios. Y, por tanto, están dispuestos a seguir a Cristo, sin mirar los sacrificios que eso pueda comportar."

"El problema esencial de la juventud es profundamente personal. La juventud es el periodo de la personalización de la vida humana. Los jóvenes, sean chicos o chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo. Ahí tienen su origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas, como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de Dios."

La vida tiene sentido en la medida que se entrega, en la medida en que se hace un don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro una persona que le quiera y que le comprenda y que le cuide, en vez de buscando querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. Quienes se casan como si fueran dos amigos que comparten vivienda y un poco de su tiempo libre, pero sin una apuesta clara por los hijos, o sin disposición de ceder y de sobrellevar las diferencias que sin duda surgirán, o con la idea de romper el matrimonio en cuanto las cosas dejen de ser fáciles, deben saber que no será sencillo que aquello marche bien durante mucho tiempo, como se demuestra en tantos casos que todos conocemos.

Amores recortados que no son amores
Muchas parejas jóvenes comienzan su vida matrimonial poniendo muchas cosas por delante de las necesidades de su matrimonio o de la educación de sus hijos, como por ejemplo su ambición profesional, sus aficiones, su deporte, sus amigos, o lo que sea. Muchos se lanzan a un matrimonio que esperan que sea una balsa de aceite, cuando no conocen ningún caso en que así sea, ni aun entre los matrimonios más felices. Otros, son más conscientes de que las cosas no serán fáciles, pero en vez de superarlo con entrega personal, ponen por delante la barrera del miedo al compromiso y no hacen una apuesta total.

Todos estos son temas esenciales para una vida de entrega feliz, tanto de entrega al otro cónyuge y a los hijos como de entrega a Dios en el celibato. Por eso, en la educación de la afectividad, especialmente durante la adolescencia, es fundamental enseñar a entregarse a los demás y salir del propio egoísmo. Los hijos aprenden entonces a querer de verdad, sin cálculos egoístas, y ponen así las bases de su felicidad y de la felicidad de su familia futura. En cambio, cuando se les enseña a condicionar su entrega, tanto si es a otra persona como si es a Dios, se propicia una quiebra afectiva, al inducirles a la mezquindad y a la cicatería, al hacerles pensar demasiado en su propio beneficio, al no acostumbrarles a abrir su corazón a los demás. Y quienes animan a evitar las ocasiones de escuchar la voz de Dios, a no "exagerar" la vida cristiana o a evitar determinadas lecturas o conversaciones, para así alejarles sistemáticamente de la posibilidad de un encuentro con la vocación, quizá no se dan cuenta de que con eso, además de dificultar el encuentro del propio camino, dañan algo tan fundamental como la nobleza de corazón, y eso siempre es un perjuicio grande.
Leer más...