Para no tener miedo al sufrimiento

El sentido del sufrimiento
Autor: Robert Spaemann
Fuente: interrogantes.net

Distintas actitudes ante el dolor humano
La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento.

¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sin-sentido?

¿Tiene esa pregunta algún sentido?

Es seguro que no apunta hacia ningún tipo de instrucciones para conseguir experiencia (lit. praxis): el sufrimiento es el límite de la praxis. El sufrimiento es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. La réplica de quien, hablando del sentido del sufrimiento, afirmase que debe ser combatido allí donde se dé, justifica de hecho el sufrimiento, y no debe ser tenida en cuenta como tal réplica. Porque no se pregunta cómo podemos disminuirlo, sino qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite.

Todos experimentamos alguna vez tales situaciones: los esfuerzos humanos llegan a su fin, y sucede lo que no queremos. El tema «sentido del sufrimiento» es idéntico al tema: «sentido de lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo».


Miedo ante el sufrimiento

Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros, hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar:«para ti es fácil hablar; deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se te acabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplica razonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, me encontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decir sobre el sentido del sufrimiento.

Con todo, cuando hablamos del sufrimiento no lo hacemos necesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no hay límites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque al hombre –como dijo Thomas Hobbes– el hambre futura ya le convierte hoy en un hambriento. Tenemos miedo del sufrimiento, y ya ese mismo miedo es sufrimiento.

Si yo estuviese hablando de un dolor físico que en este momento no tengo, o que quizá no he tenido nunca, entonces hablaría como un ciego habla del color. Pero el sufrimiento es algo distinto del dolor físico. El temor ante el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor. Y siendo esto así, el miedo ante el sufrimiento es con frecuencia miedo del miedo. El temor ante la muerte no es en realidad miedo a estar muerto, sino miedo ante la situación en la que «mi corazón se llenará del máximo temor».

Sufrir es un fenómeno complejo. El dolor físico, el malestar, la sensación de desagrado, no son desde el principio idénticos al sufrimiento. Hay un grado moderado de dolor físico que de ningún modo podemos denominar sufrimiento, pues tiene, en la coherencia total de la vida, un sentido claramente conocido, una función biológica, y lo aceptamos sin objeción. El hambre, por ejemplo, tiene el sentido de mover a un ser vivo a que se preocupe por la comida. Una sensación aguda de hambre no supone ningún sufrimiento para el que sabe que, dentro de cinco minutos, se sentará ante una mesa bien provista. Sin embargo, la misma hambre es un sufrimiento para otra persona que sabe que, en un tiempo razonable, no va a tener nada que comer. Al hambre se le junta el miedo de un hambre mayor. El hambre pierde su sentido funcional allí donde ella es el mejor cocinero (es decir, cuando es muy grande): se convierte entonces en sufrimiento.

A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal como tal es ya sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro. Si ese dolor se va, se va de una manera notablemente perfecta. Los dolores ya desaparecidos gustan en cuanto tales, nada se tiene ya contra ellos; sólo queda la alegría de que han pasado. El mal (moral) pasado, por el contrario, sigue siendo mal, y es objeto de pesar.

Decía más arriba que el mecanismo del dolor tiene ante todo un sentido biológico: precisamente el de estimular una actividad. Si consideramos el dolor en un puro plano fisiológico, como mecanismo fisiológico, y no dentro de la vida orgánica, es claro que sólo dura y actúa durante el tiempo y con la intensidad que exige su función biológica. Si sólo cupiera considerarlo de ese modo, un enfermo incurable no debería sentir ya ningún dolor, porque el dolor no desempeñaría en él, en la práctica, ninguna función. Sin embargo, el dolor continúa actuando, despliega una vida propia, llega a ser un cuerpo extraño en el ser. En lugar de estimularnos a una actividad, nos condena a la pasividad. En este sentido hablamos aquí del sufrimiento.

Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento. El término alemán «sufrimiento» tiene, de manera análoga a sus términos correspondientes en otras lenguas, un doble sentido. Significa tristeza (infelicidad, desagrado, ...), y también sencillamente pasividad (en el sentido de passibilitas), o, por decirlo a la moda, frustración. La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es, ante todo, una pregunta paradójica. Ella misma es expresión de sufrimiento, de ausencia indudable del sentido del actuar. Y se atraviesa en el camino de su propia respuesta (la obstaculiza). Apenas es posible darle una respuesta teorética, pues tal pregunta quedaría resuelta si desapareciera, pero no desaparece porque se resuelva. Los amigos de Job, con sus respuestas teoréticas, sólo consiguen irritarle. Dios no responde a sus preguntas, sino que le hace callar.


El sufrimiento en la sociedad moderna y en la sociedad primitiva

La sociedad moderna, tanto en Occidente como en el Este, también silencia la pregunta sobre el sufrimiento, pero de una manera distinta, es decir, suprimiéndola. La sociedad moderna concentra sus esfuerzos en la evitación y en la disminución del sufrimiento, y, por cierto, tratando de evitarlo no sólo de una manera indirecta, sino directa, como es eludiendo su interpretación. Los métodos y técnicas para evitar el sufrimiento tienen, sin embargo, por desgracia, efectos paradójicos. Tomados en su conjunto no aumentan la felicidad, ya que transforman el horizonte de las expectativas, y no eliminan con ello la discrepancia entre lo que creíamos poder esperar y lo que realmente sucede. Incluso se ha ensanchado esa discrepancia en algunas sociedades fundamentadas en el aumento de las necesidades. Pero aunque bajemos el nivel de tolerancia para soportar las frustraciones, al final siempre obtenemos la misma suma, o incluso un aumento del sufrimiento.

Cuando, como sucede en estos últimos tiempos, leemos con frecuencia que algunos colegiales se suicidan porque han llevado a casa malas notas, no cabe buscar la razón simplemente en que el juicio sobre las calificaciones escolares sea en los padres de hoy más severo que en los del siglo XIX. La razón está más bien en un índice más bajo de tolerancia respecto de las sensaciones de frustración. Konrad Lorenz ha hablado del creciente infantilismo que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción, y que incapacita por ello para soportar situaciones en las que no se da una satisfacción inmediata. Aquí es donde acaece el verdadero sufrimiento. No tiene sentido dudar de que esos jóvenes sufren, pero, ¿por qué sufren? Se trata evidentemente del efecto paradójico de una actitud motivada absolutamente por el intento de evitar el sufrimiento. Una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento. Max Scheler ha mostrado que las formas más altas de felicidad son aquellas que no se pueden alcanzar directamente.

Yo puedo, sin duda, procurarme un deleite físico, pero las formas más altas de alegría, de profunda satisfacción, de felicidad, no las alcanzo por estudiar Psicología o por aprender técnicas de maximalización del placer. Una civilización fundamentada en el lamento, en la que cada uno tiende a compadecerse de sí mismo y a quejarse de su nefasta situación, apenas tiene ya impulso para hacer a los hombres felices. En la literatura psicoanalítica se dicen muchas cosas sobre el triunfo del placer, pero nunca se habla de la alegría.

La alegría, en cualquier caso, guarda relación con la experiencia del agradecimiento. Cuando la alegría es vista sólo como exigencia de felicidad, se pone en movimiento un automatismo que imposibilita la felicidad. Se podrá, en efecto, hablar siempre de exigencia de felicidad, pero no se puede cumplir con esa exigencia porque ella misma obstaculiza su realización. Cuando se utilizan más los psicofármacos para suprimir molestias normales, para evitar sensaciones de malestar, para disminuir todo temor o nerviosismo, disminuye también, lógicamente, la intensidad de la felicidad. No puede haber montes si no hay valles.

En las sociedades primitivas, a las que ciertamente no podemos retornar, pero a las que debemos referirnos como sustrato de nuestras reflexiones, hay dos figuras relacionadas con el sufrimiento, que nosotros hemos perdido. En ellas se cuenta con el sufrimiento que desarrolla su rol, su función. Dicha función hace posible transformar, hasta cierto punto, el propio sufrimiento en actividad, ya que cada rol exige del que lo desempeña un cierto rendimiento.

El mendigo, por ejemplo, en las sociedades primitivas, y aun hoy en bastantes sociedades islámicas, no es simplemente el socialmente fracasado que debe estar siempre mirando dónde poder quedarse, sino que desempeña un papel. Dicho papel pide una vestimenta adecuada, ciertas formalidades que el mendigo debe decir, etc. Lo suyo no es sólo aceptar lo que le dan, es decir, no ser sólo receptor de la beneficencia pública, sino que él también tiene algo que dar: el mendigo promete rezar por aquel que le da algo. De ese modo, la situación de sufrimiento no es para él una pura condena a la pasividad, como ocurriría entre nosotros con un náufrago que es sólo objeto de auxilios, sino que él también tiene que representar su papel con la dignidad que le corresponde.

Algo semejante podríamos decir de la viuda. Tras ella hay una catástrofe –más intensa aún en las sociedades primitivas–, pero sobrelleva su nueva existencia, por así decir, como quien representa su rol. A ese papel le corresponde un determinado ropaje, e incluso el llanto.

En estos casos, el sufrimiento no es propiamente algo que no debe suceder, y que si sucede convierte al paciente en víctima, en objeto pasivo de auxilios. El sufrimiento está allí previsto. Es posible que alguien pudiera decir: «es mucho mejor una sociedad que no prevé el sufrimiento, pero que se esfuerza por suprimirlo». De hecho, vivimos en una sociedad dinámica que, a diferencia de las sociedades primitivas, tiende a la abolición del sufrimiento. Pero la realidad es que una tal sociedad con su creciente actividad, cuando llega al límite más allá del cual no puede disminuir el sufrimiento, no tiene ya nada más que decir.

Era propio del primitivo dominio del sufrimiento una particular ritualización de las situaciones extremas. Nuestra sociedad, sin embargo, es incapaz de hacer algo semejante con la muerte, que es desviada hacia el anonimato de las clínicas. Cualquier hombre sabe que puede caer en sus garras en cualquier momento, pero ¡no hablemos de eso! De hecho, en ningún sitio se habla de ella y, desde luego, de ningún modo con los moribundos. Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir. Los niños ya no ven cómo mueren los ancianos; no se enseña a morir, y así la mayor parte de la gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya propia.

La sociedad primitiva rodeaba a la muerte de un ceremonial. Morir no significaba en ella verse forzados a una actitud de pura pasividad: el morir pertenecía a la plena realización de la sociedad. Allí el curandero tenía, por su parte, la tarea de curar a los enfermos con hierbas y conjuros, pero, al mismo tiempo, también tenían su finalidad los ritos mágicos. Con ellos se realizaba algo. El paciente formaba parte con su sufrimiento de una actitud dramática.

El contraste con el curandero lo representa hoy el investigador médico, al que le interesa más la enfermedad como tal que el enfermo. El médico se sitúa, por decirlo así, entre el investigador de la Medicina y el curandero. Por una parte, cura de acuerdo con el nivel de su ciencia y de su propia experiencia médica; por otra parte, establece con el paciente un contacto personal que suaviza su situación y la integra en una relación activa. Parece que algo sucede, y cuando parece que algo sucede, es que realmente sucede algo.

La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla. Justamente en este contexto se plantea a su vez la pregunta sobre el sentido del sufrimiento.

Tal pregunta puede ser planteada allí donde se deshacen las formas primitivas del vivir, es decir, allí donde la antigua integración del hombre en el grupo –integración que al mismo tiempo situaba al hombre en el cosmos– se rompe. Plantear esa pregunta es un síntoma del aislamiento del hombre, para quien el cosmos ya no es una patria, sino que se siente realmente desprotegido, como solo ante ese silencio del espacio infinito del que habló Pascal.


Materialismo: la apuesta por la praxis

Hay dos maneras de dificultar una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Una de ellas es el naturalismo o materialismo, cuya postura se fundamenta en que el sentido está ligado al obrar del hombre, fuera del cual no existe ningún sentido. El sentido termina allí donde la praxis llega a su término, allí donde tropieza con la invencible naturaleza. El sufrimiento no es un sin-sentido, pues la naturaleza –que no es ni buena ni mala– no guarda absolutamente ninguna relación con el sentido, sino que es el reino de la necesidad. Lo necesario es aquello que no se puede cambiar. Ante ello es absurdo (sinsentido) preguntar por un sentido.

Algo semejante ocurre con la pregunta sobre Dios. Existe una tendencia en la teología contemporánea a unir el discurso sobre Dios exclusivamente con la praxis. Esa teología no tiene en el fondo nada que decir a quien no tiene capacidad de obrar, a quien sólo padece y cuyo obrar podría consistir, en todo caso, en transformar ese sufrimiento en una relación con Dios, es decir, en oración. Detrás de lo que decimos está la máxima de evitar incondicionalmente el sufrimiento.

También la reflexión sobre la muerte podría convertirse en algo del mismo tipo, pues la muerte ya no es sufrimiento. En este caso, la eutanasia sería lo más adecuado, aunque no fuese desde luego una solución satisfactoria, ya que con ella no se suprime el miedo del hombre ante la muerte. (Para quien es consciente de que en cualquier momento se le puede poner una inyección letal, la muerte repercute en la vida que todavía se posee: pensar en ella provoca un sentimiento de infelicidad.)

Desarrollar la praxis por ese camino dependería, en una concepcion materialista, de que la muerte perdiera su aguijón. El hombre, por tanto, debe ser enseñado a comprenderse como un género, no como una persona. Así el mundo llegará de nuevo a ser una patria. Y al final de una vida plena, morirá el hombre «colmado de años», como dice el Antiguo Testamento. El hombre ya no tiene nada que objetar a esa muerte. Se trata de un intento de devolver en cierto modo al hombre a la naturaleza: de reducir, por una parte, sus pretensiones, y de elevar, por otro, su praxis, sus esfuerzos, hacia la humanización del mundo. Cuando tal praxis alcanza su límite, indudablemente sólo le queda al hombre la resignación. El hombre debe renunciar a esperanzas excesivas y buscar el sentido sólo allí donde se encuentra: en el obrar solidario.


Estoicismo y budismo

Más allá de esta actitud sólo está la clásica postura del estoicismo. Los estoicos habían desarrollado una doctrina sobre la evitación del dolor que no estaba ligada con la actividad transformadora del mundo, sino que dejaba al mundo tal como es. Su pregunta sonaba así:

¿qué podemos hacer para que lo que sucede no sea experimentado como sufrimiento, es decir, para que no disminuya nuestra libertad?

La famosa respuesta estoica decía así: «ducunt fata volentem, nolentem trahunt». Si yo consiento desde el principio con la necesidad, si acepto desde el principio voluntariamente lo que no puedo cambiar, entonces no puede sucederme realmente nada adverso. Entonces soy tan libre como Dios. Entonces tampoco Dios puede hacer nada contra mí, porque si yo, desde el principio, ante lo que El me envía, digo: «eso es justamente lo que yo quería», entonces Él no puede hacer nada que vaya contra mi voluntad. Yo he aceptado desde el principio que todo sucede como sucede (que todo es como sucede).

Podemos asimilar por completo a la de los estoicos la postura activa que defendiera que el sentido radica en el obrar y fuera de él consentimos con la necesidad, evitando así el sufrimiento.

Los propios estoicos eran conscientes de que la posesión real del método estoico, de la apatía (la impasibilidad), nunca se ha dado verdaderamente. Además tampoco podían negar que el dolor físico puede alcanzar tal grado de intensidad, que nos condene contra nuestra voluntad al sufrimiento. Sólo quedaba entonces para ellos un recurso –el suicidio– como último acto de afirmación de libertad.

Una forma aún más consecuente y extrema de evitar el sufrimiento se da en el budismo. Su programa tiende a una anulación del sufrimiento justamente a través de la anulación de la voluntad. Si el sufrimiento es frustración, obstáculo para algo que yo quiero, entonces la solución más segura es, lógicamente, salir al encuentro de lo que de ningún modo quiero. Los estoicos querían afirmar su libertad en el Yo. El budismo pone en ese mismo Yo la condición de posibilidad del sufrimiento; a través de la praxis meditativa debe desaparecer el Yo: entonces se desvanece también el sufrimiento.

En todas estas soluciones se trata siempre de evitar el sufrimiento, y no de plantear la pregunta sobre su sentido, porque el sufrimiento es en sí mismo lo sin-sentido, aquello que yo no puedo asociar a ningún sentido por mí mismo.


La ilimitada totalidad de sentido

La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?».

En Homero no se plantea la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Los héroes homéricos viven todos dentro de una cierta tristeza. Saben que estarán sobre la tierra sólo un corto tiempo, y que luego deben bajar al Hades, donde les aguarda un oscuro destino. A ninguno de ellos se le ocurre preguntar qué sentido tiene todo aquello. Es la «necesidad», contra la cual tampoco los dioses pueden nada.

Sólo donde se acepta y se cree en un sentido universal, como sucede en la religión bíblica, llega a ser planteada como tal la pregunta sobre el sufrimiento. Aparece como pregunta sobre la justificación de Dios (es decir, como justificación del obrar de Dios), pero no entendida en el sentido de que si Dios quisiera podría evitar cualquier sufrimiento (es decir, no poniendo en Dios la causa del sufrimiento). Hay muchos que piensan que Dios podría haber hecho también una tierra de jauja (Schlaraffenland). Pero la pregunta entonces es si ése sería un mundo más deseable. Podemos fácilmente explicarnos que el obrar humano supone una naturaleza independiente del hombre. Para poder obrar debemos contar con una tal fiable naturaleza.

Además (la pregunta sobre el sentido del sufrimiento) presupone el hecho real de que vivimos en un mundo que nos es común, en el que seguimos los más divergentes fines; y que existe un mundo externo al hombre que es indiferente respecto a los gustos de cada cual y que, por eso, le opone resistencia.

La idea de una tierra de Jauja carece de sentido. No carece, sin embargo, de él la idea de una naturaleza que armonice por completo con los fines de la praxis humana.

Pero de hecho tenemos que tratar con otra naturaleza distinta, emancipada de la praxis humana. Aunque hay en ella, ciertamente, una razonable coordinación, integración, utilidad y belleza, todas esas cosas son sólo como ciertos vestigios de sentido dentro de un conjunto que no es verdadera totalidad, sino un mar de indiferencia formado por partículas que sólo giran alrededor de su propia reproducción. Un símbolo de esa desintegración, es decir, de esa falta de sentido, es la tumoración cancerosa, la emancipación de las células. La desintegración, la falta de sentido, es experimentada como sufrimiento.

El Nuevo Testamento, en la Pasión de Cristo, nos sitúa de manera extrema ante la dolorosa experiencia de la falta de sentido:

«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

También esto, en efecto, es un rol dentro de un drama. Jesús reza un versículo de un salmo, y representa el papel del siervo sufriente de Dios del Antiguo Testamento. Pero el papel debe ser representado comprometiendo la entera existencia, y eso significa que quien lo representa debe perder de vista el conjunto del guión. El sentido del papel es la experiencia de la falta de sentido. No cabe ver en esa historia de la Pasión ningún vestigio del heroísmo estoico. La Pasión de Jesús está descrita expresamente como algo que se hace contra su voluntad. A ella pertenece el ruego que dice: «haz que este cáliz pase de mí».

Si nos preguntamos por el sentido cristiano del sufrimiento, debemos considerar cómo es interpretada la Pasión de Jesús en el Nuevo Testamento. Hay en él dos pasajes centrales que ofrecen esa interpretación, uno del apóstol Pablo, quien afirma que Jesús se hizo «obediente hasta la muerte», y otro de la Epístola a los Hebreos, en el que de manera aún más fuerte se dice que «aprendió a obedecer a través del sufrimiento».

¿Qué significa esto?

En esos pasajes se presupone claramente que los hombres en su conjunto viven en un estado que no es el normal. El sufrimiento se manifiesta como el reverso pasivo del mal, que ha sido causado por la desobediencia. Pero también como el único medio para suprimir el mal, precisamente a través de una experiencia adecuada a él. El mal atrae el sufrimiento, y con ello su propio juicio. Lo finito, que se pavonea de ser el centro de todo –y eso se llama desobediencia–, nada puede hacer para llegar a ser verdaderamente Dios. Su pretensión ilusoria se quiebra y su verdad pasa a ser el sufrimiento. Pero en la verdad no puede existir el mal. El mal es esencialmente mentira.

La autoafirmación propia del mal consiste sobre todo en separar mi propio mundo de experiencia del de los demás, de manera que el sufrimiento esté en los otros y en mí las ventajas. Esa situación de asimetría, de alienación, sólo puede ser cambiada si la curvatio in seipsum, la curvatura propia del mal sobre uno mismo, se rompe; es decir, si dicha situación es contemplada desde un punto de vista exterior y, de esa manera, puede ser experimentado su absurdo como sufrimiento. Sólo así torna el mal a la obediencia.

El cristianismo enseña que todos nos encontramos en una situación como la descrita. La doctrina cristiana sobre el pecado original no dice sino que todos vivimos en un contexto general de culpa, en el que todos entran a formar parte cuando comienzan a pertenecer a la sociedad humana. La Psicología demuestra que, en una familia, por ejemplo, pueden existir situaciones neuróticas tales que, quien entre a formar parte de esa familia padecerá un tic, reproducirá la situación. Cada uno de nosotros está implicado ya desde niño en un inevitable contexto de culpa en el que se hace también culpable. No se trata de que cada uno sea sólo una víctima pasiva, sino de que cada uno forma parte del juego, participa en la injusticia que cada uno comete contra los otros.


Sufrimiento y desobediencia

El Nuevo Testamento describe esta situación como desobediencia, como el estado en el que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo. El sufrimiento vuelve a situar el punto de vista en su perspectiva universal: descubro repentinamente la situación en la que todos nos encontramos, y me aparto de la desobediencia.

Pues la desobediencia es no escuchar, no oír el sentido del todo. Sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros. El tirano monologa: el sentido sólo es para él su sentido. Trata activamente de imponerlo sin consideración al sentido del conjunto, en el que los obedientes proyectos de sentido de los co-actores podrían ser también desarrollados. Pero como dice el refrán: «Quien no quiere oír, ha de sentir», es decir, debe ser advertido de que la realidad es algo común (colectivo). El culpable debe experimentar cómo se siente la víctima.

La interpretación cristiana del sufrimiento dice, según creo, que los hombres viven en un contexto general de culpa que se caracteriza porque cada uno se ve a sí mismo como el punto central (el ombligo) del mundo. Ese contexto de culpa sólo puede ser eliminado si es experimentado como sufrimiento. Mientras el malo encuentre aceptable y perfectamente en orden vivir a costa de los demás, ¿para qué cambiar la situación? El que sufre se ve obligado a experimentar la falsedad de la situación. Esto se ha puesto de relieve constantemente en la tradición cristiana. Todos los grandes santos y doctores de la Iglesia han entendido el sufrimiento como el irremediable reverso de la arbitrariedad individual, por el que el hombre vuelve a ser conducido a la verdad.

Eichendorff dice: «Tú eres el que destruye dulcemente sobre nosotros lo que construimos, para que miremos al cielo; no me quejo de eso.»

Aquí se ve de nuevo claramente que, en nuestras reflexiones, no se trata nunca de un sufrir superficial que pudiera ser evitado. Un padecer evitable no tiene ya el carácter de educación en la obediencia en el sentido neotestamentario. El sufrir se experimenta con mucha mayor intensidad justamente allí donde hubo antes una intensa actividad, y esa actividad fracasa.

Lutero cuenta la historia de un misionero que no convierte a nadie y combate contra el destino. Dice Lutero: la voluntad de ese hombre no era buena, porque «es señal segura de mala voluntad que no sea capaz de soportar los obstáculos». Cristo está dispuesto a aceptar también el fracaso de sus esfuerzos humanos, como voluntad del mismo Dios que le exige esa actividad.

Allí donde alcanzamos el límite de nuestra capacidad de obrar, allí nos encontramos con el sufrimiento del que aquí hablamos. Además cualquier discurso sobre el sentido del sufrimiento sólo tiene plenitud de sentido en cuanto discurso sobre el propio sufrimiento. En el sufrimiento ajeno sólo hay para mí una llamada a mitigarlo. No significa esto que –con puras técnicas modernas de disminución del dolor– se le evite a la persona esa situación que le impidiera alcanzar la plena madurez de su humanidad. Eso sólo sería una cómoda huida de la verdadera y profunda solidaridad.

La verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento. Si hoy se distribuyen en las iglesias revistas misioneras en las que sólo se habla de acciones humanitarias, en lugar de hablar del Evangelio, entonces, con tal comprensión de la misión, quedamos disculpados de la más profunda solidaridad. Nos reservamos para nosotros lo mejor que tenemos.


El consuelo del sentido

Cuando se habla del sentido del sufrimiento, no se puede pretender obtener una respuesta transparente acerca de nuestro sufrimiento. Si alcanzáramos tal tipo de respuesta, no sería ya el nuestro verdadero sufrimiento. En el sufrimiento hay siempre un momento de comprensión. Su sentido aparece sólo puntualmente, como «una luz que alumbra lo que piso» (lit. luz para mi pie) y no como iluminación de todo el terreno.

Yo he podido ser testigo en Lourdes de cómo un enfermo quedaba curado, como a veces sucede en Lourdes, de una manera incomprensible para la medicina. Pero no fue la curación lo que me produjo la impresión más honda, sino los enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. Se hubiera podido suponer que estarían llenos de la más profunda desesperación, pero, ¡ni mucho menos!, ¡todo lo contrario!

El mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que la abandonan sin ser curados. ¿Cómo puede suceder eso? Tal realidad está relacionada con el hecho de que para ellos la curación milagrosa de alguno les hace entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo, es decir ¡un sentido!, y el sentido consuela.

La actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad «que sana al mundo» sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué.

El sentido del sufrimiento es una paradoja. El no puede por sí mismo estar lleno de sentido, sino cumplir una función de referencia al sentido. Sólo bajo el presupuesto de que existen Dios y el pecado puede cumplir el sufrimiento su función. Y el sentido del sufrimiento es, entonces, ayudar al que lo padece a refugiarse en Dios, en Quien podrá encontrar todas las demás posibilidades de felicidad. El escritor inglés C. S. Lewis escribió una vez que es evidente que para Dios no es una desgracia ser el «tapa-agujeros». La mayor parte de los hombres se encontrarían maltratados en su dignidad si alguien acudiera a ellos sólo porque no queda más remedio. Dios, decía Lewis, no es tan bueno consigo mismo.

Podría decirse: «la religión es el opio del pueblo». ¿Por qué no? Cocteau escribió que se debe recibir la comunión como una tableta de opio. Los que consumen drogas dicen que tienen el efecto de «aumentar la consciencia». Que eso sea cierto es una cuestión que no vamos a discutir aquí. Pero se dice con ello que alguien, en una situación de extremo vacío, puede agarrarse a algo que le lleva a sentirse como si no tuviese ninguna necesidad.

Experimentar la privación es necesario para la vida, es vital. Quien nunca tiene hambre está enfermo, porque el hombre necesita alimento. El hambre es sólo el indicador de que lo necesita. El hombre debe tener hambre.

Si el hombre no alcanza objetivamente su destino sin Dios, la exigencia subjetiva de un sentido absoluto, la necesidad de Dios, es una muestra de salud. Y la no necesidad de Dios, un defecto. Lo que ponga al hombre en la ocasión de descubrir subjetivamente la necesidad de Dios, es un medio para alcanzar la salvación.


¿Todos los que sufren entienden el sentido?

Quedan aún dos cuestiones, por tratar. La primera, ¿qué sucede con el dolor al que no le podemos encontrar un sentido?, ¿qué sucede con el dolor de los animales, con el dolor de los niños pequeños? Nos situamos aquí ante una oscuridad que no podemos penetrar. No sabemos qué es el dolor para un ser que no entiende el sentido (incapaz de preguntarse por el sentido), un ser que tampoco experimenta el sin sentido porque se mueve en una perspectiva no trascendente. Para un ser así sólo es puntualmente real el dolor actual. Qué sea el dolor para él no es comprensible para nosotros ni positiva ni negativamente. Sabemos que experimenta el dolor. Lo vemos. Pero no podríamos decir que sufre, porque el sufrimiento es un fenómeno complejo al que le pertenece la experiencia de la falta de sentido, la cual sólo tienen los seres capaces de entender el sentido.

A esto se añade que el dolor no es algo acumulativo a muchos individuos. El dolor es siempre «mi dolor», y el dolor de miles de hombres no es ni peor ni mejor que el dolor de uno sólo, no es sino el dolor de miles de individuos singulares. El dolor de un solo hombre plantea el mismo problema que el dolor de miles de hombres. Auschwitz no plantea ningún problema de Teodicea que no estuviera ya planteado desde Caín y Abel. Todo esto no son sino prólogos a los que no sigue ningún epílogo, porque estamos ante una situación que no sabemos interpretar. La Sagrada Escritura nos dice que el sufrimiento de la criatura tiene su último fundamento en la desobediencia del «príncipe de este mundo», y que será también objeto de una redención.


El sufrimiento vicario

La segunda cuestión, que es central para una interpretación cristiana del sufrimiento, se refiere al sufrimiento vicario, es decir, al sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros. Es difícil, para nosotros, pensar la noción de vicariedad en el sufrimiento. Me parece, sin embargo, que es importante, cuando nos preguntamos por la vida del espíritu, no valorar las experiencias de las que se habla en la tradición simplemente según lo que nosotros podamos comprender de ellas en cada momento. Ciertas experiencias deben ser antes vividas, y entonces podremos tratar de comprenderlas. Esto que decimos vale, de manera particular, para la noción de sufrimiento vicario, que es insustituible para la tradición cristiana.

Para acercarnos a él, imaginemos una familia o un grupo íntimo de personas que sufre un alteración: los unos se enfrentan a los otros agresivamente. Para cada uno sólo los otros son los malos; todo iría bien si los otros fuesen de otra manera. Supongamos ahora que entre ellos existiese uno sano, es decir, uno que no tomase parte en esa situación. El sólo sufre por ellos. Y supongamos que carga sobre sí mismo las agresiones de los demás, de modo particular las que recibe él mismo. Se convierte en la oveja negra, pero no por ser malo, sino, precisamente, porque no lo es. Su sufrimiento es un reproche para los otros. Y entonces ocurre algo espantoso: es herido y muerto. Podemos imaginar que esa muerte produjera una catarsis; que los otros descubrieran que él había padecido porque ellos habían combatido entre sí. Él había asumido íntimamente aquella situación como sufrimiento. Su padecimiento era sustitutorio, porque realmente eran ellos los que debían haber sufrido. Nadie cambia mientras que no se padece bajo el mal, pero en este caso el mal se ha padecido. Y así, se produce una transformación de la entera situación. Ahora todos sufren; ante todo por aquella pasión y muerte, pero también porque tal cosa haya sido posible.

Dice Freud que un presupuesto para la curación a través de la psicoterapia es que una situación se experimente como sufrimiento. Si hablamos del sufrimiento vicario de Jesús, nos situamos ante un sufrimiento que se corresponde al absurdo del mal en toda su profundidad. El fracaso de Cristo no es el fracaso de un proyecto cualquiera, sino el fracaso en el anuncio del reino de Dios sobre la Tierra. Lo que Cristo enseñaba era el sentido. Sencillamente, el bien. Enseñaba una situación del mundo tal y como debería ser; y justamente ahí fracasó. El sufrimiento que padeció es el sufrimiento por el fracaso del sentido absoluto: es el sufrimiento absoluto. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Ese sufrimiento es comprendido en el Nuevo Testamento como sufrimiento vicario. Y así en toda la tradición cristiana ha sucedido que los que sufren se han visto en una misteriosa relación con el mundo y sus culpables enredos, y han entendido el sufrimiento como una ayuda para dar la vuelta a esta situación de culpa.

Cuando se dice que Jesús aprendió a obedecer. no quiere decirse que antes no hubiera vivido bajo el signo de la obediencia. Pero también se destruye ese sentido de su vida en cuanto se entiende como sentido de su vida finita. La rebelión de lo finito como suceso cósmico es vencida allí donde se experimenta adecuadamente como sufrimiento. Eso sucede en el sufrimiento del Hijo de Dios. La hora del Gólgota es la hora de la verdad. Cuando el mismo Dios, bajo figura finita, muere, «destruye la enemistad en su propia persona» (Ef 2, 16). Y de ese modo tiene lugar lo que en el Nuevo Testamento se designa como resurrección. Ésa es, ciertamente, la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Sobre ella se debe hablar, porque sin la supresión del sufrimiento no tiene éste ningún sentido. «Sentido del sufrimiento» sólo puede significar la integración del sufrimiento en un contexto absoluto, donde al final ya no sea sufrimiento. Es como en el caso del hambre, que sólo tiene pleno sentido en cuanto que impulsa a comer y se ha comido. Del mismo modo, la historia de Job tiene como final natural que se le devuelva todo; si esa historia no hubiese acabado así, todo el discurso no hubiese sido sino puras palabras.

Cuando Ivan Karamazov afirma que devolvería su entrada para el cielo si el camino pasase a través del sufrimiento de un niño inocente martirizado, sólo cabe una respuesta que dice relación al reconocimiento del poder de Dios, y que comienza con una «contrapregunta»: «¿a quién le interesa que devuelvas tu entrada?, ¿salvas así al niño de su suplicio? ¡No! Entonces, ¿en qué consiste tu gran gesto?». La entrada que Ivan quiere devolver es la que permite entrar en aquel lugar en el que los sufrimientos de los niños inocentes martirizados son suprimidos, el lugar en que todos los sufrimientos son transformados en alegría. Se podría decir que eso no existe, que es una ilusión. No quiero discutir sobre ello. Pero, ¿qué sentido tiene decir «no quiero la alegría que procede del sufrimiento, la alegría en la que ese sufrimiento desaparece»?

La fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. Hegel dice que las heridas del espíritu curan sin cicatriz. La alegría es la real anulación del dolor. El refrán afirma que los dolores pasados dan gusto. La cuestión es si existe algún estado en el que el dolor sólo sea ya algo pasado; entonces ya no planteará más la pregunta sobre su sentido. El dolor, de manera contraria al pecado, no es un motivo de tristeza, sino de alivio, cuando se considera retrospectivamente. Cualquiera puede entristecerse, aunque las cosas vayan bien, por el dolor que haya causado a alguien. Pero nadie se entristece porque haya padecido dolor, si ese dolor ya no se padece: es como si no hubiera sucedido. El sufrimiento aparentemente total sólo alcanza a tener sentido cuando ha sido ya relativizado por una más total alegría.

De eso se habla en el Nuevo Testamento cuando Jesús llama bienaventurados a los tristes, «porque serán consolados».

Es posible, como se ha hecho, llamar absurda a esa esperanza, pero sin ella la respuesta al sufrimiento no es una respuesta cristiana. Y debe quedar muy claro que, fuera de esa perspectiva, de ningún modo se puede hablar del sentido del sufrimiento. El sufrimiento sólo puede tener sentido si es relativo, y sólo es relativo si todos los sufrimientos pueden ser suprimidos. No es suficiente que algún hombre pudiera quizá ser feliz alguna vez, pero que los hombres del pasado fueran infelices. El sufrimiento sólo es suprimido cuando el sufrimiento de cualquier hombre se transforme en alegría. De eso se habla en el Apocalipsis, al final del Nuevo Testamento: «¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado (...) Mira, hago nuevas todas las cosas.»

Sólo desde esa perspectiva puede hablarse de un significado cristiano del sufrimiento.
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Una forma eficaz de encausar a los jóvenes

Cuatro ideas para educar a adolescentes en la afectividad
Angel Mª Gutierrez


El desarrollo sentimental y emocional del adolescente requiere amor, un amor consciente; es decir, amar y ser amado. Es una necesidad primaria que requiere la autoconservación de todo individuo humano como expresión de un desarrollo psicológico y personal equilibrado.




Ahora bien, el centro cerebral de las emociones y sentimientos, donde radican las tendencias que nos mueven, está localizado en la extremidad superior de la hendidura de Rolando, en el surco interhemisférico cerca del sistema límbico. Además, es en esa parte del cerebro humano en donde se halla la proyección cerebral de los órganos genitales. Desde una perspectiva neuroanatómica, esto nos invita a pensar que la afectividad humana está íntima y naturalmente relacionada con el ejercicio de la sexualidad.


Parafraseando una famosa expresión de Descartes, decía Unamuno: “Amo, ergo sum”. Sólo amando se es persona, se llega a “ser”. Es necesario ser amado para sentirse como persona y también amar para desarrollarse como tal; esto es, para autoconservarse, no solo como cuerpo animal, sino también como individuo personal. Por este motivo la sexualidad humana debe estar integrada en un contexto de afectividad, de amor, de entrega personal. Esto lo entienden muy bien las mujeres, a los hombres nos cuesta entenderlo un poco más: El amor es causa natural del sexo. El sexo es causa natural de los hijos. Los hijos son causa natural del amor, que refuerzan el vínculo de la pareja. Este es el verdadero sentido “vectorial” del ejercicio de la sexualidad en un contexto natural de afectividad y que debemos transmitir a los jóvenes y adolescentes.


Sin embargo, la educación sexual sigue siendo aún un asunto difícil de tratar para los padres de familia, porque a su alrededor se han creado prejuicios cuando no tabúes y falacias. Es necesario tomar parte activa en la educación sexual de los hijos.


1.- Hay que recordar que la identidad sexual se adquiere primeramente en el ámbito familiar como resultado de un proceso interior, no consciente, fruto de la experiencia con los modelos femenino y masculino presentes. Es allí donde aprendemos a ser y sentir y a vernos aceptados y respetados como hombres o como mujeres.
2.- Hay que enseñar a respetar y a cuidar el propio cuerpo y el de los demás mediante el pudor. Más allá de la higiene sexual debida, hay que dar a conocer que el cuerpo es también el vehículo que nos permite vivir y expresar nuestra intimidad personal. Nuestro cuerpo es parte de nuestra persona. El impudor consistiría en presentar a los demás nuestro cuerpo como un objeto sexual, en destacar lo estrictamente sexual para llamar la atención de los otros. Es importante que nuestros hijos e hijas vistan a la moda pero a la vez con decencia. Y corregirles para que no hablen soezmente.
3.- Hay que desechar aquellos libros y revistas que expliquen la fisiología de la relación sexual fuera del contexto del amor. Amar es lo que nos diferencia de los animales. Ellos no se casan nosotros sí. Educar para la amistad y el amor interpersonal es necesario para un desarrollo sano del impulso sexual. Hay que prevenirles del chantaje que constituye tener relaciones sexuales fuera de su ámbito natural que es el matrimonial.
4.- Hay que vacunar a nuestros hijos e hijas contra el hedonismo ambiental y educarles en la responsabilidad. Esto exige revalorizar el verdadero significado humano del placer sexual sin reducirlo únicamente a su dimensión placentera, olvidando que tenemos que usar con responsabilidad ese "valor añadido" del don de la vida cuyas fuentes no debemos cegar. Se debe rescatar el sentido de compromiso y entrega total del encuentro sexual y abandonar la falacia de la simple necesidad física, porque las personas somos seres complejos y nuestras necesidades también.
Educar en valores auténticos y ecológicos creando actitudes sólidas en nuestros hijos e hijas es una inversión costosa y a largo plazo, pero siempre duradera. Ellos y ellas se lo merecen porque son nuestro mejor negocio.
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Bombardeados por la pornografía

Los dañinos efectos de la pornografía
Brian Clowes, Ph.D.

Profundo, serio y revelador estudio presentado por el Dr. Brian Clowes en el que muestra varios de los efectos de la pornografía.



Los dañinos efectos de la pornografía

"La recuperación del control moral y el retorno del orden espiritual se han convertido en la actualidad en las condiciones indispensables de la supervivencia humana" -- Christopher Dawson, historiador cultural (1).

Lo que dicen los que sostienen una ideología anti vida

"No creo que la pornografía degrade a las mujeres. Las mujeres que la practican quieren hacerlo. Nadie les está apuntando con una pistola a la cabeza. No entiendo cuál es el problema" -- Madonna, Sex, 1992 (2).

Otras personas, tan despistadas como Madonna, afirman que la pornografía es simplemente una "válvula de escape" que las personas usan para disipar sus impulsos sexuales. Su efecto, dicen ellos, es "catártico". Ello quiere decir, afirman estos ilusos, que las personas que de otra forma hubieran expresado, por medio de su actuación, sus violentas fantasías sexuales, de esta manera, en cambio, usan su material pornográfico sin causar daño.



Introducción

Los nocivos efectos de la pornografía, tanto la mal llamada "leve" como la fuerte, son extensos y permanentes. Hay grupos de investigadores que han realizado más de 500 estudios sobre estos efectos y sus conclusiones son concretas, coherentes e irrefutables.

A través de estos estudios aparecen consistentemente muchas relaciones importantes. Las seis conclusiones en relación con el impacto de la pornografía que se encuentran en la lista más abajo también se presentan en el estudio sumario de David Scott: Pornography, Its Effects on the Family, Community, and Culture ("La pornografía, sus efectos en la familia, la comunidad y la cultura") (3). Obsérvese que estas conclusiones no son el resultado de estudios aislados o de estudios que han sido agrupados al azar. Los números de los estudios que arrojan cada una de las conclusiones encabezan los párrafos correspondientes a través de este artículo y han sido tomados de la obra de Scott.

La lista de referencias bibliográficas de todos estos estudios aparece también al final del libro de Scott. Esa lista sería de gran valor para el que esté interesado en llevar a cabo una investigación seria sobre los efectos de la pornografía.

A continuación ofrecemos la lista sumaria de los principales efectos de la pornografía, cada uno de los cuales es descrito en los párrafos subsiguientes:

* 1. Aún la pornografía "leve" hace daño a cualquiera.
* 2. Toda pornografía insensibiliza al que la ve.
* 3. La pornografía causa adicción.
* 4. La pornografía degrada al matrimonio.
* 5. La pornografía aumenta la intención criminal de delincuentes peligrosos.
* 6. La pornografía impulsa a realizar otros crímenes y los facilita.

1. Aún la pornografía "leve" hace daño a cualquiera

Dieciocho estudios distintos han demostrado que la pornografía "leve", que exhibe actos entre adultos, aun con su consentimiento, definitivamente insensibiliza a todos sus videntes, y puede provocar un comportamiento extremadamente violento (4).

La pornografía afecta adversamente a toda persona que la ve y no sólo a los peligrosos criminales sexuales que aparecen en las tiras cómicas. La pornografía interfiere en las relaciones interpersonales y en el desarrollo moral de todas las personas que la ven.

De hecho, la pornografía "leve" ha sido un factor que ha estado presente en numerosos suicidios de adolescentes varones. El FBI ha informado de muchos casos de jóvenes que se han colgado del cuello y se han masturbado mientras sostenían una revista de pornografía "leve". No es sorprendente que estas muertes (que se clasifican como "asfixia autoerótica") a menudo no son dadas a conocer al público. Se calcula que alrededor de 1.000 de estos suicidios accidentales ocurren en Estados Unidos todos los años. (5).

En muchos casos, hasta ha habido jovencitos que sin quererlo han matado a sus amigos y hermanos por seguir las sugerencias que se encontraban en las revistas de pornografía "leve". Ello demuestra que no son solamente los pervertidos y los criminales endurecidos los que han sido afectados adversamente por la pornografía. Por ejemplo, Zachariah Hurt, de 13 años, leyó una revista de pornografía y luego colocó con cuidado unos cordones de zapato alrededor del cuello de dos niños: su hermanito de 8 años, Benjamin, y Todd Pigg, Jr., de 7 años, luego tiró de los cordones y accidentalmente estranguló a los chicos.

2. Toda pornografía insensibiliza al que la ve

Toda pornografía, "leve", fuerte y aun los materiales de "educación" sexual "neutral", insensibilizan al vidente y lo condicionan a los actos sexuales, violentos o no, como parte integral de la conducta humana --26 estudios distintos han llegado a esta conclusión (4).

Una encuesta de Gallup de 1984 arrojó que dos tercios de los que respondieron creían que el ver violencia en la televisión era dañino para otros, pero sólo el 5% de ellos creía que era dañino para ellos mismos (4).

Neil Malamuth, Ed Donnerstein y Dolf Zillman, tres de los principales investigadores de la violencia sexual, han declarado que, en general: "La pornografía insensibiliza. El ver estos materiales, sean estos violentos o no, coactivos o no, aumenta experimentalmente la conducta agresiva del hombre contra la mujer, y disminuye la sensibilidad, de tanto el hombre como la mujer, hacia la violación sexual y hacia la situación deplorable de las víctimas. Tanto los hombres como las mujeres, después de haber visto este material, creen que la mujer que ha sido víctima de una violación sexual ha sido menos perjudicada, es menos digna y hasta es responsable de su propio sufrimiento (6).

Esta investigación demostró que, luego de haber visto brevemente un material pornográfico, las dos terceras partes de los varones universitarios estarían más dispuestos a obligar a una mujer a realizar actos sexuales, si se les pudiera asegurar que no serían atrapados o castigados. Un tercio de los estudiantes expresó sentir un aumento del deseo de cometer una violación sexual (6). Estos son cambios escalofriantes de la actitud, tomado en cuenta que la mayoría de las violaciones sexuales no se reportan.

La pornografía es particularmente eficaz en insensibilizar a personas emocionalmente perturbadas. Por lo menos 26 estudios han demostrado de forma definitiva que las personas emocionalmente perturbadas y aquellas con una tendencia hacia los actos violentos pueden llegar a ser significativamente insensibilizadas durante varias semanas luego de haber visto películas pornográficas y/o violentas durante tres horas (4).

3. La pornografía es adictiva

Varios estudios han demostrado que todas las personas, normales o desajustadas, que ven pornografía desarrollan el deseo de ver material pornográfico cada vez más perverso, así como los adictos a las drogas desean drogas cada vez más fuertes. Todas las personas fantasean acerca de materiales pornográficos y actos más perversos y aun muchos de ellos los incorporan en sus relaciones sexuales. Muchas personas comienzan a emplear métodos cada vez más violentos en sus relaciones sexuales.

Los psiquiatras británicos Martin Roth y Edward Nelson han declarado que "lejos de tener un efecto catártico, el ver pornografía produce un mayor interés en la desviación sexual" (7).

Donnerstein, Zillman y Malamuth informan que "el ver prolongadamente pornografía común, no violenta y no coactiva, creó el apetito de materiales más inusuales, extravagantes y desviados, incluyendo los violentos en un contexto sexual, como la exhibición del sadomasoquismo y la violación sexual".

Como ocurre con el caso de los drogadictos, aquellos que consumen pornografía llegan a sentir que necesitan materiales más y más perversos para mantener su nivel anterior de excitación sexual (4).

4. La pornografía degrada al matrimonio

Los que consumen pornografía generalmente ven material que muestra a mujeres atractivas que realizan casi cualquier tipo de acto con cualquier número de hombres (o animales). Los usuarios de la pornografía comienzan a creer que sus esposas también deberían realizar actos que sean por lo menos un poquito más "aventurados" o "experimentales" que aquellos a los cuales están acostumbradas. Cuando las esposas de estos irresponsables no satisfacen las fantasías que la pornografía les ha producido, entonces dichos usuarios se sienten insatisfechos. Puede que se sientan aún más insatisfechos con las imperfecciones físicas de sus esposas. Las esposas, por supuesto, se sentirán disgustadas y rechazarán el comportamiento cada vez más pervertido de sus esposos.

Entonces los esposos a menudo buscan a las prostitutas, quienes están acostumbradas a lidiar con estas peticiones tan extravagantes y perversas (3,8).

5. La pornografía aumenta la intención criminal de delincuentes peligrosos

Hay más de 65 estudios que demuestran que los criminales peligrosos (pederastas, asesinos, violadores, padres incestuosos) no sólo son más propensos a cometer sus delitos si consumen pornografía, sino que también son más propensos a usar extensamente la pornografía poco antes de cometer sus crímenes (4). Los hombres delincuentes que usan pornografía pronto comienzan a manifestar un comportamiento adictivo y compulsivo. Todos sus mecanismos para liberar tensión pronto se llegan a relacionar con las perversiones sexuales y su conducta se hace cada vez más criminal.

Cerca de dos millones de pederastas, violadores, sádicos y practicantes de relaciones sexuales con adolescentes o prostitutas infantiles cometen más de 2 millones de delitos al año. Esta cifra se refiere solamente a los incidentes que se reportan, el número total es evidentemente mucho más elevado.

Los ingenuos que creen que la pornografía "no tiene víctimas" deberían bajarse de la nube en que se encuentran durmiendo y darse cuenta de los hechos. Miles de personas han sido torturadas, violadas y asesinadas por seres humanos perturbados como resultado directo de la pornografía. Miles de estos casos abarrotan los archivos de la policía en todo Estados Unidos.

Jeffrey Dahmer, condenado por pederastia y al mismo tiempo un practicante confeso del homosexualismo, logró convencer a 17 jovencitos que fuesen a su apartamento. Una vez allí tuvo relaciones sexuales con ellos y luego los mató y los desmembró.

Este individuo fue un activista en organizaciones que defienden los "derechos de los homosexuales" y participó en desfiles para promover el "orgullo homosexual". La policía también encontró una enorme cantidad de pornografía fuerte y de videocintas en su apartamento (9).

El 24 de enero de 1988, el día antes de ser ejecutado por asesinato, Ted Bundy declaró, en una entrevista que le hizo el Dr. James Dobson de la organización Enfoque en la Familia, que: "Al principio, la pornografía enciende este tipo de corrientes de pensamiento... Como en el caso de las adicciones, sientes deseos de algo que sea más fuerte, más fuerte, algo que te provoque una excitación más intensa, hasta que llegas a un punto en que la pornografía ya no te ofrece más, llegas a un punto de salto en el cual te comienzas a preguntar si a lo mejor el hacerlo te daría aquello que está más allá de sólo leerlo o verlo".

Cuando Enfoque en la Familia publicó los resultados de esta importante entrevista, se encontró con la burla de aquellos que no acaban de aceptar las dañinas consecuencias de la pornografía, pero que en el fondo reconocieron cuán cierto fue lo que arrojó el diálogo de Dobson con Bundy. Evidentemente, las únicas personas que atacaron esta entrevista fueron aquellas que apoyan o lucran inmensamente con la pornografía.

Arthur Gary, que fue ejecutado en el Estado de Utah en 1983 por violar y matar a cinco niños, entre las edades de 4 y 13 años, declaró lo siguiente: "La pornografía no fue la única influencia negativa en mi vida, pero sus efectos en mí fueron devastadores. Yo soy un homosexual pederasta condenado por asesinato, y la pornografía fue el factor determinante de mi caída".

Los científicos del FBI de Quántico, Estado de Virginia, hicieron unos comentarios del papel que desempeñó la pornografía y sus efectos en el violador de Miami, Estado de la Florida, del caso de "la funda de la almohada". "Adquirió revistas [pornográficas] ... y soñó con realizar violaciones sexuales. Luego cruzó el umbral que separaba la fantasía de la realidad de los asaltos sexuales."

Ray Bauer, un adicto a la pornografía de St. Louis, Estado de Missouri, a menudo obligaba a su esposa de 29 años de edad a mirar películas de pornografía fuerte y luego la ataba y la torturaba. Finalmente, en abril de 1986, la Sra. Bauer no pudo aguantar más este maltrato y mató a su esposo a balazos después de un episodio de tortura particularmente violento. La espalda, el pecho y las posaderas tenían profundas marcas de latigazos. Los agentes del orden registraron la casa y encontraron la extensa colección que su esposo tenía de pornografía violenta y sadomasoquista, también encontraron instrumentos de tortura (10).

Los negociantes de la pornografía dicen que ésta no hace daño. El siguiente caso los desmiente.

En enero de 1986, Linda Lee Daniels, de 22 años de edad, de Albuquerque, Estado de Nuevo México, fue secuestrada en pleno día del estacionamiento de su propia casa por tres jóvenes, cuyo propósito era usarla, contra su voluntad, en una película pornográfica.

El productor de la película, Johnny Zinn, dijo a los tres secuestradores, a quienes él mismo había empleado, que quería un "producto" rubio para su película y que les pagaría $1.500 si encontraban a una mujer con esas características.

Después de raptar a Daniels, los jóvenes la drogaron y la violaron durante toda la noche y filmaron toda la secuencia de las violaciones. Los diarios matutinos del día siguiente mostraron una foto de Daniels. Entonces Zinn ordenó a sus compinches que la mataran. Ellos le dispararon repetidas veces, mientras la pobre víctima suplicaba que no le quitasen la vida.

A Zinn lo condenaron a cadena perpetua. Dos de sus cómplices, aunque los encontraron culpables de violación, ya están en libertad rondando las calles, quizás en búsqueda de más "productos" (11).

El FBI ha encontrado que el 80% (29 de 36) de los más recientes asesinos en masa utilizaron la pornografía extensamente como parte integral de sus crímenes sexuales, los cuales incluían violaciones y asesinatos en serie (4).

Algunos de estos asesinos fotografiaban a sus víctimas ya muertas, recortaban las fotos de sus rostros y los pegaban sobre fotos de pornografía fuerte como preparación para su próximo asesinato.

El FBI y la policía de toda la nación estadounidense han informado que han encontrado extensas colecciones de pornografía en las casas de prácticamente cada asesino en masa y pederasta que han arrestado.

El capítulo 18 del estudio, realizado en 1986, de la Comisión sobre la Pornografía del Fiscal General de Estados Unidos señala que las principales revistas pornográficas para hombres (Playboy, Penthouse, Hustler, Chic, Club, Gallery, Genesis y Oui) tienen una tasa de circulación cinco veces más elevada en los Estados de Alaska y Nevada que en el de Dakota del Norte (12). Es muy significativo que las tasas de violaciones sexuales de Alaska y Nevada son ocho veces más elevadas que la de Dakota del Norte.

Otros investigadores han confirmado que el 64% de todos los pederastas que son practicantes del homosexualismo y el 86% de todos los violadores usaron pornografía durante el momento en que cometían sus crímenes o inmediatamente antes.

Un sondeo de más de 400 criminales jóvenes en prisión demostró que los presidiarios que habían visto grandes cantidades de pornografía eran mucho más propensos a cometer actos violentos y sexualmente perversos que los otros presidiarios que no habían visto pornografía (3).

6. La pornografía impulsa a realizar otros crímenes y los facilita

Los que promueven la pornografía también promueven la pederastia al trivializar los actos sexuales entre niños y adultos.

Organizaciones como la Asociación de Norteamérica para el Amor entre Hombres y Niños o NAMBLA (North American Man-Boy Love Association) y la Rene Guyon Society están muy involucradas en el movimiento en pro del homosexualismo y en la pornografía fuerte. Ambas organizaciones también cabildean para que se eliminen las leyes que prohíben las relaciones sexuales con menores de edad.

Es un hecho que los magnates de la pornografía usan su gran riqueza e influencia para promover directamente los actos ilegales en sus revistas, incluyendo el uso de drogas peligrosas. Ello coincide con su ideología hedonista de que "todo es aceptable".

Según la Dra. Judith Reisman, presidenta del Institute for Media Education (Instituto para la Formación de los Medios de Comunicación Social), con sede en Washington, DC, la legalización de todos los tipos de uso de drogas ha sido una de las metas principales, a nivel económico, editorial y legislativo del imperio de la revista pornográfica Playboy desde 1966. La primera indicación de que Playboy iba a promover el uso de drogas y su legalización tuvo lugar en el número de septiembre de 1966 de esta revista. En ese número, Playboy publicó una entrevista que hizo a Timothy Leary, en la cual la revista se congració sobremanera con este portavoz del movimiento en pro de la legalización de las drogas.

En 1970, la Fundación Playboy formalmente subscribió el establecimiento, por parte del abogado Keith Stroup, de la National Organization for the Repeal of Marijuana Laws o NORML (Organización Nacional para la Anulación de las Leyes que prohiben el uso de la Mariguana). A finales de 1871, la Fundación contribuyó con $100.000, la primera de una larga series de donativos periódicos a NORML para su campaña en pro de las drogas de 1972.

Playboy ha continuado proporcionando una gran cantidad de asistencia, tanto editorial como económica, a la legalización de las drogas desde 1970. En 1973 y en 1975, los esfuerzos de NORML, con el respaldo de Playboy, tuvieron un triste éxito al lograr abolir la criminalidad legal de la mariguana en los Estados de Oregon y Alaska. La revista Playboy ha publicado anécdotas ficticias agasajando muchísimo a los que usaban drogas, ha impreso cuadros sinópticos sobre el uso de las drogas y ha servido de plataforma para numerosos portavoces a favor de las drogas, incluyendo a Timothy Leary y a la estrella de fútbol estadounidense Don Rogers --que luego murió de una sobredosis (13).

Según fuentes del Congreso de Estados Unidos, las drogas ilícitas constituyen un negocio de $70 mil millones al año. En la actualidad tenemos 20 millones de personas que fuman mariguana con frecuencia, 7 millones que usan cocaína con frecuencia y medio millón de adictos a la heroína (14). Nuestra sociedad se está realmente ahogando en un diluvio de drogas y ningún niño está plenamente protegido de las drogas y de la pederastia (¡incluyendo el suyo!)

Lo último que necesitamos es que venga un grupo de libertinos ricos a instigar a los que promueven el uso de drogas con sus ilógicos argumentos publicados en costosas revistas a colores.

Brian Clowes, Ph.D. es el Director del Instituto de Capacitación Pro vida de Human Life International y autor de la monumental obra en inglés Pro-Life Activist´s Encyclopedia (Stafford, Virginia: American Life League, Inc., 1993). Este artículo es la traducción del capítulo 133 de esta enciclopedia. La enciclopedia es distribuida por la American Life League, Inc., P.O. Box 1350, Stafford, VA 22555, USA, tel.: (540) 659-4171, página web: www.all.org y por Human Life International, 4 Family Life Lane, Front Royal, VA 22630-6453, USA. Tel. (540) 635-7884. Fax: (540) 636-7363. Email: hli@hli.org. Página web. http://www.hli.org.

Human Life International (HLI) es la organización católica más grande del mundo dedicada a la defensa de la vida humana y la familia, con más de 80 oficinas en 5 continentes. HLI realiza su labor en total fidelidad al Magisterio de la Iglesia Católica, por medio de la oración, el servicio al prójimo y la educación.

Notas: 1. Christopher Dawson, durante las Conferencias Gifford de 1947, en Edinburgh, Escocia. Citado en la National Federation for Decency Journal (noviembre-diciembre, 1987). 2. Madonna, Sex (1992). Citado en Suzan Bibisi, Los Angeles Daily News, "Madonna: Sex Has Some Raunchy Text, Artistic Photography." The Vancouver [Washington] Columbian, 22 de octubre de 1992, B2. 3. David A. Scott, Pornography. Its Effects on the Family, Community and Culture. Publicado por Child and Family Protection Institute y por Contact America. Pida su ejemplar (en inglés) a Family Policy Insights, 721 Second Street NE, Washington, DC 20002. 4. The Hill-Link Minority Report of the Presidential Commission on Obscenity and Pornography. Este informe se puede pedir a Morality In Media, 475 Riverside Drive, New York, New York 10115. 5. R. Hazelwood, P. Dietz, y A. Burgess. "The investigation of Autoerotic Fatalities." Journal of Police Science and Administration. September 1981, 404-411. Véase también el Post-Dispatch de St. Louis, 25 de agosto de 1990. 6. P. Zimbardo. "Sexual Murderers." Psychology Today, noviembre de 1977, 69-76 y 148. 7. "Porn Traffickers Share Guilt in Sexual Murders." The Wanderer, 9 de marzo de 1989, 2. 8. Frank Morris. "Pornography and the Degradation of Society." The Wanderer, 9 de febrero de 1989, 4. 9. Michael C. Buelow. "Police Believe Suspect Killed 17." The Oregonian, 26 de julio, 1991, A1 y A24. También: "Relative in Dahmer Case Sues." USA Today, 6 de agosto de 1991, 3A. Véase también la Carta, publicada (en inglés) mensualmente por Focus on the Family, de octubre de 1991. 10. "Woman Kills Porn Addict Husband." National Federation for Decency Journal, mayo-junio, 1986, 7. 11. Dixie L. Gallery, madre de la víctima. "Co-ed Picked at Random is Kidnapped, Raped, Murdered By Pornographers." National Federation for Decency Journal, abril, 1987, 5. 12. Final Report of the Attorney General´s Commission on Pornography. Rutledge Hill Press, 513 Third Avenue South, Nashville, Tennessee 37210, USA, 1986. 13. "American Drug Culture Has Roots in Playboy." National Federation for Decency Journal, noviembre-diciembre de 1986, 4. 14. News of Interest. "Drug Use Continues to Grow." National Federation for Decency Journal, agosto, 1987, 15.
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Queremos que Dios vuelva


En la entrevista que le hicieron a la hija de Billy Graham en el Early Show, Jane Clayson le preguntó, "¿Cómo pudo Dios permitir que sucediera esto?" (se refería a los ataques del 11 de Septiembre).

Anne Graham dio una respuesta sumamente profunda y llena de sabiduría.



Dijo, "Al igual que nosotros, creo que Dios está profundamente triste por este suceso, pero durante años hemos estado diciéndole a Dios que se salga de nuestras escuelas, que se salga de nuestro gobierno y que se salga de nuestras vidas. Y siendo el caballero que Él es, creo que se ha retirado tranquilamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé Su bendición y Su protección cuando le hemos exigido que nos deje estar solos?"


A la luz de ciertos sucesos recientes... ataques de terroristas, balaceras en las escuelas, etc., creo que todo comenzó cuando Madeleine Murria O'Hare (fue asesinada, hace poco que se descubrió su cuerpo) se quejó de que no quería que se rezara en nuestras escuelas, y dijimos que estaba bien.


Luego alguien dijo que mejor no se leyera la Biblia en las escuelas...la Biblia dice no matarás, no robarás, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y dijimos que estaba bien.


Luego el Dr. Benjamín Spock dijo que no debíamos pegarle a nuestros hijos cuando se portan mal porque sus pequeñas personalidades se truncarían y podríamos lastimar su autoestima (el hijo del Dr. Spock se suicidó). Dijimos que los expertos saben lo que están diciendo. Y dijimos que estaba bien.


Luego alguien dijo que los maestros y directores de los colegios no deberían disciplinar a nuestros hijos cuando se portan mal. Los administradores de las escuelas dijeron que más valía que ningún miembro de la facultad de las escuelas tocara a ningún estudiante que se porte mal porque no queremos publicidad negativa y por supuesto no queremos que nos vayan a demandar (hay una gran diferencia entre disciplinar, tocar, golpear, cachetear, humillar, patear, etc.). Y dijimos que estaba bien.


Luego alguien dijo, dejemos que nuestras hijas aborten si quieren, y ni siquiera tienen que decirles a sus padres. Y dijimos que estaba bien.


Luego uno de los consejeros del consejo de administración de las escuelas dijo, ya que los muchachos siempre van a ser muchachos y de todos modos lo van a hacer, démosle a nuestros hijos todos los condones que quieran para que puedan divertirse al máximo, y no tenemos que decirle a sus padres que se los dimos en la escuela. Y dijimos que estaba bien.


Luego algunos de nuestros principales funcionarios públicos dijeron que no importa lo que hacemos en privado mientras cumplamos con nuestro trabajo. Estuvimos de acuerdo con ellos y dijimos, no me importa lo que nadie, incluyendo el Presidente, haga en su vida privada mientras yo tenga un trabajo y la economía esté bien.


Luego alguien dijo vamos a imprimir revistas con fotografías de mujeres desnudas y decir que esto es una apreciación sana y realista de la belleza del cuerpo femenino. Y dijimos que estaba bien. Y luego alguien más llevó más allá esa apreciación y publicó fotografías de niños desnudos, llevándola aún más allá cuando las colocó en Internet. Y dijimos que estaba bien, tienen derecho a su libertad de expresión.


Luego la industria de las diversiones dijo, hagamos shows por televisión y películas que promuevan lo profano, la violencia y el sexo ilícito. Grabemos música que estimule las violaciones, las drogas, los suicidios y los temas satánicos. Y dijimos, no es más que diversión, no tiene efectos negativos, de todos modos nadie lo toma en serio, así que adelante.


Ahora nos preguntamos: ¿por qué nuestros niños no tienen conciencia, por qué no saben distinguir entre el bien y el mal, y por qué no les preocupa matar a desconocidos, a sus compañeros de escuela, o a ellos mismos?.


Probablemente, si lo pensamos bien y despacio, encontraremos la respuesta. Creo que tiene mucho que ver con "LO QUE SEMBRAMOS ES LO QUE RECOGEMOS."
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Transtorno esquizofrénico



¿Es el enfermo mental una imagen deformada de Dios?
Pontificio Consejo de la pastoral para la salud

Con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud pronunció el siguiente discurso









¿Es el enfermo mental una imagen deformada de Dios?

I. Algunos datos sobre la enfermedad mental


1. Situación actual

Según los datos de la Organización Mundial de la salud, 450 millones de personas en el mundo son afectadas por problemas mentales neurológicos o de comportamiento; 873,000 se suicidan cada año. La enfermedad mental constituye una verdadera y propia emergencia socio sanitaria: el 25 % de los países no poseen una legislación de la materia, el 41% no tiene una política definida para la salud mental, en más del 25 % de centros sanitarios, los enfermos no tienen acceso a las medicinas psiquiátricas esenciales, el 70% de la población dispone de menos de un psiquiatra para 100,00 personas.

Refiriéndonos a los trastornos mentales podemos decir que estos últimos 50 años nos han dado a conocer progresos importantes, muestra clara el progreso tecnológico de los nuevos psicofármacos, mejorando de manera no indiferente la calidad de vida del enfermo mental. Sin embargo las condiciones del cuidado del enfermo mental sufren de grandes deficiencias, como resultado de la restricción de fondos disponibles, de la falta de comprensión por parte de las autoridades, del grave tema de la estigma que padece el paciente y la familia y que condiciona tanto el deterioro de las redes de apoyo social de muchos países. El número de pacientes mentales «sin techo» ha crecido mucho en varios de los países ricos. Es alarmante el modo como son tratados los trastornos mentales graves dando sólo respuestas burocráticas o de tipo legal y forense, sin tomar en cuenta las necesidades diarias y la calidad de vida del enfermo y de sus familias [1].

Los disturbios mentales golpean con mayor frecuencia las poblaciones menos favorecidas desde el punto de vista intelectual, cultural y económico. Millones de criaturas son obligadas a llevar en sus cuerpos y sus mentes la consecuencia psicológica de una escasa alimentación, de conflictos armados y el sucederse de catástrofes naturales gigantescas con su pesada carga de morbilidad y de mortalidad.

2. La Acción de la Iglesia Católica

Con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo que estamos celebrando en Oceanía, el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud realizó una investigación acerca de la Pastoral de la Salud mental en 84 Centros dedicados a estos enfermos en la Iglesia Católica, ubicados en los diversos países del mundo, en los 5 Continentes.

Un cuestionario cuidadosamente elaborado por expertos en la materia se envió a 129 Obispos, responsables de la Pastoral de la Salud en los diversos países del mundo. Obtuvimos la respuesta de 23 países: 9 Centros de África, 17 de América, 6 de Asia, 51 de Europa y uno de Oceanía. Los datos recibidos son en África, de Camerún, Ghana, Senegal y Sudáfrica; en América, de Bolivia, Canadá, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México, y Trinidad y Tobago; en Asia, de China, Indonesia y Turquía; en Europa, de Austria, Bélgica, España, Irlanda, Italia, Polonia y Portugal; en Oceanía, de Australia.

Se trata de Centros de salud mental, de «Day Hospital», de Servicios psiquiátricos, de estructuras residenciales o semiresidenciales, de Centros o Cooperativas de reinserción, de Consultorios y de Dispensarios. El 43,4% de financiamiento público; el 33,3% de financiamiento privado, y el 23,3% de financiamiento por donaciones.

Trabajan en estos Centros médicos, psicólogos, sociólogos, expertos en rehabilitación, educadores profesionales, asistentes sociales, enfermeros, operadores técnicos auxiliares, personal administrativo, voluntarios, capellanes, religiosas y religiosos, expertos en «counselling» y personal de servicio. El 75% de los Centros reporta que apenas dispone del número suficiente de los médicos requeridos; en general carecen de recursos profesionales suficientes.

Los servicios que ofrecen son de consulta, rehabilitación, medicina escolástica, sostén al núcleo familiar, servicios sociales, orientación para el trabajo, acompañamiento, asistencia domiciliaria y farmacia.

Las enfermedades mentales más significativas atendidas en estos Centros, son: disturbios de la personalidad, disturbios motivados por el abuso de estupefacientes, psicóticos, disturbios del humor, disturbios por el ansia, disturbios cognitivos y disociativos, disturbios causados por la alimentación, disturbios por insomnio, disturbios de adaptación, enfermedades orgánicas degenerativas graves, insuficiencia mental congénita. Las recurrencias más señaladas fueron las referentes a la personalidad, a la psicosis y al humor. Los disturbios de la personalidad, por el abuso de la droga y por la psicosis, los acusan especialmente personas entre los 17 y 25 años. Es interesante notar en cuanto a la prevención de las enfermedades mentales, que éstas se revelan en un porcentaje mínimo en la etapa de edad que va de 0 a 16 años, indicando que en esta etapa es donde más eficazmente opera un cuidado preventivo.

En estos Centros se trabaja especialmente en equipo, pero generalmente no de una manera sistémica. Las terapias innovativas que se usan son en particular la Hipnoterapia, la Músico terapia, la Ludo terapia y trabajos teatrales y artísticos.

Para la prevención de la enfermedad se implementa una cultura de acogida a los enfermos mentales y programas pastorales adecuados, dando justa atención a los aspectos psicológicos. Ya frente a la enfermedad declarada se ofrecen intervenciones terapéuticas, algunas sistémicas, reducción de las consecuencias que deshabilitan al paciente, screening, grupos de autoayuda, formación de los profesionales de la salud, actualización, sostén del grupo familiar, análisis del contexto, intervenciones de contenido, reconstrucción del tejido afectivo y religioso, programas pastorales, plegaria colectiva y evaluaciones.

Estos centros se conectan con Universidades, con hospitales públicos con los Ministerios de Justicia, de Educación, del Trabajo, de Relaciones Públicas, de Salud; Entes locales, Diócesis, Parroquias, Fuerza pública, patrones de trabajo, vecinos de casa, vecinos de barrio, sindicatos y patronatos.

Se dan cursos de Pastoral Sanitaria apropiada para los enfermos mentales; se enfrentan problemas éticos conectados con el abuso de la droga, de tratamientos coercitivos y sobre la manera de aproximarse a un enfermo mental.

Al origen de la enfermedad mental se piensa que existe un fuerte influjo cultural y religioso por la crisis de valores de referencia, por el Hedonismo y el Materialismo, por la cultura tecnológica, por la exasperación de los deseos y la búsqueda de lo imposible, por la conflictualidad religioso cultural, por el ritualismo mágico de algunas sectas religiosas, por la negación del Trascendente y por el Relativismo ético religioso.

Las situaciones de más riesgo las catalogan como la precariedad de los medios de subsistencia, de trabajo, de formación y educación, falta de redes de ayuda, alienación de los derechos humanos, exclusión y marginación, guerras, terrorismo, falta de educación de la vida sentimental, procesos de alejamiento de la realidad, condicionamiento del contexto ambiental, falta de protección social, corrupción, desequilibrio entre el papel femenino y masculino, falta de los propios padres, separación y divorcio, pérdida del valor de la institución matrimonial, falta de comunicación, falta de tiempo para convivir en familia, inmadurez de la figura paterna y materna, delegación de su responsabilidad en terceras personas o en instituciones varias, debilidad del proyecto de vida, inadecuada preparación para la vida matrimonial, conflictos entre padres e hijos, comportamientos agresivos y violentos [2].

II. El desequilibrio mental

A Dios gracias, la labor que está desarrollando la Iglesia católica en este ramo, es muy encomiable; es una labor que ha venido efectuando a través de varios siglos como lo atestiguan Ordenes y Congregaciones religiosas cuyo carisma en particular es cuidar de los enfermos mentales.

Dada sin embargo la difusión tan grande de esta enfermedad, hablábamos al principio de 450 millones de personas afectadas, la decisión de los Sres. Obispos de Oceanía de poner como punto básico de consideración para esta Jornada Mundial del Enfermo los enfermos mentales ha sido un acierto, pues incitará a continuar desde la Iglesia Católica esta labor que se está realizando, y ayudará a incrementarla cada vez más en diálogo y colaboración con las diversas Instituciones encargadas de ello en las sociedades modernas.

Nos centraremos ahora en reflexionar desde el punto de vista cristiano sobre el enfermo mental. Partiremos de algunas indicaciones básicas científicas sobre el desequilibrio mental para de allí partir a considerar cómo el enfermo mental no deja de ser una imagen de Dios, y allí está su excelencia, su título por el cual merece todo respeto [3].

1. El desequilibrio

No cabe duda que el enfermo mental aunque siga siendo humano, es alguien que como tal se sale de la norma; esto es, está más allá del equilibrio que se necesita para hablar de una persona en pleno uso de sus facultades humanas. Sufre de una alteración del orden interno como individuo y podríamos decir que es una alteración del orden externo mismo de todo el universo.

En efecto, grandes pensadores de la humanidad han hecho consistir la felicidad en el orden, en el conformarse cósmico. En el pensamiento oriental se encuentra el Taoísmo según el cual el principio activo masculino, el ying, debe adaptarse a la flexibilidad del principio femenino, el yang, que en último término es el orden del universo, pero un orden hasta cierto punto flexible que va cambiando según cambia el mismo universo. Más o menos en este mismo pensamiento abundaron los estoicos en la cultura griega, que propugnaban que se debía estar siempre de acuerdo a todo el engranaje cósmico y que la perfección consistía en estar de acuerdo con el inexorable orden. Al principio del Renacimiento encontramos el pensamiento organológico de Teofrasto Bombasto von Hoheneim, Paracelso, según el cual en una flor se podía intuir el orden perfecto y total del universo, el macrocosmos en el microcosmos: todo el Universo es como un gran organismo vivo del cual todos somos parte y síntesis, y la actividad de cada quien está regida por un orden superior al que hay que conformarse bajo pena de ser una anomalía cósmica. En cierta coincidencia se acerca el pensamiento de Nicolás de Cusa con su ideal de la coincidencia de opuestos, como orden entre lo aparentemente desordenado. Incluso, en el concepto de la misma Redención, especialmente bajo el influjo de San Anselmo de Canterbury, la concepción en la Teología occidental de la obra de Cristo se cataloga como la restauración del orden jurídico violado.

2. El desequilibrio de las sinapsis neuronales

Atendiendo a los estudios recientes sobre la actividad neruronal, el desequilibrio mental tendrá que ver con la alteración del orden de las neuronas. En efecto según la descripción de las funciones orgánicas en el campo de la neurociencia, se constata la complejidad de la comunicación entre las células neuronas que emiten mensajes y que reciben los mismos; se trata de una red de conexiones en las que a través de una serie muy complicada de las mismas se llega a percibir y catalogar, juzgar y actuar en el trayecto que va desde la sensación exterior de cualquier tipo hasta llegar a la corteza cerebral y poder, por decirlo así, organizar el organismo, esto es, poder llevar a cabo el orden interno del organismo y obtener el equilibrio y la armonía.

Sabemos que el sistema nervioso central recoge la información recibida de nuestros órganos sensoriales, misma que procesa y actúa según la misma. Este conjunto de operaciones es el sustrato material de las funciones superiores como el pensamiento, la memoria y la conciencia. Son dos en especial los instrumentos para recorrer el trayecto sensorial-neuronal-cerebral: la propagación del mecanismo de acción y la sinapsis; o sea, la transmisión del impulso eléctrico de las neuronas y el paso de la señal de una neurona a la otra. Cada una de células nerviosas de los cien billones de las mismas de que consta el cerebro se conecta a través de 1000 a 10,000 sinapsis (transmisiones) a las otras neuronas. El aprendizaje y la adquisición de nuevas capacidades en el organismo humano requiere cambios de sinapsis, llamados «cambios plásticos». Para realizar cada cambio, se implican la totalidad de las sinapsis que, a su vez, simultáneamente cambian en cada nueva conexión. Se afirma que ciertas capacidades y habilidades humanas, dependen de los diversos patrones de conexión existentes en cada persona.

Las conexiones se realizan debido a impulsos eléctricos que se reciben en las neuronas a través de los llamados canales iónicos como una onda de carga eléctrica positiva que se propaga a lo largo de la extensión cilíndrica del cuerpo celular llamada axon. Estos canales son puntos especiales de permeabilidad en cada célula nerviosa. Dichos puntos son proteínas especiales que forman poros en la membrana celular de la neurona que permiten el paso de fluidos exteriores y que se abren cuando son estimulados en forma adecuada, y a través de los canales iónicos transforman los fluidos en impulsos eléctricos. Los impulsos eléctricos de varias sinapsis son integrados en las dendritas de las neuronas, generando así un potencial de acción el cual se transmite sucesivamente a otras neuronas. Se suele decir que el patrón básico del conjunto de conexiones entre las neuronas es la base material de la memoria, tanto de la llamada memoria «declarativa», consciente, como de la memoria de «procedimiento» (aquella parte de la memoria que se utiliza en la realización de tareas y reacciones inconscientes). En esta forma, la información sensorial se procesa mediante su paso progresivo en capas consecutivas de neuronas.

Se ha tratado de diseñar los patrones de sinapsis de las redes de diversas capas de neuronas basándose en técnicas computacionales (redes neuronales); sin embargo, aunque estas técnicas han funcionado en niveles neuronales inferiores no se ha logrado comprender la sinapsis propia de las operaciones cerebrales del todo del complejo de la actividad neuronal; en especial atendiendo a las funciones mentales superiores como la cognición, la conciencia y las emociones [4].

3. Comprensión a base de las sinapsis neuronales

La mera concepción de la acción de las neuronas y su complejidad de conexión, siendo muy importante para comprender la actividad cerebral, sin embargo, no es suficiente para entenderla adecuadamente. Por un lado el cerebro funciona simultáneamente como un todo a través de grandes complejos de neuronas, y esta totalidad de acción no se ha logrado penetrar; por otra parte, en especial al llegar a las funciones superiores mencionadas, en especial referentes a la abstracción y a la conciencia se ve que la explicación meramente de química biológica es inadecuada; se puede ver claramente en lo referente a la conciencia, si ésta es un regresar sobre sí mismo, y la conciencia consiste sólo en un mero elemento biológico material ¿cómo un elemento cuantitativo puede regresar sobre sí mismo?: al mismo tiempo sería y no sería el mismo, lo que implica el absurdo de violar el principio de contradicción. Los estudios que hoy se hacen en el campo científico aludido, son sin embargo muy útiles, pues aunque un desequilibrio neuronal de por sí no explica toda la realidad de la enfermedad mental, no cabe duda que es un elemento sumamente importante para su explicación y para su tratamiento.

4. El factor anímico

Para una comprensión más integral del enfermo mental, a los factores neuronales hay que añadir la comprensión holística psíquica; en efecto ya desde antiguo se entendía que la vida humana necesariamente contenía dos aspectos fundamentales, y que sus relaciones de subsistencia tenían que proyectarse atendiendo a lo que clásicamente hemos llamado el alma y el cuerpo. Al referirse al enfermo mental, en la antigua Grecia, Sócrates prefería centrarse sólo en el alma y decía cómo las enfermedades del alma sólo se resolvían con la «mayéutica», técnica que lleva al conocimiento de sí mismo purificando al alma enferma porque revela así su verdad interior y queda curada por el conocimiento y práctica de las virtudes. Platón y Aristóteles por su parte se refieren más bien al conjunto, para Platón en su mentalidad dualista, la causa predominante de la enfermedad mental es el cuerpo, la enfermedad mental sería como el fango corporal que afea al alma del enfermo mental, la que compara con una bella ánfora hundida en lo profundo del mar, ensuciada por el fango y la lama. Aristóteles se inclina también a esta perspectiva pero con mayor equilibrio, afirmando cómo es el entendimiento el que debe de imponer la armonía al cuerpo, una alma armónica dará lugar a formas corpóreas adecuadas, evitando la enfermedad que es también corpórea, pero que principalmente se debe a una alma inarmónica.

Podríamos de alguna manera decir que el pensamiento clásico griego no se supera del todo en la manera actual de concebir el modelo bioquímico de los trastornos psiquiátricos: hoy se identifica el alma con el bioquimismo activo de los sistemas neuroquímicos, neuroendócrinos y neurovegetativos de la corteza cerebral, del hipotálamo, del tronco encefálico, de la epífisis y del sistema vegetativo; estas estructuras están coordinadas entre sí según un plan que tiende al autoequilibrio, finalizado a impedir una eventual irregularidad. Los desórdenes mentales expresan un desequilibrio de este poli-sistema difundido como una red en todo el cuerpo; basta con que se desequilibre uno de estos sistemas y se desequilibra todo el resto [5].

El enfermo mental padece este desequilibrio que varía de acuerdo a la clase de enfermedad psíquica que padezca. En todas ellas se turba alguna de estas conexiones, o parte de ellas y se produce un desequilibrio interno que lleva a un desequilibrio relacional externo en el ámbito social.

A propósito de la complejidad y profundidad que conlleva este desequilibrio no se puede ignorar además la opinión de algunos psiquiatras según la cual la pulsión de vida se conecta de modo indisoluble a la pulsión de la muerte. Ambas pulsiones se compenetran y la Psiquiatría las estudia completando el «principio del placer» con el «principio de la realidad»; pilares que sustentan la psicoterapia encontrando la pulsión de la muerte como necesidad interna de la vida [6]. El desequilibrio afecta a ambas pulsiones y complica más el estado de la enfermedad mental.

Por otra parte, refiriéndonos a la cura del enfermo mental la Psiquiatría presenta una amplia área gris de incertidumbres que la practica clínica e la investigación científica consienten individuar en tres aspectos: La precariedad de las teorías sobre la enfermedad mental y sobre las estrategias di tratamiento, la alta implicación emotiva del trabajador en salud mental y la tecnología. Alguien opina que el nivel tecnológico en Psiquiatría es bastante bajo, ya que la terapia que usa no es tanto tecnológica sino de tipo interpersonal [7].

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades para profundizar más en las ciencias psicológicas sobre la realidad de una enfermedad mental, lo que en cualquier caso es evidente es que la enfermedad mental consiste en un desequilibrio de la razón, pero no en su pérdida. Fuera del pensamiento cristiano se ha dicho que el hombre es imagen de Dios precisamente por su alma racional, o si queremos precisarlo con la clásica definición, porque el hombre es un animal racional; ahora bien, si este hombre ha perdido la racionalidad, no hay objeción si se le trata como a quien tiene sólo apariencia humana pero que no es más humano [8].

Es claro que este modo de pensar es un sofisma ya que el enfermo mental no es que haya perdido la racionalidad, ésta sigue existiendo, sólo que no funciona como debía funcionar.

III. ¿Qué hacer?

1. El desequilibrio en el pensamiento cristiano

En el pensamiento cristiano se ha dicho que estos graves trastornos reducen al hombre a un estadio lastimoso como una imagen deformada de Dios, que se compara con el estadio del Siervo sufriente de Isaías (Is 53,1-7). Sin embargo, a pesar de esta deformación, más aun, por ella misma, el enfermo mental se parece más a nuestro Señor en la cruz, y como la cruz es el único camino para la resurrección, entonces el enfermo mental, por decirlo así, tiene una excelencia mayor, es más digno; y su excelencia la obtiene precisamente en razón directa de la gravedad de su enfermedad y del sufrimiento que conlleva [9].

2. ¿Imagen deformada de Dios?

Siendo válido lo anterior, quisiera sin embargo tratar de avanzar un poco en estas consideraciones y aventurar una afirmación que quizá pudiera iluminar el problema desde el ángulo de la Teología Moral. La afirmación sería, el enfermo mental no es una imagen deformada de Dios sino una imagen fiel de Dios nuestro Señor.

Esta afirmación lo intuyo en el pensamiento del Señor cuando dice, «El Reino de Dios está dentro de Ustedes» (Lc 17,21) y «Lo que mancha al hombre procede de su boca y de su corazón» (Mt 15,17) «Del interior del corazón del hombre proceden los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los robos, las avaricias, los engaños, lo impúdico, las malas miradas, las blasfemias, la soberbia, la insensatez; todos estos males proceden de adentro y envuelven al hombre» (Mc 7,19).

Esto es, el Reino de Dios, la existencia de la Santísima Trinidad en cada uno de nosotros, se encuentra en el corazón. El corazón que se entiende como la fuente última de decisiones que conforma toda la vida, no solamente lo que anteriormente se llamaba opción fundamental, sino todo lo que significa dicha opción y todos los actos que llevamos a cabo para cumplirla. O en otras palabras, el corazón significa todo nuestro dinamismo puesto al servicio de la misión que Dios nos ha encomendado.

El Reino de Dios toca el conocimiento amoroso y la decisión tomada en lo más íntimo de nuestra personalidad que se lleva a cabo mediante la fuerza del Espíritu Santo que nos conduce como Hijos de Dios y la cooperación absoluta de nuestras acciones que configuran nuestra vida según la Ley de Dios. Para separarnos de este Reino sólo lo podemos hacer mediante el mal corazón al que se refiere Cristo nuestro Señor, y del que proceden todos los pecados.

3. Imagen fiel de Dios

Ahora bien, cuando la enfermedad mental ha causado tal desequilibrio que ya no exista la responsabilidad de la acción del enfermo mental que la califique como separación de la voluntad divina, como pecado, el enfermo mental no se puede separar de Dios; esto es, la imagen de Dios en él no se puede distorsionar. En este caso su conocimiento o su opción volitiva, no son suficientes para motivar un acto humano que verdaderamente lo desligue de Dios; su estado psíquico y somático no le permite cometer un pecado grave pues en su desequilibrio no tiene el pleno conocimiento y el pleno asentimiento requeridos para que pueda pecar.

Si las cosas se contemplan desde este ángulo, en el caso de que el enfermo mental no posea el conocimiento y el consentimiento pleno requeridos para poder cometer un pecado mortal, no es una imagen deformada de Dios, pues ésta sólo se puede deformar por el pecado. Es una imagen sufriente de Dios, es cierto, pero no una imagen deformada. En él resplandece el misterio de la cruz victoriosa del Señor. Aproximándose más a la imagen del Siervo de Yahvé (Is. 53,1-7) nos impele a un acto más consciente de fe en Cristo que padece.

No en balde antiguamente, en el lenguaje popular mexicano, a un loco se le llamaba «bendito», ya que no gozando del pleno uso de la razón, sin poder pecar, estaba destinado a la vida eterna.

El desequilibrio objetivo del pecado y sus consecuencias se manifiestan en el enfermo mental, es verdad, pero al mismo tiempo reluce en él el equilibrio histórico del único orden actualmente posible, el orden y el equilibrio de la Redención.

No es comprensible esto en una mentalidad secularizada pero si en un optimismo cristiano, que además, nace de una fe razonada que nos dice por otra parte cómo nuestra obligación acerca de un enfermo mental en estas circunstancias por un lado va a cumplir con el deber de ver a Cristo sufriente en los más pobres y desprotegidos, pero por otra parte va también en el sentido de ver en él el amor de Dios que lo ha señalado como sus predilectos en el sentido de que no se podrá separar de El.

Son así una prueba del mismo amor crucificado de Dios. Por esto es que el mejor tratamiento que se les puede dar es el tratamiento del amor.

Como el enfermo mental es también una imagen de Cristo resucitado, de aquí nace la obligación de ser «Buen Samaritano» para él, esto es, poner todo el empeño para curar al enfermo mental. Idear toda clase de tratamientos para sacarlo de su postración que es tanto más dolorosa cuanto más profunda es el padecimiento psíquico que sufre, ya que tantas veces el enfermo mental pierde el sentido de relación humana y siente al ambiente circundante como un ambiente hostil en el cual es perseguido o bien la subjetividad del ambiente desaparece y las personas para él son otros tantos objetos o indiferentes o amenazas para su propio yo y su propia seguridad.

4. Tratamiento del enfermo mental

Así el tratamiento hacia un enfermo mental debe descollar como un tratamiento de amabilidad, delicadeza y ternura que le ayude a superar su mundo imaginario como enemigo en el que tan frecuentemente se encuentra sumergido. Este tratamiento deberá ser altamente personalizado y exigente: llevará así la diligencia para encontrar toda clase de medicamentos y terapias. Implicará todos los recursos puestos a disposición tanto por las ciencias como por las artes y técnicas médicas y una investigación que siempre progrese para encontrar los remedios más adecuados en el marco psico-somático.

Líneas prácticas de acción
Desde esta perspectiva me permito sugerir algunas líneas que pudieran proponerse como pistas prácticas para preocuparnos amablemente de los enfermos mentales:

Generales:

Establecer en los sistemas educativos bases religiosas firmes que fijen horizontes sólidos y estables para toda la vida.

Ser conscientes del sistema de valores sobre el que descansa toda vida humana y apoyarse en él para evitar en especial tipos de enfermedad mental basados en la angustia, la tristeza y la desesperanza.

Luchar contra el Relativismo, el Consumismo, la pseudocultura de los deseos instintivos, el pansexualismo.

Promover la dignidad de los enfermos mentales.

Esforzarse por promover un desarrollo sano del niño, incluidas sus funciones cerebrales.

Informar acerca de las enfermedades mentales a la sociedad para conocerlas y defenderse de ellas.

Incitar a las Ordenes y Congregaciones religiosas que tienen el carisma de atender a estos enfermos a que no desmayen en su cometido, sino que dada la emergencia de la enfermedad le dediquen un especial cuidado.

Apoyar con la recepción de los sacramentos a los enfermos mentales que estén en posibilidades de hacerlo.

Iluminar y consolar con la Palabra de Dios al enfermo mental según lo permita el estado psíquico-somático en el que se encuentre.

Ser conscientes de que la readaptación de un enfermo mental corresponde a toda la sociedad dentro de una solidaridad en la que se privilegia a los más necesitados.

Ayudar a la creación de un ambiente social y físico que favorezca las relaciones humanas y el sentido de pertenencia del enfermo mental a una comunidad concreta.

Nacionales:

Promover legislaciones adecuadas a nivel político nacional e internacional que salvaguarden los derechos de los enfermos mentales.

Instar a los diversos Ministerios de Salud de las Naciones, que tengan un cuidado especial de los enfermos mentales y se diseñen programas eficaces para su atención.

Desarrollar e integrar los servicios de sanidad mental en todos los servicios primarios de salud.
Crear las Instituciones adecuadas para la atención más cuidadosa bajo todos los aspectos, para los enfermos mentales.

Destinar los fondos necesarios para proveer lo necesario al cuidado de los enfermos mentales.

Proveer a la hospitalización de los enfermos mentales que lo requieran, y a su permanencia en el hospital de acuerdo a lo que aconsejen los actuales avances de la medicina psiquiátrica.

Proveer de alojamiento para los enfermos mentales desprotegidos que vagan como pordioseros o que sea imposible mantenerlos en familia.

Ayudar institucionalmente a las familias en cuyo seno se encuentra el enfermo mental con una asistencia tanto científica y técnica como de comprensión y estima.

Favorecer investigaciones relacionadas con los diversos tipos de enfermedad mental y las terapias adecuadas a ellas.

Humanizar los programas terapéuticos a través de la continua formación de los agentes sanitarios.
Adecuar los tratamientos psiquiátricos a los diversos patrones culturales de los pacientes.

Personales:

Educar en y desde la familia cristiana otorgando a todos las bases sólidas de la vida en la aceptación de Cristo muerto y resucitado, razón de ser de toda existencia.

Intensificar la prevención contra las enfermedades mentales con una acción eficaz en el seno de la familia en especial en los primeros años de vida de sus hijos.

Unir más fuertemente las familias dándole a la Institución matrimonial toda la fuerza que le es propia.

Dar mayor espacio de convivencia dentro de la familia tanto de los esposos entre sí como con sus hijos y entre los hermanos.

Propiciar los lazos de afecto y de comprensión tanto en la familia nuclear como en la extendida.

Dar el lugar que le corresponde a los abuelos.

Procurar ofrecer a los hijos una figura adecuada del padre y de la madre.

Tratar con afecto y cariño a los hijos, a la vez que con decisión claridad y energía en su educación.

Relacionarse fuertemente en familia con los maestros y demás personas que ayudan a los padres con sus hijos y no delegar en ellos lo que los padres no deben delegar.

Aceptar positivamente la enfermedad mental combatiendo la estigmatización de estos enfermos.

Comprender las necesidades tanto físicas como psicológicas que se ocultan tras los disturbios mentales.

Utilizar las potencialidades de cada enfermo mental.

Facilitar la comunicación interpersonal entre el paciente y quienes lo rodean, en especial dentro de la propia familia.

Alejar al enfermo de la soledad, del aislamiento y del abandono.

Enseñar al enfermo mental el modo para desarrollar sus propias habilidades y el sentido de autodeterminación.

Aprender en familia la conducta adecuada frente a un enfermo mental de la propia familia.

Comprender que frente a la enfermedad mental la ciencia sola no basta sino que hay que tratarla de una manera holística en conjunto con sus aspectos religiosos, y filosóficos y científicos.

Infundir esperanza en los pacientes y en sus familias.

Intensificar la terapia de la amabilidad y la dulzura en la curación de los enfermos mentales [10].

Conclusión:

Recordando aquella frase esculpida en el dintel de un hospital alemán «Infirmis sicut Christo», a los enfermos como a Cristo, terminamos estas reflexiones insistiendo en esta imagen de Cristo sufriente en lo más íntimo de su alma, pleno de dolor y de sufrimiento, pero que convierte este mal en pleno manantial de vida ya que su dolor y su sufrimiento constituyen el núcleo de su resurrección, pues constituyen nuestra salvación. Nuestro trato a los enfermos psíquicos se impone como un difícil test de nuestra fe. Tratarlos eficazmente es profesar nuestra fe en Cristo doliente y sufriente, pero a la vez victorioso. Este es el sentido de estar celebrando hoy la Jornada Mundial del Enfermo destinada a los enfermos mentales.

[Tomado de Zenit.org]

S.E. Javier Cardenal Lozano Barragán
Presidente del Pontificio Consejo
de la Pastoral de la Salud

Notas
[1] OPS. 1992. temas de salud mental de la comunidad, serie paltex.

[2] Deriu Fiorenza et alii, «Rapporto descrittivo sui risultati della ricerca del Pontificio Consiglio per la Pastorale della Salute, sulla «salute mentale»», Pontificio Consiglio per la Pastorale della Salute, 10 Gennaio 2006; en «Dolentium Hominum» 2006 (62).

[3] Cfr. Juan Pablo II, «Discurso del Santo Padre a la XI Conferencia Internacional», en Dolentium Hominum n.34 (XII) 1997,1; 7-9: Joseph Ratzinger, «La grandeza del Ser humano es su semejanza con Dios», ibid. 16-19.

[4] Cfr. Edwin Neher, «Mecanismos básicos de señalación y procesamiento de información en el cerebro», en Dolentium Hominum n.34 (XII) 1997,1; 21-24; D. Johnston and SM Wu, «Foundation of Cellular Neurophysiology», The Mit Press, Cambridge Mass., 1995; E.R. Kandel, J. H.l Schwarz and T.M. Jessel, «Essential of Neuronal Science and Behavior», Prentice Hall Internacional, Inc., London, 1995; E. Neher and B. Sakmann, «The Patch Clamp Technic», Scientific American, March 1992, 44-52.

[5] Cfr. Giuseppe Roccatagliata, «De las enfermedades del alma a la psiconeurosis«, en Dolentium Hominum, Ibid., 33-39.

[6] J. Derida, Speculare – su Freud, Raffaello Cortina Ed.2000.

[7] Contini G. «Il miglioramento della qualità nella riabilitazione psichiatrica», Centro Scientifico editore, 1999.

[8] Cfr Ignacio Carrasco, «La dignidad de la locura», Dolentium Hominum n.34 (XII) 1997,1; 124-126.

[9] Cfr. Juan Pablo II, «Discurso del Santo Padre a la XI Conferencia Internacional», en Dolentium Hominum n.34 (XII) 1997,1; 7-9: Joseph Ratzinger, «La grandeza del Ser humano es su semejanza con Dios», ibid. 16-19.

[10] Cfr. Juan López Ibar, «La investigación en Neurociencia: su repercusión en las enfermedades mentales», en Dolentium Hominum n.34 (XII) 1997,1; 52-58; Andrea Calvo Prieto, «La familia del enfermo mental en los países africanos», ibid., 52-58; Francisco Imoda, «Psicoterapia», ibid., 186-192: Pier Luigi marchesi, «Papel de la Iglesia en el tratamiento de los enfermos mentales», ibid., 205-207; Carlos Lorenzo Casullo, «La aceptación de la enfermedad mental», ibid., 81-85.



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Nuestro ángel de la guarda
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo con nuestro ángel de la guarda que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.





Nuestro ángel de la guarda
Muchos tienen la costumbre de hablar con su ángel de la guarda. Le piden ayuda para resolver un problema familiar, para encontrar un estacionamiento, para no ser engañados en las compras, para dar un consejo acertado a un amigo, para consolar a los abuelos, a los padres o a los hijos.

Otros tienen al ángel de la guarda un poco olvidado. Quizá escucharon, de niños, que existe, que nos cuida, que nos ayuda en las mil aventuras de la vida. Recordarán, tal vez, haber visto el dibujo de un niño que camina, cogido de la mano, junto a un ángel grande y bello. Pero desde hace tiempo tienen al ángel “aparcado”, en el baúl de los recuerdos.

De grandes es normal que hablemos a los niños de su ángel de la guarda. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.

Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor, y a veces no tenemos mucho tiempo para pensar en los espíritus angélicos. Podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una “devoción privada” ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.

Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda:

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día.
Amén.
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