Alegría de Vivir


Alegría de Vivir
Amar es alegrarse.

No parecen tiempos propicios para hablar de alegría. Si nos asomamos al panorama de la última ley del aborto -aunque se le llame de modo que suene a saludable-, es para llorar. Si nos fijamos en el número de personas sin trabajo, es sencillamente alarmante. Otros parámetros económicos no parecen mejores. Tampoco es como para tirar cohetes la vista que ofrecen algunos cristianos de fe incoherente, y no me refiero a los errores que todos tenemos, sino a la pertinacia en afirmaciones que sitúan fuera de la comunión eclesial a sus mismos afirmantes, cuya conciencia cristiana es, cuando menos, más que de dudosa fiabilidad; las pederastias... En fin, no voy a continuar por este camino porque, sería como para decirme: alegría, ¿de qué?

Precisamente, trato de llegar a una alegría más honda, no enraizada en la posesión de bienes, ni en el goce de placeres ilimitados y fuera de madre, ni en el poder, ni siquiera en esa autonomía de la conciencia que parecería hacernos más libres, aun a costa de un encallecimiento epidérmico tipo piel de elefante. A veces, quizás se busca deliberadamente el callo, es decir, la narcotización de las gentes, a fin de que piensen lo menos posible. Nos creemos en la era de la razón y nunca ha sido más palpable la sinrazón. Y, no obstante, hay motivos para estar alegres. En una especie de libro de cabecera que tengo ("Fundamentos de Antropología"), Ricardo Yepes Storck escribió que la alegría nace de la aceptación del ser amado. Amar es alegrarse. Tal vez por eso, la alegría tiene tanto que ver con la capacidad de servir. Hace años, leí unas palabras de Tagore citadas por otro autor: "Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era la alegría".

Desde una perspectiva cristiana, había oído reiterar -y, sobre todo, vivir- al fundador del Opus Dei unas frases que llegué a aprender de memoria e identifiqué después en un punto de Forja: "Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría". Todos los santos han sido maestros de esta virtud por imitar el espíritu de servicio mostrado por Cristo siempre, y recordado de modo imborrable con el lavatorio de los pies a sus apóstoles, previo a su gran entrega en la Eucaristía, anticipo sacramental del martirio voluntario de la crucifixión. Vale la pena recordar estas palabras: "si comprendéis esto y lo hacéis -se refería a lavarse los pies unos a otros, no ya materialmente, sino sirviendo-, seréis bienaventurados". ¿Alguien podría afirmar que la dura vida de Juan Pablo II hizo de él un hombre triste? ¿Sería acertado decir que la Madre Teresa de Calcuta no fue feliz y dio paz viviendo entre los pobres de los pobres, mientras sufría una terrible aridez espiritual? ¿Podría pensarse que san Josemaría se sintió desgraciado por tener que difundir un mensaje muy nuevo, que le valió calificativos extremos y calumnias perversas? Evidentemente, las tres respuestas serán negativas. Y también manifestación -no única, ciertamente- de que la alegría profunda nace de un talante que nada tiene que ver con el goce pasajero y amargo del sexo desenfrenado, ni con el poder vivido posesivamente, ni con las riquezas no empleadas para el bien común, ni con la mentira que eleva falsos pedestales, ni siquiera con la salud.

Volviendo a Yepes, sin ignorar que la sexualidad es integrante del específico amor existente en el matrimonio, afirma con Juan Pablo II que "la donación física total sería una mentira si no fuese el signo y el fruto de la donación personal total". Por ello, la unión de los que se aman no puede ser sólo unión sexual que dura unos instantes, sino unión de voluntades, sentimientos y deseos, de proyectos, fines y acciones. Algo parecido, prescindiendo del sexo, podría decirse del amor paterno-filial, fraternal, amigable y, por supuesto, del amor a Dios. De este modo, con esfuerzo y con fracasos, por caminos amables compatibles con la dureza, el cristiano tiene muy particularmente en sus manos la alegría de vivir, del optimismo, del espíritu positivo respecto al mundo que nos cobija. No es cristiana la crítica amarga y negativa, porque la alegría es parte integrante del itinerario cristiano. Aunque aparece repetidamente en la Escritura, baste esto de san Pablo: "Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os lo digo: alegraos".

Lo serio de nuestra vida no han de ser las formas externas del trato con los demás; la seriedad debe estar constituida por la competencia profesional que se hace servicio; por la abnegación para sacar la familia adelante; lo serio es la verdad vivida. Éstas y otras tareas son costosas. No en vano escribió san Agustin que "siempre es mayor la alegría a la que ha precedido un gran dolor", como también se puede afirmar que la tristeza destruye la grandeza de corazón, porque el hombre entristecido no busca fácilmente metas generosas y agradables. Un cristiano, porque ama, porque es alegre, ha de ser magnánimo. Leer más...

Aprendiendo a Vivir...


Aprendiendo a Vivir...

I) ESPÍRITU GREGARIO
Nada nos molesta tanto
ni irrita tanto a la gente
como ignorar sus dictados
por querer ser diferente.

Y si alguien pone su esfuerzo
para poder destacar,
que no le extrañe que luego
le vayan a rechazar.

Pero merece la pena
buscar el propio camino,
a pesar de que se ofenda
algún que otro vecino.

I) APRENDER DE LOS ERRORES
Aunque cueste un alto precio
y el desdén de los demás,
vale la pena el esfuerzo
para aprender a volar.

El ser humano es así
y para ir avanzando
su rumbo debe seguir
aunque sea tropezando.

¡Y qué le vamos a hacer!.
Ya lo se que es una pena
que no se pueda aprender
mirando a cabeza ajena.



III) ENSEÑAR… SIN IMPONER
Una vez que has alcanzado
en la vida alguna meta,
no te olvides del pasado
aunque nada te detenga.

Aprovecha tu maestría
para enseñar tu experiencia
a los que detrás te sigan,
con amor y con paciencia,

sin olvidarte que un día
cuando quisiste volar
sobre todo defendías
que te dieran libertad. Leer más...

Vivir con dignidad


Vivir con dignidad
Además de reconocer el sentido de la vida, es posible encontrar el sentido del sufrimiento. Este nos hace más humanos.

“No me suicidé para no hacerle la vida difícil a mi hijo”. Me lo dijo una anciana que me encontré en una choza de un pueblito de Lituania. Esta mujer no veía ya ningún sentido de su vida, le pesaba su soledad, sus familiares no la visitaban. Quería quitarse la vida, pero no lo hizo “para que su hijo no se sintiese culpable y para que la gente no empezase a hablar mal de él.”

Me acordé de la viejita al leer una de las muchas noticias sobre suicidio asistido que con creciente frecuencia aparecen en los medios de comunicación. En España revivieron últimamente los debates sobre la eutanasia, por el suicidio de Madeleine Z., cuyo hijo ha denunciado a la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) porque sus miembros estuvieron presentes durante la muerte(1) .

No faltan comentarios referentes a la eutanasia que pueden suscitar dudas y confusión. Uno de este estilo es alegrarse de que, mientras en Alemania aún se sigue discutiendo sobre los médicos que dan la muerte al paciente, la organización suiza “Dignitas” ofrece la excelente solución, según ellos, del suicidio asistido (2). Se sugiere que es más digno morir como dueño de sí mismo, por un acto de la propia libertad.

Las organizaciones que promueven el suicidio asistido suelen incluir en su nombre la palabra dignidad. ¡Pero la dignidad es otra cosa muy distinta de lo que ellos proponen! Es preocupante que ante la confusión creada, algunos con buena voluntad puedan tomar por ayuda muy positiva lo que es hacerle daño al otro en lugar de buscar su bien.

Es importante aclarar el concepto de dignidad y después ver las razones objetivas por las cuales está mal quitarse la propia vida o ayudar a alguien a suicidarse, y, ya que en toma de decisiones personales en esta materia generalmente influyen ante todo percepciones subjetivas, considerar cómo se puede encontrar el sentido de la vida y hacer la experiencia de la alegría en el sufrimiento. Sería triste vivir sólo por deber o para no hacer daño a otros. Es mejor vivir por el amor. Nadie de aquellos a quienes les viene en mente la idea de acabar con su vida, ha perdido su capacidad de amar.

Primero hay que distinguir entre la dignidad humana que podemos llamar la fundamental, la dignidad ética y lo que serían las condiciones de vida dignas. Se podría decir que la dignidad humana y la dignidad ética son dos dimensiones de la misma realidad. El ser humano real es el fundamento de estos dos tipos de la dignidad. La dignidad humana es la que tiene cada ser humano simplemente por ser un ser humano (cada ser humano tiene su espíritu que le otorga la sublime dignidad humana y por tanto su valor absoluto). La otra, la dignidad ética, depende de si nuestros actos libres afirman o van en contra de la dignidad humana. En este sentido, es más digno que hace el bien y evita el mal.

Por tanto, nadie puede quitar a un ser humano la dignidad fundamental, ni uno mismo. Esta dignidad no cambia, porque la persona no puede transformarse en un ser de otra especie. La dignidad humana es absoluta, sin embargo no lo es el valor de la vida humana en este mundo. Se puede matar, pero no se puede quitar la dignidad humana. El valor del ser humano es absoluto, el valor de la vida humana no. Por eso no necesariamente es moralmente malo matar a alguien, por ejemplo en los casos de defensa propia, o sacrificar la propia vida para salvar la del otro, dejarse matar para no renunciar a valores superiores…

Tampoco es absoluta la libertad o la autonomía humana. La dignidad fundamental es anterior a la libertad. Esta no es para ir en contra de la dignidad o para quitar la vida, sino para amar.

Vivir dignamente no significa no necesitar de otros y ser autosuficiente. La dignidad humana se manifiesta ante todo en la capacidad relacional. El ser humano es capaz de amar y ser amado, de darse a otros y recibir de otros. Si alguien opta por quitarse la vida para no ser un peso para otros o no necesitar de su ayuda, es porque se encuentra en una sociedad individualista donde no logra confiar en otros y percibir que le aman, que puede amar y que es igual de humano y digno ser ayudado que ayudar.

El caso de Madeleine Z. me hace pensar también en el concepto de calidad de vida que se relaciona con condiciones de vida. Ella objetivamente no llegó a tener dolor físico insoportable, podía valerse por sí misma, pero posiblemente su calidad de vida dejaba mucho que desear por falta de amor, que muchas veces es más no amar que no sentirse amado. El principio de vida humana es espiritual y por eso, al considerar la calidad de nuestra vida, además de condiciones externas hay que tomar en cuenta factores internos, subjetivos, espirituales: sentirse querido por las personas cercanas, aceptado por la sociedad, etc. Más que ser autosuficiente e independiente, hacen falta relaciones cordiales con otros y la confianza.

El ser humano no sólo siente dolor, sino que además sufre. El sufrimiento es una experiencia espiritual, puede ser moral, o puede acompañar un estado físico, material. El sufrimiento moral tiene un significado muy profundo para la persona. Hoy, la eutanasia se da principalmente por motivos de este orden espiritual, porque a nivel médico cada vez hay mejores soluciones, ante todo avances en los cuidados paliativos.

Morir dignamente no es usar la propia libertad para quitarse la vida, sino asumir libre y conscientemente esta fase de la vida. Se puede morir en condiciones dignas de un ser humano, es decir, acompañado de personas que le quieren a uno con afecto sincero, y en buenas condiciones sanitarias y materiales. Morir con dignidad no significa morir sin dolor gracias a una intervención médica o suicidio asistido.

Existe una vida digna, existe una muerte digna, pero no existe un suicidio digno. Aquí hablamos de la dignidad ética. La vida humana tiene un grandísimo valor y es buena. Anticipando la afirmación de que objetivamente el suicidio siempre es un mal, podemos añadir que por tanto también está mal inducir, animar, ayudar a cometer un suicidio. Va contra la dignidad humana. Es no reconocer el valor de la vida ni del ser de la persona, es apoyarle en decir: “no vale la pena que sigas presente entre nosotros, tú existencia no nos aporta nada, incluso nos pesa”. Observemos, que mientras la persona que piensa en suicidarse suele estar muy afectada en el modo de percibir la realidad por su gran sufrimiento, las personas cercanas deberían ser más capaces de ver y hacer ver el valor objetivo de la vida.

Es bueno acompañar, pero acompañar en el sufrimiento y no en la ejecución de un acto malo. Compadecer significa compartir el dolor amando, es decir buscando el bien de la otra persona, queriendo aliviar su dolor, y no eliminar a quien sufre. Los moribundos, los enfermos y los que sufren necesitan compañía, pero en la vida con dolor, y no en el acto malo de matar. A lo mejor no podemos entender de todo a quien sufre, pero podemos aliviarle en su dolor y soledad.

La ética siempre condenaba el suicidio. “Si se permite el suicidio, todo está permitido” (3) , porque la posibilidad de la ética exige el reconocimiento del bien y de la verdad. El suicidio niega el valor del ser humano, es contradictorio con la dignidad. Se mata al ser humano, que es el criterio y fundamento de la ética. Se pretende poner la libertad personal por encima de la dignidad.

El sentido común nos indica, que está mal ayudar a hacer el mal. No hay nada bueno en colaborar, inducir o facilitar un suicidio, incluso si al voluntario o familiar le pareciese que lo hace por sentimientos de compasión. A veces ayudamos muy mal: una madre que enseña al hijo para copiar y engañar para no reprobar un examen le hace daño. Facilitar el veneno para que alguien no sufra, constituye del mismo modo una solución totalmente equivocada. Obviamente mucho más grave, porque entonces se trata de vida o muerte.

Asistir en el suicidio es una forma de eutanasia, y como toda eutanasia es condenable, porque consiste en buscar la muerte de un ser humano. ¿Qué puede haber de bueno en fortalecer a alguien en una decisión equivocada? En lugar de ofrecer o apoyar la idea de terminar con la vida de alguien que se siente inútil o siente miedo ante un tremendo sufrimiento, lo humano es buscar los mejores medios posibles para sanar o aliviar el dolor, dar amor, consolar. Otra cosa, rechazable, sería el encarnizamiento o ensañamiento terapéutico(4).

La vida tiene valor, es buena y debe ser defendida y protegida por amor justo a uno mismo y también por justicia con otros, para no privarlos de lo que los enriquece. Pero sería triste vivir sólo por justicia y por deber. Vale la pena vivir por amor. No quitar el valor de las cosas que tenemos en la vida. La inteligencia de la que disponemos nos permite fijarnos en los positivo y reconocer muchos bienes, no sólo pensar en las desgracias que nos tocaron. El no querer ya vivir suele ser un sentimiento o algún momento subjetivo de un estado de depresión. Hay personas que después de firmar su decisión de suicidarse ha cambiado de opinión(5) . Es muy noble ayudar a no tomar decisiones equivocadas. Creo que el hijo de Madeleine Z. con razón se preguntaba, si su madre no hubiese cambiado de decisión al mirar una foto de sus nietos. A un estado subjetivo de pesimismo puede prevalecer la inclinación natural del ser humano a conservar su vida y ante todo encontrar el sentido de la vida. No debería hacer falta añadir, que el voluntariado es para buscar el bien del otro y no su muerte, para dar amor y no veneno.

Para encontrar el valor de la propia vida ayuda recurrir a experiencias de amor y de esta forma saber, que el verdadero amor existe. Recordar cómo hemos sido amados por ejemplo por los propios padres. Siempre será posible encontrar a personas que quieren ofrecernos amor. La verdadera compasión (que significa padecer con) busca en primer lugar hacer ver que el otro es amado y ayudarle a crecer en el amor. La persona puede “salir de sí”, de no querer seguir viviendo, amando. Siempre se puede seguir amando. Amor ya en sí conlleva una satisfacción. Es dar y recibir. Siempre podemos enriquecer a otros, sea con sabiduría, con diferentes cualidades, talentos…, en fin, con amor. Los seres humanos nos necesitamos mutuamente y necesitamos sentirnos necesitados.

La capacidad de amar el algo que nadie nos puede quitar. Siempre se puede dar más de sí. Aunque el estado de salud vaya deteriorando, la capacidad de amar no. En ese amar y ser amado está el sentido de la vida.

Además de reconocer el sentido de la vida, es posible encontrar el sentido del sufrimiento. Este nos hace más humanos. Se podría decir que las dificultades pueden estimular la fuerza del amor, despertar la capacidad de entrega y de lucha. Sin la experiencia del sufrimiento es imposible crecer en el amor. Este misterioso mal que por un lado siempre queremos alejar de nosotros, por el otro si queremos se convierte en un medio para vivir más dignamente. Muchos grandes héroes lo son porque enfrentaron con amor un sufrimiento que encontraron en su vida.

Se puede descubrir mucho más sentido y belleza en el sufrimiento, pero ya no con un discurso racional, sino con la experiencia del verdadero amor. Los que no pensamos en suicidarnos y valoramos el más profundo sentido de la vida, intentemos compartirlo.

Yo me acuerdo que encontré la casita de la anciana en Lituania, cuando caminaba junto con una chica de 16 años. Esta adolescente le propuso diferentes maneras de unirse a proyectos de ayuda a diferentes personas. Le ofreció formas maravillosas de hacer algo por otros, le hizo darse cuenta que no es inútil y además que una adolescente confía y quiere contar con ella. Pienso con gusto en los sonrientes ojos de esta anciana que vi la última vez que la visité. Leer más...

Amor sin fidelidad no es amor


Amor sin fidelidad no es amor
La infidelidad lo convierte a uno en un vulgar ladrón.

Hay que mostrar y ensalzar sin cansarse del valor de la fidelidad.Ser fiel en el matrimonio es el mas bello espejo para mostrar lo que es el amor.
Amor sin fidelidad, no es amor.
Amor lleno de fidelidad es el signo de la esperanza en el triunfo de la virtud que más enaltece al amor.
Te soy fiel porque te amo, no se puede ser fiel sin amar.

En la actualidad, en la vida que vive nuestro mundo, casi podríamos decir que ser infiel es un valor. Muchos son los que lo creen así.
A ese extremo llega el antivalor en la vida de muchos.

Ser fiel casi parece imposible y algo pasado de moda. En esas circunstancias hablar de la fidelidad se hace difícil y la influencia del medio ambiente es muy negativa.
La fidelidad debe estar en las grandes y pequeñas cosas de nuestra existencia, pero para los casados, para los esposos, esta fidelidad tiene como marco la alianza matrimonial.
Nos hicimos una promesa y las promesas son para ser cumplidas.

Cuando en la celebración de nuestra boda nos pusimos mutuamente el anillo en el dedo, acompañamos este gesto con unas breves palabras: “.....recibe la alianza en señal de mi amor y fidelidad”.

Los anillos del matrimonio son llamados alianzas.
Un concepto bíblico riquísimo que recuerda siempre “la alianza inquebrantable de Dios con su pueblo”. Alianza que implica y exige amor y fidelidad.

Los profetas se sirven constantemente de la experiencia matrimonial para conducirnos a la comprensión del amor de Dios.
Dios se presenta como un esposo que, con ternura y fidelidad sin medida, sabrá ganar a Israel.
Son conmovedoras y muy ricas las expresiones con que se describe el misterio de la alianza: fidelidad, bondad, misericordia, amor constante, amor exclusivo y total.
Todas estas riquezas deben estar en los esposos que se aman.

Sabemos que hoy está despreciada y casi combatida, la virtud y el valor de la fidelidad. Nos quieren convencer que esto es cosa antigua y que la promesa hecha al otro, es relativa.
Cuando se termina el amor, puedo tirar por la ventana todo lo prometido.
Sin preguntarse ¿porqué nos dejamos de amar?
No será que dejamos de amarnos porque no cumplimos lo prometido?

Pese a ello, también hoy se intercambian los anillos. Y dadas las circunstancias que hemos señalado, usarlos y que los sigan usando, es un verdadero signo de esperanza en el triunfo de la fidelidad. Es un testimonio frente a tantas actitudes cargadas de frivolidad.

Fiel es el que guarda y cumple la palabra dada a otra persona. Ahora bien.
¿Qué es ser fiel en el matrimonio? ¿Que es guardar y cumplir la palabra dada? Muchos piensan que ser infiel es correr tras de una rubia o morocha, y no está mal pensar así. Pero debemos profundizar mucho más hasta donde llega el ser infiel en el matrimonio. Hay muchas formas de ser infiel.

Ser fiel es vivir la realidad permanente de que cada uno es del otro, cada uno es dueño del otro. Ello es debido en virtud de la donación que un día realizamos al pie del altar.
Sin fidelidad, ya que somos posesión del otro, cuando se comparte el cuerpo con un tercero, el matrimonio pasa a ser simplemente una figura externa, siendo no sólo un romper lo prometido, sino también un acto de injusticia, ya que no se puede disponer libremente del propio cuerpo, ya que mi cuerpo es posesión del cónyuge.
Por lo tanto el compartirlo con un tercero se lo está robando. La infidelidad lo convierte a uno en un vulgar ladrón.

Como hemos anunciado la infidelidad va mucho más allá que desear a la vecina. La fidelidad va mucho más allá de lo que generalmente se piensa.
¿De qué vale no engañar al cónyuge, si en la vida diaria no se le hace feliz a causa de mi constante mal humor?

El día del casamiento nos comprometimos a hacer feliz al otro, por lo tanto, cada gesto, cada palabra, cada actitud que no contribuye a que el otro sea feliz, se transforma en migajas de infidelidad, que nos irán llevando a la gran infidelidad.

Hay muchos otros elementos que son signos de infidelidad, veamos algunos:
1) El diálogo: si no se comparte plenamente el ser interno de cada uno y hay algo que se esconde, ¿es esto fidelidad?

2) La alegría: otro de los signos del empeñarse en ser fiel al compromiso es el buscar alegrar siempre al cónyuge y a la familia.
La infidelidad va de la mano de la amargura. La fidelidad se expresa en la alegría de vivir.

3) Vivir mostrando interés por el otro: ser fiel es también preocuparse y ocuparse del cónyuge, de sus gustos, de sus problemas, de sus dificultades, de sus anhelos.

4) Compartir la cruz de cada día: recordemos que, como esposos, prometimos sernos fieles en la adversidad y en la enfermedad, por lo tanto la fidelidad reclama que cada uno ayude al otro a soportar sus sufrimientos, sus dolores, sus caídas, sus depresiones, sus malos momentos.

En fin, ser fiel es ayudar a llevar la cruz, como el Cireneo ayudó a Jesús. Leer más...

¿Qué significa tener buen carácter?


¿Qué significa tener buen carácter?
Es cuestión de una educación inteligente.

Quien en nombre de la libertad
renuncia a ser el que tiene que ser,
ya se ha matado en vida.
Su existencia consistirá en una perpetua fuga
de la única realidad que podía ser.
José Ortega y Gasset

• Persona de carácter
• Una educación inteligente
• Aprender a ser feliz
• Talante positivo
• Razones para sonreír
• ¿Por qué no eres más feliz?

Persona de carácter

¿Qué pensamos cuando decimos de alguien que es persona de carácter?
Entendemos quizá la adaptación firme de su voluntad en una dirección adecuada. O la lealtad personal hacia unos principios nobles, que no ceden a las conveniencias oportunistas del momento. O la perseverancia fiel en obedecer la voz de su conciencia bien formada. O quizá la independencia de su criterio frente al qué dirán de quienes le rodean.

Se han dado muchas definiciones sobre el carácter. Un modo de obrar siempre consecuente, cuyos móviles son principios firmes. Constancia de la voluntad en el servicio del ideal reconocido como verdadero. Perseverancia interior en plasmar un noble concepto de la vida. Y muchas más.

-—De acuerdo. Ya tenemos suficientes definiciones. Pero ¿qué puede hacer un padre o una madre para que sus hijos sean personas de carácter?

Primero —y es más importante de lo que parece— tendrás que reflexionar sobre qué principios y qué ideales quieres que tengan tus hijos: de este libro quizá saques algunas ideas.

A continuación, tendrás que procurar que vayan comprendiendo la importancia que esto tiene para sus vidas, y sobre todo que comprendan que nadie podrá hacerlo en su lugar. Y como en las ideas no cabe la imposición, conviene que lo hables de vez en cuando con tus hijos, que quizá son más razonables de lo que parece.

Y te sugiero otra cosa: cuando hables de esto con ellos, pon esfuerzo en hablarles normal.

¿Qué quieres decir?

A los chicos les gusta que se dirijan a ellos de modo natural, con voz suave y normal. Porque, no se sabe por qué razón, a muchos adultos les encanta hablarles de estos temas con aire paternalista, cuando no en tono subido y autoritario. Pero como los niños no suelen ser tontos ni sordos, agradecen mucho que se les hable de modo normal, como a los mayores.

Después, tendrás que determinar de qué modo vais a procurar acostumbraros a obrar según esos principios.

Porque lo más difícil no es
formular rectos principios,
que esto se consigue con relativa facilidad,
sino persistir en ellos a pesar de
las cambiantes circunstancias de la vida.

-—Eso es lo que yo digo. Porque buenos proyectos tenemos todos los padres, sobre todo los que leemos estos libros. Pero luego tenemos que llevarlos a la práctica, que ya es difícil, y luego conseguir que los hijos los lleven también a la práctica, que es más difícil todavía.

No es tan difícil. Empieza por cosas pequeñas. Siembra un pensamiento —dice Toth— y segarás un deseo, siembra un deseo y recogerás una acción, siembra una acción y cosecharás una costumbre, siembra una costumbre y segarás el carácter.

De pequeños pensamientos
y acciones
va tejiéndose
la suerte de la vida.

Podríamos decir que el éxito está en descubrir esa natural sucesión educativa:
• Motivación en los valores.
• Actos favorables.
• Arraigar virtudes.
• Consolidar el carácter.



Una educación inteligente

Hay muchos padres que centran la educación exclusivamente en los conocimientos, en los idiomas, en las habilidades musicales o deportivas, o en cosas semejantes. Atiborran a sus hijos de academias y de gimnasios, de enciclopedias, ordenadores y diplomas, y luego se olvidan de hacer de sus hijos personas de criterio, con carácter y personalidad.

Con ese esquema educativo producen criaturas de gran fortaleza física pero que son débiles interiormente, cabezas llenas de conocimientos pero sin templar, hombres y mujeres sin principios firmes. Y al final consiguen lo contrario de lo que buscaban, pues dejan a sus hijos indefensos ante el futuro.

-—No cabe duda que es mejor herencia una cabeza bien amueblada y una voluntad fuerte que un montón de títulos y de conocimientos. Pero mejor son las dos cosas.

Por supuesto, pero lo que no sería acertado es sacrificarlo todo en aras de los títulos y los conocimientos.

Es preciso lograr que
padres e hijos piensen
sobre cómo son,
sobre cómo les gustaría ser,
y sobre cómo deberían ser.

Para lograrlo son vitales esas conversaciones sosegadas con cada hijo, procurando formar a un tiempo su cabeza y su corazón, su inteligencia y su voluntad.

Hacerles razonar bien,
hacerles capaces de hacer lo que deben hacer,
y hacerles quererlo hacer libremente.

-—Creo que los padres solemos dar más importancia a educar la inteligencia que a educar la voluntad, y en eso creo que nos equivocamos.

Pienso que si se educara realmente la inteligencia no habría problema, porque cuando las cosas se entienden con claridad y a tiempo, la voluntad se dirige a ellas sin muchas dificultades. Lo que pasa es que a veces se busca sobre todo insuflar conocimientos en vez de en educar realmente la inteligencia.

A veces parece como si la inteligencia fuera el don mejor distribuido, al menos si nos atenemos al escaso número de personas que se quejan de la porción que les ha correspondido en el reparto. Pero cuando un chico es realmente inteligente, enseguida se da cuenta de que sin desarrollar su voluntad apenas hará nada en la vida, y que, si no se esfuerza, lleva camino de ser uno más de los muchos talentos malogrados por usar poco la cabeza.

Con razón se ha dicho que no hay criatura más desgraciada que una gran cabeza huérfana de voluntad, porque esa gran inteligencia, suponiendo que exista, se pierde sin remedio.



Aprender a ser feliz

Los hombres no nacemos felices o infelices, sino que aprendemos a ser lo uno o lo otro. Con la felicidad nadie se topa a la vuelta de una esquina. No es como la lotería, que llega un día de repente. No hay felicidad a bajo precio. Es algo que tiene que forjar cada uno, aprendiendo a ser feliz.

-—Pero mucha gente piensa que es la sociedad quien te hace feliz o infeliz.

Indudablemente nuestro entorno influye en nuestra felicidad, pero la felicidad no puede considerarse como algo externo al hombre, que a uno le toca o no le toca en la lotería de la vida. Verlo así sería disponerse para caer en un conformismo victimista o en una frivolidad irresponsable.

Esos planteamientos cerrados son, además de un error antropológico, la mejor forma de perder la esperanza en la lucha diaria por mejorarnos y mejorar el mundo que nos rodea. Podemos hacer mucho por tomar las riendas de nuestra vida y ser felices.

¿Pero se puede ser totalmente feliz?

Total y absolutamente feliz, no. Siempre hay cosas que nos llevan a sentirnos infelices, y a veces son difíciles de explicar. Toda vida humana tiene momentos de dolor, y lo habitual es que sean frecuentes y que llenen la vida de cicatrices que van curtiendo a la persona. Cualquier biografía —apunta Enrique Rojas— está surcada por cordilleras de obstáculos y frustraciones. Asomarse a la vida ajena es descubrir sus desgarros, las señales de la lucha con uno mismo y con su entorno, pero también la grandeza del esfuerzo por salir adelante, por eso que se llama vivir. La vida es un forcejeo permanente con la adversidad.

-—Pero si la vida es tan dolorosa y difícil, ¿cómo se puede ser feliz?

No debe confundirse la felicidad con algo tan utópico como querer pasar toda la vida en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Eso sería una ingenuidad. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y su familia probablemente también.

Digo que su familia también, porque los demás notan todo eso perfectamente. Muchos padres, por ejemplo, viven con la idea romántica de que los chicos no se enteran de nada de lo que pasa en la casa, que son felices y se pasan el día riendo y jugando, disfrutando con sus cosas y ajenos a la tristeza o la alegría de la familia.

Sin embargo, detrás quizá del candor de su sonrisa, o de esa mirada preocupada, lo ven todo. Y reflexionan. Y muchos sienten una terrible soledad. Y a lo mejor no tienen con quien hablar con confianza, a quien contarle que sufren viendo el ambiente triste de sus padres y de toda su casa.

-—Pero la tristeza o la alegría es algo que depende mucho de la disposición hacia ella con que haya nacido cada uno...

Cada uno nace con una cierta disposición a la alegría, con distinto humor. De acuerdo. Pero, junto a ello, para llegar a la alegría es preciso luchar por alcanzarla e incorporarla a nuestro carácter.

-—Es fácil cuando uno no tiene preocupaciones...

Pero es necesario hacerlo para alejarlas. Y tendrás que superar esos bajones en el estado de ánimo, y quizá dejar alguna cosa que no es tan importante y sacar tiempo para sentarte un rato con el resto de la familia y charlar, aunque a lo mejor no te apetezca mucho. Y será el momento de hablar sobre esos detalles que tanto pueden mejorar el ambiente de la casa, esas gratificaciones mutuas que llenan de alegría el hogar.

Reflexiona sobre el talante con que afrontas las cosas negativas, y así, al conocer lo que te hace sentirte desgraciado, o lo que hace sentirse desgraciados a los demás, podréis combatirlo mejor.

Si te paras a pensar, a lo mejor caes en la cuenta de que estás esperando a circunstancias que probablemente nunca van a llegar. Piensas que serás feliz cuando no tengas esas preocupaciones, o cuando te vuelva la salud perdida, o cuando finalice aquella ocupación absorbente, o cuando sea, pero siempre queda como algo lejano. Y sabes bien que cuando pasen esas circunstancias llegarán otras, y corres el peligro de consumir tu vida esperando esa utopía.

Tienes que aprender
a encontrar la felicidad
en la brega normal de cada día.



Talante positivo

Hace poco leí que ante el sufrimiento y las contrariedades es donde la mayor parte de la gente muestra su verdadero rostro. En otras situaciones es más fácil aparentar, pero en la antesala del quirófano, o ante una desgracia o un contratiempo importante, la gente suele abandonar toda inhibición y mostrarse tal como es.

Entonces se distingue muy bien a la gente positiva y a la negativa. Te encuentras, por ejemplo, a unos enfermos que sonríen, que te dicen que las cosas van bien, que sus dolores son quizá fuertes, pero soportables; que han visto a otros que están mucho peor que ellos y que no pueden quejarse; que no han perdido la alegría ni las ganas de vivir; que están agradecidos por los cuidados que reciben. Son la gente positiva.

Y hay otra gente, negativa, a quienes cuesta más ir a visitar cuando están enfermos. Ellos, o quienes les rodean, o unos y otros, no paran un momento de hablar de sus enfermedades, de sus terribles dolores, de sus interminables sufrimientos, de los imperdonables fallos que tienen con ellos los médicos y enfermeras, y de no se sabe cuantas cosas más. Y se pasan horas hablando de sus padecimientos, y de lo que les queda por pasar, haciendo mil profecías de sus supuestas desgracias.

-—Pero esa gente suele ser tan negativa porque la vida le ha debido cargar de malos tragos. Probablemente no sea culpa suya.

Creo que no es ése el problema. Muchas veces resulta objetivamente más dolorosa y difícil la situación de quien menos se queja. A lo mejor esperas encontrar abrumada a una persona que ha sufrido una desgracia importante, y luego la ves muy entera. Y, por el contrario, te encuentras a otra totalmente hundida por una tontería, cuando lo tiene casi todo. ¿Por qué? Creo que es que son dos formas de afrontar la vida.

Piensa en tu vida. A lo mejor estás triste y tu situación no es objetivamente tan difícil. O, aun suponiendo que lo fuera, piensa si merece la pena dejarse arrastrar por la desesperanza.

Piensa en que hay gente
que lo pasa mucho peor
y sabe sobreponerse.

Los conoces, quizá. Examina su forma de ser y de pensar. Intenta aprender de ellos.



Razones para sonreír

«¿Cómo es que usted sonríe siempre, cómo se las arregla para estar siempre contenta?», preguntaron no hace mucho a una mujer famosa bastante sensata.

Explicó que ella también tenía, como todo el mundo, sus momentos de tristeza, de cansancio, de inquietud, de malestar.

«Pero conozco el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de mí misma, interesarme por los demás, comprender que quienes nos rodean tienen derecho a vernos alegres.

»Pienso que cuando sonrío y me muestro alegre, al hacerlo, comunico felicidad a los demás, aunque yo a lo mejor lo esté pasando mal. Y, al darla a los demás, me sucede —como de rebote— que crece también en mi interior.

»Creo que quien renuncia a estar siempre pendiente de su propia felicidad y se dedica a procurar la de los demás, se encuentra casi sin darse cuenta con la propia.»

Por eso, las personas que se esfuerzan por sonreír aunque no tengan ganas, acaban por tener ganas de sonreír.

¿Y eso no son ganas de engañarse a uno mismo tontamente? Para sonreír debes encontrarte alegre. Si no lo estás, sería algo antinatural.

El buen humor es una victoria sobre el propio miedo y la propia debilidad. La gente malhumorada suele esconder su inseguridad o su angustia detrás de un talante brusco y distante, y con el tiempo eso acaba haciéndose habitual y se convierte en un rasgo de su carácter. Cuando eso sucede, se hace más difícil que el buen humor salga de modo natural, pero eso es así porque esa persona ha alterado lo que debe ser connatural al hombre. Estará sumida en un círculo vicioso del que debe procurar salir, con un poco de esfuerzo. Y eso no es antinatural, sino todo lo contrario: es lo que reclama la naturaleza.

-—Pero hablas de los efectos de miedos y debilidades, y miedos y debilidades tenemos todos los hombres...

Precisamente por eso, la diferencia entre unos y otros está en el modo de afrontarlos. Lo sensato es hacerlo con un poco de buen humor, riéndose un poco de uno mismo si es necesario.

Todo lo que se hace sonriendo siempre nos ayuda a ser más humanos, a moderar nuestras tendencias agresivas, a ser más capaces de comprender a los demás e incluso a nosotros mismos.

Es una gran suerte
tener alrededor
personas que saben sonreír.

Y la sonrisa es algo que cada uno tiene que construir pacientemente en su vida.

¿Construir? ¿Con qué?

Con equilibrio interior, aceptando la realidad de la vida, queriendo a los demás, saliendo de uno mismo, esforzándose en sonreír aunque no tengas muchas ganas; ya lo hemos dicho antes. Es algo que hay que practicar con constancia.

-—Pero no se puede tomar todo en la vida en plan gracioso. Hay muchas cosas que no tienen ninguna gracia...

Pero aunque no tengan ninguna gracia, siempre se puede sacar de ellas alguna enseñanza, algún bien, aunque a veces sea difícil encontrarlo, o tardemos años en comprenderlo. No me refería a tomarse las cosas siempre a broma, aunque en algunas veces sí puede ser útil desarrollar la capacidad de aplicar el buen humor para quitarle carga trágica a las contrariedades.



¿Por qué no eres más feliz?

Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo reservado para otros y muy difícil de darse en sus propias circunstancias.

Corremos el peligro —nosotros y los chicos— de pensar que la felicidad es como una ensoñación que no tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos quizá con los grandes acontecimientos, con disponer de una gran cantidad de dinero, o tener un triunfo profesional o afectivo deslumbrante, o protagonizar hazañas extraordinarias..., y no suele lograrse con eso.

La prueba es que la gente más rica, o poderosa, o más atractiva, o mejor dotada, no coincide con la gente más feliz.

¿Eso no es un tópico, y ya algo antiguo? Como si para ser feliz hubiera que ser pobre, miserable y desafortunado...

De entre los pobres, miserables y desafortunados, unos son felices y otros no. Y entre los ricos y poderosos, los hay también felices e infelices; para verlo, basta con echar una ojeada a las revistas del corazón.

Eso demuestra precisamente que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de cosas que están más en el interior de la persona. Conviene pensarlo, y hacérselo pensar a los chicos, ahora que están trazando sus planes de futuro.

Chejov decía que la tranquilidad y la satisfacción del hombre están dentro de él mismo, y no fuera. Que el hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí mismo.

Muchas veces sufrimos, o nos embarga un sentimiento de desánimo, o de agobio, o de fatiga interior, y no hay a primera vista una explicación externa clara, porque no hemos tenido ningún contratiempo serio, ni tenemos hambre, ni sed, ni sueño, ni nos falta la salud ni las comodidades que son razonables.

Son dolores íntimos, y si investigamos llegamos a descubrir que están causados por nosotros mismos. Y muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de cosas muy secundarias, del egoísmo.

Muchas veces pasamos penas grandes por contratiempos mínimos. Cuántas veces, por ejemplo, una persona puede estar decaída y desalentada, con una tristeza que le dura, a lo mejor, varias horas, o varios días, simplemente porque su equipo, al que sigue con tanta pasión, ha perdido tontamente un partido de fútbol. O por pequeños y tontos contratiempos del lugar de trabajo, o de la clase. O por esos disgustos familiares que también empiezan por una tontería. Todo son tonterías que, por separado, se ve que no son cosas que tengan gravedad para producir tanto disgusto.

Piensa en las causas. Piensa si esa infelicidad puede provenir de acostumbrarse a ver con tanto dramatismo las pequeñas derrotas personales. Derrotas, además, que con el paso del tiempo y vistas en el conjunto de la vida pueden resultar victorias. Leer más...

Derechos al desarrollo de la propia personalidad


Derechos al desarrollo de la propia personalidad
Los fines existenciales propios de la persona humana van más allá del derecho y el deber a la propia existencia y al necesario sustento. El hombre es un ser Personal llamado por Dios a desarrollar los talentos de que ha sido dotado.

Derechos al desarrollo de la propia personalidad
Los fines existenciales propios de la persona humana van más allá del derecho y el deber a la propia existencia y al necesario sustento. El hombre es un ser Personal llamado por Dios a desarrollar los talentos de que ha sido dotado. Además, ha recibido una vocación divina (Mt 19, 16ss), que le impulsa hacia una perfección como la del Padre Eterno (Mt 5, 48). De ahí que existan unos derechos al desarrollo de la propia personalidad, entre los que se encuentran:

1) Derecho al respeto de la persona (Juan XXIII, Pacem in Terris, 12; Gaudium et Spes, n. 26). Consiste en la justa apreciación de las cualidades morales de la persona y su correspondiente acatamiento, de forma que

«cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los me- dios necesarios para vivirla dignamente (cfr Sant 2, 15-16)» (Gau- dium et Spes, n. 27; efr también el n. 28).

2) Derecho a la intimidad de la persona, o «a la protección de la vida privada» (Gaudium et Spes, n. 26), consistente en el derecho al respeto de la intimidad personal en el ámbito de la vida privada familiar y doméstica, que, por su propia naturaleza, debe quedar reservada frente a las miradas ajenas. Este derecho atañe al núcleo más profundo del ser humano: el de su intimidad, que es una de las dimensiones que más claramente ponen de manifiesto la superioridad de la persona humana sobre los otros seres. Para adquirir de verdad una auténtica vida personal es necesario que los hombres, especialmente los jóvenes, se esfuercen por enriquecer su vida con los valores que les vienen de fuera (religión, educación, cultura, etc.), enriquecimiento que se obtiene por el esfuerzo personal y la sinceridad y transparencia de la vida.

3) Derecho a la buena fama (Gaudium et Spes, n. 26). Toda persona tiene derecho al honor o buena fama, «a la buena reputación social» (Juan XXIII, Pacem in Terris, 12), consistente en el reconocimiento por parte de los demás, de palabra y de obra, del buen nombre de que goza una persona por su situación personal y social. Está fundamentado en el octavo precepto del Decálogo -«No darás testimonio falso contra tu prójimo » (Ex 20, 16)-- y constituye como la atmósfera espiritual de la que la persona tiene necesidad para su libre perfeccionamiento.

El derecho a la buena fama exige también que no se difundan injustamente los males personales o sociales no conocidos no sólo en bene- ficio de la persona, sino también de la sociedad (cfr Communio et Progressio, nn. 6-18).

Se oponen a este derecho la sospecha, el juicio temerario, la difamación, la calumnia y la injuria, que, de diversas formas, adulteran la verda- dera imagen de la persona humana.

4) Derecho a la verdad. El hombre tiene derecho «a la posibilidad de buscar la verdad libremente» (Juan XXIII, Pacem in Terris, 12). Este derecho pide que «el hombre, salvados el orden moral v la común utilidad, pueda investigar libremente la verdad» (Gaudium et Spes, n. 59). A este derecho corresponde "el deber de buscar la verdad cada día con mayor profundidad y amplitud» (Juan XXIII, Ibid, 29).

El derecho a buscar la verdad se especifica en los tres siguientes-.

a) El derecho de libre expresión, pues, por derecho natural, es propio del hombre, «dentro de los límites del orden moral y del bien común, manifestar y difundir sus opiniones» (Juan XXIII, Ibid, 12; efr Gaudium et Spes, n. 59).

b) El derecho a cultivar cualquier arte (Ibid); es decir, a practicar cualquier ocupación en la que el hombre exprese sus industrias o habilidades.

c) El derecho a tener una información objetiva de los sucesos públicos (Ibid), pues cualquier suceso de cierta importancia en la vida social afecta al ser humano en particular, quien, para formar su criterio, necesita una información objetiva.

El derecho a la verdad con sus especificaciones hace referencia inmediata a la opinión pública

«eco natural, resonancia común, más o menos espontánea, de los sucesos y de la situación uctual en los espíritus y e n los juicios de los hombres» (Pío XII, disc 17-11-1950, CE 23612).

Por eso,

«ahogar la voz de los ciudadanos, reducirla a un silencio forzado, es a los ojos de todo cristiano un atentado contra el derecho natural del hombre, una violación del orden del mundo tal como Dios lo ha establecido »(Ibid; efr Communio et Progressio, nn. 24-47).

5) Derecho a la educación (Gaudium et Spes, n. 26).

«Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto que están dotados de la dignidad de personas, tienen derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y acomodada a la cultura y a las tradiciones patrias y, al mismo tiempo, abierta a las relaciones fraternas con los otros pueblos, con el fin de fomentar la unidad verdadera y la paz del mundo. Mas la verdadera educación trata de conseguir la formación de la persona humana en orden a su fin último y, al mismo tiempo, en orden al bien de las sociedades de las que el hombre es miembro y en cuyos quehaceres participará cuando sea adulto» (Gravissimum Educationis, n. l).

De aquí deriva un derecho y un deber para todos los hombres, especialmente para los cristianos. el derecho y el deber a la educación cristiana, la cual busca

«que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación» (Ibid, n. 2).

6) Derecho a la cultura. «También es un derecho natural del hombre el acceso a la cultura» (Juan XXIII, Pacem in Terris, 13). Por consiguiente, uno de los deberes de todos los hombres, sobre todo de los cristianos, es el de trabajar con ahínco

«para que se conozca por todas partes y se haga efectivo el derecho de todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición so- cial» (Gaudium et Spes, n. 60; cfr Communio et Progressio, números 48-53).

7) Derecho a la libre elección de estado(Gaudium et Spes, n. 26; Juan XXIII, Pacem in Terris, 15). Consiste este derecho en la facultad de que goza el hombre de decidir libremente, y sin coacciones, la situación estable en la que se va a desenvolver su vida. Todo hombre tiene

«el derecho a una razonable libertad en la elección de estado y en seguir una verdadera vocación. Derecho personal, como ningún otro, del espíritu del hombre; y excelso, cuando se le vienen a aña- dir los derechos superiores e imprescriptibles de Dios y de la Igle- sia, como sucede en la elección y en el cumplimiento de las voca- ciones sacerdotales y religiosas»´( Pío XII, rm 1-VI-1941, 1. c.).

Por cuanto que corresponde a todos, la mujer también tiene derecho a «escoger libremente esposo Y de abrazar el estado de vida que pretiera»

(Gaudium et. Spes, n. 29); de igual modo, los hijos, al llegar a la edad adulta, tienen derecho, «con pleno sentido de la responsabilidad, de seguir su vocación, incluida la vocación sagrada, Y de elegir estado de vida» (Ibid, n. 52). Leer más...

Los hijos deben ser también padres de su propia personalidad


Los hijos deben ser también padres de su propia personalidad
La vida de los hijos será hermosa en la medida que sepan hacer frente a la adversidad y ante la contradicción presentan esfuerzo, lucha, renuncia y superación. Si queréis hacerlos libres, hacedlos fuertes.

Los hombres y las mujeres tienen una enorme capacidad de mimetismo y se adaptan, más o menos inconscientemente, a costumbres que las situaciones reales les determinan.
Es el teatro de la vida en el que todos somos actores.
Por ello, según el papel que hemos representado, seremos para la gente, orgullosos o humildes, antipáticos o agradables, audaces o tímidos.
La continuada representación de uno de esos papeles nos deja indudablemente una profunda huella.

La transmisión del testimonio de familia guarda una estrecha relación con la personalidad y puede decirse que depende de ello.
Una familia transmite vida en tanto su vida sea personal.
Con los adelantos de la era moderna donde todo entra en casa sin pedir permiso, si no hay una personalidad, su vida es una vida a remolque de lo que otros, los de afuera, dicen o hacen.

Hay que tener muy en cuenta que para que un joven llegue a ser un hombre completo y sincero es muy necesario el que los mayores de las generaciones anteriores sigan exponiendo su mensaje, a fin de que no se pierda de vista de donde salió nuestro impulso, y a donde se dirige.

Los que han tenido que luchar seriamente en la vida; los que tuvisteis que saltar barreras y obstáculos sin cuento; los que habéis tenido que aguantar codazos y zancadillas de amigos y de enemigos, ¿pretendéis hacer de la vida de los hijos una vida fácil?
Este es un error de los que se pagan muy caro aquí en la tierra.

Si el hombre no hubiera tenido que luchar contra el frío --dice Chevrot-- todavía habitaría en las cavernas.
No tratéis de asegurar a los hijos una vida fácil: hay que templarlos para que puedan afrontar una vida dura.
Hay que acostumbrarles al esfuerzo. Acostumbrarles a querer ser más en vez de desear tener mas.

La vida de los hijos será hermosa en la medida que sepan hacer frente a la adversidad y ante la contradicción presentan esfuerzo, lucha, renuncia y superación.
Si queréis hacerlos libres, hacedlos fuertes.

Al haber existido una Navidad, exige plena construcción del mundo, puesto que Dios entró a formar parte de él.
Dios ha entrado en esta construcción y la construcción de este mundo se inicia en la célula del hogar.
Allí es donde el hombre se empieza a desarrollar, crece en su cuerpo y en su vida, crece en su cultura y en su vida de amor, de relación y de trabajo, crece en su uso responsable de sus actos y crece en su proyección hacia la trascendencia en su encuentro personal con Dios.

Los hijos a medida que van creciendo se les debe dar libertad, confianza y abertura suficiente a fin de que consigan hacer brotar el impulso de su generación.
Nunca nacerá la dialéctica del cristianismo dentro de la familia, si ésta es regida despóticamente desde arriba, si en ésta solo hay una voluntad, en lugar de una comunidad de pensamiento.

Creo casi innecesario decir de la necesidad absoluta de la autoridad en el hogar. Si cada niño se pone a opinar sobre la oportunidad del horario fijado para cada cosa, se paralizaría la vida.

La autoridad dimana de la buena razón.
Toda autoridad que no se apoye en la buena razón, es una autoridad moralmente enferma.
Y en esto radica el meollo del argumento de la autoridad, porque es evidente que el asentimiento dependerá muchísimo de la certeza que tras las palabras del padre o de la madre está la verdad y la razón.
Y esto hará que el que dé la orden inspire confianza.

Y si inspira confianza es fácilmente obedecido. Leer más...

Sé agradable, sé positivo


Sé agradable, sé positivo
Esfuérzate por ser una persona buena y agradable con todos; siempre con una acogedora amabilidad, una inagotable disponibilidad; tener para cada uno la palabra adecuada, la sonrisa, la broma...

Esfuérzate por ser una persona buena y agradable con todos; siempre con una acogedora amabilidad, una inagotable disponibilidad; tener para cada uno la palabra adecuada, la sonrisa, la broma... En fin, todo lo que constituya una discreta y sincera simpatía50 . Es muy importante que seas amable.


El sonreír ayuda a ser amable.

«Una sonrisa cuesta muy poco, pero vale mucho.

»Una sonrisa enriquece al que la recibe y al que la da.

»Una sonrisa dura poco, pero su recuerdo puede durar toda una vida.

»No hay nadie tan rico que no la necesite ni tan pobre que no la pueda dar»51.

Amabilidad es la cualidad por la cual una persona es digna de ser amada. Consiste en considerar, respetar, aceptar a las personas como son y alegrarse con sus éxitos.

Amabilidad es atender a cada persona según lo que necesite en ese momento.

La amabilidad es sigo de madurez y grandeza de espíritu.

Procura ser una persona educada, respetuosa, agradecida, honrada, buena y servicial con todos. Y sobre todo muy cristiana.

Así serás una persona estimada por todo el mundo. Tú mismo te sentirás satisfecho de tu proceder; y, sobre todo, Dios te lo premiará.

La vida en común es una continua ocasión de ayudarse mutuamente.

Al principio quizás tengas que esforzarte para ser una persona atenta; pero después, esto será para ti una costumbre y no te costará trabajo alguno.

Los que te rodean se sentirán influidos por tu amabilidad y recurrirán a ti espontáneamente y con frecuencia.

Ten constancia y no te canses al verte importunado por unos y otros, que será mucho el bien que puedas hacerles.

El buen cristiano está siempre en actitud del máximo servicio al prójimo, según sus posibilidades.

Preocúpate muy vivamente de tus compañeros enfermos o heridos. Ve a visitarlos, si te es posible. ¡Quién sabe si se encuentran aplanados, tristes y abandonados! Si es así, el rasgo tuyo te ganará su amistad para siempre.

Evita todo lo que pueda molestar a tus compañeros y procura disimular lo que de ellos a ti te moleste, haciendo todo lo posible por mostrarte con afabilidad y servicial con ellos.

El ser caritativo, además de ser una virtud, es señal de buena educación.

Todos tenemos faltas y defectos que molestan a los demás, y debemos tener paciencia cuando los demás nos molestan con los suyos.


Debes ser comprensivo.
«Comprender es ver todos los aspectos posibles de una realidad, un suceso, una persona. Hay quien no tiene otro punto de vista que el propio. Es conocido el cuento indostánico de los ciegos y el elefante:

«A unos ciegos se les propuso que adivinaran lo que tenían delante, sólo tocando con las manos. Y se les puso delante de un elefante.

»Uno dijo que era una soga: había cogido la cola.

»Otro que era una serpiente: había cogido la trompa.

»Otro que era un árbol: había tocado una pata.

»Otro que era una pared: había tocado la panza.

»Y es que no se puede conocer una cosa atendiendo sólo a un aspecto.

»Es menester pensar que las cosas, y mucho más las personas, son muy complejas.

»El ejercicio de comprender comporta la total de los acontecimientos, y mucho más aún, de los seres humanos»52 .



Elogia sinceramente lo digno de elogio.
Toda persona tiene defectos y limitaciones.

Pero también tiene virtudes y cosas positivas.

El ver que los demás saben apreciar lo bueno que hay en nosotros es una de las cosas más alentadoras de la vida.

Pon siempre tu persona y tus cosas a disposición de todos, dentro de lo razonable.

No dudes nunca en hacer un favor a otros, aunque para eso tengas que fastidiarte. El sacrificarte por el prójimo llevará a tu alma una sana alegría. Además, con esto ganarás el corazón de tus compañeros y así te será más fácil hacerles el bien.

«No puede existir un hombre, humana y espiritualmente perfecto, sin una alegría cordial que ilumine a cuantos le rodeen»53 .

Procura ser alegre y optimista.

El optimismo no es miopía que no ve los males; ni estoicismo que niega el dolor.

El optimismo no niega el mal, ni el sufrimiento, ni la necesidad del esfuerzo, ni la dureza de la vida..., sino que se esfuerza en hallar en todo esto un lado bueno, un punto de vista confortador, un fin útil, un valor real, desconocido a primera vista54 . Si sabemos iluminar con algún bien todo mal, embelleceremos nuestra vida y haremos más felices a los que nos rodean.

«Quien tiene ilusión, porque tiene ideales, y cree en los valores, se asienta y afirma sobre el sentimiento de la propia autoestima, que se nutre de la conciencia de ser estimado y valorado por los demás. (...)

»Nuestros pensamientos juegan un importante papel en nuestro estado de ánimo. (...) La persona ilusionada vive en un estado de buen humor, de simpatía, de alegría contagiosa. (...) La ilusión es señal de un funcionamiento psicológico sano»55.

Los acontecimientos exteriores no deben alterar nuestro estado de ánimo.

Lo bueno y lo malo que nos ocurra nos puede servir para la gloria eterna.

El optimismo, la paz y la alegría depende de nosotros mismos.

El mismo Sol que ablanda la cera, endurece el barro.

La persona optimista siempre está contenta, porque «nunca se sabe...».



Un campesino tenía una yegua y un día se le escapó al monte. Y él se dijo:

-¡Qué mala suerte tenía un caballo y lo he perdido!

Pero al poco tiempo volvió la yegua con otro caballo. Entonces se dijo:

-¡Qué buena suerte, tenía un caballo y ahora tengo dos!

Pero un día el caballo le dio una coz a su hijo y le partió una pierna. Él se dijo:

- ¡Qué mala suerte, el caballo le ha roto una pierna a mi hijo!
-
Pero al poco tiempo estalló una guerra y su hijo se libró por cojo. Y se dijo:

- ¡Qué buena suerte mi hijo, por cojo, no irá al frente!
-
Y es que «nunca se sabe...»56.



Sobre la honradez y la honestidad, cito dos frases antológicas Bernabé Tierno57: «La honradez es siempre digna de elogio, aunque no reporte utilidad» (Cicerón). «Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo, y los buenos de mofa» (Demócrito).

José Mª Pemán, en el Divino impaciente, pone esta frase en boca de San Ignacio: «No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer».

Otra cosa muy importante es saber escuchar. En tus visitas a los enfermos hay que saber escuchar. Escuchar con interés es la mejor manera de consolar al que sufre. A todos los hombres nos gusta que nos escuchen. Pero mucho más al que sufre.

Y si además tu palabra cálida le transmite paz y alegría interior, habrás hecho una gran obra. «Amar es saber escuchar y solidarizarse con el que sufre»58 .



No es lo mismo ser bueno que ser estúpido.
Hacer el bien llena al ser humano de alegría y felicidad.

Pero no hay que confundir la bondad con el dejarse pisotear y humillar por alguna persona frustrada que para reafirmarse necesita hacer daño.

Para evitar que se salga con la suya, lo mejor es ignorarla: como si sus ofensas no nos afectaran.

Pero hay que saber defenderse sin ira y sin rabia, que nos alteran el espíritu desfavorablemente. Nos descompone y desequilibra física, psíquica y emocionalmente.

Debemos hacerlo, si no con dominio propio, con sentido del humor, y mejor con ironía. Pero siempre de forma razonable59..

No hay que confundir la soberbia y el orgullo, que son una supervaloración de sí mismo con desprecio de los demás, con una razonable autoestima.

El orgulloso es una persona engreída que descalifica al prójimo y lo trata despectivamente. «Lo normal es sentirse incómodo ante el orgulloso, que necesita percibirse dominador y por encima de los demás, minusvalorándolos. (...)

Si la humildad es la virtud de los fuertes y nobles, el orgullo es el deplorable defecto de cobardes, pusilánimes y malvados.

»Recordemos con Ruskin que "la primera prueba de un hombre verdaderamente grande es su humildad"»60.

La humildad es valorarme en lo que soy y para lo que valgo. Sería ridículo creer que valgo para todo. Pero también es triste creer que no valgo para nada.

Conocer mis posibilidades y limitaciones, y valorarme en lo que soy.

El sentirme competente en algo y ser estimado por algo me da paz, alegría y confianza en mí mismo. Esto ayuda a ser feliz. Sobre todo si mi capacidad la pongo al servicio de los demás.

«Todo ser humano debe aceptarse como es, sea cual sea su edad y la etapa evolutiva en que se encuentre»61.

Hay que conocerse. Así podremos gozar con lo que somos, y no angustiarnos por lo que no somos. Lo cual es perfectamente compatible con el procurar mejorar. No se trata de un «narcisismo, que nos creamos los mejores, y que no tenemos nada que modificar, ni necesidad de transformación alguna. (...)

Para conocerse es necesario examinarse, analizarse. Nadie conoce el color de sus ojos si no se mira al espejo.

«La autoaceptación da confianza y seguridad en uno mismo, y conducen a la madurez psíquica. Conocernos bien y saber lo que podemos hacer y lo que excede nuestras posibilidades es la clave de hacer las cosas bien y estar contentos con nosotros mismos»63 .

«Autoaceptarse no significa gustarse. Conozco mis limitaciones y procuro superarme. Siempre podemos estar aprendiendo y mejorando.

Siempre podemos crecer como personas. (...) El arte del educador es descubrir la capacidad que cada persona tiene para perfeccionarse»64 .

Podemos llegar a ser lo que queremos ser. «El poder del pensamiento es incalculable. (...) Si lo centramos sobre lo bueno, lo aumenta; pero si lo centramos sobre lo malo, también lo fomenta. (...)

Una buena higiene mental nos permite convertirnos en la persona que deseamos ser. (...) No hay límites ni jubilación para cambiar a mejor»65.

«Cada vez que centramos nuestra atención y criticamos los aspectos peyorativos de otra persona, estamos contribuyendo a que su autoestima sea negativa.

Por el contrario, siempre que resaltamos una cualidad, aspecto positivo y virtud de alguien, le ayudamos a desarrollar esas cualidades y valores. ¿Quiere esto decir que debemos ignorar la realidad de las cosas negativas de las personas con quienes convivimos?

Claro que no. Pero antes de ayudarle a alguien a descubrir sus defectos, es más inteligente ayudarle a descubrir cuanto tiene de positivo.

»En la familia, en la escuela, en la empresa y en la sociedad debería ser práctica habitual en quienes se ven obligados a corregir los defectos, el comenzar siempre por reconocer y alabar todo lo positivo, digno y meritorio de la persona en cuestión»66.

Dice un proverbio chino: «Toda gran marcha empieza con un primer paso».

La esencia del ser humano es encontrar el verdadero sentido de la vida.

Y cuando las cosas no suceden a nuestro gusto, no desesperarnos ni desalentarnos. Aceptar las cosas como vienen y seguir adelante.

Mi felicidad está dentro de mí.


Depende de mi actitud ante la vida.
En lugar de pretender cambiar las personas, las cosas y las situaciones de la vida que no están a mi alcance, puedo cambiar mi actitud ante ellas, no empeñándome en lo que me es imposible, y no perder mi paz y serenidad interior.

Lo que verdaderamente vale son las cualidades espirituales. La sencillez, la bondad, la generosidad, la honradez, la simpatía, la servicialidad, etc., están en nuestras manos.

La persona verdaderamente cristiana da prioridad en todas las cosas al punto de vista sobrenatural. Por eso vive segura, confía en Dios, y siempre tiene el ánimo alegre y optimista.

No trates a nadie con arrogancia, sino por el contrario, condesciende buenamente con todos, en lo que no se oponga a tu conciencia; y si crees que has ofendido a alguien, no dudes en darle alguna explicación.

Cuando otra persona te dé explicaciones de las ofensas que te ha hecho, admítelas fácilmente, aunque tú creas que no son suficientemente satisfactorias. Leer más...