El Valor del Sufrimiento

¿Por qué hay sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad, sin violencias, sin desgracias, sin temores?



El Valor del Sufrimiento
El Valor del Sufrimiento

Congreso "Eucaristía y Sufrimiento"

Santiago de Compostela, junio 1997

1. Sufrimiento y dolor
2. Remedio del dolor humano
3. Amar al que sufre
4. Sentido del sufrimiento
5. Un misterio
6. Las crisis de fe
7. El dolor cristiano
8. Eucaristía y sufrimiento
9. El dolor y la esperanza

Acompañando al Romano Pontífice en la meditación sobre Jesucristo, acabamos considerando que, aparte de muchas otras facetas que destacan con luz propia en la persona de Jesús de Nazaret, es imprescindible reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo. Consideramos que su presencia permanente entre nosotros: con su Cuerpo y con su Sangre, es fruto de su sacrificio y por tanto de su sufrimiento. En el Calvario dio su vida con dolor en redención por los hombres y este mismo sacrificio se renueva sacramentalmente en nuestros altares de continuo (Cfr. Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 47; CEC, 1323).



1. Sufrimiento y dolor

Sin proponérnoslo relacionamos el sufrimiento con el mal. Sin entrar por el momento en un análisis profundo, podemos decir que sufrimos porque algo está mal, quizá porque echamos de menos algún bien. De hecho el sufrimiento es probar el mal. Es la impresión de mal en la vida con sus consecuencias negativas. Pues, desde luego, el dolor, por así decir, en sí mismo -sin ser probado- no es ni siquiera posible.

El sufrimiento es lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo, porque de suyo es negativo para la vida pero que por alguna razón padecemos: es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. Algunas veces porque no quiero evitarlo, otras, porque me vale la pena sufrirlo, o, incluso, porque me interesa padecerlo. Se trata, por tanto, del dolor humano, es decir, en el hombre maduro; que es muy distinto del dolor, por ejemplo, animal. El animal únicamente siente dolor, algo le molesta y nada más. No se pregunta, lógicamente, por el sentido de su dolor. Por eso son sólo las personas las que sufren.

Siendo siempre desagradable el sufrimiento, repulsivo, es, sin embargo, variado: tristeza, congoja, ansiedad, angustia, temor, desesperación, dolor físico, etc. En cualquiera de los casos al sufrimiento siempre le acompaña una reacción de huída. Cuando sufrimos nos sentimos mal aunque propiamente el mal sólo afecte a cierto aspecto concreto de nuestro yo, ya sea del cuerpo o del espíritu. Incluso si aceptamos el dolor, por otra parte, deseamos que se pase; y hablamos de desesperación cuando no vemos el fin a un dolor.

Que el sufrimiento es personal también lo notamos en que de alguna forma se siente implicado todo el sujeto, cualquiera que sea la causa dolorosa. De hecho, la persona puede estar triste, angustiada o ansiosa o un dolor físico, pero también decimos que una mala noticia, por ejemplo, nos ha puesto de mal cuerpo. "En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte «física» o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo" (Salvifici Doloris, 6).

¿Pero, por qué hay sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad, sin violencias, sin desgracias, sin temores? ¿Por qué hay dolor -sufrimiento- en nuestra vida? Si la vida humana fuera sólo el proceso cambiante de unos elementos -los hombres- que se suceden en el tiempo, como ocurre con los animales y las plantas, el sufrimiento humano sería equivalente a la caída de las hojas en otoño, al agostarse de la hierba por el calor, a la huída del ratón por el acoso del gato o a la agonía de un pez en el anzuelo; algo sin más relevancia que el mal -si se puede hablar así- del momento, algo sin relevancia, intrascendente. El sucederse de las generaciones y la suerte de cada hombre podría compararse al correr incesante del agua por un torrente, cuyas gotas discurren con calma o golpean violentamente aquí y allá -gozan o sufren, podríamos pensar- mientras la corriente fluye. Es una interpretación materialista que no concuerda con la conciencia que solemos tener de la vida con sus momentos mejores y peores.

La Biblia responde, no sólo al por qué de esos momentos humanos y a su sentido; responde también al por qué del hombre mismo y -como decíamos- al origen y al fin de su dolor.

Dice el libro del Génesis -lo recordamos con cierto detalle- que el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento:

-De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás. (...)

La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y le dijo:

-¿Dónde estás?
Este contestó:
-Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté.
Dios le preguntó:
-¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?
El hombre contestó:
-La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y comí.
Entonces el Señor Dios dijo a la mujer:
-¿Qué es lo que has hecho?
La mujer respondió:
-La serpiente me engañó y comí. (...)
A la mujer le dijo:
-Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará.
Al hombre le dijo:
-Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás (Gen 2, 15-17. 3, 6-13. 16-19).

Hemos recordado la escena del pecado original, tal y como en narra la Sagrada Escritura, para comprobar que el primer dolor en la vida del hombre, la primera contrariedad, lo atosiga a continuación de la desobediencia: porque han pecado; porque se han opuesto a su Creador; porque le han ofendido, en definitiva. La concupiscencia, el miedo, el dolor físico, el cansancio, y, por fin, la muerte, son consecuencia de la ofensa. El sufrimiento tiene caracter de pena: el día que comas de él, morirás (Gen 2, 17).

Aparte de esta explicación bíblica del dolor, la realidad que experimentamos es que el dolor es una cuestión de hecho. Si alguien no sufre ni ha sufrido nunca, no debe preocuparse, sólo tiene que esperar.

Un sabio y buen amigo me comentaba un día, acudiendo a una apología, que «todos debemos comernos un pollo en la vida: tú estás comiendo ahora la pechuga y los muslos del pollo -me decía-, prepárate para cuando te toquen las plumas y las patas». Se ve que, por entonces, vivía muy cómodamente: sólo hay que esperar... Precisamente por esto -porque el dolor es cosa de todos- es tan importante estar preparados, también intelectualmente: sabiendo mucho de sufrimiento, aunque de momento, casi sólo sea de teoría acerca del sufrimiento. Así nos disponemos para el momento de la práctica.

En cualquier caso, prevenir el sufrimiento y saber acerca de él, como el hecho de "estar sano", requiere mucho trabajo. Hay personas que, por necesidad, obsesión o capricho, asumen esa tarea como un trabajo consciente, y cifran sus afanes en "estar en forma", en cultivar el cuerpo y la psique, o alguna de sus cualidades: el bronceado, el músculo, la silueta, el corazón, la ausencia de colesterol en las arterias, de arrugas en la piel, etc. Es un tarea muchas veces ciertamente trabajosa, y casi siempre una forma más de sufrimiento. Un sufrimiento que se puede llevar muy bien, que se comprende, y que parece razonable aunque cueste, porque se suele apreciar pronto el fruto de ese trabajo. Por eso se trata de un sufrimiento que casi no lo es, pues la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido en el dolor humano: sufre de verdad el que no sabe por qué. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia.

Parte de la cultura actualmente dominante incluye pensar que el hombre es capaz de casi todo o que lo será con el tiempo. Con esta mentalidad el dolor humano es inadmisible, si se considera como algo establecido e inseparable de nuestra condición. Estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa, en la que dolor es hoy un dis-valor. Algo de verdad hay en ello, porque a lo que el hombre aspira es a la felicidad. Sólo que la felicidad no es lo mismo que el placer. La felicidad es amor y entrega. Con esa otra mentalidad, muy difundida, que identifica felicidad y placer, se tiende a evitar a toda costa lo molesto. Esa tendencia puede llegar a organizar la vida. El hombre, entonces, se hace débil, cada vez menos resistente al dolor. A alguien así el dolor le puede, pues la experiencia demuestra que el sufrimiento es imposible de erradicar.

"Combatir el dolor está justificado in casu, pero no in genere, por la razón decisiva de que los dolores concretos obedecen a causas contingentes y caen dentro del radio de accion de los medios humanos. Pero la raíz del dolor como tal es honda y está sustraida a la acción humana" (L. Polo. El sentido cristiano del dolor), ya que se relaciona con la comprensión de la vida como don y como ocasión de amar. Por eso "la extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia... La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia no tiene sentido" (A. Polaino, Más allá del sufrimiento). El que por nada del mundo quiere sufrir, no puede vivir.

Con frecuencia, si se habla de dolor es sólo para quejarse o para intentar acabar con lo molesto a cualquier precio; se oculta el fracaso que es no lograr el objetivo buscado (algo normal de vez en cuando si no somos dioses) y se fomenta la ilusión en un mundo sin problemas, en el que viviríamos siempre triunfadores. La experiencia nos demuestra que todo es inútil: no hay, en este mundo, quien acabe con el sufrimiento y se logra el efecto contrario: "una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento" (R. Spaemann. El Sentido del sufrimiento). Sufrir puede ser bueno y, como veremos, fuente de gozo. Sólo si se debe a un mal moral, al pecado, siempre es un sufrimiento negativo; el pecado, entendido como tal, siempre entristece.



2. Remedio del dolor humano

Podemos plantearnos diversas formas de remediar nuestro dolor. Quizá pensamos ante todo en la ayuda y el consuelo que pueden ofrecer los demás, pero esto es la segunda parte. El primer remedio para el sufrimiento está en uno mismo, en el que sufre. "La enfermedad -por ejemplo- me es dada como una tarea; me encuentro con la responsabilidad de lo que voy a hacer con ella" (V. Frankl, El hombre doliente). Cualquier circunstancia humana es una oportunidad de bien y solemos admirar a los que muestran la virtud, sobre todo si es en situaciones adversas. Pero el dolor también es ocasión de desmoronamiento para los débiles y los cómodos.

En todo caso, el dolor es tal vez lo que más ayuda a reconocer nuestra condición de criatura y la verdad de nuestra limitación: requisitos imprescindibles para mejorar. Para ello basta sólo con intentarlo sinceramente, poniendo el esfuerzo oportuno y no creerse todopoderoso. Esta actitud parece decisiva para no llevarse chascos y no sufrir demasiado: las posibilidades de no lograr nuestros propósitos son incalculables, porque no somos dueños de todas las circunstancias que intervienen en un resultado final. El fuerte se queda tranquilo intentándolo sinceramente y dispuesto a soportar, en su caso, el dolor del fracaso.

Con mucha frecuencia tenemos grandes ideales pero son costosos, reclaman cierta dosis de sufrimiento. Hay que tener, entonces, un motivo verdaderamente ideal, una razón por la que me vale la pena pasar por "eso que no me apetece": tener paciencia, poner más empeño, renunciar a los propios derechosÉ Esta actitud es lo que llamamos sacrificio. Mediante el sacrificio buscamos, sufriendo, algo superior. Por eso es cierto lo que decía Nietzsche -que a veces llevaba razón-: "cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo" (Citado en V. Frankl, El hombre en busca de sentido). Es como decir que le vale la pena sufrir; porque, aunque el sufrimiento siempre cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro más de lo que pierdo. Es lo de todos los días: el sacrificio del estudiante por sus calificaciones, el del atleta que se entrena para mejorar su marca, el del enfermo que acepta el tratamiento por su salud, o el cristiano que quiere mejorar su amor a Dios y se propone para ello unos minutos diarios de oración.

La segunda parte del remedio para el dolor es la ayuda al que sufre. El sufrimiento se remedia con sufrimiento. Con un dolor lleno de sentido que es amor, y por eso parece que no duele; porque se atiende más al necesitado que a uno mismo. Lo propio se estima como secundario. Incluso es un dolor que se desea para que se remedie el dolor de otro. El sufrimiento ajeno es la ocasión por excelencia de amar: "el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo ninguna institución puede de suyo, sustitruir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma" (SD, 29).

El Evangelio es la noticia de que la salvación de los hombres es ya una realidad por Jesucristo. El mal y el sufrimiento, consecuencia del pecado, pueden ser abolidos por la vida que nos trae el Señor. "En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor»" (SD, 30).

Esta visión es totalmente distinta -desde luego- a la del hombre materialista. Este, lo único que puede hacer ante el sufrimiento es poner sus medios -materiales- para prevenirlo y, en su caso, eliminarlo. Nada significa con esta mentalidad la actitud de haber encontrado su sentido.

Nada tiene que ver tampoco con el optimismo evangélico la resignada actitud estoica, según la cual conviene estar dispuesto a la adversidad para no sufrir desengaños, ya que el sufrimiento vendrá en todo caso y lo pasan peor los que contra él se rebelan.

Otros, de corte budista, piensan que todo está en anular la esperanza de felicidad, o que la felicidad propiamente consistiría en no tener deseos, para así acabar de raíz con la posibilidad del desengaño y de buena parte de los sufrimientos.

El hecho innegable es que hay sufrimiento y que parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás, siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y, a veces, es una ayuda directa para otros.



3. Amar al que sufre

Nuestra condición de seres inteligentes y sociales, y con capacidad de querer, nos impulsa casi espontaneamente a ayudar a los necesitados. Se tratará de una ayuda humana, que implica a las personas del que da y del que recibe en cuanto tales. No puede tratarse de una asistencia meramente técnica, como si fuéramos vehículos reparables, pues tampoco el que ayuda se limita a aplicar mecánicamente unas "rutinas" previstas. Entre personas el necesitado es una ocasión de amor.

Por esto no se tratará de agradar siempre, de hacer lo que el otro pide, ni de suprimir a toda costa el dolor, sino de ayudarle verdaderamente buscando su bien, algunas veces incluso produciéndole más dolor: "quien bien te quiere, te hará llorar", hay que decir, con el refrán, y hacer no pocas veces. Y, en ocasiones, es necesario mantener el sufrimiento -quizá sólo temporalmente- como lo más conveniente para la persona.

Todo lo cual nos lleva a reconocer una vez más la hondura del problema del sufrimiento, que reclama ser resuelto en su misma raíz. Esto es, que ayudar al que sufre no es sólo resolver lo que le preocupa, que en ocasiones no tiene solución. Si es posible convendrá suprimir el dolor o al menos mitigarlo, pero en cualquier caso sólo resuelve el problema del sufrimiento quien enseña a sufrir, quien ayuda a descubrir el sentido valioso que tiene el dolor humano.

La eficacia técnica y el amor por la persona se reclaman mutuamente para ayudar al que sufre: "el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo" (P. Laín Entralgo, La relación médico-enfermo. Cfr. del mismo autor, Antropología médica). El interés por la persona condiciona toda ulterior relación. Concretamente, entre el enfermo y el médico, asegurado el interés, "lo que se exige a este último en segundo lugar es el acto médico, es decir, la lucha contra la enfermedad: esta lucha tiene la forma de la acción de ayuda científica y técnicamente entrenada" (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor), sin que sea suficiente para una correcta atención una presunta buena voluntad carente por otra parte de la eficacia debida.

El que recibe ayuda es claro que está en inferioridad de condiciones y, en este sentido, muchas veces necesita ayudas a fondo perdido: a veces no podrá ni agradecer. Ofrece, diríamos, la ocasión de amar de verdad. Y no resulta difícil alabar al que se molesta por el que sufre, como si descubriera en el dolor ajeno un tesoro con el que enriquece de paso que procura calmarlo. Así decubrimos en el Buen Samaritano a un hombre de gran categoría, aunque perdiera en su acción su tiempo y su dinero, olvidándose de sus cosas por pensar en un desconocido que sufría.

Siendo el sufrimiento de otros una oportunidad para amar, es asimismo una ocasión de ser más grande en la vida. Se trata primero de compasión (padecer con) y luego de acción. Esta acción supone entrega de medios, de tiempo y hasta la entrega de uno mismo: planes, ideales, familia, futuro, inteligencia, voluntad, talento...

Lo malo de los demás, sea físico o moral, es para el cristiano, ante todo, ocasión de ayudar, de restablecer en el que sufre el orden querido por Dios amándole así.



4. Sentido del sufrimiento

El dolor humano es una realidad innegable y además plena de sentido. Pero si el ideal de la vida presente se pone en una vida sin dolor, entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y, si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se plantean que pueda tener algún sentido.

El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución... (Cfr. Mt 5, 3-11). Más aún, siendo El mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo, a llevar su cruz (Cfr. Mt 16, 24), para seamos asimismo partícipes de su resurrección.

El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor como parte de la vida a la que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará sin el consuelo divino. No ha de verse en la aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho de la cruz, del dolor por Dios y los hombres, el ideal de su vida.

El dolor es lo ordinario, lo normal en una vida cristiana y como la antesala de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios no tener miedo al sufrimiento y no caer en la tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa. Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia vida. "La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla" (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse por miedo. El miedo se convierte de esta forma en el motor de la vida: el hombre convertido en una bestia de arrastre que tira por miedo al palo. "Hay personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con algo por temor al lote de dolor que a toda empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando la guerra es una amenaza cercana" (L. Polo. El sentido cristiano del dolor). Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si no -incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la amistad, en la generosidad..., en lo ordinario de cada día- la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no ven otro atractivo que la juerga.

Estar alegres es en todo caso necesrio, una cuestión de justicia. La alegría es virtud y como tal no falta en el buen cristiano. Su vida cristiana, basta con que sea normal -como la de tantos no famosos- para ser interesante. En esa vida corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es más bien dejar que El nos posea para siempre: "Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" (San Agustín. Confesiones 1, 1).

Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo aunque sean a años vista, no con deseos de infinito que no pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es, por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua Pablo II, "el sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna" (SD, 26). Por esto, podemos afirmar seguros que el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría. "De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros» (Col 1, 24). Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás (...).

La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espíritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (...).

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe contínuamente, y contínuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja" (SD, 27). Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual el rico de verdad es el que deja todo; sólo tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.

Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo -como en los irracionales-, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniendose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

Cualquier dolor puede ser para el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora -esa Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle-; aunque a veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser sino el amor. Así el dolor es Cruz y la ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la acción del Espíritu Santo; que, "activo en el hombre, transforma al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María" (Ibid.).

El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad del Padre, y en ella la salvación del mundo. No reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora, pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu. El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46), confía a la vez y exclama seguro: en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

El dolor aceptado es obediencia, un no-entender paradógicamente lleno de sentido, porque se sabe que si Dios permite ese dolor es para un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso; y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por ejemplo, en los milagros. Pero "la actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad "que sana al mundo" sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué" (SD, 27). No es lo que Dios pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.

Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios, amarle cada vez más; viene a ser lo de menos si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor: el cansancio, la contradicciónÉ, con tal de que -como Cristo- avancemos nuestros pasos hasta el "Calvario" en la medida de las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene "peso específico"; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el Beato Josemaría, "hay que dar a cada instante vibración de eternidad".



5. Un misterio

"El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio especifico" (SD, 4). Como misterio, debe ser permanentemente contemplado con perplejidad y con respeto: ante el dolor humano nos encontramos frente a una realidad con vocación sobrenatural, llamada a trascendernos.

Recordemos a Job con su dolor inexplicable. "El es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. (...) Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. (...) Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima" (SD, 11).

Job era un hombre ejemplar en el amor de Dios con independencia de sus riquezas. Satán piensa que su amor es interesado y provoca a Dios: "«extiende tu mano y tócalo en lo suyo (veremos), si no te maldice en tu rostro» (Job 1, 9-11). Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba" (Ibid). El sufrimiento puede ser a veces una oportunidad, no siempre un castigo. Para Job fue ocasión de mayor virtud y gloria ante Dios.

De todos modos, el sufrimiento supone para el hombre mucho más que una ocasión de simple desarrollo personal, aunque no pocas veces también lo sea. Es un misterio que se vislumbra, iluminados por la fe y en la medida en que somos capaces a partir de Cristo: "Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte" (Con. Ecum. Vat. II Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes 22).

El dolor humano se entiende en ciertas ocasiones pero en muchas otras no. Sin embargo, Jesucristo "instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal" (SD, 16). A esos hombres está destinada la Bienaventuranza, la definitiva felicidad.



6. Las crisis de fe

Si no tenemos más referencia de la vida que lo que estamos habituados a contemplar, sin conocer la Revelación que nos anuncia a un Dios Señor del mundo infinito en poder y bondad, el sufrimiento no nos plantea especiales dificultades teóricas; en todo caso, será sólo un problema de hecho cuando algo nos duele.

"La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?»" (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

En la práctica, la existencia del sufrimiento, particularmente la de ciertos sufrimientos que se consideran injustos, es motivo, no pocas veces, de la negación de Dios: "¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. (...) Esta es una pregunta dificil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por que el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son dificiles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduria, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia -tal vez más aún que cualquier otra- indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar" (SD, 9).

Es una pregunta, tema clásico del pensamiento, de la literaturaÉ Ocasión de crisis profundas, pues no siempre viene el dolor cuando cabría esperarlo, ni sufre el que, por así decir, se lo tiene merecido. "¿Por qué el dolor? -se pregunta asimismo otro autor moderno- Es esta una pregunta que tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece de respuesta, pues, no sólo es imposible que exista un ser todopoderoso e infinitamente bueno que consienta todas las desgracias que ocurren en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la vida ni siquiera merece la pena ser vivida" (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor).

Casi todos los libros véterotestamentarios nos muestran el dolor humano como una justa pena por el pecado. Era, por eso, según se aprecia en los relatos evangélicos, la mentalidad dominante en el tiempo de Nuestro Señor: ¿Quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego? (Jn 9, 2), preguntaron los Apóstoles a la vista de un sufrimiento humano. Pero el libro de Job había arrojado ya una nueva luz sobre el problema del sufrimiento. El dolor humano no era sólo la pena que hacía justicia a cierta culpa. Job personaliza precisamente el sufrimiento del justo, el sufrimiento "injusto" del inocente. Algo que sólo recibirá su definitiva luz en Cristo; aunque, ciertamente, se trate de una aclaración a la luz de la fe en Cristo Redentor.

El Santo Padre, Juan Pablo II, es muy consciente de la dificultad teórica del problema del sufrimiento, y afirma que "a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respueta -por qué el sufrimiento- comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo" (SD, 26). En efecto, para entenderlo hay que vivirlo. Pero no de cualquier modo, sino como Cristo; es decir, amando. No se trata sólo de soportar lo que duele o de estar dispuesto a aguantarÉ Se trata por el contrario de "ver" la mano buena y suave de Dios en lo que cuesta, sea lo que sea, pues nada escapa a su poder. El que ama a la manera de Cristo quiere positivamente el dolor que Dios permite en su vida. Lo "ve" necesario para amarle aunque no lo comprenda. Porque antes de cualquier otra consideración, parte del convencimiento de que Dios es siempre Dios: Señor y Amor de los hombres en todo momento, que en el de máximo sufrimiento nos asiste, si le dejamos porque permanecemos unidos a El por el amor. Lo que cuesta, por otra parte -lo que duele y hace sufrir-, es tantas veces la entrega de uno mismo a quienes son dignos de nuestro amor; pues en ello está su bien, según aquello de que nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Por eso a la pregunta por el sufrimiento, como dice el Papa, Cristo responde ante todo con una llamada: "Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: «Sigueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través del sufrimiento. Por medio de mi cruz" (SD, 26).

El cristiano siente de mil formas -corrientes casi siempre- ese reclamo interior que acogerá confiado en el Amor poderoso del Señor, que lo iluminará y fortalecerá. No se entiende qué es el dolor razonando sino creyendo, efecto del Don de Ciencia, de Sabiduría y de Entendimiento: efecto de la Gracia de Dios. Como dice el Papa, "a medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espíritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo, aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegria espritual" (Ibid).

Parece importante -y no está de más insistir en ello- reconocer en Dios, con un reconocimiento incuestionable, sus atributos de Amor y Poder absolutos. También parece importante reconocer en nosotros el don inefable de conocer a Dios, pero limitadamente. Así no nos extrañará que, siendo Omnipotente, no nos conceda lo que deseamos, a pesar de que nos ama como nadie puede amarnos. Ofreciéndonos el dolor, Dios nos invita a acoger la presencia amorosa de su Vida en la nuestra. ¡Qué sensatas resultan, entonces, las palabras de Job, que sufre sin culpa!: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor lo dio, el Señor lo quitó; como al Señor le agradó, así se hizo: ¡sea bendito el nombre del Señor! Si recibimos bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos males? (Iob 1, 21; 2, 10b). Males que el buen hijo de Dios tolera, pues no es probado por encima de sus fuerzas, ni se espera de él más de lo que puede. Males que tal vez él no entiende pero sí Dios, infinitamente sabio; y por lo tanto son un bien soportable para él.



7. El dolor cristiano

El dolor y el sufrimiento es repetidamente valorado de modo particular en el Nuevo Testamento como manifestación de amor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, dice san Pablo a los Colosenses (Col 1, 24). El propio Cristo "reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz" (SD, 16. Cfr. Mt 16, 23). Jesús deseaba su sufrimiento, aunque le costaba hasta entrar en agonía por la Pasión ya inminente.

Le costaba pero lo quiere, y por eso advierte a Pedro: "«El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Jn 18 11). Esta respuesta -como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio- muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que había expresado en la conversación con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica; va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual El ha amado el mundo y al hombre en el mundo. Por esto San Pablo escribirá de Cristo: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 20)". (SD, 16).

La perspectiva de sufrimiento: de fatiga agobiante, de trabajo que parece excesivo, de dolor crónico, de incapacidad definitiva, de marginación, de abandono, de incomprensión, de humillación continua, de permanente frutraciónÉ podría cegarnos e inducirnos a menospreciar esos momentos y situaciones que vienen a ser como la angustia en Getsemaní, cuando ruega Jesús al Padre que le libre de aquel Cáliz: "las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece" (SD, 18). En efecto, sólo por amor es posible aceptar tanto dolor. Y es un dolor, cuya sola espectativa hace entrar en agonía y sudar sangre (Cfr. Lc 22, 43-44).

Por eso lo determinante de la conducta de Cristo no será el dolor que padece o que se avecina, sino el deseo por Amor de obediencia al Padre para redimirnos: Padre mío, si es posible, pase de mi este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26, 39) y a continuación: Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).

San Pablo enseña con su actitud que el cristiano puede y debe imitar la disposición del Señor ante el dolor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). No es que disfrute san Pablo padeciendo: no le divierte sufrir, como tampoco a Cristo; se alegra en cambio verdaderamente de sus padecimientos porque contribuye con ellos a la salvación de otros.

Cristo ya había exigido a los suyos el sacrificio para alcanzar el Reino de los Cielos: Si alguno quiere venir en pos de miÉ tome cada día su cruz (Lc 9, 23). La fidelidad a Cristo exige este sacrificio. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7, 13-14).

El Reino de los Cielos hay que ganarselo con esfuerzo. Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aún por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas (Lc 21, 12-19).

El verdadero apostol es atacado como Cristo -por las mismas razones-, pero triumfa como Él. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mi primero que a vosotrosÉ, pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborreceÉ No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mi, también a vosotros os perseguiránÉ Pero todas estas cosas haránlas con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado (Jn 15, 18-21).

El problema es de ellos, debemos sentirnos muy convencidos. Ellos lamentablemente no han conocido la Majestad, el Poder y el Amor de Dios. Con culpa o sin culpa padecen esa desgracia y no llevan razón aunque sean muy fuertes. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33); que se podría sintetizar diciendo: "quien rie ultimo, rie mejor".



8. Eucaristía y sufrimiento

Y Cristo triunfa desde la Cruz. La respuesta definitiva al sentido del dolor humano es el Sacrificio del Calvario, momento del Amor por antonomasia y momento también por antonomasia de dolor con sentido, que se renueva cada día en nuestros altares. Como dice el Santo Padre, "el Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo" (SD, 13).

No somos los cristianos seres negativos, que aguantan, que sufren, que no gozan de la vida ni son felices. Muy al contrario: somos felices también con el dolor y la contrariedad; más aún, el secreto de nuestra alegría está en la Cruz con dolor y contrariedad: no tenemos miedo a lo que cuesta. La fe nos lleva a afirmar que el sufrimiento con sentido; es decir, en Cristo, es condición para la verdadera alegría. Porque El nos llama a su Cruz para que, con El, triunfemos en la Resurrección, logrando así la única alegría feliz, la única que vale la pena, que no se esfuma al ahondar en la verdad de la vida.

Cuando decimos que Cristo nos ha salvado, debemos entender que nos ha librado de todo posible mal y por tanto de todo dolor. Y no sólo esto, sino que nos ha introducido en su vida que es eterna. Así lo manifestó el Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3, 16). La entrega del Hijo por amor al mundo es la Eucaristía, renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario con el que se consuma nuestra Salvación. Y "Salvación significa liberación de mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento" (SD, 14); pues, como veíamos, sufrir era padecer el mal.

Según las palabras de Cristo a Nicodemo el hombre puede perecer, pero no se refiere Jesús a la muerte temporal. "El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo" (Ibid).

Los otros sufrimientos temporales -consecuencia asimismo del pecado- son menores y pasajeros, y quedan aniquilados también en la vida eterna en Dios que nos gana el Hijo con su entrega: "En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque El únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquél amor hacia el Padre que supera al mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien" (SD, 17).

El Sacrificio Eucarístico es propiamente el único remedio definitivo del dolor humano. Aunque no cesen por la Misa nuestras molestias cotidianas; sin embargo, participando por ella muy singularmente en el fruto de la Redención, vivimos nuestros dolores positivamente, de un modo optimista que es compatible con el gozo de la esperanza eterna y, sin dejar de ser doloroso, el sufrimiento es feliz y lleno de sentido.

De la gracia de Dios recibimos nuestra condición de hijos en el Hijo y con ella la seguridad de ser amados por el Padre, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Pierde así el cristiano el miedo a sufrir. Está seguro de que con Dios nada será insufrible. Pero no es sólo falta de miedo la alegría del cristiano hijo de Dios, se sabe ante todo depositario de todo el tesoro del Evangelio y lanzado por el propio Cristo a extender su Reino, pues tiene el mundo por heredad (Cfr. Ps 2, 8). Por el contrario, tienen asegurada la desolación los que pretenden vivir alegres al margen de la Eucaristía: son sarmientos separados de la Vid, cuya lozanía dura un momento (Cfr. Jn 15, 6); cadáveres -sin vida en sí mismos-, que no se alimentan del Cuerpo y la Sangre del Señor (Cfr. Jn 6, 56).

"Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento" (SD, 14). El amor de Dios al hombre incluye el sufrimiento de Cristo en su sacrificio voluntario, en una entrega amorosa. El sufrimiento del hombre es calmado con el Amor de Dios manifestado en el sufrimiento de Cristo. Una entrega que, siendo verdadero anonadamiento hasta la muerte, es al mismo tiempo identificación plena con la voluntad del Padre y, por tanto, igual a El en Gloria y Majestad. De aquí que no podía suponer una pérdida para el Hijo la obediencia, antes al contrario, su muerte es ocasión de definitiva inmortalidad (Cfr. Fil 2, 9-11).

Jesucristo en cuanto hombre es exaltado mediante la Resurrección, que supera el dolor y la muerte, y se constituye primogénito y modelo del cristiano, tanto en su vida y en su muerte -en su dolor-, como en su Resurrección. Particularmente es nuestro estímulo y modelo en la Eucaristía. En el sagrario su amor no conoce límites: "más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz" (Beato Josemaría. Camino, 533). Para que logremos el consuelo y la fortaleza que necesitamos.



9. El dolor y la esperanza

Juan Pablo II declaró el año 1984, año de la Redención. Y en este año publica su Carta Apostólica Salvifici Doloris, acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano -que está tan presente en estas consideraciones-, "porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento" (SD, 3), dice el Papa.

Por la Redención efectiva el hombre es bienaventurado: queda libre del mal y, por tanto, del sufrimiento. "Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana (...), sin embargo, esta victoria proyecta sobre cada sufrimiento una luz nueva, que es la luz de la salvación" (SD, 15). El sufrimiento, con todo lo costoso, molesto o problemático de la vida, tiene a partir de la Redención vocación de eternidad salvífica. El dolor humano se ha convertido por Cristo en instrumento salvador; pues viviendo en Cristo por la acción del Espíritu Santo, el cristiano participa de la esperanza de la resurrección y hace participar a otros de esa esperanza.

No es, entonces, el dolor -cualquiera que sea- si es cristiano, algo ante todo negativo, deprimente para el hombre. Sería solamente eso si fuéramos simples bestias o nos comportáramos como tales. El dolor del hombre puede y debe ser, como el de Cristo, una oración grata al Padre que logra también los fines de la Cruz. "Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo" (SD, 19).

El cristiano, hijo de Dios que sufre y reconoce la riqueza que posee con su dolor, encuentra en su vida un permanente motivo de consuelo y mucho más que eso. El suyo es un sufrimiento elevado, de modo que lo de menos para él es su dolor-molestia o dolor-desagrado. Tiene por don de Cristo en ese dolor una verdadera Cruz Redentora. Por la fe el cristiano lo reconoce así: como Cristo nos lo ha entregado.

"En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: «En todo apremiados, pero no acosados; perplejos, pero no desconcertados, perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal... sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará...» (2 Cor 4, 8-11 14).

"San Pablo habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían participes los primeros cristianos «a causa de Jesús». Tales sufrimientos permiten a los destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia de la resurrección."

"El hombre halla en la resurrección una luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: «Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, asi por Cristo abunda nuestra consolación» (2 Cor 1, 5)".

"En otros lugares se dirige a sus destinatarios con palabras de ánimo: «El Señor enderece vuestros corazones en la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo» (2 Tes 3, 5). Y en la carta a los Romanos: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional» (Rom 12, 1) (...)".

"Este descubrimiento dictó a San Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 19-20). La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al que amó así, vive en el hombre: en Pablo".

"Y viviendo en él -a medida que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor- Cristo se une asimismo de modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: «Cuanto a mi, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo» (Gal 6 14)" (SD, 20).

El optimismo en la tribulación es incomprensible, sorprendente para una visión meramente terrena. Es efecto de la Gracia y trasciende al propio atribulado. Ni siquiera él mismo comprende cómo es capaz de padecer sin temor, ni de dónde le brota la alegría mientras sufre. Fiado en la Gracia de Dios, lo experimenta, le parece bien y proclama este misterio a cuantos se extrañan de su paz en el sufrimiento. San Pablo, diríamos que avasalla: con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 9b-10).

Apoyado en la fe, el cristiano se siente optimista porque sufre. No es entonces para el hijo de Dios el dolor sólo algo que hay que tolerar en razón de la justicia: pues lo merecemos por nuestros pecados; ni algo razonable por nuestra deficinte condición y la también deficiente condición de este mundo en que vivimos; es mucho más, "a los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena" (SD, 21). El dolor de los hombres ha alcanzado por Cristo la capacidad de ser relevante para Dios y cooperar en la extensión de su Reino.

"San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. El describe en la segunda carta a los Corintios: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mi la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 9). En la segunda carta a Timoteo leemos: «Por esta causa sufro, pero no me averguenzo, porque sé a quien me he confiado» (2 Tim 1, 12). Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: «Todo lo puedo en aquél que me conforta» (Fil 4, 13)" (SD, 23).

La Omnipotencia de Dios es incuestionable y por eso, con su Amor, no tenemos ninguna posibilidad de fracasar con Dios. No tiene Dios ninguna necesidad de tener éxito ni de demostrarnos su poder, ni está preocupado por defenderse como si alguien pudiera lesionar su divinidad. Por lo cual el cristiano se siente seguro, mientras viva en intimidad con El, incluso en medio de la tribulación y cuando parece que la debilidad y el sufrimiento son irremediables. Dios en su eternidad siempre actua, su amor se difunde incesantemente en quienes pueden y quieren acogerlo: en los hombres que lo aman. Ellos viven despreocupados y seguros, nada inquietos por su debilidad o por la fuerza de sus enemigos: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla (Mt 10, 28), les dice.

Como mucho, el cristiano puede morir; pero eso es sólo cuestión de tiempo para todos; y, por otra parte, el fin de sus dolores y el comienzo de la Vida que más desea: un buen cristiano no puede ser miedoso. No, desde luego, porque se crea "alguien", sino porque se cree Cristo... San Pablo es el prototipo de la persona sin miedo aunque haya abundante dolor en su vida: Porque el mensaje de la cruz -dice- es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (1 Cor 1, 18).

"En la cruz, Cristo ha alcanzado y realizado con toda plenitud su misión: cumpliendo la voluntad del padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder y en la humillación toda su grandeza mesiánica ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente las referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónales, pórque no saben lo que hacen»? (Lc 23, 34) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con la fuerza de un ejemplo supremo" (SD, 22). Es el esplendor del Amor Omnipotente que ama a toda costa. Le preocupa -por así decir- el perdón que necesitan aquellos hombres. Así nos enseña a amar con sufrimiento.

San Pablo insistía en el futuro de gloria que espera al cristiano que vive la Cruz. A los Romanos les dice: SomosÉ coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 17-18); y en la segunda carta a los Corintios leemos: Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles (2 Cor 4, 17-18).

La misma idea es afirmada por san Pedro: Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo (1 Pe 4, 13). Este sentido positivo ante la tribulación -alegría, se afirma incluso, ante el sufrimiento- no convierte en placer el dolor. Nunca el dolor dejará de doler. Reclamará siempre cierta renuncia de quien lo sufra, aunque lo viva según Dios y gane de este modo. No es la acción de la gracia como un narcótico que convierte el dolor en placer y los insultos en alabanzas. Se trata, más bien, de una connaturalidad del cristiano con Cristo que le lleva a participar en el Espíritu Santo, por encima de todo dolor, de la inefable dicha amorosa de la Trinidad.

Esta dicha es aún más plena cuando el cristiano se sabe en cierta medida autor de la misma Redención, siendo miembro de Cristo (cfr. 1 Cor 6, 15) -único verdadero Redentor- y llamado a suplir "«lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24): En el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia-, en tanto a su manera completa aquél sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo" (SD, 24). Cualquier dolor humano tiene vocación redentora, puede contribuir a la construcción de la realidad más grandiosa que podemos soñar: la Redención del mundo.

Si el sufrimiento humano puede ser sufrimiento de Cristo es porque "El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser participes «de los sufrimientos de Cristo» (1 Pe 4, 13). Así como todos son llamados a «completar» con el propio sufrimiento «lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1, 24). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento" (SD, 30).

He aquí la respuesta definitiva al problema del dolor humano. Este es provechoso para el que sufre y para los demás. El que sufre es, por la Gracia, Cristo Redentor: participe en los sufrimientos de Cristo, poniendo lo que falta a Sus padecimientos por la Iglesia. No nos extraña, entonces, que asistir al que sufre sea ayudar a Cristo, que sea el mismo Señor quien recibe nuestro amor cuando amamos a los demás: a mí me lo hicísteis (Mt 25, 40), responde Jesús cuando hemos tratado a alguien bien, quizá ayudándole en su dolor. A mí me lo hicísteis, responde también ante nuestros malos tratos o nuestras omisiones. El dolor cristiano -el que sea- se convierte, por la acción del Espíritu, en fuerza redentora que desarrolla el que sufre en favor de la humanidad de paso que se acerca al Cielo.

Y no deseo a terminar sin recordar unas palabras del Beato Josemaría que me parecen ahora a propósito: "Aunque hayáis entregado mucho -decía en una ocasión-, no habéis cumplido totalmente el sacrificio: podéis aún levantar más en alto la Cruz. Yo os puedo asegurar que en estos años de sufrimiento gustoso, aunque el cuerpo se fatigue, he llegado a la seguridad de que la Cruz la lleva Jesucristo: y que nuestra participación en su dolor nos llena de consuelo y de alegría" (Beato Josemaría. A solas con Dios, 242 ). Es la experiencia de cuantos, en Cristo, han perdido el miedo al dolor.

Comenzábamos con el pecado -origen de nuestros dolores- en el Paraiso según lo narra el primer libro de la Biblia, el Génesis; pero, según se anuncia en el último, el Apocalipsis, esta historia termina bién:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Apc 22, 1-4).



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Luz en el dolor

La fe es donde se construye todo.


Luz en el dolor
Luz en el dolor

Marc y su esposa Monika habían decidido trasladarse de West Lincon a una granja en la región del Niágara. Necesitaban un lugar más amplio para vivir, pues ya tenían seis hijos y el séptimo estaba en camino. Después de despedirse de la familia, Marc se dirigió hacia el que iba a ser su nuevo hogar: una granja con una casa para diez personas.

Mientras pasaba la noche en Ottawa, en la casa de su hermano, le llegó la trágica noticia: su esposa y todos sus hijos habían muerto en uno de los incendios más grandes jamás vistos en la historia de Ontario.

Como es de imaginar, el dolor y el desconcierto de Marc fueron profundos. Con la pérdida de su mujer y de sus hijos se desgarraron brutalmente sus amores, sus ilusiones, sus proyectos... Perdió todo, incluso la posibilidad de conservar un recuerdo fotográfico o un vídeo. Conmueven sus palabras cuando dice: «necesito ver sus fotografías. Entonces, voy donde mis familiares y les pido que me dejen ver sus fotografías».

En esta dura situación recibió la ayuda de numerosas personas. Afirma que es difícil imaginar los miles de personas que ha abrazado y besado en las últimas semanas. «Ellos -dice- están intentando imaginar lo que sentirían si les hubiera pasado a ellos... Y eso ayuda».

Pero su apoyo más fuerte fue la fe en Dios, pues piensa que su dolor tiene un propósito más elevado, aunque en estos momentos no lo pueda percibir. Además, ha sido una ocasión para fortalecer su fe en la vida eterna: «es muy duro enfrentarse al hecho de haber perdido a mi esposa y a mis siete hijos, pero creo realmente que los volveré a ver de nuevo...». Y añade: «no tengo intención de conducir y arrojarme contra un árbol para matarme, porque entonces nunca los vería nuevamente. Esa es la mayor estupidez que podría hacer ahora».

El ejemplo de fe y entereza de este hombre no ha pasado desapercibido. Muchas personas le han comentado que su historia sobre la pérdida de sus hijos, y el modo como la enfrentó, las acercó más a sus propias familias. Una mujer confesó que la profunda fe de Marc la había ayudado a volver a su Iglesia, pues se había separado de Dios.

Probablemente el dolor es el mejor crisol de los hombres, el que revela la pasta de la que están hechos y los cimientos sobre los que han construido su vida. En las palabras de Marc parecen resonar las del justo Job: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea Dios». Son las palabras del hombre de fe que confía en que Dios puede sacar muchos bienes, hasta de los mayores males.

Quien no tiene fe, sólo verá un sinsentido y quizás caerá en la desesperación. Si no hay un punto firme, ante el sufrimiento todo el edificio se tambalea o sucumbe con estruendo. Una vez más se demuestra que sólo desde la fe se le puede dar un sentido al sufrimiento humano, por desgarrador que este sea.



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Pasos de Crecimiento Espiritual

Comprender que la perfección consiste en una lucha cuya duración se extiende a toda la vida, y que solamente triunfa quien persevera en ella.



Pasos de Crecimiento Espiritual
Pasos de Crecimiento Espiritual
El edificio de la vida espiritual se construye paso a paso, y así la dirección espiritual adquiere como fin la grave responsabilidad de lograr que la dirigida se comprometa cada vez más con su proyecto de vida, y que se vaya notando progreso entre dirección espiritual y dirección espiritual. Dijimos con anterioridad cómo en saber exigir con motivación se encontraba el gran secreto para lograr entregas generosas. No hay que tener miedo. Lo mejor que podemos querer para una persona es que alcance la realización completa de la voluntad de Dios sobre su vida, único camino de felicidad y realización personal. Todos, y especialmente las jóvenes, buscan la exigencia más de lo que pensamos, porque buscan la felicidad verdadera. Tienen deseos de santidad aunque la llamen de otra manera; anhelan encontrar una causa a la cual entregar toda su capacidad de donación y de entusiasmo, y nosotros podemos presentarles el camino para realizarla dentro de la familia religiosa a la que Dios le ha llamado.


Dar pasos de crecimiento espiritual significa:


- Crear inquietudes sanas: ¿Te sientes satisfecha de tu vida? ¿Qué estás haciendo por Dios y por los demás? ¿Crees que Dios te pide algo más? ¿Eres plenamente feliz? ¿Estás invirtiendo bien los talentos que El te ha dado? ¿A dónde quiere llevarte Dios? ¿Tienes claras tus metas en la vida? ¿Cuál es tu actitud habitual respecto a la voluntad de Dios? ¿Miedo de escucharlo? ¿Indiferencia? ¿Aceptación gozosa? ¿Alguna vez te has planteado seriamente la posibilidad de una mayor entrega a Dios? «Yo te invitaría a abrir horizontes», «Creo que tienes muchas cualidades», Creo que podrás influir mucho entre las hermanas, en la vida de comunidad, si te lo propones. Influir en el sentido de hacer crecer el amor a Jesucristo, a la Iglesia, a la Congregación, a las almas rescatadas por Él a tan caro precio. ¿Te das cuenta de cuánto te ha amado Dios? ¿Podrías ayudar a encontrar cómo solucionar esta necesidad de la Iglesia? ¿Qué te gustaría haber realizado a la hora de tu encuentro con Cristo?, etc.


Muchas veces deberás confrontarla con su situación actual para que la reconozca, y deberás llevarla a sentir el atractivo de la superación. Básate en sus motivaciones de fondo, provócale el deseo de tomar las medidas necesarias para crecer. A este respecto se presenta muy aleccionador el testimonio del Santo Padre Juan Pablo II en sus encuentros con los jóvenes. ( Cf. Discursos de Juan Pablo II en sus encuentros con los jóvenes en diversos países).


- Elaborar un plan personal. Los Ejercicios Espirituales anuales presentan una oportunidad excepcional para definir los programas de vida que luego irán retocándose durante el año.


- Explicar los fundamentos de la vida espiritual: La lucha ascética, la superación del pecado o estado de tibieza, el aprecio por la vida de gracia, la adquisición de las virtudes, la identificación con la Persona de Jesucristo. Explicar también las diversas etapas por las que va pasando un alma que realmente está comprometida con Cristo: purificación, compromiso, plenitud. Se enseñará a orar en diálogo con Jesucristo, a tener como socio al Espíritu Santo, a confiar en el Padre, a amar e imitar a María, a defender y trabajar por la Iglesia.


Resumiremos a continuación algunas ideas sobre estos fundamentos; sin embargo, queremos dejar claro que la orientadora espiritual debe comprometerse a recibir la instrucción adecuada. Algunos medios que podemos sugerir son: cursos intensivos sobre la dirección espiritual, su plan de lectura personal, por ejemplo.


a) La lucha ascética:


En los tratados de vida espiritual suele hablarse de lucha ascética para explicar el esfuerzo que el hombre tiene que realizar si quiere progresar en su vida espiritual. La gracia de Dios es un don gratuito, pero corresponde al hombre cooperar para que ese germen de vida sobrenatural que lleva en su alma crezca y alcance su plenitud. Con este fin luchará contra las barreras obstructoras del desarrollo de la gracia: la soberbia, la pereza, el egoísmo, la sensualidad, y otras pasiones de las cuales todos tenemos experiencia en primera persona.


Únicamente Dios puede santificar a un alma. Porque nos ama, ha querido hacernos partícipes de su vida divina, al injertarnos en Cristo y darnos su Espíritu mediante la gracia santificante y las gracias actuales; sin embargo, la gracia no suple la naturaleza ni disminuye la libertad del hombre. Por eso, siempre será necesaria la libre respuesta y cooperación humana.


Al recordar nuestra creación a imagen y semejanza de Dios, se pone de manifiesto que hemos quedado afectados por el pecado original. Nuestra inteligencia y voluntad, aún cuando sigan tendiendo hacia la verdad y el bien, fueron dañadas. Esto explica la dificultad que encontramos para descubrir la verdad con nuestra razón y más aún para adherirnos con nuestra voluntad al bien objetivo. Experimentamos en nosotros la lucha entre la ley del espíritu y la ley de la carne o del pecado, como la sentía San Pablo, quien exclamaba con una mezcla de dolor y realismo: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, pero el hacerlo, no. Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 18-20)


No podemos dejar de lado en esta lucha la necesidad del sacrificio y la abnegación. De esta necesidad surge el sentido de la frase evangélica según la cual Cristo vino a traer “no la paz, sino la espada” (Mt 10,34). Vino a traer la guerra contra la tendencia desordenada inserta en el hombre por el pecado. Se habla de los cristianos como soldados de Cristo, soldados que luchan tratando de “vencer el mal con el bien” (Rm 12, 21).


La lucha ascética no implica, necesariamente, el hacer esfuerzos extraordinarios o heroicos. Ordinariamente se realiza mediante las pequeñas renuncias de todos días: “El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es infiel en lo poco, también lo es en lo mucho” (Mt 25, 21).


El sacrificio y la abnegación implicados en los detalles de todos los días se harán más amables cuando se vivan como muestra de amor: responsabilizarse de los deberes de la vocación, dedicar el tiempo necesario a la oración y en los horarios que marca el reglamento, ayudar a quien lo necesita, practicar la justicia y la caridad, etc.


b) Ascesis progresiva de la dirección espiritual:


La lucha ascética no podemos entenderla como una guerra aislada, sino como una serie de batallas que debemos librar todos y cada uno de nuestros días para obtener la victoria final.


La mayoría de los tratados de vida espiritual presentan tres etapas de crecimiento espiritual: la purificación, la iluminación y la unión. Equivalen a las clásicas tres vías: vía purgativa de los incipientes, la vía iluminativa de los progredientes y la vía unitiva de los perfectos.


Dejando a un lado estos términos clásicos y la explicación detallada de estas vías, por no ser este un curso de vida espiritual, tomaremos algunas ideas de las diversas etapas que nos sirvan para llevar a las almas por el camino del crecimiento espiritual:


- La lucha contra el pecado. La primera condición del amor consiste en no ofender al Amado, y dado que nada ofende más a Dios que el pecado como negación del amor, quien realmente desee crecer en amistad con Dios deberá determinarse a luchar contra lo que daña el amor. Hay pugna entre naturaleza y gracia, virtud y pecado, Dios y el demonio, realidad que en teoría se sabe de memoria; pero en la práctica, uno no la quisiera, y ante la dureza de la lucha podría darse fácilmente el admitir la derrota.


Esta etapa presupone instaurar los medios necesarios para mover la voluntad a no caer más en pecado mortal, si ha tenido ya la desgracia de haber caído, y lograr así vivir habitualmente en gracia, desterrando el hábito del pecado y todo aquello que a él conduzca. Cuando un sembrador quiere echar la simiente en el campo, primero debe prepararlo. Sucede exactamente igual en el campo de la dirección espiritual; primero se limpiará la tierra personal de todos los hierbajos antes de poder sembrar. Un alma nunca alcanzará un estado de crecimiento espiritual mientras haya pecados mortales en su vida. Evidentemente, no puede preguntarse la dirigida si tiene pecados mortales, pero conviene recordarle con cierta frecuencia que, para llegar a la santidad en el propio estado de vida, necesita primero librarse del pecado.


Importa recordar a la hora de discernir si hubo pecado grave, que para que éste exista se necesita no sólo la gravedad de la materia, sino también pleno conocimiento y consentimiento. Podría darse el caso de una verdadera angustia por creer que se ha cometido un pecado mortal, cuando en realidad o no hubo conocimiento de su gravedad, o no fue pleno el consentimiento, o no fue materia en sí grave. Pero también pueden presentarse dirigidas que justifican toda su actuación sobre premisas falsas. A unas y a otras hay que ayudarles a formar una conciencia recta, cierta y delicada. Esta lucha contra el pecado mortal es imprescindible. Si no se logra erradicar el pecado mortal, ¿cómo se puede pensar en superar el pecado venial y las faltas deliberadas?.

Tendremos que animar, enseñar y dar los medios para:

1º Erradicar el pecado mortal como estado habitual.
2º Superar el de pecado venial como estado habitual.
3º Suprimir las faltas deliberadas.


Hay frases que hacen mella en la vida. En momentos de hacer elecciones difíciles, estas influyen positivamente; por eso, los sabios formadores de grandes santos las inculcan a sus almas: «Antes morir que pecar», «¿De qué le sirve al hombre ganar todo en la vida si pierde su alma?», «Si tu ojo te escandaliza, sácatelo», «La mayor tristeza: pecar»...


Los pecados veniales, las faltas deliberadas y las imperfecciones se dan por el incumplimiento de los deberes diarios, desde las grandes responsabilidades hasta las más pequeñas, cuando falta la delicadeza y el esfuerzo por observar la ley de la caridad en relación con Dios, con una misma y con los demás.


La purificación supone también una lucha contra los criterios del mundo que pueden apartarnos de Dios y de las enseñanzas evangélicas. Implica, así mismo, estar atentas para descubrir las tentaciones que el demonio, enemigo principal de nuestras almas, nos querrá presentar. Supone, en fin, luchar contra lo que San Pablo llama la ley de la carne, y mortificar todo aquello que no vaya de acuerdo con la ley de Dios.


La purificación encuentra su fundamento en la humildad, en ese tomar conciencia de la propia nada y de la grandeza de Dios. “Yo sé, Señor, que nada puedo sin Ti, pero también sé que contigo todo lo puedo”.


La purificación sólo se hace posible cuando se ama a Jesucristo. De hecho, es el amor la razón de la purificación, pues a quien busca amar de verdad nunca le parecerá suficiente lo que hace por la persona amada. Sería muy poco, el contentarnos con no ofender.


Existe en la mentalidad de muchos la idea de que la vida de gracia se identifica sin más con lo que se llama el «estado de gracia»; y el estado de gracia, para efectos prácticos, no vendría a ser otra cosa más que la simple ausencia de pecado. De este modo, el esfuerzo de muchos cristianos se reduce a un propósito, más o menos sincero, de no cometer pecado, y a acudir a la confesión de cuando en cuando, para estar en paz con Dios y con su conciencia. En realidad la ausencia de pecado no es más que la condición «sine qua non» de la vida de gracia. Pero ésta, como decía, va mucho más lejos, ya que entraña una verdadera relación personal de amor con Jesucristo. Y sería una burda grosería confundir el amor hacia una persona con una mera abstención de ofenderla.


Todo cristiano, cuánto más una mujer consagrada ha de buscar ardientemente vivir en gracia. Pues la vida de gracia es el medio por el que la mujer consagrada (y todo cristiano) se une a Cristo como el sarmiento a la vid y por el que la vida de Cristo se manifiesta en su cuerpo mortal. Cultivarla con cuidado y vivirla como una especial relación de amistad con Jesucristo. Procurar apreciarla, valorarla y agradecerla sinceramente. El esfuerzo por desarrollarla para que dé frutos de vida cristiana y de buenas obras, nunca será de más. Defenderla como el tesoro más preciado y acudir pronta y contritamente al sacramento de la reconciliación para recobrarla, si alguna vez se tiene la desgracia de perderla.


Los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, nos unen más a Cristo, fuente de toda santidad, y nos fortalecen en nuestro compromiso con Cristo por llevar a cabo la extensión del Reino de Dios en el ámbito de la propia vida personal, familiar y social.


- La oración como fuente de luz y fuerza Con la oración alcanzamos gracias actuales y desarrollamos las virtudes teologales infundidas por Dios en el Bautismo. Sin embargo, estamos en la posibilidad de dejarnos llevar por múltiples ocupaciones de la vida, es decir, caer en el activismo y ¿qué ocurre en almas consagradas que han dejado la oración? Son presas de la herejía de la acción.


Con frecuencia, cuando se recitan oraciones, no siempre se tiene conciencia de cuanto se dice; acaba así por convertirse la oración en mera rutina, en estribillo que se repite inconscientemente. Nunca debemos dar por supuesto que la dirigida ya sabe cómo hacer oración. En muchos casos la dirección espiritual será el único medio que tendrá para aprender. Hay que enseñarle. Los apóstoles, al ver cómo rezaba Jesús, le pidieron: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).


También nosotros debemos pedírselo y aprender de Él a orar para hacernos maestros de oración.


No podemos pretender que la dirigida aprenda a orar en una sola dirección espiritual; a la orientadora no deberá importarle pasar varias direcciones espirituales enseñando la forma práctica de hacer los diversos compromisos de vida espiritual marcados por las Constituciones. Ayudarle para que vaya aprendiendo a hacer el silencio interior y logre y cultive la unión y relación personal con Dios y a lo largo de todo el año, la dirigida revisará este tema tan esencial en la vida de toda mujer consagrada.


En la oración, el hombre recoge su mente, su voluntad, su corazón, su memoria, su imaginación, para dialogar con Dios -como se conversa con un amigo- acerca de un pasaje del Evangelio, de algún tema de la vida cristiana, o de alguna situación personal.


Toda alma consagrada que de verdad busque crecer en la fe y en la santidad, debe hacer de su oración una verdadera entrega a este diálogo con Dios y sacar de allí la luz, la determinación y la ayuda para recorrer cada jornada según el querer del Creador expresado y concretizado en sus Constituciones, Reglamentos, avisos de sus Superiores, etc.


- El plan de vida, del que hablaremos más adelante, se considera como un medio indispensable de progreso del alma, dado que el área espiritual, como cualquier otro aspecto de la vida humana, no podrá desarrollarse sin un cierto orden y estrategia.


- Cultivo de las virtudes: Lo recomendable es ejercitarnos en las virtudes teologales y hacer de ellas la fuente de nuestra vida interior y apostólica, para que caminemos siempre por la senda de una fe viva, operante y luminosa, que nos permita iluminar todos los acontecimientos de la vida con la luz de Dios y nos ayude a ser fieles y perseverantes hasta la muerte, en medio de las dificultades y luchas que nos exija el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre nuestra vida; por la senda de una esperanza gozosa e inquebrantable, que nos llene de la seguridad que sólo Dios puede dar; y por la senda de una caridad ardiente y generosa, que nos haga comprender cuán amable es Dios y nos lleve a responder a ese amor en el cumplimiento fiel de nuestros deberes de almas consagradas al único y supremo amor: Jesucristo y en la entrega de nosotras mismas a las demás hermanas en religión y luego más allá a toda la humanidad.


La presencia de Dios en el alma a través de la vida de gracia y de las virtudes infusas, y el seguimiento de Cristo, requieren de actos concretos para manifestarse y desarrollarse. Cuando hablemos de virtudes no deberemos olvidar aquellas que más brillaron en la persona de Cristo, y que deben adornar a toda esposa de Cristo, como son: la caridad, la pobreza, la castidad, la obediencia, el espíritu de sacrificio, la entrega a la voluntad del Padre y a la salvación de los hombres, la pureza y libertad de corazón, la sinceridad, etc.


Un autor, citado con frecuencia, comenta: “Porque en la caridad para con el prójimo faltan con harta frecuencia aún las mismas personas devotas, ha de insistirse mucho en ella en los exámenes de conciencia, y en las confesiones” (Ad. Tanquerey, o.c., n. 543., p. 292.)


Sabemos bien que la caridad es la virtud reina del cristianismo y el distintivo de los cristianos cuánto más de aquéllas que hemos profesado seguir radicalmente al Maestro. Nos compete forjarla en sus diversas expresiones como son la benedicencia, el pensar bien de los demás, el evitar la crítica y odiar la murmuración, el cultivar un corazón magnánimo y servicial. ¿Avanzan nuestras dirigidas en la práctica de la caridad? ¿Han desterrado de sus vidas la crítica? ¿Les hemos enseñado a ver a las personas desde el punto de vista de sus cualidades? ¿Saben excusar los defectos de las hermanas? ¿Se gozan con los triunfos de sus hermanas? ¿Se suman a las iniciativas de las demás? ¿Están aprendiendo el arte de trabajar en equipo y de vivir en comunidad? ¿Se interesan por hacer el bien de manera desinteresada? Los programas de vida, propósitos de la dirección espiritual y de especiales épocas litúrgicas como el Adviento y la Cuaresma, nos ofrecen ocasiones propicias para trabajar de forma sistemática en el cultivo de la caridad.


- El celo apostólico: En un tema posterior indicaremos medios para forjar un corazón de apóstol; por ahora mencionaremos solamente cómo en la dirección espiritual hay que infundir la conciencia del llamado personal a extender el Reino de Cristo según ese “punto de vista” propio: el carisma de la congregación. De esta manera, las religiosas querrán formarse en todos los campos: intelectual, humano, espiritual y apostólico, pues de lo contrario, la eficacia de la gracia se vería obstaculizada por la ineptitud del apóstol. Hay que aprender a hablar de Dios al hombre del tercer milenio. La buena voluntad no basta, hay que prepararnos.


- Capacidad de sacrificio: Uno de los grandes secretos del progreso espiritual consiste en reconocer y seguir fielmente las mociones divinas o inspiraciones del Espíritu Santo. Conforme la persona sintoniza más con el querer del «Socio», con mayor facilidad escucha su voz en la propia conciencia durante los momentos de oración o en las diversas situaciones del quehacer diario. Ordinariamente, estas mociones chocan con el egoísmo y las pasiones desordenadas.


Por otro lado, debemos ser conscientes del tipo de sociedad en que vivimos. La educación impartida en culturas hedonistas como las nuestras, tampoco favorece la comprensión y la aceptación de los sacrificios que conlleva el amor. Y muchas de las jóvenes recién llegadas a la congregación están impregnadas, o al menos, salpicadas por este estilo de vida. Se piensa que si el amor «duele», ya no es amor. Se cree, erróneamente, que amar es «sentir bonito» o «sentirse bien». Se rehuye el sacrificio y se trata de obtener el máximo de placer con el menor esfuerzo. Por eso los maestros de vida espiritual hacen la siguiente recomendación: “La purificación del alma, por la práctica de la penitencia y de la mortificación, no ha de dejarse jamás por entero y ha de insistirse sobre ella con los dirigidos, habida cuenta con el estado de su alma para variar los ejercicios de dichas virtudes”. (Ad. Tanquerey, o.c., n. 543-2, p. 292).


Como orientadoras, será importante ayudar a la dirigida a valorar la radicalidad que exige el amor; si no lo hacemos así, se irá haciendo sorda a la voz de Dios. Un signo tangible de progreso en la vida espiritual será entonces la forma en que la dirigida va aceptando el sacrificio.


c) Consideración final con respecto a las etapas de vida espiritual:

Si consideramos que la persona recorre diferentes etapas en el camino de su perfección cristiana, la dirección espiritual deberá corresponder a las necesidades aparecidas en la etapa en que se encuentren. Daremos algunas pistas:


- La dirección espiritual de los principiantes.


El objetivo principal en la dirección espiritual a principiantes deberá ser motivarlas para afrontar las dificultades que surgirán, y prevenir sobre los escollos que podrán encontrar una vez iniciado el camino. Por ejemplo, puede suceder que inicialmente Dios les conceda algún tipo de experiencia sensible en la oración, y, sin embargo, al ir avanzando, quizás se sorprendan al sentir algo distinto de lo que esperaban, se desesperen, y quieran dejar de orar. Es entonces cuando habrá que hacerles comprender que la perfección consiste en una lucha cuya duración se extiende a toda la vida, y que solamente triunfa quien persevera en ella.


Otras pueden tender a irse a los extremos. Se proponen un plan de vida tan exigente y tan fuera de su realidad, que prácticamente les será imposible cumplirlo y caerán en el desánimo. Por ello,< "Una sabia, firme y es menor esta necesidad salvo en los períodos críticos que sobrevienen o cuando se ha de tomar alguna decisión importante paternal dirección es particularmente necesaria en la formación de los principiantes; más tarde ". (Garrigou Lagrange, Las Tres Edades de la Vida Interior, Ed. Palabra, Madrid, 1988, pag.297).



Las adelantadas o experimentadas.


Se conocen mejor a sí mismas y comprenden más la vida espiritual. Fácilmente expone a la orientadora el estado general de su vida y sus consultas. La dirección espiritual es más rápida y sencilla con la dirigida, que ya tiene un plan de vida definido. La orientadora espiritual, en este caso, viene a ser como una testigo de la vida del alma y de sus progresos. Sin embargo, no podemos confiarnos, deberemos buscar en nuestras dirigidas la permanencia dócil a las mociones del Espíritu Santo.


En el camino a la perfección, sobre todo cuando se ha avanzado más, hay épocas en que se presenta lo que en la vida espiritual se denomina «noches» o «desiertos». La persona no siente nada en su oración ni en su vida sacramental. Todo lo ve negro. Dios permite estas experiencias en la vida de ciertas almas para purificarlas y hacerlas capaces de niveles más elevados de oración, de unión con Él y de entrega. En estos períodos se pueden presentar terribles tentaciones contra la fe, la esperanza, y la caridad, pudiendo dudar incluso del amor de Dios. Evidentemente, para atravesar este período sin retroceder y progresando, supondrá una gran ventaja tener una experimentada orientadora espiritual que ilumine, y sobre todo motive, para que a pesar de lo incierto e insatisfactorio del camino, se continúe adelante con la seguridad de la fidelidad de Dios y de sus promesas.


Si queremos tener una visión del progreso real alcanzado, conviene tener presente el marco general de la vida de la dirigida. No se deben ver aisladamente cada una de las áreas. Por ejemplo, no se puede valorar la autenticidad de la oración sin ver la vida entera de la persona. Si al salir de Misa critica a las hermanas o a otras personas ¿de qué le ha servido la Eucaristía? Si obedece a regañadientes o simplemente no obedece ¿de qué le sirvió la Eucaristía? Y si es una religiosa muy activa, muy “cumplida” pero no vive la caridad ¿no habrá algo que falla?.


Conforme la religiosa se purifique, en esa medida avanzará en la fe y el amor, en el deseo de asemejarse más y más a Jesucristo, y participará cada vez más de su intimidad haciéndose más capaz de amar al Padre y a todos los hombres con el corazón de Cristo.


RECUERDA:

La dirección espiritual eficaz

1.- Conocer a quien dirijo.
Que: Conocimientos generales: sexo, edad, situación…
Como: Libros de psicología, caracterología, cuestionarios orales o escritos, formales o informales
Observaciones, entrevistas, escucha activa, convivencias.
Conclusiones de la misma dirección espiritual.

2.-Saber a donde debo dirigirla.
Que: Objetivos personales y reales. Objetivo general y Objetivo específico.
Como: Orientación y reflexión. Tener los objetivos por escrito, revisarlos de dir. Esp. En dir. Esp. Apostolado concreto.

3.-Dar pasos de crecimiento espiritual.
Que: Crear inquietudes sanas. Plan personal y programa de vida. Conocimiento de las etapas de la vida espiritual y ayuda práctica.
Como: Recomendar libros de vida espiritual sólidos. Explicar fundamentos y etapas de la vida espiritual. Propósitos concretos y medibles.



CUESTIONARIO PERSONAL:

Repasa las preguntas que se ofrecen para ayudar al conocimiento de las personas a quienes diriges analizando el conocimiento concreto que tienes de cada una.

Medita delante de Jesucristo el objetivo principal que buscas con cada una, de cara a lo que Dios les pide.

Trázate un plan de lectura que te lleve a tener más conocimiento de la estructura de la vida espiritual.



REFLEXIÓN EN EQUIPO CON OTRAS HERMANAS ORIENTADORAS ESPIRITUALES.

Comentar la importancia que tiene el conocer realmente a la dirigida.
Elegir algún personaje del Evangelio y ver entre todos cómo Cristo lo conoce y lo trata tomando en cuenta su manera de ser.
Intercambiar ideas sobre cómo prepararse mejor en el conocimiento de la estructura de la vida espiritual, de la psicología de las diversas edades y sexo, de las etapas de vida espiritual, etc.



REFLEXIÓN DE FE


Su labor como formadoras y directoras espirituales es sumamente rica y comprometedora. No se reduce a una tarea burocrática ni administrativa. Ustedes son formadoras en el momento y las circunstancias que se den en el campo específico del apostolado, ya sea en las etapas primeras de formación de las hermanas, ya sea a las hermanas más avanzadas en la vida consagrada, con las implicaciones que ello conlleva en la formación espiritual, humana, social e intelectual; educadoras de las mujeres que Dios ha llamado a la Congregación. A ellas han de dedicar lo mejor de su tiempo y de sus energías, porque son ellas las que prolongan su acción; con ellas construyen aquella parte del Reino que Dios les ha confiado. Oren por ellas, sacrifíquense por ellas, ámenlas cristiana y fraternalmente, pues sólo el amor sincero es capaz de instaurar con solidez y estabilidad inconmovible La Buena Nueva que Cristo nos ha traído, y este amor plásmenlo en un cordial, sincero y continuo espíritu de servicio.
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Cerca de la Castidad

No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio.




A cerca de la Castidad
A cerca de la Castidad

Presupuestos para entender plenamente la castidad

No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario cuanto el objeto es más delicado.

Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones básicas:

a)Creer en Dios, adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar referido a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad, pero jamás llegará a apreciar plenamente su más profundo sentido y alcance.

b)Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que después de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.

c)Creer que nuestra vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino, instrumento y preparación para la segunda; medio con respecto a un fin.

d)Vivir y pensar con limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba pensando de acuerdo a lo que vive. Es difícil que la persona que no vive castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no está en condiciones de entender lo que es la castidad.

e)Creer que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás independizarse de ella.

f)Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el señorío de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.

g)En toda acción humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar según la sabiduría de Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole posible imponer su decisión sobre las apetencias desordenadas y querer lo que Dios quiere.

Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonía del conjunto.

Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única virtud, ni se la puede entender aislándola de las demás. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras. Sería tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discípulo de Cristo pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que corren pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni practicar la castidad.

La concupiscencia

La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bíblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscitó en mí toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lógico que el Apóstol recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce.

Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el contexto de la acepción negativa que suele emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de Satanás y de sus engaños y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ahí que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espíritu y la carne, advirtiéndonos que el espíritu y la carne tienen apetencias antagónicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23), está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y así debe haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".

La enseñanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su origen está en el pecado, que contradice al espíritu, que no es en sí misma pecado, pero que induce a él, y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.

De la lectura de los textos bíblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en el apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay también un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay también en la búsqueda de honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en ídolos que intentan ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios. Así como la Verdad es la que establece al hombre en su correcta relación con Dios, así los ídolos son intrínsecamente falsos porque nacen de un engaño y falsean la relación con Dios.

Conviene hacer aún un ulterior análisis acerca de la concupiscencia.

Es, ante todo, una apetencia, una inclinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razón alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser más o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante".

Si el juicio de la razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado aún contra el juicio de la razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia "subsiguiente".

Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sí y contra la que habrá de luchar hasta el día de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfaciéndola en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sí" (Gal 5, 23).

La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en nuestras manos evitar la presencia de estímulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de apetencias más o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podría ceder o que al menos pondrían en peligro la limpieza del corazón.

Precisando Algunos Terminos

En el tema que nos ocupa hay términos cuya significación está relacionada y que conviene distinguir.

a)Virginidad

Es un concepto que tiene originalmente una acepción biológica, y que indica la integridad física de una mujer. La hija de Jefté lloró por los montes su virginidad porque consideraba una deshonra morir sin haber tenido hijos (ver Jue 11, 29-40). La virginidad tiene también una acepción religiosa, y significa en tal caso la renuncia voluntaria al matrimonio por amor al Reino de los cielos. Estamos aquí ante un hecho enraizado en una motivación religiosa. En esta segunda acepción se aplica más frecuentemente a mujeres, aunque no falta en la misma S. Escritura algún caso en que el término se aplica a varones que, por motivos religiosos, renunciaron al matrimonio (ver Ap 14, 4). Los Padres de la Iglesia escribieron tratados sobre la virginidad y elogios sobre las santas vírgenes. La liturgia católica contiene, tanto en el Misal, como en la Liturgia de las Horas, formularios para la celebración de las memorias o fiestas de las santas Vírgenes. El Pontifical Romano contiene un solemne rito, normalmente presidido por el Obispo, para consagrar vírgenes al Señor. El Concilio de Trento declaró que la virginidad consagrada constituye en sí un estado de vida superior al matrimonio, (Sesión 24, 11 nov. 1563, canon 10), lo que no significa que por el hecho de la consagración en virginidad quien la ha realizado sea ya santo o santa, o más santo que un casado que vive con perfección en el estado matrimonial. San Ignacio de Loyola señala como signo de "sentir con la Iglesia" la actitud de quienes alaban y aprecian la virginidad, aún cuando no hayan sido llamados por Dios a servirlo en ese estado (ver Ejercicios Espirituales, 4ª regla para sentir con la Iglesia).

b)Celibato.

También esta palabra tiene al menos dos acepciones: una que se refiere al simple hecho de no haber contraído matrimonio, y, una segunda que mira a la motivación religiosa que puede tener ese hecho. En algunas lenguas la palabra "celibatario" es equivalente, en el lenguaje común, a "soltero", pero tal uso del término no es equivalente a "casto". En el uso religioso católico, la palabra "celibato" tiene una connotación religiosa y se refiere especialmente al varón que, con vistas a recibir el ministerio sacerdotal en la Iglesia latina, promete solemnemente mantenerse sin contraer matrimonio y llevar consiguientemente una vida de castidad celibataria. Así como el término "virgen" se aplica preferentemente a la mujer, así el de "celibato" se aplica preferentemente a los varones. Puede consagrarse en celibato un varón después de su viudez, o después de haber llevado una vida desarreglada; en cambio no puede recibir la consagración de vírgenes la mujer que ha sido casada o que ha perdido voluntariamente su virginidad, pero puede prometer para el porvenir la castidad propia de los celibatarios.

c)Castidad

La castidad es una forma de la virtud de la templanza, la que consiste en el señorío sobre las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana, de modo que no obstaculicen la meta de la existencia humana y cristiana que es "vivir para Dios", sin permitir que nada creado se sobreponga a El, se constituya en finalidad independiente de El o, en una palabra, impida amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con toda las fuerzas (ver Dt 6,5; Mt 22, 37) . La templanza se refiere al recto uso de los bienes terrenales y es necesaria al hombre para que dichos bienes conserven su calidad de medios al servicio de la finalidad última del ser humano, sin erigirse nunca en objetivos autónomos. Frente a diversos bienes temporales, la naturaleza del hombre, herida por el pecado, reacciona con violenta apetencia: apetencias de dinero, de poder, de gloria o vanagloria, de placer sexual (ver 1 Jn 2,16). La templanza y la castidad ayudan al hombre a mantenerse en la verdad de su ser y de su finalidad, sin que las apetencias desordenadas adquieran dimensiones de ídolos y disputen a Dios el lugar y el amor a que sólo El tiene derecho. En concreto la castidad permite al hombre mantener el señorío sobre su sensualidad, respetando la finalidad del sexo y haciendo que se ejercite sin menoscabar el amor a Dios y sin aprisionar la libertad que compete a los hijos de Dios.

La virtud de la castidad es pluriforme y tiene matices propios de los diversos estados del hombre cristiano. Es diferente lo que exige la castidad a quien se ha consagrado en virginidad o celibato, a quien está unido en legítimo matrimonio, o a quien, sin estar aún unido en matrimonio, tiene el propósito o deseo de contraerlo más adelante. En todas las formas de castidad hay algo común: el señorío sobre el apetito sexual, como expresión de la búsqueda de Dios por sobre todo otro bien, y la búsqueda de cualquier bien sólo en la perspectiva de la búsqueda de Dios y de su amor. De modo que la castidad no es una actitud negativa, sino que, si impone renuncias y vencimientos, los exige con miras a un bien supremamente positivo: el amor a Dios. Se es casto para amar a Dios. Así se entiende la bienaventuranza que proclama dichosos a los puros o limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5,8): quien es puro, en el más amplio sentido de la palabra, está en condiciones de "ver" a Dios, de amarlo, de decirle con verdad que nada hay tan importante como El, en ninguna situación o hipótesis.



La castidad es una virtud


Conviene ahora detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su naturaleza.

La castidad es una virtud. ¿Qué significa esto? Una virtud es una disposición estable para actuar bien, es un "hábito" que perfecciona a quien lo tiene, dándole cierta connaturalidad con el bien obrar en su propio campo. Son ciertamente meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber actos buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposición firme y estable para actuar siempre bien.

Las virtudes se van adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se reiteran los actos propios de cada una: su repetición va "arraigando" la virtud . Junto con la reiteración de los actos de virtud es importante, para adquirirla, que haya una motivación fuerte que induzca a los actos. Dicho en otros términos el interés y la convicción existentes en quien desea adquirir una virtud, son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario, quien concede poca importancia o aprecio a una virtud, no la adquirirá por la sola reiteración de actos más o menos maquinales.

La virtud de la castidad es una expresión de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderación en el descanso, la generosidad para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en el uso de los bienes materiales, la mortificación del deseo inmoderado de saber novedades o de la curiosidad, la sencillez -según su propio estado- en el estilo de vida, etc...

El ejercicio de la castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada expresión de amor a El, y de la búsqueda de El y de su gloria por sobre toda creatura. Nada hay tan purificador ni nada puede conducir tanto al recto aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios, autor de toda creatura. En cierto sentido la castidad es una condición y una expresión del verdadero amor a Dios.

Toda virtud es ante todo interior, es decir es una actitud del corazón antes que un comportamiento exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y sincera sin que tenga una expresión exterior.

Así, la castidad se hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la rectitud de intención, el respeto y la reverencia hacia Dios presente en sus creaturas, especialmente cuando el impulso sensual puede empañar el amor verdadero.

El aspecto positivo del afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podría decirse "negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o puede amagar la virtud. Este rechazo es indudablemente una "mortificación", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin rechazar lo que es incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en peligro. El "dominio de sí mismo" implica diversas expresiones que deben manifestar el señorío del espíritu sobre la carne y en definitiva la preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.

El vencimiento de sí mismo en el ámbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia a sí mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes "viven...como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discípulos de Señor precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jesús (Lc 14, 27). La mortificación es una expresión de la conciencia de nuestra condición de peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo del señorío de Cristo, es instrumento a través del cual todo nuestro ser va siendo sometido al poder del espíritu y va alcanzando así la verdadera libertad, al paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).

El vencimiento de nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro corazón se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando nuestra vista y curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal. También renunciando a lecturas y espectáculos que transmiten mensajes contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras o conversaciones en las que está ausente el sentido de la pureza. La moderación en la bebida tiene especial significación para el ejercicio de la castidad, ya que el hombre que se encuentra bajo la influencia del alcohol pierde, al menos en parte, el control sobre sí mismo en todo sentido, también en el de las apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de caricias. Sabemos que las hay perfectamente legítimas y puras, pero hay otras que son un poderoso incentivo a la impureza. La caricia es en sí una expresión de afecto, de cariño, pero puede ser, a la vez, un estímulo a reacciones desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la apetencia incorrecta que es una forma de tentación. Quienes se preparan al matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en la del noviazgo, deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por medio de caricias no exceda los límites de la pureza y no llegue a constituir una ocasión de pecado de deseo o de acción. Es indudable que también en las etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe estar presente en la forma de vencimientos que mantengan la relación de afecto en el marco que corresponde a quienes no son aún marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en la forma que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el sacramento del matrimonio y han llegado a ser "una sola carne" (Mt 19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o novios, que esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de compromiso, ni, por tanto, los derechos. A quienes tienen el propósito de contraer matrimonio, la castidad cristiana no sólo les exige abstenerse de la relación sexual completa, sino de toda caricia íntima que por su propia naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado aunque sea sólo de deseo.

El cuidado de la virtud de la castidad exige evitar lo que sea una ocasión de pecado. Entre las ocasiones pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas, algunas amistades. Al momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la castidad no es justo pensar sólo en nosotros mismos, sino que debemos reflexionar acerca del daño que nuestras actitudes pueden causar en otras personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para mí, debo aún preguntarme si no lo es para otros. La provocación de las pasiones ajenas es un pecado para quien la produce. El "escándalo", en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: "... al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!" (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un niño no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no sólo toca a nuestra persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos. Jamás puede un cristiano repetir las palabras de Caín: "¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable del mal que con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.

Queda aún por decir una palabra acerca del pudor. El pudor es garantía, defensa, protección y resguardo de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a exhibir lo que debe permanecer velado. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe inspirar la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva allí donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Existe un pudor de los sentimientos, como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, las exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes. Es un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatería, o la expresión de tabús psicológicos. Es, por el contrario, la delicadeza que requiere un campo de la vida humana particularmente sensible al desorden interior que el pecado introdujo al hombre.

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