¿Qué es la Homosexualidad?

Se confunde con frecuencia comportamiento homosexual y homosexualidad, a pesar de que estos dos términos designen cosas muy diferentes.



¿Qué es la  Homosexualidad?
¿Qué es la Homosexualidad?
El Prof. Dr. Aquilino Polaino-Lorente es catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense
Cambiemos los usos lingüísticos de algunos conceptos para que no cambie nada.
Cambiar los conceptos que designan una determinada realidad no siempre
debiera considerarse como apenas una futilidad que no genere consecuencias.
Los partidarios de infraestimar las posibles consecuencias que de tal transformación puedan derivarse, suelen apelar al ejemplo de lo que propugnan algunos malos políticos






Introducción
Revisión de algunas hipótesis etiológicas acerca de la homosexualidad
Principales hitos en el proceso de autoidentificación homosexual

1. La etapa de sensibilización
2. Confusión y primeras dudas acerca de la identidad sexual
3. El etiquetado asignado por los compañeros
4. De las dudas a la obsesión
5. La asignación del etiquetado por los padres
6. La confirmación del etiquetado asignado
7. La asunción explícita de la falsa identidad
8. La filosofía de la acción y el comportamiento homosexual
9. El descubrimiento de un nuevo estilo de vida
10. El definitivo etiquetado del experto
11. La acogida e identidad homosexual en el contexto del grupo
12. Ensamblaje atribucional y modelado personal
13. Psicodinamía, pronóstico y evolución de estas conductas y actitudes

Bioética y etiología de la homosexualidad
Más allá de la identidad sexual: la búsqueda de sentido para la identidad personal

Introducción

Cambiar los conceptos que designan una determinada realidad no siempre
debiera considerarse como apenas una futilidad que no genere consecuencias.
Los partidarios de infraestimar las posibles consecuencias que de tal transformación puedan derivarse, suelen apelar al ejemplo de lo que propugnan algunos malos políticos. Apenas llegados al poder desean satisfacer su deseo de notoriedad y para ello nada mejor que iniciar enseguida algunos cambios. Pero como esto no siempre es fácil ni posible, entonces optan por cambiar las palabras, lo que además sale mucho más barato. De aquí que se digan: "cambiemos los usos lingüísticos de algunos conceptos para que no cambie nada".

Algo de esto ha sucedido recientemente respecto de la homosexualidad, al incluírsela en el ámbito de un nuevo concepto: el de "variaciones sexuales desadaptadas y/o patológicas". Con la nueva reformulación, ha quedado en desuso y abandonada la vieja terminología -un tanto obsoleta y, ciertamente, desproporcionada en algunos casos- de las "desviaciones y perversiones sexuales", tiempo atrás empleada.

Resulta un tanto difícil de explicar la evolución conceptual experimentada en torno a este concepto, en el ámbito de la psiquiatría clínica. Un buen modo de indagar sobre ello puede consistir en revisar los viejos manuales de
psiquiatría, desde principio del siglo XX a la actualidad, y analizar su extensión, sus contenidos y los conceptos que se empleaban para referirse a ella. Con todo, la actual reformulación deja mucho que desear, como
observaremos más adelante.

La homosexualidad fue consideraba un trastorno psicopatológico hasta la mitad de la década de los setenta en que la Asociación Americana de Psiquiatría ("American Psychiatric Association"; APA) la incluyó en el grupo de las "alteraciones de la orientación sexual". Sin embargo, a partir de la penúltima clasificación oficial de la APA acerca de las alteraciones psiquiátricas (DSM-IV, 1991), la homosexualidad fue reducida, como un trastorno "qua talis", a sólo un cuadro clínico -la "homosexualidad egodistánica"-, por otra parte, un tanto ambígüo y muy impreciso en su significado.

Con ello se limitaba la atención psiquiátrica a sólo aquellas personas caracterizadas porque su conducta homosexual les estuviera causando un
profundo malestar y/o sufrimiento, o bien deseáran adquirir o potenciar su orientación heterosexual. Tal modo de proceder no ha logrado esclarecer este problema, sino más bien aumentar la confusión que sobre él había. En realidad, se confunde con harta frecuencia comportamiento homosexual y homosexualidad, a pesar de que estos dos términos designen cosas muy diferentes.

Con el primero se designa un tipo de comportamiento (el contacto sexual entre dos personas del mismo sexo), que puede ser esporádico, circunstancial o excepcional al inicio del desarrollo psicoevolutivo, y que casi siempre acontece como consecuencia de la ignorancia o ausencia de información y de
formación de que el adolescente dispone sobre esta función.

Con el segundo, en cambio, se designa -con independencia o no de que la conducta encaminada a la obtención del orgasmo con un compañero del mismo sexo, sea recurrente, persistente y/o preferencial-, el hecho de que una persona desde la perspectiva placentera, emocional y cognitiva experimente cierta repugnancia por la conducta heterosexual y una mayor atracción por las personas del mismo sexo.
Esto quiere decir que la homosexualidad no es reductible a sólo la conducta homosexual. De hecho, si provisionalmente definiéramos al homosexual como la persona que así se percibe y autodefine, enseguida descubriríamos que algunos de los que consultan con los psiquiatras, por este motivo, jamás tuvieron contacto homosexual alguno. Por esto, precisamente, nada de particular tiene que no dispongamos de datos epidemiológicos rigurosos acerca de la prevalencia e incidencia de la homosexualidad en la población general.

Las dificultades que aquí se concitan son de muy diversa naturaleza. En primer lugar, por la misma oscuridad conceptual que acompaña a la definición clínica de estas manifestaciones. En segundo lugar, porque las encuestas realizadas sobre este particular tienen demasiados sesgos que limitan en exceso su validez y fiabilidad. Y, en tercer lugar, porque las tasas de prevalencia que algunos autores ofrecen en la actualidad son demasiado exactas y coincidentes -alrededor del 10%- como para que no resulten sospechosas, sobre todo cuando son entre sí tan exactamente coincidentes y nada explican acerca de los procedimientos empleados en dichos estudios epidemológicos.

De aquí que se observen más bien como un recurso cosmético en favor de ciertos propósitos -la "imagen", por ejemplo, que el movimiento "gay" quiere trasmitir-, a fin de presionar un poco más a la sociedad y tratar de conseguir por la fuerza de las opiniones los objetivos que se proponen. Esto desde luego que no contradice el hecho de que, en función de ciertos indicadores indirectos -relativamente consistentes y estables-, pueda concluirse, objetivamente, que la incidencia de la homosexualidad en el mundo se ha incrementado en las dos últimas décadas.

Con independencia de cuáles sean las opiniones que acerca de la homosexualidad se hayan puesto en circulación por el "pensamiento dominante" o "light", y de que algunas instituciones hagan o no un flaco servicio a la ciencia que representan y a la que deberían amparar, el hecho es que el estudio de la homosexualidad no se sitúa en el escenario pertinente en que
es necesario.

Así, por ejemplo, se opina de forma muy variada y contradictoria sobre lo que es la homosexualidad o en que consiste, pero los científicos apenas si se ocupan de cuál es su causa, de cómo se origina. En las líneas que siguen se pasará revista a algunas de las hipótesis etiológicas más relevantes, a
fin de tratar de establecer, en la medida de lo posible, un riguroso marco conceptual en el que debieran situarse y continuar estos debates.
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Revisión de algunas hipótesis etiológicas acerca de la homosexualidad

En realidad, ignoramos por el momento cual es la etiología de la homosexualidad. Ciertamente, que hay muchas hipótesis sobre ella, acaso demasiadas y en exceso contradictorias. En la experiencia clínica de quien esto escribe, es posible que tal dificultad esté relacionada con la versatilidad del comportamiento homosexual y, todavía más, con la complejidad del proceso homosexual configurador -por otra parte, variadísimo-, si nos atenemos a las historias biográficas, relaciones paterno-filiales tempranas, etiquetado social, roles, etc., de la mayoría de las personas que han llegado a asumir esta denominación para autodescribirse en el contexto de la identidad sexual.

Después de una dilatada experiencia de más de treinta años como psiquiatra clínico y de haber recibido en consulta a más de un centenar de personas de ambos sexos que se autodescribían como homosexuales, la conclusión a la que este autor llega es que no hay dos homosexuales iguales, tanto en lo relativo a sus manifestaciones comportamentales y psicológicas, como en lo que se refiere a la identificación de los factores etiológicos que en ellos se concitan y a la valencia configuradora mayor o menor por ellos representada.

Puede afirmarse que, en la actualidad, no disponemos de ningún modelo explicativo que satisfaga en modo suficiente la necesaria indagación acerca de este problema. La metodología hasta ahora empleada es sólo correlacional, lo que no autoriza a hacer inferencias o generalizaciones que tengan la
estabilidad y consistencia deseadas.

Las hipótesis biológicas, en las que desde antiguo tanto se esperaba, han resultado en la práctica desestimadas. La apelación a posibles factores genéticos ha resultado, hasta hoy, irrelevante. Numerosos autores no han podido confirmar tales hipótesis en gemelos monocigóticos y dicigóticos (Emery et al., 1970; Heston y Shields 1968). Por contra, otros autores (cfr. Feldman, 1975) han logrado demostrar que algunos de los resultados encontrados -en el estudio de la concordancia mayor o menor de los árboles genealógicos de procedencia- apenas si tenían validez, por estar gravemente afectados por ciertos artefactos en el tratamiento estadístico de los datos.

De otra parte, la polémica -todavía no resuelta- entre innatistas y ambientalistas, quienes atribuyen, respectivamente, un mayor peso etiológico a los factores genéticos o al ambiente y la educación, no ha logrado sino enmarañar aun más este debate.

Las investigaciones endocrinológicas han puesto de manifiesto la importante función desempeñada por las hormonas sexuales gonadales sobre el desarrollo y organización del sistema nervioso durante la vida fetal -diferenciación
sexual del cerebro-, pero sin que de ello pueda derivarse ningún resultado adicional que sea útil a la explicación de la homosexualidad. Por otro lado, en las numerosas y sofisticadas pruebas analíticas hormonales diseñadas, resulta imposible descubrir entre homosexuales y no homosexuales diferencias que sean relativamente significativas.

Diversas hipótesis psicológicas se han sucedido unas a otras en el intento de explicar las causas de la homosexualidad, sin haberlo logrado. Las teorías psicoanalíticas fueron las primeras que trataron de ofrecer una explicación, apelando a causas psicogenéticas en el ámbito de constructos que todavía no han sido probados, como el "complejo de Edipo" y el "complejo de Electra" que deberían dar cuenta, respectivamente, de la homosexualidad masculina y femenina.

Estas primeras aproximaciones, obviamente, cumplieron una determinada función: la de afrontar desde la metapsicología freudiana (cfr. Polaino-Lorente, 1981 y 1984) un intento de explicación que, entonces como hoy, ha resultado muy insuficiente -por inverificable, desde el punto de vista empírico-, pero gracias a cual -preciso es reconocerlo-, se comenzó a prestar atención a un hecho tozudo que había sido hasta entonces desatendido por la ciencia.

A partir de aquí, se han postulado nuevas teorías psicológicas, la mayoría de las cuales atribuyen una gran importancia a factores ambientales, principalmente al aprendizaje que modela y modula el desarrollo psicológico de la sexualidad en una dirección inapropiada.

Entre las recientes teorías, las hipótesis conductistas son las que, sin duda alguna, han sido mejor acogidas en el ámbito de la psicología. Estas hipótesis postulan que la conducta y la orientación homosexual es algo
aprendido, en función de la exposición a ciertos factores que al fin resultan determinantes.

Tal aprendizaje se llevaría a cabo según principios que son idénticos a los
que presiden la adquisición de cualquier otro comportamiento. Algunos autores han minimizado, a este respecto, la relevancia atribuida en otro tiempo a ciertos factores sociales como la valoración descalificadora y/o marginadora de la homosexualidad, el etiquetado social, la aceptación o rechazo de estos comportamientos atípicos, etc. Por contra, otros conceden un mayor énfasis al papel etiológico desempeñado por ciertos factores sociales.

Sea como fuere, el hecho es que el debate continúa, sin que al parecer se llegue a acuerdo alguno entre los diversos autores, a no ser -en esto sí que hay una cierta unanimidad- en lo que se refiere a la importancia de las primeras experiencias sexuales, el aprendizaje vicario temprano, la presencia de determinados periodos críticos especialmente relevantes como la
adolescencia, y los numerosos refuerzos que en este sentido pueden vigorizar dichos aprendizajes, consolidándolos en forma de una muy determinada y estable orientación sexual.

La evolución experimentada por la psicología comportamental hacia la psicología cognitiva, parece haber condicionado también el modo de afrontar este problema. En la actualidad, las hipótesis psicológicas han puesto de
manifiesto la presencia de ciertos factores cognitivos en la génesis de la homosexualidad, en los que tiempo atrás apenas si se había reparado.

Me refiero, claro está, a la autoestima, los estilos perceptivos, los procesos de atribución, las fantasías sexuales, el autoconcepto, el etiquetado social, etc. Muchos de ellos están incomprensiblemente implicados en la primeras manifestaciones -fortuitas, espontáneas y muchas veces no deliberadamente buscadas- de la conducta homosexual. Más tarde, esos y otros
factores cognitivos mediarían -a través de los procesos de reforzamiento, aprendizaje social e identificación- la implantación y emergencia de ciertas actitudes que servirían de sostén a la conducta homosexual y de fundamento a una determinada orientación sexual.

En cualquier caso, las hipótesis acerca del aprendizaje psicosocial de la homosexualidad no han recibido todavía suficiente confirmación ni el necesario apoyo empírico en que deberían fundamentarse.
De aquí se concluye que, respecto de la posible etiología de la homosexualidad, es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos. Más aun que, con los datos actuales disponibles, puede sostenerse que acerca de ella "ignoramos et ignorabimus", es decir, que está casi todo por hacer.

A pesar de ello, no obstante, es posible "reconstruir" un cierto "iter" en
el proceso seguido por algunos homosexuales en la"autoconstrucción" de su orientación homosexual, como a continuación observaremos. Pero quede constancia aquí, sin embargo, que el itinerario que se describe en las líneas que siguen no es el proceso "obligado" que atañe a la mayoría de las personas homosexuales. Es apenas el proceso más frecuentemente observado por el autor de estas líneas. De aquí que, aunque no sea meramente conjetural, en modo alguno permite una relativa generalización. Sólo es un proceso posibilista más, que en la experiencia clínica de quien esto afirma ha resultado ser el más frecuente.
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Principales hitos en el proceso de autoidentificación homosexual

¿Es la adolescencia una etapa crítica, como se ha sostenido, donde aparece o se empieza a manifestar la conducta homosexual? ¿Cuál es el recorrido experimentado por el adolescente hasta la eclosión de tal comportamiento?

¿Acontece éste súbitamente, sin conexión alguna con su anterior trayectoria biográfica?

¿Sería oportuno rastrear, mediante el adecuado seguimiento evolutivo, las diversas vicisitudes por las que atravesó el desarrollo de su sexualidad? En ese caso,

¿qué factores de riesgo pueden identificarse y apresarse, de manera que puedan contribuir a establecer un programa preventivo de la homosexualidad?

A continuación se pasa revista a algunos de los principales hitos que, tal y como han sido observados, jalonan en algunas personas el proceso evolutivo a cuyo término comparece la determinación de autoidentificarse como homosexual o lesbiana.

Advierta el lector que ni tales hitos son constantes en las personas homosexuales ni la secuencia aquí descrita es "obligada" para la mayoría de ellos. Algunas de las etapas que se señalan en este recorrido, han sido atisbadas también por otros autores. Su exposición aquí no pretende sino
arrojar un poco de luz sobre lo que está en el envés y en el pasado de ciertos comportamientos homosexuales: experiencias, creencias y expectativas que tienen un cierto poder configurador de la afectividad y de la conducta.
Tal vez el lector pueda servirse de este sutil hilo de Ariadna para recorrer algunos de los factores etiológicos en el laberinto de la homosexualidad, con una mayor comprensión.
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1. La etapa de Sensibilización

En el aprendizaje de la homosexualidad, hay una primera etapa de sensibilización. Los intereses que, en la temprana edad, el niño y la niña tienen como personas no suelen coincidir con los intereses que la sociedad atribuye, diferencialmente, a cada uno de esos géneros.

Supongamos que a una chica fuerte, con poderosa contextura ósea y muy deportista lo que le gusta es coger el hacha y partir troncos. A ella, sencillamente, lo que le apetece es hacer astillas de los troncos de los árboles. Sin embargo, esa actividad es atribuida social y culturalmente a los niños; de aquí que el comportamiento de esa niña sea mal interpretado en su contexto sociocultural. Esta disonancia en el modo en que la conducta de la niña es interpretada por su contexto es posible que ponga en marcha o active una compleja y lamentable aventura biográfica de funestas
consecuencias para ella.

La identidad de género, es decir, el género masculino o el femenino, tal y como se entienden hoy en nuestra sociedad, no parecen estar demasiado fundamentados en criterios rigurosos, estables y consistentes, en que todoso la mayoría estemos de acuerdo. Acaso por esta razón es por lo que numerosos autores hablan hoy de "flexibilidad de género". Con este concepto no quiere significarse que el género sea tan plástico o que el concepto de
género sea tan borroso y opaco que pueda servir para la descripción de cualquier comportamiento, sea éste homosexual o no.

Este concepto apunta más bien a indicar lo que antes se ha señalado: que hay una cierta ambigüedad en los rasgos atribuidos que configuran las constelaciones de lo masculino y lo femenino. De hecho,

¿podría hoy afirmarse que una chica que monte en bicicleta es menos femenina que una que monte a caballo o que otra que juegue al frontón?,

¿Podría sostenerse, de acuerdo con una escala de masculinidad que fuera rigurosa, objetiva y relativamente consensuada, si un chico de quince años, es más masculino que otro de la misma edad, en función de ciertos rasgos en su modo de comportarse?

¿en función de qué rasgos?

No, a lo que parece no están suficientemente esculpidos esos rasgos definidores. A pesar de lo cual, no obstante, se hacen atribuciones que
califican a muchos comportamientos respecto de la identidad de género. Pero como los criterios no están demasiado claros -en realidad, casi nunca lo estuvieron- tales calificaciones socioculturales pueden ser muy injustas y erróneas.

Por contra, también sería injusto sostener la hipótesis contraria, es decir, afirmar que dado que el género es un concepto muy vago y ambiguo, ninguna afirmación sobre lo masculino y lo femenino puede establecerse.
Si en esta etapa de sensibilización, en que se encuentra un chico o una chica, los padres, tutores, compañeros, profesores o cualquier persona que para ellos sea relevante, califican los rasgos que permiten diferenciarlos de otros chicos o chicas como impropios de su género, comenzarán a sentirse todavía más inseguros de sí mismos, en lo que respecta a su identidad de género.

Si se marcan en exceso las diferencias que se dan en su comportamiento, respecto de sus iguales del mismo género, lo que aparecerá en ellos será una cierta conciencia de que son diferentes. Sobre esta percepción magnificada de lo que es aparentemente diferencial en relación con los iguales, se acabalgarán sentimientos de extrañeza y duda, que les llevará a experimentarse como diferentes a los demás.

Otras veces, la percepción de esa diferencia esta fundamentada no en la opinión o calificación de los otros, sino en la comparación que el joven establece entre ciertos rasgos de su comportamiento y los de sus iguales. A esa comparación -casi siempre, muy poco puesta en razón-, siguen luego atribuciones mal articuladas pero muy poderosas, por cuanto contribuyen a inferencias erróneas acerca de su propia identidad de género. Y todo esto se produce como por azar y sin que apenas intervenga una cierta presión social.
Aquí no es que en el contexto social se califique de "diferentes" sus rasgos
comportamentales. Es, simplemente, el propio juicio del joven el que comparece como más intensamente determinante, hasta el punto de llegar a confesarse a sí mismo: "Yo soy diferente".

Se cierra así esta primera etapa de sensibilización que, en ocasiones, puede
remontarse espontáneamente pero que, otras veces, comienza a marcar y teledirigir a ese niño o niña hacia una posición en la que es muy difícil luego la "autoconstrucción" de sus respectivas masculinidad o feminidad.
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2. Confusión y primeras dudas acerca de la identidad sexual

Si el niño se sigue comportando de la misma manera que lo venía haciendo, después de la etapa de sensibilización, se marcará más lo que le diferenciaba de los demás.

Con apenas nueve años se dará cuenta de que sus amigos hacen otras cosas que él es incapaz de hacer. Sus amigos de nueve años dan patadas a un balón. A él, en cambio, le encanta forrar las carpetas y jugar a las comiditas. Las condiciones que él tiene en esta etapa, determinan la forma en que cree conocerse, es decir, un niño diferente marcado por esas diferencias. Esto le lleva a admitir -al menos como posibilidad- si sus sentimientos y
comportamiento pudieran ser considerados por él mismo y por los demás como homosexuales. En esta etapa comienzan a presentarse las falsas atribuciones.

El niño atribuye al hecho de que, por ejemplo, le guste bordar y no jugar al fútbol, a que posiblemente sea homosexual. ¿Es que acaso tiene algo que ver la homosexualidad con el hecho de bordar? Probablemente no, dado que los
mejores bordadores han sido y son hombres.

Pero las falsas atribuciones continúan: "Yo no tengo ninguna aceptación social en mi grupo, mis amigos no me llaman, etc.". Surge así un montón de recriminaciones y culpabilidades, todavía mal establecidas que, sin embargo, ocupan con frecuencia sus pensamientos. Ante esta situación de pensar y experimentarse como diferente caben al menos en esta etapa, tres posibilidades distintas.

Primera, que lo niegue. En ese caso se dirá: "Yo no soy tan diferente, lo que pasa es que no juego al balón". Sin embargo, al día siguiente, volverá a hacerse la misma pregunta.

Segunda, que piense que lo que le sucede es algo pasajero que, con el transcurrir del tiempo, se le pasará, animándose con la siguiente o parecidas recomendaciones: "ahora no me gusta jugar al fútbol pero, probablemente, cuando tenga dos años más, jugaré al fútbol".

Tercera, que comience a dudar y a discutir consigo mismo acerca de si será aceptado o no, tal como es.

Abandonadas estas conductas a la espontaneidad de su evolución, pueden dar origen a los dos cuadros clínicos -es lícito hablar así- que, en el ámbito de los trastornos del desarrollo psicosexual infantil, generan más consultas
con el psiquiatra infantil: la niña marimacho y el niño afeminado.

La niña marimacho ha sido definida como la niña que es considerada o llamada así por sus padres, por manifestar muchos de los siguientes comportamientos:

1. Haber expresado en más de una ocasión su deseo de ser niño.
2. Relacionarse con un grupo de compañeros en el que al menos el 50% son varones.
3. Mostrar preferencia por vestir prendas tradicionalmente consideradas como
masculinas (gorra, chaqueta de baseball, botas, etc.), a la vez que su rechazo a vestir prendas convencionalmente consideradas como femeninas
(trajes de mujer, faldas, medias, etc.).
4. Pérdida de interés por jugar a las muñecas.
5. Mostrar una clara preferencia por ciertos roles masculinos, especialmente
por aquellos de tipo deportivo, que exigen un gran vigor físico y un
importante compromiso.
6. Manifestar un interés muy superior al de sus compañeras de igual edad por
dar volteretas, revolcarse por el suelo y otras actividades recreativas.

Junto a los anteriores criterios, aportados por Green (1974), veamos otras características de su comportamiento y cómo las describen sus respectivas madres, tal y como se desprende de un trabajo realizado por el autor citado
en 1982, en el que se entrevistaron y compararon los resultados obtenidos por 50 "niñas marimacho" y 50 niñas, sin estos rasgos comportamentales, igualadas las niñas de ambos grupos en edad (cuatro a doce años), número de
hermanos, lugar que ocupaban entre ellos y estado marital, raza, educación y
religión de los padres.

En la evaluación inicial, dos de cada tres madres describían a sus hijas como niñas con un gran interés -muy superior a la media de sus compañeras- por los deportes (tres de cuatro madres resaltaban específicamente su pasión
por jugar a dar volteretas) y por juguetes propios de los niños (carretillas, vagones, cañones, fusiles, etc.), al mismo tiempo que el 90% de ellas nunca jugaban a las muñecas. Según las madres, el 80% de estas niñas habían dicho expresamente que ser chicos les hubiera gustado más o hubiera sido mejor para ellas.

A pesar de que, según sus madres, todas ellas preferían jugar con compañeros varones, no obstante, se habían integrado muy bien con sus compañeras, no habiendo sido rechazada ninguna y siendo muchas de ellas (una de cada tres)
las líderes de los grupos de pertenencia.

Comparado este grupo con las chicas de la misma edad y características, cuyas conductas eran tradicionalmente femeninas, nos encontramos con los rasgos siguientes: escaso interés por los deportes, juego habitual con muñecas (alrededor del 50%); interés ocasional por algún juguete masculino; fantasías lúdicas en las que se imaginan realizando papeles femeninos; y
manifestación explícita de que a ninguna de ellas le hubiera gustado ser chico.

Algo parecido sucede con el niño afeminado, que también parece presentar características comportamentales muy diferentes de las que se observan en el niño normal. La comparación, atenta y sistemática, del comportamiento
infantil en ambos tipos de niños llevada a cabo por los propios padres, ha permitido caracterizar al niño afeminado como el niño que presenta los siguientes rasgos de comportamiento:

1. Preferencia y especial simpatía por actividades más sedentarias en lugar
de por aquellas otras más violentas y agresivas, como dar volteretas, más afines con rasgos innatos de tipo masculino.
2. Especial sensibilidad ante la percepción de la belleza física por parte
de los adultos, que suelen comportarse ante el niño como si se tratara de una niña.
3. Animación y estímulo por parte de la familia, durante la etapa preescolar, hacia la manifestación de conductas específicamente femeninas (o de desánimo y desaliento ante los comportamientos opuestos en esa misma
etapa).
4. Ser vestidos o tratados como una niña durante la etapa preescolar por uno de los padres o por cualquiera otra de las personas que, por ser consideradas como modelos, son claves para la propia identidad sexual.
5. Ausencia de un hermano varón mayor, de manera que investido de atributos masculinos y rasgos positivos, pueda servir de modelo con el que el niño se identifica durante los primeros años de su vida; y/o presencia simultánea de
actitudes de rechazo por parte del padre.

Si los anteriores rasgos sirven para caracterizar a los niños afeminados,
veamos ahora algunos de los que son muy comunes a los padres de estos niños.

En las madres resultan frecuentes las siguientes actitudes respecto de estos niños:

La sobreprotección -entendida ésta en un sentido cuantitativo y lo más rigurosamente posible, lejos del significado dado a este concepto por el psicoanálisis-; la indiferencia; la atención excesiva y la alabanza exagerada de determinados rasgos que sirven para la identificación de la
belleza física.

Entre los padres, en cambio, las actitudes más frecuentes respecto de estos niños son las siguientes:

La indiferencia; la ausencia de interacción (por pasar mucho tiempo fuera de casa o por falta de la necesaria dedicación); y el rechazo encubierto (el padre ofrece casi toda su atención al hijo mayor, con el que se entiende bien y habla al mismo nivel) o manifiesto (el padre desaprueba, fustiga o corrige continuamente el comportamiento del niño; en esta última circunstancia no es infrecuente que se pueda detectar una cierta psicopatología adicional en el padre).

Entre las características observadas en estos niños por sus familiares pueden destacarse las siguientes:

  • comienzo muy temprano (antes de los dos
    años de edad, o entre los dos y los cuatro primeros años de la vida) de los
    comportamientos tradicionalmente atribuidos al sexo femenino (uso de zapatos, medias, faldas u otras ropas propias de mujer o, en su defecto, tener capacidad para improvisarlas fantásticamente, a partir de otras telas o prendas de vestido);
  • conducta de evitación ante la posibilidad de interactuar con otros niños del mismo sexo, en lo que para ellos son ocupaciones rutinarias, rechazándolas con afirmaciones como las siguientes:
    "es que los niños son muy brutos en el juego..."; pasar mucho tiempo con su
    juguete favorito, es decir, con una muñeca, a la que visten y desvisten, imitando en sus gestos y ademanes el comportamiento femenino y maternal característicos.


  • Esta última preferencia, a pesar de ser valorada por algunos como irrelevante, puede constituir un hito importante en el posterior desarrollo psicosexual del niño.

    Repárese en que al jugar con la muñeca preferida resulta inevitable la realización de gestos que forzosamente han de ser concebidos a imitación de los que realiza la mujer (de lo contrario, el juego no sería tal, por estar muy lejos, por no reproducir ni siquiera gestualmente aquello en que dicen consistir).

    Una vez que emergen esas conductas -que con la repetición tenderán a perfeccionarse en su adquisición, hasta llegar a consistir casi en un -automatismo-, el niño trasmite ya, sólo con eso, el exacto modelo que más tarde servirá para ser calificado como "afeminado", precisamente por
    aquellos cuyo juicio de valor sobre este tema más importa al propio niño(sus hermanos, sus compañeros o sus padres).
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    3. El etiquetado asignado por los compañeros

    Esta etapa es de vital importancia, por cuanto en ella acontece la configuración del etiquetado asignado por las personas de la misma edad. El escenario natural suele ser la clase, el aula del colegio al que asiste.
    Suele bastar con que otro compañero probablemente muy "gracioso" y que
    suele estar más "adelantadillo" en esta materia-, le diga a otro: "Parece una niña: cruza siempre las piernas; los tíos se espatarran y abren las piernas. Este no juega nunca al balón, es como las niñas". Con esto ha comenzado a funcionar el etiquetado asignado por los compañeros que, con toda probabilidad, es el que más importa al niño. La voz se corre y sin ser
    conscientes de las consecuencias que generan estas calificaciones, tal vez otro compañero se enfade con él y le espete: "¡Niña...!, que eres una niña".

    Ante una descalificación como ésta, ¿cuál es la conducta a seguir? ¿qué es
    lo que culturalmente se espera que haga un varón?

    En lo que se refiere a nuestra cultura, lo común es que defienda su virilidad y busque la pelea con quien así le ha ofendido. Si el ofendido se calla, si opta por no responder al insulto, el juicio social que de él harán sus compañeros -y que, en alguna forma, quedará archivado en la cabeza de todos ellos- es que se
    parece más a una niña que a un niño.

    Al no defenderse, confirma respecto de sus acusadores, en cierto modo, que efectivamente su comportamiento se asemeja más al de las niñas que al de los niños. Lo que se espera de un niño, en estas circunstancias, es que se líe a
    golpes con sus ofensores, poco importa que sean uno o más. Pero como no se ha lanzado a la pelea, la configuración social -en este caso escolar- del etiquetado que se ha hecho, adquiere una mayor densidad y, lo que es peor, se extiende a toda la clase, es decir, se generaliza entre sus iguales.
    ¿Qué sucederá si al cabo de dos meses toda la clase le llama "Manolita"?
    ¿Se peleará y declarará la guerra ahora a sus treinta compañeros, cuando antes no lo hizo con sólo uno o dos de ellos?

    No; sencillamente aguantará.

    Pero él mismo se da cuenta de que su modo de responder no es el apropiado o el usual entre los hombres. Lo que con ello añade es una nueva diferencia -por otra parte, muy significativa- a las diferencias que, provisionalmente, había ya antes experimentado. He aquí la consecuencia fatal de una broma pesada, que no debiera de admitirse en ningún caso y que, sin embargo, todavía se tolera en algunos contextos escolares.

    En esta situación de incipiente confusión de la identidad de género, supongamos que un día cuenta a su madre lo que le ha pasado en el colegio.
    Es muy posible que su madre vaya al colegio y hable con el tutor. Es posible
    que la madre no le aconseje que eso se arregla a bofetadas. Este último será el consejo que le de el padre, apenas sea informado por su mujer de lo que ha sucedido.

    Pero cuando el padre le sugiere esa estrategia para solucionar el problema, el niño recuerda que eso ya lo pensó y lo desestimó. El no va de héroe por la vida, además de temer enfrentarse a todos sus compañeros. Si el padre observa que su hijo no le ha hecho caso y que, al cabo de dos meses, continúan llamándole "Manolita" en el colegio, el padre comenzará a angustiarse mucho más que la madre. Un día, el padre le preguntará a su hijo: "¿No le has roto la cara al compañero que te insulta?" Si el hijo niega que lo haya hecho, es bastante probable que el padre le espete: "Que te digan eso te está bien empleado, porque eres un marica".

    Junto al etiquetado de los compañeros se ha producido una nueva situación, esta última mucho más grave. Se trata de la emergencia del etiquetado de homosexual en el contexto familiar -aunque sólo sea asignativo-, lo que puede entenderse por el niño como la prueba, por parte del padre -la persona que más le importa al niño-, que certifica y sirve de verificación al ocasional etiquetado con el que le calificaron sus compañeros.
    Luego, el rumor y las habladurías harán lo que falta para extender, intensificar y/o asentar, casi de modo definitivo, el etiquetado. Como el niño no ha luchado contra el etiquetado -código de conducta usual en el contexto cultural-, es lógico que algunos infieran que se está comportando de acuerdo a lo que el etiquetado significa.
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    4. De las dudas a la obsesión

    Todo esto duele mucho al niño, generando en él un conflicto permanente para el que no le resulta fácil encontrar solución. En una situación así, es comprensible que al principio el niño sobrevalore y magnifique lo que le está sucediendo para, a continuación, arrojarse en los brazos de las dudas acerca de su identidad de género y, finalmente, comenzar a obsesionarse con lo que le acontece.

    En algunos de ellos, estos pensamientos devienen obsesivos como consecuencia de no lograr resolverlos; en otros, en cambio, lo obsesivo fue previo a lo que le ha acontecido, es decir, a la experiencia biográfica que han vivido.
    Puede afirmarse que, en algunos casos, lo obsesivo suscitó, acompañó y perpetuó las actitudes y conductas homosexuales que luego, con el pasar del tiempo, pueden llegar a caracterizarlos.

    En otros casos, y esto es muy frecuente, muchos de los supuestos homosexuales que consultan cuando adultos, son personas que han sido diagnosticadas de padecer trastornos obsesivo-compulsivos. Sólo que en ellos, aunque el trastorno obsesivo podía haberse manifestado a través de muy diversos contenidos, no obstante, ha incidido y se ha tematizado casi exclusivamente con estos pensamientos homosexuales.

    De confirmase este supuesto, habría que concluir que no estamos ante una persona que ha optado por la homosexualidad a partir de ciertas ideas sobrevaloradas u obsesivas, sino más bien ante un enfermo obsesivo que, dada la evolución experimentada -aquí la psicohistoria biográfica tiene mucho que decir-, su patología obsesiva se ha tematizado selectiva y únicamente respecto de la homosexualiad, donde al final se ha nucleado.

    La inseguridad, las dudas acerca de su supuesto trastorno en la identidad sexual, lo reiterativo de estas ideas patológicas, la ansiedad por no poder controlar tales pensamientos y, en consecuencia, el no ser libre respecto de ellos, además del temor a que los demás así lo perciban, acaban por configurar una constelación de actitudes que facilitan la aparición de la
    conducta homosexual.

    De aquí el hecho frecuente de la comorbilidad obsesiva que suele acompañar a
    muchos de los que se autodefinen como homosexuales, acaso sin serlo. Una
    comorbilidad en la que apenas ha reparado la psiquiatría, a pesar de su tozudez clínica. Lo que demuestra la falta de profesionalidad y de rigor científico de quienes despachan la complejidad del comportamiento homosexual como si en verdad se tratara de apenas otro uso alternativo, aunque atípico, de satisfacer la sexualidad.

    Hay otras muchas alteraciones psicopatológicas que pueden darse asociadas o no a la homosexualidad, sin que por ello haya que apelar a una etiología que se inicie en la infancia, como la hasta aquí analizada. En seis de los 49
    varones homosexuales estudiados (lo que supone el 11%) pudimos demostrar la presencia de una cierta vinculación entre el comportamiento homosexual y la sintomatología psicótica; en cinco de ellos entre la conducta homosexual y
    la sintomatología obsesiva (lo que constituye el 9,5%); y en nueve entre la conducta homosexual y otros trastornos de ansiedad (lo que representa el 17% de la muestra estudiada).

    En cambio, en las 19 lesbianas estudiadas sólo pudo detectarse la presencia de síntomas psicóticos en tres de ellas (17%). Más sugerente nos parece otro de los datos encontrados en la totalidad del grupo de pacientes homosexuales. Se trata de la presencia en ellos de trastornos comiciales, con o sin sintomatología clínica, pero en los que el registro del EEG estaba profundamente alterado. Pues bien, en 12 de los 68 homosexuales estudiados pudieron demostrarse estas alteraciones.

    Aunque no se pueda establecer una conclusión generalizable acerca de los resultados que acabo de comentar, sí que hemos de admitir que la homosexualidad no siempre tiene su génesis en un desarrollo piscosexual atípico, que acontece durante la infancia, sino que puede vincularse a otras muy variadas alteraciones psicopatológicas, independientemente de que
    aquella conducta comience o no a manifestarse durante la infancia o más tarde.
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    5. La asignación del etiquetado por los padres

    La asignación o pseudoasignación a los hijos, por parte de los padres, del etiquetado homosexual suele constituir otro importante hito en su evolución, en algunos de los cuales puede llegar a ser definitivo. Esto puede ocurrir
    en la segunda infancia o incluso más tarde. De ordinario, en el "niño afeminado" y la "niña marimacho" suele acontecer mucho antes.

    Por lo general, el padre que sorprende a su hijo otra vez jugando a las muñecas suele crisparse y le riñe y vuelve a reiterarle la prohibición de que cese en ese estúpido juego, "que es de niñas". No suele faltar en estas ocasiones el ponerle en ridículo, haciéndole comentarios inoportunos acerca de su pérdida de identidad sexual. Tal asignación se magnífica y robustece,
    si el padre hace esos inoportunos comentarios en presencia de otros familiares, vecinos o amigos. En ese caso, el hecho de manifestarlo en
    público da una mayor consistencia a tal asignación, hasta el punto de confundirse aquella con una marca inextinguible y estereotipado.

    La mayoría de estas investigaciones han estudiado en sus muestras a niños
    cuyas edades, además de oscilar mucho -lo que permite una menor generalización de las conclusiones-, correspondían a la etapa prepuberal, etapa en que las manifestaciones de la sexualidad son todavía mudas y donde nada o casi nada puede predecirse acerca de cuáles serán los rasgos que caracterizarán su futuro comportamiento cuando adultos.

    En este sentido, las anteriores investigaciones casi nada añaden a lo que conocemos por la clínica donde, lógicamente, también nos llegan adultos en los que también se dieron algunos de esos lamentables antecedentes familiares. A ellos he de referirme. Y para este propósito me limitaré a exponer sólo los resultados hallados en aquellos pacientes, en cuya infancia estuvieron presentes los antecedentes antes señalados, y cuyo motivo de consulta estaba motivado por la expectativa de llegar a superar su actual conducta homosexual.

    De una muestra de 68 pacientes homosexuales (49 varones y 19 hembras) secundarios (es decir, que han mantenido prácticas homosexuales durante alguna etapa de su vida), sólo 16 (11 varones y 5 hembras) manifestaron haber sido calificados, respectivamente, durante la infancia de "afeminados" o "marimachos". De los 11 "niños afeminados", en cuatro de ellos el comportamiento sexual atípico había comenzado durante la etapa preescolar, extendiéndose luego, ininterrumpidamente, a lo largo de toda su vida. Los otros siete varones homosexuales reconocieron no haber iniciado sus conductas afeminadas hasta la preadolescencia.
    Por contra, de las 19 mujeres lesbianas, sólo cinco habían sido calificadas de "marimachos", todas ellas desde la infancia.

    Los anteriores resultados obtenidos en mi experiencia clínica personal permiten establecer una cierta vinculación -aunque mucho más diluida y menos enérgica de lo que ha sido formulado por otros autores- entre la aparición de ciertas conductas sexuales atípicas, durante la infancia, y el manifiesto comportamiento homosexual en esa misma persona, durante su vida adulta.

    En esta etapa parece pertinente preguntarse qué es lo que sucede en los hijos cuando el comportamiento homosexual afecta a uno de los padres. Es cierto que se han comunicado resultados un tanto contradictorios respecto de lo que siempre se había dicho y supuesto sobre este particular.

    Me refiero, claro está, al importante papel que puede desempeñar el comportamiento sexual de los padres respecto de la conducta de imitación de sus respectivos hijos y, a su través, la importancia que todo esto pueda tener para la fundamentación de la respectiva identidad sexual y personal del hijo. Tal como he advertido, expondré aquí algunos de los hechos que hoy conocemos sobre este particular, pero sin por ello renunciar a entrar en la discusión de cuál pueda ser su más genuina y rigurosa interpretación.

    Kirkpatrick y col.(1981) compararon los resultados obtenidos en veinte hijos
    de madres lesbianas, respecto de otros veinte hijos de madres heterosexuales divorciadas, sin que pudieran llegar a establecerse ninguna diferencia significativa en el desarrollo psicosexual entre los niños y las niñas de
    uno y otro grupos.

    A parecidas conclusiones llegaron Golombock y su equipo (1983), quienes compararon dos grupos de 37 y 38 niños, de cinco a diecisiete años de edad, respectivamente, cuyas madres eran lesbianas o amas de casa con una normal conducta sexual. No se obtuvieron ningunas diferencias significativas entre estos dos grupos de niños, en lo que respecta a los conflictos de identidad sexual, trastornos psiquiátricos y/o especiales dificultades en las relaciones con sus iguales. En los de más edad pudo apreciarse la emergencia de ciertos intereses heterosexuales.

    Hasta aquí, lo que estos datos demuestran -si es que demuestran algo- es que el comportamiento sexual atípico de algunas madres (especialmente las lesbianas), no parecen desencadenar o suscitar conductas sexuales atípicas en sus respectivos hijos, al menos cuando niños.

    Pero nada desvelan respecto de cuáles puedan ser en el futuro las conductas de esos niños y, sobre todo, cuáles puedan ser las consecuencias de las conductas sexuales que han observado en sus respectivas madres, cuando sean adultos. Para indagar sobre este particular -que es lo que realmente aquí interesa- resulta forzoso trabajar con diseños longitudinales, cosa que ninguno de los autores citados ha hecho.
    Los datos comunicados por Mandel (1979) y Green (1978), sobre este mismo problema, tampoco nos autorizan a obtener conclusiones que sean generalizables.

    El segundo de los autores citados comparó los resultados obtenidos en 21 y 16 niños que vivían con madres lesbianas y con padres que habían optado por cambiar de sexo, respectivamente. El autor no encontró
    ningún rasgo que hiciera sospechar la presencia de un desarrollo psicosexual atípico en ninguno de los 37 niños por él estudiados.

    El primero de los autores citados, en cambio, estudió el desarrollo psicosexual en dos grupos de alrededor de 50 niños cada uno, cuyas madres respectivas eran lesbianas o estaban divorciadas. Nada pudieron concluir de estas investigaciones, a excepción de ciertas preferencias masculinizantes observadas (juguetes, actividades y elección de carrera) entre las niñas cuyas madres eran lesbianas.

    Tampoco se ha podido demostrar que haya diferencias significativas entre los
    padres y las madres de mujeres normales y lesbianas (Grundlach y Riess, 1968), lo que constituye otro resultado en contra de que la homosexualidad sea una mera consecuencia del aprendizaje vicario y de las conductas
    sexuales atípicas de los modelos con los que el niño se identifica(hipótesis defendida con manifiesta vehemencia por la psicología del aprendizaje).

    De igual modo, tampoco se ha podido demostrar en la mayor parte de los homosexuales estudiados que este trastorno comportamental se asocie a una
    atípica conducta de interacción entre el padre y el hijo o entre la madre y la hija. Siegelman (1974) no ha encontrado diferencias significativas en las conductas de interacción padre-hijo en un grupo de hijos homosexuales, respecto de otro grupo de hijos heterosexuales.
    Por consiguiente, debiéramos ser más cautos y rechazar, por el momento, cualquiera de las hipótesis que atribuyen una excesiva carga etiológica al comportamiento de los progenitores de los niños que presentan un atípico desarrollo psicosexual.
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    6. La confirmación del etiquetado asignado

    Si el niño no responde al etiquetado de sus compañeros, si no se enfada aunque sea habitual que le llamen "Manolita", está en cierto modo confirmando con su actitud el etiquetado que se le ha asignado. Lo que, entre otras cosas, significa que con el modo de comportarse está
    satisfaciendo las expectativas que tienen acerca de él, quienes concibieron tal etiquetado.

    Es muy posible que el niño se vea forzado por la situación a tolerar la falsa identidad vertida sobre él por sus compañeros, a través del etiquetado. Pero es que no encuentra mejor solución que ésta, pues no va a estar peleándose con todos ellos cada día. Le es más fácil acostumbrarse a ese etiquetado, impermeabilizarse respecto de él, no responder y, en alguna forma, aceptarlo, aunque con ello acabe por confirmar en él artificialmente lo que el etiquetado significa.

    Sería apresurado pensar que tal etiquetado le resulta indiferente y que se adapta a él con demasiada facilidad. No debiera olvidarse en todo este proceso la presión a la que ha estado sometido así como sus dudas respecto a su propia identidad de género, todo lo cual le hace ocupar una posición ciertamente vulnerable.

    En este contexto, es comprensible que el niño se haga ciertas preguntas -para las que no siempre dispone de una respuesta congruente y tranquilizadora-, como las que siguen:

    "¿No es raro todo lo que me está pasando?
    ¿no tendrán éstos razón al llamarme "Manolita"?, ¿seré realmente homosexual?"


    Las dudas siguen, el etiquetado continúa adelante sin que se tome ninguna decisión para resolverlo, mientras las relaciones
    interpersonales resultan mortificantes y enrarecidas. ¿Qué puede hacer para
    salir de la duda? Al adolescente se le ocurre hacer un experimento probatorio y tentativo: Ponerse a prueba, es decir, buscar una prostituta y comprobar su propia capacidad. "Si funciono -se dice a sí mismo- es que no soy homosexual, y si no funciono es que lo soy".

    Lo habitual es que el experimento no funcione. La inexperiencia propia de su edad, la ansiedad que tal situación conlleva y su propia actitud dubitativa acerca de si es homosexual o no, constituyen las circunstancias más
    apropiadas para la obtención de un desastroso resultado "experimental". De aquí que salga deprimido y pensando que esto confirma que él es homosexual.

    El resultado es un lastre que posiblemente le acompañe toda su vida y que, a pesar de carecer de fundamento, no obstante, desempeña idéntica función a la de una prueba que le confirmara en la presunta y temida homosexualidad.
    Como este experimento casi siempre acaba mal, el adolescente diseñará otros nuevos intentos para salir de sus dudas y así confirmar o no tal etiquetado.
    Se inicia así un segundo experimento. "Dado que aquella experiencia me falló -se dice a sí mismo-, voy a ir a ese lugar donde, me han dicho, se reúnen los "gays", a ver si allí soy capaz de sentir algo".

    Tal modo de proceder es peor que el anterior, entre otras cosas porque no le
    sacará de las dudas que tiene acerca de su propia identidad sexual. Además,
    si algún conocido le sorprende en ese contexto, se afianzará todavía más el etiquetado que le atribuyeron. De otra parte, si hace amistad con algún homosexual, se sincera con él y le cae simpático, se acrecerán sus dudas,
    con independencia de que entre ellos no haya ningún contacto sexual. La afectividad puede acabar por articularse con la sexualidad, reconfirmando de forma experiencias y más enérgica que antes las sospechas derivadas del
    etiquetado.

    Es posible que en este contexto tenga alguna experiencia sexual. Basta, por ejemplo, que un amigo mayor le "enseñe" y/o le ayude a masturbarse, lo que es frecuente en muchos adolescentes que no han recibido educación sexual de sus padres. En ese caso atribuirá el placer que obtenga a la acción de su amigo, infiriendo erróneamente que eso le sucede por ser homosexual. Si esa conducta se reitera algunas veces más, será interpretada por el adolescente como una experiencia confirmatoria de lo que antes imaginaba, a pesar de sus
    dudas y temores.

    Es posible que motivado por encontrar solución a sus problemas, reitere su visita una y otra vez a esos ambientes. Como, por otra parte, no se atreve a comentarlo en casa, optará por llevar una "doble vida", una de las cuales -la sospechosa de homosexualidad- la guardará como un secreto en su corazón y la vivirá como algo vergonzante e intimista, lo que tiene una mayor potencia confirmatorio del etiquetado homosexual.
    Esta "doble vida" en los adolescentes inseguros tiene un efecto muy pernicioso. Entre otras cosas, porque les hace perder el vigor y la fortaleza de su devoción radical por la autenticidad. Esta "doble vida" extingue su sencillez y enrarece su personalidad, al mismo tiempo que les aleja de su núcleo familiar y les hunde en la hipocresía, el cinismo y la
    impostura.
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    7. La asunción explícita de la falsa identidad

    Después de la etapa anterior, la asunción, al menos implícita, de la falsa identidad homosexual suele ser un hecho. Por supuesto que esto varía mucho de unos casos a otros, pudiendo complicarse todavía más si se entrevero con el laberinto de la afectividad. Esto es lo que sucede cuando emergen ciertos sentimientos y emociones, aunque sean de pura amistad -por otra parte, algo natural y normal entre adolescentes-, respecto de algún amigo homosexual.

    El adolescente pensará que está enamorado de su amigo. Y aunque sólo se trate de un amor platónico entre ellos -igual que el que suele acompañar a la amistad en la mayoría de los adolescentes-, sin que medie ninguna relación sexual, el hecho es que le conducirá a asumir su identidad como homosexual. Una identidad ésta que en modo alguno le corresponde ni le es propia, pero que templada en el fuego de las impetuosas pasiones adolescentes, puede acabar por configurar su entera personalidad.

    La "doble vida" respecto de su familia continúa en lo que atañe a estas relaciones, hasta que su amigo le ofrece otros argumentos que, por el
    momento, le resultan más convincentes. Es lo que suele ocurrir cuando el amigo le dice: "Tú en casa no tienes que ocultar esto, nuestra relación. Tú también tienes derecho a ser feliz en tu vida. No podemos estar siempre
    ocultándonos. Además, a mi me gustaría conocer a tus padres. Creo que en casa tendrías que explicar lo nuestro, lo que hay entre nosotros".

    Animado por estos argumentos de que no hay que ocultarse, de que cada uno debe ser aceptado tal como es, un buen día se atreve a decirlo en casa, a pesar de que se genere un fuerte conflicto. La escena es fácil de imaginar.
    El padre se siente deshonrado y la madre avergonzada y, probablemente, ambos
    culpabilizados. Los hermanos le tratan a partir de entonces de un modo especial. Es posible que una de sus hermanas le acepte tal y como es y trate de comprenderlo. Pero aun cuando se ponga de su parte, tratará de evitar que sus amigas se enteren y que su hermano exhiba ese modo de comportarse en
    público.

    Mientras tanto, el adolescente continúa con sus inseguridades respecto de su identidad sexual. Sólo que ahora lo que emerge en casa es la asunción de su posible conducta homosexual, mientras siguen latentes su inseguridad, dudas y temores. Pero aquí se ha producido un poderoso salto: de la asunción implícita de la supuesta homosexualidad -que se inició en la etapa anterior- a la asunción explícita y manifiesta, que se desvela ahora con todo lo que ésta comporta de cambio en la imagen social, relaciones interpersonales, aceptación/rechazo de los familiares, génesis de conflictos, etc.
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    8. La filosofía de la acción y el comportamiento homosexual

    Esta etapa podría denominarse también como de la praxis sustancializadora.
    La acción realizada reobra sobre quien la realiza. La conducta homosexual, sea esporádica o no, reobra e influye sobre la identidad sexual de quien así se comporta. La conducta humana modifica a la persona que así se conduce.
    Aunque, como ya observamos, el comportamiento homosexual no se identifica con la homosexualidad, no obstante, su reiteración puede modificar y hasta sustanciar a quien así se comporta como una persona homosexual.
    Esta etapa es la más grave y definitiva. Mientras no se llegue a ella es mucho lo que se puede hacer para modificar el rumbo de la conducta homosexual, aunque no siempre. Pero llegados a esta etapa, podemos quedarnos sin recursos terapeúticos y que el adolescente pierda el norte para toda la vida, porque ésta se autoconfigura con el reobrar del propio comportamiento sobre la persona.

    En esta etapa acontece una inflexión en el proceso. Hasta que el adolescente no se decide a tener relaciones homosexuales, es posible que no se sienta atraído por los chicos. Pero si inicia y reitera sus contactos homosexuales, acabará por atraerle e incluso por sentirse solamente atraído por ésta o aquella persona de su mismo sexo. La sexualidad, en su fase final, es autónoma e independiente de los estímulos que la desencadenan. Una vez que se llega a la fase de excitación, el objeto de atracción deja de estar revestido de la especificidad y selectividad que le caracterizaban.

    Por otra parte, el refuerzo suministrado por el placer sexual es autónomo e independiente del estímulo que lo suscitó, una vez que se ha producido, lo que confunde todavía más al adolescente. De aquí que infiera el error de que
    si ha experimentado placer con un homosexual, entonces es que él es homosexual, como si esto fuera una prueba irrefutable. El hombre será libre de asumir o no lo que es; pero ahí comienza y ahí acaba también su libertad respecto del sexo: en aceptar o rechazar el género en que consiste.

    Esto quiere decir que el hombre se autodetermina relativa y libremente en su sexualidad. En la medida que elige lo que por su naturaleza sí es elegible: su comportamiento sexual (cuantitativa y cualitativamente) se moldeará en
    una cierta manera; del mismo modo que ciertas preferencias por determinados estímulos le van a permitir seleccionar, crear y recrear aquellos estímulos a los que, en lo sucesivo, va a confiar la capacidad suscitadora de sus
    propias respuestas.

    La persona se compromete tanto con su propio comportamiento sexual como con los estímulos que elige, vinculándose con todo ello, integrándolo e implicando su propio yo (egoimplicación) en las elecciones que ha realizado y en el contenido de éstas. Dicho con otras palabras: la persona dispone de una virtual libertad para determinar su conducta sexual, configurándola y moldeándola según lo que ha elegido y su estilo personal, que a su vez está en parte determinado por el modo en que se egoimplica sexual y personalmente.

    Cada persona acaba configurando o diseñando originariamente aquellos estímulos capaces de poner en marcha o "disparar" su propio comportamiento sexual. En estos repertorios estimulares que cada persona se "fabrica"
    encontramos muchas veces estímulos que, a pesar de ser insólitos, inusuales o inaceptables, no obstante, tienen la extraña capacidad de suscitar en esa persona concreta una determinada conducta sexual.
    En este caso, la patología sexual que se manifiesta a través de los estímulos que se han elegido, sí que podría considerarse, en cierto modo, como elegible y hasta libremente diseñada por quien la así la realiza, quien forzosamente tendría que asumir la cuota de responsabilidad que por esa acción le compete.

    El estilo comportamental que resulta de todo esto en el ámbito de la homosexualidad es a veces configurado según un cierto patrón resistente a la extinción, de fácil respuesta ante cualquier otro estímulo parecido, por efecto de la habituación, y, en suma, consolidador del aprendizaje que, con anterioridad, libremente se realizó.
    Supongamos que alguien elige un estímulo extraño, que para la mayoría de las
    personas no tiene capacidad de suscitar ninguna respuesta sexual. En este caso concreto no sería válido afirmar que dicho estilo comportamental -el guión que dirige aquella concreta respuesta sexual- estaba ya previamente determinado en aquel hombre, sin que él fuese libre para escoger éste o aquel comportamiento.

    Son muy numerosos los ejemplos que sobre este particular podrían traerse aquí. Esto es lo que sucede cuando la sexualidad es entendida como un mero comportamiento que hay que probar ("probatismo") o cuando es reducida a una mera experiencia sexual ("experimentalismo"). Poco tiempo después, y tras la repetición de actos -se supone que libremente elegidos-, dichas personas ya sólo responderán sexualmente ante la presentación de aquel extraño estímulo
    que, paradójicamente, fue elegido por ellas tiempo atrás.

    Muchas de las conductas sexuales desajustadas del hombre contemporáneo -tanto en su programación, suscitación e iniciación, como en su mantenimiento, finalización y consolidación- podrían explicarse a través de este último factor, que, obviamente, condiciona también el proceso de la identidad sexual. También entonces -hay una numerosa casuística clínica que así lo atestigua- puede el hombre arruinar la identidad sexual conquistada a lo largo de las numerosas etapas que integran su prolongado y complejo proceso evolutivo.
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    9. El descubrimiento de un nuevo estilo de vida

    Resulta muy difícil y arriesgado separa la conducta de la persona, de su
    trayectoria biográfica. Si el adolescente sólo obtiene placer sexual a
    través de su conducta homosexual, si desea a personas del mismo género, si
    ya lo ha manifestado en casa, ¿por qué no adoptar el estilo de vida propio y
    característico de los homosexuales? No se trata, pues, de seguir adelante
    con la conducta homosexual, sino también de imitar el estilo de vida que les
    es característico y que, en cierto modo, se adecua y correlaciona bien con
    aquella conducta.

    Se trata de establecer, de un vez por todas, un fuerte vínculo entre el
    estilo de vida y el comportaminto homosexual. Esto se manifiesta en
    centenares de detalles como, por ejemplo, forma de vestir, suscripción a
    ciertas revistas, adopción de determinados gestos, asunción de un nuevo estilo perceptivo interpersonal, manifestaciones concretas de su afectividad, selección de los lugares de ocio que frecuenta, etc.
    De esta suerte, comienza a descubrir en el nuevo estilo de vida homosexual
    adoptado, que hay también muchas otras cosas positivas, que es necesario
    asumir e identificarse con ellas. Es necesario que se produzca esta
    "metanoia", esta transformación de manera que su vivir sea más coherente. En
    cierto modo, es ésta una exigencia de su mundo interior, que no puede
    compartirlo del todo con sus amigos no homosexuales, entre otras cosas
    porque no le entenderán. Y lo que no se comparte no une, sino que separa,
    distancia y aleja.
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    10. El definitivo etiquetado del experto

    El etiquetado se sustancia de modo definitivo cuando el experto aprueba y da
    razón, desde su supuesta autoridad de profesional, de que aquello es así y
    así hay que aceptarlo. Como, por otra parte, lo más fácil es abandonarse a
    los deseos e inclinaciones y lo más difícil tratar de modificar el comportamiento y el significado del flujo estimular que lo pone en marcha, lo lógico es que se opte por comportarse en lo sucesivo como un homosexual.

    Llegados a esta etapa, el etiquetado ha llegado a su fin e incluso ante la
    opinión pública está ya consolidada la nueva identidad sexual, una identidad
    que, más tarde, tal vez la exija como un derecho y como un deber.
    Algunos psiquiatras -que ante los ojos del supuesto o real homosexual se presentan como expertos-, entienden que la homosexualidad no es de su competencia, una vez que ha sido definida por las instituciones científicas como una forma alternativa de satisfacción sexual. De aquí que les aconsejen lo que sigue: "Si usted elige una persona del mismo sexo como objeto de satisfacción, y le acepta, allá usted. Ese es su problema. Yo, como experto,
    no puedo hacer nada en su caso". Con esto, el experto contribuye a fijar, de
    una vez por todas y tal vez para siempre, el etiquetado de homosexual.

    Es lo que suele inferir quien consultó con el experto, que acaso se sorprenda diciéndose a sí mismo: "Al menos este señor me comprende y sabe que soy homosexual. Me aconseja que siga adelante y que busque un compañero con el que vivir, que yo también tengo derecho a rehacer mi vida y a ser
    feliz".
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    11. La acogida e identidad homosexual en el contexto del grupo

    El homosexual no sólo actúa independientemente, sino también en grupo, en el grupo de homosexuales del que, según sus afinidades electivas, llega a
    formar parte. La acogida por un grupo de pertenencia es otro factor
    importante, por cuanto que contribuye a ratificar esa falsa identidad.

    El actual reconocimiento por algunos de la existencia de una "cultura gay",
    es algo que va mucho más lejos de la mera psicología grupal. En efecto, la
    identidad del homosexual no sólo se fortalece al contacto con el grupo, sino
    que se desarrolla y acrece al configurarse como fenómeno cultural. Sólo
    entonces emergen nuevas actitudes que contradicen a las anteriores y que tal
    vez por reacción se presentan como señales de identidad del colectivo homosexual. Surge así el "orgullo gay" que enarbola la bandera de ciertas actitudes proselitistas al sostener que "hay que estar orgulloso de ser homosexual. No lo escondas. Al contrario, publícalo, manifiéstalo".

    Este modo de reafirmación de la identidad homosexual coincide casi con su apología y confirma la puesta en circulación social de un nuevo modelo útil para la identificación de quienes se sentían inseguros y dubitativos respecto de estas cuestiones.

    Hay en todo esto algo de rivalidad apenas enmascarada, de agresividad
    superficialmente contenida, de rivalidad manifiesta respecto de las otras
    personas que parecen estar seguras de su natural identidad de género. Una chispa cualquiera también puede prender aquí nuevos conflictos que desencadenen la guerra. No entre los sexos -cosa que es ya sabida-, sino entre los géneros o, mejor dicho, entre lo que genera las diferencias de identidad sexual entre personas del mismo sexo.
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    12. Ensamblaje atribucional y modelado personal

    El modo en que se ensamblan las diversas atribuciones sociales acerca de la
    homosexualidad acaban por configurar un icono, representación o "pensamiento
    dominante", desde el cual se lleva a cabo el modelado de quienes experimentan ciertas inseguridades respecto de su identidad sexual. De aquí que no sean indiferentes las ideas y opiniones que acerca de esta cuestión se ponen en circulación social, respecto de la incidencia y prevalencia de
    la homosexualidad.

    De otra parte, el incremento de la homosexualidad masculina suscita y
    aumenta la incidencia de la femenina. En la actualidad, del hecho innegable
    del aumento de la homosexualidad masculina, parece seguirse una mayor incidencia del lesbianismo.

    Otra cosa es que la percepción social se comporte de diferente forma respecto de una u otra. Es posible, por eso, que haya más lesbianas de lo que parece. Lo que sucede es que desde la perspectiva social, y en función de las atribuciones de género y de roles, es más difícil detectar e
    identificar el comportamiento de una lesbiana.

    Así, por ejemplo, las chicas no suelen ir nunca solas al baño, mientras que
    los chicos cuando van al servicio no suelen hacerse acompañar por otro; estaría mal visto. Que dos chicas vivan juntas en un apartamento suele tener una interpretación sociocultural benévola ("mejor así; de esta forma se ayudan económicamente y no están solas"), cosa que no acontece en el caso de
    los chicos. El hecho de que dos chicas vayan por la calle cogidas por la
    cintura, a muy pocos o a ninguno le sugerirá la idea de que son lesbianas;
    por contra, si esto sucede entre dos chicos, se les estigmatizará de
    inmediato, atribuyéndoles el etiquetado de homosexuales.

    El etiquetado social no tiene la misma fuerza, a este respecto, entre uno y
    otro género. Pero incluso reconociendo que en la actualidad haya menos lesbianas que homosexuales, si aumenta la homosexualidad masculina, de seguro que aumentará también el lesbianismo. Y eso, porque los dos géneros, los dos sexos son complementarios. Si los varones devienen homosexuales, la
    complementariedad entre los géneros se quebrará y, en consecuencia, las
    mujeres no podrán recibir ese complemento significado por el varón ni
    tampoco ayudarle como es debido. En ese caso, es comprensible que la mujer
    vuelva también sobre ella misma y acomode sus necesidades de afecto e
    instintivas a otra persona del mismo sexo. Con esto todos pierden y nadie gana.

    De hecho hoy se ha incrementado también eso que con cierta ambigüedad se conoce con el término de bisexualidad. Esto demuestra la confusión social existente, así como el poder de las ideas puestas en circulación para la construcción social de la sexualidad humana. En realidad, esto nada tiene que ver con el sexo biológico, sino más bien con el haberse apostado por el
    sexo como único y supremo valor de la conducta humana, es decir, como placer
    exclusivo, único y absoluto.

    Cuando esto sucede, entonces la sexualidad se desnaturaliza y pierde su
    norte y su sentido. Si cualquier forma de satisfacción sexual es tan válida
    como cualquier otra, si cada conducta apenas significa un uso alternativo y
    hedónico desconectado de toda finalidad, entonces todo está permitido y, por
    consiguiente, todo vale. Pero si aquí todo vale, entonces es que ya nada vale.

    Acaso, por eso también, la sexualidad vale hoy menos que nunca. Tal vez, por
    eso, en la actualidad, es tan bajo el índice de satisfacción sexual en el
    hombre y en la mujer. La desnaturalización de la sexualidad, su trivialización y reducción a mero placer hedónico y mecánico hace que muchas personas la vivan como una sexualidad alienada, manipulada, arruinada,
    frustrada, amputada, incompleta, en una palabra, insatisfactoria.

    Si el sexo es sinónimo de placer y sólo placer, parece lógico que a las
    personas les resulte indiferente el modo en que pueden obtenerlo, con independencia de que se ayunten con una persona del otro o del mismo sexo.
    Por otra parte, si culturalmente todo está permitido y el ensamblaje atribucional interpretativo de la sexualidad -vehiculizado y diseminado por
    el "pensamiento dominante"-, opta por el total permisivismo,

    ¿a dónde puede acudir la persona para encontrar las señas de su identidad sexual?

    ¿para qué comprometerse con alguien?

    ¿hasta cuándo podrá comprometerse?

    ¿para qué engendrar hijos?

    Pero el sexo no es eso o, al menos, no es sólo eso. La sexualidad humana
    exige la comunidad de personas, la donación y aceptación recíproca de dos
    seres de diverso sexo -lo que se fundamenta en las diferencias que hay
    entre ellos-, que tratan de complementarse en la búsqueda de la mutua y común felicidad conyugal y familiar.

    Otra consecuencia de este funesto ensamblaje y modelado social de la
    sexualidad humana es la emergencia de ciertas paradojas incomprensibles. Al
    mismo tiempo que la familia tradicional parece estar en inflación y que el
    matrimonio tiene mala prensa y está desprestigiado -divorcio, separaciones,
    uniones irregulares, incremento de las familias monoparentales y
    reconstituidas, etc.-,

    ¿por qué se reclama el matrimonio entre los
    homosexuales con la radicalidad de un derecho inalienable e irrenunciable?

    A lo que parece tal forma de ensamblaje sólo sirve para abolir las diferencias entre la homosexualidad y la normalidad lo que, sin duda alguna, contribuirá a aumentar la incidencia de la primera.
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    13. Psicodinamía, pronóstico y evolución de estas conductas y actitudes


    Es bastante improbable que puedan establecerse algunos criterios rigurosos
    acerca del modo cómo evolucionan estos comportamientos, así como de las
    estrategias modificadores que son más eficientes. En cualquier caso, las
    "recetas" sirven aquí de muy poco, dada la versatilidad de los factores etiológicos que se concitan en la homosexualidad y de su muy diverso perfil sintomático y comportamental.

    No obstante, hay ciertos indicadores que, a pesar del rango de variabilidad
    individual al que están sometidos, pueden ser de cierta utilidad. Este es el
    caso, por ejemplo, de aquellas manifestaciones que comienzan en edades muy
    tempranas y que hemos denominado con los términos de la "la niña marimacho"
    y el "niño afeminado".

    En el caso de la "niña marimacho", la psicodinamía, el pronóstico y la
    evolución de estas conductas y actitudes son muy diferentes de lo que sucede
    en el "niño afeminado". Es cierto que especialmente durante la preadolescencia van a afianzarse las conductas masculinizantes en estas chicas. Pero casi siempre estas conductas se han interiorizado antes, expresándose a través de alguna actividad, que con mucha frecuencia suele ser de tipo deportivo, donde se tolera una dosis mayor o menor de
    agresividad -si como suele ocurrir "se sale a ganar"-, lo que permite una cierta simulación que dificulta la identificación de estos comportamientos.

    Por lo general, al llegar a la preadolescencia en la "niña marimacho"
    disminuyen o se anulan las anteriores preferencias que tenía por los varones, observando con simpatía, al menos durante esta etapa, que en su grupo se integren más chicas que chicos.

    Respecto de otra de sus peculiaridades -el deseo de ser varón, si volvieran
    a nacer-, ya en la preadolescencia se restringe el número de las que todavía
    optan o se afirman en este deseo -en el estudio de Green (1982), quedaba
    limitado al 29%-, a pesar de que algunas de ellas continúen diferenciándose
    en este punto respecto de las "niñas femeninas" preadolescentes con las que
    fueron comparadas. Más tarde, las diferencias entre los dos grupos se anulan
    o dejan de ser significativas. De ordinario, las chicas de ambos grupos
    prefieren ser mujeres -es decir, lo que son- al llegar a la adolescencia.

    Si las estudiamos a través de otros procedimientos, como el dibujo de la
    figura humana o el inventario de roles sexuales de Bem (1974) para la
    evaluación de la identidad y diferenciación sexual de estas niñas, las
    conclusiones encontradas acerca de su psicodinamía son las siguientes:

    (a) en la medida que se aproximan a la adolescencia se suavizan o
    desaparecen las diferencias hasta entonces existentes, que además sirvieron
    para distinguir a las "niñas marimacho" de las que no lo eran;

    (b) las contradicciones que antes existían entre ambos grupos evolucionan en
    los dos a favor de los rasgos que caracterizaban a las "niñas femeninas";

    (c) los trastornos relativos a la interacción entre ambos grupos de niñas,
    que parecían existir antes de la preadolescencia, se extinguen ahora, por lo
    que al no sumarse a ninguna otra variable extraña -jamás fueron rechazadas,
    por ejemplo, por sus compañeras-, esa interacción se puede recuperar
    totalmente, sin dejar ningún residuo ni marca, al contrario de lo que sucede
    en el caso del "niño afeminado", y

    (d) en todas ellas se aminoran los diferentes rasgos y atributos que
    remitían al modelo masculino, mientras se acrecen aquellos rasgos típicamente femeninos. Es posible que en una evolución como la aquí descrita intervenga una importante constelación de factores socioculturales, de refuerzos, gratificaciones y penalizaciones que, en última instancia, son los responsables de tal evolución psicodinámica en el proceso de
    diferenciación sexual (cfr. Polaino-Lorente, 1992).

    Quiere esto decir que el aprendizaje social -y los distintos eventos en que
    aquél se fundamenta, como los refuerzos, las gratificaciones y los estímulos
    aversivos- puede desempeñar un importante papel en la explicación de la
    evolución que se acaba de describir, en lo que se refiere a la "niña marimacho". Se equivocaría quien supusiera que tal evolución minimiza y dulcifica las consecuencias psicopatológicas que puedan de aquí derivarse para la futura conducta sexual de estas niñas.

    Con ello me estoy refiriendo al problema del pronóstico y de la evolución de
    estos comportamientos. Un tema que es aquí especialmente relevante, por la capacidad que tienen algunos padres de percibirlo y, casi siempre, cuestionarse de forma angustiosa. No es propósito del autor de estas líneas angustiar todavía más a los padres de estas niñas, pero no sería honrado de su parte silenciar algunos de los elocuentes datos de que disponemos a este respecto.

    En síntesis: me atrevería a decir que es preciso admitir un cierto
    pronóstico sombrío en la evolución de la sexualidad de algunas de estas
    niñas, sobre todo en lo que se refiere a su mayor vulnerabilidad respecto de
    la conducta lesbiana.

    Sintetizo a continuación algunos de los hallazgos que se han comunicado.
    Saghir y Robins (1973) encuentran una fuerte asociación entre la "niña
    marimacho", que continúa con esas conductas durante la adolescencia, y el
    comportamiento lésbico cuando adulta.


    En un trabajo retrospectivo, llevado a cabo por Bell y col. (1981) con
    centenares de mujeres lesbianas y heterosexuales, encontraron que el mejor
    indicio del futuro comportamiento homosexual femenino consistió en la
    disconformidad manifestada por estas mujeres, cuando niñas, con respecto al
    propio sexo. Entre las lesbianas había sido muy frecuente la preferencia
    infantil por los juegos y las ropas masculinas; también entre ellas había
    muy pocas -si se les comparaba con las mujeres no homosexuales- que hubiesen
    realizado durante la infancia tareas lúdicas o recreativas típicamente
    femeninas (jugar a las comiditas, a las casitas, etc.).

    A un resultado análogo han llegado Grellert y su equipo (1982), tras el
    estudio de 400 mujeres lesbianas y heterosexuales. Durante la infancia, las
    primeras prefirieron dedicarse a las actividades deportivas (baseball y
    football) más propias de los varones, además de utilizar también con
    frecuencia la vestimenta propia de ellos. Entre las heterosexuales, en
    cambio, las actividades y vestidos preferidos durante su infancia fueron
    exactamente los opuestos.

    La otra meta final a la que arriban algunas de estas niñas es al transexualismo. Tanto Benjamín (1966), como Green (1969) son coincidentes al comunicar las características que han encontrado en la infancia de las mujeres que han cambiado de sexo. En casi todas ellas hubo siempre un
    vehemente deseo de ser del sexo opuesto, manifestando desde la más temprana
    infancia comportamientos análogos a los de los varones.

    Por último, hay que reconocer, como señala Stoller (1982) -aunque no sin una
    cierta extrañeza, si establecemos la oportuna comparación con lo que sucede
    en los "niños afeminados"-, que ninguna de estas niñas evoluciona en la
    práctica hacia el travestismo.

    Hasta cierto punto es lógico que esto sea así, ya que los usos y costumbres
    propias de nuestra cultura hacen que los vestidos tengan una significación
    erótica muy distinta para el varón que para la hembra. No debemos olvidar la
    mayor cercanía de la mujer respecto de las prendas masculinas -por encargarse tradicionalmente de su cuidado y limpieza-, simultáneamente que la enorme y abismal distancia a la que se encuentra el varón, respecto de las prendas femeninas.

    Nadie duda de que los hechos no sean así, pero entonces,

    ¿por qué prefieren ataviarse con prendas masculinas las "niñas marimacho", cuando son jóvenes?,

    ¿por qué es éste un excelente predictor de su futuro comportamiento lésbico?,

    ¿qué sentido puede tener el que posteriormente, a causa de las
    modas, la sociedad sea tan permisivo, además de complaciente, con el
    vestuario usado por la mujer, a pesar de que muchas de las prendas empleadas
    por ella sean típicamente masculinas?,

    ¿por qué desde la perspectiva apetitiva hay varones que se excitan todavía más cuando una mujer se disfraza de varón?,

    ¿acaso sucede esto último también en la mujer, respecto
    del hombre?

    Como puede observarse es mucho lo que todavía ignoramos, a este respecto,
    que acaso pudieran explicarnos los resultados que se obtengan en futuras
    investigaciones sobre este particular.

    En el caso del "niño afeminado", tanto la psicodinamía como el pronóstico y
    la evolución se nos aparecen con una mayor carga patológica, a la vez que con un mayor grado de complejidad, lo que a primera vista puede confundirnos al hacernos sospechar que al fin nos hemos topado con la tozuda realidad. Y la verdad es que tal impresión clínica parece estar en muchos casos bien fundada, pero enseguida se complica lo que parecía estar bien fundamentado, acabando por atomizar la hipótesis que, bien formulada, se presentaba al fin con un riguroso alcance explicativo. Antes de seguir he de afirmar, como se observará más adelante, que no conozco ninguna hipótesis, por bien formulada que esté, que sirva para explicar la patología sexual del varón, así como su
    evolución en el futuro.

    La interacción entre el "niño afeminado" y sus padres sigue con frecuencia
    un largo proceso, cuyo encadenamiento secuencias, siguiendo a Green (1985),
    podría establecerse como a continuación se describe:

    Un niño es considerado y gratificado por su madre, quien le manifiesta de
    continuo -o con mayor frecuencia de lo necesario- su extraordinaria belleza
    y atractivo. Un buen día irrumpe en el armario de su madre y descubre un
    mundo completamente nuevo para él, repleto de ropas extrañas, abalorios, adornos exóticos, joyas, cremas, etc., por lo que se dedica a jugar con ellas o a tratar de "investigar" acerca de cuál pueda ser su utilidad. Hasta aquí el niño será calificado de travieso y de curioso, pero sin que se infiera de este comportamiento suyo nada grave que pueda generar
    consecuencias para su futura conducta sexual.

    Mientras todo esto sucede, el padre tal vez esté distante respecto del futuro "niño afeminado", relacionándose escasamente con él, alegando que este niño es muy pequeño todavía y no sabe cómo tratarlo, o que es muy travieso y le pone nervioso, o simplemente que está muy ocupado, por lo que
    el poco tiempo que pasa en casa ha de dedicarlo a relacionarse con el hijo
    mayor, con el que, sin embargo, sí que se entiende mucho mejor.

    La anterior circunstancia se presenta de forma mucho más frecuente de lo que
    pensamos, y explica un hecho relativamente paradójico: que el padre ignore casi siempre la conducta "traviesa" de su hijo, no tratando con él, ni siquiera para corregirle. Así las cosas, el padre no se expresa ni se manifiesta tal como es, en presencia de su hijo, que de esta forma puede llegar a ignorar -y a no imitar, como sería debido- el natural comportamiento de su padre.

    A continuación el niño inicia su etapa de socialización. Al principio comienza a relacionarse más con las niñas que con los niños que componen el grupo, entre otras cosas, porque tal vez haya oído a su madre que los niños se entretienen en juegos demasiado bruscos, que son unos brutos. El niño comienza a experimentar como más agradable ciertos ámbitos de la guardería a
    la que asiste, precisamente aquellos donde hay más niñas y menos niños con los que relacionarse, una vez que ha descubierto que las niñas son más agradables y menos agresivas que los niños.

    Así las cosas, un conjunto de circunstancias fortuitas, espontáneas y en
    absoluto previstas por los padres y educadores, van moldeando su contexto
    social, facilitando una mayor cercanía o proximidad entre el niño y su madre, mientras que cada vez hay una mayor distancia entre éste y su padre.

    Se desarrollan así intereses, actividades, actitudes, pautas, estilos perceptivos, determinadas pautas de comunicación gestual, etc., todo lo cual lleva una cierta impronta femenina, que es precisamente el fundamento que más tarde permitirá que se califique la conducta de este niño de "afeminada".

    Durante toda esta secuencia, la madre ha sido lo suficientemente permisiva como para no corregir aquellas conductas que no eran concordantes con el género de su hijo, o lo suficientemente protectora y cariñosa, como para haberle caído demasiado en gracia los juegos, gestos y actitudes que se iban
    desarrollando en su hijo y, en consecuencia, no haber tratado de corregirlo.

    Por contra, el padre resulta sorprendido por el comportamiento afeminado -no
    ha visto cómo se ha ido desarrollando esta secuencia día a día-, que ahora emerge en su hijo. Ante este repentino descubrimiento, el padre suele
    plantar batalla a su hijo, lo que puede suscitar la retirada por parte de
    éste, que luego se prolonga en el rechazo que el niño hacia él experimentará.

    En esta etapa es posible que se advierta ya -o que los padres comiencen a
    intuir- el comportamiento atípico del niño, pero muy posiblemente no se consulte todavía con ningún especialista. Esa última decisión suelen tomarla los padres un poco más tarde, cuando son presionados por algún conflicto escolar (otros compañeros varones de su clase han calificado a su hijo de
    "afeminado", creando un conflicto escolar del que ahora el maestro informa a
    los padres), o cuando a través del tutor del colegio o de la monitora de la
    guardería, son los padres seria y explícitamente advertidos del
    comportamiento desviado del niño.

    Sólo cuando llega este momento los padres abandonan sus antiguos tópicos y excusas ("todos los niños pasan por ese modo de comportarse"; "cuando crezca un poco más se le pasará"; "seguro que lo superará al pasar de la guardería a la escuela", etc.), y consultan al fin con el pediatra, el psiquiatra o el psicólogo; pero ya en esa toma de decisiones, aunque apenas sí haya
    fundamento para ello, comienza a suponerse y a vislumbrar lo peor en el caso del niño (la posible vinculación que puede establecerse entre esa conducta "afeminada" de ahora y su futuro comportamiento homosexual), mientras se infraestima esa misma información en el caso de la niña (y la posible vinculación entre su actual conducta de "marimacho" y su futuro
    comportamiento lésbico).

    En el "niño afeminado" es de vital importancia estudiar y tratar de ayudar a
    los padres -si es que lo necesitan-, pues con frecuencia reaccionan de forma
    mucho peor que las madres. Por otra parte, esta ayuda es tanto más importante, cuanto que muy posiblemente haya que apoyarse en ellos para el tratamiento del niño. De aquí que sea muy aconsejable el tratar de ayudarles siempre.

    En efecto, las interacciones entre padres e hijos "afeminados" son muy variadas y todas ellas relativamente complicadas. En unos casos los padres sienten alterada su personal identidad sexual a causa de lo que acontece a sus hijos. En estas circunstancias suelen aducir o recriminarse por haber fracasado como padres, al no haber sabido transmitir a sus propios hijos el modelo de masculinidad que precisamente aquéllos necesitaban para tratar de
    identificarse con ellos.

    En otras ocasiones, la conducta de sus hijos les hace volver a revisar el
    modelo de comportamiento masculino que hasta entonces tenían, por considerarlo tal vez como demasiado exigente, lejano e idealista, a lo que atribuyen las dificultades encontradas por el niño para identificarse con ellos. Pero no siempre los padres responden autoculpabilizándose para salvar así a sus hijos.

    Hay padres que en esas mismas condiciones aumentan sus exigencias al niño,
    suponiendo que con ello le hacen un favor para que así su hijo tenga un comportamiento más masculino en el futuro. No se dan cuenta de que al proceder de esta forma acaban por causar un rechazo total del comportamiento masculino en sus hijos y, por consiguiente, el efecto contrario de lo que se proponían conseguir.

    Otras veces son los hijos los que rechazan todo lo que procede de sus padres
    (hábitos de comportamiento, estilo de vida, valores, etc.), generando que sus padres se sientan rechazados. Ante esta situación, cada padre responde de un modo diferente y relativamente peculiar. Algunos se desentienden por completo de ese hijo, mientras buscan una compensación volcándose todavía más en otra hija o en un hijo mayor, que no presentan ninguna dificultad.

    El rechazo infantil, otras veces, es mal aceptado por el padre, quien responde
    con agresividad, violencia, ansiedad y culpabilidad, provocando un distanciamiento de su hijo todavía mayor y, lo que es peor, un modo de interacción bastante patológico.

    Por todo esto resulta imprescindible conocer, valorar y afrontar cuál es el
    comportamiento del padre y sus actitudes ante el problema, en qué medida
    considera que puede ayudar a su hijo a modificar ese comportamiento que ha
    detectado, cómo explicar el origen y las manifestaciones de esa conducta,
    etc. La indagación en estas cuestiones no sólo tiene una gran importancia
    para verificar la validez del diagnóstico, sino que muy a menudo constituye
    una importante vía de entrada que facilita el abordaje terapéutico.

    El pronóstico y la evolución de estos "niños afeminados" es mucho más
    sombrío que el de las "niñas marimachos", tal y como de forma coincidente se
    concluye en la bibliografía disponible sobre este particular.

    ¿Hacia dónde suele evolucionar la conducta sexual de estos niños, cuando adultos?

    En realidad, resulta muy difícil responder a esta pregunta, puesto que apenas si se han realizado seguimientos longitudinales en ellos. Los datos de que disponemos no permiten dar aquí una respuesta que sea unívoca, ya que son datos que en su inmensa mayoría provienen de estudios retrospectivos que, como es sabido, comportan numerosos sesgos y dificultades interpretativas.

    Es decir, son datos que proceden de los recuerdos que acerca de su infancia
    tienen los adultos con trastornos psicosexuales, a los que se ha estudiado.
    Cabe, por tanto, sostener la hipótesis, a título orientativo, de que la
    homosexualidad es una de las conductas sexuales más frecuentes hacia las que
    evoluciona el desarrollo psicosexual de estos niños, cuando se transforman
    en adultos. Si se les abandona a su evolución espontánea, es muy posible que
    la homosexualidad, junto al travestismo y al transexualismo, constituyan las
    conductas sexuales más frecuentes en que se transforma el comportamiento de estos niños cuando adultos. No obstante, esas mismas alteraciones psicopatológicas pueden transformarse en otros trastornos sexuales muy diferentes con el pasar del tiempo.
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    Bioética y etiología de la homosexualidad

    La homosexulidad no se da en el vacío, sino en un determinado contexto sociocultural -el que sea- siempre en transición, del que en buena parte depende la imagen que de ella se tiene. Y esta imagen tiene una gran
    importancia, por cuanto contribuye a modelar y/o configurar lo que de la
    homosexualidad se piensa, suscitando un nuevo modelo, útil o no para la imitación y/o generalización, en función de los rasgos más o menos valiosos con los que se le adorne.

    En este punto, puede afirmarse que se ha operado un gran cambio en el actual
    contexto sociocultural. Si, tiempo atrás, la homosexualidad estaba penalizada, en la década de los sesenta se despenalizó, lo que sin duda alguna constituyó un auténtico progreso, por cuanto con ello se ponía fin a
    la injusta marginación sufrida por los que se alineaban en esa situación.

    Desde entonces a esta parte la tolerancia social respecto de la homosexualidad no ha hecho sino crecer. Llegamos así a finales de los ochenta, en que asistimos, paradójicamente, a un intento de equiparación, igualación y posterior confusión entre homosexuales y heterosexuales.

    No puede afirmarse que esta etapa haya contribuido a ayudar a esclarecer qué
    sea la homosexualidad. Más bien sus efectos han sido los contrarios. Incluso
    puede sostenerse que el actual incremento -real y empíricamente comprobable-, de la homosexualidad en los países de la cultura occidental pudiera ser atribuido, en algún modo, a la nueva imagen social que acerca de
    ella se ha propalado.

    Es posible que en el futuro -de seguir por esta vía-, se dispare la incidencia de la homosexualidad, tanto de la masculina como de la femenina.
    Y ello porque el modelo con que hoy se ha dado en presentarla suscita una
    mayor facilidad para la imitación, generalización, diseminación y
    "naturalización forzada" de estos comportamientos.

    Si a esto se añade la presión ejercida por ciertos movimientos homosexuales
    -apologistas del llamado, por ejemplo, "orgullo gay"-, es lógico que un
    nuevo icono homosexual se "construya" y asome a nuestra cultura. Incluso es
    posible que por mor de esa equiparación igualitaria entre las conductas homo
    y heterosexual, se suscite en algunos -especialmente en aquellos que tienen
    ciertas dudas, por las razones que fuere, acerca de su género y de su identidad sexual una cierta persuasión imitadora y normalizante acerca de este tipo de comportamiento y de sus posteriores consecuencias.

    Un paso más y, aprovechando esta confusión conceptual, tal vez se de un nuevo y desgraciado salto -cuyas repercusiones son hoy muy difíciles de predecir y valorar, en lo que atañe al pronóstico social- al pasar de la injusta equiparación entre la heterosexualidad y la homosexualidad, a la
    imposición de la segunda, por vía de su magnificación valorativa y social.

    Lo peor del caso es que este "iter", este itinerario a favor de la homosexualidad se ha producido desde confusas actitudes relativas a lo que es y significa el antidogmatismo y/o la tolerancia. Pero de darse este fenómeno, habría que concluir que se ha incurrido en el más fragante
    antidogmatismo (el sincero respeto a los homosexuales), al mismo tiempo dogmático (una fuerte imposición social de la homosexualidad, sin respeto alguno por la heterosexualidad).

    No parece que este modo de proceder sea propio del liberalismo; en todo caso
    de un liberalismo, paradójicamente muy poco liberal. ¿No sería más conveniente hacer una indagación más profunda por si debajo de tal modo de proceder no se encontrase, subrepticiamente agazapada, la permisividad y no la tolerancia, el relativismo desenfadado y radical y no el respeto a la
    dignidad de los homosexuales?

    Las anteriores cuestiones trascienden la mera sociología y demandan situarse
    en el plano epistemológico en que les corresponde ser estudiadas, es decir,
    en la bioética.

    Algunos psiquiatras -que ante los ojos del supuesto o real homosexual se presentan como expertos-, entienden que la homosexualidad no es de su competencia, una vez que ha sido definida por las instituciones científicas como una forma alternativa de satisfacción sexual. De aquí que les aconsejen algo parecido a lo que sigue: "Si usted elige una persona del mismo sexo como objeto de satisfacción sexual, y es aceptada por ella, allá usted. Ese es su problema. Yo, como experto, no puedo hacer nada en su caso". Con esto,
    el experto contribuye a fijar en esa persona, de una vez por todas y tal vez
    para siempre, el etiquetado de homosexual.
    Es lo que suele inferir quien consultó con el experto, que acaso se sorprenda diciéndose a sí mismo: "Al menos este señor me ha comprendido y sabe que soy homosexual. Lo que me ha aconsejado es que siga adelante, que busque un compañero con el que vivir, pues también yo tengo derecho a rehacer mi vida y ser feliz".

    Ante la interpelación que desde este problema se nos hace a psiquiatras y
    psicólogos, es preciso asumir la correspondiente carga de responsabilidad
    ética que emana y se demanda a nuestras respectivas profesionalidades, como
    algo que naturalmente a todos nos atañe.

    No parece que sea acertada la negación de la realidad, precisamente cuando esa realidad nos concita y reclama de nosotros una solución. Por eso, la psiquiatría y la psicología, a través de sus instituciones científicas y de sus profesionales en particular, debieran asumir este nuevo reto, para que con arreglo a sus conciencias, a lo que saben -y a lo que no saben, pero pueden llegar a saber-, hagan las necesarias indagaciones. Sólo así podrán
    contribuir a no aumentar la confusión existente acerca de la identidad de
    género y prestar alguna ayuda a los homosexuales que soliciten sus servicios.

    Lo que no podemos decir -y menos al amparo de la ciencia, como se dice ahora-, es que el lesbianismo o la homosexualidad son meras formas alternativas de satisfacción sexual, que pueden equipararse a cualesquiera otras. Entre otras cosas, porque ni son formas alternativas ni son
    equifuncionales respecto de otras. Hoy se han puesto en paridad las conductas homosexual y heterosexual. Tal modo de proceder es, desde luego, anético.

    La bioética de la homosexualidad tiene que habérselas, qué duda cabe, con numerosas y aristadas cuestiones que, por el momento, no encuentran una fácil solución. De todas ellas, las que parecen más obligadas y prioritarias son, sin duda alguna, el conocimiento de lo que la homosexualidad es, de sus causas, de las nuevas estrategias que es preciso diseñar a fin de poder ayudar a quienes lo soliciten y de la aplicación de programas que tengan una
    probada eficacia preventiva.

    En una palabra, es imprescindible investigar más para conocer mejor. En esto
    consiste, principalmente, el actual reto de la bioética de la homosexualidad. Un reto que, de forma obligada, pasa por no hurtar el bulto a la realidad, por formarse mejor profesionalmente, por hacer a conciencia
    el quehacer clínico y psicoterapeútico cotidiano.

    Esto, en modo alguno es moralina ni algo que se le parezca. Hacer la ciencia
    a conciencia es un requisito imprescindible e irrenunciable exigido por el concepto mismo de lo que se entiende por ciencia. De hecho, la condición indispensable del primer acto científico es siempre un acto de conciencia (de "cum-scientia", de "con ciencia"), es decir, de percatarse del problema, de no eludirlo y afrontar la realidad, por difícil que ésta sea, sin
    edulcorarla a través de forzados consensos en los diversos escenarios políticos. He aquí una exigencia ética que ha sido hoy obviada y desatendida.

    Si las instituciones científicas continúan dictaminando en favor de la supuesta "normalidad" de la homosexualidad, es lógico que los profesionales que de ellas dependen asuman esos criterios sin apenas espíritu crítico y que, en consecuencia, no se afronten como es debido los retos científicos a que, líneas atrás, se ha aludido. Pero en ese caso, ni las instituciones científicas ni sus respectivos profesionales estarían sirviendo al fin que les es propio: la persona doliente que precisa de ellos.

    Flaco servicio harían a la persona quienes así se comportasen. Quienes así
    procedieran, de seguro que no contribuirán al progreso de la ciencia, sino a su obstrucción y parálisis, por cuanto que perpetuarán la actual situación
    de ignorancia en que nos encontramos sobre estas cuestiones y hasta podrían hipotecar el futuro de estas disciplinas científicas. No, no parece que quepa "dejar siempre para después" la resolución de los problemas, ni
    siquiera cuando so capa de la supuesta "normalidad" se abandonan a la
    espontaneidad inoperante del desconocimiento y la ignorancia.

    Allí donde no hay ciencia hay política y la ignorancia científica es sustituida por la hermeneútica ideológica. La homosexualidad se ha transformado hoy en una cuestión ideológica y politizada, justamente por el
    estado de ignorancia científica en que nos encontramos acerca de ella. De aquí el flaco servicio de tantos profesionales con su ausencia de actitudes exploratorias y su arrojarse en conductas confirmatorias a favor del ensamblaje socialmente vigente, por otra parte, carente de fundamento. Desde
    la perspectiva de la ética, tales comportamientos en modo alguno son aceptables.

    Así las cosas, nada de particular tiene que el derecho asuma el discurso científico y legisle conforme a él. Pero en ese caso, el poder ahormador y configurador de la realidad que el entramado jurídico conlleva, hará todavía más difícil la modificación de tantos sesgos, estereotipias y prejuicios como, sobre estas cuestiones, se han puesto en circulación en la actual sociedad.
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    Más allá de la identidad sexual: la búsqueda de sentido para la identidad
    personal


    La identidad sexual no surge de la nada, no es algo que se lleve debajo del
    brazo o que espontánea y exclusivamente proceda de lo biológico, ni tampoco
    algo caído del cielo con lo que cada persona se encuentra. El proceso de
    adquisición de la identidad sexual -lo hemos visto en detalle, líneas atrás-
    se hace a expensas de un marco de referencias culturales muy amplio -de las
    que algo tomamos y algo rechazamos-, y sobre las que diseñamos esas coordenadas que servirán para acunar nuestra identidad personal.

    Esto significa que entre la identidad sexual y la identidad personal hay,
    cuando menos, un poderoso e invisible haz de hilos conductores que las aúna,
    hasta el punto de no poder distinguirse del todo una de otra. En realidad, no puede establecerse una prioridad entre ellas, pues aunque la primera se prolonga en la segunda, esta última contribuye de forma poderosa a configurar aquélla.

    Sólo desde una perspectiva temática y de meros contenidos, tal vez cabría
    afirmar que inicialmente, durante las primeras etapas del desarrollo
    psicosexual, la identidad sexual está como sometida a la directriz por la que opte la identidad personal, al elegir para sí una determinada trayectoria biográfica.
    Pero incluso entonces, la misma trayectoria biográfica por la que se había optado, puede ser modificada hasta errar, cambiar de dirección o conducir a la persona a donde ella no quería ir. Y esos cambios en la identidad personal se producen a veces como consecuencia de las dificultades,
    obstrucciones o inflexiones sufridas por la identidad sexual. Así pues, hay
    que concluir que la interacción entre ambas es continua a lo largo de la
    entera travesía de la vida.

    No puede ser de otra forma, ya que ambas constituyen aspectos que, aunque relativamente diversos -dados sus respectivos contenidos diferenciales-, no
    obstante inciden en una misma y única diana: la identidad y unicidad de la
    persona.

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    El sentido del sufrimiento

    Distintas actitudes ante el dolor humano



    El sentido del sufrimiento
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    La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento.

    ¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sin-sentido?

    ¿Tiene esa pregunta algún sentido?


    Es seguro que no apunta hacia ningún tipo de instrucciones para conseguir experiencia (lit. praxis): el sufrimiento es el límite de la praxis. El sufrimiento es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. La réplica de quien, hablando del sentido del sufrimiento, afirmase que debe ser combatido allí donde se dé, justifica de hecho el sufrimiento, y no debe ser tenida en cuenta como tal réplica. Porque no se pregunta cómo podemos disminuirlo, sino qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite.

    Todos experimentamos alguna vez tales situaciones: los esfuerzos humanos llegan a su fin, y sucede lo que no queremos. El tema «sentido del sufrimiento» es idéntico al tema: «sentido de lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo».


    Miedo ante el sufrimiento

    Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros, hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar:«para ti es fácil hablar; deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se te acabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplica razonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, me encontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decir sobre el sentido del sufrimiento.

    Con todo, cuando hablamos del sufrimiento no lo hacemos necesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no hay límites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque al hombre –como dijo Thomas Hobbes– el hambre futura ya le convierte hoy en un hambriento. Tenemos miedo del sufrimiento, y ya ese mismo miedo es sufrimiento.

    Si yo estuviese hablando de un dolor físico que en este momento no tengo, o que quizá no he tenido nunca, entonces hablaría como un ciego habla del color. Pero el sufrimiento es algo distinto del dolor físico. El temor ante el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor. Y siendo esto así, el miedo ante el sufrimiento es con frecuencia miedo del miedo. El temor ante la muerte no es en realidad miedo a estar muerto, sino miedo ante la situación en la que «mi corazón se llenará del máximo temor».

    Sufrir es un fenómeno complejo. El dolor físico, el malestar, la sensación de desagrado, no son desde el principio idénticos al sufrimiento. Hay un grado moderado de dolor físico que de ningún modo podemos denominar sufrimiento, pues tiene, en la coherencia total de la vida, un sentido claramente conocido, una función biológica, y lo aceptamos sin objeción. El hambre, por ejemplo, tiene el sentido de mover a un ser vivo a que se preocupe por la comida. Una sensación aguda de hambre no supone ningún sufrimiento para el que sabe que, dentro de cinco minutos, se sentará ante una mesa bien provista. Sin embargo, la misma hambre es un sufrimiento para otra persona que sabe que, en un tiempo razonable, no va a tener nada que comer. Al hambre se le junta el miedo de un hambre mayor. El hambre pierde su sentido funcional allí donde ella es el mejor cocinero (es decir, cuando es muy grande): se convierte entonces en sufrimiento.

    A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal como tal es ya sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro. Si ese dolor se va, se va de una manera notablemente perfecta. Los dolores ya desaparecidos gustan en cuanto tales, nada se tiene ya contra ellos; sólo queda la alegría de que han pasado. El mal (moral) pasado, por el contrario, sigue siendo mal, y es objeto de pesar.

    Decía más arriba que el mecanismo del dolor tiene ante todo un sentido biológico: precisamente el de estimular una actividad. Si consideramos el dolor en un puro plano fisiológico, como mecanismo fisiológico, y no dentro de la vida orgánica, es claro que sólo dura y actúa durante el tiempo y con la intensidad que exige su función biológica. Si sólo cupiera considerarlo de ese modo, un enfermo incurable no debería sentir ya ningún dolor, porque el dolor no desempeñaría en él, en la práctica, ninguna función. Sin embargo, el dolor continúa actuando, despliega una vida propia, llega a ser un cuerpo extraño en el ser. En lugar de estimularnos a una actividad, nos condena a la pasividad. En este sentido hablamos aquí del sufrimiento.

    Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento. El término alemán «sufrimiento» tiene, de manera análoga a sus términos correspondientes en otras lenguas, un doble sentido. Significa tristeza (infelicidad, desagrado, ...), y también sencillamente pasividad (en el sentido de passibilitas), o, por decirlo a la moda, frustración. La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es, ante todo, una pregunta paradójica. Ella misma es expresión de sufrimiento, de ausencia indudable del sentido del actuar. Y se atraviesa en el camino de su propia respuesta (la obstaculiza). Apenas es posible darle una respuesta teorética, pues tal pregunta quedaría resuelta si desapareciera, pero no desaparece porque se resuelva. Los amigos de Job, con sus respuestas teoréticas, sólo consiguen irritarle. Dios no responde a sus preguntas, sino que le hace callar.


    El sufrimiento en la sociedad moderna y en la sociedad primitiva

    La sociedad moderna, tanto en Occidente como en el Este, también silencia la pregunta sobre el sufrimiento, pero de una manera distinta, es decir, suprimiéndola. La sociedad moderna concentra sus esfuerzos en la evitación y en la disminución del sufrimiento, y, por cierto, tratando de evitarlo no sólo de una manera indirecta, sino directa, como es eludiendo su interpretación. Los métodos y técnicas para evitar el sufrimiento tienen, sin embargo, por desgracia, efectos paradójicos. Tomados en su conjunto no aumentan la felicidad, ya que transforman el horizonte de las expectativas, y no eliminan con ello la discrepancia entre lo que creíamos poder esperar y lo que realmente sucede. Incluso se ha ensanchado esa discrepancia en algunas sociedades fundamentadas en el aumento de las necesidades. Pero aunque bajemos el nivel de tolerancia para soportar las frustraciones, al final siempre obtenemos la misma suma, o incluso un aumento del sufrimiento.

    Cuando, como sucede en estos últimos tiempos, leemos con frecuencia que algunos colegiales se suicidan porque han llevado a casa malas notas, no cabe buscar la razón simplemente en que el juicio sobre las calificaciones escolares sea en los padres de hoy más severo que en los del siglo XIX. La razón está más bien en un índice más bajo de tolerancia respecto de las sensaciones de frustración. Konrad Lorenz ha hablado del creciente infantilismo que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción, y que incapacita por ello para soportar situaciones en las que no se da una satisfacción inmediata. Aquí es donde acaece el verdadero sufrimiento. No tiene sentido dudar de que esos jóvenes sufren, pero, ¿por qué sufren? Se trata evidentemente del efecto paradójico de una actitud motivada absolutamente por el intento de evitar el sufrimiento. Una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento. Max Scheler ha mostrado que las formas más altas de felicidad son aquellas que no se pueden alcanzar directamente.

    Yo puedo, sin duda, procurarme un deleite físico, pero las formas más altas de alegría, de profunda satisfacción, de felicidad, no las alcanzo por estudiar Psicología o por aprender técnicas de maximalización del placer. Una civilización fundamentada en el lamento, en la que cada uno tiende a compadecerse de sí mismo y a quejarse de su nefasta situación, apenas tiene ya impulso para hacer a los hombres felices. En la literatura psicoanalítica se dicen muchas cosas sobre el triunfo del placer, pero nunca se habla de la alegría.

    La alegría, en cualquier caso, guarda relación con la experiencia del agradecimiento. Cuando la alegría es vista sólo como exigencia de felicidad, se pone en movimiento un automatismo que imposibilita la felicidad. Se podrá, en efecto, hablar siempre de exigencia de felicidad, pero no se puede cumplir con esa exigencia porque ella misma obstaculiza su realización. Cuando se utilizan más los psicofármacos para suprimir molestias normales, para evitar sensaciones de malestar, para disminuir todo temor o nerviosismo, disminuye también, lógicamente, la intensidad de la felicidad. No puede haber montes si no hay valles.

    En las sociedades primitivas, a las que ciertamente no podemos retornar, pero a las que debemos referirnos como sustrato de nuestras reflexiones, hay dos figuras relacionadas con el sufrimiento, que nosotros hemos perdido. En ellas se cuenta con el sufrimiento que desarrolla su rol, su función. Dicha función hace posible transformar, hasta cierto punto, el propio sufrimiento en actividad, ya que cada rol exige del que lo desempeña un cierto rendimiento.

    El mendigo, por ejemplo, en las sociedades primitivas, y aun hoy en bastantes sociedades islámicas, no es simplemente el socialmente fracasado que debe estar siempre mirando dónde poder quedarse, sino que desempeña un papel. Dicho papel pide una vestimenta adecuada, ciertas formalidades que el mendigo debe decir, etc. Lo suyo no es sólo aceptar lo que le dan, es decir, no ser sólo receptor de la beneficencia pública, sino que él también tiene algo que dar: el mendigo promete rezar por aquel que le da algo. De ese modo, la situación de sufrimiento no es para él una pura condena a la pasividad, como ocurriría entre nosotros con un náufrago que es sólo objeto de auxilios, sino que él también tiene que representar su papel con la dignidad que le corresponde.

    Algo semejante podríamos decir de la viuda. Tras ella hay una catástrofe –más intensa aún en las sociedades primitivas–, pero sobrelleva su nueva existencia, por así decir, como quien representa su rol. A ese papel le corresponde un determinado ropaje, e incluso el llanto.

    En estos casos, el sufrimiento no es propiamente algo que no debe suceder, y que si sucede convierte al paciente en víctima, en objeto pasivo de auxilios. El sufrimiento está allí previsto. Es posible que alguien pudiera decir: «es mucho mejor una sociedad que no prevé el sufrimiento, pero que se esfuerza por suprimirlo». De hecho, vivimos en una sociedad dinámica que, a diferencia de las sociedades primitivas, tiende a la abolición del sufrimiento. Pero la realidad es que una tal sociedad con su creciente actividad, cuando llega al límite más allá del cual no puede disminuir el sufrimiento, no tiene ya nada más que decir.

    Era propio del primitivo dominio del sufrimiento una particular ritualización de las situaciones extremas. Nuestra sociedad, sin embargo, es incapaz de hacer algo semejante con la muerte, que es desviada hacia el anonimato de las clínicas. Cualquier hombre sabe que puede caer en sus garras en cualquier momento, pero ¡no hablemos de eso! De hecho, en ningún sitio se habla de ella y, desde luego, de ningún modo con los moribundos. Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir. Los niños ya no ven cómo mueren los ancianos; no se enseña a morir, y así la mayor parte de la gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya propia.

    La sociedad primitiva rodeaba a la muerte de un ceremonial. Morir no significaba en ella verse forzados a una actitud de pura pasividad: el morir pertenecía a la plena realización de la sociedad. Allí el curandero tenía, por su parte, la tarea de curar a los enfermos con hierbas y conjuros, pero, al mismo tiempo, también tenían su finalidad los ritos mágicos. Con ellos se realizaba algo. El paciente formaba parte con su sufrimiento de una actitud dramática.

    El contraste con el curandero lo representa hoy el investigador médico, al que le interesa más la enfermedad como tal que el enfermo. El médico se sitúa, por decirlo así, entre el investigador de la Medicina y el curandero. Por una parte, cura de acuerdo con el nivel de su ciencia y de su propia experiencia médica; por otra parte, establece con el paciente un contacto personal que suaviza su situación y la integra en una relación activa. Parece que algo sucede, y cuando parece que algo sucede, es que realmente sucede algo.

    La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla. Justamente en este contexto se plantea a su vez la pregunta sobre el sentido del sufrimiento.

    Tal pregunta puede ser planteada allí donde se deshacen las formas primitivas del vivir, es decir, allí donde la antigua integración del hombre en el grupo –integración que al mismo tiempo situaba al hombre en el cosmos– se rompe. Plantear esa pregunta es un síntoma del aislamiento del hombre, para quien el cosmos ya no es una patria, sino que se siente realmente desprotegido, como solo ante ese silencio del espacio infinito del que habló Pascal.


    Materialismo: la apuesta por la praxis

    Hay dos maneras de dificultar una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Una de ellas es el naturalismo o materialismo, cuya postura se fundamenta en que el sentido está ligado al obrar del hombre, fuera del cual no existe ningún sentido. El sentido termina allí donde la praxis llega a su término, allí donde tropieza con la invencible naturaleza. El sufrimiento no es un sin-sentido, pues la naturaleza –que no es ni buena ni mala– no guarda absolutamente ninguna relación con el sentido, sino que es el reino de la necesidad. Lo necesario es aquello que no se puede cambiar. Ante ello es absurdo (sinsentido) preguntar por un sentido.

    Algo semejante ocurre con la pregunta sobre Dios. Existe una tendencia en la teología contemporánea a unir el discurso sobre Dios exclusivamente con la praxis. Esa teología no tiene en el fondo nada que decir a quien no tiene capacidad de obrar, a quien sólo padece y cuyo obrar podría consistir, en todo caso, en transformar ese sufrimiento en una relación con Dios, es decir, en oración. Detrás de lo que decimos está la máxima de evitar incondicionalmente el sufrimiento.

    También la reflexión sobre la muerte podría convertirse en algo del mismo tipo, pues la muerte ya no es sufrimiento. En este caso, la eutanasia sería lo más adecuado, aunque no fuese desde luego una solución satisfactoria, ya que con ella no se suprime el miedo del hombre ante la muerte. (Para quien es consciente de que en cualquier momento se le puede poner una inyección letal, la muerte repercute en la vida que todavía se posee: pensar en ella provoca un sentimiento de infelicidad.)

    Desarrollar la praxis por ese camino dependería, en una concepcion materialista, de que la muerte perdiera su aguijón. El hombre, por tanto, debe ser enseñado a comprenderse como un género, no como una persona. Así el mundo llegará de nuevo a ser una patria. Y al final de una vida plena, morirá el hombre «colmado de años», como dice el Antiguo Testamento. El hombre ya no tiene nada que objetar a esa muerte. Se trata de un intento de devolver en cierto modo al hombre a la naturaleza: de reducir, por una parte, sus pretensiones, y de elevar, por otro, su praxis, sus esfuerzos, hacia la humanización del mundo. Cuando tal praxis alcanza su límite, indudablemente sólo le queda al hombre la resignación. El hombre debe renunciar a esperanzas excesivas y buscar el sentido sólo allí donde se encuentra: en el obrar solidario.


    Estoicismo y budismo

    Más allá de esta actitud sólo está la clásica postura del estoicismo. Los estoicos habían desarrollado una doctrina sobre la evitación del dolor que no estaba ligada con la actividad transformadora del mundo, sino que dejaba al mundo tal como es. Su pregunta sonaba así:

    ¿qué podemos hacer para que lo que sucede no sea experimentado como sufrimiento, es decir, para que no disminuya nuestra libertad?

    La famosa respuesta estoica decía así: «ducunt fata volentem, nolentem trahunt». Si yo consiento desde el principio con la necesidad, si acepto desde el principio voluntariamente lo que no puedo cambiar, entonces no puede sucederme realmente nada adverso. Entonces soy tan libre como Dios. Entonces tampoco Dios puede hacer nada contra mí, porque si yo, desde el principio, ante lo que El me envía, digo: «eso es justamente lo que yo quería», entonces Él no puede hacer nada que vaya contra mi voluntad. Yo he aceptado desde el principio que todo sucede como sucede (que todo es como sucede).

    Podemos asimilar por completo a la de los estoicos la postura activa que defendiera que el sentido radica en el obrar y fuera de él consentimos con la necesidad, evitando así el sufrimiento.

    Los propios estoicos eran conscientes de que la posesión real del método estoico, de la apatía (la impasibilidad), nunca se ha dado verdaderamente. Además tampoco podían negar que el dolor físico puede alcanzar tal grado de intensidad, que nos condene contra nuestra voluntad al sufrimiento. Sólo quedaba entonces para ellos un recurso –el suicidio– como último acto de afirmación de libertad.

    Una forma aún más consecuente y extrema de evitar el sufrimiento se da en el budismo. Su programa tiende a una anulación del sufrimiento justamente a través de la anulación de la voluntad. Si el sufrimiento es frustración, obstáculo para algo que yo quiero, entonces la solución más segura es, lógicamente, salir al encuentro de lo que de ningún modo quiero. Los estoicos querían afirmar su libertad en el Yo. El budismo pone en ese mismo Yo la condición de posibilidad del sufrimiento; a través de la praxis meditativa debe desaparecer el Yo: entonces se desvanece también el sufrimiento.

    En todas estas soluciones se trata siempre de evitar el sufrimiento, y no de plantear la pregunta sobre su sentido, porque el sufrimiento es en sí mismo lo sin-sentido, aquello que yo no puedo asociar a ningún sentido por mí mismo.


    La ilimitada totalidad de sentido

    La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?».

    En Homero no se plantea la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Los héroes homéricos viven todos dentro de una cierta tristeza. Saben que estarán sobre la tierra sólo un corto tiempo, y que luego deben bajar al Hades, donde les aguarda un oscuro destino. A ninguno de ellos se le ocurre preguntar qué sentido tiene todo aquello. Es la «necesidad», contra la cual tampoco los dioses pueden nada.

    Sólo donde se acepta y se cree en un sentido universal, como sucede en la religión bíblica, llega a ser planteada como tal la pregunta sobre el sufrimiento. Aparece como pregunta sobre la justificación de Dios (es decir, como justificación del obrar de Dios), pero no entendida en el sentido de que si Dios quisiera podría evitar cualquier sufrimiento (es decir, no poniendo en Dios la causa del sufrimiento). Hay muchos que piensan que Dios podría haber hecho también una tierra de jauja (Schlaraffenland). Pero la pregunta entonces es si ése sería un mundo más deseable. Podemos fácilmente explicarnos que el obrar humano supone una naturaleza independiente del hombre. Para poder obrar debemos contar con una tal fiable naturaleza.

    Además (la pregunta sobre el sentido del sufrimiento) presupone el hecho real de que vivimos en un mundo que nos es común, en el que seguimos los más divergentes fines; y que existe un mundo externo al hombre que es indiferente respecto a los gustos de cada cual y que, por eso, le opone resistencia.

    La idea de una tierra de Jauja carece de sentido. No carece, sin embargo, de él la idea de una naturaleza que armonice por completo con los fines de la praxis humana.

    Pero de hecho tenemos que tratar con otra naturaleza distinta, emancipada de la praxis humana. Aunque hay en ella, ciertamente, una razonable coordinación, integración, utilidad y belleza, todas esas cosas son sólo como ciertos vestigios de sentido dentro de un conjunto que no es verdadera totalidad, sino un mar de indiferencia formado por partículas que sólo giran alrededor de su propia reproducción. Un símbolo de esa desintegración, es decir, de esa falta de sentido, es la tumoración cancerosa, la emancipación de las células. La desintegración, la falta de sentido, es experimentada como sufrimiento.

    El Nuevo Testamento, en la Pasión de Cristo, nos sitúa de manera extrema ante la dolorosa experiencia de la falta de sentido:

    «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

    También esto, en efecto, es un rol dentro de un drama. Jesús reza un versículo de un salmo, y representa el papel del siervo sufriente de Dios del Antiguo Testamento. Pero el papel debe ser representado comprometiendo la entera existencia, y eso significa que quien lo representa debe perder de vista el conjunto del guión. El sentido del papel es la experiencia de la falta de sentido. No cabe ver en esa historia de la Pasión ningún vestigio del heroísmo estoico. La Pasión de Jesús está descrita expresamente como algo que se hace contra su voluntad. A ella pertenece el ruego que dice: «haz que este cáliz pase de mí».

    Si nos preguntamos por el sentido cristiano del sufrimiento, debemos considerar cómo es interpretada la Pasión de Jesús en el Nuevo Testamento. Hay en él dos pasajes centrales que ofrecen esa interpretación, uno del apóstol Pablo, quien afirma que Jesús se hizo «obediente hasta la muerte», y otro de la Epístola a los Hebreos, en el que de manera aún más fuerte se dice que «aprendió a obedecer a través del sufrimiento».

    ¿Qué significa esto?

    En esos pasajes se presupone claramente que los hombres en su conjunto viven en un estado que no es el normal. El sufrimiento se manifiesta como el reverso pasivo del mal, que ha sido causado por la desobediencia. Pero también como el único medio para suprimir el mal, precisamente a través de una experiencia adecuada a él. El mal atrae el sufrimiento, y con ello su propio juicio. Lo finito, que se pavonea de ser el centro de todo –y eso se llama desobediencia–, nada puede hacer para llegar a ser verdaderamente Dios. Su pretensión ilusoria se quiebra y su verdad pasa a ser el sufrimiento. Pero en la verdad no puede existir el mal. El mal es esencialmente mentira.

    La autoafirmación propia del mal consiste sobre todo en separar mi propio mundo de experiencia del de los demás, de manera que el sufrimiento esté en los otros y en mí las ventajas. Esa situación de asimetría, de alienación, sólo puede ser cambiada si la curvatio in seipsum, la curvatura propia del mal sobre uno mismo, se rompe; es decir, si dicha situación es contemplada desde un punto de vista exterior y, de esa manera, puede ser experimentado su absurdo como sufrimiento. Sólo así torna el mal a la obediencia.

    El cristianismo enseña que todos nos encontramos en una situación como la descrita. La doctrina cristiana sobre el pecado original no dice sino que todos vivimos en un contexto general de culpa, en el que todos entran a formar parte cuando comienzan a pertenecer a la sociedad humana. La Psicología demuestra que, en una familia, por ejemplo, pueden existir situaciones neuróticas tales que, quien entre a formar parte de esa familia padecerá un tic, reproducirá la situación. Cada uno de nosotros está implicado ya desde niño en un inevitable contexto de culpa en el que se hace también culpable. No se trata de que cada uno sea sólo una víctima pasiva, sino de que cada uno forma parte del juego, participa en la injusticia que cada uno comete contra los otros.


    Sufrimiento y desobediencia

    El Nuevo Testamento describe esta situación como desobediencia, como el estado en el que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo. El sufrimiento vuelve a situar el punto de vista en su perspectiva universal: descubro repentinamente la situación en la que todos nos encontramos, y me aparto de la desobediencia.

    Pues la desobediencia es no escuchar, no oír el sentido del todo. Sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros. El tirano monologa: el sentido sólo es para él su sentido. Trata activamente de imponerlo sin consideración al sentido del conjunto, en el que los obedientes proyectos de sentido de los co-actores podrían ser también desarrollados. Pero como dice el refrán: «Quien no quiere oír, ha de sentir», es decir, debe ser advertido de que la realidad es algo común (colectivo). El culpable debe experimentar cómo se siente la víctima.

    La interpretación cristiana del sufrimiento dice, según creo, que los hombres viven en un contexto general de culpa que se caracteriza porque cada uno se ve a sí mismo como el punto central (el ombligo) del mundo. Ese contexto de culpa sólo puede ser eliminado si es experimentado como sufrimiento. Mientras el malo encuentre aceptable y perfectamente en orden vivir a costa de los demás, ¿para qué cambiar la situación? El que sufre se ve obligado a experimentar la falsedad de la situación. Esto se ha puesto de relieve constantemente en la tradición cristiana. Todos los grandes santos y doctores de la Iglesia han entendido el sufrimiento como el irremediable reverso de la arbitrariedad individual, por el que el hombre vuelve a ser conducido a la verdad.

    Eichendorff dice: «Tú eres el que destruye dulcemente sobre nosotros lo que construimos, para que miremos al cielo; no me quejo de eso.»

    Aquí se ve de nuevo claramente que, en nuestras reflexiones, no se trata nunca de un sufrir superficial que pudiera ser evitado. Un padecer evitable no tiene ya el carácter de educación en la obediencia en el sentido neotestamentario. El sufrir se experimenta con mucha mayor intensidad justamente allí donde hubo antes una intensa actividad, y esa actividad fracasa.

    Lutero cuenta la historia de un misionero que no convierte a nadie y combate contra el destino. Dice Lutero: la voluntad de ese hombre no era buena, porque «es señal segura de mala voluntad que no sea capaz de soportar los obstáculos». Cristo está dispuesto a aceptar también el fracaso de sus esfuerzos humanos, como voluntad del mismo Dios que le exige esa actividad.

    Allí donde alcanzamos el límite de nuestra capacidad de obrar, allí nos encontramos con el sufrimiento del que aquí hablamos. Además cualquier discurso sobre el sentido del sufrimiento sólo tiene plenitud de sentido en cuanto discurso sobre el propio sufrimiento. En el sufrimiento ajeno sólo hay para mí una llamada a mitigarlo. No significa esto que –con puras técnicas modernas de disminución del dolor– se le evite a la persona esa situación que le impidiera alcanzar la plena madurez de su humanidad. Eso sólo sería una cómoda huida de la verdadera y profunda solidaridad.

    La verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento. Si hoy se distribuyen en las iglesias revistas misioneras en las que sólo se habla de acciones humanitarias, en lugar de hablar del Evangelio, entonces, con tal comprensión de la misión, quedamos disculpados de la más profunda solidaridad. Nos reservamos para nosotros lo mejor que tenemos.


    El consuelo del sentido

    Cuando se habla del sentido del sufrimiento, no se puede pretender obtener una respuesta transparente acerca de nuestro sufrimiento. Si alcanzáramos tal tipo de respuesta, no sería ya el nuestro verdadero sufrimiento. En el sufrimiento hay siempre un momento de comprensión. Su sentido aparece sólo puntualmente, como «una luz que alumbra lo que piso» (lit. luz para mi pie) y no como iluminación de todo el terreno.

    Yo he podido ser testigo en Lourdes de cómo un enfermo quedaba curado, como a veces sucede en Lourdes, de una manera incomprensible para la medicina. Pero no fue la curación lo que me produjo la impresión más honda, sino los enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. Se hubiera podido suponer que estarían llenos de la más profunda desesperación, pero, ¡ni mucho menos!, ¡todo lo contrario!

    El mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que la abandonan sin ser curados. ¿Cómo puede suceder eso? Tal realidad está relacionada con el hecho de que para ellos la curación milagrosa de alguno les hace entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo, es decir ¡un sentido!, y el sentido consuela.

    La actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad «que sana al mundo» sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué.

    El sentido del sufrimiento es una paradoja. El no puede por sí mismo estar lleno de sentido, sino cumplir una función de referencia al sentido. Sólo bajo el presupuesto de que existen Dios y el pecado puede cumplir el sufrimiento su función. Y el sentido del sufrimiento es, entonces, ayudar al que lo padece a refugiarse en Dios, en Quien podrá encontrar todas las demás posibilidades de felicidad. El escritor inglés C. S. Lewis escribió una vez que es evidente que para Dios no es una desgracia ser el «tapa-agujeros». La mayor parte de los hombres se encontrarían maltratados en su dignidad si alguien acudiera a ellos sólo porque no queda más remedio. Dios, decía Lewis, no es tan bueno consigo mismo.

    Podría decirse: «la religión es el opio del pueblo». ¿Por qué no? Cocteau escribió que se debe recibir la comunión como una tableta de opio. Los que consumen drogas dicen que tienen el efecto de «aumentar la consciencia». Que eso sea cierto es una cuestión que no vamos a discutir aquí. Pero se dice con ello que alguien, en una situación de extremo vacío, puede agarrarse a algo que le lleva a sentirse como si no tuviese ninguna necesidad.

    Experimentar la privación es necesario para la vida, es vital. Quien nunca tiene hambre está enfermo, porque el hombre necesita alimento. El hambre es sólo el indicador de que lo necesita. El hombre debe tener hambre.

    Si el hombre no alcanza objetivamente su destino sin Dios, la exigencia subjetiva de un sentido absoluto, la necesidad de Dios, es una muestra de salud. Y la no necesidad de Dios, un defecto. Lo que ponga al hombre en la ocasión de descubrir subjetivamente la necesidad de Dios, es un medio para alcanzar la salvación.


    ¿Todos los que sufren entienden el sentido?

    Quedan aún dos cuestiones, por tratar. La primera, ¿qué sucede con el dolor al que no le podemos encontrar un sentido?, ¿qué sucede con el dolor de los animales, con el dolor de los niños pequeños? Nos situamos aquí ante una oscuridad que no podemos penetrar. No sabemos qué es el dolor para un ser que no entiende el sentido (incapaz de preguntarse por el sentido), un ser que tampoco experimenta el sin sentido porque se mueve en una perspectiva no trascendente. Para un ser así sólo es puntualmente real el dolor actual. Qué sea el dolor para él no es comprensible para nosotros ni positiva ni negativamente. Sabemos que experimenta el dolor. Lo vemos. Pero no podríamos decir que sufre, porque el sufrimiento es un fenómeno complejo al que le pertenece la experiencia de la falta de sentido, la cual sólo tienen los seres capaces de entender el sentido.

    A esto se añade que el dolor no es algo acumulativo a muchos individuos. El dolor es siempre «mi dolor», y el dolor de miles de hombres no es ni peor ni mejor que el dolor de uno sólo, no es sino el dolor de miles de individuos singulares. El dolor de un solo hombre plantea el mismo problema que el dolor de miles de hombres. Auschwitz no plantea ningún problema de Teodicea que no estuviera ya planteado desde Caín y Abel. Todo esto no son sino prólogos a los que no sigue ningún epílogo, porque estamos ante una situación que no sabemos interpretar. La Sagrada Escritura nos dice que el sufrimiento de la criatura tiene su último fundamento en la desobediencia del «príncipe de este mundo», y que será también objeto de una redención.


    El sufrimiento vicario

    La segunda cuestión, que es central para una interpretación cristiana del sufrimiento, se refiere al sufrimiento vicario, es decir, al sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros. Es difícil, para nosotros, pensar la noción de vicariedad en el sufrimiento. Me parece, sin embargo, que es importante, cuando nos preguntamos por la vida del espíritu, no valorar las experiencias de las que se habla en la tradición simplemente según lo que nosotros podamos comprender de ellas en cada momento. Ciertas experiencias deben ser antes vividas, y entonces podremos tratar de comprenderlas. Esto que decimos vale, de manera particular, para la noción de sufrimiento vicario, que es insustituible para la tradición cristiana.

    Para acercarnos a él, imaginemos una familia o un grupo íntimo de personas que sufre un alteración: los unos se enfrentan a los otros agresivamente. Para cada uno sólo los otros son los malos; todo iría bien si los otros fuesen de otra manera. Supongamos ahora que entre ellos existiese uno sano, es decir, uno que no tomase parte en esa situación. El sólo sufre por ellos. Y supongamos que carga sobre sí mismo las agresiones de los demás, de modo particular las que recibe él mismo. Se convierte en la oveja negra, pero no por ser malo, sino, precisamente, porque no lo es. Su sufrimiento es un reproche para los otros. Y entonces ocurre algo espantoso: es herido y muerto. Podemos imaginar que esa muerte produjera una catarsis; que los otros descubrieran que él había padecido porque ellos habían combatido entre sí. Él había asumido íntimamente aquella situación como sufrimiento. Su padecimiento era sustitutorio, porque realmente eran ellos los que debían haber sufrido. Nadie cambia mientras que no se padece bajo el mal, pero en este caso el mal se ha padecido. Y así, se produce una transformación de la entera situación. Ahora todos sufren; ante todo por aquella pasión y muerte, pero también porque tal cosa haya sido posible.

    Dice Freud que un presupuesto para la curación a través de la psicoterapia es que una situación se experimente como sufrimiento. Si hablamos del sufrimiento vicario de Jesús, nos situamos ante un sufrimiento que se corresponde al absurdo del mal en toda su profundidad. El fracaso de Cristo no es el fracaso de un proyecto cualquiera, sino el fracaso en el anuncio del reino de Dios sobre la Tierra. Lo que Cristo enseñaba era el sentido. Sencillamente, el bien. Enseñaba una situación del mundo tal y como debería ser; y justamente ahí fracasó. El sufrimiento que padeció es el sufrimiento por el fracaso del sentido absoluto: es el sufrimiento absoluto. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Ese sufrimiento es comprendido en el Nuevo Testamento como sufrimiento vicario. Y así en toda la tradición cristiana ha sucedido que los que sufren se han visto en una misteriosa relación con el mundo y sus culpables enredos, y han entendido el sufrimiento como una ayuda para dar la vuelta a esta situación de culpa.

    Cuando se dice que Jesús aprendió a obedecer. no quiere decirse que antes no hubiera vivido bajo el signo de la obediencia. Pero también se destruye ese sentido de su vida en cuanto se entiende como sentido de su vida finita. La rebelión de lo finito como suceso cósmico es vencida allí donde se experimenta adecuadamente como sufrimiento. Eso sucede en el sufrimiento del Hijo de Dios. La hora del Gólgota es la hora de la verdad. Cuando el mismo Dios, bajo figura finita, muere, «destruye la enemistad en su propia persona» (Ef 2, 16). Y de ese modo tiene lugar lo que en el Nuevo Testamento se designa como resurrección. Ésa es, ciertamente, la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Sobre ella se debe hablar, porque sin la supresión del sufrimiento no tiene éste ningún sentido. «Sentido del sufrimiento» sólo puede significar la integración del sufrimiento en un contexto absoluto, donde al final ya no sea sufrimiento. Es como en el caso del hambre, que sólo tiene pleno sentido en cuanto que impulsa a comer y se ha comido. Del mismo modo, la historia de Job tiene como final natural que se le devuelva todo; si esa historia no hubiese acabado así, todo el discurso no hubiese sido sino puras palabras.

    Cuando Ivan Karamazov afirma que devolvería su entrada para el cielo si el camino pasase a través del sufrimiento de un niño inocente martirizado, sólo cabe una respuesta que dice relación al reconocimiento del poder de Dios, y que comienza con una «contrapregunta»: «¿a quién le interesa que devuelvas tu entrada?, ¿salvas así al niño de su suplicio? ¡No! Entonces, ¿en qué consiste tu gran gesto?». La entrada que Ivan quiere devolver es la que permite entrar en aquel lugar en el que los sufrimientos de los niños inocentes martirizados son suprimidos, el lugar en que todos los sufrimientos son transformados en alegría. Se podría decir que eso no existe, que es una ilusión. No quiero discutir sobre ello. Pero, ¿qué sentido tiene decir «no quiero la alegría que procede del sufrimiento, la alegría en la que ese sufrimiento desaparece»?

    La fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. Hegel dice que las heridas del espíritu curan sin cicatriz. La alegría es la real anulación del dolor. El refrán afirma que los dolores pasados dan gusto. La cuestión es si existe algún estado en el que el dolor sólo sea ya algo pasado; entonces ya no planteará más la pregunta sobre su sentido. El dolor, de manera contraria al pecado, no es un motivo de tristeza, sino de alivio, cuando se considera retrospectivamente. Cualquiera puede entristecerse, aunque las cosas vayan bien, por el dolor que haya causado a alguien. Pero nadie se entristece porque haya padecido dolor, si ese dolor ya no se padece: es como si no hubiera sucedido. El sufrimiento aparentemente total sólo alcanza a tener sentido cuando ha sido ya relativizado por una más total alegría.

    De eso se habla en el Nuevo Testamento cuando Jesús llama bienaventurados a los tristes, «porque serán consolados».

    Es posible, como se ha hecho, llamar absurda a esa esperanza, pero sin ella la respuesta al sufrimiento no es una respuesta cristiana. Y debe quedar muy claro que, fuera de esa perspectiva, de ningún modo se puede hablar del sentido del sufrimiento. El sufrimiento sólo puede tener sentido si es relativo, y sólo es relativo si todos los sufrimientos pueden ser suprimidos. No es suficiente que algún hombre pudiera quizá ser feliz alguna vez, pero que los hombres del pasado fueran infelices. El sufrimiento sólo es suprimido cuando el sufrimiento de cualquier hombre se transforme en alegría. De eso se habla en el Apocalipsis, al final del Nuevo Testamento: «¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado (...) Mira, hago nuevas todas las cosas.»

    Sólo desde esa perspectiva puede hablarse de un significado cristiano del sufrimiento.




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    Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad

    El sufrimiento, lamentablemente, está muy extendido en el mundo. El sufrimiento resulta algo inevitable en cada vida humana; antes o después, en vida de cada persona se concita la experiencia del dolor


    Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad
    Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad

    Introducción

    El título de "Caminos hacia el sufrimiento y la felicidad" pone de manifiesto que hay modos muy diversos de conquistar la felicidad. De ahí que se hable de "caminos" en plural. Un título así remite fundamentalmente a dos órdenes de cosas. En primer lugar, la cuestión planteada interpela a cada persona singularísima, cuestionándole acerca de lo que hace con su vida, hacia qué meta se dirige, a qué destina su vivir: Si va hacia el dolor, el sufrimiento, o la felicidad. Y, en segundo lugar, más allá de la persona, la pregunta interroga a las naciones, cuestionando hacia dónde va Europa. Es forzoso preguntarse cuáles son los caminos de Europa y si ésta va hacia el sufrimiento o hacia la felicidad.

    La vida humana como anticipación y pretensión

    Los caminos casi nunca son algo que determine a la persona. Más bien constituyen algo que cada persona elige entre varias opciones posibles. Y eso es vivir. Vivir no es nada más -y nada menos- que elegir. La vida es elección. Parece lógico que se hable aquí de "caminos", en plural. Lo propio del vivir humano no es estar en el tiempo presente, sino anticipar. Si yo no hubiera anticipado, no estaría aquí hoy. Si quien organizó este curso no hubiera pensado en mi persona y no me hubiera, en alguna forma, anticipado antes del presente que es hoy -cuando esta posible intervención era todavía apenas algo incierto y futuro-, hoy no estaríamos aquí. Lo propio de la vida es la anticipación.

    Por muchas que sean las tensiones a las que nos vemos sujetos, vivir es pretender. No sólo tender hacia una cosa, sino pretender. Y eso en castellano se entiende muy bien. Por eso cuando una chica presenta a su compañero a otro chico le dice: "este es mi pretendiente", es decir, un chico que pretende ser algún día su marido. Por el momento no es su marido, pero tiende verazmente -y, por consiguiente, pretende- ser su marido en el futuro. Por ahora sólo lo pretende: está en la pretensión. La vida es pretensión.

    La vida es también en cierto modo, previvencia. En este momento estamos viviendo, pero tenemos también otros planes y proyectos. que ahora no pueden cumplirse y que, sin embargo, previvimos porque, no siendo todavía los anticipamos.

    La vida es también propuesta. La vida del hombre no se limita a sólo responder ante cosas, ante situaciones, ante estímulos. Eso sería una mera respuesta. Cierto que muchas de nuestras conductas diarias son meras respuestas. Sí, hace calor, y respondemos sudando. Pero lo específico de la vida humana no es emitir respuestas. Lo específico de la vida del hombre es tener propuestas como un modo de conducirse. Nuestra conducta debe transformarse en propuesta ante la cual uno mismo debe poder responder.

    La conducta del hombre estriba más en una cierta inquietud, en anticipar cosas a las que un día llegará a responder que en, simplemente, responder. Si solamente respondiéramos a los estímulos del medio, seríamos unos respondentes, o quizás respondones, pero poco más. Y, una persona que lo que hace es sólo responder es una persona que ha sacrificado su libertad, que ha hecho de ella un holocausto en el altar de la nada. Porque emplea esa libertad sólo en responder a lo que le llega; pero no en hacer que le llegue a lo que quiere responder como él quiere, de manera que consiga hacer que haya lo que todavía no había. En esto reside también la libertad humana: en hacer que haya lo que todavía no había.

    Quien esto dice no es profeta ni hijo de profeta y, por tanto, no puede decir, "bueno, ustedes van a ir por un camino de sufrimiento, o por un camino de felicidad". Sí puedo, en cambio, decir cosas que todo el mundo sabe. Puedo anticipar, por ejemplo, que acaso suban los impuestos en nuestro país. Sí puedo afirmar lo que dicen las estadísticas: que España va a tener un mercado de trabajo muy malo. ¿Por qué? Porque entre los alumnos de 23 países que están estudiando en Europa y en otros lugares, España ocupa el lugar 21, en lo que se refiere a competitividad laboral. Pero con esto no estoy diciendo por dónde va a ir cada uno.

    Cada uno tiene su camino: el que él quiere, o el que las circunstancias, si él no quiere elegir, le marquen, es decir, lo que los estímulos le marquen.

    La libertad y los caminos de sufrimiento y felicidad

    En la vida humana se puede hablar de "caminos" hacia el sufrimiento o hacia la felicidad, porque el hombre es libre. Y porque es propio del hombre anticipar lo que todavía no es y futurizar, desde hoy, lo que llegará a ser. Eso es lo propio del hombre. La temporalidad humana es así. Los caminos serán de sufrimiento o de felicidad, según el proyecto que cada uno hace con y de su vida. Hay personas que tienen como proyecto de vida no hacer ningún proyecto. Eso también es un proyecto, sólo que demasiado pobre, sencillamente porque en un proyecto así el hombre no se autoproyecta. Más bien, las personas que así se comportan también se están proyectando hacia el futuro, pero eligiendo la nada. En realidad, quedan a merced de la pura determinación de sus circunstancias. Un proyecto como éste es un proyecto muy pobre y casi miserable; algo muy poco humano y equívoco, la circunstancia que mejor prepara para el aturdimiento. Es también el proyecto que menos se compromete con la libertad; el que menos arrastra y vincula a la personalidad y el que peores consecuencias genera.

    Analicemos ahora otra cuestión a propósito de la felicidad. ¿Qué prefieren los hombres, el placer o la felicidad? Y si extremando más la pregunta tuvieran que elegir de forma excluyente entre el placer y la felicidad, ¿qué elegirían? De esto vamos a tratar ahora. Me limitaré a las tres cuestiones siguientes: la distinción entre el sufrimiento y el placer; entre el placer y la felicidad, y qué es eso de la felicidad.

    El sufrimiento, lamentablemente, está muy extendido en el mundo. El sufrimiento resulta algo inevitable en cada vida humana; antes o después, en vida de cada persona se concita la experiencia del dolor. Ningún hombre puede zafarse de la experiencia del sufrimiento. Por muy egoísta que se sea, no podemos escapar del sufrimiento. Y los que no han sufrido hasta ahora, que no se preocupen, que para experimentarlo basta con sólo dejar que pase un cierto tiempo. De una u otra forma, todos acabamos siempre por ser hombres dolientes.

    El sufrimiento se ha distinguido desde antiguo como dos formas: el sufrimiento-sensación, es decir, la experiencia que de él tenemos, que está más vinculada a los sentidos y a la sensorialidad y consiste en apenas una sensación dolorosa. Esa sensación dolorosa depende, fundamentalmente, de la intensidad del estímulo, del lugar donde éste se localiza, de los "filetes" nerviosos que están allí percibiendo esa sensación, del umbral doloroso que se tenga, de la tolerancia al sufrimiento, de la ansiedad que acompaña al dolor, etc. Hoy sabemos, por ejemplo, que los esquizofrénicos y los niños autistas toleran muy bien el dolor. En cambio, los hipocondríacos lo soportan muy mal. Las personas muy ansiosas o especialmente sensibles son muy vulnerables al dolor. Naturalmente, la experiencia dolorosa que en ellos resulta, varía mucho de unos a otros.

    Hay también otro tipo de sufrimiento que es más difícil todavía de establecer y cuantificar. Me refiero, claro está, al sufrimiento psíquico, que hoy abunda sobre manera. ¿Quién no tiene un amigo que haya padecido de depresión? ¿Quién no tiene un amigo que haya incurrido en el consumo de drogas, y que por su causa no lo esté pasando fatal? ¿Quién no ha tenido un conflicto psíquico? Más todavía: ¿Quién está libre de todo conflicto psíquico?

    Hay personas que creen que son más tontas de lo que son, y por eso sufren. Tontamente, pero sufren. Hay personas que se creen más listas de lo que son, y también sufren por ello, porque conociéndose tan mal van con frecuencia más allá de donde debieran. Y así podríamos seguir con los defectos personales: hay personas que son muy simpáticas y muy tímidas. A otros apenas les cuesta hablar en público; pero también los hay que si tienen que hablar en público se ponen de todos los colores del arco iris. Todo esto genera dificultades.

    Estamos en una cultura en que el sufrir tiene "mala prensa" y no se cotiza en bolsa. Hoy el dolor no es un valor. Sufrir hoy es un dis-valor. Algo que no interesa, que no conviene, algo de lo que es mejor no hablar. Me gustaría que todas las personas pasaran por la experiencia de conocer una clínica psiquiátrica, para que vieran allí una buena parte del sufrimiento del mundo actual, de muchas personas que, por otra parte, en algunos aspectos valen más que nosotros. Y, sin embargo, están allí. Hay en ellas mucho sufrimiento humano y, claro está, eso está hoy muy mal visto y, en consecuencia, se conlleva mal. En realidad, el tema del sufrimiento -a pesar de su inevitable realidad lacerante- casi nadie se lo plantea y, cuando nos lo planteamos, es casi siempre porque estamos forzados a atravesar por esa experiencia. Por eso, cuando le sucede a otro, probablamente no nos interese considerarlo.

    Junto a esta algofobia social, a ese temor social al dolor, hay también lo que se podría llamar el "sufrimiento inútil". Hay mucha gente que sufre como consecuencia de la estulticia de su comportamiento. Han optado con su libertad por elecciones que necesariamente acaban siempre en el sufrimiento. En estos casos habrá que enseñarles a que elijan mejor. Pero, muy probablamente, si se empeñan en seguir haciendo lo que hasta ahora han hecho, forzosamente han de acabar en el sufrimiento.

    Pondré un ejemplo: si visitan la ciudad de Toledo, una ciudad preciosa en la que a lo largo de la historia cuatro culturas han dejado hitos elocuentes que jalonan y testimonian su presencia, cuando ya su sensibilidad esté como anestesiada por tanta vivencia artística, entonces pueden visitar también el centro de tetrapléjicos allí existente. Es el mayor centro que hay en España para el cuidado de personas paralíticas. Ahí se encuentran una multitud de pacientes muy jóvenes que están paralíticos de brazos y piernas para toda su vida, a pesar de lo mucho que haga por ellos la medicina. Son personas que a lo mejor anteayer tuvieron la mala fortuna de ir desde Madrid a Segovia en 38 minutos. Iban en una "Yamaha" y al regreso tuvieron un accidente de carretera. En 38 minutos estaban en Segovia, cuando casi nunca hace ninguna falta llegar en ese tiempo, pero llegaron y apenas un momento después ya estaban paralíticos para el resto de sus vidas. A esto es a lo que yo llamo un sufrimiento inútil porque pudo evitarse.

    El dolor en psicopatología

    El dolor empapa buena parte de quehacer clínico psiquiátrico. De la simulación a la neuralgia del trigémino (en que el dolor es a veces insufrible), de la neurosis hipocondríaca al síndrome hiperestético-emocional posconmocional de los traumatizados craneales, de las migrañas y cefaleas a los sentimientos disfóricos y distimias depresivas, todo el vasto y polimorfo escenario clínico está transido de la experiencia dolorosa.

    El latido del dolor -como el de la angustia- martillea hoy en muchos enfermos mentales. En unos, esta sensación palpita soterrada bajo la carne. En otros, se metamorfosea en formas de sentimientos apenas encarnados. En muchos, sin embargo, unas y otras formas de presentarse el dolor, aparecen ensambladas y es casi imposible su distinción.

    Su interés en la actualidad es todavía de mayor importancia, por cuanto en el hombre contemporáneo han disminuido los niveles de tolerancia álgica. Como escribe Alonso-Fernández, "el epicureísmo es la filosofía del hombre tecnificado". Por eso se han impuesto en muchos la excesiva preocupación por el cuerpo y el miedo al dolor y al sufrimiento. La morada corpórea del ser aparece como algo más importante que el ser.

    El miedo al dolor y al sufrimiento que campea en la sociedad contemporánea, a mi forma de ver, procede de dos raíces: por una parte del epicureísmo, por otra, de los propios beneficios aportados por la técnica. El hombre de hoy, gracias sobre todo a los progresos de la anestesia y de la analgesia, está mucho menos familiarizado con el dolor que sus antecesores. Por eso lo teme mucho mas. La algofobia constituye una verdadera plaga social.

    Este carácter de insoportabilidad dolorosa -una característica no necesariamente dependiente del tipo de dolor, sino más bien del modo en que el hombre vive su dolor- prepara el camino para que el hombre se arroje a las toxicomanías más diversas, hoy desgraciadamente tan frecuentes. Pero además, el sentimiento sensorial que es; modifica, remueve y altera el fondo vivencial del enfermo, atemperando la orquestación de reacciones vivenciales de fondo ("Hintergrundreaktionen" de K. Schneider), que surgen ante situaciones anodinas y sin importancia, pero con una carga patológicamente importante. Muchas de las reacciones anómalas a la vivencia de la enfermedad tienen su origen en esta alteración del fondo vivencial, por fuerza de una resonancia dolorosa, sensorial y afectiva.

    Y, sin embargo, no siempre se transforma el dolor en el eco pregonero cuya voz es anpliada en la caja de resonancia de la afectividad. En otras ocasiones el dolor no sólo no amplifica el componente afectivo que lo acompaña, sino que le impone una sordina silenciosa, haciendo que pase inadvertido. Es el caso, por ejemplo, de algunos tumores cerebrales en sus fases iniciales. El silencio pático traiciona la gravedad del cuadro clínico que enmascara. El enfermo habla de sus sufrimientos como si fuera otra persona distinta de él quien los sufriera. Informa objetivamente, más aun, imperturbablemente, casi con indiferencia. Como si hubiese una lejanía insalvable entre sus sufrimientos y sus sentimientos. Tan escasa es la participación emocional, que el médico puede confundirse e interpretar aquel cuadro como un mero agotamiento nervioso o como un estado neurasténico-hipocondríaco; incluso como un intento de simulación dolorosa.

    Contrariamente, la sintomatología dolorosa que otras veces acompaña a los tumores cerebrales es, a este respecto, extraordinariamente resonante. Es el caso de los tumores que afectan, por ejemplo, el núcleo ventropostero-lateral (uno de los núcleos más importantes en el relevo de las vías sensitivas) en los que los fenómenos dolorosos se prolongan y agigantan, expresándose, extraordinariamente, en la vertiente afectiva de la personalidad (síndrome de Dejerine-Roussy).

    Para una fenomenología del sufrimiento humano

    La distincion entre el dolor-sensación y el dolor-sentimiento, a pesar de su riqueza, no consigue contestar a la pregunta inquisitiva acerca del dolor.

    La cuestión antropológica de qué sentido tiene el dolor para la vida humana, se repite como un eco insistente y reiterativo.

    La pregunta cuestiona desde el horizonte del deseo de encontrar un sentido, gracias al cual la existencia dolorosa quede elevada por encima de sí misma, en forma de una actitud trascendente, ante la que palidezcan el sinsentido, la absurdidad y el vacío del dolor.

    El acceso a esta búsqueda de sentido del sufrimiento humano supone zambullirse y buscar, fenomenológicamente, en las aguas profundas de estas experiencias. Una tarea que tal vez se facilita si consideramos dicha experiencia en relación con su opuesta, el placer.

    El dolor sobrecoge de un modo más penetrante que el placer. En la experiencia placentera hay una especie de sobreaviso, una cierta anticipación que en muchas ocasiones hace que se busque conscientemente.

    En el dolor las premoniciones no son tan constantes, y cuando preludian a la experiencia dolorosa propiamente dicha, se viven como amenazantes y desconocidas, como algo sombrío que no desearíamos que llegase nunca. El dolor, en condiciones normales, jamás se desea. El placer, casi siempre, aunque sea de forma tortuosa, soterrada e inconfesable. Y hoy más que nunca, al haberse instalado el hombre en la cresta de esa gran ola del hedonismo.

    En el dolor algo sobreviene de forma súbita e inesperada. El niño que se pincha mientras distraidamente juega con el objeto punzante, tras unos segundos de sobrecogimiento, prorrumpe en un llanto asfixiante.

    El dolor es más concreto y objetivo, el placer más abstracto y subjetivo. El placer está menos encargado y más diversificado, en función del grado y de la diversidad de los órganos que en él participan. El dolor es más homogéneo (a pesar de las distintas modalidades que puede adoptar en el variado espectro formal con que es percibido) y hunde sus raíces más profundamente en la corporalidad.

    El placer no sólo no destruye las relaciones del hombre con su cuerpo, sino que las amplía -desde la eclosión del hormigueo de la dicha, de la sonrisa y de la carcajada-, y las traspasa por encima, como manifestación del enseñoreamiento de una cierta armonía. El dolor desorganiza esas relaciones del hombre con su cuerpo. Más aun, las entorpece, obstaculiza y hace disarmónicas.

    En el placer el hombre se desentiende de su cuerpo; con el dolor el hombre toma conciencia de su cuerpo. En el placer hay una cierta liberación y fuga de la corporalidad, que se percibe ahora como ingrávida y ligera. En el dolor la corporalidad se percibe como impuesta, como un pesado fastidio atenazante frente al que uno no es dueño de sí y que le obliga a capitular. Con el placer el cuerpo se abre a nuevas e ignoradas cordilleras de los sentidos. En el dolor el cuerpo se repliega sobre sí mismo, y se hace hermético para todo lo que no sea su mismo cuerpo, incluído en aquella situación.

    El placer nos abre a un mundo menos personalizado y más diversificado. El dolor, en su clausura, nos permite otra apertura más desconocida: la de nuestro cuerpo como límite, como lugar ignorado y que, sin embargo, a todas partes nos acompaña.

    Al dolor nos entregamos irremediablemente, el placer se nos entrega de modo mediato y circunstancial. El dolor nos sobreviene, al placer arribamos. La mediatez incircunscribible del placer contrasta con la inmediatez circunscrita del dolor. Hay placeres anónimos, niveladores, despersonalizados. El dolor es siempre singular, intransferible, irrepetible y personalizado.

    El dolor se tiene en sí mismo y de sí mismo. La compasión, como elemento subjetivo que acompaña en ocasiones al dolor, puede ser de sí mismo o de otro, pero no se siente como un zarpazo en uno mismo. El placer se tiene en parte en sí mismo y se obtiene en parte de otro -más por otro que por sí mismo-, pero jamás de sí mismo (la complacencia narcisista en sí mismo es siempre en sí mismo y no de sí mismo). Los aspectos subjetuales del dolor son, sin embargo, ambivalentes y nada específicos. Así, por ejemplo: el llanto puede ser una manifestación subjetiva de dolor, pero también de emoción, de dicha, de alegría o de placer. Lo mismo acontece con la risa.

    Lo subjetivo puede enmascarar y tergiversar lo objetivo, puede traducir traicionando la objetividad. Sea como fuere, los elementos subjetivos comprometidos en estas experiencias tienen menos poder transformante en la experiencia placentera que dolorosa.

    Sucede que esos elementos subjetivos están contrabalanceados por aquellos otros, más objetivos, que concurren simultáneamente en esas experiencias. Y en las experiencias placenteras -ya antes lo hemos indicado- hay como una participación lejana de esos elementos objetivos, por cuanto al hombre se le hace la vida más llevadera tanto que casi le es connatural un cierto olvido de ésta, de sí mismo. y de su corporalidad.

    De ordinario, se admite que siendo nuestro cuerpo el compañero inseparable que a todas partes nos acompaña (una realidad muy íntima y próxima a nosotros), obviamente debería sernos familiar y conocido. Pero la realidad es muy distinta, tanto que somos viajeros que caminamos con nuestros compañeros los cuerpos, sin apenas intercambiar con ellos algunas que otras palabras. Precisamente es el dolor, en muchas ocasiones, el que rompe este silencio y toma la iniciativa en el diálogo que se interrumpió allá lejos, hace quizá tanto tiempo.

    En medicina se ha definido la salud como el silencio de los órganos, como un vacío de sonidos corporales que hace que la corporalidad se sienta más ligcra y volátil, casi ingrávida. En oposición a la salud, la enfermedad grita la presencia del cuerpo, el modo en que éste se nos hace presente, reclamando nuestra atención, que cai siempre le hurtamos. El dolor viene a recordar al hombre lo limitado de su ser, proyectándole hacia sí mismo, haciendo que se tome a sí como la tarea más importante, mientras se hincha la atención en la carne dolorida.

    El dolor nos lleva por las angosturas de un camino zigzagueante y poco carretero desde el que se divisan también nuevos horizontes, desconocidos hasta entonces: los recortados límites de las cordilleras y murallones de la corporalidad.

    El placer, por el contrario, sitúa al hombre en la llanura de la vida fácil, donde el sentimiento de frescura vital pone acentos de desenvoltura y despreocupación corporal. En el placer hay un cierto olvido de la dimensión encarnada del existir humano. En el dolor, un subrayar esa dimensión, hasta quedar del todo enfatizada. Con el dolor la vida se reviste de angulosidades y relieves. Por eso, el miedo al dolor -antes de que éste haga su aparición- se alimenta de la fantasía, de una fantasía ahora encarnada, que teme suceda ya lo peor.

    Hay en el miedo al dolor una especie de presentimiento que preanuncia otros modos de vivirse la corporalidad. Acontece aquí algo parecido a lo que sucede con el pensamiento mágico. El hombre primitivo considera que sus temores irracionales hacia algún objeto, no sólo no alejan ese objeto sino que lo atraen y aproximan.

    El temor vago se agiganta y metamorfosea en fobia para devenir en obsesión cristalizada y persistente. El miedo al dolor físico puede también deslizarse en la corporalidad y encarnarse allí como un sentimiento parásito y obsesionante. Ciertas preocupaciones hipocondríacas pueden ser comprendidas por esta vía. Cualquier pequeño sentimiento corporal resuena como un eco amenazante en la amplia orografia de la vitalidad. La existencia se torna plomiza, pesada, preocupante. La conciencia se agiliza y afila, mientras la atención anda a la escucha de cualquier sonido corporal. Todo es fuente de preocupación, de problematización, a la vez que se abandonan las ocupaciones de siempre. Rendir o no en el trabajo profesional apenas si interesa. Los proyectos se posponen y pierden su brillantez primera. El claroscuro y la pesadumbre acaban por adueñarse y enseñorear el horizonte en el que debe desplegarse la existencia personal, cercándola con sus cadenas de zozobra y desánimo.

    La vida toda queda así apresada en el cepo de los acordes desacompasados de esta sinfonía vital hipocondríaca.

    El dolor imaginario del enfermo imaginario ha conseguido transformarse en un dolor objetivado y ambiguamente encarnado. Todo se percibe "como si" fuera doloroso. Y este "como si" mantiene a raya a la vitalidad desde lo provisionalmente amenazante.

    El miedo al dolor asfixia la vida, la empobrece y la degrada a un mero "como si", que, andando el tiempo, puede hacerse realmente insufrible, penoso e insoportable.

    El placer disuelve la autoconciencia, la anestesia y entontece con su melodía de sensaciones caleidoscópicas. El dolor, por el contrario, la despierta y agiliza, haciéndola penetrante y sutil, siempre que aquél no tenga una intensidad desorbitada. El dolor es el banco de pruebas de la existencia humana el fuego de la fragua donde ennoblecerse y templarse como los buenos aceros. Y, sin embargo, para los hombres frágiles y pusilánimes, el dolor puede ser la ocasión de su desmoronamiento definitivo.

    El dolor autentifica y singulariza; el placer nos hunde en el anonimato del igualitarismo colectivista. Y..., sin embargo, el médico debe ahorrar al enfermo siempre que pueda, el someterse a esta experiencia. Pero en aquellas ocasiones en que los tratamientos resulten impotentes, el médico está también obligado a poner en las alforjas del peregrino doliente un poco de este bálsamo que, aliviándolo, le ayude a encontrar un sentido para su dolor.

    Del placer y la felicidad

    El problema que ustedes tendrán que afrontar, porque está vigente en nuestra actual sociedad, es el de no confundir la felicidad con el placer. Se ha dicho, con toda razón, que muchos hombres confunden hoy la felicidad con el placer. Por eso, cuanto más se busca aquella, menos se encuentra éste. Mientras que en otras ocasiones, sin buscarla, la encontramos, otras veces, la felicidad pasa por nuestra vida rozándola, golpeándola incluso, sin que de ello nos demos cuenta. En esas circunstancias puede que se nos presente una ocasión fabulosa en la que atisbar, de una vez por todas, el norte de la felicidad que podría orientar toda nuestra futura trayectoria vital y biográfica y que, sin embargo, pasa inadvertida. Y es que no estamos atentos sino más bien confundidos. Precisamente por eso, no nos abalanzamos sobre ella para conquistarla y, consecuentemente, se nos escapa.

    Conviene resolver este error: la felicidad no es el placer. La felicidad requiere tiempo, permanencia. Si alguien afirmase que ahora es feliz, pero que en apenas unos minutos va a dejar de serlo, desde este mismo instante dejaría de serlo. Ni siquiera será preciso que transcurran esos minutos, pues basta con saber que la felicidad va a perderse para que desaparezca. La felicidad tiene vocación de permanencia; el placer, no. El placer, como ya hemos visto, es puntual; incide aquí o allá y ya está: al segundo siguiente ya no es. La felicidad, por el contrario, tiene vocación de eternidad. Aunque, lamentablemente o afortunadamente -no lo sé muy bien- por la misma condición humana, la felicidad no sea permanente e incluso cambie a lo largo de la vida.

    La felicidad no se compromete con una parte de la vida humana, sino que afecta a la totalidad. El placer afecta casi siempre apenas a un sector de nuestra corporalidad. Es decir, que no se puede estar a la vez debajo del agua, hacer pesca submarina, oir un chiste y beber cerveza fría.

    Por contra, la felicidad puede abarcar todas esas dimensiones y, de uno u otro modo, realizarlas en sí. ¿Por qué? Porque la felicidad no depende, en definitiva, de nuestra sensorialidad. La felicidad es mucho más globalizante y menos puntual que el placer. La felicidad resulta inseparable del sentido de la vida que se tenga. Para saber si una persona es feliz o no, basta con preguntarle: "¿Por qué te has levantado esta mañana?". Es probable que se nos ofrezcan respuestas de lo más estúpidas: "Pues me he levantado porque me han despertado" o "me he levantado porque tenía hambre y tenía que desayunar"; o tal vez "me he levantado porque en algún momento del día había que hacerlo", etc.

    Las razones aducidas no son motivos relevantes para que una persona decida levantarse. El paso de la horizontal a la vertical -algo con lo que iniciamos nuestra jornada cada día- es para algunos un esfuerzo gigantesco que hay que hacer, sin que apenas se disponga de un motivo suficientemente razonable que lo justifique. Es preciso encontrar una razón o motivo para que nuestra conducta se ponga en marcha cada mañana y entre en vibración, de manera que pasemos de la horizontal a la vertical, venciendo el retador y peligroso desafío de la ley de la gravedad. Supongamos que hemos logrado ponernos en pie sin saber por qué... Surgen a continuación numerosas preguntas: ¿Qué sentido tiene el que yo esté aquí ahora, por ejemplo? ¿Cuál es el significado último? Las decisiones libres tienen que mediar la mayoría de nuestros actos. Porque de no ser así, es la circunstancia la que se escoge. Y así no se puede ser feliz. Acaso podamos tener suerte y en algún momento ser más felices que en otro, sí. Pero las circunstancias no deben sustituir nuestra libertad en la toma de decisiones.

    El placer se agota en sí mismo y condena a la persona muchas veces a la pasividad, a arrojarse en los brazos de las circunstancias que son las que en definitiva deciden por nosotros. El dolor, en cambio, conduce a la persona a hacerse cuestión de sí. El dolor nos interpela y nos hace preguntas, que no siempre tienen una cumplida respuesta. La experiencia del sufrimiento -a pesar de su aparente sinsentido- suscita en el hombre una inquietud, instándole a preguntarse: "¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí, ha de sucederme esto ahora?" Mientras que en el placer no acontece eso. Ante las experiencias placenteras, las personas no se preguntan: "Oye, ¿por qué a mí me ha tocado este helado tan riquísimo?" No, eso nadie lo dice. En cambio, si nos fracturamos un fémur, la pregunta sube enseguida a nuestros labios: "Hombre, qué mala suerte. ¿Por qué precisamente a mí ha de ocurrirme esto ahora?" Es decir, la capacidad que tenemos de profundizar en nosotros mismos al filo de las experiencias placenteras y dolorosas es muy diferente. En ese mismo sentido, puede entenderse el problema de la felicidad.

    La felicidad tiene que ver con el hecho de plantearnos una cuestión fundamental. En el fondo, cuando hablamos de felicidad lo único que hacemos es cumplir con el deber de interpretar cuál es el sentido de nuestra propia vida. Esto invita ya a preguntarse si se es feliz o no.

    Cuando uno viene a este mundo dispone de estructuras recibidas por cultura, tradiciones y educación que hacen que no estemos a la intemperie ni del todo desnudos y desvalidos. Me refiero a los valores que, por ejemplo, hemos visto realizados en éste y en aquél, y que pareciéndonos buenos, intentamos apropiárnoslos. Con todo eso se va configurando un cierto proyecto de vida y, de alguna manera, también un cierto sentido, que da cuenta y razón de ella. Se concreta así un cierto deseo de felicidad. Pero a partir de esa estructura, hemos de ir mucho más lejos. Es decir, tenemos que plantearnos seriamente -tanto nos va en ello- si vamos a ser felices o no. Y para ello, lo primero de todo, lo que más importa, es aceptarse uno a sí mismo, tal y como es. Cierto que no hay que quedarse en eso, pero sí es obligado partir de eso.

    La aceptación de sí mismo

    Conozco a una chica encantadora, inteligente y guapísima, que sólo tiene un problema, una tragedia que casi la hunde en la desesperación: no se gusta a sí misma. Nada más y nada menos que eso. Por ese problema está siempre irritable y no hay quien aguante a su lado: grita, se enfada..., en fin, insoportable. Todo su problema reside en que ella no se gusta a sí misma. También en alguno de nosotros, muy probablemente, uno de los problemas que más nos impiden ser felices es que no nos soportamos a nosotros mismos "qua talis", en cuanto tal, que dicen los clásicos. En otros casos no nos aceptamos en este o aquel defecto que tenemos: "No me aguanto a mí mismo, porque soy muy tímido o no soy muy listo o soy muy alto, o...." Así no se puede ser feliz; así se acaba por ser un neurótico. De aquí que para ser feliz, haya que aceptarse a sí mismo y partir de ahí.

    Se ha dicho que la felicidad es el bien que todos los seres naturalmente apetecen. Esto significa que para ser felices hay que partir de que hay un bien, porque si no hay un bien, no puedo ser feliz. Si yo abro mis ojos y no veo nada en el horizonte a lo cual puedo llamar "bueno", dicho de otra manera, que para mí no hay nada que valga, yo no puedo ser feliz. Por lo tanto, el primer término de la definición es correcto. Lógicamente, el concepto de felicidad que yo pueda tener y el que tienen los demás, probablemente no sea el mismo. Y posiblemente el concepto que tengo yo de felicidad no es el mismo que el que tenía hace cinco años, puesto que algo va cambiando, imperceptible pero ciertamente, en todos nosotros. Sin embargo, tiene que haber un cierto bien en el que todos o casi todos coincidamos y a todos nos apetezca. En ese bien que todos apetecemos reside la felicidad humana y debe ser apetecido naturalmente.

    Consideremos ahora el otro término de la definición: "apetecen". Se apetece lo que despierta, la aparición de algo valioso que hace que emerja una cierta tensión o tendencia. Si alguien está así un poco como atontolinado, a punto de dormirse a la caída de la tarde, cuando hay en el horizonte esa especie de hemorragia en que se desangra el sol en el ocaso y en ese horizonte emerge un valor, entonces uno percibe el valor, dilata la pupila y deja de estar tumbado en la mesa o en la butaca. Lo más seguro es que se levante y lo observe y diga con atención para sí: "Hay que ir a por ese valor: si consigo alcanzar ese valor, yo mismo seré valioso". Eso es apetecer en el sentido en que aquí se ha empleado.

    Apetecer aquí se está tomando en el sentido de querer. Nos estamos refiriendo al apetito intelectual con conocimiento del fin. Eso es lo que nos hace felices: "El bien que todos los seres naturalmente quieren". Conviene distinguir entre algunos términos de amplia circulación en la actualidad, como es el caso de apetecer, desear y querer. Muchas personas que buscan el placer, apetecen y desean, pero no quieren. Lo propio de la felicidad es querer. Lo propio de los instintos es apetecer. Lo propio de la imaginación es desear. No son lo mismo la imaginación, los instintos y la voluntad. Por eso apetecer, desear y querer tampoco significan lo mismo. Para ser felices hay que querer. Y para querer, hay que conocer. Porque no se quiere lo que no se conoce. Si se quiere ser feliz hay que conocer. Y para conocer hay que formarse. Si no se abre la inteligencia al conocimiento, es muy difícil que se pueda acertar con lo que es la felicidad.

    En la actualidad hay un uso atomizado y fraudulento del concepto de felicidad. Hoy se confunde felicidad con placer. Y con placer instantáneo. Pero eso no es felicidad, no hace al hombre feliz. ¿Cuál es el hilo que une todos los placeres dándoles un sentido? En el caso de algunas personas, ninguno. Pues aunque haya, secuencial o instantáneamente, satisfacciones placenteras que nada tienen que ver unas con otras, a nadie se le ocurrirá llamar a eso felicidad. Las satisfacciones momentáneas e invertebradas desorganizan la vida, la fragmentan y acaban por atomizarla; no fundan ni dan cumplida cuenta de la totalidad y el sentido de la vida. Tampoco constituyen una respuesta al todo de la vida personal. A eso no apunta la unidad armónica de la vida humana. Y es que eso no puede ser garante de felicidad alguna.

    El natural pluralismo de la felicidad humana y la donación

    Hay algo importante: tenemos que ser felices. Pero desde la pluralidad, y no desde el isomorfismo. Y esto también se confunde hoy. Cada hombre, cada persona, tiene no sólo el derecho, sino el deber de optar por la pluralidad, por la diversidad. Cuanto más variados somos, más enriquecemos a los demás. Cuanto más isomórficos, más rebaño, más homogéneamente aburridos. Por lo tanto no está mal que haya diversos conceptos de felicidad, siempre y cuando se respete ese bien que todos los seres realmente apetecen.

    La felicidad no nos obliga a ir a todos por el mismo camino, en fila india, para pedir helado de frambuesa. Cierto que es muy bueno que haya una heladería con helados de frambuesa. Pero ese bien no nos obliga a elegir todos el mismo tipo de helado, en la misma heladería y en la misma cola. Es mejor la diversidad, aunque en este caso sea una diversidad menor. En el caso del ejemplo, el enriquecimiento de la persona es, obviamente, modesto. Vale más que cada uno pueda degustar el helado que quiera, cientos de sabores mejor que un solo sabor. Sería absurdo que todo el gusto se redujera a un solo sabor. Otra cosa es que sólo hubiera -en estado de necesidad- un solo sabor. En ese caso habría que adaptarse y conformarse con la realidad. Me estoy refiriendo en términos únicamente placenteros para observar, por contraste, cómo hay también muchas formas posibles de estilos de vida diferentes, desde los que también puede lograrse la felicidad. No hace falta que con nuestras vidas marquemos todos el mismo paso en nuestra búsqueda de la felicidad. No, no es eso. Es mejor el pluralismo. No se entiende cómo siendo mejor el pluralismo haya personas que parece que no quieren ser diferentes y se empeñan, al parecer, en sólo la imitación.

    Otra cuestión importante es que para alcanzar el bien en que consiste la felicidad hay que pelear. Eso significa que hay que formarse, que, de alguna manera. hay que buscar la perfección. El hombre perfecto es el hombre feliz. Convénzanse los que todavía están aburridos de que al hombre le es propia la búsqueda de la felicidad, que consiste en la pelea esforzada por alcanzar la propia perfección.

    Para ser feliz hay que hacer el bien. Hay personas que creen que -como dice el chiste- todo lo que nos gusta está prohibido o engorda. Eso no es verdad. Hay que convencerse, de una vez por todas, que solamente haciendo el bien se es feliz. Y que yo hago el bien porque me da la gana ser feliz. Y que sería estúpido cumplir un mandato que no nos hace felices, sólo por satisfacer un deber kantiano que me ha sido impuesto y que mi conciencia no me exige.

    El hombre, desde que nace, tiene una cierta perfección: la del ser. Pero el hombre es una perfección inicial que, por estar abierta, exige una perfección final de mayor nivel. El hombre es una perfección perfectible. Y toda nuestra vida consiste en satisfacer lo perfectible a lo que apunta esa perfección inicial, en que consistimos y somos. Y eso es ser feliz. Ser feliz es elevar al máximo techo posible, a la máxima perfección todas nuestras facultades, haciendo el bien, que es tanto como hacerlas buenas. Y eso es lo que muchas veces no hacemos. Y por eso lo pasamos tan mal. Por eso estamos hastiados de nosotros mismos tantas veces. Por eso nos aburrimos, porque nuestra vida se ha vuelto ininteresante para nosotros mismos, porque hemos perdido de vista -hemos extraviado- que podemos ser mejores en tantas cosas. Acaso también por eso nos sentimos, en algunas circunstancias, como la náusea en la boca propia y ajena, una situación patética en la que parece que lo único que nos falta ya es vomitarnos a nosotros mismos, porque no tiene sentido nada de lo que hacemos. Porque se pasan los días y uno no sabe qué hacer consigo mismo. Este es el caso de los que "queman" todo el verano, pasándolo fatal, "cociéndonse" en la propia salsa del aburrimiento.

    Debemos formarnos.

    Formarse no es nada más que fundamentar la propia autotransformación para ser una realidad transformante de los demás. Esto quiero que se entienda. Una persona que es feliz no ha conquistado ese estado sólo para su satisfación, en el sentido narcisista del término. Por consiguiente, la persona que busca su felicidad no parte de la formulación egoísta siguiente: "yo-para-mí-sólo-conmigo-sin-nadie". Una persona que es feliz traslada, contagia, transmite su propia felicidad a los demás. Porque si no, paradójicamente, sería una felicidad pobretona y, por tanto desgraciada, es decir, pura infelicidad placentera.

    La felicidad es tanto más feliz, valga la reduncia, cuanto más se da, cuanto más se prodiga, cuanto más siembra en los que hay a su alrededor, contagiándola a todos. Para eso hay que ser un poquito más perfectos de lo que somos. En el fondo, la persona feliz no es otra que la persona que se ha auto-realizado. Una persona autorealizada es la que ha realizado en sí los valores que ha conocido en su contexto social y otros muchos que ella misma puede haber descubierto.

    Cuando encendemos la televisión y vemos un deportista fabuloso, quizá pensemos: "Cómo me gustaría a mí hacer ese salto de pértiga." Es decir, yo lo que quiero es realizar el valor que he visto realizando a esa persona en sí mismo, de manera que también yo lo encarne en mí mismo. Conquistar ese valor y encarnarlo es lo que queremos, ya que ese valor, cuando lo poseo y lo realizo en mí mismo, me hace valioso. Ese valor hace que yo me acrezca en mi valer. Eso es lo que a mí me hace valer. Yo quiero ser valioso. Ser feliz es ser valioso.


    Un criterio para la autocorrealización personal en la felicidad

    Pero no debemos pensar que cuando uno se auto-realiza adquiriendo valores y encarnándolos, es para luego presumir de que somos valiosos. Somos felices cuando, auto-realizándonos plenamente, también ayudamos plenamente o contribuimos a la plena realización de los demás. Uno se auto-realiza en la medida en que los demás que están a nuestro alrededor se realizan, por virtud del esfuerzo que nosotros ponemos. Uno es perfecto en la medida en que desarrolla lo perfectible que tiene su perfección inicial en tanto que ser. Como estamos observando, la felicidad humana es solidaria y no se conforma con sólo la felicidad del propio y recortado yo. Felicidad y solidaridad marchan siempre cogidas del brazo: donde va una, allí forzosamente le acompaña la otra. Así de sencillo. Y es que la felicidad es hacer que todos participen y apetezcan ese bien que nos hace dichosos. En esas circunstancias se es feliz, a pesar de lo mucho o poco que nos cueste (tiempo, trabajo, esfuerzo, etc.).

    Concluyamos, pero antes quisiera sintetizar algunos de mis pensamientos sobre este particular. Todo hombre, por el hecho de serlo, quiere ser feliz. Por eso les reto a que me presenten una persona que en verdad no quiera ser feliz. No, no la encontrarán. Todos los hombres quieren ser felices.

    De acuerdo con lo anterior, si no buscamos la felicidad es que todavía no nos hemos enterado de quiénes somos. Les sugiero que se pregunten: ¿Estoy yo buscando la felicidad?¿Quien soy yo?

    Si no se acepta la perfección inicial que cada uno es, resulta imposible que en la práctica seamos felices, porque no nos aceptaremos como quienes somos y no desarrollaremos esas perfecciones iniciales en que consistimos. Lo primero que hay que hacer es aceptarnos como somos, a la vez que no nos conformamos enteramente con ello, sino que luchamos por acrecer, avalorar y desarrollar todo lo bueno que hay en nosotros. La perfección inicial no es perfecta de una vez por todas y para siempre, como tampoco al inicio está desarrollada en todas sus posibilidades. Ese desarrollo es, precisamente, lo que hace que nuestras vidas sean interesantes para nosotros mismos -la vida como proyecto es lo contrario de la vida que se ha vuelto ininteresante para el hombre aburrido- y, en consecuencia, lo que nos hace felices.

    Si ese desarrollo no lo hacemos, estamos robando a nuestro propio ser las potencialidades perfectibles que tenía y estamos hurtando también a la comunidad, porque estamos renunciando a algo que era un bien para todos los demás: un bien participable y comunicable a nosotros mismos y a los otros. De aquí que cuando no luchamos seriamente por la perfeción podamos incurrir en cierta negliencia. Y si esa omisión es negligible, tal vez sea punible y, por tanto, hasta cierto punto culpable y castigable.

    El hombre está llamado a ser lo máximo que pueda y deba ser, para así hacer felices a los demás. Si nos conformamos con sólo la perfección inicial y no combatimos, mediante el propio cambio y la transformación, para conseguir la perfección final que ha de operarse en nosotros, nunca seremos felices.

    Los caminos de la felicidad que yo muy sinceramente les deseo, consisten, sintetizándolo mucho, en atreverse a ser cada uno quien es, para ser mejor de lo que es, aunque en ese intento tengan que sufrir. Esa es mi propuesta. Para ello tienen muchos modelos en que inspirarse. En la historia de la humanidad hay miles de modelos. Acudiendo a modelos es mucho más fácil llegar a ser lo que todavía uno no es, pero tal vez quiera ser. Inspirándose en esos modelos es más fácil aceptarse como quien uno es. Y a la vez recobrar fuerzas y energías para ser mejor de lo que en ese momento se es. Tengo el firme convencimiento de que eso es pasárselo bien, de que en eso consiste la felicidad.

    En fin, todo esto puede parecer una utopía y tal vez con un coste muy elevado, porque acaso para conseguir ser mejores haya que sufrir un poco. Esto último me parece muy cierto y realista. Pero no olviden que, como decía Kant, "¿cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo". Cuando un hombre tiene un por qué vivir (algo que da sentido a su vida: desarrollarse, auto-realizarse, vivir una vida en plenitud, ser perfecto, conquistar la felicidad), tolera cualquier cómo (el calor, el frío, el sudor, el cansancio, el dolor, la irritabilidad, etc.). Deseo que todos encuentren ese por qué vivir, de manera que sus vidas se realicen en plenitud y lleguen a ser dichosos. Estoy persuadido de que ésta es la cuestión fundamental que todo hombre debe plantearse seriamente.




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