¿Qué educación sexual para mis hijos?


¿Qué educación sexual para mis hijos?

La psiquiatra norteamericana Miriam Grossman acaba de publicar You’re Teaching My Child What?, un libro en el que describe el panorama actual de la educación sexual que se imparte en las escuelas de Estados Unidos. Resumimos una entrevista a la autora para eReview (9-09-2009), publicación del Institute of Marriage and Family Canada.

Tras ejercer durante doce años como psiquiatra en la UCLA (University of California, Los Angeles), Grossman comprobó el desconcierto con que se mueven la mayoría de los jóvenes en el ámbito de la sexualidad. Ella misma se sintió frustrada al ver cómo, paciente tras paciente, se repetían los mismos errores que terminaban en enfermedades de transmisión sexual, trastornos emocionales e incluso infertilidad.

“No podía hacer mucho por ellos. Eran jóvenes que estaban muy bien informados y que se preocupaban activamente por su salud. Cuidaban la alimentación, hacían ejercicio, evitaban fumar y tantas cosas. Pero en el terreno de la sexualidad asumían todo tipo de riesgos. Así que empecé a preguntarles sobre la educación sexual que recibían en clase”.

A partir de estos testimonios, Grossman llegó a la conclusión de que los jóvenes estaban prácticamente desprotegidos. Este fue el título de su primer libro: Unprotected: A Campus Psychiatric Reveals How Political Correctness in Her Profession Harms Every Student. En el que ahora acaba de publicar analiza el material pedagógico que utilizan los alumnos: páginas webs, libros, folletos, guías, vídeos…

Lo primero que sorprendió a Grossman es la falta de conocimiento sobre los fundamentos del desarrollo evolutivo de niños y jóvenes, así como de los últimos descubrimientos de la neurobiología. “Los profesores de educación sexual insisten en que los adolescentes tienen, al igual que los adultos, la madurez suficiente para tomar decisiones responsables. El problema, añaden, está en que les falta la información suficiente y no utilizan preservativos”.

“De manera que la propuesta de estos ‘expertos’ para reducir las enfermedades de transmisión sexual y el número de embarazos adolescentes es: más información y más condones. Pero las investigaciones recientes de la neuropsicología no respaldan esta postura. Ahora sabemos que las malas decisiones de los adolescentes proceden no de la falta de información sino de la falta de criterio. Y sólo hay una cosa que cura esto: el tiempo”.

Otro dato básico que omiten la mayoría de los manuales sobre educación sexual es la mayor vulnerabilidad biológica de las chicas a las enfermedades de transmisión sexual. Tampoco se dice a los chicos que el sexo oral suele ir asociado al cáncer de garganta. “No hace falta repetir que se trata de una información de vida o muerte; ocultar estas cosas es el colmo de la irresponsabilidad”.

En lugar de informar sobre los riesgos, algunas organizaciones americanas como Planned Parenthood o SIECUS (Sexuality Information and Education Council of the US) “se limitan a repetir que la adolescencia es el tiempo idóneo para explorar nuevas prácticas sexuales, o que los niños tienen derecho a expresar su sexualidad en cualquiera de las formas que se les ocurra”.

Para Grossman, “este mensaje promueve el libertinaje sexual, no la salud sexual. Es pura ideología, no ciencia. Y cuando el libertinaje sexual pasa a primer plano, la salud sexual se resiente. Ahí están, para demostrarlo, las alarmantes cifras de Estados Unidos sobre enfermedades de transmisión sexual, infecciones por VIH, embarazos adolescentes y abortos”.

El enfoque ideológico de la educación sexual se observa también en el papel que los educadores atribuyen a los padres. Grossman dice que en este punto hay mucha doblez: “Cuando los educadores hablan ante los medios o en los materiales destinados a los padres, siempre destacan que la educación sexual empieza en casa y que los padres son los principales educadores en este terreno. Sin embargo, los materiales didácticos que utilizan los niños trasmiten un mensaje muy diferente”.

“El 90% de los padres quiere que sus hijos retrasen las relaciones sexuales, y confían en que quienes imparten la educación sexual les van a ayudar a reforzar ese mensaje. Hay organizaciones como SIECUS que se comprometen a difundirlo, pero luego no lo hacen”.

Aunque la situación que describe Grossman es bastante cruda, su libro también transmite esperanza. “La buena noticia es que todos estos problemas de salud sexual pueden ser evitados en el 100% de los casos. Los padres pueden hacer mucho por sus hijos. Cada vez más, sabemos que los hijos se sienten muy influidos por los valores y las expectativas de sus padres. En el libro recojo numerosos estudios que demuestran el efecto positivo que tiene en los hijos un estilo educativo que sabe combinar la comprensión con la autoridad”.

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