El Valor de la Verdad


Dice la Biblia en el libro del Eclesiástico 20,26: La mentira es una tacha infame en el hombre.

Este mandamiento sigue vigente, aunque hoy se diga: “Hoy día ya no es posible vivir sin mentira, ya no es posible hacer política y llevar negocios sin mentir”

Si tomáramos en serio el octavo mandamiento, casi no habría manera de charlar en los cafés, en reuniones de amigos; los diarios saldrían con las páginas en blanco, ¿no crees?

Este mandamiento salvaguarda nuestro honor y nuestra fama.

La Sagrada Escritura está llena de advertencias sobre este mandamiento. Se llega incluso a identificar a Dios con la verdad y al demonio con la mentira. Cristo vino a dar testimonio de la verdad. Es más, Él se autodefinió como el Camino, la Verdad y la Vida. Lo puedes consultar en el Evangelio de san Juan, capítulo 14, versículo 6.

Suele decirse que el pecado es como un puñal que puede tener muy distintos tipos de hoja, pero en el que el mango casi siempre es el mismo: la mentira. Y es cierto: mentimos cuando decimos que amamos a Dios y sólo nos amamos a nosotros mismos. Mentimos cuando nos engañamos a nosotros para encontrar razones para olvidarnos de la misa dominical. Mentimos cuando justificamos nuestros pequeños o grandes robos.

Sabemos que la palabra es la expresión oral de la idea. De ahí que, por ley natural, aquello que yo expreso es algo que debe coincidir con lo que pienso. Si mi palabra no refleja la idea, estoy violentando el orden natural de las cosas, voy contra la ley de Dios. Por eso se dice que la mentira es intrínsecamente mala, es decir, no es mala porque alguien la prohíba, sino que es mala en sí misma. Y algo de suyo malo no puede producir nada bueno, aunque sean muy buenas las intenciones de quien actúa.

Al mentiroso hoy se le quiere llamar como aquel que “tiene chispa”, tiene “aptitud para la vida” o tiene “sentido comercial” o “viveza”. Pero en realidad eso no cambia la realidad: el mentiroso se daña a sí mismo, daña a los demás, daña a la sociedad y, sobre todo, desfigura la imagen de Dios en su alma.

Cuida tu lengua, amigo. Es la parte más valiosa que tienes, pero también la más peligrosa. Con ella puedes alabar a Dios, consolar al triste, aconsejar a un amigo…pero también puedes herirte, herir el honor y la fama del prójimo.

Decía san Bernardo que la lengua es una lanza, la más aguda; con un solo golpe atraviesa a tres personas: a la que habla, a la que escucha y a la tercera de quien se habla. ¡Cuánto destrozo puedes causar con tu lengua, si la usas para el mal! Te dice Dios, a través del libro del Eclesiástico: “Muchos han perecido al filo de la espada; pero no tantos como por culpa de la lengua” (28, 22). Esto significa, creo, que será mayor el número de los que se condenen por causa de la lengua que el de aquellos que mueran en la guerra.

¿Por qué es tan grave esto? Porque se está pisoteando también la caridad.

Un proverbio alemán dice: “El burro se delata por sus orejas; el tonto, por sus palabras”. El corazón humano es una cámara de tesoros, que tiene por puerta el habla; hay quien saca bondad, amor, verdad, sabiduría; el otro saca insensatez, maldad, veneno, mentira.

Tienes que agradecer a Dios que te haya dado este octavo mandamiento.

Vale para todos este mandamiento, pero están especialmente obligados a vivirlo a fondo quienes están al servicio de los medios de comunicación social, o trabajan en el campo político, o son oradores o gobernantes o candidatos que se postulan para ser presidentes de una nación. ¡No hay que mentir!

¡Cuántas veces escuchamos discursos de presidentes que después han sido puras mentiras, o verdades a medias! ¡Cuántos nos manipulan desde la radio y la televisión!

“¡No mentirás!” –nos dice Dios.

Si somos de Cristo, y Cristo es la Verdad… andemos en la verdad.


Te propongo los siguientes puntos:

I. La veracidad y verdad. Diversas clases de verdad.
II. Exigencias y obstáculos para la verdad.
III. La malicia de la mentira y los atropellos contra este mandamiento.
IV. ¿Se puede ocultar la verdad? Secretos, restricción mental y mentirillas.


I. HABLEMOS DE LA VERACIDAD Y DE LA VERDAD

Para cumplir este mandamiento de Dios es necesario desarrollar en nosotros la virtud de la veracidad, la cual nos inclina a hablar bien siempre con la verdad y a comportarnos de acuerdo con lo que pensamos.

La veracidad es una forma de justicia, pues los demás se merecen la verdad y no el engaño.

Hablar de la verdad hoy, resulta no sé si difícil, pero al menos atrevido y, en cierto sentido, sarcástico.

Vivimos en un mundo donde nos venden la mentira en platillos de oro; asistimos a pactos incumplidos entre las naciones, donde sólo pusieron su firma, pero después se hizo lo contrario. Hay manipulación en las noticias en algunos medios de comunicación; desde las pantallas de televisión no siempre nos presentan la verdad del amor, de la familia, de la sexualidad; desde algunas cátedras universitarias se cercena la verdad del mundo, de las cosas, de la existencia; se niega a veces la existencia de un Principio y una Causa Primera que dé razón última a las cosas. Yo he conocido a jóvenes que entraron creyentes a la universidad y salieron agnósticos y resentidos contra la religión, por causa de algunos profesores que sembraron en sus mentes la duda y el rechazo de Dios.
II. EXIGENCIAS Y OBSTÁCULOS DE LA VERDAD

1. Primero, las exigencias.

Tener una conciencia recta y bien formada es la exigencia para vivir en la verdad, decir la verdad, hacer la verdad en la vida.

La conciencia moral es aquella capacidad que todo ser humano tiene de percibir el bien y el mal, y de inclinar la propia voluntad a hacer el bien y a evitar el mal.

La conciencia es esa voz interior que te dice (o te debería decir, si es recta): “Haz el bien, evita el mal”. Ahí está la conciencia. Si tú no cumples con tus deberes de estado y profesionales, si descuidas las tareas encomendadas, si pierdes el tiempo en tu trabajo o te robas algo...la conciencia te debería decir: “Oye, eso no es tuyo...estás perdiendo tiempo...llegaste tarde...no dijiste toda la verdad”.

III. LA MENTIRA Y LOS ATROPELLOS CONTRA ESTE MANDAMIENTO

La mentira no es rentable. ¿Te acuerdas del pastor bromista, una fábula contada de nuevo por Esopo, fabulista griego de mediados del siglo VI, por supuesto antes de Cristo?

Un pastor, que llevaba su rebaño bastante lejos de la aldea, se dedicaba a hacer la siguiente broma mentirosa: se ponía a gritar pidiendo auxilio a los aldeanos y decía que unos lobos atacaban sus ovejas. Dos o tres veces los de la aldea se asustaron y acudieron corriendo, volviéndose después burlados; pero al final ocurrió que los lobos se presentaron de verdad. Y mientras su rebaño era saqueado, gritaba pidiendo auxilio, pero los de la aldea, sospechando que bromeaba una vez más, según tenía por costumbre, no se preocuparon. Y así, ocurrió que se quedó sin ovejas. La fábula muestra que los mentirosos sólo ganan una cosa: no tener crédito aun cuando digan la verdad.

¿Por qué la mentira es mala?

No puedes responder así: “No vale la pena mentir, porque de todos modos viene a saberse la verdad”. De hecho, hay mentiras que nunca llegan a descubrirse en esta vida.

¿Dónde está el mal de la mentira?

Tú eres imagen y semejanza de Dios, ¿no es cierto? Pues Dios es la Verdad eterna. Por tanto, más te asemejarás a Dios en la medida en que seas veraz y digas siempre la verdad. En cambio, el que miente se hace semejante al diablo. El Señor echa en cara de los fariseos mentirosos: “Vosotros sois hijos del diablo, y así queréis satisfacer los deseos de vuestro padre…; es de suyo mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8, 44). Por tanto, toda mentira es mala porque borra del alma esta semejanza con Dios. Y aunque no dañáramos a alguien, nos estamos dañando a nosotros mismos.
IV. ¿PUEDES OCULTAR LA VERDAD?

La obligación del octavo mandamiento de decir siempre la verdad no te obliga a decir todas las verdades que conoces. Hay muchas cosas que tal vez sabes y que la prudencia, la discreción o la caridad te dictan no decirlas a menos que sea indispensable.

Tu seguridad y la de los demás, el respeto a la vida privada y el bien común, son causas suficientes para no sentirte obligado a decir las verdades que conoces. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla, nos dice el Catecismo de la Iglesia católica, 2489.

Hay cosas que puedes callar si quieres y otras que no debes decir de ninguna manera. Tus pecados no tiene por qué conocerlos nadie sino tu confesor.


2 Comentarios:

Jovanna dijo...

Hola Lupita espero que estés bien, gracias por estas aportaciones que nos haces, nos enriquecen mucho nuestra inteligencia.
Te mando muchos saludos y pido por ti y tu familia.

Lupita Venegas dijo...

Estimadisima Jovanna, gracias a ti por que le haz abierto tu corazón a Cristo, es Él quien te ha hablado.
No dejes de leer mi blog, gracias por tus oraciones, cuenta tambien con las mias.